
La hermana María Dolores llevaba 5 años en el convento de Nuestra Señora de la Soledad en Zacatecas. A sus 32 años conocía cada rincón del antiguo edificio colonial con sus pasillos de cantera rosa y sus techos abovedados que susurraban con el viento del desierto. Aquella tarde de octubre de 1950, el cielo se había oscurecido prematuramente, anunciando una de esas tormentas que ocasionalmente azotaban la ciudad minera. Su labor ese día consistía en limpiar las celdas del ala este, donde residían temporalmente dos
sacerdotes visitantes de la Ciudad de México. El padre Ernesto Guzmán, un hombre de unos 50 años, robusto y de semblante serio, y el padre Tomás Valencia, más joven, de unos 30, delgado y con una sonrisa perpetua que contrastaba con la austeridad del lugar. María Dolores había notado algo extraño en la actitud del padre Ernesto durante el desayuno.
Sus manos temblaban ligeramente al sostener su taza de café y su mirada parecía perdida en algún punto invisible del comedor. El padre Tomás, por su parte, apenas había probado bocado y evitaba mirar a su compañero. Ave María purísima”, murmuró la monja mientras tocaba suavemente a la puerta de la celda del padre Ernesto.
No hubo respuesta. Volvió a llamar, esta vez con más fuerza, pero el silencio persistió. Pensando que el sacerdote habría salido, decidió entrar para realizar sus tareas. La puerta se dio con un chirrido que reverberó en el pasillo vacío. La celda estaba en penumbra, apenas iluminada por la escasa luz que se filtraba a través de la pequeña ventana enrejada.
María Dolores dio un paso al interior y entonces los vio. El padre Ernesto y el padre Tomás estaban ahí juntos, no en oración, no en conversación teológica. Los labios del padre Ernesto estaban posados sobre los del joven sacerdote, sus manos entrelazadas en un gesto que no dejaba lugar a interpretaciones.
El balde y el trapo que llevaba la hermana cayeron al suelo con un estruendo que pareció despertar a los dos hombres de su trance. Se separaron bruscamente con el horror reflejado en sus rostros al verse descubiertos. Hermana, por favor”, balbuceó el padre Ernesto con la voz quebrada. María Dolores retrocedió tropezando con el umbral de la puerta, incapaz de articular palabra.
Su rosario se deslizó entre sus dedos temblorosos, golpeando el suelo de piedra con un sonido que resonó como una sentencia. La tormenta estalló fuera y un relámpago iluminó momentáneamente la escena grabándola a fuego en la memoria de la monja. Con el corazón desbocado dio media vuelta y salió corriendo por el pasillo, mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a golpear con furia las ventanas del convento.
Lo que María Dolores no sabía era que aquello que había presenciado sería apenas el principio de una cadena de eventos. que sumirían al convento en una oscuridad mucho más profunda que la de cualquier tormenta. El confesionario de la capilla del convento olía a cedro viejo y a incienso.
La hermana María Dolores se arrodilló en la penumbra con el corazón aún agitado por lo que había presenciado horas antes. Al otro lado de la rejilla, la silueta del padre Mateo Álvarez, el capellán permanente del convento, se recortaba contra la tenue luz de las velas. “Ave María purísima”, susurró ella con la voz entrecortada, “Sin pecado concebida”, respondió el anciano sacerdote. “¿Qué te aflige, hija mía?” María Dolores cerró los ojos.
Las imágenes de lo que había visto seguían atormentándola. Las manos entrelazadas, los labios unidos, la expresión de terror en los ojos de ambos sacerdotes al verse descubiertos. Padre, he sido testigo de algo, algo que no debería haber visto. El silencio al otro lado del confesionario se hizo denso.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando los vitrales de la capilla y a lo lejos el rumor de un trueno. He visto al padre Ernesto y al padre Tomás en un acto impuro, padre. Las palabras salieron atropelladas de su boca como si quemaran. El padre Mateo no respondió de inmediato. María Dolores pudo escuchar su respiración, que parecía haberse vuelto más pesada. ¿Estás segura de lo que viste, hija? A veces los ojos nos engañan, especialmente en la penumbra.
Estoy segura, padre. Estaban se besaban. La última palabra apenas fue audible. El padre Mateo suspiró profundamente. Lo que me cuentas es grave, muy grave. un pecado contra natura, una ofensa a los ojos de Dios. ¿Qué debo hacer, Padre? No puedo borrar lo que vi. Debes guardar silencio, hija.
Este asunto requiere discreción y sabiduría. Hablaré con la madre superiora. Mientras tanto, mantén esto en estricta reserva. Ni una palabra a nadie, ¿entiendes? Por el bien de todos. María Dolores asintió en la oscuridad, aunque el sacerdote no podía verla.
Tu penitencia será rezar tres rosarios completos por la redención de esas almas extraviadas. Y recuerda, el silencio es una virtud cuando las palabras pueden desatar el caos. Al salir del confesionario, la hermana se sintió extrañamente inquieta. La absolución no había traído la paz que esperaba. En el altar mayor, las velas parpadeaban creando sombras danzantes sobre las paredes de cantera.
