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Yo soy la abuela de la sopa caliente, la que los recoge en la escuela y les limpia los mocos. La otra abuela es la “señora elegante” que viene dos veces al año con juguetes caros. Ayer, mis nietos me rompieron el corazón al decir que ojalá yo fuera como ella. ¿Qué haces cuando tu sacrificio diario se vuelve invisible frente a una tarjeta de crédito?
HISTORIA COMPLETA
Tengo la espalda vencida. No es por la edad, tengo 62 años. Es por cargar mochilas que no son mías, por agacharme a recoger juguetes que no tiré y por cargar niños dormidos que ya pesan demasiado.
Soy lo que llaman una “abuela satélite”. Mi vida gira alrededor de la vida de mi hija, Andrea, y sus dos hijos, Mateo y Sofía, de 8 y 6 años.
Andrea trabaja todo el día. Su esposo también. Como “no les alcanza” para una niñera y no confían en las guarderías, asumieron que yo estaría encantada de ocupar mi jubilación criando a una segunda generación.
Y lo hice. Con amor.
Llego a su casa a las 6:30 AM. Les preparo el desayuno. Los visto. Los llevo a la escuela. Limpio la casa (porque “ya que estás ahí, mamá, échame una manita”). Les hago de comer. Los ayudo con las tareas. Lidio con los berrinches. Soy la que dice “no comas dulces antes de la cena”, “lávate los dientes”, “haz la tarea”.
Soy la abuela de la disciplina y el cuidado. La abuela “aburrida”.
Del otro lado está Consuelo. La suegra de mi hija.
Consuelo vive en otra ciudad. Tiene dinero. Mucho. Es una mujer de peluquería semanal y uñas perfectas. Ella no sabe cambiar un pañal. Nunca ha tenido que limpiar vómito de una alfombra.
Consuelo es la abuela de las “apariciones estelares”.
Viene en Navidad y cumpleaños. Llega como Santa Claus, cargada de bolsas de marcas, dulces prohibidos y tecnología.
Ayer fue el cumpleaños de Mateo.
Yo estuve despierta desde las 5 AM horneando su pastel favorito. No comprado. Hecho a mano, batiendo el merengue hasta que me dolió el brazo. Le compré un libro de aventuras y un suéter tejido. Es lo que mi pensión me permite.
A las 4 de la tarde, llegó Consuelo.
Entró como una diva, oliendo a perfume caro.
—¡Mis vidas! —gritó.
Mateo y Sofía corrieron hacia ella, pasando de largo junto a mí.
—¡Abuela Chelo! —gritaron.
Consuelo sacó de su bolso dos cajas blancas brillantes. Dos tablets de última generación.
—Para que jueguen y no se aburran —dijo ella, guiñando un ojo—. Y no dejen que nadie les diga cuánto tiempo pueden usarlas. Hoy es día libre.
Los niños chillaron de emoción. Se sentaron en el sofá, hipnotizados por las pantallas.
Andrea y su esposo miraban a Consuelo con adoración.
—Ay, suegra, te pasaste. Son carísimas. Gracias, de verdad. Eres la mejor.
Yo me quedé en la cocina, partiendo el pastel que nadie estaba mirando.
Me acerqué a Mateo.
—Mi amor… mira, te traje tu regalo. Y el pastel.
Mateo ni siquiera levantó la vista de la tablet.
—Ahorita no, abuela Juana. Estoy configurando mi avatar.
—Pero hijo, hice el pastel…
—¡Ay, abuela, siempre es pastel! —me contestó malhumorado—. La abuela Chelo trajo tablets. Eso sí es un regalo. Tú siempre traes ropa o libros aburridos.
Sentí un piquete en el pecho. Miré a Andrea, esperando que corrigiera a su hijo. Esperando que dijera: “Mateo, respeta a tu abuela que te cuida todos los días”.
Pero Andrea solo se rió.
—Ay, mamá, no te lo tomes a pecho. Son niños. La tecnología les gana. Además, hay que admitir que Consuelo se lució. Es la “abuela divertida”. Tú eres… bueno, tú eres la abuela de la rutina. Es normal que prefieran la novedad.
“La abuela de la rutina”.
Así se llama ahora a la crianza. A la alimentación. A la seguridad. Rutina.
Sofía, la más pequeña, remató la faena.
—Ojalá la abuela Chelo viviera aquí —dijo, con la boca llena de dulces que Consuelo le dio—. Ella no nos regaña. Ella nos deja hacer lo que queramos. Tú siempre estás cansada, abuela Juana.
Dejé el cuchillo del pastel sobre la mesa. El ruido metálico fue seco.
Miré mis manos. Manos gastadas por el cloro de su baño, por el jabón de su ropa.
Miré a Consuelo, fresca, radiante, siendo la heroína del día con su dinero.
Y miré a mi hija, que disfrutaba de una copa de vino, relajada, porque yo estaba ahí para recoger los platos sucios después.
Me quité el delantal. Lo doblé cuidadosamente y lo puse sobre la encimera.
Fui a la sala.
—Andrea —dije. Mi voz sonó tranquila, lo cual me sorprendió.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Vas a servir el café?
—No. Me voy.
—¿Cómo que te vas? Todavía no partimos el pastel. Y hay que recoger todo el tiradero de los regalos.
—Exacto. Hay que recoger. Y supongo que la “abuela divertida” no lo va a hacer, ¿verdad?
Consuelo me miró con una sonrisita condescendiente.
—Ay, Juanita, no te enojes. Yo lo haría, pero tengo la ciática…
—No te preocupes, Consuelo —le dije—. No te voy a pedir que te ensucies tu traje Chanel.
Me giré hacia Andrea.
—Hija, los niños tienen razón. Soy aburrida. Soy la de los regaños y la sopa de verduras. Y creo que merecen más diversión en sus vidas. Así que, a partir de mañana, renuncio.
—¿Qué? —Andrea soltó la copa—. Mamá, no puedes hablar en serio. Mañana trabajo. ¿Quién va a llevarlos a la escuela?
—No lo sé. Quizás la abuela Chelo pueda quedarse. O quizás puedas vender una de esas tablets para pagar una niñera.
—¡Mamá, no tenemos dinero para niñeras! ¡Te necesitamos!
—Me necesitan, pero no me valoran. Y el amor gratuito se acabó cuando me di cuenta de que para ustedes soy un electrodoméstico, mientras ella es la visita de honor.
Caminé hacia la puerta.
Mateo soltó la tablet por un segundo.
—¿Abuela? ¿Ya no vas a venir mañana?
Lo miré con tristeza.
—No, mi amor. Mañana te toca disfrutar. Mañana no habrá quien te obligue a hacer la tarea ni a comer verduras. Serás libre.
Salí de la casa.
Mi teléfono no ha parado de sonar. Andrea llorando, diciendo que fue una broma, que soy indispensable. Su esposo diciendo que “no sea dramática”.
Pero no voy a volver.
Mañana me voy a levantar a las 9 de la mañana. Me voy a hacer un café para mí sola. Y me voy a comer el pastel que sobró viendo mi novela favorita.
Descubrí algo tarde, pero a tiempo: Los nietos son maravillosos, pero si los crías tú mientras los padres se llevan el crédito y la otra abuela se lleva los aplausos… no eres abuela. Eres la servidumbre emocional. Y yo acabo de presentar mi carta de renuncia irrevocable.
Que la “abuela divertida” les limpie el trasero la próxima vez que les de diarrea por comer tantos dulces. Yo estoy ocupada siendo la protagonista de mi propia vida.
¿Es obligación de los abuelos cuidar a los nietos o los hijos se aprovechan para ahorrarse la niñera?
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