Para pagar mi deuda con mi maestro, me vi obligada a casarme con su hijo soltero de 40 años. Lo que pasó después fue inesperado.

 

El sonido rítmico y monótono del respirador artificial llenaba la habitación de cuidados intensivos, mezclándose con el penetrante olor a desinfectante que oprimía mi pecho. Sobre la sábana blanca, el maestro Bình yacía débil, con el rostro demacrado y la respiración como una llama a punto de extinguirse. Él fue quien me rescató del orfanato, quien me crió y me dio las herramientas para cambiar mi destino. Para mí, no era solo un mentor; era mi segundo padre.

Con sus últimas fuerzas, el maestro me tomó de la mano y susurró su mayor temor: su único hijo, Tùng, de 40 años, estaba solo. Tùng era un hombre diferente, alguien que desde niño solo hacía amistad con los números y las máquinas. Su padre temía que, tras su muerte, Tùng viviera en una soledad eterna. En un acto de desesperación y amor, me suplicó que me casara con él, que fuera su compañera de vida.

Atrapada entre mi gratitud y mis propios sueños como joven arquitecta, no pude negarme ante los ojos suplicantes de quien me lo había dado todo. “Acepto, maestro. Cuidaré de él”, prometí. El maestro Bình sonrió con alivio y cerró los ojos para siempre. En ese momento, supe que mi vida había tomado un rumbo impredecible.

Tras un funeral solemne, me convertí en la esposa de Tùng en una ceremonia sencilla, sin lujos ni brindis. Tùng era un hombre de pocas palabras, casi sombrío. Nos mudamos a una antigua mansión en las afueras, una casa cubierta de musgo y rodeada de un jardín descuidado que parecía detenido en el tiempo. Desde la primera noche, Tùng marcó una distancia clara: yo viviría en la planta alta y él en su oficina del primer piso, un lugar lleno de cables, computadoras y máquinas extrañas donde se encerraba bajo llave.

Pasaron los meses como dos extraños bajo el mismo techo. Yo cuidaba el jardín y seguía trabajando como arquitecta freelance para no perder mi esencia, mientras él vivía inmerso en su mundo digital. Sin embargo, empecé a notar cosas extrañas. A medianoche, autos de lujo negros llegaban al portón. Hombres con trajes elegantes, que parecían poderosos líderes, entraban a la casa y trataban a Tùng con una reverencia extrema, llamándolo “El Primogénito”.

Un día, Tùng me entregó una tarjeta de crédito negra, diciéndome que gastara lo que necesitara. Cuando la usé en un centro comercial de lujo, el gerente mismo salió a recibirme con una sumisión absoluta, explicando que esa tarjeta era un privilegio exclusivo para individuos con una influencia masiva en la economía global. ¿Quién era realmente mi marido? ¿Un simple técnico o un titán oculto?

La verdad estalló una noche de tormenta. Debido a un fallo eléctrico, la puerta de la oficina de Tùng quedó abierta. Entré y lo encontré dormido sobre la mesa. A su alrededor, documentos sobre criptografía y estrategias financieras globales. Descubrí que Tùng era el cerebro detrás de “Hắc Long” (Dragón Negro), el sistema de seguridad más avanzado que protegía los bancos más grandes del mundo contra ataques internacionales.

Tùng despertó y, tras un largo silencio, decidió confiar en mí. Me confesó que vivía oculto para protegerme y proteger el sistema de organizaciones criminales que querían robar su tecnología. Sus cicatrices, que descubrí mientras curaba una herida tras un ataque que sufrió una noche, eran las marcas de una guerra invisible.

La tensión llegó a su límite cuando Đức, un antiguo compañero de la universidad en quien yo confiaba, resultó ser un traidor. Đức me secuestró en una fábrica abandonada para obligar a Tùng a entregar las claves del sistema. Bajo la lluvia torrencial, Tùng apareció como una sombra implacable. No necesitó armas; con su intelecto y una precisión quirúrgica, neutralizó a los captores y me rescató de las garras de la traición.

Después de que la justicia se encargara de Đức y su organización, la paz volvió a nuestro hogar. Tùng ya no se ocultaba de mí; nuestras almas finalmente se habían encontrado. Un día, en un viaje a las tierras altas que mi maestro tanto amaba, Tùng se arrodilló frente a mí entre los pinos y la niebla.

—Nuestra boda fue el deseo de mi padre —dijo, mostrándome un anillo de diamantes—. Pero hoy, quiero pedirte que seas mi esposa por amor, no por gratitud.

Lloré de felicidad y acepté. Lo que comenzó como una deuda de honor se había transformado en un amor inquebrantable. Tùng sigue siendo el genio detrás de las sombras, pero ahora yo soy su luz. Hemos aprendido que la verdadera felicidad no es la ausencia de tormentas, sino tener a alguien que sostenga tu mano mientras el mundo exterior intenta derribarte. Nuestra mansión ya no está en silencio; ahora resuena con la promesa de un futuro que construimos juntos, ladrillo a ladrillo, código a código.