
En el invierno de 1868, las montañas de Cantabria estaban cubiertas por una neblina que no se disipaba ni con el sol del mediodía. El viento soplaba desde los valles con un sonido hueco, como un lamento antiguo que se arrastraba entre los pinos. En una de esas colinas aislada del resto del mundo se encontraba la casa Beltrán, una construcción de piedra rojiza y tejado inclinado que había pertenecido a la misma familia por más de dos siglos.
Los aldeanos decían que los Beltrán poseían la tierra más fértil de la región, pero nadie podía explicar por qué sus cosechas crecían, aunque la lluvia faltara y el suelo pareciera muerto. La familia estaba compuesta por el patriarca don Evaristo Beltrán, su esposa doña Amalia y sus tres hijos Isidro, Clara y Mateo.
Todos ellos eran conocidos por su cortesía distante y por asistir puntualmente a misa los domingos, aunque nadie recordaba haberlos visto comulgar. Pero lo que más llamaba la atención de los vecinos era el pozo. Estaba en el centro del patio trasero, cercado por piedras antiguas cubiertas de musgo. Ningún visitante lo había visto de cerca.
Los criados tenían prohibido acercarse y los niños del pueblo eran reprendidos si se atrevían a mirar hacia aquella dirección. Decían que el pozo hablaba. Los rumores comenzaron una noche de octubre cuando una criada recién contratada, Lucía Herrera, aseguró haber escuchado una voz que provenía del fondo del pozo mientras lavaba la ropa.
Decía mi nombre, contó llorando al párroco. El sacerdote, incrédulo, la despidió como supersticiosa. Pero al día siguiente, Lucía desapareció sin dejar rastro. Su cubo y su ropa mojada fueron hallados junto al brocal. Esa fue la primera de muchas desapariciones. Los Beltrán afirmaban que la joven había huído con un arriero, pero los aldeanos no lo creyeron.
Desde entonces, la casa fue evitada. Solo los carteros y los cobradores se atrevían a subir por el sendero empinado que conducía a la propiedad y siempre regresaban antes del anochecer. Una tarde, el maestro del pueblo, don Ramón Aguirre, decidió visitar la finca para cobrar una deuda. En su diario, hallado años después en el archivo parroquial, escribió, “El aire se vuelve pesado al cruzar la verja.
No hay pájaros ni insectos.” Al llegar al patio creía escuchar el agua correr, pero el pozo estaba seco. Don Evaristo me observaba desde la ventana y juro que detrás de él había alguien más. una sombra idéntica a la suya. Don Ramón nunca volvió a hablar del asunto. A finales de noviembre, un cazador que pasaba por la zona afirmó haber visto humo negro saliendo del pozo.
Se acercó por curiosidad, pero antes de llegar escuchó un ruido sordo, como si algo grande se moviera bajo tierra. “Sentí el suelo latir”, dijo después. Los aldeanos comenzaron a decir que el pozo era una boca viva, un vestigio de antiguos ritos cántabros. Algunos aseguraban que los Beltrán descendían de curanderos paganos que habían sellado un espíritu en el fondo del manantial así siglos.
En diciembre, una gran tormenta azotó la región. Las lluvias duraron tres días y tres noches, y los ríos se desbordaron. Cuando el agua bajó, los vecinos encontraron el sendero que conducía a la casa Beltrán, completamente destruido. Nadie volvió a ver a la familia durante semanas. El 7 de enero de 1869, el alcalde del municipio envió a dos guardias para inspeccionar el lugar.
Los hombres subieron con dificultad entre el barro congelado. Al llegar hallaron la puerta principal abierta y el interior cubierto de hojas húmedas. En la cocina había platos servidos en la mesa, aún con restos de comida podrida. En el segundo piso encontraron marcas de humedad en las paredes que descendían desde el techo hasta el suelo formando figuras humanas.
Pero lo más inquietante estaba en el patio. El pozo, antes sellado con una tapa de hierro, estaba abierto. En su borde, una cuerda recién cortada. Uno de los guardias, Santiago Ríos, afirmó que el agua era tan oscura que reflejaba el cielo como un espejo roto. Cuando intentó mirar más de cerca, escuchó un sonido leve, como una respiración.
