
68 sicarios del CTA NG intentaron tomar aeropuerto regional, pero no sabían que 20 helicópteros aniquilarían. 68 sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación acababan de tomar el control del aeropuerto regional de Apatzingán en Michoacán a las 4:47 de la madrugada. Habían llegado en 12 camionetas blindadas.
habían ejecutado a los tres guardias de seguridad privada que intentaron resistirse y ahora controlaban completamente las dos pistas de aterrizaje, la torre de control y el hangar principal. Tenían cinco avionetas Cesna listas para despegar, cargadas con 2.3 toneladas de fentanilo con destino a pistas clandestinas en Arizona. El comandante del operativo, un hombre de 42 años conocido como el coyote, pensaba que habían logrado la operación perfecta.
Habían cortado las comunicaciones, habían bloqueado los tres accesos terrestres al aeropuerto con vehículos robados y tenían suficiente armamento para mantener el control durante las 6 horas que necesitaban para completar los vuelos. Lo que el coyote no sabía era que un satélite militar estadounidense había detectado el movimiento de las camionetas blindadas 40 minutos antes.
Lo que no sabía era que la información ya había sido compartida con el comando norte del ejército mexicano. Lo que definitivamente no sabía era que 20 helicópteros de combate, ocho tanques blindados y 340 soldados de élite ya venían en camino con órdenes de recuperar el aeropuerto y aniquilar a cualquier sicario que se resistiera.
regresemos a esa madrugada del 17 de septiembre, cuando todo comenzó con una llamada encriptada que selló el destino de 68 hombres que pensaban haber ejecutado el golpe perfecto. El coyote, cuyo nombre real era Armando Villegas Soto, había nacido en Apatzingán hacía 42 años.
Había crecido en la pobreza absoluta, vendiendo chicles en los semáforos a los 8 años. trabajando en los campos de aguacate a los 12, viendo cómo el narco se llevaba a sus amigos de la infancia uno por uno. A los 19 años tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre. Se enlistó en el cártel de los caballeros templarios como Halcón, un simple vigilante que ganaba 3000 pesos a la semana.
Pero Armando era inteligente, despiadado cuando era necesario y absolutamente leal a quien le pagaba. En 15 años había subido de Hcón a sicario, de sicario a jefe de plaza y, finalmente, a comandante regional del CJNG, cuando este cartel absorbió las células que quedaban de los templarios. Ahora ganaba más en un mes de lo que su padre había ganado en toda su vida trabajando honestamente.
Tenía tres casas, cinco camionetas, dos esposas y cuatro hijos que nunca sabrían exactamente cómo su padre ganaba tanto dinero. Esa madrugada del 17 de septiembre, el coyote recibió una llamada directa del flaco, lugar teniente de Nemesio o Ceguera Cervantes, el Mencho, el líder máximo del CJNG.
La voz del flaco sonaba urgente, pero controlada, el tono de alguien transmitiendo órdenes que no admitían discusión ni dudas. Coyote, tenemos un problema y una oportunidad al mismo tiempo”, dijo el flaco, sin preámbulos ni saludos. “Los gringos están presionando durísimo en la frontera. Nos decomizaron tres cargamentos en nogales la semana pasada perdimos 800 kg de cristal y 400 de fentanilo.
Esos son 15 millones de dólares tirados a la basura. El patrón está [ __ ] y dice que necesitamos mover la siguiente carga por aire, no por tierra. El coyote se incorporó en la cama de su casa de seguridad en las afueras de Apatzingán. Sabía que cuando el mencho estaba [ __ ] la gente moría.
Ya tenemos cinco avionetas Sesna modificadas cargadas con 2.3 toneladas de fentanilo puro”, continuó el flaco. “Están escondidas en un rancho a 40 km de Apatingán. El plan es volarlas esta noche a pistas clandestinas en Arizona, donde nuestros socios ya tienen compradores esperando.” Pero hay un problema. Las avionetas necesitan una pista con iluminación adecuada y torre de control para coordinar los despegues.
Las pistas clandestinas que usamos normalmente están siendo vigiladas por drones gringos. El coyote empezaba a entender hacia dónde iba esto. El aeropuerto regional de Apatingán, preguntó con una mezcla de admiración y miedo ante la audacia del plan. Exactamente, respondió el flaco.
El patrón dice que lo tomes por 6 horas, suficiente tiempo para que las cinco avionetas despeguen y lleguen a Estados Unidos. Tienes luz verde para usar toda la gente que necesites. Róbate los vehículos que hagan falta. Elimina a quien se resista. Pero ese aeropuerto tiene que estar bajo nuestro control desde las 5 de la mañana hasta las 11. ¿Puedes hacerlo? El coyote pensó rápidamente.
El aeropuerto regional de Apatzingán era pequeño, principalmente para vuelos comerciales regionales y aviación privada. Tenía dos pistas de aterrizaje, una torre de control, un hangar, una terminal pequeña y seguridad privada que probablemente no pasaba de cinco o seis guardias mal pagados y peor armados. Tomarlo sería relativamente fácil.
Mantenerlo durante 6 horas sería el verdadero desafío. Si puedo respondió el coyote con la confianza del que ha ejecutado docenas de operativos similares. Voy a necesitar como 60 hombres bien armados, tres monstruos blindados y vehículos para bloquear los accesos terrestres. Si el ejército intenta entrar por tierra, los detenemos.
Si vienen por aire, tenemos RPG para tumbar helicópteros, como hicimos en 2015. El flaco aprobó el plan. Tienes 4 horas para preparar todo. Las avionetas salen del rancho a las 4:30 de la mañana y llegan al aeropuerto a las 5. Tú tienes que estar ahí con el aeropuerto asegurado antes de que lleguen. El patrón dice que si esto sale bien, te va a compensar con 5 millones de pesos.
Si fallas, más te vale morir peleando, porque si no, él te mata personalmente. El coyote entendió perfectamente, colgó el teléfono y comenzó a hacer llamadas. En las siguientes 3 horas reunió a 68 de sus mejores sicarios en un rancho abandonado. Eran hombres entre 19 y 45 años.
Algunos veteranos con décadas en el negocio, otros apenas adolescentes, que habían sido reclutados por amenazas o por necesidad económica desesperada, todos armados con rifles AK47, AR15, tres lanzacohetes RPG7 y granadas de fragmentación. También tenía tres camionetas monstruo blindadas con ametralladoras calibre 50 montadas en las cajas, capaces de disparar 500 balas por minuto con alcance de 2 km.
Eran máquinas de guerra diseñadas para enfrentarse al ejército si era necesario. “Escuchen bien, cabrones”, gritó el coyote parado sobre la caja de una pickup para que todos lo vieran. Vamos a tomar el aeropuerto regional de Apatzingán. Vamos a mantenerlo bajo control durante 6 horas mientras despegan cinco avionetas con mercancía del patrón. Este operativo es directo de El Mencho.
Si sale bien, todos reciben un bono de 50,000 pesos. Si sale mal, nos morimos todos. Así de simple. Los sicarios celebraron con gritos y disparos al aire. Tenían la confianza de quien ha ganado demasiadas veces. En los últimos 3 años, el CJNG había ejecutado 47 tomas de pueblos enteros en Michoacán, Jalisco y Guanajuato. Cada vez que atacaban las autoridades locales huían o se escondían.
Nunca habían enfrentado resistencia real. Nunca se les ocurrió pensar que tal vez esta vez sería diferente. El coyote continuó dando instrucciones específicas. Entramos en tres grupos. Grupo uno, toma la torre de control y elimina a cualquier personal que esté ahí. Grupo dos, asegura las pistas de aterrizaje y el hangar.
Grupo tres, bloquea los tres accesos terrestres al aeropuerto con vehículos robados. Los tres monstruos se posicionan en triángulo cubriendo todos los ángulos. Si viene el ejército por tierra, los recibimos a balazos. Si vienen helicópteros, los equipos de RPG tienen orden de tumbarlos sin dudarlo, como hicimos en Jalisco en 2015. Ya demostramos una vez que podemos.
Vamos a demostrar otra vez que el sexto NGte nadie. Lo que el coyote y sus 68 sicarios no sabían era que a 200 km sobre sus cabezas, un satélite de reconocimiento estadounidense equipado con cámaras infrarrojas de altísima resolución había detectado el movimiento de las 12 camionetas blindadas saliendo del rancho.
