
Año 1911. En las colinas al norte de Segovia, España, se levantaba un edificio de piedra caliza conocido por los lugareños como la casa de los ángeles. Oficialmente era un orfanato regido por la orden de las hermanas de la caridad de San Vicente, un refugio para niños abandonados tras las epidemias de cólera que habían azotado Castilla la Vieja a comienzos del siglo.
Nadie dudaba de la devoción de las monjas ni de la generosidad del obispo que había financiado su construcción. Sin embargo, bajo el suelo donde rezaban los maitines, había algo más antiguo que la fe, algo que los niños decían escuchar cuando el viento soplaba desde el cementerio contiguo. El orfanato se alzaba sobre los restos de una ermita medieval destruida durante la invasión napoleónica.
Bajo su patio principal aún sobrevivían las criptas, donde reposaban los cuerpos de sacerdotes y benefactores de la orden. En 1909, cuando comenzaron las obras de ampliación, los obreros encontraron decenas de tumbas sin nombre. El arquitecto a cargo, don Ricardo Almazán, anotó en su bitácora que los féretros se hallaban vacíos, pero con marcas interiores semejantes a arañazos.
El informe fue enviado al ayuntamiento y archivado sin comentarios. Se decidió construir sobre los cimientos originales y los trabajos continuaron hasta 1911, año de inauguración. Los aldeanos comentaban que por las noches se oía golpear desde el subsuelo, pero en la inauguración el obispo bendijo el lugar asegurando que todo lo que duerme bajo tierra lo hace en paz.
Los primeros 32 niños llegaron desde distintos hospicios de la provincia. Huérfanos de la peste, de la guerra y de la miseria. La mayoría no recordaba ni su apellido. Las monjas registraban cada ingreso en un libro de cuero negro que hoy se conserva en el Archivo Eclesiástico de Segovia bajo el código AS19. La primera página lleva una anotación peculiar.
Los pequeños no temen a la oscuridad, cantan cuando sopla el viento. Nadie sabe quién escribió esa frase, pero el trazo no coincide con el de ninguna religiosa del convento. Durante los primeros meses, los informes eran rutinarios, educación catequística, tareas agrícolas, rezos al alba. Pero a partir de octubre de 1911, las cartas enviadas por la hermana superiora Sor Mercedes de la Cruz comenzaron a incluir observaciones inquietantes.
“Los niños duermen mejor en la capilla que en los dormitorios”, escribió el 14 de octubre. Dicen que las voces bajo el suelo les cantan. En noviembre añadió, “Hemos trasladado los lechos al sótano para evitar el frío. Algunos pequeños insisten en que allí los ángeles los arropan.” El obispado respondió con una instrucción breve: “No fomentar supersticiones.
Mantener la disciplina. El invierno de 1912 fue el más crudo en décadas. La nieve cubrió las colinas durante semanas y los suministros se agotaron. El pozo se heló, los cultivos se perdieron y los niños comenzaron a enfermar. S. Mercedes registró seis muertes entre enero y marzo, todas atribuidas a neumonía.
Los cuerpos fueron enterrados en el cementerio anexo, pero un mes después el sepulturero del pueblo vecino juró haber visto luces moviéndose entre las lápidas. Las autoridades locales atribuyeron la visión al cansancio. Sin embargo, en abril, un maestro que visitó el orfanato notó un detalle perturbador. Los niños recitaban los nombres de los fallecidos antes de dormir, en orden exacto, como si los llamaran.
En junio de 1912, un inspector del Ministerio de Beneficencia, don Aurelio Benavides, realizó una visita inesperada. Su informe conservado parcialmente describe un olor denso a humedad y cal viva en los pasillos inferiores y camas alineadas en filas junto a antiguos nichos tapeados. Afirma también que los menores parecían tranquilos, aunque evitaban mirar a la luz directa.
El documento termina con una observación tachada que aún puede leerse a contraluz. No duermen, se acuestan para escuchar. Tras esa visita, el inspector fue transferido a Valladolid y el informe clasificado. Durante los años siguientes, la casa de los ángeles se convirtió en un lugar del que apenas se hablaba.
Los aldeanos evitaban pasar frente a sus muros después del anochecer. Algunos afirmaban que los rezos del convento eran respondidos por voces infantiles que no pertenecían a los vivos. En 1915, una carta anónima enviada al periódico La Gaceta de Castilla describía escenas de niños dormidos entre ataúdes abiertos con velas en las manos.
La publicación fue retirada antes de circular. Solo un ejemplar sobrevivió hallado décadas después en el archivo municipal con una nota manuscrita La noche canta en los muros. Entre 1916 y 1918 nuevas epidemias golpearon la región. El orfanato duplicó su población y las hermanas de la caridad aceptaron que algunos de los dormitorios fueran habilitados en el subsuelo para ahorrar espacio.
