
En 1863, la ciudad de Puebla se recuperaba lentamente de la batalla contra las tropas francesas. Mientras la gente intentaba regresar a una vida normal, la cazona de piedra de los Salazar permanecía imponente en lo alto de la colina, mirando con sus ventanas oscuras hacia la ciudad como ojos vigilantes.
Los pobladores evitaban pasar cerca de aquella propiedad al caer la noche, susurrando historias sobre los cinco hermanos Salazar que la habitaban desde la muerte de sus padres. Mateo, el mayor de los hermanos, administraba con mano firme la fortuna familiar heredada de las minas de plata.
Augusto el segundo era conocido por su temperamento volátil y su afición al brandy francés que llegaba de contrabando. Gabriel, el tercero pasaba sus días entre libros y cálculos, siendo el más educado. Tomás, el cuarto permanecía casi siempre en silencio, observando con ojos inquietantes. Y finalmente, Diego, el menor, apenas 18 años, de sonrisa fácil y mirada ingenua.
Aquella tarde de octubre, mientras las hojas secas danzaban por las calles empedradas, un carruaje negro se detuvo frente a la reja oxidada. De él descendió Mateo, acompañado de una joven de piel pálida y cabello negro como la noche. “Les presento a Isabel Mendoza”, anunció Mateo a sus hermanos reunidos en el salón principal. “Mi prometida.
” Los hermanos observaron a la joven con expresiones indescriptibles. Isabel hizo una reverencia ligera, sus ojos recorriendo las paredes tapizadas de retratos familiares antiguos. Bienvenida a la casa de los Salazar”, dijo Gabriel, el único que se adelantó a besarle la mano con cortesía. Espero se sienta cómoda entre nosotros. Isabel sonrió nerviosamente.
Es un honor formar parte de tan distinguida familia. Esa noche, mientras cenaban en el comedor iluminado por candelabros de plata, Isabel notó el silencio incómodo que dominaba la mesa. Las miradas entre los hermanos parecían ocultar secretos como si conversaran sin palabras. ¿Hace cuánto falleció su madre? preguntó Isabel intentando romper el silencio. Un tenedor cayó contra el plato.
Tomás, que apenas había probado bocado, se levantó bruscamente. “Con permiso”, murmuró antes de desaparecer por el pasillo oscuro. “Disculpe a mi hermano”, intervino Mateo. “La pérdida de nuestra madre sigue siendo un tema delicado. Hace 7 años una enfermedad se la llevó y a nuestro padre poco después.
” Isabel la sintió comprensiva, pero algo en la mirada de Diego, el menor, captó su atención. El joven observaba a su hermano mayor con una expresión que mezclaba miedo y duda. Esa noche, mientras la servidumbre le mostraba su habitación, Isabel escuchó un susurro a sus espaldas. Debería marcharse mientras pueda, señorita.
Al girarse, vio a una anciana de rostro arrugado que sostenía sábanas limpias. Disculpe, la última novia que entró a esta casa. Algo terrible sucedió después. Siempre sucede algo terrible. Antes de que Isabel pudiera preguntar más, la anciana desapareció por el pasillo, dejándola con una inquietud que se instaló en su pecho como un peso frío y persistente.
Desde la ventana de su habitación, Isabel observó la luna llena que iluminaba el cementerio familiar en la parte trasera de la propiedad. Cinco lápidas recientes se alineaban junto a dos más antiguas. Cuando preguntó a la criada sobre ellas a la mañana siguiente, la respuesta fue un silencio aterrado y ojos que evitaban los suyos.
Lo que Isabel no sabía era que antes de la noche de bodas, uno de los hermanos Salazar no despertaría jamás. La primera semana de Isabel en la Casona transcurrió entre silencios incómodos y sonrisas forzadas. La mansión, con sus techos altos y pasillos serpenteantes, parecía engullirla poco a poco. Durante el día, los criados se movían como sombras, evitando mirarla directamente, susurrando cuando creían que no podía escucharlos.
Es igual que las otras, escuchó Isabel murmurar a una de las criadas mientras limpiaba el polvo de un antiguo reloj de péndulo, tan hermosa como ingenua. Una mañana, mientras exploraba la biblioteca, Isabel encontró a Gabriel enfrascado entre libros antiguos de medicina y ocultismo. Al verla, cerró apresuradamente el volumen que estudiaba. Señorita Isabel, no esperaba verla aquí. Me gusta leer”, respondió ella acercándose con curiosidad.
“¿Qué estudia con tanto interés?” Gabriel colocó su mano sobre el libro cubriéndolo. Meras curiosidades científicas. Nada que interesaría a una dama. Isabel notó que el libro mostraba ilustraciones anatómicas del corazón humano y textos en latín que no alcanzó a leer.
Aquella tarde, decidida a conocer mejor a su futuro esposo, Isabel buscó a Mateo por toda la casa hasta encontrarlo en su despacho, revisando documentos con expresión severa. “¿Puedo acompañarte?”, preguntó desde la puerta. Mateo levantó la mirada sorprendido. “Por supuesto”, respondió guardando rápidamente algunos papeles en un cajón que cerró con llave, “Aunque me temo que los asuntos de negocios resultan terriblemente aburridos.” Isabel se sentó frente a él.
“Cuéntame sobre tus hermanos. Apenas los conozco y pronto serán mi familia también.” Una sombra cruzó el rostro de Mateo. “Mis hermanos son complicados. Cada uno a su manera. ¿Por qué Tomás apenas habla? Un accidente de niño cayó de un caballo y desde entonces cambió. Isabel asintió, aunque percibía la mentira en su voz. Y Diego parece tan distinto a ustedes.
Mateo tensó la mandíbula. Diego es demasiado sentimental. Se parece a nuestra madre. Esa noche, mientras todos cenaban, Augusto llegó tarde con el aliento cargado de alcohol y los ojos enrojecidos. Se dejó caer pesadamente en su silla y miró a Isabel con una sonrisa torcida. “Así que tú eres la nueva novia”, dijo arrastrando las palabras.
“Te ha mostrado Mateo las tumbas familiares deberías visitarlas, conocer a las otras. Basta, Augusto. Mateo golpeó la mesa con el puño. Las otras, preguntó Isabel, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Diego, sentado frente a ella, palideció visiblemente. No le hagas caso, Isabel. Mi hermano bebe demasiado. Más tarde, mientras todos se retiraban a sus habitaciones, Isabel se encontró con Diego en el pasillo.
El joven miró nerviosamente a ambos lados antes de hablarle en voz baja. “Ten cuidado con las rosas blancas”, susurró. Si las ves en tu habitación, no duermas ahí esa noche. Antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, Diego se alejó apresuradamente. Isabel permaneció inmóvil con el corazón latiendo aceleradamente.
Al entrar a su habitación, revisó cada rincón buscando rosas blancas, pero no encontró ninguna. Esa noche, un grito desgarrador la despertó. Isabel se incorporó sobresaltada. Escuchando pasos apresurados por el pasillo, abrió ligeramente la puerta y vio a Mateo y Gabriel corriendo hacia la habitación de Augusto, de donde provenían gemidos ahogados.
Tomás observaba desde las sombras inmóvil. Al día siguiente, durante el desayuno, la silla de Augusto permaneció vacía. “Mi hermano ha tenido que viajar urgentemente a la capital”, explicó Mateo con voz monótona. Asuntos de negocios. Isabel notó que Diego mantenía la mirada fija en su plato, las manos temblorosas. Gabriel comía metódicamente, sin expresión alguna y Tomás, Tomás la miraba fijamente con unos ojos que parecían conocer cada uno de sus pensamientos.
