
En el desierto de Chihuahua, donde las balas silvan más fuerte que el viento, un gringo con los bolsillos llenos de dólares acababa de firmar la sentencia de muerte del hombre más temido de México. Pero lo que este extranjero no sabía es que Pancho Villa tenía ojos y oídos en cada cantina, en cada esquina y en cada corazón norteño.
Y cuando el centauro del norte descubre que alguien quiere su cabeza, Dios santo, más le vale a ese cabrón estar preparado para enfrentar la furia de todo el pueblo mexicano
El sol pegaba como martillo en el yunque sobre las calles polvorientas del Paso, Texas. Ese maldito septiembre de 1915. En el hotel Seldon, un gringo alto y flaco como poste de telégrafo se paseaba de un lado para otro en su habitación del tercer piso, fumando puros cubanos que costaban más que el sueldo mensual de cualquier peón mexicano.
Se llamaba William Harris y tenía los ojos más fríos que el hielo de las montañas de Colorado. Harris no era un hombre cualquiera. Era uno de esos tipos que manejan los hilos desde la sombra, de esos que mueven montañas de dinero para conseguir lo que quieren.
tenía intereses en las minas de cobre de Sonora, en los ferrocarriles que cruzaban la frontera y en medio mundo de negocios que dependían de que México fuera un país civilizado y no una tierra de revolucionarios alzados que se creían dueños de todo. Y ahí estaba el problema, Pancho Villa. Ese domingo Villa había atacado otra vez las propiedades americanas en Chihuahua.
Había quemado tres haciendas, se había llevado todo el ganado y había mandado un mensaje bien clarito a los gringos. Esta tierra es de los mexicanos y el que no esté de acuerdo, que se largue o que se atenga a las consecuencias. Harry se paró frente a la ventana que daba hacia el sur, hacia México, y escupió en el suelo de madera fina.
Desde ahí podía ver las luces de Ciudad Juárez parpadeando como estrellas caídas. Sabía que en algún lugar de ese desierto infinito estaba Villa, planeando su próximo golpe, rodeado de sus dorados, esos hombres que lo seguían hasta el infierno, si fuera necesario. “Este hijo de la chingada nos está costando una fortuna”, murmuró entre dientes, aplastando el puro en un cenicero de plata que valía más que una casa completa en cualquier pueblo mexicano. Harris había probado todo.
Había intentado sobornar a los generales carrancistas para que acabaran con Villa. había mandado armas a los enemigos del centauro del norte. Había incluso tratado de que el gobierno americano mandara tropas, pero Villa seguía ahí como una pesadilla que no se acababa nunca. Esa noche, mientras las campanas de la catedral de El Paso daban las 11, alguien tocó a su puerta.
Tres golpes secos, una pausa, dos golpes más. Era la señal que estaba esperando. Adelante, dijo Harris y por la puerta entró un hombre que parecía hecho de sombras y navajazos. Era moreno, bajito, con una cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda como un río seco.
Llevaba sombrero de fieltro negro y botas que habían caminado por medio mundo. Se llamaba Joaquín Herrera, pero todos le decían el cuervo porque llegaba donde había muertos y se llevaba lo que podía. ¿Trajiste noticias?, preguntó Harris en un español que sonaba como metal oxidado.
El cuervo se quitó el sombrero y lo puso sobre la mesa junto a una botella de whisky que Harris había estado saboreando toda la tarde. Sus ojos negros brillaron como carbones encendidos cuando vio los billetes que el gringo tenía listo sobre el escritorio. Sí, patrón, ya encontré al hombre que necesita. Harry se enderezó como resorte. Durante semanas había estado buscando a alguien lo suficientemente bueno, lo suficientemente loco y lo suficientemente desesperado como para intentar matar a Pancho Villa. No era tarea fácil.
Villa estaba siempre rodeado de sus dorados, siempre moviéndose, siempre alerta. Cualquier podía dispararle a un hombre común, pero matar a Villa era como tratar de cazar a un lobo en plena manada. ¿Quién es? Se llama Aurelio Sandoval. Viene de Guadalajara, pero lleva años trabajando por todo el norte. Es bueno con el rifle, mejor con la pistola y no le tiembla la mano cuando hay que hacer el trabajo sucio.
Harry se sirvió otro whisky y le ofreció uno al cuervo que lo rechazó con un movimiento de cabeza. Los hombres como él no bebían cuando hablaban de negocios de muerte. ¿Qué sabe de Villa? Todo lo que necesita saber. Conoce sus movimientos, conoce a su gente, conoce sus debilidades. Dice que puede acercársele haciéndose pasar por uno de esos revolucionarios que llegan de todas partes para unirse a la causa. La idea le gustó a Harris, era perfecta.
Villa siempre estaba recibiendo hombres nuevos en sus filas. Campesinos que habían perdido sus tierras, vaqueros que se habían cansado de trabajar para los ricos, bandidos que querían pelear por algo más grande que ellos mismos. Un hombre más no llamaría la atención. ¿Cuánto quiere? 1000 pesos de oro. 500 ahora.
500 cuando el trabajo esté hecho. Harris casi se atraganta con el whisky. Era una fortuna, pero si con eso se quitaba el problema de Villa para siempre, valía cada centavo. Sin Villa, los otros revolucionarios se pelearían entre ellos como perros por un hueso. Sin Villa, México volvería a ser el país dócil y manejable que había sido durante el porfiriato.
¿Cuándo puede empezar? Mañana mismo. Ya tiene todo planeado. Se va a acercar por el rumbo de Santa Isabel, donde Villa tiene uno de sus campamentos. va a llegar como cualquier revolucionario más con su rifle y sus ganas de pelear contra los gachupines y cuando tenga la oportunidad. El cuervo hizo el gesto de disparar una pistola con el dedo índice extendido y el pulgar hacia arriba.
Harry sacó los 500 pesos de oro del cajón de su escritorio. Eran monedas que brillaban como soles pequeñitos bajo la luz de la lámpara. Las puso sobre la mesa una por una, contándolas en voz alta. El sonido del metal contra la madera era como música para sus oídos. Ahí están. Y recuérdale a tu hombre que si falla no hay segundo pago y si nos traiciona.
No terminó la frase, pero no hacía falta. Los dos sabían lo que pasaba con la gente que traicionaba a hombres como William Harris. El cuervo recogió las monedas y se las guardó en una bolsa de cuero que llevaba amarrada al cinturón. se puso el sombrero y caminó hacia la puerta.
“Una cosa más”, dijo Harris cuando el hombre ya tenía la mano en el picaporte. “Quiero prueba de que el trabajo está hecho. Una fotografía, un objeto personal, algo que me confirme que Pancho Villa está muerto. Descuide, patrón. Le voy a traer algo que no va a dejar lugar a dudas.” Y con eso el cuervo salió de la habitación, dejando atrás solo el olor a tabaco, whisky y muerte que flotaba en el aire como una promesa siniestra.
Harry se quedó solo mirando por la ventana hacia las luces de México. En algún lugar de esa oscuridad, un hombre se preparaba para cometer el crimen más grande de la revolución. Y él, William Harris, sería el responsable de cambiar el curso de la historia.
Pero lo que el gringo no sabía, lo que no podía ni imaginar, era que en ese mismo momento, en una cantina de Ciudad Juárez, un hombre con sombrero de charro y bigote espeso como cepillo estaba escuchando cada palabra de una conversación muy interesante. Un hombre que conocía a el cuervo desde hace años y que sabía exactamente para quién trabajaba.
un hombre que esa misma noche cabalgaría como alma que lleva el hasta el campamento de Santa Isabel para llevarle a su jefe una noticia que le iba a hervir la sangre como agua en el fogón, porque Pancho Villa tenía espías hasta en el mismísimo infierno. Mientras William Harris contaba sus monedas de oro en El Paso, a poco más de 15 km de distancia, en una cantina de Ciudad Juárez, que no tenía ni nombre ni letrero, un hombre alto y moreno como Café de Olla, bebía tequila blanco en un rincón oscuro. Se llamaba Rodolfo Fierro, pero todo el mundo le decía el carnicero y no precisamente por su amor
a la carne asada. Fierro era uno de los hombres de mayor confianza de Villa, su brazo derecho cuando se trataba de hacer el trabajo que otros no querían hacer. Tenía las manos grandes como palas y los ojos del color de la tierra seca, esos ojos que habían visto demasiadas cosas como para sorprenderse por cualquier pendejada. Pero esa noche Fierro no estaba ahí para beber ni para buscar pelea. Estaba trabajando.
La cantina era uno de esos lugares donde se juntaban hombres de toda Laya, contrabandistas que cruzaban mercancía por el río, vaqueros que habían dejado el ganado para seguir a villa, exfederales que ahora peleaban por la revolución y también espías, gente que vendía información al mejor postor, que cambiaba de bando como de camisa, que siempre tenían el oído puesto en las conversaciones ajenas.
Y entre todos esos hombres, Fierro había identificado a uno en particular, Joaquín Herrera, el cuervo. El cuervo era conocido en toda la frontera como un hombre sin palabra ni bandera. Trabajaba para quien le pagara mejor y había vendido información tanto a villistas como a carrancistas, tanto a revolucionarios como a federales. Era de esos tipos que cambiarían a su propia madre por unas monedas de plata.
Fierro lo había estado siguiendo toda la semana desde que uno de sus contactos en el paso le había dicho que el cuervo andaba preguntando demasiado sobre los movimientos de Villa y esa noche su paciencia había dado frutos. Había visto a el cuervo entrar al hotel Zeldon. Había esperado afuera fumando cigarrillos de hoja de maíz y contando las estrellas.
Y cuando el cuervo había salido tres horas después, con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja y caminando como si llevara los bolsillos llenos de oro, Fierro supo que algo gordo se estaba cocinando. Ahora el cuervo estaba sentado en la barra pidiendo mezcal de a peso la copa y contándole al cantinero mentiras sobre una mujer de Hermosillo que supuestamente lo esperaba con los brazos abiertos.
Pero Fierro conocía esa sonrisa. Era la misma que ponían todos los cabrones cuando acababan de hacer un negocio que les iba a cambiar la vida. La cantina estaba llena de humo y conversaciones en voz baja. En un rincón, tres hombres jugaban cartas y discutían sobre cuál general iba a ganar la guerra. En otro, dos mujeres con vestidos coloridos cantaban una canción triste sobre un soldado que nunca regresó a casa.
El olor a tequila, sudor y tabaco flotaba en el aire como una nube espesa. Fierro se levantó de su mesa y caminó hacia la barra haciéndose el borracho. Se tropezó con una silla, se disculpó con exageración y se las arregló para quedarse justo al lado del cuervo. “Oiga, cantinero!”, gritó con voz pastosa. “Dele un mezcal a este compadre y otro para mí.
Esta noche celebramos.” El cuervo lo miró con desconfianza. Pero cuando vio que Fierro sacaba un puñado de monedas de plata, se relajó. El dinero siempre hacía que la gente fuera más amigable. ¿Y qué celebramos, amigo?, preguntó el cuervo chocando su copa contra la de fierro. Que mañana me voy para el sur, compadre.
Me cansé de estar aquí en la frontera viendo pasar a todos los valientes mientras yo me quedo con las ganas. Mañana me uno a la causa de Villa. Los ojos del cuervo brillaron como los de un gato que ve un ratón herido. Se acercó más a fierro y bajó la voz. En serio, hermano, y ya sabes dónde encontrarlo. Fierro se hizo el pensativo, como si estuviera tratando de recordar algo importante a través de la niebla del alcohol.