Allí, entre paredes húmedas y lápidas antiguas, colocaron camastros de hierro y lámparas de aceite. Según testimonios posteriores, los niños decían sentirse protegidos porque los de abajo rezaban con ellos. Una de las monjas jóvenes, sor clara de los dolores, escribió en su diario, “He comenzado a oír lo mismo. Al anochecer se oyen respiraciones bajo las losas, como si el suelo exhalara oraciones.
En 1920, la comunidad entera fue evacuada tras un brote de fiebre tifoidea. El edificio quedó clausurado y el acceso cercado por orden del obispado. En los registros oficiales se declaró inhabitable por riesgo estructural. Pero en los años 30, durante las reformas previas a la guerra civil, los obreros que demolían parte del ala norte hallaron un pasillo oculto que conducía a una cámara subterránea.
Allí encontraron 34 camastros oxidados y sobre cada uno pequeña cruz grabada con iniciales infantiles. En las paredes había marcas verticales como de uñas y restos de cera derretida. El capataz del equipo, José Montalvo, declaró ante el ayuntamiento que el aire se movía solo y que al retirar una losa central encontraron una cavidad llena de agua donde flotaban objetos blancos, quizás huesos.
El acta de su declaración fue destruida en 1942 durante un incendio en el archivo provincial, pero una copia mecanografiada sobrevivió en manos de un periodista llamado León Carrillo. Décadas más tarde, Carrillo publicaría un artículo titulado Los niños de piedra, donde afirmaba que el orfanato había sido construido sobre un osario medieval y que las monjas practicaban ritos de purificación con los cuerpos de los muertos.
El obispado desmintió la historia y demandó al periodista por difamación. Sin embargo, una serie de fotografías aparecidas en 1954 en una subasta de Valladolid mostró el interior del edificio antes de su clausura. Filas de camastros entre lápidas, una estatua rota de un ángel con los ojos vendados y en una pared un texto pintado en latín.
Dormite intersctos, quia vigilati sin memoria. Dormid entre los santos, porque veláis en la memoria. En 1956, durante las labores de restauración del cementerio colindante, un grupo de trabajadores del Ayuntamiento descubrió una losa agrietada con una inscripción casi borrada, Ano Domini, 1713, Requies Infantum.
Bajo ella, una cavidad llena de tierra húmeda y objetos corroídos, medallas, crucifijos y pequeños zapatos de cuero, aún con los cordones atados. El capataz informó del hallazgo, pero el párroco local ordenó sellar el hueco para evitar profanaciones. Uno de los obreros, Evaristo Velázquez, confesó años más tarde haber tomado un pequeño cuaderno del interior.
Decía contener oraciones escritas con caligrafía infantil y manchas que parecían de cera o sangre. Nadie volvió a verlo. Desapareció dos semanas después. A comienzos de los años 60, un joven seminarista llamado Padre Mateo Aranguren fue asignado al Archivo Diocesano de Segovia. Mientras catalogaba documentos antiguos, encontró una carpeta marcada con el código AS19, el mismo que figuraba en el libro de registros del orfanato.
Dentro había correspondencia entre Sor Mercedes de la Cruz y el vicario general. En una de las cartas, fechada el 2 de febrero de 1913, la monja describía un suceso que nunca fue reconocido oficialmente. Esta madrugada los niños rezaron sin que nadie los despertara. Sus voces venían del subsuelo.
Bajé con sorclara y vimos las velas encendidas junto a los sepulcros. Les pregunté quién había encendido. Ellos respondieron, “Los que duermen abajo quieren calor.” El padre Mateo copió algunos fragmentos antes de que los documentos fueran retirados por orden del obispo. En su diario personal anotó, “El orfanato fue un intento de convivencia entre vivos y muertos.
Los niños no soñaban, escuchaban. En 1972, el Ministerio de Obras Públicas inició la construcción de una carretera que pasaría a menos de 1 kmro de las ruinas del orfanato. Los ingenieros encontraron anomalías magnéticas en el terreno. Las brújulas giraban sin control. Las máquinas se detenían sin causa aparente y durante las excavaciones aparecieron restos humanos mezclados con fragmentos de hierro y madera carbonizada.
El informe técnico mencionaba osamentas de tamaño infantil en disposición no anatómica. Las piezas fueron remitidas al Instituto de Medicina Legal de Madrid, pero el envío nunca llegó. Un año después, el periodista Emilio Corral publicó en la revista Misterios de España un extenso reportaje titulado Los niños bajo la tierra.
Incluía entrevistas con antiguos habitantes del pueblo, fotografías de la cripta y una transcripción parcial de las cartas de sor Mercedes. Corral afirmaba que las monjas habían sido trasladadas en secreto a un convento en Burgos y que ninguna volvió a hablar públicamente del tema.
Su artículo cerraba con una frase inquietante. Quizás rezaban para que el mundo no oyera lo que había bajo sus pies. Dos semanas después, la revista fue clausurada por motivos administrativos y el periodista se exilió a Francia, donde moriría en 1979 en circunstancias no aclaradas. Durante las décadas siguientes, el caso cayó en el olvido.