El satélite, operado conjuntamente por la DEA y el Comando Norte, había estado rastreando actividad del CJNG en Michoacán durante semanas. Cuando los analistas vieron 12 vehículos blindados moviéndose en convoy hacia Apatingán, a las 3:47 de la madrugada, activaron el protocolo de alerta inmediata.
La información fue transmitida en tiempo real al Centro de Mando y Control del Ejército Mexicano en la Ciudad de México. En cuestión de 8 minutos, el general de brigada Arturo Sandoval, comandante de operaciones especiales en la región occidente, estaba en una videoconferencia segura con el secretario de la defensa nacional y comandantes de la Fuerza Aérea y la Marina.
Las imágenes satelitales mostraban claramente el convoy del CJNG dirigiéndose al aeropuerto. La inteligencia sugería que estaban planeando usar las instalaciones para vuelos de narcotráfico hacia Estados Unidos. La decisión fue tomada en menos de 5 minutos. Operación Cielo cerrado estaba autorizada al más alto nivel.
El general Sandoval dio las órdenes inmediatamente. Quiero 20 helicópteros en el aire en 15 minutos. Seis de asalto pesado para transporte de tropas. Seis de ataque ligero con cohetes guiados. Cuatro de vigilancia con cámaras térmicas. Cuatro de transporte médico para evacuación. Por tierra quiero ocho tanques Sancat con cañones de 30 mm y 340 soldados de las fuerzas especiales.
El objetivo es recuperar el aeropuerto, rescatar a cualquier civil reen y neutralizar a todos los hostiles que se resistan. Prioridad absoluta es evitar que despegue una sola avioneta con droga. Reglas de enfrentamiento. Fuego libre contra cualquier individuo armado que no se rinda inmediatamente. Esto no es una operación de arresto, esto es aniquilación.
A las 4:12 de la madrugada, mientras el coyote y sus 68 sicarios se acercaban al aeropuerto, en la base aérea militar número 5 en Zapopan, Jalisco, 20 helicópteros encendían sus motores creando un rugido ensordecedor que hacía vibrar el aire nocturno. No eran helicópteros comerciales, eran instrumentos de guerra específicamente diseñados para matar.
El coronel Héctor Maldonado, veterano de 29 años combatiendo al crimen organizado, subió al helicóptero de mando. A través de su casco con comunicaciones integradas habló a todos los pilotos y comandantes de unidad. Todos los equipos aquí Águila 1. Operación Cielo cerrado está en marcha.
Inteligencia confirma que el CJNG está tomando el aeropuerto regional de Apatzingán. para operaciones de narcotráfico. Objetivos estimados: 60 a 70 hostiles armados. Vehículos blindados con armas pesadas. Posibles sistemas antiaéreos. Mantengan formación de ataque. Tiempo de vuelo, 28 minutos. Llegamos a las 50:02 de la madrugada. En ese momento comienza la operación de recuperación.
Los 20 helicópteros se elevaron en formación perfecta y giraron hacia el este, hacia Apatzingán, hacia el destino de 68 hombres que tenían menos de una hora de vida. Por tierra, ocho tanques blindados Sancat ya habían salido de sus bases 20 minutos antes, acercándose por carreteras alternas desde tres direcciones diferentes.
Su 40 soldados de élite iban distribuidos en los helicópteros de asalto y en vehículos de transporte terrestre. Todos con órdenes claras. Recuperar el aeropuerto, capturar o eliminar hostiles. Impedir los vuelos de droga. Mientras tanto, el coyote y sus sicarios llegaban al aeropuerto regional de Apatzingán exactamente a las 4:47 de la madrugada.
Las 12 camionetas entraron por el acceso principal, derribando la barrera de seguridad como si fuera de papel. Los tres guardias de seguridad privada que intentaron resistirse fueron ejecutados en los primeros 30 segundos. Uno de ellos, Ramiro Sánchez. de 54 años, padre de cuatro hijos, ex policía municipal que había tomado ese trabajo porque pagaba mejor que su pensión.
Recibió siete disparos de AK47 cuando intentó sacar su pistola reglamentaria. cayó muerto antes de poder disparar un solo tiro. Los otros dos guardias, al ver morir a Ramiro, tiraron sus armas y levantaron las manos rindiéndose. Los sicarios los ejecutaron de todas formas de rodillas con tiros en la nuca. No podían dejar testigos vivos que llamaran a las autoridades.
El grupo uno, 20 sicarios liderados por un hombre conocido como el Chacal, subió corriendo las escaleras de la torre de control. Adentro había tres empleados del aeropuerto, el controlador aéreo de turno nocturno, una recepcionista y un técnico de mantenimiento. Los tres fueron sacados a punta de pistola y obligados a arrodillarse en el piso mientras el chacal les gritaba, “Ustedes van a hacer exactamente lo que les digamos o mueren como los guardias de afuera.
Vamos a usar esta torre para coordinar cinco despegues. Van a guiar a las avionetas. van a hacer todo normal, como si fueran vuelos comerciales. Si intentan hacer alguna pendejada, si intentan mandar señales de auxilio, los mato a los tres y después mato a sus familias. ¿Entendido? Los tres empleados asintieron aterrorizados.
El controlador aéreo, un hombre de 47 años llamado Eduardo Flores. Llevaba 18 años trabajando en ese aeropuerto. Había visto muchas cosas en su carrera, vuelos irregulares que claramente eran narcotráfico, pero siempre había mirado para otro lado porque sabía que hacer preguntas te podía costar la vida. Ahora estaba en el centro de algo mucho más grande y sabía que sus posibilidades de sobrevivir la noche eran muy bajas.
El grupo dos, 28 sicarios, aseguró las dos pistas de aterrizaje y el hangar principal. Revisaron cada rincón del aeropuerto buscando más empleados o cualquier amenaza. Encontraron a dos mecánicos que estaban trabajando en un cesna privado en el hangar. Los obligaron a tirarse al suelo con las manos en la nuca mientras decidían qué hacer con ellos.
Uno de los mecánicos, Jorge Palacios, de 39 años, padre de tres niñas, rogó por su vida. Por favor, no me maten. Tengo familia. Hagan lo que tengan que hacer. Yo no vi nada, no sé nada. No voy a decir nada. Los sicarios lo dejaron vivir, pero lo amarraron con cinta adhesiva junto con su compañero en una esquina del hangar.
Servirían como rehenes si las cosas se ponían difíciles. El grupo tres bloqueó los tres accesos terrestres al aeropuerto con camionetas robadas, tráileres y autobuses que habían secuestrado en el camino. Atravesaron los vehículos en las entradas creando barreras físicas. que serían difíciles de remover rápidamente.
Detrás de cada barricada posicionaron grupos de sicarios con rifles y granadas. Los tres monstruos blindados se posicionaron en formación triangular cubriendo los tres ángulos del perímetro del aeropuerto. Las ametralladoras calibre 50 apuntaban hacia el cielo y hacia los accesos terrestres, listas para abrir fuego contra cualquier amenaza que se acercara.
A las 4:58 de la madrugada, el coyote caminaba por las pistas de aterrizaje, supervisando las posiciones de sus hombres. Todo estaba saliendo según el plan. Habían tomado el aeropuerto en menos de 11 minutos. Habían ejecutado a los guardias de seguridad que resistieron. Tenían a cinco empleados como rehenes. Habían bloqueado todos los accesos terrestres.
Las cinco avionetas Cesna cargadas con fentanilo llegarían en cualquier momento. El coyote sacó su teléfono satelital y llamó a el flaco para reportar que el aeropuerto estaba asegurado. Pero cuando intentó hacer la llamada, el teléfono no tenía señal. Intentó con su celular normal, tampoco había señal. intentó con el radio táctico que llevaba, solo estática.
Una sensación fría comenzó a recorrer su espalda. Algo no estaba bien. Oye, Chacal, gritó hacia la torre de control. Los teléfonos y radios funcionan ahí arriba. El chacal revisó los equipos de comunicación de la torre. Los sistemas internos del aeropuerto funcionaban, pero cualquier comunicación externa estaba bloqueada. No, jefe”, gritó de vuelta. No hay señal de nada.
Ni celular, ni radio, ni satélite. Es como si alguien estuviera bloqueando todas las frecuencias. El coyote sintió el primer toque de verdadero miedo. En sus 15 años en el narco, había visto guerra electrónica solo una vez cuando la marina capturó a un líder de los setas usando sistemas de interferencia que bloqueaban todas las comunicaciones en un radio de 20 km.