Pues dicen que anda por el rumbo de Santa Isabel, que ahí tiene uno de sus campamentos principales. Un compadre mío que se fue la semana pasada me mandó a decir que ahí está reclutando gente nueva. El cuervo casi se atraganta con el mezcal. Santa Isabel era exactamente la información que necesitaba para confirmar lo que su nuevo empleador quería saber. Santa Isabel, ¿dices? ¿Estás seguro? Segurísimo, hermano.
Y no solo eso, dicen que Villa en persona está ahí entrenando a los nuevos reclutas, que quiere conocer uno por uno a todos los que se le unen para ver si son de fiar. Esto era mejor de lo que el cuervo había esperado. No solo sabía dónde encontrar a Villa, sino que además sabía que el centauro del norte estaría accesible hablando con la gente nueva. Sería el momento perfecto para que su sicario se acercara. Órale, compadre, pues que te vaya bien.
Y si ves al general Villa, dile que Joaquín Herrera le manda saludos. Fierro fingió sorpresa. ¿Tú conoces al general Villa? Pues digamos que nuestros caminos se han cruzado. Él sabe quién soy. Oh, sí que lo sabía, pensó Fierro. Villa sabía exactamente quién era Joaquín Herrera, un hijo de traicionero que vendería a su propia sombra por unas monedas. Y ahora Fierro sabía por qué el cuervo andaba tan contento.
Se quedaron bebiendo hasta que el cantinero gritó que era hora de cerrar. El cuervo se fue primero tambaleándose por el alcohol, pero con paso decidido. Tenía trabajo que hacer. Fierro esperó 10 minutos antes de salir.
El aire fresco de la madrugada le pegó en la cara como una bofetada, despejándole inmediatamente la cabeza. No había estado borracho ni un solo minuto. Todo había sido actuación. Caminó por las calles oscuras de Ciudad Juárez hasta llegar a un establo que quedaba cerca del río. Ahí lo esperaba su caballo, un alazán colorado que podía correr como el viento y que conocía el camino a Santa Isabel con los ojos cerrados. Mientras encillaba al animal, Fierro pensaba en lo que había escuchado.
Un gringo había pagado para que mataran a Villa. Un sicario estaba en camino y todo iba a pasar en Santa Isabel, donde Villa efectivamente tenía uno de sus campamentos. Pero había un detalle que el cuervo no sabía, un detalle que lo cambiaría todo. Villa ya no estaba en Santa Isabel.
Había salido tres días antes hacia Parral, siguiendo la pista de un convoy de armas federales. El campamento de Santa Isabel estaba prácticamente vacío, con solo una pequeña guardia y algunos heridos que se recuperaban. Fierro montó su caballo y lo espoleó hacia el sur. Tenía que llegar a Parral antes que el sicario llegara a Santa Isabel.
Tenía que advertirle a Villa que un gringo hijo de había puesto precio a su cabeza. El caballo galopaba por el desierto nocturno como alma en pena, levantando nubes de polvo que brillaban bajo la luz de la luna llena. Fierro cabalgaba inclinado sobre el cuello del animal, susurrándole palabras de aliento, empujándolo a dar todo lo que tenía, porque sabía que la vida de Villa dependía de que tan rápido pudieran correr esa noche.
A sus espaldas, Ciudad Juárez se perdía en la distancia como un puñado de luces esparcidas. Adelante, el desierto se extendía infinito bajo el cielo estrellado. Y en algún lugar de esa inmensidad, un sicario se preparaba para intentar lo imposible, matar al hombre más peligroso de México.
Pero Pancho Villa no había llegado tan lejos para dejarse sorprender por cualquier cabón con una pistola. La guerra apenas estaba comenzando. En una casa de adobe a las afueras de Ciudad Juárez, donde el viento del desierto silvaba entre las rendijas de las ventanas como lamento de ánimas perdidas, un hombre limpiaba su rifle con la paciencia de quien sabe que su vida depende de cada detalle perfecto. Se llamaba Aurelio Sandoval.
Tenía 32 años y había matado a más hombres de los que podía recordar, pero nunca había intentado matar a una leyenda. Aurelio era alto y delgado, con manos largas y dedos que parecían hechos especialmente para apretar gatillos. Tenía el pelo negro y liso, siempre peinado hacia atrás con brillantina y unos ojos verdes que había heredado de su abuela irlandesa.
Su piel estaba curtida por años de sol del desierto y tenía una pequeña cicatriz en el mentón. Recuerdo de una pelea a navaja en Hermosillo. No era un hombre malo, al menos no había empezado siendo malo. Había nacido en un rancho pequeño cerca de Guadalajara, hijo de gente trabajadora que se mataba de sol a sol para sacar adelante unas cuantas vacas flacas y un pedazo de tierra que apenas daba para comer.
Había aprendido a disparar cazando conejos y coyotes que se comían las gallinas de su madre. Todo se había cuando llegó la revolución. Una noche de 1913, una partida de federales había llegado a su rancho buscando revolucionarios. Su padre, que nunca había peleado contra nadie en su vida, les había dicho la verdad, que ahí no había ningún revolucionario, que ellos solo querían vivir en paz y trabajar su tierra.
Los federales le habían volado la cabeza de un balazo. Su madre había tratado de defender a su marido y había terminado igual. Aurelio, que tenía apenas 19 años, se había escondido en el granero y había visto todo. Había visto como los soldados se llevaban todo lo que valía la pena, como quemaban la casa, como mataban el ganado solo por diversión.
Esa noche había nacido el sicario. Aurelio había empezado vengando a sus padres. había seguido a los federales, había esperado el momento adecuado y los había matado uno por uno. Primero al sargento que había dado la orden, después a los soldados que habían disparado, por último, al capitán que comandaba la partida.
Pero una vez que empiezas a matar es difícil parar. Había descubierto que tenía un talento natural para la muerte. Era paciente, calculador, frío cuando tenía que serlo. No le temblaba la mano, no se arrepentía, no perdía el sueño. Matarse había vuelto su trabajo y era muy bueno en su trabajo. Había peleado con los revolucionarios contra los federales.
Después había peleado con los federales contra los revolucionarios. Había trabajado para villistas, para carrancistas, para cualquiera que tuviera dinero y enemigos que eliminar. Las banderas no significaban nada para él, solo importaba el pago y ahora tenía el trabajo más grande de su vida, matar a Pancho Villa. Aurelio terminó de limpiar el rifle y lo puso sobre la mesa junto a su pistola Col.
45, también recién limpiada y aceitada. Las balas estaban alineadas como soldaditos de plomo, brillando bajo la luz de la vela que iluminaba el cuarto. Se había pasado dos semanas estudiando todo lo que se podía saber sobre Villa, sus costumbres, sus movimientos, su manera de pelear.
Había hablado con exvillistas, con desertores, con cualquiera que hubiera estado cerca del centauro del norte. Había aprendido que Villa era inteligente, más inteligente de lo que sus enemigos creían, que era valiente hasta la locura, pero no que desconfiaba de todo el mundo hasta que demostraran que merecían su confianza, que tenía instintos como animal salvaje para oler el peligro, pero también había aprendido sus debilidades.
Villa tenía un corazón demasiado grande para su propio bien. Le gustaba conocer personalmente a los hombres que se unían a su causa. Quería saber de dónde venían, por qué peleaban, cuáles eran sus historias. Y esa costumbre, esa necesidad de conectar con su gente podía ser su perdición. El plan de Aurelio era simple. Llegar al campamento de Santa Isabel haciéndose pasar por un revolucionario más.
Contar una historia triste sobre federales que habían matado a su familia. esperara que Villa quisiera conocerlo personalmente y cuando estuviera lo suficientemente cerca, un disparo, uno solo, entre los ojos. Aurelio se levantó de la silla y caminó hasta el espejo roto que colgaba de la pared.
Se miró por un momento estudiando su propia cara. No se veía como un asesino, se veía como cualquier vaquero del norte, el sombrero de fieltro negro, la camisa de algodón blanca, los pantalones de mezclilla desgastados, la cartuchera cruzada sobre el pecho, las botas de cuero café con espuelas de plata. Se veía como alguien en quien Villa podría confiar.
Salió de la casa y caminó hasta el corral donde lo esperaba su caballo, un tordillo gris que había comprado en Chihuahua. Era un animal fuerte y resistente, capaz de correr largas distancias sin cansarse. Lo había elegido no por su belleza, sino por su resistencia. Un sicario necesitaba un caballo que pudiera llevarlo lejos y rápido después de hacer el trabajo.
Mientras encillaba al animal, Aurelio pensaba en los 500 pesos de oro que le esperaban cuando regresara. Con esa cantidad podía comprarse un rancho pequeño, conseguirse una mujer decente, empezar una vida nueva lejos de las balas y la muerte. Era un sueño bonito, tal vez demasiado bonito para ser verdad. Montó el caballo y lo dirigió hacia el sur, hacia Santa Isabel. El camino era conocido para él.
Lo había recorrido varias veces durante su investigación. sabía exactamente dónde estaban los pozos de agua, donde podía descansar sin ser visto, cuáles eran los atajos que lo llevarían más rápido a su destino. La luna estaba alta y brillaba como moneda de plata sobre el desierto.
Los cactus proyectaban sombras extrañas sobre la arena, como fantasmas de brazos extendidos. A lo lejos, un coyote ahuyó con voz lastimera y su llamado fue respondido por otro y después por otro más, hasta que toda la noche se llenó de lamentos salvajes. Aurelio cabalgaba en silencio, concentrado en su misión. En su mente repasaba cada detalle del plan, cada posible complicación, cada ruta de escape.
Había aprendido hace mucho tiempo que en su línea de trabajo no había lugar para la improvisación. Todo tenía que estar calculado, previsto, ensayado, pero había algo que lo inquietaba, una sensación extraña que le picaba en la nuca como hormiga caminando por la piel.
Era como si sintiera que alguien lo estaba observando, siguiendo, esperando el momento adecuado para actuar. Se detuvo un momento y miró hacia atrás. El camino estaba vacío, iluminado por la luna llena. No se veía ni alma viviente en kilómetros a la redonda, solo el desierto infinito, silencioso y amenazador. Tal vez eran los nervios.
Después de todo, nunca había intentado matar a alguien como Villa. Todos sus trabajos anteriores habían sido contra hombres comunes, comerciantes, políticos locales, rancheros que se habían metido con quien no debían. Pero Villa era diferente. Villa era como matar a un huracán, a un terremoto, a una fuerza de la naturaleza. Espoleó el caballo y siguió cabalgando hacia el sur.
Santa Isabel estaba a 6 horas de distancia y quería llegar al amanecer cuando los guardias estuvieran más relajados y Villa estuviera despertando, tal vez desayunando con sus hombres. Lo que Aurelio no sabía era que en ese preciso momento, a menos de 20 km de distancia, Rodolfo Fierro cabalgaba como alma que lleva el hacia Parral, llevando una noticia que cambiaría todo.
Y lo que ninguno de los dos sabía era que Pancho Villa, el hombre que parecía tener la suerte del y la astucia de 10 zorros juntos, ya había empezado a mover sus piezas en un tablero de ajedrez que se extendía por todo el norte de México. La partida más peligrosa de la revolución estaba a punto de comenzar.