Mientras cruzaba la nave principal, tuvo la inequívoca sensación de que alguien la observaba. Se giró bruscamente, pero solo vio los bancos vacíos y las estatuas de los santos, cuyos ojos parecían seguirla acusadoramente. Esa noche, mientras rezaba en su celda, escuchó pasos en el corredor. Se detuvo conteniendo la respiración. Los pasos se detuvieron frente a su puerta. Durante un instante que pareció eterno, no hubo más sonido que el de la lluvia.
Luego, muy suavemente, alguien rasguñó la madera de su puerta como un animal que busca entrar. María Dolores no durmió esa noche ni las siguientes. Tres días después del incidente, María Dolores notó que algo había cambiado en el convento. Las miradas evasivas, los susurros que cesaban cuando ella entraba en una habitación, el silencio incómodo durante las comidas.
Incluso la madre superior a Sor Concepción, una mujer habitualmente afable y directa, parecía distante, observándola con una mezcla de preocupación y recelo. Aquella mañana de jueves, mientras barría el claustro, sintió una presencia a sus espaldas. Al girarse, se encontró frente a frente con el padre Ernesto.
El sacerdote tenía el rostro demacrado con profundas ojeras que evidenciaban noches de insomnio. “Hermana, necesito hablar con usted”, dijo con voz ronca, mirando nerviosamente a su alrededor para asegurarse de que estaban solos. María Dolores apretó con fuerza el mango de la escoba como si buscara en él algún tipo de protección.
Lo que vio no es lo que parece, continuó el sacerdote acercándose un paso más. Yo sé lo que vi, padre, respondió ella, sorprendiéndose de su propia firmeza. No, no lo sabe. La voz del hombre adquirió un tono áspero. No tiene idea de lo que está en juego. Hay cosas que es mejor no remover, hermana, por su propio bien. La última frase sonó como una amenaza apenas velada.
María Dolores sintió un escalofrío recorrer su espalda. “Ya he hablado con mi confesor sobre este asunto”, dijo intentando que su voz no delatara su miedo. El padre Ernesto palideció visiblemente. “¿Con quién?” “Con el padre Mateo.” Ella asintió y algo en los ojos del sacerdote cambió. Una sombra pareció cruzar su rostro. “Ha cometido un grave error, hermana, muy grave.
Su voz era ahora apenas un susurro. Hay secretos en este convento que deberían permanecer enterrados. Secretos antiguos, oscuros. No es la primera vez que ocurre algo así entre estos muros, ¿sabe? Y quienes han hablado no les ha ido bien. En ese momento, el sonido de pasos acercándose interrumpió la conversación.
Era Sora Agustina, la hermana más anciana del convento, que avanzaba lentamente apoyada en su bastón. El padre Ernesto retrocedió, componiendo rápidamente una sonrisa forzada. Piense en lo que le he dicho, hermana, por su propio bien”, murmuró antes de alejarse con paso apresurado.
Esa tarde, mientras organizaba la biblioteca del convento, María Dolores encontró un viejo libro de registros. Algo la impulsó a ojearlo. Entre sus páginas amarillentas descubrió anotaciones sobre monjas que habían abandonado la orden en circunstancias poco claras. Tres nombres le llamaron especialmente la atención. S. Inés, 1923, Sor Teresa 1937 y Sor Pilar 1945.
Junto a cada nombre, una misma anotación, traslado por razones de salud. Mientras cerraba el libro, una fotografía en sepia cayó al suelo. Mostraba a un grupo de monjas frente al convento. Fechada en 1922. Entre ellas reconoció a una joven Sora Agustina y junto a ella una monja de rostro sereno identificada al reverso como Sorines, la misma que aparecía en los registros como trasladada al año siguiente.
Cuando levantó la vista, descubrió a Sor Agustina en el umbral de la puerta, observándola con una expresión indescifrable. Algunas preguntas son peligrosas, hija mía, dijo la anciana con voz cascada, especialmente en este lugar. El archivo del convento se encontraba en el sótano, un lugar frío y húmedo que pocas hermanas visitaban.
María Dolores había conseguido la llave gracias a un descuido de Sorjuana, la encargada de la administración, que la había dejado olvidada en la sacristía. La débil luz de su lámpara de aceite proyectaba sombras grotescas sobre las paredes de piedra mientras descendía por la estrecha escalera de caracol. El olor a mo y papel viejo la recibió al abrir la pesada puerta de roble.
Estanterías polvorientas se alineaban en la penumbra cargadas de documentos, libros y carpetas que narraban la historia del convento desde su fundación en 1761. María Dolores sabía que no disponía de mucho tiempo. Las hermanas notarían su ausencia en la cena.
Dirigiéndose directamente hacia la sección correspondiente a los años 20, comenzó a revisar expedientes con manos temblorosas. Finalmente encontró una carpeta etiquetada con el nombre de Sor Inés Mondragón. El informe oficial era escueto, trasladada al convento de la Santa Cruz en Puebla por razones de salud mental, diagnóstico, histeria y delirios persecutorios. Pero adjunto al informe había un sobre sellado con la amarillento por el tiempo. María Dolores dudó un instante antes de romperlo.