Al día siguiente, presentó fiebre y delirios. En el hospital repitió una sola frase hasta morir tres días después. El eco me llamó por mi nombre. Su compañero abandonó el cuerpo y se negó a regresar a la montaña. El informe oficial del alcalde fue breve. Terreno inhabitado, casa abandonada, sin señales de vida. Pero el cura del pueblo, padre benigno, escribió algo distinto en su registro personal.
He visto luces salir del pozo. No son de este mundo. Durante los meses siguientes, la historia del pozo se convirtió en una leyenda. Los viajeros evitaban el camino y los niños eran advertidos de no pronunciar el apellido Beltrán en voz alta. Sin embargo, en 1871, un nuevo propietario adquirió la finca, don Ernesto Beltrán, sobrino de Evaristo, quien aseguraba que su tío había muerto en el extranjero.
Cuando regresó para reclamar la propiedad, encontró la casa en ruinas, pero el pozo intacto. Y la primera noche que durmió allí, el eco lo despertó llamándolo por su nombre. Cuando don Ernesto Beltrán llegó desde Santander en la primavera de 1871, llevaba consigo solo un baúl, una lámpara de aceite y el título de propiedad de la casa.
Tenía 33 años y un aire de hombre instruido, distante, más curioso que supersticioso. Los aldeanos lo observaron con recelo desde las ventanas mientras ascendía por el sendero de piedra. Nadie quiso ayudarlo con su equipaje. Sabían que en esa colina hasta el aire pesaba distinto. Al llegar encontró la puerta del caserón entreabierta.
El interior olía a humedad y cera vieja. Las paredes estaban cubiertas de líquenes y los retratos de sus antepasados, entre ellos el severo rostro de don Evaristo, colgaban torcidos, ennegrecidos por el moo. Esa primera noche, Ernesto durmió poco. Cada vez que el viento golpeaba las ventanas, el eco del pozo respondía con un murmullo grave, casi articulado.
Al amanecer, decidió inspeccionar el lugar. El patio estaba cubierto de hojas secas y en el centro, el pozo, abierto y cubierto de una fina capa de agua, se inclinó para observar su interior y el sonido del viento cambió. No era viento, eran voces, un murmullo coral, suave, que repetía su nombre una y otra vez.
Ernesto retrocedió pensando que era su imaginación, pero al girarse vio que la cuerda del cubo se movía sola, oscilando como si alguien la sujetara desde abajo. Aún así, no huyó. En su diario descubierto décadas más tarde, escribió, “La familia siempre temió este pozo. Mi tío lo selló porque dijo que el agua no pertenecía al hombre.
Quiero saber qué significa eso.” Durante los días siguientes, comenzó a limpiar la casa y a restaurar los muebles. Contrató a dos jornaleros de un pueblo cercano, pero ambos abandonaron el trabajo al tercer día. Uno de ellos, Tomás López, juró que mientras barría el patio, oyó una voz que le susurró al oído, “No mires abajo.
” La otra, una joven llamada Teresa, aseguró que vio una sombra moviéndose dentro del espejo del salón, aunque no había nadie más en la habitación. Ernesto intentó tranquilizarlos, pero ellos se marcharon sin cobrar. Solo esa noche el pozo volvió a llamar. El sonido era más fuerte, más nítido. Ya no eran murmullos, sino palabras. Devuélvelos.
El hombre encendió su lámpara y se acercó con cautela. El aire estaba frío y el agua reflejaba la luz de la llama con un brillo enfermizo. Tiró una piedra al interior y esperó. El eco tardó en responder. Un golpe hueco profundo resonó tres veces. Luego silencio y justo cuando se dio media vuelta escuchó un suspiro a sus espaldas.
Nadie estaba allí. Durante los días siguientes, comenzó a encontrar cosas fuera de lugar. Un rosario sobre la mesa del comedor, aunque no tenía ninguno, un zapato pequeño junto al fogón y un retrato de su tío que aparecía cada mañana colgado en distintas paredes. En su diario escribió: “El pozo respira. Lo oigo por la noche.
Siento que la casa se encoge como si el aire se metiera dentro de la tierra. A finales de mayo, Ernesto decidió bajar al pozo. Ató una cuerda gruesa, se colocó un farol en la cintura y comenzó a descender lentamente. El olor era insoportable, hierro, humedad y algo más, como carne vieja. A unos 4 m de profundidad, la cuerda se tensó sola.