Solo el gobierno tenía esa tecnología, solo la usaban en operativos de altísimo nivel. Mierda”, susurró el coyote. “Esto no está bien. ¿Alguien sabe que estamos aquí? Fueron las 5:02 de la madrugada cuando el coyote escuchó el sonido que jamás olvidaría en los últimos minutos de su vida. Un zumbido distante que crecía rápidamente hasta convertirse en un rugido atronador de múltiples motores.
Levantó la vista hacia el cielo del oeste y lo que vio le heló la sangre. 20 helicópteros negros apareciendo sobre las montañas en formación de combate perfecta, volando directo hacia el aeropuerto como aves de presa que habían detectado carne vulnerable. El corazón del coyote se detuvo por un segundo.
En toda su carrera jamás había visto tantos helicópteros militares juntos. “Helicópteros, helicópteros!”, gritó el coyote con una mezcla de adrenalina y terror absoluto que nunca había sentido antes. Todos a sus posiciones. Equipos de RPG, prepárense las 50. Abran fuego cuando estén en rango. Esto es en serio, cabrones. O peleamos o morimos. Los sicarios que dormitaban en sus posiciones despertaron de golpe.
Los que revisaban sus armas levantaron la vista. Todos corrieron a sus puestos de combate, mientras el rugido de los 20 helicópteros se hacía cada vez más fuerte, más cercano, más amenazador. Las tres ametralladoras calibre 50 giraron hacia el cielo.
Los tres equipos de RPG prepararon sus lanzacohetes con manos temblorosas. 68 hombres apuntaron sus armas hacia arriba esperando el momento de disparar, sabiendo en el fondo de sus almas que estaban a punto de enfrentarse a algo mucho más grande de lo que jamás habían imaginado. Los helicópteros se dividieron en formación de ataque coordinada.
Los seis de asalto se mantuvieron a 150 m de altura fuera del alcance efectivo de las armas pequeñas. Los seis de ataque descendieron a 600 m, pero se mantuvieron a dos, 5 km de distancia, exactamente en el límite del alcance de las ametralladoras calibre 50, pero fuera del alcance preciso. Los cuatro de vigilancia subieron a 3500 m, donde eran prácticamente invisibles contra el cielo oscuro del amanecer.
Los cuatro de transporte médico quedaron atrás esperando. Era una formación diseñada para maximizar el poder de fuego mientras minimizaba la exposición. Era la formación de un ejército profesional que había aprendido de errores pasados y que no iba a cometer los mismos errores otra vez.
Disparen, disparen ahora”, gritó el coyote con voz quebrada por el miedo. Las tres ametralladoras Browning M2 abrieron fuego con un estruendo que hacía temblar el suelo. Miles de balas calibre 50 surcaron el aire trazando líneas rojas brillantes hacia el cielo. Pero los helicópteros estaban demasiado lejos. Las balas perdían velocidad y caían antes de alcanzarlos. Era como intentar apagar el sol escupiéndole.
Los tres equipos de RPG dispararon sus cohetes casi simultáneamente. Tres estelas de humo blanco salieron disparadas hacia los helicópteros más cercanos. Pero estos no eran los helicópteros lentos y confiados de años anteriores. Los pilotos habían entrenado específicamente para evadir RPG.
En el momento en que detectaron los lanzamientos, ejecutaron maniobras evasivas violentas que hicieron que sus aeronaves se inclinaran casi 60º. Dos cohetes pasaron de largo explotando en el aire sin causar daño. El tercer cohete se acercó peligrosamente a un helicóptero de ataque, pero el sistema de contramedidas electrónicas lo desvió y explotó a 80 m de distancia.
creando una bola de fuego naranja que iluminó el cielo, pero que no tocó al helicóptero. El coyote observaba con horror creciente. Sus mejores armas antiaéreas acababan de fallar completamente. Los helicópteros se mantenían a distancia perfecta, demasiado lejos para ser alcanzados, pero lo suficientemente cerca para atacar con precisión letal. Y entonces comenzó la aniquilación.
Los seis helicópteros de ataque lanzaron 12 cohetes guiados por láser en cuestión de 8 segundos. No eran cohetes tontos que volaban en línea recta, eran misiles inteligentes con sistemas de guía que ajustaban su trayectoria en pleno vuelo, persiguiendo el calor de los motores y las marcas láser que los designaban.
El primer par de cohetes impactó el monstruo blindado del lado norte del aeropuerto. La explosión fue tan violenta que la camioneta de 3 toneladas se elevó 3 m en el aire antes de caer hecha pedazos en llamas. Los cuatro sicarios que la operaban murieron instantáneamente vaporizados. Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar.
El segundo par de cohetes destruyó el monstruo del lado este. La ametralladora calibre 50 salió volando en una dirección, los cuerpos de los operadores en otra, tres sicarios más muertos en menos de 2 segundos. El tercer par impactó una concentración de sicarios atrincherados detrás de un autobús bloqueando el acceso sur.
La explosión mató a siete hombres y dejó a otros cinco gravemente heridos, gritando de agonía con miembros arrancados y quemaduras de tercer grado cubriendo sus cuerpos. El cuarto par destruyó el último monstruo blindado junto con sus tres operadores. En menos de 45 segundos, el Cota NG había perdido sus tres vehículos de combate pesado y 17 hombres.
El coyote gritaba órdenes, pero nadie lo escuchaba por encima del estruendo de las explosiones y el rugido de los helicópteros. El pánico comenzaba a apoderarse de sus hombres. Algunos disparaban frenéticamente al aire sin apuntar. Otros buscaban desesperadamente cobertura.
Otros simplemente corrían hacia cualquier dirección que pareciera alejarse del infierno que caía del cielo. Ahora, déjame preguntarte algo. ¿Qué harías tú si fueras uno de esos sicarios y vieras 20 helicópteros militares atacando con cohetes guiados mientras tus compañeros mueren a tu alrededor? Pelearías hasta el final sabiendo que probablemente vas a morir o tirarías el arma y te rendirías esperando sobrevivir.
Déjame tu comentario porque realmente quiero saber qué piensas. Y entonces aparecieron los tanques, ocho vehículos blindados, Sancat israelíes, modificados para el ejército mexicano, avanzaban por las tres carreteras de acceso al aeropuerto a 65 km/h. Cada uno pesaba 9 toneladas, tenía blindaje capaz de resistir minas terrestres y RPG y llevaba montado un cañón automático Bushmaster de 30 mm, que podía disparar 200 proyectiles explosivos por minuto.
Eran máquinas de matar imparables, diseñadas específicamente para aniquilar resistencia enemiga en espacios urbanos y abiertos. Tanques, vienen, tanques por todas las entradas”, gritó un sicario aterrado desde su posición en el acceso oeste. Los sicarios, que quedaban con rifles intentaron disparar contra los tanques. Las balas rebotaban en el blindaje sin causar ni un rasguño, creando chispas brillantes, pero completamente inútiles.
Era como tirarle piedras a rinocerontes blindados. Los tanques Sancat abrieron fuego con sus cañones de 30 mm. Cada proyectil que disparaban era un pequeño explosivo que detonaba al impacto creando metralla letal en un radio de 5 m. El primer tanque disparó una ráfaga de 25 proyectiles contra el autobús que bloqueaba el acceso sur.
Los proyectiles atravesaron el vehículo como si fuera de papel y explotaron matando a los seis sicarios que se escondían detrás. El segundo tanque destruyó dos camionetas desde las cuales sicarios intentaban escapar. Los vehículos explotaron en bolas de fuego naranja, matando a sus ocupantes instantáneamente. El coyote vio que todo estaba perdido. Vio a más de la mitad de sus hombres muertos o heridos. Vio los tres monstruos destruidos.
Vio los tanques avanzando imparables desde tres direcciones. Vio los helicópteros en el cielo listos para lanzar más cohetes. Y finalmente entendió la verdad horrible. habían sido detectados antes de llegar al aeropuerto. Todo había sido monitoreado desde el momento en que salieron del rancho.
Los habían dejado tomar el aeropuerto para tener justificación legal para aniquilarlos con fuerza total. Habían caído en una trampa perfecta. “Retirada, retirada!”, gritó el coyote con voz quebrada, “Todos a los vehículos. Dispersión, sálvese quien pueda. Pero ya era demasiado tarde para retirarse en orden. Era un caos absoluto.