Dentro encontró varias hojas escritas con una caligrafía nerviosa y apresurada. Diario personal de Sorinés Mondragón. 15 de marzo de 1923. Lo que he visto no puede ser obra de Dios. El padre Sebastián y el padre Ricardo, la forma en que se miraban se tocaban. Los sorprendí en la capilla después de Maitines.
Cuando se lo conté a la madre superiora, su rostro se transformó. No has visto nada, me dijo. Olvídalo todo si quieres seguir en paz. Pero no puedo olvidar y ahora siento que me vigilan. Alguien rasca mi puerta por las noches. Encuentro mi rosario en lugares donde no lo he dejado. La hermana Agustina me ha advertido que me mantenga callada, que otras antes que yo han hablado y han desaparecido.
Creo que van a hacer algo conmigo. Dios me proteja. María Dolores dejó caer el diario con el corazón martilleando en su pecho. Las similitudes con su situación eran escalofriantes. Siguió buscando y encontró expedientes similares sobre Sor Teresa y Sor Pilar. Ambas habían reportado comportamientos impropios de sacerdotes visitantes.
Ambas habían sido diagnosticadas con trastornos mentales y trasladadas. Ninguna había regresado jamás. Un ruido a sus espaldas la sobresaltó. Se giró bruscamente, elevando la lámpara. El resplandor reveló por un instante una figura en la oscuridad que desapareció tan rápido como había aparecido.
¿Quién anda ahí?, preguntó con la voz quebrada por el miedo. Solo el silencio le respondió. Con manos temblorosas recogió los documentos que había encontrado y los ocultó entre sus hábitos. Mientras se apresuraba hacia la salida, la luz de su lámpara se extinguió repentinamente, sumiéndola en una oscuridad absoluta.
Un susurro llegó hasta ella desde las profundidades del archivo. Todas callamos al final, hermana, todas callamos. María Dolores corrió a ciegas hacia donde recordaba que estaba la puerta, tropezando con estanterías y tirando documentos a su paso. Cuando finalmente alcanzó la escalera, subió los peldaños de dos en dos, con la certeza de que algo la seguía desde la oscuridad.
La capilla estaba inusualmente concurrida esa mañana. Todas las hermanas del convento, 23 en total, se habían reunido para una misa especial oficiada por el padre Mateo. En los bancos delanteros, los padres Ernesto y Tomás mantenían la mirada fija en el altar, evitando cualquier contacto visual con el resto de los presentes.
María Dolores observaba todo desde el último banco con las evidencias que había recogido del archivo escondidas bajo el colchón de su celda. No había dormido en toda la noche, atormentada por pesadillas en las que monjas de rostros difusos la perseguían por interminables pasillos subterráneos. La madre superiora, Sor Concepción se sentó a su lado con un movimiento fluido que apenas perturbó el aire. “Pareces agotada, hija mía”, susurró.
“¿Has estado durmiendo bien?” La pregunta, aparentemente inocente tenía un subtexto que María Dolores captó de inmediato. “He tenido mucho en qué pensar, madre”, respondió con cautela. “El pensamiento excesivo puede ser perjudicial para el espíritu. La voz de la madre superiora era suave pero firme, especialmente cuando nos lleva a lugares oscuros, a dudas, a indagaciones innecesarias. María Dolores sintió que se le helaba la sangre.
¿Acaso sabían que había estado en el archivo? Esta comunidad ha perdurado por casi dos siglos. Hermana, continuó Concepción. Ha sobrevivido a revoluciones, ambrunas, epidemias. ¿Sabes por qué? Porque entendemos el valor del silencio, de la discreción. Algunas verdades no están destinadas a ser proclamadas a los cuatro vientos. Son como esas raíces profundas e invisibles que mantienen en pie a un árbol centenario. Arrancarlas sería destruir todo el árbol.
La metáfora no era sutil. María Dolores comprendió que estaba recibiendo una advertencia. La historia que crees estar descubriendo es mucho más antigua y compleja de lo que imaginas”, añadió la madre superiora. “No eres la primera en tropezar con ella, ni serás la última. Pero debes decidir de qué lado estás, de quienes preservan esta comunidad o de quienes la pondrían en peligro por lo que consideran la verdad.
” En ese momento, el padre Mateo inició la misa con una señal de la cruz. La congregación se puso de pie y la conversación quedó suspendida. Durante el sermón que versaba sobre el peligro de los falsos testimonios, María Dolores sintió todas las miradas posadas en ella. No eran solo Sor Concepción o los sacerdotes implicados, era Sor Agustina, con sus ojos acuosos fijos en su nuca desde tres bancos atrás.
Era Sor Juana, que la observaba de reojo mientras pasaba las páginas de su misal. Era cada una de las hermanas unidas en un pacto tácito del que ella no formaba parte. Después de la comunión, cuando las hermanas formaban una fila para regresar a sus lugares, Soragustina se acercó cojeando hasta ella.
