
El sobre llegó a casa de Elena Mendoza un martes por la mañana. Era de papel grueso, color marfil, con bordes dorados y el inconfundible sello de la familia Juárez, impreso en cera roja. Sus manos temblaron ligeramente al tomarlo. Una invitación de Los Juárez no era cualquier cosa en Oaxaca de 1910. Representaba la entrada a un mundo de opulencia y poder que pocos llegaban a conocer.
Señorita Elena Mendoza, leyó en voz alta, es un honor para la familia Juárez invitarla a la celebración matrimonial de Alejandro Juárez Montero y Camila Ortega Vázquez a celebrarse el próximo sábado 15 de octubre en la hacienda El Mirador. Elena dejó la invitación sobre la mesa y se dirigió a la ventana. Desde su modesta casa en el centro de Oaxaca podía ver a lo lejos las colinas donde se alzaba imponente la hacienda El Mirador, propiedad de los Juárez desde hacía generaciones.
La familia había amasado una fortuna incalculable con las minas de plata y ahora el único hijo varón de don Francisco Juárez, patriarca de la familia, estaba por casarse. ¿Por qué me invitarían?, se preguntó Elena. Su familia, aunque respetable, no pertenecía al círculo social de Los Juárez.
Luego recordó que su prima Dolores trabajaba como doncella en la hacienda desde hacía 5 años. Quizás ella había intercedido para incluirla en la lista de invitados. Lo que Elena no sabía era que la invitación escondía un propósito más oscuro. En el pueblo circulaban rumores inquietantes sobre las bodas de los Juárez.
Se decía que en las últimas tres generaciones cada novia que había entrado a la familia desaparecía misteriosamente antes de la medianoche de su boda, solo para reaparecer días después con la mirada perdida y sin recuerdo alguno de lo ocurrido. Esa noche, mientras cenaba con sus padres, Elena mencionó la invitación. No irás, sentenció su padre con firmeza inusual.
¿Por qué no?, preguntó Elena sorprendida por la reacción. Su madre y su padre intercambiaron miradas cargadas de preocupación. “Hay cosas sobre los Juárez que es mejor no saber”, respondió su madre en voz baja, como si temiera que alguien pudiera escucharlos. “Son solo habladurías de la gente envidiosa”, replicó Elena, aunque una sensación de inquietud comenzaba a apoderarse de ella.
Su padre apoyó ambas manos sobre la mesa y la miró fijamente. “Tu prima Dolores nos escribió hace tres días. Dice que ha visto cosas extrañas en esa hacienda, rituales nocturnos, habitaciones a las que nadie puede entrar. Y lo más inquietante, dice que don Francisco guarda en su despacho un libro antiguo con símbolos que parecen de brujería.
Papá, estamos en 1910, no en la época de la Inquisición”, respondió Elena con una sonrisa forzada. Pero esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño, no pudo evitar pensar en las palabras de su padre y en las historias que había escuchado sobre las novias de los Juárez. A pesar de todo, su curiosidad era más fuerte. decidió que asistiría a la boda, pero llevaría consigo un pequeño cuchillo escondido entre los pliegues de su vestido, por si acaso.
Lo que Elena no imaginaba era que al tomar esa decisión había puesto en marcha una cadena de eventos que desenterraría secretos mantenidos en silencio durante décadas. secretos que cambiarían para siempre su percepción de la realidad y la enfrentarían a horrores más allá de su comprensión. La mañana siguiente amaneció inusualmente fría para octubre.
Elena se dirigió al mercado central de Oaxaca con la intención de comprar tela para confeccionar un vestido apropiado para la boda. Mientras recorría los puestos, notó que al mencionar la celebración de los Juárez, los vendedores guardaban un silencio incómodo o cambiaban rápidamente de tema.
En el puesto de doña Carmela, una anciana que vendía hierbas medicinales y era conocida por su sabiduría. Elena finalmente encontró a alguien dispuesto a hablar. “Niña”, le dijo la anciana en voz baja, tomándola del brazo con dedos sorprendentemente fuertes. “No vayas a esa hacienda. La sangre Juárez está desde hace generaciones.” “¿A qué se refiere?”, preguntó Elena, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
La anciana miró a su alrededor, asegurándose de que nadie las escuchaba. Hace casi 100 años, cuando comenzó la fortuna de los Juárez, el primer Francisco Juárez, abuelo del actual, hizo un pacto con algo que no debería ser nombrado, algo que habita en las cuevas bajo la hacienda, algo que exige sangre fresca cada generación. Elena quiso reír, pero la seriedad en los ojos de la anciana se lo impidió.
Si lo que dice es cierto, ¿por qué nadie ha hecho nada? ¿Por qué las autoridades no intervienen? ¿Quién se atrevería a desafiar a los Juárez? Poseen la mitad de Oaxaca. Tienen jueces y policías en su nómina. Además, añadió bajando aún más la voz, “los que han intentado hablar han desaparecido, como Martín Gómez, que trabajaba en las minas y vio algo que no debía.
Una semana después lo encontraron en el río con el cuerpo intacto, pero vacío, como si algo hubiera bebido su esencia. Elena pagó por las hierbas que ni siquiera necesitaba y se alejó rápidamente tratando de convencerse de que la anciana solo repetía supersticiones. Sin embargo, al pasar frente a la iglesia de Santo Domingo, un impulso la hizo entrar.
El interior estaba fresco y silencioso. Elena se dirigió hacia el confesionario donde el padre Miguel, un hombre entrado en años con reputación de ser justo y compasivo, escuchaba confesiones. Cuando llegó su turno, Elena no sabía exactamente qué decir. No venía a confesar pecados, sino a buscar respuestas.
Padre, he sido invitada a la boda de Alejandro Juárez. comenzó a través de la rejilla, pudo ver como el rostro del sacerdote se tensaba. “Hija mía, debo advertirte algo sobre esa familia”, dijo después de un largo silencio. “La Iglesia ha intentado intervenir en el pasado. Hace 30 años mi predecesor, el padre Augusto, fue a la hacienda para bendecir la unión de Francisco Juárez con Isabel Montero. Nunca regresó.
Días después encontraron su sotana a orillas del río, manchada con algo que parecía sangre, pero que, según los análisis, no era humana ni animal. Elena sintió que su boca se secaba. ¿Qué me sugiere hacer, padre? No vayas, pero si tu decisión está tomada, lleva esto contigo. El Padre le entregó un pequeño crucifijo de plata.
Y recuerda, no bebas ni comas nada en esa hacienda. No te separes de los demás invitados y sobre todo abandona el lugar antes de la medianoche. Al salir de la iglesia, Elena notó a un hombre vestido de negro que la observaba desde el otro lado de la plaza. Cuando sus miradas se cruzaron, el hombre se dio la vuelta y desapareció entre la multitud.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Esa tarde, al regresar a casa, encontró otro sobre bajo su puerta. Dentro había una nota escrita con caligrafía elegante. Señorita Mendoza, don Francisco Juárez solicita el honor de su presencia en una cena privada la noche anterior a la boda.
Un carruaje pasará a recogerla a las 7. La nota no estaba firmada, pero el papel llevaba el mismo sello de Los Juárez. Elena sintió que estaba siendo arrastrada por una corriente invisible hacia un destino que no podía comprender completamente. El carruaje de los Juárez era una obra maestra de ébano y plata, tirado por cuatro caballos negros cuyos arneses brillaban con adornos de oro.
El cochero, un hombre de rostro impasible y mirada vacía, apenas inclinó la cabeza cuando Elena subió. Sus padres habían intentado disuadirla hasta el último momento. Su madre incluso había llorado, suplicándole que rechazara la invitación. Pero algo en Elena, una mezcla de curiosidad, orgullo y quizás un destino ya trazado, la impulsaba a seguir adelante.