Las ruinas del orfanato quedaron cubiertas por la maleza y el cementerio fue parcialmente demolido para construir una urbanización. Pero en 1994, una excavación arqueológica autorizada por la Universidad Complutense sacó a la luz la existencia de tres niveles subterráneos. En el segundo, los arqueólogos hallaron 37 nichos de piedra, todos del mismo tamaño y con símbolos grabados, cruces invertidas, números romanos y pequeños círculos concéntricos.
En el interior de uno de ellos, una caja metálica sellada. Dentro había fragmentos de hueso y una nota escrita en papel amarillento. No temáis el sueño, porque el sueño nos guarda a todos. Los de abajo velan por los de arriba. El hallazgo fue comunicado al ayuntamiento y horas después los materiales fueron requisados por el Ministerio del Interior.
La zona quedó cerrada por riesgo biológico. Ningún informe oficial volvió a publicarse. En 2002, el historiador local Eduardo Blasco inició una investigación independiente. entrevistó a descendientes de los obreros que habían trabajado en la restauración del cementerio y recopiló fotografías de los años 50.
En una de ellas, tomada de noche, se observan siluetas pequeñas alineadas frente a las lápidas, como si posaran para una fotografía que nadie tomó. Blasco incluyó la imagen en su libro El eco de los ángeles, publicado en 2006, donde sostuvo que la casa de los ángeles nunca fue un orfanato, sino un experimento de reclusión sensorial patrocinado por un grupo de teólogos interesados en estudiar la comunicación entre la inocencia y la muerte.
El libro fue retirado tras una demanda eclesiástica y Blasco perdió su cátedra. en una entrevista concedida antes de su desaparición, declaró, “Lo que buscaban no era salvar almas, sino escuchar a los santos antes de que lo fueran. En 2017, durante un episodio de sequía prolongada, el terreno donde se alzaba el orfanato se agrietó.
Vecinos de la urbanización próxima afirmaron haber visto surgir una luz blanca desde el subsuelo acompañada de un murmullo infantil. El fenómeno fue grabado por un turista con su teléfono y subido a la red con el título Los cantos de Segovia. En las imágenes se oye claramente una sucesión de voces agudas recitando en latín Dormite Intersantctos.
El vídeo fue eliminado al día siguiente, pero copias circulan aún en foros de investigación paranormal. El último intento de estudio oficial ocurrió en 2021 cuando un equipo del Instituto de Patrimonio Nacional solicitó permiso para realizar un escaneo georadar del subsuelo. Los resultados filtrados mostraban cavidades profundas alineadas en forma de cruz y variaciones térmicas que correspondían a temperaturas corporales.
El informe interno incluía una observación que nunca se hizo pública oficialmente. Las señales de calor aparecen y desaparecen en intervalos regulares como respiraciones. Desde entonces, el área ha sido declarada zona de preservación arqueológica, aunque nadie puede acceder sin autorización episcopal. Los vecinos aseguran que en las noches frías el suelo vibra como si alguien caminara bajo tierra.
Una anciana, nieta de uno de los obreros originales, contó a un periodista local, “No hay tumbas vacías allí. Los niños siguen rezando, pero ahora rezan por nosotros.” A finales de 2023, un grupo de investigadores franceses especializados en psicofonías grabó sonidos a distancia con micrófonos direccionales desde las colinas cercanas.
Las ondas registradas mostraron un patrón constante, siete intervalos de silencio y una frecuencia entre 180 y 200 Hz, similar al rango de voz infantil. En la reproducción acelerada se distingue una frase repetida: non novis somnus, memoria. No para nosotros el sueño, sino la memoria. Hoy, más de un siglo después, el orfanato de Segovia no figura en ningún registro oficial.
El terreno es propiedad privada de una congregación que no responde a solicitudes de acceso. El camino que llevaba al cementerio está cubierto de zarzas y el aire tiene un olor dulzón, mezcla de humedad y cal. Los visitantes que se acercan dicen oír risas apagadas y el tintineo de campanas pequeñas como las que se usan para llamar a misa.
La historia oficial asegura que la casa de los ángeles fue solo un refugio para huérfanos víctimas de epidemias. Pero los que han leído los informes completos saben que el lugar nunca fue un refugio, fue un umbral. Los niños dormían entre tumbas, no por superstición, sino porque los de abajo los llamaban por su nombre. Los documentos desaparecieron, los testigos murieron y el edificio se disolvió entre la maleza.
Sin embargo, cada tanto, en las noches más frías de Segovia, las campanas del cementerio suenan sin que nadie las toque y el viento arrastra una melodía infantil que no pertenece a ningún tiempo. Dicen que es el coro de los huérfanos vigilando su propio descanso. Y aunque el archivo fue sellado hace décadas, una última anotación escrita a mano por un archivero anónimo en 1958 sigue visible en la contraportada del expediente.
Los niños no descansan, custodian la memoria del sueño, porque en Segovia, entre colinas y tumbas, el sueño nunca fue descanso, fue vigilia. Yeah.
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