En el jardín, una nueva tumba había aparecido junto a las otras. Isabel comenzó a notar patrones inquietantes en la casona de los Salazar. Cada noche, a las 3 en punto los relojes se detenían simultáneamente durante exactamente 7 minutos. Los sirvientes colocaban sal en los umbrales de las puertas y ventanas antes del anochecer, y nadie, absolutamente nadie, entraba en el ala oeste de la mansión.
Aquella mañana, aprovechando que los hermanos se habían reunido con el abogado familiar, Isabel decidió explorar esa zona prohibida. Con pasos sigilosos, cruzó el largo pasillo decorado con retratos antiguos cuyos ojos parecían seguirla. Al llegar a la puerta del ala oeste, descubrió que estaba cerrada con llave.
frustrada, estaba a punto de regresar cuando notó una pequeña puerta de servicio medio oculta tras un tapiz. La abrió lentamente, revelando un estrecho pasadizo polvoriento. Con el corazón acelerado, Isabel se adentró en la oscuridad. El pasillo desembocaba en una habitación circular con cinco puertas idénticas.
En el centro, sobre una mesa de mármol negro, reposaba un libro de cuero gastado. Isabel lo abrió con manos temblorosas, descubriendo que era un diario escrito con una caligrafía elegante y antigua. 20 de octubre 1842. Hoy he descubierto el secreto para prolongar la vida. requiere sacrificio, sangre familiar mezclada con la esencia del amor verdadero.
El primogénito debe liderar el ritual. Los hermanos deben participar voluntariamente. Que Dios me perdone por lo que estamos a punto de hacer. Isabel pasó las páginas cada vez más horrorizada. El diario escrito por el padre de Mateo detallaba un ritual macabro.
Cada vez que un hermano Salazar contraía matrimonio, otro hermano debía ser sacrificado la noche anterior a la boda. El corazón del sacrificado, combinado con un brevaje de hierbas y sangre de la novia otorgaría años adicionales de vida a los hermanos restantes. El primogénito elige quién debe partir. El segundo prepara el cuerpo, el tercero extrae la esencia. El cuarto contiene el espíritu y el quinto, el quinto llora por todos.
Un ruido de pasos interrumpió su lectura. Isabel cerró apresuradamente el libro y se escondió tras una cortina pesada. A través de una pequeña abertura vio entrar a Gabriel y Tomás. Augusto no estaba preparado”, dijo Gabriel colocando instrumentos metálicos sobre una mesa. Se resistió demasiado. Tomás, que Isabel creía mudo, habló con voz ronca y profunda.
Siempre se resisten, pero es necesario. Padre nos lo explicó. ¿Quién será el próximo? Preguntó Gabriel. Mateo dice que Diego es el más joven. Su corazón es más fuerte. Isabel ahogó un grito cubriéndose la boca con ambas manos. Y la novia sospecha algo. Tomás negó con la cabeza.
es como las anteriores, demasiado deslumbrada por la fortuna Salazar para ver lo evidente. Cuando los hermanos abandonaron la habitación, Isabel esperó varios minutos antes de salir de su escondite. Con el alma congelada de terror, regresó a su habitación por un camino diferente, evitando ser vista. Esa noche, durante la cena, Isabel observó a los hermanos con nuevos ojos.
Mateo presidía la mesa como siempre hablando de los preparativos para la boda. Gabriel comentaba detalles sobre el banquete con una frialdad escalofriante. Tomás permanecía en silencio, aunque ahora Isabel sabía que su mutismo era una fachada. Y Diego, el pobre Diego, comía sin apetito, como quien sabe que disfruta de sus últimas comidas.
¿Te encuentras bien, querida?, preguntó Mateo notando su palidez. Apenas has probado tu comida. Isabel forzó una sonrisa. Solo estoy emocionada por la boda. Faltan apenas tres días, respondió Mateo, tomando su mano sobre la mesa. Pronto serás una Salazar. Esa noche, mientras todos dormían, Isabel escuchó un suave golpe en su puerta.
Al abrirla, encontró a Diego temblando con el rostro desencajado por el miedo. “Tienes que ayudarme”, susurró. “Van a matarme mañana.” Isabel hizo pasar a Diego a su habitación, cerrando la puerta con sigilo. El joven temblaba incontrolablemente, sus ojos moviéndose nerviosamente hacia las sombras, como si temiera que alguien pudiera estar escuchando.
“Siempre es así”, murmuró Diego, sentándose en el borde de la cama. Con cada boda uno de nosotros debe partir. Lo sé, respondió Isabel, sorprendiendo al joven. Encontré el diario de tu padre. Diego la miró con asombro. Entraste al cuarto prohibido. Nadie sobrevive a eso. ¿Por qué continúan con esta locura? Preguntó ella, arrodillándose frente a él.
¿Por qué no escapan? ¿Denuncian esto a las autoridades? Una risa amarga escapó de los labios de Diego. No entiendes. No podemos irnos. Estamos atados a esta casa, a este pacto. Si intentamos huir, algo nos devuelve, algo que no es de este mundo.
Isabel recordó las extrañas marcas que había visto en los tobillos de los hermanos como cicatrices de grilletes invisibles. Augusto lo intentó tres veces, continuó Diego. La última vez logró llegar hasta Veracruz. Estaba a punto de abordar un barco cuando despertó de nuevo en su habitación. con fiebre y delirando. Padre hizo algo con nosotros antes de morir, algo que nos mantiene unidos a este lugar y a este ritual maldito. Y las novias, ¿qué papel juegan en esto? Diego desvió la mirada.
Su sangre mezclada con el corazón del sacrificado completa el ritual, pero ellas nunca lo saben. Después de la boda beben una copa especial durante el banquete. El brevaje contiene partes de nosotros. Isabel sintió náuseas y después viven normalmente como esposas de los Salazar, pero están vinculadas al ritual también. Si intentan abandonar la casa definitivamente, mueren.
Por eso Mateo siempre elige mujeres sin familia, sin nadie que las busque o pregunte por ellas. Ahora Isabel entendía por qué Mateo se había fijado en ella, una huérfana criada en un convento, sin parientes ni amigos que pudieran preocuparse por su destino. “Mañana será mi turno”, continuó Diego con lágrimas resbalando por sus mejillas. pálidas.
Gabriel ya ha preparado sus instrumentos. Tomás ha dispuesto las correas en la mesa de mármol y Mateo. Mateo ya ha afilado el cuchillo ceremonial. Isabel tomó las manos de Diego entre las suyas. “Debe haber una forma de romper este ciclo. Solo hay una manera”, respondió el joven con voz quebrada.
El diario menciona que si la novia ofrece voluntariamente su corazón en lugar del hermano elegido, el pacto se rompe. Pero nadie ha estado dispuesto a hacer ese sacrificio. Isabel permaneció en silencio, procesando aquella información. Finalmente levantó la mirada con determinación. Te ayudaré a escapar esta noche.
Conozco un pasadizo que lleva a las caballerizas. Diego negó con la cabeza. Ya te lo dije, no puedo irme. La casa no me dejará. Entonces encontraremos otra solución. Esa noche Isabel no durmió. Revisó cada página del diario que había robado buscando alguna pista, alguna debilidad en el ritual macabro de los Salazar.
Cerca del amanecer encontró algo. Una anotación casi borrada por el tiempo en la última página. El pacto puede romperse si la sangre del primogénito se derrama voluntariamente sobre las tumbas familiares durante la luna nueva. El sacrificio del líder libera a todos. Isabel miró por la ventana. La luna nueva sería precisamente esa noche.