Y como en toda buena partida de ajedrez, el que movía primero no siempre era el que ganaba. El sol apenas estaba asomando por las montañas del oriente cuando Rodolfo Fierro llegó a Parral como bala perdida, con el caballo echando espuma por la boca y el mismo cubierto de polvo del desierto desde el sombrero hasta las botas.
Parral era un pueblo minero que había visto mejores días, con casas de adobe que se desmoronaban bajo el peso de los años y calles que se convertían en lodasales cuando llovía. Pero esa mañana de septiembre el pueblo estaba más vivo que nunca, porque en la plaza principal había acampado nada menos que Pancho Villa con 200 de sus dorados.
Fierro desmontó frente a la casa que Villa había tomado como cuartel general una construcción de dos pisos que había pertenecido a un comerciante español que se había alargado a Europa en cuanto empezó la revolución. Los centinelas lo reconocieron inmediatamente y lo dejaron pasar sin preguntas.
Cuando Rodolfo Fierro llegaba con esa cara de urgencia, era porque traía noticias que no podían esperar. Villa estaba en el patio trasero desayunando frijoles, charros y tortillas de harina recién hechas mientras estudiaba un mapa extendido sobre una mesa de madera. A sus 43 años, el centauro del norte seguía siendo un hombre imponente, alto, fuerte como toro de Lidia, con bigote espeso y ojos que podían ser tiernos como los de un padre o fríos como los de una serpiente, dependiendo de las circunstancias.
Esa mañana, cuando vio llegar a fierro con la urgencia pintada en la cara, sus ojos se pusieron del color del acero. “¿Qué traes, Rodolfo?”, preguntó sin levantar la vista del mapa. Fierro se acercó y habló en voz baja, aunque en el patio no había nadie más que ellos dos. Jefe, tenemos problemas grandes.
Anoche me enteré de algo que le va a hervir la sangre. Villa siguió comiendo, pero Fierro conocía esa calma aparente. Era como la quietud antes de la tormenta, cuando el aire se pone espeso y los animales se esconden porque saben que viene el rayo. Habla. Un gringo en el paso pagó para que lo maten. 500 pesos de oro ahora. 500 cuando esté usted muerto. Ahora si Villa levantó la vista.
Sus ojos se habían convertido en dos carbones encendidos. ¿Quién es el gringo? Se llama William Harris. Tiene hoteles, minas, ferrocarriles, de esos que creen que México es su rancho personal. Y el sicario, Aurelio Sandoval, viene de Guadalajara, pero lleva años trabajando por todo el norte. Dicen que es bueno con las armas y que no le tiembla la mano.
Villa se puso de pie lentamente, como un felino que se prepara para saltar. Caminó hasta la ventana que daba a la plaza, donde sus hombres preparaban los caballos y limpiaban las armas bajo el sol matutino. ¿Dónde me busca? En Santa Isabel, jefe, piensa que usted sigue ahí. Va a llegar haciéndose pasar por revolucionario.
Va a contar alguna historia triste para ganarse su confianza y cuando se le acerque lo suficiente, no hizo falta que terminara la frase. Villa conocía bien esa estrategia. El mismo la había usado más de una vez contra enemigos demasiado confiados. ¿Cuándo sale? Anoche, jefe, calculo que debe estar llegando a Santa Isabel en este momento. Villa se quedó callado por un momento, mirando a sus hombres en la plaza.
Fierro conocía esa mirada. Era la misma que ponía el general cuando estaba calculando, planificando, tejiendo una de esas trampas que habían hecho famosa su astucia por todo el norte de México. Rodolfo dijo finalmente, sin voltear a verlo, “Manda a cinco hombres a Santa Isabel, que lleguen antes que el sicario y que le digan al Capitán Herrera que pripere una sorpresa para nuestro visitante.
” ¿Qué clase de sorpresa, jefe? Villa se dio la vuelta y sonró. Era una sonrisa que no llegaba a los ojos, una sonrisa que había visto demasiados enemigos muertos para seguir siendo inocente. Que lo reciban como se merece. Que le crean su historia. Que le den de comer. Que le den mezcal. Que lo hagan sentir como en su casa.
Y cuando esté bien confiado, cuando crea que ya lo tiene todo calculado, que se lo traigan vivo. Vivo, jefe. Vivo, Rodolfo. Ese cabrón me va a decir todo lo que sabe sobre el gringo que lo contrató. Me va a dibujar cada detalle del plan. Me va a cantar hasta las canciones que le gustaban a su mamá. Y después Villa caminó hasta la mesa donde había dejado su pistola Col.45, 45.
Una reliquia que había tomado de un general federal en la batalla de Tierra Blanca. La tomó con cariño, como quien acaricia a un animal de compañía. Después vamos a mandarle un regalo al señor William Harris, un regalo que nunca va a olvidar. Fierro sonrió. Conocía esa mirada de Villa. Había visto ese plan formándose en la mente del general como nube de tormenta en el horizonte.
¿Qué necesita que haga, jefe? Escoge a los cinco mejores que salgan ahora mismo para Santa Isabel y tú te vienes conmigo. ¿Para dónde vamos? Villa se acercó a la mesa donde tenía extendido el mapa y puso el dedo sobre un punto cerca de la frontera. A el paso, compadre, es hora de que el señor Harris y yo tengamos una conversación de hombre a hombre.
Fierro miró el mapa y sintió que se le erizaba la piel. El paso estaba en territorio americano. Era la madriguera del enemigo, el lugar donde los gringos se sentían seguros, protegidos por su gobierno y sus leyes. Jefe, eso es territorio gringo. Si nos agarran, no nos van a agarrar, Rodolfo, porque no vamos a ir como Pancho Villa y Rodolfo Fierro.
Vamos a ir como dos comerciantes mexicanos que tienen negocios que discutir con un empresario americano. Villa caminó hasta un baúl que tenía en un rincón del cuarto y sacó dos trajes elegantes de esos que usaban los ricos de la ciudad. Eran botín de guerra tomados de alguna hacienda de ascendados que habían huído a Estados Unidos.
Nos vamos a vestir como gente decente. Vamos a cruzar la frontera como cualquier par de comerciantes y vamos a ir a visitar al señor Harris a su hotel. Le vamos a explicar que no es buena idea meterse con Pancho Villa. ¿Y si no entiende el mensaje? Villa se puso el saco del traje y se miró en el espejo. Con la ropa elegante y el bigote bien peinado.
No parecía el temible revolucionario que había puesto al gobierno mexicano de cabeza. Parecía un próspero hombre de negocios. Oh, va a entender, Rodolfo, te lo garantizo. Cuando terminemos de hablar con él, ese gringo va a entender perfectamente por qué no es buena idea contratar sicarios para matar a Pancho Villa.
Mientras Villa se cambiaba de ropa, Fierro salió al patio para escoger a los cinco hombres que mandaría a Santa Isabel. Eligió a los mejores veteranos de 100 batallas, hombres que habían seguido a villa desde los primeros días de la revolución, tipos que podían actuar como corderos, pero pelear como lobos cuando la situación lo requería. Les explicó la misión en pocas palabras.
Llegar a Santa Isabel antes que el sicario, preparar una trampa, capturarlo vivo. Los cinco asintieron sin hacer preguntas. Cuando Villa daba una orden, se cumplía sin discusión. Los vio alejarse al galope hacia el sur, levantando una nube de polvo que se perdió entre los cerros. En una hora estarían en Santa Isabel preparando la recepción para Aurelio Sandoval.
Cuando regresó al cuarto, Villa ya estaba completamente transformado. Con el traje elegante, el sombrero de fieltro fino y los zapatos de cuero pulido, parecía un empresario próspero que iba a cerrar un negocio importante. “Listo, compadre.” Fierro se puso su propio traje, sintiéndose incómodo con tanta elegancia.
Estaba acostumbrado a la ropa de campaña, a las botas de montar y las cartucheras cruzadas. Pero Sibilla decía que había que vestirse de comerciantes, se vestían de comerciantes. Listo, jefe. Salieron de la casa y montaron en dos caballos mansos de esos que usaban los viajeros civiles. Nada de alazanes de guerra ni monturas militares. Todo tenía que parecer normal, civilizado, inocente.
Mientras cabalgaban hacia el norte, hacia la frontera, Villa le explicó el resto del plan a Fierro. Vamos a llegar a el paso como empresarios de Chihuahua, que queremos hacer negocios con los americanos. Vamos a hospedarnos en un hotel cerca del Celdon.
Vamos a averiguar todo lo que podamos sobre nuestro amigo Harris, sus costumbres, sus horarios, sus debilidades y después le vamos a hacer una visita de cortesía, le vamos a explicar que sabemos lo que hizo, le vamos a enseñar las consecuencias de meterse con gente que no debe y le vamos a dar la oportunidad de rectificar su error. Y si no quiere rectificar. Villa sonrió esa sonrisa suya que no llegaba a los ojos.
Entonces le vamos a enseñar por qué me dicen el centauro del norte, compadre, y te aseguro que va a hacer una lección que nunca va a olvidar. El sol ya estaba alto cuando llegaron a las afueras de Ciudad Juárez. Desde ahí podían ver el paso del otro lado del río con sus edificios altos y sus calles pavimentadas.
Parecía otro mundo, un lugar donde todo era orden y civilización, pero Villa sabía que debajo de esa apariencia civilizada se escondían hombres como William Harris, hombres que creían que podían comprar y vender vidas humanas como si fueran ganado. Era hora de enseñarles que estaban muy equivocados.
Pie lentamente, como un felino que se prepara para saltar. Caminó hasta la ventana que daba a la plaza, donde sus hombres preparaban los caballos y limpiaban las armas bajo el sol matutino. ¿Dónde me busca? En Santa Isabel, jefe, piensa que usted sigue ahí. Va a llegar haciéndose pasar por revolucionario.
Va a contar alguna historia triste para ganarse su confianza y cuando se le acerque lo suficiente. No hizo falta que terminara la frase. Villa conocía bien esa estrategia. Él mismo la había usado más de una vez contra enemigos demasiado confiados. ¿Cuándo sale? Anoche, jefe, calculo que debe estar llegando a Santa Isabel en este momento. Villa se quedó callado por un momento, mirando a sus hombres en la plaza. Fierro conocía esa mirada.
Era la misma que ponía el general cuando estaba calculando, planificando, tejiendo una de esas trampas que habían hecho famosa su astucia por todo el norte de México. Rodolfo dijo finalmente sin voltear a verlo. Manda a cinco hombres a Santa Isabel que lleguen antes que el sicario y que le digan al Capitán Herrera que pripere una sorpresa para nuestro visitante.
¿Qué clase de sorpresa, jefe? Villa se dio la vuelta y sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a los ojos, una sonrisa que había visto demasiados enemigos muertos para seguir siendo inocente. Que lo reciban como se merece. Que le crean su historia. Que le den de comer. Que le den mezcal. Que lo hagan sentir como en su casa.
Y cuando esté bien confiado, cuando crea que ya lo tiene todo calculado, que se lo traigan vivo. Vivo, jefe. Vivo, Rodolfo. Ese cabrón me va a decir todo lo que sabe sobre el gringo que lo contrató. Me va a dibujar cada detalle del plan, me va a cantar hasta las canciones que le gustaban a su mamá. Y después Villa caminó hasta la mesa donde había dejado su pistola C.45, 45. Una reliquia que había tomado de un general federal en la batalla de Tierra Blanca.
