“Suegra, embarazo y una advertencia mortal: ‘¡Divórciate y huye si quieres vivir!’”

 

Mi nombre es Phạm Ngọc Yến, tengo 27 años y estoy en mi quinto mes de embarazo. Si alguien me hubiera preguntado hace un tiempo qué tan feliz era, habría respondido con una sonrisa plena. Creía haber encontrado al hombre ideal y a la familia perfecta. Sin embargo, en una tarde gris de finales de noviembre en Hanoi, bajo el viento gélido que recorre las calles, mi mundo cambió de color. Fue como si a una sopa dulce le hubieran vertido, de repente, un puñado de sal amarga.

Sentada en el coche, acariciaba mi vientre, sintiendo las primeras patadas de mi bebé. Eran toques ligeros que hacían que mi corazón se derritiera. A mi lado, mi suegra, la señora Đinh Thị Hạnh, sostenía mi bolso con una actitud protectora.

—Yến, cuando veas al médico, cuéntale todo sobre tus náuseas. No ocultes nada —decía con voz melosa—. Un nieto primogénito es el tesoro de esta familia.

Desde que quedé embarazada, ella me cuidaba con una intensidad que despertaba la envidia de los vecinos. Me preparaba leche de nueces por la mañana, salmón al almuerzo y sopas medicinales por la noche. Mi esposo, Vũ Hoàng Lâm, recientemente ascendido a subdirector de ventas, era el retrato del hombre ejemplar: cariñoso, trabajador y atento. Yo pensaba que la sinceridad era el único pilar de nuestro hogar. No sabía que estaba viviendo en una casa de cristal, a punto de estallar.

El hospital de maternidad estaba abarrotado. El olor a desinfectante me producía una sequedad extraña en la garganta. Mientras mi suegra hacía los trámites con una eficiencia asombrosa, me quedé esperando en un banco. Recordé la cena de la noche anterior. Mi suegra, como quien no quiere la cosa, me había preguntado por el terreno que mi madre me dio como dote antes de la boda, un lote valorado en unos 23 mil millones de dongs.

—Guarda bien esos papeles, hija. El mundo está peligroso —había dicho.

De repente, la señora Hạnh se alejó para comprar unas vitaminas. En ese momento, una joven enfermera pasó a mi lado. Fingió recoger algo del suelo para acercarse a mi oído. Su voz fue un hilo frío y urgente:

—Señora, divórciese y huya ahora mismo si quiere seguir viva.

Mi corazón se detuvo. El tiempo se congeló. Antes de que pudiera reaccionar, la enfermera desapareció entre la multitud. ¿Huir? ¿De qué? ¿De quién? Intenté convencerme de que se había equivocado de persona, pero su mirada reflejaba un terror genuino.

Al regresar a casa, la atmósfera cambió. Ya no veía cuidados, sino vigilancia. Noté que Lâm evitaba mi mirada. Noté que mi suegra mencionaba mi testamento y mis propiedades con demasiada frecuencia. Esa noche, sintiéndome como una presa en su propia madriguera, llamé a mi madre.

—Mamá, tengo miedo —susurré entre lágrimas.

Mi madre, una mujer fuerte que conocía la oscuridad del mundo, fue tajante:

—Yến, escúchame. A partir de ahora, actúa normal. No sospeches de nadie en voz alta. Come, duerme y sonríe. Yo me encargaré del resto. Mañana, vendrán por ti.

Al día siguiente, el aire en la casa era denso. Mi suegra insistía en que le entregara mis documentos de propiedad “por seguridad”. Yo fingía debilidad y cansancio.

—Mamá, tengo antojo de la sopa de mi madre. ¿Puedo ir a verla unos días? —pregunté con voz sumisa.

Mi suegra se tensó, pero Lâm, para mi sorpresa, aceptó de inmediato.

—Déjala ir, mamá. Que descanse. Yo mismo la ayudaré.

Esa noche, un supuesto “primo” enviado por mi madre llegó a recogerme. Mientras salía por la puerta, Lâm me dio un beso en la frente.

—Vuelve pronto, te extrañaremos —dijo. Sus palabras, antes dulces, ahora sonaban como una sentencia.

Una vez a salvo en el apartamento de mi madre, la verdad cayó sobre mí como un bloque de plomo. Mi madre y un investigador privado me mostraron las pruebas: Lâm tenía deudas masivas por apuestas en criptomonedas. Mi suegra estaba al tanto. Pero lo peor fue descubrir tres pólizas de seguro de vida a mi nombre, firmadas recientemente por Lâm, donde él era el único beneficiario por una suma de 34 mil millones de dongs. El plan era simple: una “complicación médica” durante el parto, facilitada por un médico corrupto comprado con el dinero que Lâm pidió prestado.

Decidimos tenderles una trampa. Acepté ir a una “revisión de emergencia” en el hospital de siempre. En la sala de examen, el médico preparaba una inyección innecesaria. Lâm estaba allí, observando con una calma aterradora. Justo antes de que la aguja tocara mi piel, la policía y mi madre irrumpieron en la sala.

El caos estalló. El médico se derrumbó de inmediato, confesando que había sido presionado por sus propias deudas. Lâm intentó negar todo, pero las grabaciones y los documentos bancarios eran irrefutables. Mi suegra, al ver que el juego había terminado, intentó culpar a su propio hijo para salvarse. Fue un espectáculo patético de traición familiar.

En el juicio, las máscaras cayeron por completo. Lâm fue condenado a cadena perpetua por intento de asesinato y fraude. Mi suegra recibió 20 años de prisión como cómplice. Mientras escuchaba la sentencia, no sentí odio, solo un inmenso alivio.

Meses después, nació mi hija, An Nhiên. Su nombre significa “paz y serenidad”. El día que la sostuve en mis brazos, entendí que la verdadera felicidad no es la que se muestra en las fotos perfectas, sino la que se protege con valentía y lucidez. La vida me dio una segunda oportunidad gracias a un susurro en un pasillo de hospital, y juré que nunca más permitiría que nadie pusiera un precio a mi existencia.

Hoy, camino por las orillas del lago en Hanoi, sintiendo el aire fresco. El pasado quedó atrás, encerrado bajo llave. Miro a mi hija y sonrío. Estamos vivas, y eso es lo único que importa.