Durante el desayuno, notó la ausencia de Diego. Cuando preguntó por él, Mateo respondió con naturalidad. Mi hermano se sentía indispuesto. Está descansando en su habitación. Isabel intercambió una mirada con Gabriel, quien desvió los ojos rápidamente. Tomás bebía su café con tranquilidad inhumana. Hoy quiero revisar los últimos detalles de la boda”, dijo Mateo. “Ven a mi despacho después del almuerzo.
” Isabel asintió, sabiendo que necesitaba actuar antes de que fuera demasiado tarde para Diego. El día transcurrió con una lentitud tortuosa. Isabel buscó desesperadamente alguna señal de Diego. Pero el joven al mediodía, mientras pasaba junto a la cocina, escuchó a dos criadas conversando en voz baja. “Esta noche será como las otras”, murmuró una. “El joven Diego ya está en la sala de preparación.
” “Pobre muchacho”, respondió la otra. Era el más amable de todos. Isabel continuó su camino con el corazón martilleando en su pecho. Necesitaba encontrar a Diego antes del anochecer, antes de que la luna nueva se alzara en el cielo y el ritual comenzara. En el despacho, Mateo la recibió con una sonrisa que ahora le parecía macabra.
Sobre su escritorio había un contrato matrimonial y una pluma de oro. Solo necesito tu firma, querida dijo señalando el documento. Formalidades legales. Isabel tomó la pluma con manos temblorosas. Mientras fingía leer el contrato, observó el pesado abrecartas de plata que descansaba junto al tintero.
Con un movimiento rápido, lo tomó y lo escondió entre los pliegues de su vestido. “Todo parece en orden”, respondió firmando el documento. Mateo sonrió complacido. “mañana a esta hora serás la señora de Salazar, pero antes esta noche tenemos una pequeña tradición familiar. ¿Qué tipo de tradición? Preguntó ella fingiendo inocencia. Una ceremonia privada solo para los hermanos Salazar.
Asuntos de hombres, ya entiendes. Isabel asintió. Por supuesto. ¿Y dónde está Diego? No lo he visto en todo el día. Un destello de alerta cruzó los ojos de Mateo. Mi hermano menor está ocupado con los preparativos. Lo verás mañana en la boda. Ambos sabían que mentía.
Cuando cayó la tarde, Isabel se escabulló hacia el ala oeste utilizando el pasadizo secreto que había descubierto. El silencio en aquella parte de la mansión era absoluto, como si hasta el aire contuviera la respiración. Al llegar a la habitación circular, encontró una de las cinco puertas ligeramente entreabierta. A través de la rendija vio a Diego atado a una mesa de mármol inconsciente.
Gabriel preparaba una serie de instrumentos quirúrgicos mientras Tomás encendía velas negras alrededor de la estancia. Isabel retrocedió silenciosamente. Según el diario, el ritual debía realizarse exactamente a medianoche cuando la luna nueva estuviera en su punto más alto. Tendría que esperar y actuar en el momento preciso. Regresó a su habitación y preparó lo necesario.
El abrecartas de plata, un frasco con agua bendita que había robado de la capilla familiar y el diario con las instrucciones para romper el pacto. Cuando el reloj marcó las 11, Isabel escuchó pasos fuera de su puerta. Se escondió rápidamente tras las cortinas. La puerta se abrió lentamente y Mateo entró sosteniendo un ramo de rosas blancas, las colocó sobre la cama vacía y murmuró unas palabras en un idioma desconocido.
Después de que se marchó, Isabel salió de su escondite y miró las flores con horror. Recordó las palabras de Diego. Si ves rosas blancas en tu habitación, no duermas ahí esa noche. Ahora entendía por qué. Las rosas eran parte del ritual. marcaban a la siguiente víctima. A las 11:30 la mansión quedó sumida en un silencio sepulcral.
Isabel se deslizó nuevamente por los pasadizos hacia el ala oeste. Al llegar a la habitación circular, vio que estaba vacía. La mesa donde había estado Diego también había desaparecido. Siguiendo su intuición, Isabel buscó otra salida y descubrió una escalera oculta que descendía hacia las entrañas de la mansión. Bajó los peldaños húmedos, guiándose por el débil resplandor de antorchas lejanas.
La escalera terminaba en una cripta subterránea. En el centro, sobre un altar de piedra, yacía Diego a un inconsciente. Los tres hermanos restantes estaban colocados en puntos específicos, formando un triángulo alrededor del altar. Mateo sostenía un cuchillo ceremonial de hoja curva, murmurando palabras incomprensibles.
Isabel se ocultó tras una columna esperando el momento oportuno. Según el diario, el ritual debía interrumpirse exactamente cuando el primogénito elevara el cuchillo hacia el cielo antes de que la hoja descendiera sobre el corazón de la víctima. Los minutos pasaron con una lentitud agonizante. Finalmente, Mateo alzó el cuchillo. La hoja brilló con un fulgor antinatural bajo la luz de las antorchas.
Era el momento de actuar. Isabel emergió de las sombras en el instante preciso. Él abrecartas de plata firmemente sujeto en su mano derecha y el frasco de agua bendita en la izquierda. Su aparición provocó un sobresalto en los tres hermanos, quienes la miraron con una mezcla de sorpresa y furia. “¡Detente, Mateo!”, gritó avanzando hacia el altar donde Diego yacía inconsciente.
Conozco vuestro secreto. Sé lo que habéis estado haciendo durante generaciones. Mateo bajó lentamente el cuchillo ceremonial, su rostro transformándose en una máscara de odio. No deberías estar aquí, Isabel. Este no es lugar para una novia. Las novias siempre han sido parte del ritual, ¿no es así? Respondió ella.
manteniendo la distancia, su sangre mezzlada con el corazón del hermano sacrificado, un pacto perverso para prolongar vuestras vidas miserables. Gabriel dio un paso hacia ella. No entiendes nada. Es un legado familiar, un don que nuestro padre nos dejó, un don que os ha convertido en monstruos, replicó Isabel.
¿Cuántos hermanos han muerto ya? ¿Cuántas novias han sido engañadas? Tomás, quien siempre permanecía en silencio, habló con voz profunda y perturbadora. 17 hermanos, 23 novias, cada uno eslabón necesario en la cadena que nos mantiene vivos. Isabel sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Y cuántos años tenéis realmente? Mateo sonrió una sonrisa que no alcanzó sus ojos fríos.
Yo nací en 1781, Gabriel en 1795, Tomás en 1810. Cada sacrificio nos otorga 20 años más de vida. Y Diego, él es especial, respondió Mateo. Nació después del ritual en 1845. Es el único verdaderamente joven entre nosotros. Su corazón puro tiene un poder extraordinario. Isabel comenzó a moverse lentamente hacia un lado, intentando acercarse a Diego.
El diario de vuestro padre menciona una forma de romper el pacto. Los ojos de Mateo se entrecerraron peligrosamente. Ese diario debería haber ardido hace décadas. El sacrificio voluntario del primogénito durante la luna nueva. Continuó Isabel. Tu sangre derramada sobre las tumbas familiares liberaría a todos. Un silencio tenso invadió la cripta.
Gabriel y Tomás intercambiaron miradas inquietas. ¿Es eso cierto, hermano?, preguntó Gabriel. ¿Existe una forma de acabar con esto? Mateo ignoró la pregunta, su mirada fija en Isabel. Entrégame ese diario y quizás te permita vivir hasta mañana. Estoy cansado, Mateo. Intervino Tomás. Inesperadamente, llevamos demasiado tiempo haciendo esto.