La tomó con cariño, como quien acaricia a un animal de compañía. Después vamos a mandarle un regalo al señor William Harris, un regalo que nunca va a olvidar. Fierro sonrió. Conocía esa mirada de Villa. Había visto ese plan formándose en la mente del general como nube de tormenta en el horizonte. ¿Qué necesita que haga, jefe? Escoge a los cinco mejores que salgan ahora mismo para Santa Isabel y tú te vienes conmigo.
¿Para dónde vamos? Villa se acercó a la mesa donde tenía extendido el mapa y puso el dedo sobre un punto cerca de la frontera. A el paso, compadre. Es hora de que el señor Harris y yo tengamos una conversación de hombre a hombre. Fierro miró el mapa y sintió que se le erizaba la piel. El paso estaba en territorio americano. Era la madriguera del enemigo, el lugar donde los gringos se sentían seguros, protegidos por su gobierno y sus leyes.
Jefe, eso es territorio gringo. Si nos agarran, no nos van a agarrar, Rodolfo, porque no vamos a ir como Pancho Villa y Rodolfo Fierro. Vamos a ir como dos comerciantes mexicanos que tienen negocios que discutir con un empresario americano. Villa caminó hasta un baúl que tenía en un rincón del cuarto y sacó dos trajes elegantes de esos que usaban los ricos de la ciudad.
Eran botín de guerra tomados de alguna hacienda de ascendados que habían huído a Estados Unidos. Nos vamos a vestir como gente decente. Vamos a cruzar la frontera como cualquier par de comerciantes y vamos a ir a visitar al señor Harris a su hotel. Le vamos a explicar que no es buena idea meterse con Pancho Villa.
¿Y si no entiende el mensaje? Villa se puso el saco del traje y se miró en el espejo. Con la ropa elegante y el bigote bien peinado. No parecía el temible revolucionario que había puesto al gobierno mexicano de cabeza. Parecía un próspero hombre de negocios. Oh, va a entender, Rodolfo, te lo garantizo.
Cuando terminemos de hablar con él, ese gringo va a entender perfectamente por qué no es buena idea contratar sicarios para matar a Pancho Villa. Mientras Villa se cambiaba de ropa, Fierro salió al patio para escoger a los cinco hombres que mandaría a Santa Isabel. eligió a los mejores veteranos de 100 batallas, hombres que habían seguido a villa desde los primeros días de la revolución, tipos que podían actuar como corderos, pero pelear como lobos cuando la situación lo requería.
Les explicó la misión en pocas palabras. Llegar a Santa Isabel antes que el sicario, preparar una trampa, capturarlo vivo. Los cinco asintieron sin hacer preguntas. Cuando Villa daba una orden, se cumplía sin discusión. Los vio alejarse al galope hacia el sur, levantando una nube de polvo que se perdió entre los cerros.
En una hora estarían en Santa Isabel preparando la recepción para Aurelio Sandoval. Cuando regresó al cuarto, Villa ya estaba completamente transformado. Con el traje elegante, el sombrero de fieltro fino y los zapatos de cuero pulido, parecía un empresario próspero que iba a cerrar un negocio importante. Listo, compadre.
Fierro se puso su propio traje, sintiéndose incómodo con tanta elegancia. Estaba acostumbrado a la ropa de campaña, a las botas de montar y las cartucheras cruzadas. Pero si Villa decía que había que vestirse de comerciantes, se vestían de comerciantes. Listo, jefe. Salieron de la casa y montaron en dos caballos mansos de esos que usaban los viajeros civiles.
Nada de alazanes de guerra ni monturas militares. Todo tenía que parecer normal, civilizado, inocente. Mientras cabalgaban hacia el norte, hacia la frontera, Villa le explicó el resto del plan a Fierro. Vamos a llegar a el paso como empresarios de Chihuahua, que queremos hacer negocios con los americanos. Vamos a hospedarnos en un hotel cerca del Seldon.
Vamos a averiguar todo lo que podamos sobre nuestro amigo Harris, sus costumbres, sus horarios, sus debilidades y después, después le vamos a hacer una visita de cortesía, le vamos a explicar que sabemos lo que hizo, le vamos a enseñar las consecuencias de meterse con gente que no debe y le vamos a dar la oportunidad de rectificar su error. si no quiere rectificar. Villa sonrió esa sonrisa suya que no llegaba a los ojos.
Entonces le vamos a enseñar por qué me dicen el centauro del norte, compadre, y te aseguro que va a hacer una lección que nunca va a olvidar. El sol ya estaba alto cuando llegaron a las afueras de Ciudad Juárez. Desde ahí podían ver el paso del otro lado del río con sus edificios altos y sus calles pavimentadas.
Parecía otro mundo, un lugar donde todo era orden y civilización, pero Villa sabía que debajo de esa apariencia civilizada se escondían hombres como William Harris, hombres que creían que podían comprar y vender vidas humanas como si fueran ganado. Era hora de enseñarles que estaban muy equivocados. Aurelio Sandoval llegó a Santa Isabel cuando el sol ya había secado el rocío de la madrugada y los primeros rayos de luz dorada bañaban las casas de adobe del pequeño pueblo. Había cabalgado toda la noche, deteniéndose solo para dar agua a
su caballo y verificar que seguía el camino correcto. Santa Isabel no era gran cosa, unas 30 casas desperdigadas alrededor de una plaza polvorosa, una iglesia que había visto mejores días y una cantina que parecía estar abierta las 24 horas del día.
Era el tipo de pueblo que había en todo el norte de México, uno de esos lugares donde la gente vivía tranquila hasta que llegaba la guerra a recordarles que el mundo era más grande y más violento de lo que querían admitir. Pero lo que le interesaba a Aurelio no estaba en el pueblo, sino a unos 2 km al norte, donde una columna de humo se alzaba hacia el cielo azul.
Era el campamento villista, exactamente donde sus contactos le habían dicho que estaría. Aurelio detuvo su caballo en la orilla del pueblo y se tomó unos minutos para observar. Era una costumbre que le había salvado la vida más de una vez. Nunca llegar directamente a ningún lado.
Siempre estudiar primero el terreno, buscar posibles peligros, planear rutas de escape. El campamento parecía normal. Podía haber tiendas de campaña desperdigadas entre los mezquites, hombres que cuidaban los caballos, otros que limpiaban armas al sol. Se escuchaba el ruido normal de un campamento militar.
Conversaciones en voz baja, relinchos de caballos, el sonido metálico de las armas siendo preparadas para el combate. Nada parecía fuera de lugar. Espoleó su caballo y se dirigió hacia el campamento, adoptando la postura de un hombre cansado que había cabalgado mucho y tenía una historia importante que contar. Era parte de su actuación, parte del personaje que había creado para esta misión.
Los centinelas lo vieron venir desde lejos. Dos hombres armados con rifles Mauser se acercaron a interceptarlo cuando estaba a unos 100 met del campamento. “Alto ahí!”, gritó uno de ellos, un tipo moreno y flaco que llevaba sombrero de palma y cartuchera cruzada. “¿Quién vive?” “¡Viva Villa!”, respondió Aurelio usando la contraseña que había escuchado de boca de exvillistas.
“¡Viva la revolución! Los centinelas se relajaron. visiblemente la contraseña era correcta y Aurelio tenía toda la pinta de ser uno de esos revolucionarios que llegaban de todas partes para unirse a la causa. ¿De dónde vienes, hermano?, preguntó el segundo centinela, un hombre mayor con bigote gris y ojos que habían visto demasiadas batallas. de Guadalajara. Compadre, vengo a unirme al general Villa.
Traigo ganas de pelear contra los federales y contra cualquier hijo de que se meta con el pueblo mexicano. Era la historia que había ensayado durante el viaje, simple, directa, el tipo de motivación que entendían todos los revolucionarios. ¿Y qué te hizo venir hasta acá? Guadalajara está lejos. Aurelio bajó la vista como si el recuerdo le doliera. Era parte de la actuación, pero no toda.
La historia que iba a contar tenía suficiente verdad como para que sonara convincente. Los federales mataron a mis padres. Llegaron al rancho buscando revolucionarios que no existían y cuando mi jefe les dijo la verdad, le volaron la cabeza. A mi madre también la mataron solo por tratar de defenderlo.
Los dos centinelas intercambiaron una mirada. Era una historia que habían escuchado cientos de veces porque era la historia de la mitad de los hombres que seguían a villa. La revolución estaba llena de huérfanos buscando venganza. Órale, hermano. Pues aquí has llegado al lugar correcto.
El general Villa no perdona a los federales y menos a los que matan gente inocente. Lo escoltaron hasta el centro del campamento, donde un capitán de mediana edad revisaba las armas junto a una fogata. Se llamaba Herrera, como había descubierto Aurelio durante su investigación, y era uno de los oficiales de confianza de Villa. Capitán, dijo el centinela mayor.
Este compadre viene de Guadalajara, quiere unirse a la causa. El capitán Herrera levantó la vista del rifle que estaba inspeccionando y estudió a Aurelio con ojos que no se perdían ningún detalle. Era un hombre de unos 40 años con cara curtida por el sol y cicatrices que hablaban de batallas ganadas y perdidas.
¿Cómo te llamas, muchacho? Aurelio Sandoval, para servirle. Mi capitán, ¿sabes armas que cargas? Aurelio llevaba su rifle terciado en la espalda y la pistola en la cartuchera. Ambas armas estaban limpias y bien cuidadas, señal de que no era ningún novato. Sé usarlas. Mi capitán, llevo peleando desde que mataron a mis padres.
¿Con quién has peleado? Con federales, sobre todo también con algunos rurales que trabajaban para los ascendados de Jalisco. Herrera asintió, aparentemente satisfecho con las respuestas, pero Aurelio notó algo extraño en sus ojos, una especie de diversión contenida, como si supiera algo que él no sabía. Está bien, Sandoval. Te vamos a dar de comer y un lugar donde descansar. Mañana hablaremos sobre en qué puede ser útil.
Y el general Villa, ¿cuándo podré conocerlo? La pregunta salió demasiado ansiosa, demasiado directa. Aurelio se dio cuenta del error en cuanto las palabras salieron de su boca, pero ya era demasiado tarde. Herrera sonrió y esa sonrisa confirmó las sospechas de Aurelio. Algo andaba mal. El general Villa está muy ocupado, muchacho.
Pero no te preocupes. Estoy seguro de que pronto van a tener una conversación muy interesante. Le asignaron un lugar junto a la fogata y le dieron un plato de frijoles con carne seca. La comida estaba buena, pero Aurelio apenas pudo probar bocado. Sus instintos le gritaban que algo estaba que había caído en algún tipo de trampa.
Observó el campamento con disimulo mientras comía. Los hombres parecían normales, revolucionarios curtidos por la guerra, algunos muy jóvenes, otros veteranos de muchas batallas, pero había algo en el ambiente, una tensión que no lograba identificar. Después de comer, uno de los soldados lo llevó a una tienda de campaña donde podía descansar.
Era una tienda pequeña, pero cómoda, con un catre y una manta. Aurelio se recostó, pero no para dormir. Necesitaba pensar, analizar la situación, decidir cuál era su siguiente movimiento. Había algo que no cuadraba. La recepción había sido demasiado fácil, demasiado amigable. En su experiencia, los revolucionarios eran más desconfiados con los desconocidos, especialmente con los que llegaban solos y preguntando por sus jefes. Y luego estaba la sonrisa del Capitán Herrera.