El trayecto hasta la hacienda El Mirador tomó casi una hora por camino serpenteantes que ascendían las colinas. A medida que avanzaban, la vegetación se volvía más densa y oscura. El sol comenzaba a ponerse, tiñiendo el cielo de un rojo sangre que a Elena le pareció un mal presagio.
Finalmente, tras una última curva, la hacienda apareció ante sus ojos. era aún más imponente de lo que había imaginado. Una mansión de estilo colonial con tres pisos, balcones de hierro forjado y amplios jardines. A pesar de su grandeza, algo en su arquitectura resultaba inquietante, como si las proporciones no fueran del todo correctas o como si la piedra misma emanara energía opresiva.
La entrada principal, iluminada por antorchas, la esperaba Dolores, su prima. El rostro de la joven, antes alegre y lleno de vida, ahora lucía demacrado con profundas ojeras que revelaban noche sin dormir. Elena susurró Dolores mientras la abrazaba con fuerza. No deberías haber venido. Tú también estás aquí”, respondió Elena tratando de mantener un tono ligero.
“No por elección”, murmuró Dolores, pero se interrumpió al ver que un hombre mayor se acercaba. “Señorita Mendoza, bienvenida a El Mirador”, dijo el hombre con una voz profunda y melodiosa. “Soy Francisco Juárez. Es un honor tenerla en nuestra casa.” Don Francisco era alto y distinguido, con el cabello completamente blanco y ojos de un azul tan claro que parecían casi transparentes.
Vestía un traje negro impecable con un alfiler de corbata de oro y diamantes. A pesar de su edad, que Elena calculó en más de 70 años, se movía con la agilidad de un hombre mucho más joven. El honor es mío, don Francisco, respondió Elena inclinando ligeramente la cabeza. Por favor, acompáñeme. Los demás invitados nos esperan en el comedor.
Elena siguió al patriarca de los Juárez a través de largos pasillos decorados con retratos de antepasados que parecían seguirla con la mirada. Notó que algunas puertas estaban selladas con extraños símbolos tallados en la madera. El comedor era una sala amplia con una mesa para 20 personas, aunque esa noche solo había seis comensales. Don Francisco, su hijo Alejandro, la futura novia Camila, los padres de esta y ahora Elena. Nuestra invitada de honor ha llegado anunció don Francisco.
Alejandro Juárez, un joven de unos 30 años, se levantó para saludarla. era apuesto, con el mismo cabello oscuro y ojos azules de su padre, pero había algo en su mirada que inquietó a Elena, como si detrás de su sonrisa cortés acechara algo frío y calculador. “Señorita Mendoza”, dijo Alejandro besando su mano.
“Mi padre ha insistido en su presencia esta noche. Dice que tiene un interés especial en conocerla.” Elena miró de reojo a Camila Ortega, la novia. Era una joven hermosa de no más de 18 años, con un rostro de muñeca de porcelana y largos cabellos negros. Sin embargo, parecía ausente, como si su mente estuviera muy lejos de allí. La cena transcurrió con una formalidad estudiada.
Los platos, servidos por sirvientes silenciosos que se movían como sombras, eran exquisitos. Sopa de flor de calabaza, chiles ennogada y un mole negro cuyo aroma especiado llenaba la habitación. Elena, recordando la advertencia del padre Miguel, apenas probó la comida, pretendiendo llevar el tenedor a su boca, pero dejando la mayor parte en el plato.
Don Francisco la observaba con atención mientras dirigía la conversación hacia temas aparentemente inocuos, el clima, las fiestas próximas. la situación política del país, pero de vez en cuando dejaba caer preguntas más personales. “Tengo entendido que su familia tiene sangre mixteca.” ¿Es correcto? Preguntó en un momento. Elena se sorprendió.
Era cierto que su abuela materna era mixteca, pero era algo que pocas personas conocían. Así es, don Francisco. Mi abuela era de Tlaxiaco. El anciano sonrió con satisfacción, como si hubiera confirmado algo importante. Los mixtecos tenían un conocimiento profundo de lo que existe entre los mundos, comentó. Su códice bindobonensis contiene secretos que pocos comprenden.
Antes de que Elena pudiera responder, se escuchó un estruendo. Camila había dejado caer su copa derramando vino tinto sobre el mantel blanco. La joven comenzó a temblar incontrolablemente. Lo siento balbuceó con los ojos llenos de terror. Creo que necesito retirarme.
Por supuesto, querida”, respondió don Francisco con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Mañana es tu gran día, necesitas descansar.” Mientras uno de los sirvientes acompañaba a Camila fuera del comedor, Elena notó que nadie en la mesa parecía particularmente preocupado, ni siquiera los padres de la novia. Era como si el incidente hubiera sido esperado, incluso planeado.
Cuando la cena terminó, don Francisco la invitó a su despacho para mostrarle algo que, según él, le interesaría profundamente. Elena sabía que debía negarse, que debía inventar una excusa y retirarse a la habitación que le habían asignado, pero la misma fuerza que la había llevado hasta allí la empujó a aceptar.
El despacho estaba en el tercer piso de la hacienda, al final de un pasillo escasamente iluminado. Al entrar, Elena quedó impresionada por la cantidad de libros que llenaban las paredes del suelo al techo. Pero lo que captó su atención fue un pedestal en el centro de la habitación, sobre el cual reposaba un libro de gran tamaño, abierto y protegido por una vitrina de cristal.
Acérquese, dijo don Francisco señalando el libro. Este es el códice Juárez, el legado más preciado de nuestra familia. Elena se aproximó con cautela. El libro estaba escrito en un idioma que no reconocía, con símbolos que parecían cambiar sutilmente mientras los observaba.
Las ilustraciones mostraban criaturas imposibles y ritos sangrientos realizados bajo la luz de la luna. ¿Qué es esto? preguntó incapaz de ocultar su horror. Es nuestro pacto respondió don Francisco con voz repentinamente áspera. El pacto que hizo mi abuelo, el que mantiene nuestra fortuna y nuestro poder. Un pacto que requiere sangre cada generación.
Elena dio un paso atrás buscando instintivamente el pequeño cuchillo escondido en su vestido. ¿Por qué me muestra esto? ¿Por qué me invitó? Don Francisco sonró, pero ahora su sonrisa revelaba dientes demasiado afilados para ser humanos. Porque tú, Elena Mendoza, tienes la sangre que necesitamos. La sangre mixteca que corre por tus venas es especial y mañana, cuando la luna esté en su punto más alto, nos la entregarás voluntariamente.
Elena retrocedió hasta chocar contra una de las estanterías. Varios libros cayeron al suelo con un ruido sordo que pareció amplificarse en el silencio de la noche. “Está loco”, murmuró aferrándose a su pequeño cuchillo como única protección. Don Francisco permaneció imperturbable, observándola con esos ojos azules que ahora parecían brillar con luz propia en la penumbra del despacho.
“La locura es relativa, mi querida Elena, lo que algunos llaman locura. Otros lo llamamos visión. Mi abuelo tuvo la visión de hacer un pacto que elevaría a nuestra familia por encima de las limitaciones humanas. Y aquí estamos, tres generaciones después, más ricos y poderosos que nunca. ¿A costa de qué? De secuestrar y sacrificar a inocentes.
Nadie es verdaderamente inocente, respondió don Francisco con una sonrisa que no ocultaba su crueldad. Y nadie muere, al menos no en el sentido convencional. Sus cuerpos siguen funcionando, pero su esencia alimenta a lo que habita bajo esta hacienda. Un sonido lejano, como el lamento de una mujer, llegó hasta ellos.
Elena sintió que su sangre se helaba. No era un lamento humano. Tenía algo de animal, algo de inhumano en su cadencia. ¿Lo oyes?, preguntó don Francisco inclinando ligeramente la cabeza. Está hambriento. Ha esperado pacientemente. Mañana tendrá a Camila, pero esta noche su mirada se clavó en Elena. Esta noche podría disfrutar de un aperitivo.