He visto morir a demasiados hermanos. Silencio, rugió Mateo. El pacto debe mantenerse. Es nuestro legado, nuestra responsabilidad. Isabel aprovechó la distracción para lanzar el agua bendita sobre las cadenas que sujetaban a Diego. Para su sorpresa, las ataduras comenzaron a humear y aflojarse, como si el agua las estuviera corrollendo.
Mateo se dio cuenta demasiado tarde. Con un grito de rabia, se abalanzó sobre Isabel, el cuchillo ceremonial describiendo un arco letal en el aire. Ella logró esquivarlo por centímetros, cayendo al suelo, pero manteniendo firme el abrecartas. Gabriel se mantuvo inmóvil, paralizado por la duda. Tomás, sin embargo, tomó una decisión.
En un movimiento sorprendentemente ágil para su apariencia, interceptó a Mateo y lo sujetó por detrás. “Traor!”, gritó Mateo forcejeando con furia, “¿Te atreves a volverte contra tu propio hermano? Me vuelvo contra un monstruo que una vez fue mi hermano”, respondió Tomás con voz firme. “Esto tiene que terminar.” Isabel aprovechó el momento para liberar completamente a Diego, quien comenzaba a despertar, aturdido y confuso.
“¿Qué está pasando?”, murmuró el joven. Estamos rompiendo el pacto respondió ella, ayudándole a incorporarse. Mateo logró liberarse del agarre de Tomás, arrojándolo contra una columna con fuerza sobrehumana. Gabriel, finalmente reaccionando, se interpuso entre Isabel y su hermano mayor. Apártate, Gabriel, ordenó Mateo, el cuchillo brillando amenazadoramente en su mano.
Sabes que esto es necesario ya no. Respondió Gabriel. Hemos vivido demasiado, Mateo. Hemos visto demasiado dolor. Con un rugido animal, Mateo atacó. El cuchillo ceremonial se hundió en el pecho de Gabriel, quien se desplomó con un gemido ahogado. Isabel gritó horrorizada mientras Diego, aún débil, intentaba levantarse para ayudar.
Tomás se recuperó y volvió a la carga, esta vez con una determinación mortal en sus ojos. Los dos hermanos chocaron con violencia, rodando por el suelo de la cripta en una lucha desesperada. Isabel ayudó a Diego a ponerse de pie. “Tenemos que llegar al cementerio familiar”, susurró. Es la única forma de romper el pacto.
Mientras Mateo y Tomás continuaban su lucha feroz, Isabel y Diego se dirigieron hacia una salida lateral de la cripta, pero antes de que pudieran alcanzarla, un grito desgarrador les hizo volverse. Mateo se erguía victorioso sobre el cuerpo de Tomás. El cuchillo ceremonial hundido hasta la empuñadura en su garganta. Sus ojos brillantes de locura se fijaron en los fugitivos. “Nadie escapa del pacto Salazar”, sentenció, avanzando hacia ellos con pasos lentos y deliberados.
Nadie. Isabel y Diego corrían por un túnel ascendente, sus respiraciones agitadas resonando contra las paredes de piedra húmeda. Detrás de ellos, los pasos de Mateo se acercaban inexorablemente, como el latido de un corazón monstruoso. “Por aquí”, indicó Diego señalando una bifurcación apenas visible en la oscuridad.
Este pasaje lleva directamente al cementerio familiar. El túnel se estrechaba a medida que avanzaban. obligándoles a agacharse. El aire se volvía cada vez más frío y denso, cargado con el olor a tierra y muerte. Isabel apretaba firmemente el abrecartas de plata en su mano, su única arma contra la amenaza que los perseguía.
“¿Cómo supiste de estos pasadizos?”, preguntó Isabel entre jadeos. “De niño me escondía en ellos”, respondió Diego, guiándola a través de la oscuridad. Cuando empezaron los rituales, cuando vi morir a mi primer hermano, busqué lugares para escapar. Nunca funcionó, pero conocí cada rincón de esta casa. Finalmente, el túnel terminó en una escalera de piedra que ascendía hacia una losa.
Diego empujó con todas sus fuerzas y la piedra se movió, revelando el cielo nocturno. Emergieron en medio del cementerio familiar, rodeados de lápidas silenciosas bajo un cielo sin luna. “La tumba de nuestro padre”, señaló Diego hacia un mausoleo de mármol que se alzaba imponente en el centro. Ahí está. enterrado con el libro original del pacto, Isabel contempló las numerosas lápidas que rodeaban el mausoleo, algunas tan antiguas que las inscripciones habían sido borradas por el tiempo, otras tan recientes que aún conservaban flores marchitas. “¿Cuántas
generaciones llevan haciendo esto?”, preguntó horrorizada. Desde 1723, respondió una voz a sus espaldas, cuando nuestro tatarabuelo descubrió el ritual en un grimorio azteca, Mateo emergió de entre las sombras, su figura recortada contra la noche como una aparición del infierno.
El cuchillo ceremonial, ahora manchado con la sangre de sus hermanos, brillaba tenuemente en su mano. Has matado a Gabriel y Tomás”, dijo Isabel colocándose protectoramente frente a Diego. Se sacrificaron por la familia como todos los demás. Respondió Mateo con frialdad. ¿Cómo lo hará Diego? ¿Cómo lo harás tú? Diego dio un paso al frente. Se acabó, Mateo. Ya no queda familia que proteger.
Solo quedamos nosotros dos. Siempre habrá más Salazar, replicó Mateo con una sonrisa. perturbadora. Después de la boda, Isabel me dará hijos, la sangre continuará. Isabel sintió náuseas ante aquella perspectiva macabra. Según avanzaba Mateo, ella y Diego retrocedían hacia el mausoleo familiar. El diario dice que la sangre del primogénito debe derramarse voluntariamente, dijo Isabel.
Tú nunca sacrificarías tu vida por los demás. El diario miente, escupió Mateo. Mi padre añadió esa página para debilitarme, para tentarme a renunciar. El verdadero poder está en la continuidad del pacto, no en su ruptura. Un relámpago iluminó momentáneamente el cielo, revelando el rostro desencajado de Mateo.
Décadas de rituales macabros habían dejado una huella indeleble en sus facciones, una mezcla de juventud artificial y de crepitud espiritual. “Entrégame a Diego”, ordenó. “Quizás entonces sea misericordioso contigo.” Isabel apretó con más fuerza el abrecartas. Nunca. Con un rugido animal, Mateo se abalanzó sobre ellos. Isabel empujó a Diego hacia un lado y esquivó el ataque por centímetros.
El cuchillo ceremonial rasgó su vestido dejando un corte superficial en su brazo. Diego agarró una rama caída y golpeó a Mateo en la espalda. El impacto apenas lo hizo tambalear. Se giró con velocidad sobrenatural y atrapó a Diego por el cuello, levantándolo del suelo. “Debí sacrificarte hace años”, gruñó apretando su garganta.
“Siempre fuiste demasiado débil.” Isabel, viendo a Diego ahogarse, actuó por instinto, se lanzó contra Mateo y hundió el abrecartas en su costado. La hoja de plata penetró profundamente, provocando un aullido de dolor. Mateo soltó a Diego, quien cayó al suelo jadeando por aire. La herida en el costado de Mateo comenzó a humear como si la plata quemara su carne desde dentro.