Esa sonrisa que decía, “Sé exactamente quién eres y por qué estás aquí.” Aurelio cerró los ojos y trató de recordar cada detalle de su investigación. ¿Había cometido algún error? ¿Había dejado alguna pista que lo delatara? Alguien había hablado de más. Una hora después, cuando el sol ya estaba alto y el calor empezaba a ser insoportable, escuchó pasos acercándose a su tienda. No eran los pasos casuales de alguien que pasaba por ahí.
Eran pasos decididos de gente que tenía un propósito específico. Sandoval dijo una voz desde afuera. El capitán Herrera quiere verte. Aurelio se incorporó lentamente. Su mano instintivamente se dirigió hacia la pistola, pero se detuvo. Si realmente había caído en una trampa, sacar el arma solo empeoraría las cosas. Salió de la tienda y vio que lo esperaban cuatro hombres armados.
No parecían amenazadores, pero tampoco parecían dispuestos a aceptar un no por respuesta. “¿Pasa algo, muchachos?” Nada que no se pueda arreglar conversando”, dijo el que parecía ser el líder del grupo. “Vamos”, lo escoltaron hasta el centro del campamento, donde el capitán Herrera lo esperaba junto a la fogata.
Pero ahora había más gente, ocho o 10 hombres que formaban un semicírculo, todos armados, todos mirándolo con expresiones que iban de la curiosidad a la franca hostilidad. Siéntate, Sandoval”, dijo Herrera, señalando un tronco junto al fuego. Aurelio se sentó manteniendo las manos visibles tratando de no parecer amenazador, pero su mente ya estaba calculando distancias, buscando rutas de escape, preparándose para lo que pudiera venir.
“Dime una cosa, muchacho”, comenzó Herrera con una voz que sonaba casi paternal. “¿Qué opinas de los gringos?” La pregunta lo tomó por sorpresa. No era lo que esperaba. Pues que se metan en sus asuntos y nos dejen en paz, mi capitán. ¿Y qué haría si un gringo te ofreciera 500 pesos de oro por matar a un mexicano? El corazón de Aurelio se detuvo por un segundo. Ya no había duda.
Sabían exactamente quién era y por qué estaba ahí. Yo no entiendo la pregunta, mi capitán. Herrera sonrió. Y esta vez la sonrisa no tenía nada de amigable. Oh, creo que sí entiendes, Aurelio Sandoval, o debería decir el sicario de William Harris. El silencio que siguió a las palabras del capitán Herrera fue tan denso que Aurelio pudo escuchar el crepitar de la leña en la fogata, el viento susurrando entre los mezquites y su propio corazón latiendo como tambor de guerra en su pecho.
Los 10 hombres que lo rodeaban habían puesto las manos sobre sus armas, listos para actuar al menor movimiento sospechoso. Aurelio conocía esa posición. Él mismo la había adoptado muchas veces cuando había tenido que interrogar a alguien. Era la posición de hombres que estaban preparados para matar si fuera necesario.
“No sé de qué me habla, mi capitán”, dijo Aurelio tratando de mantener la voz firme. “Yo vengo de Guadalajara, como ya le dije, vengo a pelear por la revolución.” Herrera se levantó del tronco donde estaba sentado y caminó lentamente alrededor de Aurelio, como un lobo que rodea a su presa antes de atacar. “¿Sabes que me gusta de ti, Sandoval? que tienes huevos.
Incluso ahora cuando sabes que estás sigues tratando de mantener tu historia. Se detuvo frente a él y se agachó para quedar a la altura de sus ojos. Pero déjame contarte algo que tal vez no sabías. Anoche, un hombre llamado Joaquín Herrera, el cuervo, se emborrachó en una cantina de Ciudad Juárez y se puso a presumir de un negocio muy lucrativo que había hecho con un gringo en el paso. Aurelio sintió que se le helaba la sangre.
El cuervo. Ese hijo de había hablado de más. Resulta que uno de nuestros hombres estaba en esa cantina, continuó Herrera y escuchó una conversación muy interesante sobre 500 pesos de oro, un sicario de Guadalajara y un plan para matar al general Villa en Santa Isabel. El capitán se incorporó y siguió caminando alrededor de Aurelio.
Así que cuando llegaste esta mañana con tu historia triste y tus ganas de venganza, ya sabíamos exactamente quién eras y por qué estabas aquí. Aurelio miró a los hombres que lo rodeaban. Eran veteranos, gente curtida por años de guerra. Había visto suficientes interrogatorios para saber cómo terminaban estas situaciones. Si seguía negando, lo iban a torturar hasta que hablara.
Y si hablaba, lo iban a matar de todos modos. Pero tal vez, solo tal vez podía salir de esta si jugaba bien sus cartas. Está bien, dijo finalmente. Tienen razón. Soy Aurelio Sandoval y vine aquí para matar a Villa. Los hombres intercambiaron miradas. No esperaban que confesara tan fácilmente.
Pero antes de que hagan lo que van a hacer, continuó Aurelio, déjenme decirles algo que tal vez les interese. Yo no soy su verdadero enemigo. Herrera alzó una ceja. Ah, no. ¿Y quién es William Harris? El gringo que me contrató. Él es el que quiere muerto a Villa, no yo. Yo solo soy un trabajador que necesitaba el dinero.
Un trabajador, repitió Herrera con Zorna, que mata a gente por dinero. Sí, y que puede ser muy útil para ustedes si me dejan vivir. Esto sí captó la atención del capitán. Se detuvo frente a Aurelio y lo estudió con ojos calculadores. Habla. Harris no va a conformarse con que yo haya fallado. Va a buscar a otro sicario y después a otro y después a otro más.
No va a parar hasta que alguien mate a Villa. ¿Y eso qué nos importa? Nosotros podemos proteger al general. Pueden pueden protegerlo 24 horas al día todos los días durante años, porque eso es lo que van a necesitar. Harris tiene dinero suficiente para contratar a todo el talento que hay entre aquí y Guatemala.
Aurelio vio que sus palabras estaban haciendo efecto. Los hombres se miraban entre ellos, murmurando en voz baja. Pero hay otra manera, continuó. Una manera de acabar con el problema de raíz. ¿Cuál? Háganme regresar a el paso. Que le diga a Harris que maté a Villa. Que le lleve alguna prueba de la muerte. Y cuando esté confiado, cuando crea que ya no tiene que preocuparse por Villa.
No terminó la frase, pero el mensaje era claro. Herrera se quedó pensativo por un momento. Era una propuesta interesante, pero tenía sus riesgos. ¿Y qué nos garantiza que no vas a traicionarnos? ¿Qué nos garantiza que cuando estés libre no vas a intentar cumplir tu misión original? Aurelio sonrió por primera vez desde que había llegado al campamento.
Nada, absolutamente nada, excepto que si traiciono a Villa, ustedes me van a matar. Y si traiciono a Harris, él me va a matar. Mi única oportunidad de salir vivo de todo esto es hacer exactamente lo que ustedes me digan. Era una lógica simple, pero sólida. Y Herrera la entendió perfectamente. Espera aquí y le dijo, no te muevas, no hables, no respires fuerte. Tengo que consultar esto con alguien.
Se alejó unos metros y habló en voz baja con uno de sus hombres, un tipo alto y delgado que había estado observando todo sin decir palabra. Aurelio no pudo escuchar la conversación, pero vio que el hombre alto asentía y después se alejaba a caballo del campamento. Herrera regresó y se sentó frente a Aurelio.
Mi hombre va a ir a consultar esto con, digamos que con alguien que tiene autoridad para tomar este tipo de decisiones. Mientras tanto, tú te vas a quedar aquí bien cuidadito. ¿Cuánto tiempo? el que sea necesario. Las horas siguientes fueron las más largas de la vida de Aurelio. Lo mantuvieron sentado junto a la fogata, siempre vigilado por al menos cuatro hombres armados.
Le dieron agua cuando tuvo sed y comida cuando fue hora de comer, pero nadie le habló. Era como ser un fantasma en medio de un campamento lleno de gente. Al atardecer, cuando el sol ya se estaba poniendo detrás de los cerros, escuchó el galope de un caballo acercándose al campamento. Era el hombre alto que había enviado Herrera y regresaba acompañado.
Aurelio levantó la vista y sintió que se le cortaba la respiración. El hombre que acompañaba al mensajero era alto, fuerte, con bigote espeso y ojos que parecían capaces de ver a través del alma. Llevaba traje elegante y sombrero de fieltro fino como un próspero hombre de negocios. Pero Aurelio lo reconoció inmediatamente.
Era Pancho Villa. El mismo hombre que había venido a matar estaba parado a menos de 10 met de distancia, mirándolo con una expresión que mezclaba curiosidad y diversión. “Así que tú eres el famoso sicario”, dijo Villa con una voz que sonaba casi amigable. El hombre que iba a matarme por 500 pesos de oro.
Aurelio trató de responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Todo su plan, toda su preparación, toda su confianza se había evaporado en un segundo. “No te preocupes, muchacho, continuó Villa acercándose lentamente. No te voy a matar todavía no.” Se sentó en el tronco frente a Aurelio, tan cerca que podía ver las arrugas alrededor de sus ojos, las cicatrices pequeñas en sus manos, el brillo inteligente en su mirada. Herrera me contó tu propuesta.
Es interesante. Pero antes de decidir si te dejo vivir o si te mando al infierno ahora mismo, quiero que me cuentes todo lo que sabes sobre William Harris. Villa se reclinó hacia atrás y sonró. Y más te vale que no te dejes nada fuera, porque yo ya sé más de lo que tú crees. Y si me mientes, aunque sea en una coma, te juro por la memoria de mi madre que vas a rogarme que te mate rápido.
Aurelio miró esos ojos que habían visto más muerte y violencia de la que él podía imaginar y supo que Villa no estaba bromeando. Era hora de cantar todo lo que sabía. Pancho Villa se acomodó en el tronco como si fuera su sala personal.
Cruzó las piernas con elegancia que contrastaba con la rudeza del campamento y encendió un puro cubano que sacó del bolsillo interior de su saco. El humo aromático se alzó hacia el cielo nocturno, mezclándose con el olor a leña quemada y el aroma del desierto después del atardecer. “Empecemos por el principio, muchacho”, dijo Villa con una voz que sonaba casi paternal.
“¿Cómo te contactó Harris?” Aurelio respiró profundo. Ya había tomado la decisión de colaborar. Pero eso no hacía menos aterradora la situación. Estaba confesándole todos sus crímenes al hombre más peligroso de México. No me contactó directamente, fue a través del Cuervo, Joaquín Herrera. Él es quien hace las conexiones entre la gente que necesita servicios especiales y la gente que los proporciona.
¿Cuánto tiempo llevas trabajando con el cuervo? 3 años más o menos. Desde que empecé a trabajar en esto, Villa alzó una ceja. ¿Y antes, ¿qué hacías? Aurelio Titubeo. Esa parte de su historia era más personal, más dolorosa. Era vaquero. Trabajaba en el rancho de mi familia cerca de Guadalajara.
¿Y qué te hizo cambiar de profesión? Los federales mataron a mis padres. Esa parte de mi historia era cierta. Villa asintió. Había escuchado esa historia cientos de veces. La revolución estaba llena de hombres que habían perdido todo y habían decidido que si el mundo era violento, ellos también podían serlo. ¿Y cuántas personas has matado en estos 3 años? La pregunta lo golpeó como puñetazo en el estómago.