Con un movimiento sorprendentemente ágil para su edad, don Francisco se abalanzó sobre ella. Elena, actuando por puro instinto, sacó su pequeño cuchillo y lo blandió frente a ella. La hoja rozó el brazo del anciano rasgando la tela de su chaqueta y dejando una línea roja en su piel. Don Francisco retrocedió mirando la herida con una mezcla de sorpresa e ira.
La sangre que brotaba no era roja, sino de un negro viscoso que reflejaba la luz de las lámparas con destellos iridiscentes. “Pagarás por esto, Siseo, su voz transformándose en algo que ya no sonaba humano.” Elena aprovechó el momento para escapar.
Salió corriendo del despacho y se precipitó por el pasillo buscando desesperadamente una salida. Pero la hacienda parecía haberse convertido en un laberinto interminable de pasillos idénticos y puertas cerradas. Tras varios minutos de carrera frenética, Elena se detuvo para recuperar el aliento. Se encontraba en un corredor que no reconocía, iluminado apenas por la luz de la luna que entraba por ventanas estrechas.
Un silencio absoluto la rodeaba, interrumpido solo por el latido acelerado de su corazón. De pronto, una mano surgió de la oscuridad y se posó sobre su hombro. Elena estuvo a punto de gritar, pero otra mano cubrió su boca. “Sh, soy yo, Dolores”, susurró su prima. “Ven conmigo rápido.” Dolores la guió a través de un pasadizo oculto detrás de un tapiz.
Se trataba de un estrecho corredor de servicio que conectaba diferentes partes de la hacienda. Los sirvientes usamos estos pasillos”, explicó Dolores mientras avanzaban en la oscuridad casi total. “Los Juárez ni siquiera saben que existen algunos de ellos. Fueron construidos por esclavos hace generaciones y luego tapeados para que nadie supiera de su existencia.
” Dolores, tenemos que salir de aquí”, dijo Elena aún temblando. “Don Francisco, él no es humano. Su sangre lo sé”, interrumpió Dolores. “Lo sé desde hace tiempo. Ninguno de ellos lo es, al menos no completamente. Y lo que hay en las cuevas bajo la hacienda, eso es algo que no debería existir en nuestro mundo.
” Llegaron a una pequeña habitación circular que parecía ser el centro de la red de pasadizos. Varias antorchas iluminaban el espacio, revelando a otras cinco personas, tres mujeres y dos hombres, todos ellos sirvientes de la hacienda, a juzgar por sus ropas. “Somos los que sabemos”, dijo uno de los hombres, un anciano de rostro curtido por el sol.
“Los que hemos visto y sobrevivido para contarlo.” ¿Qué han visto exactamente? preguntó Elena. Los sirvientes intercambiaron miradas sombrías. La ceremonia, respondió una mujer mayor que Elena reconoció como la cocinera principal. Lo que ocurre a medianoche durante cada boda. Cómo llevan a la novia a las cuevas, cómo la hacen beber la sangre negra, cómo la entregan a la criatura y nadie hace nada para detenerlos.
Lo hemos intentado”, dijo el anciano levantando su camisa para mostrar una cicatriz grotesca que le atravesaba el torso. “Esta me la hizo don Alejandro cuando intenté ayudar a escapar a su primera novia hace 5 años. La pobre María nunca llegó al pueblo. La encontraron a medio camino con la mente destruida.
Ahora vive encerrada en el ala este de la hacienda junto con las otras.” Elena sintió que la habitación giraba a su alrededor. Todo era demasiado horrible, demasiado inverosímil. Y, sin embargo, después de lo que había visto en el despacho de don Francisco, no podía negar la verdad. ¿Cuántas? ¿Cuántas hay? Siete, respondió Dolores, una por cada década desde que se hizo el pacto.
Sus cuerpos siguen con vida, pero sus almas, sus almas alimentan a la criatura. Y mañana Camila será la octava, añadió la cocinera. A menos que hagamos algo para impedirlo. ¿Por qué me invitaron a mí? Preguntó Elena, recordando las palabras de don Francisco sobre su sangre mixteca. Porque cuando la criatura consume a una novia, necesita algo más para mantener el equilibrio”, explicó el anciano.
“Una vida por una vida y tú con tu sangre ancestral eres el sacrificio perfecto para acompañar a Camila.” Un escalofrío recorrió el cuerpo de Elena. Estaba atrapada en una pesadilla de la que no veía salida. “Tenemos un plan”, dijo Dolores tomando las manos de Elena entre las suyas. Pero es peligroso y necesitamos tu ayuda. Elena miró a cada uno de los presentes.
Sus rostros mostraban determinación mezclada con miedo, la mirada de quienes saben que se enfrentan a algo mucho más poderoso que ellos, pero que han decidido luchar de todas formas. ¿Qué necesitan que haga?, preguntó finalmente. “Que asistas a la boda mañana”, respondió Dolores. “Que actúes con normalidad. como si esta conversación nunca hubiera ocurrido.
Y cuando llegue el momento que sigas nuestras indicaciones al pie de la letra, mientras los sirvientes le explicaban los detalles del plan, Elena no podía evitar preguntarse si sobreviviría a la noche siguiente. La boda de Alejandro Juárez y Camila Ortega sería, sin duda, un evento para recordar, si es que quedaba alguien vivo para recordarlo. Elena apenas durmió aquella noche.
La habitación que le habían asignado, aunque lujosa, le resultaba opresiva. Las paredes parecían respirar en la oscuridad y los retratos de antepasados de los Juárez la observaban con ojos que parecían seguir cada uno de sus movimientos. Cerca del amanecer, cuando finalmente había conseguido conciliar un sueño inquieto, un grito desgarrador la despertó.
Era un sonido de puro terror que parecía provenir de algún lugar bajo sus pies. Elena se incorporó de golpe con el corazón latiendo, desbocado. Se vistió rápidamente y, recordando las instrucciones de Dolores, intentó comportarse con normalidad cuando una doncella vino a traerle el desayuno. La joven, una muchacha de no más de 15 años, parecía tan asustada como ella. Sus manos temblaban al servir el té.
“¿Escuchaste ese grito?”, preguntó Elena en voz baja. La doncella palideció y negó con la cabeza, pero sus ojos decían lo contrario. “No debe preguntar sobre esas cosas, señorita”, murmuró. “No es seguro.” Después del desayuno que Elena apenas tocó, decidió explorar la hacienda con la excusa de admirar su arquitectura.
Siguiendo el plan acordado con los sirvientes, debía familiarizarse con la distribución del lugar para estar preparada cuando llegara el momento. La hacienda era aún más grande de lo que había imaginado. Tres pisos principales y un sótano con docenas de habitaciones, salones y pasillos que parecían cambiar de configuración cuando no se les observaba directamente.
En el ala oeste encontró la capilla donde se celebraría la ceremonia esa tarde, un espacio amplio con vitrales que proyectaban luces multicolores sobre un altar de mármol negro. Mientras recorría el segundo piso, Elena pasó frente a una puerta distinta a las demás. era de madera oscura, casi negra, y estaba decorada con símbolos similares a los que había visto en el libro del despacho de don Francisco.
A diferencia de las otras puertas, esta tenía un candado de plata con la forma de una criatura retorcida. La curiosidad pudo más que la prudencia. Elena miró a ambos lados del pasillo para asegurarse de que estaba sola y luego acercó su oído a la puerta. Al principio no escuchó nada, pero después de unos segundos percibió un suave murmullo como el de varias mujeres recitando algo en un idioma desconocido.
De pronto, un golpe seco en el interior de la habitación la hizo retroceder asustada. Algo o alguien había golpeado la puerta desde dentro. Elena contuvo un grito y dio varios pasos atrás. No deberías estar aquí, dijo una voz a sus espaldas. Elena se giró para encontrarse cara a cara con Alejandro Juárez.