“Perra maldita!”, gritó arrancándose el abrecartas y arrojándolo lejos. Te arrancaré el corazón con mis propias manos. Isabel retrocedió hacia el mausoleo, intentando ganar tiempo mientras Diego se recuperaba. Su espalda chocó contra la puerta de hierro oxidado. Para su sorpresa, esta se dio ligeramente. Diego llamó, la puerta del mausoleo está abierta.
El joven se incorporó tambaleante y corrió hacia ella. Juntos empujaron la pesada puerta, abriéndola lo suficiente para deslizarse al interior. Mateo rugió de rabia y se lanzó tras ellos, pero llegó demasiado tarde. La puerta se cerró con un estruendo metálico. El interior del mausoleo estaba iluminado por una luz verdosa que emanaba de inscripciones grabadas en las paredes.
En el centro, sobre un pedestal de piedra, reposaba el ataúd abierto del patriarca Salazar. Dentro, en lugar de restos humanos, había un libro antiguo de cuero negro y un cuchillo gemelo al que portaba Mateo. “El libro original”, susurró Diego con reverencia temerosa. Y el primer cuchillo ceremonial. Isabel se acercó cautelosamente.
Las páginas del libro estaban escritas con lo que parecía ser sangre seca en un idioma que combinaba español antiguo y nawatl. Fuera, Mateo golpeaba la puerta con furia, haciendo temblar los goznes oxidados. No tardaría en derribarla. Aquí dice cómo romper el pacto dijo Isabel pasando rápidamente las páginas amarillentas.
La sangre del primogénito debe mezclarse con la sangre de una novia pura sobre el libro original durante la luna nueva. Diego tomó el cuchillo del ataúd. Mi sangre no servirá. No soy el primogénito. Pero la de Mateo sí, respondió Isabel con un plan formándose en su mente. Y yo soy la novia. La puerta crujió amenazadoramente. Los golpes se intensificaron.
No funcionará”, dijo Diego desesperado. “Mateo nunca ofrecerá su sangre voluntariamente.” Isabel miró el cuchillo que Diego sostenía y luego el abrecartas ensangrentado que Mateo había arrojado y que ahora yacía en el suelo del mausoleo. “Su sangre ya está en el abrecartas”, dijo recogiéndolo. “Y no tiene que ser voluntario.
El libro dice que debe ser la sangre del primogénito. No especifica cómo obtenerla. Un último golpe y la puerta se dió parcialmente, dejando un hueco por el que Mateo intentaba introducirse, sus ojos inyectados en sangre brillando con furia demencial. No había tiempo que perder.
Con la puerta del mausoleo cediendo ante la fuerza sobrehumana de Mateo, Isabel actuó rápidamente. Tomó el abrecartas manchado con la sangre de su atacante y lo sostuvo sobre el libro ancestral. “Diego, necesito tu ayuda”, exclamó. “Debemos completar el ritual antes de que entre.” El joven Salazar, superando su miedo, se acercó a ella.
¿Qué debo hacer? Sostén el libro. Necesito ambas manos. Diego tomó el pesado tomo mientras Isabel deslizaba el filo de la brecartas por la palma de su mano izquierda. La sangre brotó inmediatamente, roja y brillante bajo la luz verdosa del mausoleo. Con precisión dejó que las gotas cayeran sobre las páginas amarillentas, mezclándose con la sangre de Mateo que impregnaba el abrecartas.
Li las palabras, indicó a Diego señalando un párrafo escrito en una mezcla de español antiguo y nawatlle. Mientras Diego recitaba las palabras rituales con voz temblorosa, Isabel presionaba su mano sangrante contra el libro. La mezcla de sangres comenzó a brillar con un fulgor rojizo, extendiéndose por las páginas como venas pulsantes. Fuera. Los golpes de Mateo se volvieron frenéticos.
Deteneos”, rugió con una voz que ya no parecía humana. “No sabéis lo que estáis haciendo.” El suelo del mausoleo comenzó a temblar. Las inscripciones en las paredes pulsaban con luz cada vez más intensa. El libro en manos de Diego se calentó hasta casi quemarle. “¿Sigue leyendo!”, instó Isabel soportando el dolor en su mano. Está funcionando.
Las últimas palabras del ritual resonaron en el espacio cerrado del mausoleo, amplificadas por una fuerza invisible. En ese preciso instante, Mateo logró abrir completamente la puerta y se precipitó hacia ellos con el cuchillo ceremonial en alto. “Os mataré a los dos”, gritó su rostro deformado por el odio y algo más. miedo.
Pero antes de que pudiera alcanzarlos, un viento sobrenatural surgió del libro abierto, formando un torbellino que lo envolvió. Mateo quedó paralizado en el aire, sus pies a varios centímetros del suelo, su expresión congelada en un rictus de terror. “¿Qué está pasando?”, preguntó Diego retrocediendo instintivamente.
Isabel, igualmente aterrada, pero decidida, mantuvo su mano sangrante sobre el libro El pacto se está rompiendo. El cuerpo de Mateo comenzó a cambiar ante sus ojos. Su piel, artificialmente joven durante décadas, gracias a los rituales, empezó a envejecer aceleradamente. Arrugas profundas surcaron su rostro. Su cabello se tornó blanco y luego comenzó a caer.
Sus manos se convirtieron en garras artríticas y su espalda se encorbó dolorosamente. No! Gritó con voz quebrada por la edad. Me lo prometiste, padre, vida eterna. El torbellino se intensificó arrancando páginas del libro que volaban alrededor de Mateo como mariposas de papel. Cada página que tocaba su cuerpo provocaba que envejeciera más.
Como si cada ritual realizado, cada vida tomada estuviera cobrando su precio en segundos. Diego e Isabel observaban horrorizados mientras Mateo se convertía en un anciano, luego en un ser cadavérico y, finalmente, en un esqueleto que se desmoronó en polvo ante sus ojos.
El cuchillo ceremonial cayó al suelo con un sonido metálico, su hoja ahora oxidada y quebradiza. El torbellino disminuyó gradualmente hasta desaparecer. El libro en manos de Diego se cerró por sí solo y para su asombro comenzó a arder con llamas azules que no quemaban sus manos. En segundos se consumió completamente, sin dejar ni cenizas.
Un silencio sepulcral invadió el mausoleo. Isabel y Diego se miraron demasiado conmocionados para hablar. Finalmente, ella rompió el silencio. “Se acabó”, murmuró vendando su mano herida con un trozo de su vestido. “El pacto está roto.” Diego miró hacia donde segundos antes había estado su hermano mayor.
Solo quedaba un pequeño montón de polvo y ropas vacías. 200 años”, dijo con voz hueca, “200 años de muerte y sufrimiento.” Salieron lentamente del mausoleo a un amanecer que comenzaba a teñir el cielo de rosa pálido. El cementerio familiar parecía diferente bajo la luz creciente, menos amenazador, casi pacífico.
“¿Qué ocurrirá ahora?”, preguntó Isabel, contemplando la mansión que se alzaba sombría en la distancia. Diego permaneció en silencio por un momento, procesando todo lo ocurrido. Somos libres, respondió finalmente. Todos somos libres. Al decir estas palabras, un viento suave recorrió el cementerio. Para su asombro, las lápidas más antiguas comenzaron a desmoronarse lentamente, convirtiéndose en polvo que el viento dispersaba.
Era como si las almas atrapadas por el pacto finalmente encontraran descanso. “Debemos irnos de aquí”, dijo Diego tomando la mano no herida de Isabel. comenzar de nuevo, lejos de este lugar maldito. Isabel asintió, pero antes de que pudieran dar un paso, un ruido les hizo volverse. La puerta del mausoleo se había cerrado por sí sola y ante sus ojos las paredes comenzaron a agrietarse.