Esta noche después de completas en el huerto, susurró la anciana, hay algo que debes saber. María Dolores asintió imperceptiblemente mientras un escalofrío recorría su espalda. La anciana sabía algo, quizás lo sabía todo, y estaba dispuesta a hablar. Lo que ignoraba era que tres bancos más adelante el padre Ernesto había observado el intercambio y que mientras el coro entonaba el himno final, el sacerdote había cruzado una mirada cargada de significado con sorcepción.
Un pacto silencioso acababa de sellarse, uno que María Dolores no podía ni imaginar. El huerto del convento, rodeado por altos muros de cantera, era un remanso de paz durante el día. Por las noches, sin embargo, las sombras de los árboles frutales, proyectadas por la luz de la luna, transformaban el lugar en un laberinto inquietante.
María Dolores esperó a que el convento quedara en silencio después de completas. Con el corazón latiendo, desbocado, se deslizó fuera de su celda y recorrió los pasillos desiertos, guiándose por la débil luz que se filtraba a través de los ventanales. El aire nocturno de octubre era frío y seco, cargado con el aroma de las últimas flores del verano y la tierra reseca.
María Dolores se ajustó el chal sobre los hombros mientras avanzaba entre los surcos de hortalizas buscando a Soragustina. La encontró sentada en un banco de piedra bajo un viejo nogal. La anciana parecía más pequeña y frágil en la penumbra, como si el peso de los años la hubiera comprimido. “Has venido”, dijo Sor Agustina. No era una pregunta.
Necesito respuestas”, respondió María Dolores sentándose a su lado. La anciana sonró tristemente, revelando una dentadura incompleta. “Lo que has descubierto apenas rasca la superficie, hija mía. Este convento guarda secretos mucho más antiguos y oscuros.” María Dolores esperó en silencio, mientras la brisa nocturna agitaba suavemente las ramas sobre sus cabezas.
Llegué aquí en 1918, poco después de la revolución, comenzó Soragustina. Era joven, idealista, llena de fe, como tú ahora. La anciana hizo una pausa perdida en recuerdos. El padre Julián era el capellán, entonces, un hombre respetado, severo, pero tenía inclinaciones, las mismas que has descubierto en los padres Ernesto y Tomás, y nadie decía nada. preguntó María Dolores incrédula. Oh, algunas lo intentaron.
Sorinés fue la primera que conocí. Cuando reportó lo que había visto, la declararon de mente. La enviaron a un manicomio en Puebla, donde, según supe años después, murió accidentalmente, ahogada en un baño. María Dolores sintió un nudo en la garganta. Y sor Teresa, sor Pilar, Teresa, pobre niña, desapareció una noche. Nos dijeron que había sido trasladada, pero nadie se despidió de ella. Pilar fue más astuta, o eso creía.
Amenazó con escribir al obispo, con contar todo lo que sabía. La encontraron al pie de la torre sur. Se suicidó, dijeron. Pero Teresa nunca habría atentado contra su vida. Era demasiado devota. Un silencio pesado se instaló entre ambas. A lo lejos, un perro ahullaba a la luna. ¿Por qué me cuenta esto?, preguntó finalmente María Dolores. Porque estás en peligro, hija.
El mismo peligro que ellas enfrentaron lo he visto antes, demasiadas veces. La forma en que te miran, cómo susurran cuando pasas. Están decidiendo qué hacer contigo. ¿Quiénes? la madre superiora, los sacerdotes, todos ellos y otros que ni siquiera sospechas.
Esto es más grande que un simple incidente entre dos hombres. Es un sistema, uno que lleva décadas funcionando. El convento recibe generosas donaciones de familias poderosas para acoger a sacerdotes con estos problemas. Les dan refugio, discreción y quienes amenazan ese arreglo desaparecen. María Dolores se estremeció, no solo por el frío.
¿Por qué no ha hablado antes? ¿Por qué ha guardado silencio todos estos años? Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas. Por miedo, hija mía, por cobardía, me dije a mí misma que no podía hacer nada, que era mejor sobrevivir y con cada año que pasaba me convertía más y más en cómplice. Sor Agustina tomó las manos de María Dolores entre las suyas, arrugadas y temblorosas. Pero tú aún puedes salvarte.
Debes irte esta misma noche, antes de que sea demasiado tarde. Irme, abandonar mis votos. Mi fe, tu fe no está en estas paredes, María Dolores, está en tu corazón. Y Dios no quiere mártires innecesarios. Un crujido entre los arbustos cercanos las sobresaltó. Ambas se volvieron bruscamente, pero solo vieron las sombras danzando bajo la luna.
“Nos están vigilando”, susurró Soragustina. “Siempre nos vigilan. Vete ahora a tu celda. Prepárate para partir mañana al amanecer. Yo te ayudaré. Mientras María Dolores regresaba al edificio principal, no podía sacudirse la sensación de que alguien la seguía observando cada uno de sus movimientos desde la oscuridad.
La celda de María Dolores nunca le había parecido tan pequeña y asfixiante como esa noche. Sentada en el borde de su catre, con la mirada fija en el crucifijo que pendía de la pared encalada, sopesaba las palabras de Sora Agustina. debía huir, abandonar la vida a la que había dedicado los últimos 5 años o debía enfrentar lo que estaba ocurriendo, buscar justicia para Sor Inés, Sor Teresa y Sor Pilar.