El futuro novio vestía un traje de montar y llevaba guantes de cuero negro. Su rostro, habitualmente apuesto, mostraba una palidez enfermiza que resaltaba el azul antinatural de sus ojos. “Me perdí”, mintió Elena tratando de controlar el temblor de su voz. “Esta casa es tan grande, esta ala está prohibida para los invitados”, respondió Alejandro.
observándola con intensidad, especialmente esta habitación. Lo siento, no lo sabía. ¿Qué hay ahí dentro? Alejandro sonró, pero su sonrisa no tenía nada de humana. Era la sonrisa de un depredador mostrando los dientes antes de atacar. Recuerdos de familia, nada que deba preocuparte por ahora. Un nuevo golpe, más fuerte que el anterior sacudió la puerta.
Esta vez Elena pudo escuchar claramente una voz femenina que gritaba, “¡Ayúdanos, por el amor de Dios, ayúdanos!” Alejandro ni siquiera pestañó. “Las pobres están agitadas hoy.” Comentó con naturalidad, como si hablara del clima. Siempre se ponen así cuando llega una nueva hermana.
Elena sintió náuseas al comprender que detrás de esa puerta estaban las siete novias anteriores o lo que quedaba de ellas, mujeres cuyas mentes habían sido destruidas en un ritual inhumano y que ahora existían en un limbo entre la vida y la muerte. ¿Por qué haces esto? Preguntó incapaz de contenerse.
¿Por qué perpetuar este horror? Alejandro la miró con genuina sorpresa. Horror. No entiendes nada, Elena. Es un privilegio. Estas mujeres han sido elegidas para alimentar a un Dios. Sus esencias sostienen nuestra fortuna, nuestro poder y a cambio nosotros les ofrecemos la inmortalidad. vivirán por siempre, aunque no como las conociste. Eso no es vida”, replicó Elena, sintiendo que la ira superaba al miedo.
Es una condena eterna. La eternidad es relativa, respondió Alejandro, acercándose tanto que Elena pudo sentir su aliento frío en el rostro. “Como descubrirás muy pronto, antes de que Elena pudiera reaccionar, Alejandro la tomó del brazo con fuerza sobrehumana. Mi padre tiene planes para ti, pero creo que necesitas un recordatorio de tu lugar en esta casa.
La arrastró hasta la puerta sellada y sacó una llave de plata de su bolsillo. El candado se abrió con un chasquido metálico que resonó en el pasillo vacío. “Conoce a tus predecesoras”, dijo Alejandro, empujándola al interior de la habitación y cerrando la puerta tras ella.
El olor fue lo primero que golpeó a Elena, una mezcla de putrefacción, perfume rancio y algo más primitivo como sangre seca mezclada con incienso. Sus ojos tardaron en adaptarse a la penumbra, iluminada apenas por velas negras que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes. Lo que vio la dejó paralizada. Siete mujeres vestidas con trajes de novias sucios y desgarrados estaban dispuestas en círculo alrededor de un símbolo tallado en el suelo de piedra.
Todas tenían la mirada perdida y movían los labios al unísono, recitando palabras incomprensibles en un idioma que parecía anterior a la civilización. “Bienvenida”, dijo una de ellas girando lentamente la cabeza hacia Elena. Era una mujer que alguna vez debió ser hermosa, pero ahora su rostro estaba marcado por cicatrices rituales y sus ojos, completamente negros, carecían de iris y pupila. La octava aún no ha llegado, pero tú serás la novena.
Elena retrocedió hasta chocar contra la puerta cerrada. No, yo no soy una novia. Las siete mujeres rieron al unísono, un sonido discordante como cristales rompiéndose. “Todas lo fuimos”, respondió otra, “Cuyo vestido de novia parecía pertenecer a la década de 1870. Yo era María Isabel Fuentes antes de convertirme en María Isabel Juárez. Luego simplemente dejé de ser.
” Elena buscó frenéticamente una salida, pero la única puerta estaba cerrada desde fuera. Las ventanas habían sido tapeadas con piedra hace mucho tiempo. ¿Qué qué les hicieron?, preguntó tratando de comprender el horror que tenía ante sus ojos. Nos alimentaron con la sangre del Dios subterráneo”, respondió la primera mujer, acercándose con movimientos espasmódicos, como si hubiera olvidado cómo caminar correctamente.
Nos llevaron a la cueva bajo la hacienda, donde habita desde tiempos inmemoriales, hambriento de esencias humanas. Bebimos su sangre negra y él bebió nuestra alma, dejando solo cáscaras vacías que ahora le sirven eternamente. Elena recordó el crucifijo de plata que le había dado el padre Miguel.
Lo sacó de entre los pliegues de su vestido y lo sostuvo frente a ella como escudo. Las mujeres retrocedieron siseando como gatos amenazados. Los símbolos del Dios falso no tienen poder aquí”, dijo una de ellas, aunque mantenía la distancia. “Pero te darán un poco de tiempo.” Tiempo que necesitarás. Tiempo para qué? Preguntó Elena, aferrándose al crucifijo.
“Para entender lo que debes hacer”, respondió la mujer. “Para ayudarnos a todas, incluida Camila.” De pronto, como si respondieran a una señal invisible, las siete mujeres volvieron a sus posiciones en el círculo y retomaron su cántico. Elena se quedó sola, de pie junto a la puerta, sosteniendo el crucifijo que parecía brillar con luz propia en la oscuridad de la habitación. Pasaron minutos que parecieron horas.
Elena golpeó la puerta hasta que sus puños dolieron. gritó hasta quedarse ronca, pero nadie vino a ayudarla. Cuando estaba a punto de rendirse, escuchó el sonido metálico del candado abriéndose. La puerta se abrió y apareció Dolores, pálida y temblorosa. “Rápido”, susurró su prima.
“Los señores están ocupados con los preparativos de la boda. Es nuestra oportunidad.” Elena salió precipitadamente, lanzando una última mirada a las siete novias. que seguían inmersas en su ritual interminable. “¿Las has visto?”, dijo Dolores mientras cerraba apresuradamente la puerta. “Ahora entiendes lo que está en juego.” Elena asintió, incapaz de articular palabras.
Lo que había presenciado iba más allá de cualquier horror imaginable. El plan sigue en pie”, continuó Dolores. “Esta noche, durante la fiesta posterior a la ceremonia, intentaremos salvar a Camila antes de que la lleven a las cuevas, pero ahora debes volver a tu habitación y prepararte para la boda. Actúa con normalidad, como si nada hubiera ocurrido.
” Elena regresó a su habitación como en trance, su mente repleta de imágenes de aquellas mujeres condenadas a una eternidad de sufrimiento. Mientras se vestía para la ceremonia, tomó una decisión. No solo ayudaría a salvar a Camila, también encontraría la forma de liberar a las siete novias atrapadas en aquel infierno viviente. La capilla de la hacienda. El mirador resplandecía bajo la luz dorada del atardecer.
Cientos de velas iluminaban el altar de mármol negro, creando un ambiente que pretendía ser solemne, pero que a Elena le resultaba siniestro. Los invitados, unas 50 personas pertenecientes a la élite de Oaxaca, ocupaban los bancos de madera tallada, mientras un cuarteto de cuerdas interpretaba una melodía melancólica.
Elena ocupó un lugar en la última fila, cerca de una de las salidas laterales, según lo acordado con dolores. vestía un sobrio vestido azul oscuro y llevaba consigo ocultos entre los pliegues de la tela, el crucifijo de plata y su pequeño cuchillo. A las 6 en punto, las puertas principales se abrieron y apareció Alejandro Juárez, impecablemente vestido con un traje negro y una rosa roja en el ojal.
Su rostro mostraba una serenidad inquietante mientras avanzaba hacia el altar donde esperaba un sacerdote que Elena no reconoció. Ciertamente no era el padre Miguel de la iglesia de Santo Domingo. Minutos después la novia hizo su entrada. Camila Ortega avanzaba por el pasillo central del brazo de su padre, envuelta en un vestido blanco de encaje que contrastaba dramáticamente con su piel pálida y sus ojos vacíos.