El hombre miró hacia abajo y vio algo moverse bajo el agua. No era reflejo, eran manos pálidas, flotando, agitándose con lentitud, como si intentaran alcanzarlo. Ernesto gritó y comenzó a subir, pero la cuerda se deslizó, húmeda, pegajosa. Cuando logró salir, se dio cuenta de que sus manos estaban cubiertas de una sustancia negra.
“Bro, pensó.” Pero al extender los dedos notó que el líquido olía a sangre. Esa noche no durmió. Desde la habitación principal escuchó pasos sobre el techo, golpes rítmicos en las paredes y de nuevo su nombre repetido con la voz de una mujer. Al amanecer, en el umbral de su puerta halló un pañuelo bordado con las iniciales LH.
Lucía Herrera, la criada desaparecida en 1868. A partir de entonces, los registros se vuelven confusos. Las últimas páginas de su diario son apenas garabatos mezclados con frases sin sentido. No hay fondo. El agua sube cuando reza. Mi tío aún está aquí. El 2 de junio de 1871, los aldeanos vieron humo sobre la colina.
Cuando subieron, hallaron la casa vacía con todas las ventanas abiertas y el pozo tapado de nuevo con una losa de piedra en la pared escrita con carbón una frase, “El eco no perdona. Desde entonces nadie volvió a reclamar la propiedad. Pero los pastores aseguran que en las noches sin luna, si uno se detiene junto al camino y escucha con cuidado, se oye una voz que viene desde el fondo del valle, repitiendo una sola palabra: Beltrán.
En 1924, más de medio siglo después de la desaparición de don Ernesto Beltrán, un grupo de ingenieros del Ministerio de Obras Públicas llegó a la región para abrir un nuevo camino que conectara los pueblos de Lébana y Potes. Durante las mediciones topográficas descubrieron ruinas cubiertas por maleza, a pocos metros del trazado proyectado.
Entre las piedras, un brocal de pozo casi intacto emergía del suelo, cubierto de musgo y raíces. El capataz del equipo, don Hilario Gómez, informó al Ayuntamiento de Tama sobre el hallazgo. Los planos antiguos indicaban que el terreno había pertenecido a la familia Beltrán, pero no existía registro alguno posterior a 1871.
El pozo fue reabierto para analizar su profundidad. Los trabajadores usaron una cuerda con una lámpara de aceite atada al extremo, pero la luz se extinguió antes de alcanzar el fondo. Al recuperarla, el cristal estaba empañado por dentro. Uno de los ingenieros, Joaquín Miera, decidió bajar unos metros para observar mejor.
Al regresar, pálido y temblando, juró haber escuchado algo que no era viento ni agua. eran rezos, no de uno, de varios, pero no venían de abajo, venían desde dentro de la piedra. El equipo abandonó la excavación esa misma tarde. Días después, los informes llegaron a la parroquia de San Vicente, donde el archivero eclesiástico, padre Felipe de la Oz, decidió revisar los registros antiguos de la familia Beltrán.
Entre los documentos halló un legajo marcado con tinta marrón. Y una nota del año 1823. La familia Beltrán mantiene el dominio de las aguas del valle. Se les concede permiso para construir pozo privado en terreno bendecido. Pero lo que siguió era aún más extraño. Un segundo documento fechado 20 años después llevaba la firma de un sacerdote ya fallecido y contenía un párrafo tachado con violencia.
El texto legible decía, “El agua canta cuando cae la tarde, no debe usarse para beber.” El padre Felipe, intrigado, subió a la colina acompañado por dos monaguillos. Encontraron el pozo cubierto con una tapa de madera recién colocada. El sacerdote decidió rezar una breve oración antes de marcharse, pero al pronunciar el Padre Nuestro, algo lo interrumpió.
Una voz repitió cada palabra con un eco perfecto un segundo después. No era el eco natural de la montaña, era una respuesta. De regreso a la parroquia, el sacerdote escribió en su diario, “He orado ante el pozo maldito. Me ha respondido.” Esa misma noche los habitantes del pueblo escucharon campanas invisibles sonando en el valle, aunque ninguna iglesia cercana tenía misa.
Al amanecer encontraron al padre Felipe muerto sobre su escritorio. Su rostro mostraba una expresión de terror y su mano sostenía una hoja arrancada de su propio diario. En ella solo había dos palabras escritas con trazo torcido. No se escucha. El obispado envió inspectores, pero todo fue silenciado. Los documentos desaparecieron del archivo y el pozo volvió a sellarse, esta vez con una losa de cemento y una cruz grabada en la superficie.
