“Por haber salvado a la hija del Presidente, él me preguntó cuánto dinero quería. Le dije una frase que hizo que me entregara a su hija en matrimonio.”

Me llamo Phong y tengo 26 años. A esta edad, se supone que un hombre debería tener estabilidad, pero yo solo tenía una moto eléctrica vieja y una cuenta bancaria casi en cero. Aquella tarde, el cielo de la ciudad era de un gris plomizo. Acababa de entregar mi último pedido bajo la lluvia cuando, al cruzar el viejo puente de hierro, presencié una escena desgarradora.

Un coche de lujo se detuvo en seco. Una joven, Linh, salió desesperada, seguida por su padre, el Sr. Minh, un hombre consumido por el cáncer. Entre gritos y lágrimas, Linh le dio un ultimátum: si él no aceptaba el tratamiento de quimioterapia, ella saltaría. El Sr. Minh, colapsado por el dolor físico y emocional, no pudo detenerla. Antes de que pudiera parpadear, la silueta de la chica desapareció en las aguas turbulentas del río.

Sin pensarlo, mi instinto de exmilitar afloró. Salté al vacío. El agua estaba gélida, pero logré encontrarla y arrastrarla hasta una orilla lodosa. Allí, le apliqué maniobras de reanimación hasta que volvió a la vida entre tos y llanto. Cuando el Sr. Minh llegó, me ofreció 30 millones de dongs en agradecimiento. Yo, mirando mis manos callosas y mi teléfono destruido por el agua, solo pedí un millón: lo justo para reponer mi herramienta de trabajo. Aquella honestidad inusual sembró una semilla en la mente del moribundo magnate.

Tres días después, fui convocado a la mansión de los Thiên Minh. El Sr. Minh me hizo una propuesta que parecía una locura: “Cásate con mi hija por tres años. Protégela de mi hermano Hùng, que quiere devorar el grupo empresarial cuando yo muera”. El salario era de 2 mil millones al año, con un bono final de 12 mil millones. Acepté, pero con una condición: solo cobraría el bono si realmente lograba salvar a Linh y al grupo.

Entré en la corporación como asistente de proyectos bajo una lluvia de burlas. “El repartidor que se hizo rico”, murmuraban. Linh, herida y desconfiada, me impuso la regla de “los tres no”: no contacto físico, no interferencia en la vida privada y no sentimientos reales.

Sin embargo, no era un esposo florero. Utilicé mi experiencia como ingeniero militar para detectar fallos críticos en el proyecto “Nam Thành”. Descubrí que los contratistas de su tío Hùng estaban usando cables eléctricos de aluminio barato en lugar de cobre, lo que habría convertido el edificio en una trampa mortal. Trabajé noches enteras, dormí en la obra y me gané el respeto de los obreros, demostrando que un soldado sabe más de construcción que muchos ejecutivos de oficina.

La tormenta estalló cuando el Sr. Minh falleció. Antes de que su cuerpo fuera enterrado, su hermano Hùng irrumpió en la mansión con abogados y guardaespaldas para sellar las cajas fuertes y tomar el control. Pero yo estaba preparado. Con el 5% de las acciones que el Sr. Minh me había cedido en secreto como “escudo”, y evidencias de corrupción que recolecté viajando a provincias lejanas, enfrenté a Hùng en una junta de accionistas épica.

Bajo la lluvia, llegué a la reunión con un maletín lleno de grabaciones y libros de contabilidad ocultos. Expuse cómo Hùng había conspirado con competidores para hundir el valor de la empresa. El 85% de los accionistas votaron a favor de Linh. Hùng salió derrotado y humillado, mientras Linh se desmoronaba en mis brazos, rompiendo finalmente todas sus reglas.

Un mes después de la victoria, decidí renunciar a mi puesto de vicepresidente. Quería construir mi propio camino. Me hice cargo de una subsidiaria en quiebra, “Thiên Minh Service”, y la convertí en la líder del mercado por mérito propio.

En nuestro quinto aniversario de bodas, regresamos al viejo puente de hierro. Cenamos en un pequeño yate bajo la luz de las velas. Linh, vestida de blanco, me entregó una pequeña caja. No era un reloj ni joyas; era una prueba de embarazo con dos líneas rojas brillantes.

—Felicidades, mi repartidor —me dijo riendo entre lágrimas—. Nuestro contrato finalmente ha dado su mayor ganancia.

La besé con el alma. De ser un joven sin rumbo, la vida me había dado una carrera, una misión y, lo más importante, el amor de mi vida. Entendí que el destino no es lo que te ocurre, sino lo que decides hacer cuando la vida te pide saltar.

El relato anterior ha sido adaptado para mantener la intensidad emocional y el ritmo narrativo de la obra original, asegurando que el lector sienta la transición de Phong, de un humilde trabajador a un pilar de justicia y amor.