Los sicarios, que todavía podían moverse corrían en todas direcciones como hormigas cuando destruye su hormiguero. Algunos intentaban subir a vehículos para escapar, otros se internaban en edificios del aeropuerto, otros tiraban sus armas y levantaban las manos rindiéndose desesperadamente. Los seis helicópteros de asalto descendieron y de sus puertas laterales comenzaron a descender soldados de las fuerzas especiales en rapel.
Eran hombres vestidos completamente de negro con equipo táctico de última generación, visores nocturnos. chalecos balísticos nivel 4, cascos con comunicaciones integradas, descendían con una velocidad y precisión que demostraba años de entrenamiento intensivo. En cuestión de 40 segundos había 80 soldados en el suelo formando un perímetro táctico alrededor de la torre de control y las pistas.
“Tiren las armas!” Y al suelo, con las manos en la nuca, gritaban los soldados a través de megáfonos. Última oportunidad. ¿Se rinden o mueren, elijan ahora. 23 sicarios que vieron la situación completamente perdida tiraron sus armas y se tiraron al suelo. Los soldados los esposaron rápidamente con bridas plásticas de alta resistencia mientras les gritaban que se quedaran quietos y callados. Pero había otros que decidieron pelear hasta el final.
Un grupo de 15 sicarios se atrincheró dentro del hangar principal. con los dos mecánicos como rehenes. Tenían granadas de fragmentación, rifles y la determinación desesperada de hombres que saben que no hay escape. Disparaban por las ventanas y puertas hacia los soldados que intentaban acercarse.
Sabían que no había salida, sabían que iban a morir, pero decidieron llevarse a cuántos soldados pudieran con ellos. Eran hombres que habían vivido en la violencia tanto tiempo que la muerte ya no les asustaba. Solo querían causar el máximo daño posible antes del inevitable final. El capitán Alberto Ruiz, de 36 años, padre de tres niños de 8, 11 y 13 años.
Esposo de Sandra Ruiz, veterano de 13 años en las fuerzas especiales con 22 operaciones de alto riesgo en su historial, lideraba el primer equipo de asalto con órdenes de rescatar a los rehenes y neutralizar a los sicarios en el hangar. Era un soldado excepcional. Había nacido en Guadalajara.
Se había enlistado a los 23 años después de ver cómo el narco asesinaba a su primo hermano, que era policía municipal. Juró dedicar su vida a combatir el crimen organizado. Había cumplido ese juramento con honor absoluto durante 13 años. El capitán Ruiz lideraba a su equipo de 10 hombres en un movimiento para rodear el hangar donde los 15 sicarios se habían atrincherado con los rehenes.
El plan era coordinado y preciso, flanquear el edificio por ambos lados, lanzar granadas de aturdimiento para desorientar a los enemigos sin matar a los rehenes y entonces asaltar desde múltiples ángulos simultáneamente. Era una táctica que habían practicado cientos de veces en entrenamiento y que habían ejecutado exitosamente en combates reales anteriores.
Ruis era un líder nato que siempre iba al frente, que nunca pedía a sus hombres hacer algo que él no estuviera dispuesto a hacer primero. Avanzaba agachado usando vehículos abandonados como cobertura. Su rifle HK416 levantado concentrado en las ventanas del hangar a 40 m de distancia. A través de su visor podía ver sombras moviéndose dentro.
podía escuchar a los sicarios gritándose instrucciones unos a otros en pánico absoluto. Estaba a punto de dar la orden de lanzar las granadas de aturdimiento cuando una de las puertas laterales del hangar se abrió de golpe. Cuatro sicarios salieron disparando ráfagas de AK47 en modo automático, directamente hacia donde estaban los soldados.
No apuntaban con precisión, solo disparaban en la dirección general donde creían que estaban sus enemigos. Era fuego de supresión desesperado de hombres aterrorizados. La mayoría de las balas pasaron alto o se incrustaron en vehículos abandonados, creando chispas, pero sin causar daño real. Pero la suerte ciega de la desesperación es impredecible y mortal. Cinco balas encontraron su objetivo.
Tres impactaron el chaleco balístico del capitán Ruiz en el pecho. El chaleco de cerámica nivel 4 absorbió los impactos. Ruiz sintió como si lo hubieran golpeado con un martillo en el pecho. Le sacó el aire de los pulmones y lo hizo tambalearse hacia atrás. Pero el chaleco cumplió su función, salvándole la vida. Esas tres balas no lo mataron.
La cuarta bala lo alcanzó en el brazo izquierdo, justo arriba del codo, atravesando músculo y rozando el hueso. Dolía horriblemente, pero no era mortal. Ruiz podía seguir peleando, pero la quinta bala fue diferente. Fue un tiro de suerte ciega imposible de replicar intencionalmente. La bala. Calibre 7. El 62 mm, disparada desde 35 m, entró por debajo del borde del casco, exactamente en la cien izquierda. Atravesó el cráneo, penetró el cerebro, salió por el otro lado.
El capitán Alberto Ruiz sintió un impacto y entonces nada. Sus piernas perdieron toda fuerza instantáneamente. Su rifle cayó de sus manos. se desplomó de espaldas sobre el pavimento, mirando el cielo que comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del amanecer. No hubo dolor, no hubo pensamiento coherente, solo oscuridad llegando rápidamente.
El sargento Miguel Flores, segundo al mando del equipo y amigo cercano de Ruiz, desde hacía 9 años, vio caer a su capitán y su corazón se detuvo por un segundo. El capitán está herido. Médico, necesitamos médico ahora mismo”, gritó mientras corría hacia Ruiz bajo fuego enemigo. Tres soldados más lo cubrieron disparando ráfagas precisas hacia el hangar, mientras Flores arrastraba a Ruiz detrás de un vehículo volcado.
Cuando Flores vio la herida en la cabeza, supo inmediatamente que era mortal. Había visto suficientes heridas de bala en el cerebro para reconocer una que no tenía salvación. Alberto, mírame, Alberto”, gritó Flores sosteniéndole la cara mientras lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas. “Aguanta, hermano, el médico ya viene.
Piensa en Sandra, piensa en tus hijos. No te me vayas, no te vayas.” Pero Ruiz no podía escucharlo. Sus ojos, que habían estado enfocados en flores por un segundo, comenzaban a perder foco mirando hacia ninguna parte. Su respiración se volvía irregular y superficial. Su piel se ponía pálida rápidamente.
El médico de combate, Cabo primero, Jesús Ramírez, de 28 años, llegó corriendo con su kit médico. Apartó las manos ensangrentadas de flores y evaluó la herida en 3 segundos. Su entrenamiento médico le decía que esto era imposible de salvar incluso en un hospital con neurocirujanos esperando. Una bala que atraviesa el cerebro causa daño irreversible.
El tejido cerebral destruido no se regenera, pero Ramírez no se rindió. Aplicó presión en las heridas de entrada y salida con gasas hemostáticas. Abrió las vías respiratorias. verificó el pulso que era débil e irregular. gritó por evacuación médica urgente, pero sabía que era demasiado tarde.
Sabía que el capitán Ruiz estaba muriendo en sus manos y que no había nada que pudiera hacer para impedirlo. En menos de 3 minutos de recibir el impacto, el capitán Alberto Ruiz, de 36 años, padre de tres niños, esposo, soldado de élite, entró en paro respiratorio por daño cerebral masivo. Su corazón latió frenéticamente por unos segundos más, intentando bombear sangre a un cerebro que ya no respondía.
Sus órganos comenzaban a apagarse. El cabo Ramírez intentó reanimación cardiopulmonar, comprimiendo el pecho de Ruiz con ritmo desesperado mientras contaba en voz alta. Uno, dos, tres, cuatro. Vamos, Alberto, vamos, respira. Pero no hubo respuesta. El capitán Alberto Ruiz murió a las 5:17 de la madrugada en el pavimento del aeropuerto regional de Apatzingán, con las manos de sus hermanos de arma sosteniéndolo.
Sus últimos pensamientos conscientes, antes de que la oscuridad lo consumiera, fueron de su esposa Sandra y sus tres hijos. En su bolsillo llevaba una fotografía de los cuatro tomada tres semanas antes, en el cumpleaños de su hija mayor. Nunca vería a sus hijos graduarse de la escuela.