La joven parecía moverse por inercia, como si ya hubiera perdido parte de su voluntad. La ceremonia comenzó con las palabras rituales que Elena había escuchado en docenas de bodas, pero aquí sonaban huecas, pervertidas por el propósito oculto que las motivaba.
El falso sacerdote hablaba con una voz monótona mientras los novios permanecían inmóviles frente al altar. Elena escudriñó a los invitados buscando alguna señal de incomodidad o sospecha, pero todos parecían aceptar la escena como normal. ¿Cuántos de ellos sabrían la verdad sobre los Juárez? ¿Cuántos serían cómplices silenciosos de los horrores que ocurrían en aquella hacienda? Cuando llegó el momento de intercambiar los votos, Elena notó algo extraño.
En lugar de anillos, Alejandro sostenía un pequeño cáliz de oro incrustado con piedras negras. El falso sacerdote vertió en él un líquido espeso y oscuro desde una botella de cristal tallado. Con esta sangre, uno nuestros destinos, pronunció Alejandro ofreciendo el cáliz a Camila.
La novia tomó el recipiente con manos temblorosas y lo acercó a sus labios. En ese momento, sus ojos se encontraron con los de Elena en la última fila. Por un instante, una chispa de lucidez pareció iluminar su mirada, un mudo pedido de auxilio que desapareció tan rápido como había llegado. Camila bebió un sorbo del contenido del cáliz y luego lo devolvió a Alejandro, quien también bebió.
Un murmullo de aprobación recorrió la capilla como si los invitados acabaran de presenciar un momento particularmente emotivo en lugar de un ritual pagano disfrazado de ceremonia cristiana. Los declaro unidos en matrimonio eterno, concluyó el falso sacerdote haciendo un gesto que pretendía ser una bendición, pero que Elena reconoció como uno de los símbolos del libro de don Francisco.
Los novios se besaron brevemente y luego se giraron hacia los invitados que estallaron en aplausos. Elena aplaudió mecánicamente, sintiendo náuseas ante la farsa que acababa de presenciar. La procesión salió de la capilla hacia el patio principal de la hacienda, donde había sido preparado un banquete para celebrar la unión.
Largas mesas cubiertas con manteles blancos se extendían bajo un toldo de luces, ofreciendo una imagen de celebración normal que contrastaba brutalmente con la realidad que Elena ahora conocía. Mientras los invitados tomaban sus lugares asignados, Elena buscó con la mirada a Dolores. La encontró sirviendo vino en una de las mesas, aparentando ser una sirvienta más.
Sus miradas se cruzaron brevemente y Dolores asintió casi imperceptiblemente. El plan seguía en marcha. Elena fue conducida a una mesa lateral donde se sentó junto a desconocidos que conversaban animadamente sobre trivialidades. Fingió participar en la charla mientras observaba disimuladamente el desarrollo de la fiesta.
Don Francisco presidía la mesa principal junto a los recién casados. El patriarca de los Juárez parecía haber envejecido años en solo un día. Su rostro mostraba una palidez cadavérica y sus movimientos eran rígidos, como si cada gesto le costara un esfuerzo sobrehumano. Sin embargo, sus ojos azules seguían brillando con esa luz antinatural que tanto había perturbado a Elena.
La comida fue servida, platillos elaborados que combinaban la tradición oaqueña con influencias europeas. Elena apenas probó bocado recordando la advertencia del padre Miguel. Observó que Camila tampoco comía. La novia permanecía sentada como una muñeca de porcelana, respondiendo automáticamente cuando le hablaban, pero sin mostrar emoción alguna.
Cuando el sol se ocultó por completo tras las montañas, comenzó la música. Una orquesta interpretó balses y otras piezas de baile mientras los invitados ocupaban el centro del patio. Alejandro y Camila abrieron el baile con un bals ejecutado a la perfección, pero carente de toda emoción. Elena aprovechó el momento para acercarse a la mesa de bebidas donde Dolores servía copas de champán. “Todo listo”, susurró mientras pretendía examinar las opciones. “Sí.
respondió Dolores en voz baja. A las 11, cuando lleven a Camila a cambiarse para el ritual, estaremos en el pasillo del ala este. El resto del personal está distraído con la fiesta. Y las otras novias podemos ayudarlas también. Dolores negó con la cabeza. Es demasiado tarde para ellas.
Han estado demasiado tiempo bajo el influjo del dios subterráneo. Pero Camila aún puede salvarse y tú también. Elena asintió y regresó a su mesa sintiendo el peso del crucifijo de plata contra su piel. El reloj de la hacienda marcaba las 9. Quedaban dos horas para ejecutar el plan. Mientras la fiesta continuaba, Elena notó algo inquietante.
Uno a uno, los invitados comenzaban a mostrar signos de somnolencia. Algunos cabeceaban en sus asientos, otros se excusaban para tomar aire fresco y no regresaban. En menos de una hora, el número de personas conscientes se había reducido a menos de la mitad. “El vino”, murmuró para sí misma. “Está drogado.
” Elena fingió beber de su copa, pero vertió disimuladamente el contenido en una maceta cercana. observó que los padres de Camila yacían inconscientes en sus asientos, al igual que la mayoría de los invitados. Solo quedaban despiertos don Francisco Alejandro, algunos sirvientes de confianza y unos pocos invitados que parecían estar al tanto del verdadero propósito de la celebración.
A las 10:30, Alejandro se levantó y anunció que era hora de que la novia se preparara para la segunda ceremonia. Dos sirvientas escoltaron a Camila fuera del patio, mientras los pocos invitados conscientes asentían con conocimiento de causa. Elena esperó unos minutos y luego se dirigió discretamente hacia el ala este de la hacienda. Era el momento de actuar.
El destino de Camila, el suyo propio y quizás el de toda la familia Juárez, se decidiría en los próximos minutos. El ala este de la hacienda estaba sumida en sombras, iluminadas solo por algunas antorchas colocadas a intervalos irregulares. Elena avanzó con cautela, siguiendo las indicaciones que Dolores le había dado. Debía encontrar la habitación donde estarían preparando a Camila para el ritual, ubicada al final del pasillo principal. Al doblar una esquina, Elena se detuvo en seco.
Frente a ella, bloqueando el pasillo, se encontraba don Francisco. El anciano parecía haberla estado esperando. “Señorita Mendoza”, dijo con voz ronca, “qué predecible resultó ser.” Elena retrocedió instintivamente buscando el crucifijo en su bolsillo. “Ahórrese el gesto”, continuó don Francisco señalando el bulto en su vestido.
“Esos símbolos pueden funcionar con las novias convertidas, pero no con nosotros. Nosotros fuimos los que hicimos el pacto original, no sus víctimas.” ¿Qué son ustedes realmente?, preguntó Elena ganando tiempo mientras evaluaba sus opciones de escape. Don Francisco sonrió revelando dientes que ya no intentaban parecer humanos, afilados, superpuestos, como los de un depredador marino.
“Somos los intermediarios, respondió, los que sirven de puente entre su mundo y el del dios subterráneo. Hace un siglo, mi abuelo encontró las cuevas mientras buscaba plata. Allí descubrió a la criatura dormida pero hambrienta. Le ofreció un trato, alimento a cambio de poder y riqueza.
Desde entonces, cada generación debe renovar el pacto con una nueva novia. Elena vio movimiento por el rabillo del ojo. Dolores y dos sirvientes más se acercaban sigilosamente por detrás de don Francisco, armados con herramientas de cocina y trabajo. “¿Y qué obtienen las novias a cambio de su sacrificio?”, preguntó, elevando ligeramente la voz para cubrir el sonido de los pasos que se aproximaban.