Durante los años siguientes, la zona fue abandonada por completo. Los animales evitaban pastar cerca y los viajeros decían sentir mareos al pasar por el sendero. En 1933, una tormenta provocó un derrumbe en la colina. Parte del terreno se vino abajo, dejando al descubierto una grieta profunda donde antes estaba la casa. Desde el fondo de esa grieta, los vecinos aseguraron escuchar algo que heló su sangre.
Un eco, no un ruido de piedra cayendo ni agua moviéndose, un eco que repetía los nombres de quienes se acercaban. En 1995, un equipo de geólogos de la Universidad de Oviedo llegó a las montañas de Cantabria con un objetivo puramente técnico, estudiar la actividad sísmica en la zona del Antiguo Camino de Liébana.
El grupo liderado por la doctora Isabel Morán instaló sensores de sonido subterráneo y medidores de presión atmosférica. Ninguno de ellos conocía la historia de la familia Beltrán. Pero el lugar elegido para colocar los instrumentos coincidía exactamente con el terreno donde alguna vez se alzó la casa. El primer registro fue anómalo.
A las 3:14 de la madrugada, los sismógrafos detectaron un pulso rítmico repetido siete veces con intervalos exactos de 30 segundos. No había temblores ni actividad humana cerca. El sonido, al ser amplificado, reveló algo que no era simple vibración, parecía una voz, un patrón vocal grave, humano, articulando palabras que ningún experto pudo traducir.
La doctora Morán ordenó repetir las mediciones durante tres noches consecutivas. En todas el fenómeno se repitió a la misma hora con la misma duración. Uno de los técnicos, Andrés Vidal, creyó escuchar su nombre entre los murmullos. Al revisar el audio, una frase se distinguía claramente entre los ruidos. El agua recuerda, los científicos enviaron los archivos a la universidad para un análisis espectral.
El resultado fue desconcertante. El sonido tenía una estructura armónica idéntica a la voz humana, pero sin fuente ni dirección. Era como si el suelo hablara. Durante los días siguientes, el comportamiento de los instrumentos se volvió errático. Los sensores térmicos marcaban variaciones repentinas de temperatura y las cámaras instaladas cerca del pozo, reabierto accidentalmente por la erosión, registraron un fenómeno visual inexplicable.
Una ligera neblina subía desde el agujero, pero no se dispersaba. se mantenía suspendida como si respirara. Una noche, la doctora Morán permaneció sola para observarlo. En su grabadora de campo dejó un mensaje que nunca llegó a enviar. No hay viento. La niebla se mueve al ritmo de los pulsos. He contado siete, cada vez más cerca.
A la mañana siguiente, el campamento estaba vacío. Solo encontraron su cuaderno empapado por la humedad. En la última página había una frase escrita con tinta corrida: “El eco no viene de abajo. El proyecto fue cancelado. Las autoridades atribuyeron las desapariciones a un desprendimiento repentino de tierra, aunque nunca se hallaron los cuerpos.
En 2004, un excursionista grabó un video mientras recorría la zona. En la filmación se escuchan ruidos subterráneos, un retumbar constante que parece seguirlo a medida que camina. Al detenerse junto a la grieta, la cámara capta un sonido nítido, breve, casi un suspiro. Mateo, dice la voz, el nombre del hijo menor de don Evaristo Beltrán, desaparecido en 1868.
El video fue subido a internet bajo el título El pozo que habla, pero fue eliminado a las pocas horas. Sin embargo, usuarios que alcanzaron a verlo aseguraron que al final de la grabación la imagen se oscurecía y se oía una última palabra pronunciada con claridad: “Devuélvenos.” Desde entonces, la zona fue declarada inestable y se prohibió el acceso.
Los aldeanos que aún viven cerca dicen que cada primavera, cuando la nieve se derrite y el agua vuelve a llenar los pozos, el eco regresa. Primero se escucha como un zumbido lejano, luego como un rezo y al final como una voz conocida. Dicen que el aire vibra con nombres y que si uno se atreve a responder, el eco contesta desde adentro con la misma voz.
En las noches sin luna, los pastores evitan el valle porque saben que el pozo nunca estuvo vacío, solo espera. Y cada vez que alguien pronuncia el apellido Beltrán, el eco despierta. No viene del fondo, viene de la tierra. Y la tierra, dicen, no olvida.
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