Sobre su regazo descansaba el pequeño diario de Sorinés, rescatado del archivo. Sus páginas amarillentas contenían el testimonio de una mujer que como ella, había descubierto algo que no debía ver y había pagado el precio último por ello. Un ruido sutil la arrancó de sus pensamientos. Alguien deslizaba algo por debajo de su puerta. María Dolores contuvo la respiración mientras veía aparecer un sobre blanco en el suelo de Terracota. Con manos temblorosas lo recogió y lo abrió.
Contenía una sola hoja con una caligrafía que no reconoció. Lo que has visto y lo que has leído solo te muestra una parte de la verdad. Si quieres conocerla completa, ven a la cripta a medianoche. No confíes en nadie, especialmente en Sor Agustina. El mensaje no estaba firmado. María Dolores lo leyó una y otra vez intentando descifrar su origen y su intención.
¿Era una trampa o realmente alguien más en el convento quería ayudarla? El reloj de la torre marcó las 11. tenía una hora para decidir. Se arrodilló frente al crucifijo y rezó como nunca antes lo había hecho, suplicando por claridad, por guía. Pero el silencio de Dios fue su única respuesta. Finalmente tomó su decisión. Ocultó el diario de Sorinés y los documentos que había recogido en el archivo bajo una baldosa suelta junto a su cama.
Luego se envolvió en su chal más grueso y salió silenciosamente de su celda. El convento dormía, o eso parecía. Los pasillos estaban desiertos, iluminados solo por alguna vela ocasional que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra. María Dolores avanzó con cautela, deteniéndose ante cada crujido, conteniendo la respiración cada vez que una corriente de aire amenazaba con apagar su vela.
La entrada a la cripta se encontraba en la capilla bajo el altar mayor. Una estrecha escalera de piedra descendía hacia las profundidades, donde generaciones de monjas y benefactores del convento descansaban en sus nichos funerarios. María Dolores nunca había sido supersticiosa. No temía a los muertos que yacían tras las lápidas de mármol.
Lo que la aterrorizaba era la posibilidad de que la nota fuera una trampa, de que alguien la estuviera esperando abajo para convertirla en una más de las desaparecidas del convento de Nuestra Señora de la Soledad. Pero también existía la posibilidad de que fuera verdad, de que hubiera alguien más que conociera los secretos oscuros del convento y quisiera ayudarla. Alguien que supiera toda la verdad.
Con el corazón latiendo, desbocado, comenzó a descender los gastados peldaños hacia la cripta. El aire se volvía más frío y húmedo con cada paso, cargado con el olor dulzón de la muerte antigua y las flores marchitas. Su vela apenas iluminaba unos metros por delante, dejando el resto de la cripta sumida en tinieblas.
Avanzó lentamente entre las tumbas, buscando alguna señal de vida entre los muertos. Hola”, susurró, y su voz rebotó en las paredes de piedra, multiplicándose como si un coro de fantasmas le respondiera. Fue entonces cuando lo vio al fondo de la cripta, junto al nicho más antiguo, una figura encapuchada sostenía una lámpara.
“Has venido”, dijo una voz que María Dolores reconoció de inmediato, aunque no podía creer que perteneciera a quien creía. La figura se bajó la capucha, revelando un rostro que la dejó sin aliento. “Madre superiora, balbuceó María Dolores dando un paso atrás instintivamente. No temas, respondió Sor Concepción.
No estoy aquí para hacerte daño, sino para mostrarte algo que nadie ha visto en décadas.” La madre superiora se acercó a la pared del fondo y presionó una de las piedras. Con un chirrido, una sección del muro se deslizó hacia un lado, revelando un pasaje oculto. “Sígueme”, dijo adentrándose en la oscuridad, “y conocerás la verdadera historia de este convento.
” María Dolores dudó un instante. Cada instinto le gritaba que diera media vuelta, que corriera, pero la curiosidad y la necesidad de respuestas fueron más fuertes. Con un suspiro que sonó como una oración, siguió a la madre superior hacia lo desconocido. El pasadizo era estrecho y bajo, obligando a María Dolores a agacharse para avanzar.
Las paredes de piedra resumaban humedad y el suelo irregular estaba cubierto de polvo, señal de que pocos pies lo habían pisado en mucho tiempo. La débil luz de la lámpara de la madre superiora apenas iluminaba unos metros por delante, dejando el resto del camino sumido en la más absoluta oscuridad. Este pasaje fue construido durante la época de la reforma”, explicó Sor Concepción mientras avanzaban.
Cuando las leyes de Juárez amenazaban a la Iglesia, los sacerdotes y las monjas necesitaban vías de escape. Hay toda una red de túneles bajo Zacatecas que muy pocos conocen. “No imaginaba que existiera algo así bajo el convento”, murmuró María Dolores rozando con sus dedos. las piedras húmedas. Hay muchas cosas que no imaginas, hija respondió la madre superior a sin volverse.