Aurelio había tratado de no llevar la cuenta, pero su memoria era demasiado buena. 17. Chingada madre, eres más eficiente que algunos de mis mejores hombres. No había admiración en la voz de Villa, solo una observación fría de los hechos. Y de esos 17, ¿cuántos eran revolucionarios? Ocho. Carrancistas, zapatistas, villistas, de todo.
¿Quién pagara mejor? Villa dio una calada larga a su puro y exhaló el humo lentamente. Así que has matado a hombres que peleaban por la misma causa que tus padres murieron defendiendo. No era una pregunta, era una afirmación y llevaba implícito todo el peso del juicio moral. Sí. ¿Y cómo te sientes con eso? Aurelio no esperaba esa pregunta. Los hombres como Villa pensaba, no se preocupaban por los sentimientos.
No siento nada. Dejé de sentir hace mucho tiempo. Mentira. La palabra salió como l atigazo, seca y cortante. Si no sintieras nada, no estarías sudando ahora mismo. Si no sintieras nada, no tendrías esa mirada de perro apaleado. Los hombres que verdaderamente no sienten nada son locos y tú no estás loco.
Eres un cabrón, pero no estás loco. Villa se inclinó hacia delante acercando su cara a la de Aurelio. ¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? Muchacho, yo mato por una causa. Tú matas por dinero. Yo mato para que México sea libre. Tú matas para que los gringos sigan siendo ricos. Se recostó de nuevo en el tronco. Pero sigamos. Cuéntame todo sobre Harris, dónde vive, cuáles son sus costumbres, cómo se protege.
Aurelio comenzó a hablar y una vez que empezó, las palabras salieron como agua de presa rota. le contó todo lo que sabía sobre William Harris, que vivía en el hotel Seldon cuando estaba en el paso, que tenía negocios en minas de cobre y ferrocarriles, que había perdido mucho dinero por los ataques villistas a las propiedades americanas.
Le describió el hotel, la habitación de Harris en el tercer piso, sus horarios, sus costumbres. le habló de los guardaespaldas que a veces lo acompañaban, del automóvil negro que usaba para moverse por la ciudad, de las reuniones que tenía con otros empresarios americanos en el bar del hotel Villa. Escuchaba en silencio, haciendo preguntas ocasionales para aclarar detalles.
Su mente estaba trabajando, procesando cada información, construyendo un plan que todavía no compartía con nadie. ¿Y qué prueba quería Harris de que yo estaba muerto? una fotografía o algún objeto personal, algo que no dejara lugar a dudas. Villa sonrió. Una fotografía. ¿Y cómo ibas a conseguir una fotografía de mi cadáver? El cuervo conoce a un fotógrafo en Ciudad Juárez. Íbamos a improvisar algo. Improvisar.
¿Te refieres a falsificar? Sí. Villa río. Era una risa genuina. divertida. gringo ¿Cree que se puede engañar a Pancho Villa con una fotografía falsa? ¿Cree que soy algún indio ignorante que no sabe cómo funcionan las cámaras? Se puso serio de repente. Pero eso me da una idea, una idea muy buena.
Villa se levantó y caminó hasta donde estaba el capitán Herrera, que había estado escuchando toda la conversación en silencio. Hablaron en voz baja por unos minutos. Mientras Aurelio trataba de adivinar lo que estaban planeando, cuando Villa regresó, tenía una expresión que Aurelio no logró decifrar. Podía ser satisfacción, diversión o algo mucho más peligroso. Te voy a hacer una propuesta, Sandoval.
Una propuesta que puede salvarte la vida o puede mandarte directo al infierno, dependiendo de que también la cumplas. Escucho. Vas a regresar a El paso. Le vas a decir a Harris que cumpliste con el trabajo. Le vas a entregar una prueba de mi muerte que yo mismo voy a proporcionarte. Aurelio sintió una mezcla de alivio y terror. Alivio porque parecía que iba a salir vivo de esta situación. Terror porque sospechaba que el plan de Villa era mucho más complicado de lo que sonaba.
¿Qué clase de prueba? Villa sonrió. Y esa sonrisa era la cosa más aterradora que Aurelio había visto en su vida. Mi sombrero, mi pistola y una fotografía muy convincente de mi cadáver. Una fotografía falsa. No, muchacho. Una fotografía real. De un cadáver real. Lo único falso va a ser la identidad del muerto.
Villa caminó hasta su caballo y regresó con una cámara fotográfica, una de esas cámaras portátiles que habían empezado a usar los corresponsales de guerra. ¿Sabes usar una de estas? No mucho. No importa. Yo te voy a enseñar y después vas a tomar la fotografía que va a engañar al de Harris. Aurelio miró la cámara con fascinación y horror. ¿De quién iba a hacer el cadáver? ¿A quién iban a matar solo para tomar una fotografía? Como si le hubiera leído el pensamiento, Villa dijo, “No te preocupes, no vamos a matar a nadie inocente.
Tenemos por ahí el cuerpo de un federal que murió ayer tratando de espiar nuestro campamento. Tiene más o menos mi estatura, más o menos mi complexión. con un poco de maquillaje y la ropa adecuada va a servir perfectamente. ¿Y después qué? Después tú le llevas todo eso a Harris, le cobras tus 500 pesos de oro y cuando él esté celebrando la muerte de Pancho Villa, Villa se acercó tanto que Aurelio pudo sentir su aliento en la cara.
Ahí es cuando yo aparezco para explicarle personalmente lo que opino de los gringos que contratan sicarios para matar mexicanos. va a ir a el paso. Oh, sí, voy a ir a el paso y voy a tener una conversación muy interesante con el señor Harris. Villa se alejó y comenzó a caminar de un lado para otro como un general planificando una batalla. Pero antes tú y yo vamos a ensayar tu actuación. Vas a practicar tu historia hasta que la sepas de memoria.
Vas a estudiar cada detalle de la fotografía hasta que puedas describirla con los ojos cerrados y vas a aprender a actuar como un sicario que acaba de hacer el trabajo más importante de su carrera. Se detuvo frente a Aurelio. Porque si Harry sospecha, aunque sea por un segundo que lo estás engañando, te va a matar.
Y si tú lo cagas, yo te voy a matar. Así que más te vale que seas muy muy convincente. Aurelio asintió. No tenía otra opción. Y si todo sale bien, si Harry se lo cree y usted logra hablar con él. Villa sonrió esa sonrisa suya que no llegaba a los ojos. Si todo sale bien, tú vas a ser libre de irte. Te voy a dar dinero suficiente para que empieces una vida nueva lejos de aquí.
Tal vez en Argentina o en Brasil. que alguna vez fuiste sicario y Harris. Harris va a aprender que hay cosas en este mundo que no se pueden comprar con dinero. Va a aprender que Pancho Villa no es el tipo de hombre al que se puede mandar matar como si fuera cualquier Villa caminó hasta la fogata y tiró su puro entre las brasas.
y va a aprender que cuando un gringo se mete con México, México se mete con el gringo. Se dio la vuelta hacia Aurelio. Descansa esta noche, muchacho. Mañana empezamos los preparativos y pasado mañana tú y yo vamos a empezar la obra de teatro más peligrosa que se haya representado jamás en la frontera. Y si algo sale mal. Villa se encogió de hombros.
Entonces nos morimos todos, pero al menos nos morimos jodiendo a un gringo hijo de que se creyó más listo que Pancho Villa. Se alejó hacia su tienda dejando a Aurelio solo con los guardias y con la certeza de que se había metido en algo que era mucho más grande y más peligroso de lo que había imaginado cuando aceptó el trabajo.
En el cielo nocturno, las estrellas brillaban como ojos de muerto y el viento del desierto susurraba secretos que solo los fantasmas podían entender. Al amanecer del día siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a pintar de oro las montañas del horizonte, Aurelio fue despertado por el capitán Herrera, que llevaba en las manos una taza de café negro y una expresión que mezclaba diversión con algo que podía hacer respeto.
“Levántate, muchacho, hoy empieza tu carrera como actor.” Aurelio se incorporó en el catre, sintiendo todos los músculos del cuerpo adoloridos por la tensión de los últimos días. Había dormido poco y mal. Atormentado por pesadillas en las que Villa lo perseguía por el desierto mientras Harris se reía desde las ventanas del hotel Zeldon.
¿Dónde está el general? Preparando la escenografía. Ven, quiere que veas esto. Lo llevó hasta una tienda grande que habían armado lejos del campamento principal, en un lugar donde la luz de la mañana llegaba filtrada y dorada. Adentro, Villa estaba trabajando con la concentración de un artista, arreglando lo que parecía ser el escenario de una obra de teatro muy macabra.
En el centro de la tienda habían puesto una mesa de madera cubierta con una manta mexicana de colores vivos. Sobre la mesa yacía un cuerpo vestido con ropa que Aurelio reconoció inmediatamente. Era la ropa de Villa, el sombrero característico, la camisa blanca, el chaleco, las botas de cuero fino, pero el rostro del muerto estaba vuelto hacia un lado, parcialmente oculto por el ala del sombrero y por una mancha de sangre que había sido aplicada con maestría teatral.
¿Qué opinas?, preguntó Villa con el orgullo de un pintor mostrando su obra maestra. Aurelio se acercó lentamente. El parecido era perturbador. El muerto tenía más o menos la estatura de villa, la misma complexión, el mismo tipo de bigote. Con la cara parcialmente oculta y la ropa característica del general, la ilusión era casi perfecta.
Es muy convincente. Muy convincente. Es una obra de arte. Villa Río y palmeo a Aurelio en la espalda. Llevo toda la madrugada perfeccionando los detalles. Fíjate en esto. Señaló hacia las manos del cadáver que habían sido colocadas de manera que mostraran los anillos que Villa siempre llevaba.
Uno de oro con sus iniciales, otro con una pequeña águila mexicana. Los anillos son copias exactas que mandé hacer hace tiempo. Y mira esto. Levantó ligeramente el chaleco del muerto, revelando una cicatriz en el abdomen que había sido pintada con sangre de cerdo y tintura. Esta cicatriz la tengo desde la batalla de Tierra Blanca. Cualquiera que me conozca bien va a reconocerla.
Aurelio tenía que admitir que la atención al detalle era impresionante. Villa había pensado en todo. Y la cara, la cara es el secreto. Fíjate bien. Villa ajustó el sombrero y la posición de la cabeza, de manera que solo se viera un perfil parcial con el bigote prominente y los rasgos principales, pero sin mostrar demasiado.
El truco está en enseñar lo suficiente para que reconozcan los rasgos característicos, pero no tanto como para que se den cuenta de que no soy yo. Sacó la cámara fotográfica y se la entregó a Aurelio. Ahora tú vas a aprender a usar esto y vas a tomar la fotografía que va a engañar al de Harris. Durante las siguientes tres horas, Villa le enseñó todo lo que necesitaba saber sobre fotografía, cómo cargar la película, cómo ajustar el enfoque, cómo calcular la luz.
Era un maestro paciente y Aurelio se sorprendió de lo mucho que el general sabía sobre el tema. ¿Dónde aprendió todo esto? En la cárcel hace muchos años había un preso que había sido fotógrafo antes de meterse al ladrón. me enseñó todo lo que sabía a cambio de protección. Villa sonrió con nostalgia. Fue una de las pocas cosas buenas que me pasaron en ese lugar.