Nunca volvería a abrazar a su esposa. Nunca conocería a sus futuros nietos. Todo eso fue arrebatado por una bala disparada al azar por un sicario aterrado que ni siquiera apuntaba. El sargento Flores cerró los ojos de su amigo y capitán con mano temblorosa. Lágrimas corrían por su cara dejando rastros limpios en el polvo y la sangre. Pero no había tiempo para el duelo.
No todavía. La batalla continuaba y había rehenes que rescatar. Flores se puso de pie, limpió su cara, levantó su rifle y con voz rota por la emoción, pero firme en comando, gritó a su equipo. El capitán Ruiz ha caído. Ahora vengamos a nuestro hermano, rescatemos a esos rehenes y acabemos con estos hijos de [ __ ] Por el capitán, adelante.
Los soldados del equipo de Ruiz, furiosos por la muerte de su líder, lanzaron ocho granadas de fragmentación dentro del hangar. por ventanas y puertas. Las explosiones simultáneas mataron a 11 de los 15 sicarios que estaban dentro. Los cuatro restantes, gravemente heridos, salieron tambaleándose con las manos arriba rindiéndose.
Los soldados los esposaron brutalmente y los tiraron al suelo mientras entraban al hangar a rescatar a los dos mecánicos rehenes que milagrosamente habían sobrevivido las explosiones, porque los sicarios los habían puesto en una esquina alejada. Era justicia brutal, pero justicia al fin. Otro grupo de sicarios, viendo que el aeropuerto estaba completamente rodeado, decidieron intentar escapar hacia las montañas cercanas.
Ocho hombres salieron corriendo del lado este del aeropuerto, cargando sus rifles y algunas granadas, esperando perderse en la vegetación espesa antes de que los soldados pudieran alcanzarlos. Era una jugada desesperada, pero era su única oportunidad. Pero los helicópteros de vigilancia que volaban a 3,500 m de altura con cámaras térmicas de última generación, detectaron el movimiento inmediatamente.
Las cámaras infrarrojas mostraban a los ocho sicarios como figuras brillantes corriendo contra el fondo frío del terreno. El coordinador táctico en el helicóptero de mando transmitió las coordenadas exactas a los helicópteros de ataque. Águila 3. Aquí comando. Tengo ocho objetivos fugándose hacia Sierra Este. Coordenadas marcadas. Autorizado para neutralizar. Uno de los helicópteros de ataque giró hacia la posición marcada y descendió a 400 m.
El artillero con una ametralladora M134 Minigon de seis cañones rotativos, capaz de disparar 3,000 balas por minuto, abrió fuego. El sonido era como el de una sierra eléctrica gigante. 1000 balas trazadoras iluminaron el cielo nocturno creando una línea roja brillante que conectaba el helicóptero con el suelo.
Los ocho sicarios fueron alcanzados en cuestión de 4 segundos. Cayeron como títeres con cuerdas cortadas. Ninguno sobrevivió. Ninguno tuvo oportunidad de rendirse. Era ejecución desde el aire, rápida, eficiente, definitiva. El soldado David Montes, de 24 años, originario de Monterrey, el segundo de cuatro hermanos, recién comprometido hacía 5 meses con su novia de la Universidad, Ana María, formaba parte del tercer equipo de asalto. Montes había ingresado al ejército a los 20 años después de graduarse con honores de
una preparatoria técnica donde había estudiado mecánica automotriz. Sus padres habían querido que fuera a la universidad, pero David sentía un llamado al servicio militar. Quería servir a su país, quería ser parte de algo más grande que él mismo. Era un soldado dedicado, valiente, siempre el primero en voluntariarse para las misiones más peligrosas.
Su equipo avanzaba por el flanco sur del aeropuerto cuando el comandante de equipo detectó movimiento en uno de los edificios administrativos. Alto, señaló con mano cerrada. Todos se detuvieron inmediatamente adoptando posiciones defensivas. El comandante usó señales de mano, posibles hostiles en edificio 2, segundo piso, proceder con precaución, preparar granadas de aturdimiento.
El equipo comenzó a moverse lentamente en formación de asalto con montes como punta de lanza por su juventud y excelentes reflejos. Seis sicarios escondidos en el segundo piso del edificio administrativo vieron acercarse a los soldados a través de las ventanas rotas. Esperaron hasta que estuvieron a 15 m de la entrada principal.
Entonces uno de ellos, en un movimiento suicida de desesperación absoluta, se asomó por una ventana y lanzó tres granadas de fragmentación hacia los soldados mientras gritaba algo ininteligible. Las granadas volaron en arco alto hacia el equipo. El comandante gritó, “¡Granada! ¡Cobertura!” Todos los soldados se tiraron al suelo buscando cualquier protección disponible.
Montes vio las tres granadas cayendo directamente hacia donde estaban tres de sus compañeros, soldados que habían compartido barracas con él durante meses, que eran sus amigos, que tenían familias, esperándolos en casa. En una fracción de segundo que pareció extenderse eternamente, Montes tomó una decisión que definiría sus últimos momentos de vida.
En lugar de buscar cobertura para sí mismo, corrió hacia las granadas con la intención desesperada de patearlas lejos de sus compañeros antes de que explotaran. Alcanzó a patear dos granadas que volaron hacia un área despejada donde explotaron sin causar daño a nadie. creando cráteres en el pavimento y levantando nubes de escombros. Pero la tercera granada explotó cuando Montes estaba a solo metro y medio de ella.
La explosión lo levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo y lo lanzó 4 m hacia atrás. Cientos de fragmentos de metal de la granada perforaron su cuerpo. El chaleco balístico detuvo los fragmentos que fueron al torso frontal, salvándole el corazón y los pulmones, pero su abdomen, brazos, piernas, cuello y cara quedaron completamente expuestos.
Un fragmento particularmente grande del tamaño de una moneda de 10 pesos atravesó su abdomen perforando el intestino delgado y cortando parcialmente la arteria mesentérica superior que suministra sangre a gran parte del sistema digestivo. Otro fragmento más pequeño entró por su cuello, rozando la arteria carótida sin cortarla completamente, pero causando sangrado severo.
Montes cayó al suelo sintiendo un dolor tan intenso que su cerebro no podía procesarlo completamente. Sabía que estaba gravemente herido. Podía sentir sangre tibia empapando su uniforme. Intentó gritar pidiendo ayuda, pero solo pudo gemir débilmente. Su comandante de equipo corrió hacia él gritando, “Montes está herido. Necesitamos evacuación médica urgente.
” Dos soldados lo arrastraron detrás de un vehículo blindado, mientras otros cuatro neutralizaban a los seis sicarios del edificio administrativo con fuego de rifle preciso y una granada de fragmentación que los eliminó a todos. El médico de combate, Cabo Ramírez, el mismo que había intentado salvar al capitán Ruiz minutos antes, llegó corriendo a atender a montes.
Su uniforme todavía manchado con la sangre de Ruiz, sus manos temblando ligeramente por la adrenalina y el trauma de haber visto morir a un paciente hacía apenas 8 minutos. Se arrodilló junto a montes y comenzó a evaluar las heridas. Cuando abrió el uniforme y vio el abdomen, supo que la situación era crítica.
Había demasiada sangre saliendo de demasiados lugares. La perforación en el abdomen dejaba escapar sangre mezclada con contenido intestinal. La herida en el cuello sangraba profusamente, empapando las gas tan rápido como Ramírez las aplicaba. Ramírez trabajó con la velocidad y eficiencia de años de entrenamiento. Aplicó vendajes de presión en las heridas más grandes.
Inyectó hemostáticos de combate directamente en las perforaciones abdominales. Abrió dos líneas intravenosas para fluidos de reemplazo. Gritó por evacuación médica inmediata mientras continuaba trabajando sin parar. Un helicóptero de transporte médico comenzó a descender a 60 m de distancia, pero Montes estaba perdiendo sangre más rápido de lo que Ramírez podía reponerla.
La perforación de la arteria mesentérica significaba que sangre estaba llenando la cavidad abdominal. Su cuerpo entraba en shock hipobolémico por la pérdida masiva de sangre. “David, mírame”, le dijo Ramírez. sosteniéndole la cara con una mano mientras con la otra seguía aplicando presión en el cuello. Vas a estar bien. El helicóptero ya está aquí. Te vamos a llevar al hospital. Solo aguanta un poco más.