En cuestión de segundos, la estructura entera colapsó sobre sí misma, sellando para siempre los secretos de los Salazar. Es como si la propia tierra quisiera borrar toda evidencia”, murmuró Isabel. Mientras se alejaban del cementerio, escucharon un crujido ensordecedor proveniente de la mansión. Grandes grietas aparecían en sus muros, ventanas que estallaban, tejas que caían como lluvia mortal.
La casa de los Salazar estaba muriendo junto con sus secretos. No mires atrás”, dijo Diego, apretando la mano de Isabel mientras apresuraban el paso hacia el camino que llevaba a Puebla. Detrás de ellos, con un último gemido agónico de madera y piedra, la mansión Salazar se derrumbó completamente, levantando una nube de polvo que oscureció momentáneamente el sol naciente.
Puebla, 1864. Un año había transcurrido desde la caída de la casa Salazar. La noticia del derrumbe de la mansión se había esparcido rápidamente por la ciudad, generando toda clase de rumores y especulaciones. Algunos hablaban de una maldición familiar, otros de un castigo divino por pecados innombrables.
Nadie se atrevía a acercarse a las ruinas que permanecían intactas como un monumento a la superstición. En una pequeña casa cerca del centro, Isabel se dedicaba a bordar mientras observaba por la ventana. Su mano izquierda, marcada por una cicatriz en forma de media luna, trabajaba con destreza a pesar del recuerdo permanente de aquella noche. La puerta se abrió y Diego entró dejando su sombrero en el perchero.
Durante el año transcurrido, el joven había cambiado notablemente. Su rostro, antes marcado por el miedo constante, ahora reflejaba serenidad, aunque sus ojos seguían guardando las sombras de un pasado terrible. ¿Alguna noticia?, preguntó Isabel dejando su bordado a un lado. Diego negó con la cabeza mientras se sentaba frente a ella. Nadie ha reclamado la propiedad.
Las autoridades han declarado que pasará al estado si no aparece algún heredero en los próximos meses. Ambos guardaron silencio, conscientes de que Diego era el único heredero legítimo de los Salazar, pero había optado por renunciar a ese nombre y esa fortuna Ahora vivía como Diego Mendoza, tomando el apellido de Isabel como propio cuando se casaron en una ceremonia sencilla 6 meses atrás.
Recibí una carta del notario Gutiérrez, dijo Isabel después de un momento. Encontraron más tumbas bajo los escombros de la mansión. Algunas datan del siglo XVII. Diego cerró los ojos. El peso de la historia familiar, aún oprimiéndole el pecho. Cuántas personas murieron para alimentar la ambición de mi familia. Isabel se acercó y tomó sus manos entre las suyas. Tú no eres responsable de esos crímenes, Diego. Tú ayudaste a terminar con ellos.
Un golpe en la puerta interrumpió su conversación. Diego se levantó cautelosamente. La paranoia de años no desaparecía fácilmente y abrió. En el umbral estaba la figura encorbada de doña Soledad, la antigua cocinera de los Salazar, la única del servicio que había sobrevivido al derrumbe por encontrarse en el pueblo aquella noche.
“Señor Diego”, dijo la anciana, su voz temblorosa, “perdone la intrusión, pero necesitaba verlos.” Isabel la invitó a entrar y le ofreció una silla. Doña Soledad parecía haber envejecido 10 años en solo uno, su rostro surcado por nuevas arrugas, sus manos temblorosas aferrando un pequeño bulto envuelto en tela.
“He venido a advertirles”, dijo finalmente, mirando nerviosamente hacia la ventana, como si temiera ser observada. Y al entregarles esto, desenvolvió el bulto, revelando un pequeño libro de cuero, mucho más delgado que el grimorio, que habían visto arder en el mausoleo. Sus páginas amarillentas estaban escritas con una caligrafía fina y precisa.
“Lo encontré entre mis pertenencias después del derrumbe”, explicó. “Pertenecía a la señora Salazar, la madre de los hermanos. Ella me lo entregó poco antes de morir, pidiéndome que lo guardara y se lo diera a cualquiera que sobreviviera al pacto. Diego tomó el libro con manos temblorosas. Mi madre sabía sobre el ritual. Su madre intentó detenerlo, respondió la anciana.
Cuando descubrió lo que su esposo y el primogénito hacían en las noches sin luna, intentó huir con ustedes, pero el pacto ya estaba sellado. Isabel abrió el libro con cuidado. Era un diario escrito por Catalina Salazar durante sus últimos días. En él, la mujer detallaba cómo había descubierto la terrible tradición familiar y sus intentos fallidos por proteger a sus hijos menores. Ella no murió de enfermedad.
Continuó doña Soledad. Fue sacrificada por negarse a participar. Su esposo la ofreció en lugar de uno de los hermanos. Diego palideció. Mi padre mató a mi madre. Con la ayuda de Mateo. Asintió la anciana. El primogénito siempre era el primero en corromperse.
Isabel continuó leyendo hasta llegar a las últimas páginas del diario. Allí, Catalina Salazar había escrito una advertencia que le heló la sangre. El pacto puede romperse, pero no destruirse por completo. La semilla del mal permanecerá dormida, esperando nueva sangre para renacer. Si estás leyendo esto, has sobrevivido a la maldición de los Salazar, pero debes permanecer vigilante.
El mal buscará un nuevo recipiente, un nuevo primogénito que continúe el legado. Isabel miró a Diego con preocupación. ¿Qué significa esto? Doña Soledad se inclinó hacia ellos bajando la voz hasta un susurro. Han estado ocurriendo cosas extrañas en las ruinas, luces por la noche, voces y tres personas han desaparecido en los alrededores durante el último mes.
Diego cerró el diario de su madre, su rostro una máscara de determinación. Entonces no ha terminado. “La tierra donde se construyó la mansión está desde tiempos antiguos”, explicó la anciana. Los indígenas la consideraban un portal al inframundo. Los españoles levantaron una capilla para sellar ese portal y después los Salazar construyeron encima su casa.
Pero el mal siempre encuentra una forma de escapar. Isabel tocó instintivamente su vientre un gesto que no pasó desapercibido para doña Soledad. ¿Está esperando un hijo?, preguntó la anciana, sus ojos abriéndose con alarma. Isabel asintió mirando a Diego. Queríamos estar seguros antes de compartir la noticia.
La anciana se persignó rápidamente. Deben marcharse de Puebla ahora mismo. Si es un varón y es el primogénito de una nueva línea Salazar, el pacto intentará reclamarlo. Diego se puso de pie, la decisión brillando en sus ojos. No huiremos. No permitiré que esta maldición persiga a nuestra familia por generaciones. Debe terminar definitivamente.
¿Qué piensas hacer? preguntó Isabel tomando su mano. Volver a las ruinas, encontrar el origen del mal y destruirlo para siempre. Doña Soledad negó con la cabeza. Es demasiado peligroso, señor Diego. Nadie que ha entrado a las ruinas después del derrumbe ha regresado. Yo volví una vez de la muerte, respondió Diego con firmeza, “y lo haré de nuevo si es necesario.
” Esa noche, mientras preparaban lo necesario para su peligrosa misión, Isabel encontró una última página en el diario oculta entre la contraportada y la cubierta. En ella, con una caligrafía temblorosa, Catalina Salazar había escrito: “Solo el amor verdadero puede vencer al odio ancestral. Solo una vida ofrecida libremente puede compensar las vidas tomadas por la fuerza. El círculo debe cerrarse donde comenzó.