Cuando Villa estuvo satisfecho con los conocimientos fotográficos de Aurelio, llegó el momento de tomar la fotografía. Villa ajustó personalmente cada detalle, la posición del cuerpo, la caída de la ropa, el ángulo de la luz que entraba por la abertura de la tienda.
Recuerda, dijo mientras Aurelio preparaba la cámara, esta fotografía tiene que contar una historia. La historia de como el famoso sicario Aurelio Sandoval mató al temible Pancho Villa. Tiene que verse dramática, pero creíble, impactante, pero no exagerada. Aurelio miró a través del visor de la cámara. La imagen era perfecta. El cuerpo de Villa yacía sobre la mesa como un héroe caído con la dignidad de la muerte, pero también con la evidencia clara de la violencia que había acabado con su vida. Listo, listo. Clic.
El sonido del obturador fue como un disparo en el silencio de la tienda. Villa sonrió con satisfacción. Perfecto. Ahora toma otra desde un ángulo diferente por si acaso. Aurelio tomó cinco fotografías en total, cada una desde un ángulo ligeramente diferente. Villa quería tener opciones para elegir la más convincente. Cuando terminaron, Villa recogió personalmente la película y se la guardó en el bolsillo.
Esto lo voy a revelar yo mismo. No podemos arriesgarnos a que alguien más vea estas fotografías. se dirigió hacia la salida de la tienda, pero se detuvo antes de llegar a la abertura. Una cosa más, Sandoval, cuando le entregues esta fotografía a Harris, vas a estar muy orgulloso de tu trabajo. Vas a actuar como un hombre que acaba de hacer algo muy difícil y muy peligroso.
Vas a cobrar tus 500 pesos como si te los hubieras ganado matando al hombre más peligroso de México. Y si me hace preguntas sobre cómo lo maté, le vas a decir la verdad o al menos una versión de la verdad. Villa sacó su pistola Col.45 y se la entregó a Aurelio. Le vas a decir que te acercaste a mí haciéndote pasar por revolucionario.
¿Qué esperaste el momento adecuado cuando estabas solo en mi tienda? ¿Que entraste y me disparaste antes de que pudiera reaccionar? Aurelio tomó la pistola. Era un arma hermosa, con cachas de Nácar y grabados elaborados. Era claramente el arma personal de Villa la que lo había acompañado en 100 batallas. Me está dando su pistola. Temporalmente. Es parte de la evidencia que le vas a llevar a Harris junto con mi sombrero y la fotografía.
Villa se quitó el sombrero y se lo entregó también. Pero escúchame bien, muchacho. Esa pistola ha matado a más de 50 hombres. ha estado en más batallas que la mayoría de los generales federales. Si me traicionas, si intentas usar esa arma contra mí o contra mi gente, te juro que va a ser lo último que hagas en tu vida. No lo voy a traicionar. Más te vale.
Villa salió de la tienda dejando a Aurelio solo con el cadáver, la pistola y el peso de lo que estaba a punto de hacer durante el resto del día. Villa lo hizo ensayar su historia una y otra vez. Cada detalle tenía que ser perfecto, como había llegado al campamento, como se había ganado la confianza de Villa, como había esperado el momento adecuado, como había ejecutado el plan.
Recuerda, le decía Villa una y otra vez, no eres solo un sicario contando un trabajo, eres un actor representando el papel de tu vida. Harris tiene que creerte no solo con la cabeza, sino con las tripas. Al atardecer, cuando las sombras se alargaban sobre el desierto y las primeras estrellas comenzaban a aparecer en el cielo, Villa le entregó las fotografías reveladas. Aurelio las miró y sintió un escalofrío.
Eran perfectas, tan perfectas que por un momento él mismo creyó que estaba viendo el cadáver de Pancho Villa. “Mañana en la madrugada sales para el paso”, le dijo Villa. “Le das a Harris 24 horas para que examine la evidencia y te pague.” Y después se acercó y puso una mano pesada en el hombro de Aurelio. Después empieza la parte verdaderamente peligrosa del plan.
Aurelio llegó a el paso al atardecer del día siguiente con el polvo del desierto pegado a la ropa y el sabor amargo del miedo en la boca. Había cabalgado prácticamente sin parar, deteniéndose solo para dar agua a su caballo y verificar que llevaba bien guardadas las pruebas de su trabajo, la fotografía, la pistola de villa y el sombrero que medio mundo habría reconocido.
El hotel Zeldon se alzaba ante el como una fortaleza de piedra y cristal con sus ventanas iluminadas reflejando las luces de la ciudad que comenzaba a despertar a la vida nocturna. Era un mundo completamente diferente al desierto mexicano. Aquí había electricidad, agua corriente, automóviles en lugar de caballos y una sensación de civilización que contrastaba brutalmente con la vida revolucionaria que había estado viviendo los últimos días.
Pero Aurelio sabía que debajo de esa fachada civilizada se escondían hombres tan violentos y despiadados como cualquier bandido del desierto. La diferencia era que estos usaban trajes caros y mataban con papeles en lugar de balas. se dirigió directamente al hotel. En la recepción, un hombre delgado con anteojos dorados y expresión de superioridad lo miró con desdén cuando pidió hablar con el señor Harris. ¿Tiene usted cita? Dígale que Aurelio Sandoval está aquí.
Él sabe por qué. El recepcionista dudó un momento, claramente molesto por tener que tratar con alguien que obviamente no pertenecía al nivel social de los huéspedes habituales del hotel. Pero algo en la expresión de Aurelio, una frialdad en los ojos que hablaba de cosas que era mejor no cuestionar, lo convenció de hacer la llamada.
5 minutos después, Aurelio estaba subiendo las escaleras alfombradas hacia el tercer piso, escoltado por un hombre que obviamente era guardaespaldas, grande, silencioso, con la chaqueta abultada en el lugar donde llevaba el arma. Harris lo estaba esperando en la puerta de su habitación. Se veía exactamente como Aurelio lo había imaginado, alto, delgado, con ropa cara y ojos que calculaban el valor de todo lo que veían.
Pero había algo más en su expresión, una ansiedad apenas contenida que hablaba de noches sin dormir esperando noticias. Sandoval, ¿tienes buenas noticias? Las mejores, señor Harris. Harris lo hizo pasar a la habitación y cerró la puerta. El guardaespalda se quedó afuera, pero Aurelio sabía que estaba escuchando cada palabra.
La habitación era exactamente como el cuervo se la había descrito, elegante, cara, con muebles que costaban más que una casa en cualquier pueblo mexicano. Harry se sirvió un whisky y le ofreció uno a Aurelio, que lo rechazó con un movimiento de cabeza. Cuando estoy trabajando, no bebo. Trabajando. No has terminado ya. Aurelio sonrió. recordando las instrucciones de Villa, tenía que actuar como un profesional orgulloso de su trabajo.
El trabajo no termina hasta que entrego la evidencia y cobro mi pago, señor Harris. Evidencia, lo mataste. Pancho Villa está muerto. Las palabras cayeron en el silencio de la habitación como piedras en un pozo profundo. Harry se quedó inmóvil por un momento con el vaso de whisky a medio camino entre la mesa y sus labios. ¿Estás seguro? Completamente seguro. Aurelio se sentó en uno de los sillones sin esperar invitación, adoptando la postura relajada de un hombre que acababa de completar el trabajo más difícil de su carrera.
¿Cómo? Tal como planeamos. Llegué al campamento de Santa Isabel haciéndome pasar por revolucionario. Le conté la historia de mis padres muertos. Le dije que quería vengarme de los federales. Villa me creyó. Harry se inclinó hacia delante, fascinado a pesar de sí mismo. ¿Hablaste con él personalmente? Sí, es era más inteligente de lo que esperaba, pero también más confiado.
Le gusta conocer personalmente a los hombres que se unen a su causa. Aurelio hizo una pausa como si estuviera recordando los detalles. Anoche, después de la cena, me invitó a su tienda para hablar sobre mis planes futuros en la revolución. Estábamos solos. Él estaba relajado, confiado.
Y le disparé tres veces en el pecho antes de que pudiera reaccionar. Harry se exhaló lentamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante días. ¿Dónde está el cuerpo? Lo dejé donde cayó. Para cuando lo encuentren, yo ya estaba a medio camino de aquí. Y cómo sé que no me estás mintiendo. Aurelio sonríó.
Era el momento que había estado esperando, porque tengo pruebas. Sacó lentamente la pistola de Villa y la puso sobre la mesa de centro. Las cachas de Nakar brillaron bajo la luz de la lámpara eléctrica. Harry se acercó para examinarla sin tocarla como si fuera una reliquia sagrada. Es su pistola personal, la que llevaba siempre. Tiene sus iniciales grabadas en el cañón.
Harry se inclinó más para verlos grabados. Efectivamente, ahí estaban las iniciales FV Francisco Villa grabadas con elegancia en el metal. También tengo esto. Aurelio puso el sombrero sobre la mesa junto a la pistola. Era el sombrero característico de Villa, conocido por fotografías en periódicos de todo el continente, y esto sacó la fotografía y se la entregó a Harris.
El empresario la tomó con manos que temblaban ligeramente. La estudió con atención obsesiva, examinando cada detalle. La imagen era exactamente lo que esperaba ver. El cuerpo de Pancho Villa yaciendo muerto, con las heridas de bala visibles en el pecho, los ojos cerrados, la dignidad de la muerte, pero también la evidencia inequívoca de la violencia. “Dios mío, murmuró.
Realmente lo hiciste?” Le dije que era bueno en lo que hago. Harry siguió mirando la fotografía como si no pudiera creer que finalmente hubiera terminado su pesadilla. Pancho Villa, el hombre que había costado millones de dólares a los empresarios americanos, que había atacado propiedades y matado ciudadanos estadounidenses, que había convertido el norte de México en un territorio peligroso para los negocios, estaba muerto. ¿Cuánta gente sabe de esto? Nadie más que usted y yo.
El cuervo está esperando su parte, pero no sabe los detalles. Harris caminó hasta la ventana y miró hacia el sur, hacia México. En algún lugar de esa oscuridad estaba el cuerpo del hombre, que había sido su mayor problema. Esto va a cambiar todo, dijo, más para sí mismo que para Aurelio. Sin Villa, los otros revolucionarios van a pelear entre ellos como perros.
México va a volver a ser un país estable. manejable. Se dio la vuelta hacia Aurelio con una sonrisa que valía millones de dólares. Has hecho un trabajo excelente, Sandoval. Excepcional. Fue hasta el escritorio y sacó una bolsa de cuero del cajón inferior. La puso sobre la mesa junto a la pistola y el sombrero.
500 pesos de oro, como prometimos. Aurelio tomó la bolsa y verificó el contenido. Las monedas brillaban como soles pequeños. y había exactamente 500. Ha sido un placer hacer negocios con usted, señor Harris. ¿Tienes planes para el futuro? Aurelio se puso de pie y guardó las monedas en el bolsillo interior de su chaqueta. Voy a tomarme unas vacaciones.
Este trabajo me ha cansado más de lo que esperaba. Entiendo perfectamente. Matar a una leyenda no debe ser fácil. Harris acompañó a Aurelio hasta la puerta. Si alguna vez necesitas más trabajo, ya sabes dónde encontrarme. Lo tendré en cuenta.