Este convento ha sido testigo de más secretos de los que cualquiera podría soportar. Tras varios minutos de caminata en silencio, el pasadizo desembocó en una cámara circular excavada en la roca viva. A diferencia del túnel, este espacio estaba sorprendentemente bien conservado y amueblado. Un escritorio de madera tallada, varias sillas, estanterías con libros y documentos ordenadamente dispuestos, e incluso un pequeño altar con una imagen de la Virgen de la Soledad.
Sor Concepción colocó su lámpara sobre el escritorio y encendió varias velas distribuidas por la estancia, revelando el verdadero alcance del lugar. “Bienvenida al archivo secreto del convento”, dijo con un deje de orgullo en su voz. Aquí guardamos la verdadera historia, la que no puede ser conocida por cualquiera. María Dolores observaba boca y abierta el contenido de las estanterías.
Pergaminos antiguos, libros encuadernados en cuero, carpetas atadas con cintas descoloridas. “¿Por qué me ha traído aquí?”, preguntó finalmente, consciente de la gravedad del momento. La madre superiora la miró fijamente, evaluándola. Porque has demostrado determinación, has indagado más allá de lo permitido y porque necesito que entiendas por qué debes guardar silencio.
Se acercó a una de las estanterías y extrajo un libro encuadernado en cuero negro. Este es el verdadero registro del convento iniciado en 1761 por la primera madre superiora, Sor Catalina de los Ángeles. Abrió el libro y pasó varias páginas hasta detenerse en una entrada. Lee esto. María Dolores tomó el libro con manos temblorosas, octubre de 1763.
Hoy hemos dado refugio al padre Francisco Belarde, acusado de actos impuros con otro hombre en la Ciudad de México. El obispo nos ha pedido discreción absoluta. A cambio, el convento recibirá una donación anual de 500es. Pasó la página incrédula. Junio de 1781. El padre Javier Mendoza ha llegado hoy.
Otro caso similar, otra donación generosa. Y así continuaba década tras década un registro meticuloso de sacerdotes recibidos en el convento. Todos por la misma razón, todos acompañados de donaciones sustanciosas. ¿Entiende ahora?, preguntó Sor Concepción. Durante casi dos siglos este convento ha sido el refugio de aquellos que la Iglesia no puede permitirse exponer.
Los escándalos destruirían la fe del pueblo, pondrían en peligro el poder y la influencia de la iglesia. Así que los ocultan, los envían aquí donde pueden vivir su condición en discreción. Es inmoral”, logró articular María Dolores cerrando el libro de golpe. “Es supervivencia”, replicó la madre superiora con dureza.
“¿Cree que este convento habría sobrevivido a guerras, revoluciones y ambrunas sin esas donaciones? ¿Cree que podríamos alimentar a los pobres, mantener el orfanato, atender a los enfermos? La iglesia nos usa como escondite, sí, pero nosotras usamos su dinero para hacer el bien. ¿Y qué hay de Sor Inés, de Sor Teresa y Sor Pilar? También fue por el bien.
La expresión de Sor Concepción se ensombreció. Sacrificios necesarios. Amenazaban todo lo que hemos construido. Sacrificios. Las mataron. No directamente Sorin Inés fue enviada a un sanatorio. Es cierto. Lo que ocurrió allí no lo sé. Con certeza sor Teresa escapó una noche, pero nunca llegó a la ciudad. Las montañas son peligrosas en la oscuridad.
Sor Pilar, la madre superiora, hizo una pausa como si buscara las palabras adecuadas. Sor Pilar se quitó la vida. O eso es lo que elegimos creer. María Dolores sintió náuseas. La cabeza le daba vueltas mientras intentaba asimilar la magnitud de lo que estaba descubriendo. ¿Y ahora qué? ¿Soy otro sacrificio necesario? Eso depende de ti, respondió Sor Concepción acercándose a ella.
Te he mostrado esto porque veo en ti a alguien inteligente, alguien que puede entender la complejidad de nuestra situación. Puedes unirte a nosotras, guardar el secreto, usar ese conocimiento para hacer el bien dentro de los límites que tenemos. O puedes convertirte en una amenaza y ya sabes lo que hacemos con las amenazas.
La amenaza apenas velada flotó en el aire entre ellas como un miasma tóxico. ¿Cuántas saben de esto? ¿Cuántas son cómplices?, preguntó María Dolores. Solo las madres superioras y algunas hermanas de confianza. El resto vive en bendita ignorancia, como tú hasta hace unos días.
Sor Concepción se acercó al pequeño altar y encendió una vela ante la Virgen. Tienes hasta el amanecer para decidir. El regreso a través del pasadizo transcurrió en un silencio tenso. María Dolores sentía que cada paso la alejaba más y más de la persona que había sido hace apenas unos días. La inocente monja, que creía servir a Dios en un convento virtuoso, ya no existía.
En su lugar quedaba una mujer aterrorizada, atrapada en una red de mentiras, pecados y crímenes centenarios. Cuando emergieron de nuevo en la cripta, la madre superiora se detuvo frente a ella. Ve a tu celda y reflexiona. Nadie te molestará esta noche. Mañana espero tu respuesta.