“Immortalidad”, respondió don Francisco con una sonrisa cruel. De cierto tipo, sus cuerpos no envejecen ni mueren, aunque sus mentes se fragmentan. Se convierten en receptáculos para fragmentos de la conciencia del Dios. Con cada nueva novia, él extiende más su influencia en nuestro mundo. Es monstruoso dijo Elena, mirando directamente a los ojos del anciano. Y esta noche se termina.
Don Francisco ríó un sonido seco como hojas muertas arrastradas por el viento. Usted y ¿quién más van a detenernos, señorita Mendoza? Nosotros, respondió Dolores, emergiendo de las sombras junto con los otros sirvientes. Lo que sucedió a continuación ocurrió con una rapidez vertiginosa.
Don Francisco se giró moviéndose con una velocidad inhumana y lanzó un zarpazo con manos que ya no parecían humanas, sino garras óseas. Uno de los sirvientes cayó al suelo con el pecho abierto en un corte limpio. Dolores y el otro sirviente atacaron simultáneamente. El anciano esquivó el primer golpe, pero el segundo, un certero hachazo en la espalda, lo hizo tambalearse.
No salió sangre de la herida, sino un líquido negro y viscoso que desprendía un olor a podredumbre. Don Francisco rugió un sonido que reverberó en las paredes de piedra con una fuerza sobrenatural. Luego, contra toda lógica, su cuerpo comenzó a cambiar. Su piel se agrietó como porcelana vieja y de las fisuras emergieron tentáculos ennegrecidos que se retorcían con vida propia.
“¡Corran!”, gritó Dolores, empujando a Elena hacia adelante, mientras ella y el otro sirviente intentaban contener a la criatura en que se había convertido don Francisco. Elena corrió por el pasillo, guiada por los gritos de terror y dolor que dejaba atrás. Lágrimas corrían por sus mejillas mientras se obligaba a seguir adelante. Dolores se había sacrificado para darle una oportunidad.
llegó finalmente a la puerta de la habitación, donde según el plan, estaría Camila. Entró sin llamar y se encontró con una escena macabra. La novia, ahora vestida con un camisón blanco ritual cubierto de símbolos rojos, estaba tendida en una cama circular. Dos sirvientas la preparaban, ungiendo su piel con aceites aromáticos mientras recitaban cánticos en una lengua desconocida.
Al ver a Elena, las sirvientas interrumpieron su labor y se lanzaron contra ella. Elena sacó su pequeño cuchillo y logró mantenerlas a raya, aprovechando su sorpresa inicial. Camila! Gritó tratando de despertar a la joven del trance en que parecía sumida. Debemos irnos ahora.
” Para su sorpresa, Camila abrió los ojos y la miró con lucidez. “No puedo moverme”, dijo con voz débil. El elixir que me dieron paraliza el cuerpo, pero mantiene la mente consciente. Elena se acercó a la cama esquivando a una de las sirvientas que intentó detenerla. De un rápido movimiento cortó las ligaduras rituales que mantenían a Camila atada.
Te cargaré”, dijo pasando el brazo de la novia sobre sus hombros y ayudándola a incorporarse. Las sirvientas se abalanzaron de nuevo sobre ellas, pero en ese momento la puerta se abrió violentamente. Alejandro Juárez entró en la habitación, su rostro contorsionado en una máscara de furia inhumana.
“Suficiente”, rugió con una voz que ya no tenía nada de humana. “La ceremonia debe continuar.” Elena empujó a Camila detrás de ella y enfrentó a Alejandro, sosteniendo el crucifijo de plata frente a ella como última defensa. “No te acerques”, advirtió, aunque sabía que sus posibilidades eran prácticamente nulas, Alejandro avanzó hacia ellas imperturbable.
Su piel comenzaba a mostrar las mismas grietas que había visto en don Francisco, revelando la verdadera naturaleza que se ocultaba bajo la apariencia humana. “El dios subterráneo espera”, dijo extendiendo una mano que ya comenzaba a transformarse en algo monstruoso. “Y esta noche tendrá dos novias en lugar de una.
” Elena cerró los ojos, preparándose para lo peor cuando un estruendo sacudió la habitación. El suelo comenzó a temblar violentamente y grandes grietas aparecieron en las paredes. Una de ellas se expandió rápidamente, atravesando el techo y parte del piso. ¿Qué está pasando? Gritó Alejandro momentáneamente distraído por el caos.
La respuesta llegó en forma de un rugido profundo que pareció surgir de las entrañas de la tierra. No era el sonido de un terremoto natural, sino algo vivo, algo antiguo y hambriento que había despertado por completo. El ritual, murmuró Camila aferrándose a Elena. debe realizarse exactamente a medianoche o el pacto se rompe si el Dios no recibe su ofrenda a tiempo, como confirmando sus palabras, una nueva sacudida más violenta que la anterior hizo que parte del techo se desplomara.
Alejandro perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, quedando parcialmente sepultado bajo los escombros. “¡Ahora!”, gritó Elena, aprovechando la confusión para escapar con Camila. Salieron al pasillo que ahora estaba lleno de polvo y escombros. La hacienda entera parecía estar colapsando.
Sirvientes y los pocos invitados que quedaban corrían en todas direcciones presas del pánico. “Por aquí, escucharon una voz familiar. Era el anciano sirviente que había estado con dolores. Tenía una herida en la cabeza, pero seguía en pie. Los pasadizos secretos son nuestra única salida. Las guió hasta una sección de la pared que, al presionar un panel oculto, reveló la entrada a uno de los estrechos corredores de servicio.
Se apresuraron a entrar mientras a sus espaldas el pasillo principal se derrumbaba por completo. “Dolores”, preguntó Elena temiendo la respuesta. El anciano negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos. se sacrificó para darnos tiempo. Ella y los demás avanzaron por el pasadizo, iluminados apenas por la pequeña lámpara de aceite que llevaba el sirviente.
A su alrededor, la hacienda continuaba desmoronándose con sonidos de crujidos y derrumbes que resonaban en las paredes. “¿Qué está pasando realmente?”, preguntó Elena mientras ayudaba a Camila a caminar. El pacto se ha roto, respondió el anciano. Sin la ofrenda de medianoche, el dios subterráneo ha despertado furioso.
Ahora tomará lo que se le debe, la hacienda entera. Siguieron avanzando por el laberinto de pasadizos, sintiendo como la tierra temblaba bajo sus pies. El anciano los guiaba con seguridad, conocedor de cada recodo y cada bifurcación. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, llegaron a una salida que daba a los jardines traseros de la hacienda.
Emergieron a la luz de la luna para contemplar un espectáculo apocalíptico, la imponente hacienda. El mirador se derrumbaba sobre sí misma como si una fuerza invisible la estuviera arrastrando hacia el centro de la tierra. Las novias”, susurró Camila mirando hacia la estructura que colapsaba. “Están atrapadas allí.
” “Ya no son lo que eran”, respondió el anciano con voz grave. “Quizás esto sea una liberación para ellas.” Se alejaron hasta una colina cercana, desde donde pudieron observar cómo la hacienda desaparecía por completo, dejando en su lugar un enorme cráter humeante. Del cielo comenzó a caer una lluvia fina que lavaba el polvo y las cenizas.
Elena sostuvo la mano de Camila mientras contemplaban el fin de la dinastía Juárez y su pacto maldito. La pesadilla había terminado, pero las cicatrices perdurarían para siempre en la memoria de los sobrevivientes. Amaneció en Oaxaca con un cielo inusualmente despejado. La luz del sol iluminaba el lugar donde antes se alzaba la hacienda el mirador, ahora reducida a un cráter ennegrecido y humeante.
Equipos de rescate, policías y curiosos rodeaban el perímetro tratando de entender qué había sucedido durante la noche. Elena Camila y el anciano sirviente, cuyo nombre resultó ser Tomás, habían encontrado refugio en una pequeña cabaña de pastores en las colinas cercanas.