Piensa en Ana María. Piensa en tu familia. Piensa en tu boda. Aguanta David. Montes intentó responder, pero solo tosió sangre que salió de su boca manchando su cara. Sus ojos, que habían estado enfocados en Ramírez con miedo y dolor, comenzaban a vidriarse, perdiendo el brillo de la vida.
Su piel se tornaba gris pálido, los signos inequívocos de que el cuerpo se estaba apagando por falta de sangre oxigenada. Seis soldados cargaron a montes en camilla corriendo hacia el helicóptero, mientras Ramírez seguía aplicando presión en las heridas y manteniendo las líneas intravenosas abiertas.
Lo subieron al helicóptero, donde un equipo médico más completo con dos paramédicos y un médico militar estaba listo con equipos de transfusión y ventilación mecánica. El helicóptero despegó inmediatamente dirigiéndose al hospital militar regional en Morelia a 45 minutos de vuelo. Los médicos trabajaron desesperadamente durante todo el vuelo. Abrieron más líneas intravenosas. Administraron transfusiones masivas de sangre tipo o negativo que llevaban en refrigeradores especiales.
Inyectaron medicamentos vasopresores para mantener la presión arterial. Intubaron a montes y lo conectaron a ventilación mecánica cuando dejó de respirar por sí mismo. Aplicaron vendajes hemostáticos avanzados en todas las heridas. Pero Montes había perdido demasiada sangre. Sus órganos comenzaban a fallar uno por uno. El corazón latía cada vez más débil. Los riñones dejaron de producir orina.
El hígado dejó de funcionar. A las 5:51 de la madrugada, a 15 minutos de llegar al hospital, el corazón de David Montes dejó de latir. Los médicos intentaron reanimación cardiopulmonar durante 18 minutos, aplicando compresiones en el pecho, descargas con desfibrilador, inyecciones de epinefrina directo al corazón, pero el daño era demasiado severo.
No había suficiente sangre en su sistema para que el corazón bombeara. Efectivamente, no había suficiente oxígeno llegando a los órganos vitales. A las 6:09 de la madrugada lo declararon muerto. El soldado David Montes, de 24 años, comprometido hacía 5 meses, el que siempre sonreía incluso en los momentos más difíciles del entrenamiento, el que había salvado a tres de sus compañeros sacrificando su propia vida, se había ido.
Su prometida Ana María recibió la noticia esa misma tarde cuando dos oficiales del ejército tocaron la puerta del departamento que compartía con su madre en Monterrey. Supo antes de que dijeran una sola palabra, el hecho de que vinieran dos oficiales en uniforme de gala solo significaba una cosa. Se derrumbó en el suelo llorando inconsolablemente antes de que pudieran decir el nombre de David.
Todos sus sueños de casarse con David en diciembre, de construir una familia juntos, de envejecer a su lado, todo destrozado en un instante por una granada lanzada por un sicario desesperado. Los oficiales le entregaron la bandera mexicana doblada ceremonialmente y le dijeron que David había muerto como un héroe salvando la vida de tres compañeros.
Le dijeron que recibiría una medalla póstuma al valor, pero ninguna bandera, ningún honor, ninguna medalla podía llenar el vacío que David dejó en su vida. El combate total duró 23 minutos, pero fueron 23 minutos de violencia absoluta que quedaron grabados en la memoria de cada sobreviviente como una pesadilla que jamás podrían olvidar.
Balas volando en todas direcciones, creando un zumbido constante que llenaba el aire como un enjambre de abejas metálicas. Explosiones que hacían temblar el suelo del aeropuerto cada pocos segundos levantando nubes de tierra, escombros y fuego, gritos de heridos rogando por ayuda que nunca llegaría a tiempo.
Órdenes militares gritadas a través de radios en medio del caos. Olor penetrante a pólvora quemada, mezclado con el olor metálico de sangre fresca y el olor a carne quemada de los cuerpos cerca de las explosiones. sonido ensordecedor de ametralladoras, disparando miles de balas por minuto, cañones de tanque rugiendo con cada disparo, cohetes de helicóptero silvando mientras surcaban el aire antes de impactar con explosiones que iluminaban todo como relámpagos naranjas.
Era el infierno en la Tierra concentrado en las instalaciones de un aeropuerto regional que normalmente solo veía vuelos comerciales tranquilos. Los soldados de las fuerzas especiales se movían con precisión quirúrgica entre el caos absoluto. Equipos de cinco hombres avanzaban cubriendo ángulos, comunicándose con señales de mano cuando el ruido era demasiado fuerte, incluso para los radios tácticos.
Su primera prioridad absoluta era rescatar a los cinco empleados civiles que habían sido tomados como rehenes. El controlador aéreo Eduardo Flores y sus dos compañeros en la torre de control fueron rescatados cuando un equipo de asalto subió por las escaleras. Neutralizó a los cuatro sicarios que los vigilaban y los sacó del edificio ilesos, aunque traumatizados.
Los dos mecánicos en el hangar fueron rescatados después de que los soldados eliminaran a los 15 sicarios, que los tenían como escudos humanos. Los cinco civiles recibieron atención médica inmediata para shock psicológico y heridas menores. Todos sobrevivirían físicamente, pero llevarían las cicatrices emocionales de esa noche por el resto de sus vidas.
Del lado del CJ, el resultado fue devastador más allá de cualquier pesadilla. 42 sicarios muertos esparcidos por todo el aeropuerto. Algunos vaporizados por cohetes que no dejaron cuerpos reconocibles. Otros acribillados por ametralladoras de helicóptero con docenas de impactos, otros destrozados por granadas o fuego de tanque.
18 sicarios arrestados, esposados, tirados boca abajo, en fila en el pavimento, con soldados apuntándoles rifles a la cabeza. ocho sicarios que lograron escapar inicialmente, pero que fueron rastreados y capturados en operaciones de seguimiento durante las siguientes 72 horas. Entre los muertos estaba el coyote.
Su cuerpo fue encontrado cerca de la torre de control con 11 impactos de bala, calibre 5.56 mm. Había intentado escapar corriendo hacia un vehículo, pero un francotirador militar apostado en uno de los helicópteros lo había neutralizado con precisión letal. El comandante regional del COTA TNG, que había pensado que podía tomar un aeropuerto federal y usarlo para narcotráfico, estaba muerto.
Su muerte dejaría un vacío de poder en Michoacán que desataría una guerra interna en el cartel durante los meses siguientes. Del lado militar las balas fueron dos soldados muertos, el capitán Alberto Ruiz y el soldado David Montes, cuatro soldados heridos. El soldado Juan Ríos con metralla de granada en la pierna izquierda que le destrozó músculos pero no tocó hueso.
El soldado Carlos Méndez con una bala en el hombro derecho que atravesó tejido blando sin tocar arteria. El teniente Marcos Sánchez con quemaduras de segundo grado en el brazo izquierdo por una explosión cercana. El soldado Roberto Vega con metralla en el abdomen que requirió cirugía, pero sobreviviría.
Los seis fueron evacuados inmediatamente en los helicópteros de transporte médico. Los heridos se recuperarían, aunque con largos meses de terapia física y psicológica por delante. Equipos de investigación forense del ejército llegaron al amanecer para documentar la escena del combate. encontraron 89 armas de alto calibre, incluyendo rifles AK47 AR15, tres ametralladoras Browning M2 destruidas, tres lanzacohetes RPG7, 27 granadas de fragmentación sin usar y miles de cartuchos de munición.
En las cinco avionetas Cesna, que estaban escondidas en un hangar secundario encontraron exactamente 2.3 toneladas de fentanilo puro empacado en ladrillos con el logo del CJNG. El valor en la calle estadounidense superaba los 180 millones de dólares. Era el decomiso más grande de fentanilo en la historia de Michoacán.
Los 18 sicarios arrestados fueron subidos a camiones militares blindados con las manos esposadas con bridas plásticas de alta resistencia y capuchas negras en las cabezas. serían trasladados al penal federal de máxima seguridad altiplano, donde enfrentarían cargos de terrorismo, ataque a instalaciones federales, secuestro, posesión de armas de uso exclusivo del ejército, tráfico de drogas y asociación delictuosa.