Con estas palabras, Sorconcepción desapareció entre las sombras de la capilla, dejando a María Dolores sola entre las tumbas. Sin embargo, en lugar de dirigirse a su celda, un impulso la llevó hacia el huerto. Necesitaba aire, espacio para pensar, para procesar todo lo que había descubierto. La luna iluminaba el jardín con su luz plateada, proyectando sombras inquietantes entre los árboles frutales.
María Dolores caminaba sin rumbo, con la mente saturada de imágenes terribles. Sor Inés ahogada en un baño de manicomio, sorteresa perdida en las montañas, Sor Pilar cayendo desde la torre sur. Un movimiento entre los arbustos la sobresaltó. Se giró bruscamente esperando encontrar a algún animal nocturno. En su lugar vio al padre Tomás emergiendo de entre las sombras.
El joven sacerdote tenía un aspecto demacrado. Sus ojos, habitualmente brillantes, estaban apagados y enrojecidos como si hubiera estado llorando. “Hermana”, susurró mirando nerviosamente a su alrededor. “No debería estar aquí sola.” “¿Me está amenazando, padre?”, preguntó ella, sorprendiéndose de su propia audacia.
“No”, respondió él con voz quebrada. Al contrario, vengo a advertirle, están planeando algo. El padre Ernesto y la madre superiora, los escuché hablar en la sacristía. Mencionaron su nombre y algo sobre resolver el problema permanentemente. María Dolores sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Una cosa era sospechar el peligro y otra muy distinta confirmarlo. ¿Por qué me dice esto? usted es parte de todo esto. El padre Tomás bajó la mirada avergonzado. No soy lo que cree, murmuró. No vine aquí por elección propia. Mi familia, mi padre descubrió mis inclinaciones. Me dio dos opciones. Este convento o ser desheredado, expulsado, denunciado a las autoridades. En 1950, una acusación así puede destruir a un hombre.
Su voz temblaba mientras continuaba, pero nunca pensé que habría sangre. Nunca imaginé que ocultaban asesinatos. El padre Ernesto me contó sobre las otras monjas, sobre cómo las silenciaron. Se jactaba de ello como si fuera una prueba de poder. Me dijo que lo mismo le ocurriría a cualquiera que nos descubriera, incluida usted.
¿Y por qué debería creerle? preguntó María Dolores, aunque algo en la desesperación del joven sacerdote la conmovía, porque también quiero escapar, porque no puedo seguir viviendo esta mentira, porque quizás ayudándola pueda redimir algo de mi alma. María Dolores guardó silencio evaluando sus palabras, buscando signos de engaño en su rostro atormentado.
“Hay algo más”, añadió el padre Tomás bajando aún más la voz. Sor Agustina está en peligro. Después de verla hablar con usted en el huerto, el padre Ernesto sugirió que la anciana se había vuelto un riesgo innecesario. Planean algo para esta noche. Un escalofrío recorrió la espalda de María Dolores.
Sor Agustina, la única que había intentado advertirle, la única que parecía arrepentida por décadas de silencio cómplice. ¿Cuándo?, preguntó con urgencia renovada. Ahora el padre Ernesto fue a buscar algo a la enfermería. Creo que pretenden hacer parecer que murió en su sueño por causas naturales.
Sin esperar más, María Dolores echó a correr hacia el edificio principal. El padre Tomás la siguió, sus pasos resonando en el silencio de la noche. El convento dormía, o eso parecía. Los pasillos estaban desiertos, iluminados apenas por alguna vela ocasional. María Dolores corría con el corazón martilleando en su pecho, rezando por llegar a tiempo. La celda de Sor Agustina se encontraba en el ala norte, la reservada para las hermanas más ancianas.
Cuando llegaron, la puerta estaba entreabierta, proyectando un fino az de luz sobre el suelo del pasillo. María Dolores empujó suavemente la puerta, conteniendo la respiración. La escena que encontraron el heló su sangre. Sor Agustina yacía en su cama con los ojos abiertos fijos en el techo. Su rostro, normalmente sereno, mostraba una expresión de terror congelado.
A su lado, el padre Ernesto sostenía una pequeña botella vacía. Su sobresalto al verlos entrar fue evidente. “Ustedes”, exclamó retrocediendo instintivamente. “No deberían estar aquí.” María Dolores corrió hacia la anciana tomando su mano. Estaba aún tibia, pero no había pulso.
¿Qué le ha hecho? Gritó mientras las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas. El padre Ernesto se irguió recuperando la compostura. Lo necesario, respondió con frialdad. Lo mismo que ocurrirá con ustedes dos ahora. No pueden simplemente irrumpir aquí y esperar salir como si nada. Su mano se deslizó hacia el bolsillo de su sotana, de donde extrajo otra pequeña botella.
Tomás, dijo dirigiéndose al joven sacerdote. Ayúdame con ellos. Es por el bien de todos. El padre Tomás temblaba visiblemente, su mirada alternando entre el cuerpo sin vida de Sor Agustina y el rostro determinado del padre Ernesto. No, respondió finalmente, su voz apenas audible. No más muertes, no más mentiras. El padre Ernesto entrecerró los ojos, su expresión endureciéndose.