” El ocaso teñía de rojo sangre el cielo sobre las ruinas de la mansión Salazar, cuando Diego e Isabel llegaron equipados con antorchas, agua bendita y el diario de Catalina. Doña Soledad había insistido en acompañarlos hasta cierto punto del camino, pero su avanzada edad le impidió seguirlos hasta las ruinas mismas.
Recuerden, les había dicho antes de despedirse, la capilla original bajo el altar mayor de la mansión. Ahí comenzó todo. Las ruinas proyectaban sombras grotescas bajo la luz menguante, lo que una vez fue una imponente mansión, ahora era poco más que un laberinto de muros de ruidos, vigas expuestas y escombros. El derrumbe había sido tan violento que resultaba difícil orientarse entre los restos.
¿Recuerdas dónde estaba el altar mayor? Preguntó Isabel sosteniendo en alto su antorcha. Diego asintió. En el ala este, mi padre realizaba allí ceremonias religiosas para mantener las apariencias, pero debajo no necesitó terminar la frase. Ambos sabían que bajo aquella fachada de piedad se ocultaban los horrores que habían presenciado. Avanzaron con cautela entre los escombros.
El suelo inestable crujía bajo sus pies y en ocasiones debían trepar sobre montones de piedras y maderas astilladas. A medida que la noche caía, el aire se tornaba más frío y denso, como si la oscuridad misma tuviera peso. “Sientes eso?”, susurró Isabel deteniéndose súbitamente. Diego asintió, la piel erizada, un extraño zumbido casi imperceptible vibraba en el aire y había algo más, un olor peculiar, mezcla de tierra húmeda y algo metálico que recordaba demasiado a la sangre. Estamos cerca”, murmuró Diego. Finalmente, tras sortear un
pasillo parcialmente derrumbado, llegaron a lo que una vez fue la capilla privada de los Salazar. El techo había desaparecido por completo, permitiendo que la luz de las estrellas iluminara tenuemente el recinto. El altar de mármol, sorprendentemente permanecía casi intacto, aunque partido por la mitad.
Según el diario de mi madre, debe haber una entrada oculta bajo el altar”, dijo Diego examinando la base de piedra. Juntos empujaron los restos del altar que se deslizó con inesperada facilidad, revelando una abertura en el suelo. Unas escaleras de piedra desgastada descendían hacia la oscuridad. “La capilla original”, murmuró Isabel, “la la que construyeron los españoles para sellar el portal.
El aire que emanaba del pasadizo era gélido y cargado de un olor nauseabundo. Diego encendió una segunda antorcha y comenzó el descenso con Isabel siguiéndolo de cerca. Las escaleras parecían interminables, hundiéndose en la tierra mucho más profundo de lo que parecía posible.
Las paredes, inicialmente de piedra labrada con símbolos cristianos, gradualmente daban paso a una roca más antigua. marcada con símbolos que ninguno de los dos reconocía. “No son aztecas”, observó Isabel rozando con los dedos uno de los extraños glifos. Son más antiguos. Finalmente, las escaleras terminaron en una cámara circular tallada directamente en la roca viva.
En el centro, un altar de obsidiana negra reflejaba la luz de sus antorchas con destellos iridiscentes. Alrededor las paredes estaban completamente cubiertas con los mismos símbolos desconocidos. “Mira”, señaló Diego acercando su antorcha al altar. En la superficie pulida de la obsidiana había cinco depresiones circulares dispuestas en forma de pentagrama. Cada una contía restos secos de lo que parecía ser sangre antigua, el altar original”, murmuró Isabel, donde se selló el primer pacto.
Diego consultó el diario de su madre buscando alguna pista sobre cómo proceder. En las últimas páginas, Catalina había transcrito parte de un documento más antiguo, escrito por un sacerdote español en 1723. Los nativos advertían sobre el corazón de la tierra, un lugar donde los sacrificios humanos alimentaban a entidades hambrientas que acechaban más allá de nuestro mundo.
Construimos una capilla para sellar el portal con símbolos sagrados, pero temo que solo hemos contenido el mal, no lo hemos destruido. Que Dios nos perdone por lo que dejamos aquí abajo. El pacto no lo crearon los Salazar, comprendió Diego. Solo lo encontraron y lo adaptaron. Un ruido a sus espaldas los sobresaltó.
Al girarse, vieron que las escaleras por las que habían descendido habían desaparecido, reemplazadas por una pared sólida de roca. Estaban atrapados. “Bienvenidos al origen”, dijo una voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna a la vez. Isabel y Diego se pegaron espalda contra espalda, levantando sus antorchas para iluminar la cámara.
No había nadie más allí, pero la voz continuó. 200 años de sacrificios, 200 años de corazones entregados y ahora, al fin el círculo puede completarse. La superficie del altar comenzó a brillar con una luz rojiza. Las cinco depresiones se llenaron de un líquido que parecía sangre fresca, burbujeando como si estuviera viva.
“Mateo, susurró Diego, reconociendo el timbre de la voz. Imposible. No soy Mateo, respondió la voz ahora más clara. Soy todos los que vinieron antes, todos los que ofrecieron sangre a cambio de poder, y pronto seré el que vendrá después. Isabel instintivamente protegió su vientre con una mano. Nunca tendrás a nuestro hijo.
Una risa espectral llenó la cámara. El Hijo es solo el recipiente. El pacto es eterno. Diego dio un paso hacia el altar, su rostro endurecido por la determinación. Terminará aquí. Ahora, ¿cómo? Isabel recordó las últimas palabras en el diario de Catalina. Solo el amor verdadero puede vencer al odio ancestral.
Solo una vida ofrecida libremente puede compensar las vidas tomadas por la fuerza. El círculo debe cerrarse donde comenzó. Diego dijo tomando su mano, sé lo que debemos hacer. En sus ojos él vio la terrible comprensión. No, Isabel, debe haber otra forma. No la hay, respondió ella con serenidad. Una vida ofrecida libremente por amor, no por poder. La voz espectral río con más fuerza.
¿Creen que un sacrificio voluntario cambiará algo? El portal se alimenta de sangre sin importar cómo se derrame. Isabel miró a Diego directamente a los ojos. No es el sacrificio lo que importa, es el motivo. Antes de que Diego pudiera detenerla, Isabel tomó el cuchillo que llevaban y con un movimiento rápido realizó un corte en la palma de su mano.
La sangre brotó abundantemente, cayendo sobre el altar de obsidiana. “No!”, gritó Diego intentando detener la hemorragia, pero ya era tarde. La sangre de Isabel, lejos de alimentar el brillo rojizo del altar, parecía absorberlo. Donde las gotas tocaban el líquido burbujeante, este se solidificaba y ennegrecía.
“¿Qué está pasando?”, rugió la voz ahora con un tono de alarma. Sangrecida por amor”, respondió Isabel, su voz debilitándose mientras más sangre brotaba de su herida, no por codicia ni poder. Diego comprendió entonces. Tomando el mismo cuchillo, cortó su propia palma y unió su mano con la de Isabel sobre el altar.
Sus sangre se mezclaron, fluyendo juntas sobre la antigua piedra. Una vida ofrecida libremente”, dijo Diego, para compensar las vidas tomadas por la fuerza. Un temblor sacudió la cámara. Grietas comenzaron a formarse en las paredes, extendiéndose como telarañas. El altar de Obsidiana vibró violentamente y luego, con un sonido cristalino, se quebró en mil pedazos.
