“Mi suegra quería mi cuarto para su hija. No dije que no, solo anuncié: ‘¡Me voy de viaje de negocios a Alemania por medio año!’”

 

Nueve años de matrimonio se pueden resumir en el conocimiento exacto de un paladar. Me secaba el sudor de la frente mientras acomodaba con esmero los camarones rojos en el plato. Sabía que a Tiến le gustaban al vapor, con una salsa de pimienta y limón preparada por mí; despreciaba cualquier condimento procesado.

Sin embargo, el ambiente en nuestro apartamento de Hanói no era sofocante por el calor del otoño, sino por la figura de mi esposo en el balcón. A través del cristal, lo veía hablar por teléfono de forma errática, mímico y tenso, bajando la voz y lanzando miradas furtivas hacia la cocina. Esas miradas no eran de amor, sino de una astucia que aún no podía descifrar.

La cena transcurrió entre el tintineo de los palillos y un silencio sepulcral. Finalmente, Tiến dejó los palillos y soltó la bomba: su hermana menor, Trinh, estaba por dar a luz. Según él, las condiciones en el campo eran deplorables y su madre quería traerla a vivir con nosotros para su período de posparto.

—”Nuestro apartamento tiene solo 90 metros cuadrados, Tiến. Somos nosotros dos y nuestra hija Bống. ¿Cómo cabremos?”, pregunté con calma.

La respuesta de mi esposo fue un golpe directo al corazón. Su madre no solo pedía posada; exigía nuestro dormitorio principal. Un adivino le había dicho que esa habitación, orientada al sureste, tenía el “flujo de energía” perfecto para que el bebé creciera sano y próspero.

—”¿Ceder nuestro dormitorio?”, mi voz tembló de indignación. “Es nuestro espacio privado. ¿Dónde dormiremos nosotros?”.

—”Tú y Bống pueden dormir en su habitación pequeña. Yo dormiré en el sofá”, respondió él, evitando mi mirada. “Es solo por un mes, Thắm. Mi hermana está sola porque su marido está ‘trabajando lejos’”.

Ese “trabajando lejos” encendió una alarma en mi mente. El marido de Trinh era un apostador conocido. Pero en esta casa, las órdenes de mi suegra eran ley sagrada para Tiến.

A los pocos días, la “invasión” comenzó. Mi suegra, la señora Bính, y Trinh llegaron con maletas gigantescas, arroz y víveres como si pensaran mudarse para siempre. En cuestión de horas, mi sofá de diseño fue desplazado para que Trinh se acostara, mi cocina fue invadida por grasas de cerdo y olores a medicina tradicional, y mi hija Bống fue tratada como una extraña en su propia casa. Mi suegra incluso sugirió enviar a Bống a casa de mis padres para “hacer espacio”.

El punto de quiebre no fue la pérdida del espacio, sino la humillación. Un día, al intentar entrar en mi antiguo dormitorio para recoger algo de ropa, me encontré con que la cerradura de huella dactilar de alta gama que yo misma había pagado había sido arrancada. En su lugar, había un cerrojo de bronce barato.

—”Tiến cambió la cerradura”, dijo Trinh con una sonrisa triunfal, agitando una llave nueva frente a mi cara. “Dijo que este es ahora mi territorio. No quiere que extraños entren y asusten al bebé”.

¿Extraña? ¿Después de nueve años pagando el 70% de la hipoteca de esta casa? Esa noche, mientras ellos dormían, revisé el teléfono de Tiến. No encontré una amante, encontré algo peor: una notificación bancaria. 500 millones de dongs (toda nuestra cuenta de ahorros y el dinero que mis padres me habían dado para el futuro de Bống) habían sido transferidos para pagar las deudas de juego del marido de Trinh.

Esa llave de bronce no cerró mi puerta; abrió mis ojos. Decidí no gritar. Esa misma noche, acepté una oferta de trabajo en Alemania que había estado posponiendo. Un contrato de seis meses que podía extenderse a tres años.

El día de mi partida, me puse mi mejor traje ejecutivo. En la sala, frente a Tiến, mi suegra y Trinh, puse sobre la mesa tres documentos: mi boleto de avión a Alemania, mi nombramiento como directora de proyecto y el extracto bancario con los 500 millones resaltados en amarillo.

—”Me voy a Alemania por seis meses. Quizás por tres años”, dije con una calma gélida. “Tiến, ya que eres el ‘pilar’ de esta familia, te dejo la casa, las deudas de tu hermana y el vacío de la cuenta que vaciaste. Quédate con tu llave de bronce”.

Me llevé a Bống conmigo. Tiến se desplomó en el sofá, incapaz de articular palabra ante la evidencia de su robo.

Un mes después, estando en Alemania, recibí la noticia de que el desastre había estallado. Sin mis ingresos para pagar la hipoteca y los servicios, la electricidad fue cortada. Los cobradores de deudas del marido de Trinh encontraron el apartamento y lo vandalizaron con pintura roja. Trinh tuvo un parto prematuro por el estrés y mi suegra sufrió un derrame cerebral leve. Tiến me llamó desesperado 222 veces.

Cuando finalmente atendí, él lloraba:

—”Thắm, por favor, sálvanos. La casa está en ruinas, la policía viene por las deudas, mi madre está enferma… ¡Vuelve!”.

—”Tiến”, respondí mirando la nieve caer en Frankfurt. “Tú elegiste a tu hermana y tu orgullo por encima de tu esposa e hija. Ahora disfruta de tu elección. No vuelvo. Los papeles del divorcio llegarán pronto”.

Colgué. Había perdido una casa de ladrillos, pero había recuperado mi alma.

La historia de Thắm es un recordatorio para toda mujer: la independencia económica y el respeto propio son los únicos salvavidas cuando la tormenta llega. No temas cerrar una puerta podrida; solo entonces verás el cielo inmenso que te espera afuera.