“Sueldo de 46 millones: le da 43 a su madre ‘para que sea feliz’. Yo no dije nada, pero…”
Me llamo Thanh Mai, tengo 33 años y trabajo en administración para una empresa de materiales de construcción. Mi vida nunca ha sido de lujos; mi único anhelo era un hogar tranquilo, el sonido de la risa de mi hijo por la mañana y una cena caliente al final del día. Sin embargo, a veces uno cree vivir en paz sin saber que las corrientes subterráneas llevan tiempo socavando los cimientos.
Llevo casada con Quoc Chi once años. Él es un hombre tres años mayor que yo, jefe de logística, a quien todos describen como alguien “bondadoso y trabajador”. Yo también lo creía, hasta que la salud empezó a fallarme de forma extraña: dolores de cabeza punzantes, garganta seca y un agotamiento que me arrastraba los pies. Pensé que era el estrés, pero la verdad estaba oculta en la cocina de mi propia casa, bajo la mirada de mi suegra de 73 años, la señora Lanh, y la vigilancia silenciosa de mi hijo de cinco años, Gia Minh.
Una mañana lluviosa y fría, Quoc Chi hizo algo inusual: cocinó cháo (papilla de arroz) de jengibre para mí. “Come, Mai, te vendrá bien para el frío”, dijo sin mirarme a los ojos. Justo cuando iba a llevarme la primera cucharada a la boca, Gia Minh, con una madurez impropia de sus cinco años, se levantó bruscamente y, con sus manos pequeñas, empujó mi tazón hacia su abuela.
—La abuela ha estado tosiendo mucho, que lo coma ella —dijo el niño con los labios apretados—. Mamá puede comer pan.
Mi suegra, conmovida, aceptó. Pero al segundo bocado, su rostro se contrajo. “¿Por qué está tan amarga hoy?”, preguntó. Chi palideció y mintió diciendo que era el exceso de jengibre. Esa tarde, mi hijo me confesó la verdad entre sollozos: “Mamá, vi a papá echar un sobre blanco en tu tazón. Me dijo que no te lo contara o se enojaría”.
Esa revelación fue el inicio de mi investigación silenciosa. Encontré sobres con un polvo blanco escondidos bajo el fregadero. Una farmacéutica de confianza me confirmó lo peor: eran sedantes fuertes que, en dosis constantes, causan confusión y debilidad extrema. Pero el horror no terminó ahí. Descubrí mensajes en el teléfono de mi esposo con una mujer llamada Diem Huong, donde planeaban “debilitarme” para que él pudiera controlar la casa y cobrar una cuantiosa póliza de seguro de vida que él mismo me había hecho firmar, poniéndose a él como único beneficiario.
El clímax ocurrió cuando Chi invitó a Diem Huong a casa, presentándola como una “socia de negocios”. Él preparó té para todos, pero insistió con una urgencia aterradora en que yo bebiera el mío. Gia Minh se aferró a mi pierna, temblando. En ese momento, fingí un mareo y, con un movimiento calculado, tiré la bandeja al suelo. El estruendo de las tazas rompiéndose fue el sonido de mi liberación.
—No voy a beber nada que tú prepares, Chi —dije con una calma que lo dejó helado—. Ya sé lo que hay en el tazón de esta mañana y lo que hay en estas tazas.
Mostré el video que había grabado en secreto con un teléfono viejo escondido en la cocina, donde se le veía claramente vertiendo los polvos en mi comida. Diem Huong entró en pánico y comenzó a culpar a Chi de todo, mientras mi suegra se derrumbaba al entender que su hijo era un criminal. Llamé a la policía, que llegó en minutos acompañada de una vecina que custodiaba las pruebas físicas que yo había sacado de casa días antes.
Quoc Chi fue procesado por intento de daño físico y fraude al seguro. La mujer, Diem Huong, perdió su trabajo y su reputación, huyendo de la ciudad por la vergüenza. Mi suegra, consumida por la culpa de haber criado a un hombre capaz de tal maldad, falleció meses después, pidiéndome perdón en su lecho de muerte.
Hoy, Gia Minh y yo vivimos en un pequeño apartamento lleno de luz. Ya no tengo que vigilar cada bocado ni temer a los silencios. He aprendido que la mayor fortaleza de una madre no es aguantar el dolor, sino tener la valentía de romper las cadenas antes de que estas nos asfixien. La justicia llegó tarde, pero llegó para quedarse. Mi hijo me mira y sonríe; ahora sabemos que el sabor de nuestra comida es, por fin, solo el de la paz
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