“Năm 1997, caí de rodillas pidiendo clemencia para darle un entierro digno a mi madre. Nadie se inmutó, solo una mano se extendió.”

Aquí tienes la historia reescrita con un lenguaje claro, coherente y cargado de emoción,

El año era 1997 y yo tenía 18 años. A esa edad, uno debería estar soñando con el futuro, pero yo estaba arrodillado en la entrada de mi aldea, con la frente pegada al suelo, suplicando por un ataúd sencillo para mi madre. Era un día de otoño; el olor a paja quemada y tierra húmeda se clavaba en mi pecho. Mi madre, una mujer que agotó su vida lavando ropa ajena para criarme tras la muerte de mi padre, finalmente se había rendido.

Murió en nuestra humilde casa de barro, dejándome solo con 36,000 dongs en un viejo armario de madera. Ese era nuestro patrimonio total. En mi pueblo, incluso el funeral más pobre requería al menos 800,000 dongs. Desesperado, recorrí la aldea pidiendo ayuda. El jefe de la aldea me dio 20,000 dongs con desprecio; otros cerraron sus puertas o me dieron monedas insignificantes. “Es un caso perdido”, murmuraban, temiendo que nunca pudiera pagarles.

Cuando regresé a casa, derrotado, vi entrar al señor Phuc, cojeando por una vieja lesión, acompañado de su esposa, la señora Lanh, y su nieta Van. Ellos eran la familia más pobre del lugar, vivían en una choza que se inundaba con cada lluvia. Sin embargo, el señor Phuc sacó un fardo de tela vieja; dentro había 800,000 dongs, los ahorros de toda su vida. “Tómalo, hijo”, me dijo. “Los muertos son lo primero. Tu madre era una buena mujer”. Ese día, juré que les devolvería cada centavo y cada gota de bondad.

Tras el entierro, mi vida se convirtió en una carrera contra el tiempo y el hambre. Trabajé como peón, cargador y aguador. Estudiaba bajo la luz de una lámpara de aceite, con los ojos ardiendo de cansancio, pero motivado por la nota de deuda que guardaba con el nombre del señor Phuc. A pesar de las burlas de mis compañeros, logré entrar a la universidad en la ciudad.

Me fui del pueblo con una bolsa de camotes secos que me regaló el señor Phuc. En la ciudad, lavé platos y fui tutor nocturno. Cada mes, sin falta, enviaba pequeñas sumas de dinero a mi aldea: 50,000 dongs al principio, luego 100,000. Los años pasaron y me convertí en un profesional respetado. Mi deuda financiera se pagó con creces, pero mi deuda moral crecía con cada carta que recibía de ellos, siempre diciéndome: “No te preocupes por nosotros, hijo, vive tu vida”.

Dieciséis años después, habiendo alcanzado una estabilidad económica y tras una formación en el extranjero, decidí que era hora de darles la sorpresa final. Quería reconstruir su casa, asegurar su vejez y, sobre todo, honrar ese gesto que me permitió enterrar a mi madre con dignidad. Regresé al pueblo con la intención de entregarles las escrituras de una nueva vida.

Llegué a la aldea en una tarde gris, similar a aquella de 1997. Al acercarme a la casa del señor Phuc, vi a un grupo de personas frente a la entrada. La señora Lanh estaba llorando y el señor Phuc parecía más encogido que nunca sobre su taburete. Al empujar la puerta, me quedé gélido. No era una celebración lo que encontraba, sino un conflicto.

Varios vecinos y un funcionario local estaban presionando al anciano. “Venda la tierra, señor Phuc. Este terreno es necesario para el nuevo camino y le darán mucho dinero”, decían. El señor Phuc, con voz temblorosa pero firme, respondía: “No se vende. Esta tierra tiene un guardián”. Los vecinos murmuraban que yo solo enviaba dinero para quedarme con su propiedad, que mi “gratitud” era una estrategia de inversión.

Me adelanté y puse mi mano sobre el hombro del señor Phuc. El silencio fue inmediato. Saqué los documentos de mi maletín, pero no eran para comprar la tierra. Eran un fideicomiso legal que garantizaba que esa casa y ese terreno les pertenecían a ellos de por vida, protegidos contra cualquier presión externa, y que yo me haría cargo de todas sus necesidades médicas y de la educación universitaria de Van.

Sin embargo, el señor Phuc me llamó aparte. “Hijo, ¿recuerdas el nombre de tu padre?”, me preguntó. “Se llamaba Lam”, respondí extrañado. Con lágrimas en los ojos, me confesó una verdad que nunca imaginé: mi padre, siendo un joven obrero, había pagado la hospitalización del señor Phuc años antes de que yo naciera, cuando este sufrió el accidente que lo dejó cojo. Mi padre le había dicho: “Págame cuando puedas, y si no puedes, no importa”.

“El dinero que te di para enterrar a tu madre en 1997 no era mío”, sollozó el señor Phuc. “Era el dinero que le debía a tu padre. Simplemente te lo devolví a través de ti”.

En ese momento comprendí que la bondad no es una transacción, sino una semilla que viaja a través de las generaciones. No solo estaba pagando mi propia deuda, sino que estaba cerrando un círculo que mi padre inició antes de mi nacimiento.

Decidí que la verdad debía ser conocida. En el aniversario de la muerte de mi madre, invité a toda la aldea a una comida sencilla. Frente a todos, incluido el jefe de la aldea que me había ignorado años atrás, conté la historia de mi padre, del señor Phuc y de cómo un gesto de generosidad puede salvar a una familia décadas después. No lo hice por orgullo, sino para recordarles que el honor no se encuentra en el dinero, sino en la memoria del corazón.

Hoy, el señor Phuc y la señora Lanh viven tranquilos en su casa renovada. Van estudia medicina en la ciudad con mi apoyo. Yo no soy el hombre más rico del mundo, pero cada noche duermo con el alma en paz. Aprendí que la gratitud es el único lenguaje que el tiempo no puede borrar. Mi camino de regreso a casa no fue para pagar una deuda, sino para descubrir que nunca estuve solo; mi padre y el señor Phuc habían estado sosteniendo mi mano todo el tiempo.