La voz espectral emitió un alarido de rabia y dolor que parecía provenir del mismo centro de la tierra. El suelo bajo sus pies se estremeció con tal violencia que ambos cayeron de rodillas, aún con las manos unidas y sangrantes. “No!”, bramó la voz distorsionándose hasta convertirse en un coro de gritos agonizantes.
200 años, 200 años de pacto. Las depresiones en el altar quebrado que contenían la sangre antigua comenzaron a hervir furiosamente. Un vapor verdoso se elevó formando siluetas espectrales que se retorcían en el aire como almas en tormento. Isabel y Diego reconocieron en algunas de ellas los rostros de los hermanos Salazar, de generaciones pasadas, de novias sacrificadas.
“El círculo se cierra”, murmuró Isabel, sintiendo que sus fuerzas disminuían con cada gota de sangre derramada. Diego rasgó un trozo de su camisa y envolvió rápidamente la mano herida de Isabel, intentando detener la hemorragia. Ya es suficiente”, dijo angustiado por su palidez creciente.
Pero Isabel mantuvo su otra mano firmemente sobre el altar roto. “Debe completarse”, insistió con voz débil. Las figuras espectrales comenzaron a descender, acercándose amenazadoramente hacia ellos. La primera, que Diego reconoció como Mateo, extendió brazos traslúcidos hacia el vientre de Isabel. El hijo será nuestro, siseó la aparición.
Con un movimiento protector, Diego se interpuso entre el espectro y su esposa. Nunca. En ese momento, algo extraordinario ocurrió. La sangre mezclada de ambos, que había fluido hasta los bordes del altar roto, comenzó a brillar con una luz dorada, muy diferente al rojo enfermizo anterior. El resplandor se intensificó hasta volverse cegador, expandiéndose en ondas que atravesaban a las figuras espectrales.
Cada vez que una onda de luz tocaba a un espectro, este se desintegraba con un grito ahogado. Mateo fue el primero en desvanecerse, seguido por Gabriel, Tomás, Augusto, y decenas de rostros desconocidos que se deshacían como niebla bajo el sol del amanecer. Las paredes de la cámara continuaban agrietándose, trozos de roca cayendo del techo.
El suelo bajo el altar se hundió, revelando un abismo que parecía no tener fondo. “Tenemos que salir de aquí”, dijo Diego sosteniendo a Isabel. que apenas podía mantenerse en pie. “La salida”, murmuró ella, señalando hacia un punto donde la roca se había resquebrajado, revelando un túnel ascendente. Con las últimas fuerzas que les quedaban se arrastraron hacia la apertura mientras la cámara colapsaba a su alrededor.
El túnel era estrecho y escarpado, pero la misma luz dorada que había destruido a los espectros parecía guiarlos. Iluminando su camino hacia la superficie. Tras lo que pareció una eternidad de ascenso desesperado, sintieron aire fresco. El túnel desembocaba en la superficie, lejos de las ruinas de la mansión.
A sus espaldas, un estruendo final señaló el colapso completo de la cámara subterránea. Emergieron bajo un cielo que comenzaba a aclararse con los primeros rayos del amanecer. A lo lejos, donde una vez se erguía orgullosa la mansión Salazar, ahora solo había un cráter humeante, como si la tierra misma hubiera tragado todo vestigio de aquella historia Isabel se desplomó en los brazos de Diego, su rostro pálido como la cera.
Él la sostuvo con desesperación, comprobando que aún respiraba, aunque débilmente. “Resiste mi amor”, suplicó levantándola en brazos para llevarla al pueblo. “Todo ha terminado.” Los primeros rayos del sol iluminaron sus rostros exhaustos mientras Diego avanzaba con Isabel en brazos por el camino hacia Puebla. A medio camino encontraron a doña Soledad, quien había pasado la noche rezando por ellos.
Virgen santísima, exclamó la anciana al ver estado de Isabel. Rápido, a mi casa. Tres días después, Isabel abrió los ojos en una humilde habitación iluminada por la luz del mediodía. Diego dormitaba en una silla junto a su cama, su rostro marcado por el cansancio y la preocupación. Diego llamó con voz débil.
Él despertó sobresaltado y al verla consciente, su rostro se iluminó con alivio y alegría. “Isabel, gracias a Dios, el bebé”, murmuró ella, llevando instintivamente una mano a su vientre. “Está bien”, respondió él tomando su mano vendada. “Doña Soledad dice que es fuerte como su madre.” Isabel sonríó débilmente. “¿Terminó? Realmente terminó.” Diego asintió.
La mansión, el cementerio, todo ha desaparecido. Es como si nunca hubieran existido. Las autoridades hablan de un hundimiento del terreno por antiguas minas, pero nosotros sabemos la verdad. El pacto roto para siempre, confirmó él. Puedo sentirlo. Es como si un peso que llevara toda la vida hubiera desaparecido. Doña Soledad entró en la habitación trayendo un cuenco de caldo humeante.
“Veo que nuestra valiente madre ha despertado”, dijo con una sonrisa bondadosa. “Necesitas recuperar fuerzas, hija.” Mientras Isabel tomaba lentamente el caldo, Diego compartió los acontecimientos ocurridos durante su inconsciencia. Las cinco personas desaparecidas en las ruinas aparecieron en la plaza del pueblo al amanecer siguiente a nuestra aventura.
No recuerdan nada, pero están sanos. ¿Y el diario de tu madre? Preguntó Isabel. Desapareció, respondió Diego. Igual que el cuchillo y todo lo que llevamos a las ruinas, es como si la tierra hubiera querido borrar toda evidencia. No toda evidencia”, corrigió doña Soledad, señalando las cicatrices en las manos de ambos.
Esas marcas las llevarán siempre como recuerdo de lo que enfrentaron y vencieron. Isabel miró su mano vendada, donde sabía que quedaría una cicatriz en forma de media luna, gemela a la de Diego, un pequeño precio a pagar. “¿Qué haremos ahora?”, preguntó Diego, entrelazando cuidadosamente sus dedos con los de ella.
Isabel sonríó, su rostro recuperando poco a poco el color. Vivir, Diego, simplemente vivir sin sombras del pasado. Seis meses después, bajo un cielo estrellado de Puebla, nació una niña a la que llamaron Catalina, en honor a la abuela que nunca conocería, pero cuyo valor había ayudado a romper una maldición centenaria. Sus primeros llantos de vida resonaron en una casa modesta pero llena de amor, borrando definitivamente los ecos de muerte que durante 200 años habían definido el destino de los Salazar, donde una vez se alzó la mansión la naturaleza
reclamó rápidamente su espacio. Flores silvestres y eventualmente árboles jóvenes cubrieron el cráter transformándolo en un pequeño valle fértil que los pobladores, sin saber por qué, siempre evitaban, pero admiraban desde la distancia.
Y si algún viajero preguntaba por la historia de los Salazar, recibía respuestas evasivas y miradas nerviosas. Con el tiempo, la leyenda se diluyó, entre otras historias de fantasmas y maldiciones que abundaban en México. Solo quedaba una lápida sencilla en el cementerio municipal que rezaba, Catalina Salazar, su amor rompió cadenas invisibles.
Solo Isabel y Diego conocían el verdadero significado de aquellas palabras, un secreto que llevarían consigo hasta la tumba, junto con las cicatrices en sus manos, que en las noches de luna llena a veces brillaban tenuemente con un resplandor dorado, recordándoles que el amor verdadero había vencido a un mal ancestral. Y cuando su hija Catalina preguntaba por las cicatrices gemelas en las manos de sus padres, ellos simplemente respondían, “Son la marca de una promesa que hicimos hace mucho tiempo, una promesa de amor que ni siquiera la muerte puede romper. M.
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