Exhaustos y traumatizados, habían dormido unas pocas horas antes de ser despertados por el bullicio lejano. “¿Qué les diremos?”, preguntó Camila, mirando hacia el valle donde docenas de personas se congregaban alrededor del cráter. La verdad, respondió Elena, aunque dudo que alguien la crea. Tomás, que había salido temprano para conseguir información, regresó con noticias.
Las autoridades están llamándolo un desastre natural, explicó. Hablan de una falla geológica, de cavernas subterráneas que colapsaron. Nadie menciona a la criatura. ¿Hubo sobrevivientes?, preguntó Elena pensando en Dolores y los demás sirvientes que habían ayudado en su plan. Tomás negó con la cabeza algunos invitados que se habían marchado temprano o que estaban inconscientes en los jardines, pero todos los que estaban dentro, incluidos don Francisco y don Alejandro, “¿Están seguros de que no sobrevivieron?”, Insistió Camila con un tono que mezclaba esperanza y temor. Los que vieron el
derrumbe final dicen que fue como si la tierra se los hubiera tragado”, respondió Tomás, “como si algo desde abajo hubiera tirado de ellos.” Elena sintió un escalofrío al imaginar a la criatura, al dios subterráneo, reclamando finalmente a quienes habían pactado con él un siglo atrás. “¿Y las novias?”, preguntó en voz baja.
Mencionó alguien a las siete mujeres encerradas. No hay rastro de ellas, dijo Tomás. Es como si nunca hubieran existido. Durante los días siguientes, el misterio de la hacienda El Mirador se convirtió en el tema principal de conversación en todo Oaxaca. Los periódicos hablaban de un extraño terremoto localizado exclusivamente en la propiedad de Los Juárez.
Los científicos enviados desde Ciudad de México no encontraban explicación para el fenómeno. Los más supersticiosos murmuraban sobre una maldición, sobre justos castigos divinos por pecados inconfesables. Elena y Camila decidieron quedarse en Oaxaca por un tiempo. La joven viuda, porque técnicamente Camila había estado casada con Alejandro durante unas horas, necesitaba recuperarse física y emocionalmente antes de decidir qué hacer con su vida.
Una semana después del incidente, mientras Elena paseaba por el mercado central, se encontró con doña Carmela, la anciana herbolaria, que le había advertido sobre los Juárez. “Lo hiciste bien, niña”, le dijo la anciana. Tomándola nuevamente del brazo con sus dedos fuertes, rompiste un ciclo que llevaba un siglo perpetuándose.
¿Usted sabía lo que iba a pasar?, preguntó Elena sorprendida. Sabía que algo debía ocurrir, respondió doña Carmela. Las antiguas profecías mixtecas hablaban de un mal enterrado en estas tierras, un mal que se alimentaba de la esencia de mujeres puras.
También hablaban de la que vendría a romper el pacto, una mujer con la sangre de los antiguos. Pero murió mucha gente inocente, dijo Elena, recordando a Dolores y los demás sirvientes que habían sacrificado sus vidas. En cada guerra hay bajas, respondió la anciana con gravedad. Y esto fue una guerra, niña, una guerra contra algo que no debería existir en nuestro mundo. Esa noche Elena no pudo dormir.
Las palabras de doña Carmela resonaban en su mente, mezclándose con los recuerdos de todo lo que había vivido en la hacienda. Se levantó y salió al pequeño balcón de la posada, donde se alojaban. La luna llena iluminaba la ciudad con una luz plateada que le daba un aspecto irreal como de sueño.
A lo lejos, en las colinas, el cráter que había sido la hacienda El Mirador era una mancha oscura en el paisaje. “¿No puedes dormir?”, preguntó Camila, uniéndose a ella en el balcón. “Demasiados recuerdos,”, respondió Elena. Permanecieron en silencio durante un momento, contemplando la ciudad dormida. He decidido irme”, dijo finalmente Camila, “Lejos de aquí, donde nadie conozca mi historia ni el apellido Juárez, ¿a dónde irás? Al norte quizás.
” Dicen que hay oportunidades en la frontera o tal vez a Europa. Con la situación política muchos están emigrando. Elena asintió. El país estaba al borde de una revolución. Quizás era un buen momento para empezar de nuevo en otro lugar. ¿Vendrías conmigo? preguntó Camila tomando su mano.
Después de lo que vivimos juntas, no creo que pueda enfrentar el mundo sola. Elena miró sus manos entrelazadas y luego los ojos de Camila, que ya no mostraban el vacío de aquella noche, sino una chispa de esperanza. Sí, respondió. Iré contigo. Dos semanas después, Elena y Camila abordaron un tren con rumbo al norte. Llevaban pocas pertenencias, pero muchos planes.
Habían decidido comenzar una nueva vida juntas, lejos de los horrores de la hacienda El Mirador. Antes de partir, visitaron por última vez el cráter, que había sido la mansión de Los Juárez. El lugar estaba acordonado y vigilado, pero consiguieron acercarse lo suficiente para ver que en el centro del cráter había surgido un pequeño manantial de aguas cristalinas. Es como si la tierra quisiera purificarse”, comentó Camila.
“O quizás es un recordatorio”, respondió Elena, “de que incluso en los lugares más oscuros pueden hacer algo puro.” Mientras se alejaban, Elena tuvo la sensación de que alguien las observaba. Se giró y por un instante creyó ver siete figuras vestidas de blanco en lo alto de una colina cercana.
Siete mujeres que les hacían un gesto de despedida antes de desvanecerse en la luz del atardecer. ¿Qué sucede?, preguntó Camila notando su expresión. Nada, respondió Elena, sonriendo mientras tomaba la mano de su compañera. Solo me despedía de unos fantasmas. Mientras se alejaban hacia la estación de tren, Elena sintió que un peso se levantaba de sus hombros.
Los Jáes habían desaparecido, su pacto maldito se había roto y las almas de las siete novias finalmente habían encontrado la paz. Era hora de mirar hacia adelante. Ciudad de México, 1920. La cantina El Gallo Negro era un establecimiento discreto en el centro de la capital, frecuentado por intelectuales, artistas y periodistas.
Elena Mendoza, ahora de 35 años, ocupaba una mesa en el rincón mientras revisaba las pruebas de imprenta de su último libro. 10 años habían pasado desde los acontecimientos de la hacienda El Mirador y Elena se había forjado una reputación como escritora de historias de misterio y terror. Su pelo, ahora corto según la moda de los años 20, enmarcaba un rostro maduro que había conservado su belleza, pero que mostraba líneas de experiencia alrededor de los ojos.
En su mano izquierda brillaba un sencillo anillo de plata. Símbolo del compromiso que había hecho con Camila una década atrás. La escritora famosa trabajando otra vez, preguntó una voz familiar. Elena levantó la vista para encontrarse con Tomás, el antiguo sirviente de los Juárez. El hombre había envejecido considerablemente.
Su pelo era ahora completamente blanco y caminaba apoyado en un bastón de madera tallada. Tomás, sonrió Elena indicándole que tomara asiento. ¿Qué te trae a la capital? Negocios, respondió el anciano, sentándose con dificultad y curiosidad. Quería ver qué había sido de ti y de Camila después de todos estos años.
Camila está bien, dijo Elena. Trabaja como maestra en una escuela para niñas al otro lado de la ciudad. Le encantará verte. Tomás asintió complacido y luego su expresión se tornó más seria. “También vine a advertirte”, dijo bajando la voz. “Han empezado a excavar en el cráter del mirador.” Elena sintió que un escalofrío recorría su espalda.
¿Quiénes? una compañía minera de Monterrey. Dicen que han encontrado indicios de plata en la zona, pero hay rumores, rumores de que los trabajadores han desaparecido, de que en las noches se escuchan voces cantando bajo la tierra. Elena cerró los ojos un momento, recordando el horror que habían vivido las siete novias atrapadas en aquella habitación sellada, la criatura que habitaba en las profundidades.
