“Oculté mi doctorado para curar a mi esposo paralítico durante 3 años. Apenas volvió a caminar, me echó. No sabía que le faltaba la inyección final. 7 días después…”

Durante tres años, fui solo “Linh, la esposa sumisa”. Para mi esposo, Huy, y su familia, yo no era más que una mujer desempleada que se pasaba el día en casa, limpiando su cuerpo paralizado, soportando sus gritos de frustración y preparándole “medicinas herbales” extrañas. Lo que nadie sabía era que esas medicinas eran sueros experimentales desarrollados por mí, la Dra. Linh, una de las neurocientíficas más buscadas del país. Había renunciado a mi puesto en el instituto de investigación y ocultado mi título de doctorado para dedicarme en cuerpo y alma a curarlo, sin herir su frágil ego masculino.

Aquel día, el milagro ocurrió. Huy movió un dedo del pie. Luego la pierna. Finalmente, con mi ayuda, se puso de pie. —¡Puedo caminar! —gritó, llorando de alegría. Yo sonreí, secándome el sudor. Mi tesis de cinco años había funcionado. Solo faltaba una cosa: la última dosis del tratamiento para estabilizar las conexiones nerviosas. Estaba en la nevera, lista para ser administrada esa misma noche.

Sin embargo, la alegría duró poco. Esa misma tarde, Huy se vistió con su mejor traje, que le quedaba un poco holgado después de tres años. Se miró al espejo, recuperando su antigua arrogancia. —Linh —dijo sin mirarme—, firma esto. Lanzó un sobre sobre la mesa. Eran papeles de divorcio. —¿Huy? —pregunté, atónita—. ¿Acabas de recuperarte y ya quieres divorciarte? —Seamos honestos —dijo él con frialdad—. Durante tres años has sido una buena enfermera, pero ya no te necesito. Mírate, hueles a medicina y sopa. Ahora que estoy sano, voy a recuperar mi empresa y mi estatus. Necesito a una mujer que esté a mi altura, no a una ama de casa sin estudios. Además, Thu, mi exnovia, ha vuelto de estudiar en el extranjero. Ella sí tiene clase.

Mi corazón se heló. No por el dolor del amor perdido, sino por la decepción ante la bajeza humana. —Huy, piénsalo bien. Tu recuperación no es completa. —¡Cállate! —gritó—. Ya camino, ya corro. No intentes asustarme para que me quede contigo. Toma esta tarjeta con 500 millones y lárgate. Es el pago por tus servicios.

Miré la tarjeta, luego miré la nevera donde estaba la última inyección. Suspiré. —Está bien. Me iré. Pero recuerda esto: tu cuerpo es como un edificio recién reparado. Si no se consolida, se derrumbará. —¡Fuera! —fue su única respuesta.

Me fui. No me llevé el dinero, solo mis libros y mi título de doctorado que estaba escondido en el fondo del armario. Esa misma noche, recibí una llamada del Hospital Central. Me ofrecían el puesto de Directora del Departamento de Neurología que había dejado en pausa. Acepté.

Mientras tanto, Huy vivía la vida loca. Organizaba fiestas, viajaba con su amante, Thu, y se burlaba de su “exesposa inútil” en redes sociales. Día 1: Se sentía invencible. Día 3: Sintió un ligero hormigueo en las piernas, pero lo ignoró, pensando que era cansancio. Día 5: El hormigueo se convirtió en calambres. Empezó a cojear. Thu le dijo que dejara de quejarse. Día 7: El desastre.

Huy estaba en una gala de empresarios, presumiendo de su milagrosa recuperación. De repente, mientras brindaba con champán, sus piernas cedieron. No fue una caída simple. Fue como si sus huesos se licuaran. Cayó al suelo gritando de un dolor agonizante, mil veces peor que su parálisis original. —¡Mis piernas! ¡No las siento! ¡Me queman!

Lo llevaron de urgencia al mejor hospital de la ciudad. Los médicos estaban desconcertados. —Sus nervios se están deteriorando a una velocidad alarmante —dijo el médico de guardia—. Es un caso rarísimo. Parece que estaba bajo un tratamiento experimental que se interrumpió bruscamente. Huy, sudando frío y retorciéndose de dolor, recordó mis palabras: “Si no se consolida, se derrumbará”. —¡Llamen a mi exesposa! —gritó—. ¡Ella sabe qué medicina tomaba!

Huy ordenó a su familia que me llamaran. Su madre me llamó, exigiéndome que fuera a “servir a mi marido” inmediatamente. —Lo siento, señora —respondí con calma—. Ahora estoy muy ocupada. Tengo una consulta importante. —¿Consulta? ¿Tú? ¡Si solo eres una ama de casa! —Traiganlo al Hospital Central si quieren que viva. Soy la doctora a cargo.

Una hora después, la camilla de Huy entró en mi consultorio. Él y su madre se quedaron petrificados al verme. No llevaba mi ropa vieja de casa. Llevaba una bata blanca impoluta, con una placa que decía: “Dra. Hoang Linh – Doctora en Neurociencia – Jefa de Departamento”. Todos los médicos y enfermeras me saludaban con respeto.

—¿Linh? —balbuceó Huy—. ¿Tú… tú eres la doctora? —Hola, exmarido —dije, revisando su historial sin mirarlo—. Te advertí. Tu tratamiento constaba de 4 fases. Te fuiste antes de la fase 4: la inyección de estabilización. —¡Pónmela ahora! —exigió su madre—. ¡Rápido! Me crucé de brazos. —Esa inyección es un compuesto que yo misma inventé. Es muy costosa y difícil de hacer. La que tenía en casa, la tiré a la basura el día que me echaste. —¡Haz otra! ¡Te pagaré! —suplicó Huy, llorando. —Se tarda un mes en cultivar las enzimas —respondí fríamente—. Y tú tienes, a lo mucho, 24 horas antes de que la parálisis sea permanente y total, desde el cuello hacia abajo.

Huy se deslizó de la camilla, arrastrándose hacia mis pies con las manos, ya que sus piernas estaban muertas. —Linh, perdóname. Fui un estúpido. Volvamos. Te daré todo. Deja tu trabajo, vuelve a casa, te trataré como a una reina. Me reí. —¿Todavía crees que necesito que me mantengas? Huy, te curé porque eras mi esposo. Ahora, eres solo un paciente que ignoró las advertencias médicas. Me agaché y le susurré al oído: —Hay una dosis de emergencia en el laboratorio. Cuesta 5 mil millones. Y quiero la transferencia ahora mismo. Ah, y la casa debe estar a mi nombre como compensación por los 3 años de servicio.

Huy no tuvo opción. Transfirió todo lo que le quedaba. Le puse la inyección. —Esto te salvará la vida —le dije—, pero nunca volverás a caminar como antes. Cojearás para siempre. Ese es el precio de tu arrogancia.

Salí del consultorio, dejándolo llorando sobre sus piernas inútiles, mientras su amante huía al saber que él ya no tenía dinero. La Dra. Linh tenía una nueva vida que vivir, y ya no incluía cargar con basura.