Varios de ellos enfrentaban sentencias de 50 años o más sin posibilidad de reducción. Los cuerpos de los 42 sicarios muertos fueron colocados en bolsas negras para cadáveres y cargados en camiones refrigerados de la morgue. Serían identificados mediante huellas dactilares y ADN, fotografiados para archivos forenses y eventualmente entregados a sus familias para entierro.
Entre ellos estaba el coyote, cuya familia nunca sabría exactamente qué había hecho esa noche, ni por qué había muerto acribillado en un aeropuerto. Cuatro días después, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Jarfuch, dio una conferencia de prensa en el Centro Nacional de Inteligencia en la Ciudad de México.
Detrás de él había fotografías aéreas del aeropuerto tomadas por drones durante el combate. Imágenes de las armas de comisadas perfectamente organizadas en filas, los ladrillos de fentanilo apilados formando una pared y los 18 sicarios arrestados con números de identificación. Su mensaje fue claro, directo y diseñado para enviar una advertencia a todos los cárteles operando en México.
El pasado 17 de septiembre, elementos del cártel Jalisco Nueva Generación tomaron por asalto el aeropuerto regional de Apatzingán en Michoacán. Ejecutaron a tres guardias de seguridad, secuestraron a cinco empleados civiles. Planeaban usar las instalaciones federales para transportar 2.3 toneladas de fentanilo a Estados Unidos.
Este tipo de acciones constituyen terrorismo de la más alta gravedad y no serán toleradas bajo ninguna circunstancia. Las fuerzas armadas mexicanas ejecutaron la operación Cielo cerrado con resultados contundentes y definitivos. 42 delincuentes fueron abatidos en combate, 18 fueron arrestados y enfrentan cargos que los mantendrán en prisión por décadas.
Se decomizaron 89 armas de guerra, 2.3 toneladas de fentanilo valuadas en 180 millones de dólares y cinco aeronaves. Lamentablemente dos valientes soldados dieron su vida en cumplimiento del deber, el capitán Alberto Ruiz y el soldado David Montes. Sus nombres serán recordados como héroes que defendieron la soberanía nacional y protegieron a ciudadanos inocentes.
García Harfuch hizo una pausa mirando directamente a las cámaras de televisión que transmitían en vivo a todo el país. Quiero enviar un mensaje absolutamente claro a todos los grupos del crimen organizado que operan en territorio mexicano. días en que podían atacar instalaciones federales con impunidad terminaron para siempre.
Si atacan un aeropuerto, si atacan infraestructura crítica, si ponen en peligro a civiles inocentes, van a enfrentar la fuerza completa y letal del Estado mexicano. No vamos a negociar, no vamos a retroceder, no vamos a permitir que conviertan nuestro país en un narcoestado. Vamos a responder con todo el poder de nuestras fuerzas armadas y si deciden pelear, van a morir. Esta es la nueva realidad de México.
El impacto de la operación Cielo cerrado fue inmediato, profundo y duradero. En las cuatro semanas siguientes, los intentos de toma de aeropuertos e instalaciones federales en todo México disminuyeron en un 91%. [Música] Células del CJNG en Jalisco, Guanajuato y Colima recibieron órdenes directas de sus líderes de no atacar infraestructura federal bajo ninguna circunstancia sin autorización personal del Mencho.
El costo de 42 sicarios muertos y 180 millones de dólares de comisados era demasiado alto para justificar operaciones tan arriesgadas. Agentes de inteligencia de la DEA interceptaron una llamada telefónica encriptada de Nemesio o Ceguera Cervantes 3 horas después del ataque. Su voz, normalmente calmada y controlada sonaba absolutamente furiosa y con un toque de algo que sus subordinados raramente escuchaban. Miedo.
Me mataron a 42 hombres como si fueran perros callejeros. Me destruyeron el operativo más grande que habíamos planeado en meses. Me decomisaron 2.3 toneladas de fentanilo que valían 180 millones de dólares. Me capturaron a 18 sicarios que van a cantar todo lo que saben cuando los torturen en el altiplano.
Y todo porque ese [ __ ] del Coyote pensó que podía tomar un aeropuerto federal como si fuera una tiendita de la esquina. Escuchen bien todos. Nadie, y digo absolutamente nadie, vuelve a atacar instalaciones federales, aeropuertos, puertos, nada del gobierno sin mi autorización directa y personal. ¿Quedó claro? Porque si vuelven a caer en una trampa así, los mato yo mismo antes de que el ejército tenga la oportunidad.
En los meses siguientes, el ejército mexicano usó la operación Cielo Cerrado como modelo y plantilla para operaciones similares en otros estados. La doctrina era simple, clara y absolutamente letal. Si un cartel ataca infraestructura federal, la respuesta será inmediata, abrumadora y diseñada para aniquilar completamente la amenaza.
No más negociaciones, no más retiradas tácticas. solo fuerza militar masiva desplegada con la intención de matar o capturar a todos los involucrados. Hubo críticas como siempre las hay. Organizaciones de derechos humanos, tanto nacionales como internacionales, cuestionaron la proporcionalidad de la respuesta militar. Algunos académicos y activistas argumentaban que 42 muertos era excesivo, que debió haberse intentado negociación primero, que el uso de helicópteros artillados y tanques contra sicarios mal entrenados era desproporcionado. Pero el gobierno respondió con datos
duros y cifras irrefutables. En los 3 años anteriores a la operación Cielo cerrado, el CEO ONG había ejecutado 89 ataques contra instalaciones gubernamentales, policiales y militares en seis estados. Habían quemado 147 vehículos oficiales. Habían asesinado a 23 funcionarios públicos.
Habían causado pérdidas económicas calculadas en más de 2,000 millones de pesos. habían aterrorizado a millones de ciudadanos que vivían en zonas controladas por el cartel. En los cuatro meses posteriores a la operación Cielo cerrado, los ataques contra instalaciones federales se redujeron en un 89% a nivel nacional. Las cifras hablaban por sí mismas con una claridad que no admitía debate.
Para las familias del capitán Alberto Ruiz y el soldado David Montes, ninguna estadística, ningún dato, ningún porcentaje de reducción de violencia podía compensar la pérdida de sus seres queridos. Ru dejó una esposa Sandra y tres hijos de 8, 11 y 13 años que ahora crecerían sin padre, sin la presencia del hombre que los había amado más que a su propia vida.
Montes dejó una prometida a Ana María, que había estado planeando su boda para diciembre y que ahora, en lugar de vestido de novia, tendría que elegir vestido de luto. Dejó padres devastados que habían advertido sobre los peligros del servicio militar. pero que habían apoyado su decisión porque sabían que era su vocación.
Pero ambos hombres habían muerto haciendo exactamente lo que habían jurado hacer: proteger a su país contra amenazas criminales, defender a ciudadanos inocentes, mantener el estado de derecho incluso al costo de sus propias vidas. Sus nombres fueron grabados con letras de oro en el monumento a los caídos en la Secretaría de la Defensa Nacional. Sus familias recibieron pensiones vitalicias completas, apoyo educativo para los hijos y el agradecimiento eterno de una nación que reconocía su sacrificio.
Para los 18 sicarios arrestados, el futuro era décadas de prisión en celdas de aislamiento, en el penal federal de máxima seguridad más duro de México. enfrentaban juicios federales donde la evidencia contra ellos era tan abrumadora que ningún abogado, por más hábil que fuera, podría construir una defensa creíble.
Fueron capturados con armas en las manos, atacando un aeropuerto federal, secuestrando civiles y protegiendo 2.3 toneladas de fentanilo. La ley era absolutamente clara. Participar en un ataque terrorista contra instalaciones federales llevaba una sentencia mínima de 40 años sin posibilidad de reducción de pena. Varios de ellos recibirían sentencias de 60 años o más, considerando los cargos múltiples que enfrentaban.
Para los ocho sicarios que escaparon inicialmente, comenzó una vida de huida constante y terror absoluto. Sabían que el ejército los perseguiría con todos los recursos del Estado. Sabían que el CJNG los consideraría responsables por el fracaso catastrófico y probablemente los ejecutaría para evitar que hablaran si eran capturados.
Algunos intentaron cruzar a Estados Unidos escondiéndose en tráileres de carga. Otros se escondieron en ranchos remotos en las montañas de Michoacán. Tres fueron capturados en operativos de seguimiento durante la primera semana. Dos más fueron encontrados ejecutados con narcomensajes del propio CJ, acusándolos de cobardes y traidores.