Aurelio salió de la habitación con la sensación de que acababa de representar la actuación de su vida. Harry se había tragado completamente la historia. La fotografía, la pistola, el sombrero, todo había funcionado perfectamente, pero mientras bajaba las escaleras del hotel, no podía quitarse de encima la sensación de que lo más peligroso apenas estaba comenzando, porque en algún lugar del desierto, Pancho Villa se estaba preparando para hacer su propia aparición en el paso.
Y cuando eso pasara, Aurelio tenía la certeza de que iba a vivir los momentos más aterradores de su vida. En su bolsillo, las monedas de oro sonaban como campanitas fúnebres. Tres días después, William Harris estaba en el bar del hotel Seldon celebrando con whisky de 20 años y puros cubanos. Había pasado las últimas 72 horas verificando la autenticidad de las pruebas que le había entregado a Aurelio Sandoval.
y todo confirmaba lo que quería creer. Pancho Villa estaba muerto. Había enviado la fotografía a un experto en Ciudad de México que confirmó que efectivamente mostraba el cadáver de villa. Había hecho que un armero examinara la pistola y certificara que era auténtica con los grabados originales y las marcas de uso que correspondían a un arma que había visto mucho combate. El sombrero también había pasado todas las pruebas.
Era exactamente del tipo que Villa usaba, con las marcas de sudor y polvo que hablaban de años de uso en el desierto, todo encajaba perfectamente. Harris había enviado telegramas cifrados a sus socios en Nueva York informándoles de la muerte del revolucionario. Las acciones de las compañías mineras ya habían empezado a subir en la bolsa de valores.
Los inversionistas estaban celebrando el fin de la amenaza villista. Esa noche Harris había organizado una pequeña celebración en su habitación con otros empresarios americanos que tenían intereses en México. Cinco hombres que habían perdido dinero por culpa de Villa, que habían vivido con miedo de que el revolucionario cruzara la frontera y atacara propiedades en territorio estadounidense.
“Señores”, dijo Harris levantando su copa de champán francés, “bró por el fin de nuestra pesadilla mexicana”. Los otros empresarios levantaron sus copas con sonrisas de satisfacción. En la mesa del centro estaban expuestas las reliquias de villa, la pistola, el sombrero y la fotografía enmarcada como si fuera un trofeo de casa.
¿Estás seguro de que está muerto?, preguntó uno de ellos, un hombre corpulento llamado Morrison que tenía intereses en ferrocarriles. Villa ha sobrevivido a tantos intentos de asesinato que a veces pienso que es inmortal. Completamente seguro, respondió Harris. Tengo la evidencia ahí mismo. Y además hace tr días que no hay reportes de actividad villista en ninguna parte.
Sus hombres deben estar desorganizados, probablemente peleando entre ellos por el liderazgo. Y el sicario preguntó otro, “¿Es confiable?” Aurelio Sandoval es un profesional, ha trabajado por toda la frontera, tiene reputación de eficiencia y discreción. Si él dice que mató a Villa es porque lo mató. Estaban brindando por segunda vez cuando alguien tocó a la puerta. Tres golpes secos, una pausa, dos golpes más. Harris frunció el ceño.
No esperaba a nadie y el portero tenía instrucciones de no dejar subir a visitantes sin anunciarse primero. ¿Quién es?, preguntó. Servicio de habitaciones, señr Harris. Tenemos champán de cortesía de la gerencia. Harris intercambió miradas con sus invitados. no había pedido champán, pero el hotel a veces enviaba atenciones especiales a sus huéspedes más importantes. Un momento.
Se acercó a la puerta y la abrió sin quitar la cadena de seguridad. En el pasillo había un hombre elegantemente vestido, con traje oscuro y sombrero de fieltro que llevaba una bandeja de plata con una botella de champán y copas. No pedimos champán.
Cortesía de la casa, Señor, para celebrar el éxito de sus negocios recientes. Había algo en la voz del hombre que le sonaba familiar a Harris, pero no logró identificar qué era. Quitó la cadena y abrió la puerta completamente. El hombre entró con la bandeja, caminando con la elegancia de alguien acostumbrado a los hoteles finos. Cerró la puerta detrás de él y puso la bandeja sobre una mesa auxiliar.
Champán francés. preguntó Morrison, acercándose a examinar la botella. El mejor, respondió el hombre del servicio sin levantar la vista para una ocasión muy especial. Fue entonces cuando se quitó el sombrero y Harry sintió que se le helaba la sangre en las venas. Era Pancho Villa, no había duda posible.
El bigote espeso, los ojos penetrantes, la sonrisa que mezclaba diversión y peligro mortal. Era el mismo hombre de las fotografías de los periódicos, el mismo rostro que había aparecido en carteles de Cebusca por todo el suroeste americano, pero se suponía que estaba muerto. Los cinco empresarios se quedaron petrificados con las copas de champán a medio camino hacia sus bocas.
Morrison fue el primero en reaccionar, llevándose instintivamente la mano hacia el bolsillo donde llevaba una pequeña pistola. “No lo haría si fuera usted”, dijo Villa con voz tranquila, sin moverse de donde estaba. Mis hombres están en el pasillo, en las escaleras y probablemente en la habitación de al lado.
Al primer disparo que escuchen, van a entrar aquí como huracán. Como para confirmar sus palabras, se escucharon pasos pesados en el pasillo exterior. Morrison bajó lentamente la mano. Villa caminó hasta la mesa donde estaban expuestas sus reliquias y tomó su pistola con el cariño de quien saluda a un viejo amigo. “Mi pun45”, dijo acariciando las cachas de Nakar. “¿Saben cuántos federales ha matado esta belleza?” 53.
Y esta noche tal vez llegue a 58. Harry encontró finalmente su voz, aunque le salió como grasnido de cuervo. Pero, ¿estás muerto. Tengo la fotografía, tengo las pruebas. Villa se acercó a la mesa y tomó la fotografía enmarcada. La estudió como si fuera una obra de arte.
Esta fotografía está muy bien hecha, ¿verdad? El cadáver se parece mucho a mí. Claro que ayuda que el pobre cabrón esté usando mi ropa y mis anillos. Puso la fotografía de vuelta en la mesa y sonrió. Pero fíjese bien en la cicatriz del abdomen. La mía está 3 cm más abajo y tiene forma de media luna. Esta es recta.
Los detalles, señor Harris, siempre son los detalles los que delatan una falsificación. Sandoval. Aurelio Sandoval está muy vivo y muy arrepentido de haber aceptado este trabajo. En este momento debe estar cruzando la frontera hacia Guatemala con dinero suficiente para empezar una vida nueva lejos de sicarios y revoluciones. Villa se puso su sombrero con gesto teatral.
¿Saben lo que más me divierte de todo esto? que ustedes con todo su dinero y toda su educación se creyeron que podían comprar la muerte de Pancho Villa como quien compra una rez en el mercado. Morrison, que era el más corpulento de los cinco, trató de sonar amenazador. Esto es territorio americano, Villa. No puedes hacer nada aquí. Tenemos leyes, tenemos autoridades.
Villa Cerrío con genuina diversión. Leyes, autoridades, como las leyes que les permitieron a ustedes robar las minas mexicanas, como las autoridades que hicieron la vista gorda mientras explotaban a los trabajadores mexicanos como esclavos. Su expresión se volvió de repente fría como el acero. Ustedes vinieron a México a hacer negocios.
Ahora yo vengo a Estados Unidos a hacer los míos. ¿Qué quieres?, preguntó Harris tratando de mantener algo de dignidad. Justicia, señor Harris, justicia mexicana. Villa caminó hasta la ventana y miró hacia abajo, a la calle iluminada por las lámparas eléctricas. ¿Saben lo que han costado sus negocios en México? No en dinero, sino en vidas mexicanas.
Las minas donde trabajan niños de 12 años. Los ferrocarriles construidos sobre los huesos de trabajadores que murieron por falta de medidas de seguridad, las haciendas donde los peones trabajaban prácticamente como esclavos. se dio la vuelta para enfrentarlos y ahora creen que pueden simplemente contratar a un sicario para que me mate cuando mis revolucionarios empezaron a cobrarles el precio de sus crímenes.
Uno de los empresarios, un hombre delgado llamado Patterson, trató de apaciguarlo. Villa, podemos llegar a un arreglo. Podemos compensarte por los inconvenientes. Podemos hacer un trato. Un trato. Villa sonrió. Pero era una sonrisa sin humor, como el trato que hicieron con Porfirio Díaz, como el trato que querían hacer con Huerta. Caminó hasta donde estaba Patterson y se plantó frente a él.
El único trato que acepto es este. Ustedes van a sacar todos sus negocios de México. Van a vender sus minas, sus ferrocarriles, sus haciendas y se van a largar de mi país para nunca volver. Eso es imposible, protestó Morrison. Tenemos millones de dólares invertidos y van a perder hasta el último centavo si no hacen lo que les digo.
Villa sacó su pistola y la revisó con movimientos expertos como si estuviera verificando que funcionara correctamente. Tienen 48 horas para empezar a vender. Si en dos días no veo que están liquidando sus propiedades mexicanas, voy a empezar a liquidar a ustedes. No puedes amenazarnos así”, dijo Harris tratando de sonar más valiente de lo que se sentía. “Esto es Estados Unidos.
Tenemos derechos.” Derechos. Villa se acercó hasta quedar cara a cara con él. Como los derechos que tenían los trabajadores mexicanos que murieron en sus minas. Como los derechos que tenían las familias que ustedes desalojaron de sus tierras. Puso el cañón de la pistola suavemente contra la frente de Harris.
Su problema, señor Harris, es que creen que las fronteras los protegen. Creen que porque están en territorio americano, Pancho Villa no los puede tocar. Su voz se volvió un susurro mortal. Pero se equivocan. Pancho Villa va a donde tiene que ir para hacer justicia. Y si eso significa venir hasta el paso, hasta Nueva York, hasta el mismísimo infierno, ahí voy. Guardó la pistola y caminó hacia la puerta.
48 horas, señores. Después de eso van a descubrir por qué me llaman el centauro del norte. Abrió la puerta y se detuvo en el umbral. Ah, y una cosa más. El champán que les traje es auténtico francés, de la mejor calidad. Considérenlo mi regalo de despedida. Salió de la habitación y cerró la puerta suavemente detrás de él.
Los cinco empresarios se quedaron en silencio durante varios minutos tratando de procesar lo que acababa de pasar. Finalmente, Morrison se acercó a la ventana y miró hacia abajo. En la calle pudo ver a Villa subiendo a un automóvil negro que arrancó inmediatamente y se perdió en la noche tejana. ¿Creen que hablaba en serio?, preguntó Patterson. Harry se desplomó en uno de los sillones con la cara pálida como papel.
Acaba de venir hasta aquí, hasta territorio americano, hasta el corazón del paso para amenazarnos personalmente. ¿Tú qué crees? Morrison se sirvió otro whisky con manos temblorosas. Tenemos que llamar a las autoridades. Tenemos que decirles que lo interrumpió Harris.
¿Qué contratamos a un sicario para matar a Villa y que ahora él vino a cobrárnosla? ¿Qué estuvimos conspirando para asesinar a un líder extranjero? El silencio volvió a llenar la habitación. Finalmente, Patterson habló con voz derrotada. ¿Cuánto tiempo creen que nos tome liquidar nuestras propiedades en México? Harris miró la fotografía falsa de Villa Muerto, la pistola que el revolucionario había recuperado, el sombrero que había vuelto a su dueño legítimo. “No lo suficiente”, murmuró.
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