“Creí que todo había terminado”, murmuró. “El mal como ese nunca termina realmente”, respondió Tomás. “Solo duerme esperando a que alguien lo despierte de nuevo.” Elena reflexionó sobre sus palabras. durante 10 años había intentado dejar atrás los recuerdos de Oaxaca, transformándolos en historias de ficción que le permitían exorcizar sus demonios.
Pero quizás había llegado el momento de enfrentar la realidad una vez más. “¿Qué sugieres que hagamos?”, preguntó. “¿Hay alguien que deberías conocer?”, respondió Tomás, un profesor de la Universidad Nacional que ha estado investigando leyendas mixtecas sobre dioses subterráneos. Quizás él pueda ayudarnos a entender qué ocurrió realmente en el Mirador y cómo evitar que vuelva a suceder.
Esa noche, Elena regresó al pequeño departamento que compartía con Camila en la colonia Roma. encontró a su compañera en el estudio corrigiendo trabajos escolares bajo la luz de una lámpara de escritorio. “Tenemos que hablar”, dijo Elena después de besarla en la mejilla. “Es sobre el mirador.” Camila dejó la pluma sobre la mesa y levantó la vista.
A pesar de los años transcurridos, el miedo seguía presente en sus ojos cuando se mencionaba aquel nombre. “¿Qué ha pasado?”, preguntó Elena. le contó su encuentro con Tomás y las noticias sobre las excavaciones. Mientras hablaba, notó como las manos de Camila comenzaban a temblar ligeramente, un eco de los terrores pasados.
“Creíamos que había terminado”, dijo Camila cuando Elena terminó su relato, que las siete novias por fin habían encontrado la paz. Yo también lo creía”, respondió Elena tomando sus manos para detener el temblor. “Pero quizás nuestra responsabilidad no terminó aquella noche.
Quizás debemos asegurarnos de que nadie vuelva a despertar lo que duerme bajo esas tierras.” El profesor Enrique Vasconcelos era un hombre de unos 50 años con el pelo entre cano y gafas de montura metálica que le daban un aire de seriedad académica. Su despacho en la Universidad Nacional estaba abarrotado de libros, manuscritos antiguos y artefactos prehispánicos que desbordaban estanterías y mesas.
“Fascinante”, murmuró después de escuchar el relato de Elena y Camila. “bsolutamente fascinante y corrobora muchas de mis teorías sobre el culto a Tlalsikoatl.” Tlalxicoatl, preguntó Elena pronunciando con dificultad el nombre Nagwatl. La serpiente del abismo, tradujo el profesor, una deidad preolmeca adorada en ciertas regiones de Oaxaca mucho antes de la llegada de los españoles.
Según los textos que he estudiado, era un dios hambriento que habitaba en cavernas subterráneas y exigía sacrificios de sangre, preferentemente de mujeres jóvenes. Camila se estremeció visiblemente y Elena tomó su mano para reconfortarla. Los conquistadores creyeron haber erradicado su culto”, continuó Vasconcelos, pero parece que sobrevivió en secreto y su relato sobre los Juárez sugiere que encontraron una manera de hacer un pacto directo con la entidad. ¿Puede detenerse?, preguntó Camila. Si los mineros despiertan a esa
cosa, ¿hay alguna forma de destruirla definitivamente? El profesor se quitó las gafas y las limpió pensativamente con un pañuelo. Según los textos antiguos, Tlalxicoatl solo puede ser derrotado por lo que ellos llamaban la unión de los opuestos, el sol y la luna, el fuego y el agua, la vida y la muerte.
Es bastante críptico, como suelen ser estos textos sagrados. ¿Y qué sugiere que hagamos?, preguntó Elena. Deben volver a Oaxaca, respondió el profesor con firmeza. Deben detener las excavaciones antes de que sea demasiado tarde. Yo iré con ustedes. He pasado mi vida estudiando estos mitos, pero nunca creí que tendría la oportunidad de confirmar su veracidad.
Tres días después, Elena, Camila, el profesor Vasconcelos y Tomás viajaban en tren hacia Oaxaca. El paisaje que desfilaba por las ventanillas evocaba en Elena recuerdos del viaje que había hecho 10 años atrás, cuando era una joven ingenua que desconocía los horrores que la esperaban.
“¿Crees que podremos detenerlo esta vez?”, preguntó Camila en voz baja mientras los otros dos dormitaban en sus asientos. “Tiene que ser posible”, respondió Elena. De lo contrario, el ciclo continuará y más inocentes sufrirán el destino de las siete novias. Al llegar a Oaxaca, se dirigieron directamente al lugar donde una vez se alzó la hacienda El Mirador.
El cráter seguía allí, pero ahora estaba rodeado de maquinaria de minería y barracones para los trabajadores. Una valla con el logotipo de Compañía minera del norte circundaba todo el perímetro. Gracias a los contactos del profesor Vasconcelos consiguieron una entrevista con el ingeniero jefe del proyecto, un hombre llamado Rodrigo Fuentes, que los recibió en una oficina improvisada junto al cráter.
“Comprendo sus preocupaciones”, dijo Fuentes después de escuchar la versión editada de su historia, omitiendo los detalles sobrenaturales, pero les aseguro que nuestras operaciones son completamente seguras. Los rumores sobre desapariciones son solo eso, rumores. Y en cuanto a los cantos nocturnos, probablemente sea el viento en las cuevas. Ingeniero Fuentes, intervino el profesor Vasconcelos, como académico especializado en la historia de esta región.
Debo insistir en la importancia arqueológica de este sitio. Cualquier excavación debería ser precedida por un estudio exhaustivo. La compañía ya ha realizado todos los estudios necesarios, respondió Fuentes con impaciencia. Y hemos obtenido todos los permisos requeridos. Las excavaciones comenzarán mañana al amanecer. Al salir de la oficina, los cuatro intercambiaron miradas de preocupación.
No conseguiremos detenerlos por medios oficiales”, dijo Elena. “Tendremos que tomar medidas más drásticas”. Esa noche, bajo la luz de la luna llena, regresaron al perímetro de la mina. El lugar estaba vigilado por dos guardias que hacían rondas perezosas alrededor del campamento. “Necesitamos crear una distracción”, susurró Elena, “algo que aleje a los guardias de la entrada principal al cráter. Tomás se ofreció voluntario.
Utilizando sus conocimientos de la zona, consiguió atraer a los guardias hacia el lado opuesto del campamento, mientras los demás se deslizaban hacia el borde del cráter. M.
News
Cuando tenía trece años, mi adinerado tío me acogió después de que mis padres me abandonaran…
A los 13 años, mis padres me dejaron abandonado y fue mi tío, un hombre rico y justo, quien me…
Me obligó mi suegra mexicana a firmar el divorcio… Yo solo sonreí cuando apareció el abogado
Aquel día, la sala de la casa Ramírez, en Guadalajara, estaba helada, aunque afuera el sol quemaba sin piedad. Sobre la…
Fingí estar en la ruina total y pedí ayuda a mis hijos millonarios: me humillaron y me echaron a la calle, pero mi hijo el más pobre me dio una lección que jamás olvidaré.
CAPÍTULO 1: LA DAMA DE HIERRO SE QUIEBRA El sonido de la puerta de caoba maciza cerrándose en mi cara…
Millonario Volvió A Casa Fingiendo Ser Pobre Para Probar A Su Familia — Lo Que Hicieron Lo Impactó
Era el cumpleaños número 60 de Antonio Mendoza, uno de los hombres más ricos de España, y su mansión en…
«No soy apta para ningún hombre», dijo la mujer obesa, «pero puedo amar a tus hijos». El vaquero ..
No soy apta para ningún hombre, señor, pero puedo amar a sus hijos. La dueña de la pensión estaba parada…
Esposa embarazada muere al dar a luz. Los suegros y la amante celebran hasta que el médico revela suavemente:
Lo primero que Laura Whitman notó después de dar a luz fue que podía oírlo todo. Podía oír el pitido…
End of content
No more pages to load