Los últimos tres permanecían fugitivos, pero sabiendo que era solo cuestión de tiempo antes de que los encontraran. El mensaje que la operación Cielo Cerrado envió al mundo criminal mexicano fue inequívoco, brutal y diseñado para cambiar el cálculo de riesgo de cualquier cartel, considerando atacar instalaciones federales.
El gobierno había demostrado con absoluta claridad que tenía la capacidad tecnológica, la voluntad política y el poder militar para responder a ataques terroristas con fuerza letal. masiva. Había demostrado que satélites, drones, helicópteros artillados, tanques y cientos de soldados de élite podían ser desplegados en menos de una hora contra cualquier grupo criminal que cruzara ciertas líneas rojas.
Había demostrado que la arrogancia construida sobre años de victorias fáciles contra policías municipales, mal equipados, no servía de nada cuando te enfrentabas al poder completo de un ejército nacional moderno. Se meses después de la operación, el coronel Héctor Maldonado fue promovido a General de Brigada en una ceremonia militar con honores completos en reconocimiento por la planificación meticulosa y ejecución perfecta de la operación Cielo Cerrado.
En su discurso de aceptación dijo algo que fue reproducido en periódicos y noticieros de todo el país y que resonó profundamente en las comunidades afectadas por el narcotráfico. Durante demasiados años, los cárteles pensaron que podían desafiar al Estado mexicano con impunidad total. Pensaron que podían tomar aeropuertos, quemar ciudades, asesinar funcionarios y no enfrentar consecuencias reales.
La operación Cielo cerrado les enseñó que estaban completamente equivocados. les enseñó que cuando atacan infraestructura federal, cuando amenazan la seguridad nacional, cuando ponen en peligro vidas inocentes, la respuesta no será negociación, no será retirada, será aniquilación total.
Y continuaremos operando bajo esa doctrina hasta que cada cartel en México entienda tres verdades fundamentales. Que el crimen no paga, que la violencia tiene consecuencias definitivas y que el Estado mexicano jamás se arrodillará ante terroristas narco. Un año después del ataque, una periodista de investigación visitó a Patzingán para reportar sobre cómo había cambiado la zona después de la operación militar.
Habló con residentes locales que habían vivido durante años bajo la sombra constante del CJNG. Una mujer de 52 años que pidió anonimato por miedo a represalias le dijo, “Antes vivíamos aterrorizados. El cartel hacía lo que quería, tomaban lo que querían, reclutaban a nuestros hijos por la fuerza.
Nadie podía decir nada porque sabías que te mataban a ti y a tu familia. Desde que el ejército hizo esa operación en el aeropuerto, desde que vimos que el gobierno sí puede y sí quiere usar fuerza real contra los narcos, las cosas han cambiado. No voy a decir que ya no hay violencia porque sí hay, pero ya no se sienten tan invencibles.
Ya no actúan como si fueran dueños de todo. Eso cambió. Un comerciante del centro de Apatzingán, que había pagado extorsión al CSG durante 7 años, dijo, “Mira, yo no celebro que mueran personas, pero esos tipos tomaron un aeropuerto con armas de guerra, mataron guardias inocentes, iban a volar dos toneladas de droga que mata a miles de personas.” ¿Qué esperaban? Que el gobierno les dijera, “Por favor, no lo hagan.
” Otra vez se metieron con infraestructura federal, jugaron con fuego sabiendo perfectamente lo que podía pasar y se quemaron. Tal vez ahora otros sicarios lo piensen tres veces antes de aceptar órdenes suicidas de sus jefes. No todos estaban de acuerdo con la respuesta militar. Hubo voces académicas y activistas que argumentaban que la violencia solo genera más violencia.
que matar a 42 personas sin intentar primero arrestarlas pacíficamente era excesivo, que el Estado no debería responder con la misma brutalidad que los criminales. Pero incluso los críticos más duros reconocían que los ataques del CJ contra instalaciones federales habían disminuido dramáticamente. La pregunta que dividía opiniones era si el fin justificaba los medios, si era aceptable que un estado democrático usara fuerza letal masiva para combatir el crimen organizado.
Era una pregunta que México llevaba haciéndose durante décadas sin encontrar respuesta que satisfiera a todos. Lo que absolutamente nadie podía negar era que la operación Cielo cerrado había marcado un punto de inflexión histórico en la guerra contra el narcotráfico en México. Había demostrado de forma inequívoca que el gobierno federal tenía la capacidad tecnológica, los recursos humanos y la voluntad política para usar fuerza letal abrumadora contra cárteles que atacaban infraestructura crítica. había demostrado que la tecnología militar moderna, cuando se usa de forma
coordinada y precisa, podía ser devastadoramente efectiva contra organizaciones criminales que operaban como ejércitos insurgentes. había demostrado que satélites estadounidenses, compartiendo inteligencia en tiempo real con fuerzas mexicanas creaban una ventaja táctica imposible de superar para sicarios armados con rifles y lanzacohetes.
Y sobre todo había demostrado que la arrogancia construida sobre años de victorias contra policías corruptos o mal equipados se convertía en la perdición absoluta cuando te enfrentabas a soldados profesionales con entrenamiento de élite, equipo de última generación y órdenes de no tomar prisioneros a menos que se rindieran inmediatamente.
Para el CJNG, la operación Cielo Cerrado fue un golpe devastador que resonó en todos los niveles de la organización, no solo en términos de los 42 sicarios muertos, los 18 arrestados, las 89 armas de comisadas y los 180 millones de dólares en fentanilo perdido. El verdadero golpe fue a su credibilidad, a su imagen de invencibilidad que habían construido cuidadosamente durante años.
Durante años, el SET NgNG se había presentado como el cartel que podía enfrentarse al gobierno mexicano de igual a igual. El cartel que controlaba aeropuertos clandestinos, el cartel que movía toneladas de droga con impunidad. Pero en 23 minutos de combate brutal en el aeropuerto regional de Apatzingán, esa imagen se hizo pedazos junto con los cuerpos de 42 de sus sicarios y los sueños de dominar rutas aéreas hacia Estados Unidos.
La historia de la operación Cielo Cerrado se convirtió en caso de estudio en academias militares de México y Estados Unidos. Se analizaba en seminarios de estrategia como ejemplo perfecto de planificación coordinada, uso efectivo de inteligencia satelital compartida, despliegue rápido de fuerzas aéreas y terrestres y aplicación de fuerza abrumadora para neutralizar amenazas asimétricas.
Se convertía en leyenda en los cuarteles donde soldados jóvenes escuchaban la historia del capitán Ruiz y el soldado Montes, que habían dado sus vidas. protegiendo a sus hermanos de armas y cumpliendo su deber. Se convertía en advertencia susurrada en las calles controladas por cárteles. No ataquen aeropuertos federales o terminarán como el Coyote y sus 68 hombres. Solo 42 sobrevivieron para ir a prisión.
Los otros 26 murieron en 23 minutos. Y en las noches tranquilas en Apatzingán, cuando el viento soplaba por las pistas del aeropuerto regional, los trabajadores que regresaron meses después todavía podían ver las manchas oscuras en el pavimento, donde 42 hombres habían sangrado hasta morir. Podían ver los agujeros de bala en las paredes de la torre de control.
Podían ver los cráteres dejados por cohetes y granadas que nadie se había molestado en reparar completamente porque servían como recordatorio silencioso. Eran recordatorios permanentes de que el día que el CJNG decidió tomar ese aeropuerto pensando que podían salirse con la suya, fue el día que aprendieron la lección más cara de sus vidas. Aprendieron que algunas batallas simplemente no se pueden ganar, que algunas líneas rojas no se deben cruzar jamás, que algunas decisiones cuestan todo, que atacar infraestructura federal en México ya no era una opción viable si querías seguir vivo. Si esta historia te
hizo sentir algo, si te hizo pensar sobre la guerra brutal contra el narcotráfico en México y el precio terrible que pagan tanto soldados honestos como criminales desesperados, suscríbete al canal porque cada semana traemos historias reales del mundo, del crimen organizado, contadas con respeto absoluto por todas las víctimas, por los civiles inocentes atrapados en fuego cruzado, que nunca nunca pidieron estar ahí por los soldados que dan su vida defendiendo al país, cumpliendo un juramento que tomaron en serio, incluso
por los sicarios jóvenes reclutados por amenazas o pobreza que merecían mejores opciones en la vida.
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