Eres débil, Tomás, siempre lo has sido, pero esto es más grande que tú, que todos nosotros. Es el sistema, el orden de las cosas, un orden construido sobre cadáveres. Intervino María Dolores incorporándose sobre el sufrimiento de inocentes. Esto no es lo que Dios quiere.
Y tú que sabes de lo que Dios quiere, espetó el padre Ernesto avanzando hacia ellos. Dios nos ha permitido existir así durante siglos. Si fuera contrario a su voluntad, ¿no habría intervenido ya? Un ruido en el pasillo los sobresaltó a todos. Pasos acercándose, varias personas. Aquí! Gritó María Dolores con todas sus fuerzas. ayuda.
La puerta se abrió completamente, revelando a Sorcepción acompañada por dos figuras masculinas vestidas de civil. Uno de ellos llevaba una placa de policía. “Oficial Ramírez”, se presentó el hombre un cuarentón de rostro severo. Policía de Zacatecas, ¿qué está ocurriendo aquí? La escena debía ser incomprensible para los recién llegados.
Una monja anciana muerta en su cama. Un sacerdote con una botella en la mano, una joven monja llorando, un sacerdote joven temblando contra la pared. “Él la ha matado”, dijo María Dolores señalando al padre Ernesto. “La ha envenenado.” El padre Ernesto dejó caer la botella que se hizo añicos contra el suelo de piedra.
“Está confundida, oficial”, intervino Concepción con voz calmada. La hermana María Dolores ha estado perturbada últimamente imaginando cosas. La pobre Sora Agustina era muy anciana. Su corazón finalmente cedió. Eso es mentira, exclamó María Dolores. Han estado ocultando crímenes durante décadas, asesinatos. Todo está documentado en un archivo secreto bajo la cripta.
El oficial Ramírez miró a su compañero claramente escéptico. “Señorita, estas son acusaciones muy graves. Puedo probarlo”, intervino el padre Tomás sorprendiendo a todos. Yo vi cómo administraba el veneno y sé de otros casos. Sor Inés en 1923, Sor Teresa en 1937, Sor Pilar en 1945. El padre Ernesto palideció visiblemente.
Traidor, siceo, después de todo lo que hice por ti, eh, ¿quién dio aviso a la policía? Preguntó María Dolores, confundida. Sorcepción la miró fijamente. Yo lo hice, respondió con voz firme. Esta noche, después de mostrarle el archivo, comprendí que esto no podía continuar. Demasiada sangre, demasiado dolor. El precio del silencio se había vuelto demasiado alto.
El oficial Ramírez dio un paso al frente. Padre Ernesto Guzmán queda detenido por el asesinato de Miró interrogativamente hacia María Dolores. Sor Agustina Mendoza completó ella. Mientras el segundo oficial esposaba al padre Ernesto, que no ofreció resistencia, María Dolores se volvió hacia la madre superiora.
¿Por qué ahora, después de tantos años, Sorcepción miró el cuerpo sin vida de Sor Agustina? Porque vi mi futuro en ella, una vida entera de complicidad, de culpa. Y porque vi mi pasado en ti. La joven que fui una vez llena de ideales, de fe verdadera. La madre superiora cerró los ojos un instante. Cuando te mostré el archivo, no estaba tratando de reclutarte. Estaba poniéndote a prueba. Quería ver si aún quedaba alguien dispuesto a luchar por la verdad en estas paredes.
En las horas siguientes, el convento se convirtió en un hervidero de actividad. Más policías llegaron. Se tomaron declaraciones. Se examinó el cuerpo de Sora Agustina. El padre Ernesto fue llevado a la comisaría. El padre Tomás, considerado testigo clave, lo acompañó escoltado por dos oficiales.
Al amanecer, mientras las campanas llamaban a Laudes como cualquier otro día, María Dolores se encontraba en la cripta, mostrando a los investigadores la entrada al pasaje secreto. El archivo oculto revelaría finalmente la verdadera historia del convento de Nuestra Señora de la Soledad, una historia de pecado, corrupción y muerte.
¿Qué ocurrirá ahora?, preguntó a Sor Concepción, que observaba todo con una extraña mezcla de tristeza y alivio. Justicia, espero, para Sor Agustina, para todas las víctimas. Y luego quizás redención. La madre superiora miró hacia el altar donde un rayo de sol comenzaba a filtrarse a través de los vitrales. El convento sobrevivirá o no, pero nuestras almas tendrán una oportunidad.
María Dolores asintió sintiendo un peso levantarse de sus hombros. La verdad, por dolorosa que fuera, siempre sería preferible a una mentira confortable. Mientras subían las escaleras hacia la capilla, dejando atrás siglos de secretos, la joven monja comprendió que su fe no había sido destruida por lo ocurrido, al contrario, se había fortalecido, porque la verdadera fe no residía en las instituciones humanas falibles y corruptibles, sino en algo mucho más profundo e indestructible.
El sol de la mañana inundaba ahora el convento como si Dios mismo quisiera iluminar cada rincón oscuro, cada secreto enterrado. Y en ese nuevo amanecer, María Dolores encontró la paz que había buscado toda su vida. M.
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