
Cuando el gringo Evered Hale empezó a comprar niños pobres con oro del norte, prometiendo trabajo y entregando esclavitud, los generales se hicieron Pero desde el desierto, cruzando 500 millas de rabia, llegó Pancho Villa y con él la promesa de que nunca más un chamaco mexicano sería tratado como animal.
Era el verano del año 14, cuando el sol rajaba la tierra como cuero viejo y la guerra se arrastraba por los llanos como víbora cansada.
Las tropas federales andaban dispersas, los ricos se escondían en sus haciendas y el pueblo seguía pagando con sangre los caprichos de quien mandaba desde la capital. Pancho Villa estaba en Torreón acomodando a sus muchachos después de una traición que le había costado buenos hombres. Tenía el campamento lleno de heridos, las municiones escasas y en el alma esa pesadumbre que viene después de enterrar compañeros.
andaba revisando los caballos cuando llegó corriendo Macedonio Herrera, uno de sus exploradores, con la cara descompuesta y las manos temblando como si hubiera visto al en persona. “Mi general”, le dijo quitándose el sombrero con respeto. “Traigo noticias que le van a hervir la sangre.” Villa levantó la vista de la montura que estaba reparando. Tenía los ojos cansados, pero aún brillaban con esa luz que ponía nerviosos a sus enemigos.
Habla, macedonio, ¿qué es lo que tanto te apura? El hombre se pasó la manga por la frente sudorosa antes de soltar las palabras que iban a cambiar el rumbo de todo. Un gringo anda comprando niños mexicanos con oro americano, mi general los agarra en los pueblos pobres y se los lleva para el otro lado. Dicen que ya se llevó más de 100 chamacos.
Villa soltó la rienda que tenía en las manos. Por un momento, el campamento se llenó de ese silencio pesado que viene antes de la tormenta. Los hombres que estaban cerca dejaron de hacer lo que hacían, sintiendo que algo malo se estaba cocinando. “¿Cómo se llama ese hijo de la chingada?”, preguntó Villa. Y en su voz había algo que hacía que hasta los más bragados se pusieran tiesos.
“Everet Halil, mi general, anda por la zona de Santa Cruz en Sonora. Dicen que tiene papeles firmados por generales vendidos y que paga bien a quien le ayude con su negocio maldito. Villa se quedó parado mirando hacia el horizonte donde el sol se ponía como herida abierta.
En su mente se agolparon recuerdos de su propia niñez cuando él también había conocido el hambre y la desesperación. Recordó las caras de los niños que había visto en los pueblos, esos ojos grandes llenos de esperanza. que se iban apagando cuando la vida los maltrataba. “Cuéntame todo lo que sepas, Macedonio”, dijo, y su voz sonaba como piedra contra piedra.
El hombre tragó saliva antes de seguir. Llega a los pueblos, vestido como hombre de negocios. Mi general, habla con los padres más pobres. Les dice que les va a dar trabajo a sus hijos en las minas americanas, que van a ganar dinero y a aprender oficios. Los papás que no tienen ni para darles de comer, se dejan convencer, firman papeles que no saben leer y reciben unas monedas que no les van a durar ni una semana.
¿Y los niños? ¿Qué pasa con los niños? Villa sentía que algo le apretaba el pecho. Se los lleva en carretones cubiertos, mi general. Algunos dicen que cruza por agua prieta, otros que por pero lo que sí saben todos es que una vez que se los lleva, los chamacos no vuelven nunca, ni una carta, ni un mensaje, nada, como si se los hubiera tragado la tierra. Villa cerró los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
A su alrededor, los dorados empezaban a juntarse, sintiendo que algo grande se estaba fraguando. Rodolfo Fierro se acercó con su paso silencioso, como siempre hacía cuando presentía problemas. “¿Qué onda, mi general?”, preguntó Fierro viendo la cara de Villa. Hay un gringo que se está robando a nuestros niños, Rodolfo. Contestó Villa sin voltear a verlo.
Y parece que nadie hace nada para pararlo. Fierro escupió en el suelo con desprecio. Órale, ¿y qué vamos a hacer? Villa se volteó hacia él y en sus ojos había esa determinación que había llevado a la división del norte a la victoria en tantas batallas. Vamos a ir por él, hermano.
Vamos a ir por él y le vamos a enseñar que los niños mexicanos no están en venta. Macedonio se atrevió a interrumpir. Mi general, dicen que tiene cuatro pistoleros gringos que lo cuidan y que los federales de la zona le dan protección. No va a ser fácil. Villa sonrió. Pero no era una sonrisa alegre. Era la sonrisa del lobo cuando encuentra el rastro de su presa.
Macedonio, para que un hombre haga lo que ese desgraciado está haciendo, tiene que ser muy cobarde por dentro. Y los cobardes, por más pistoleros que tengan, siempre terminan cayendo. Esa noche Villa no pudo dormir. Se quedó despierto junto a la fogata, fumando y pensando en todas las historias que había escuchado.
Recordó a doña Carmen, una mujer de Parral que había perdido a su nieto de 9 años. El chamaco había salido a la escuela una mañana y nunca regresó. Lo habían visto subir a un carretón con otros niños. Pero cuando doña Carmen fue a preguntar a las autoridades, le dijeron que se había ido a trabajar a una fábrica americana, que estaría mejor así.
También pensó en las palabras de su abuela, que siempre le decía, “Mi hijito, Dios aprieta, pero no ahorca, y al que daña a los inocentes, tarde o temprano se le cobra con intereses.” Al amanecer, Villa ya había tomado su decisión. llamó a sus hombres de confianza y les dijo, “Muchachos, nos vamos para Sonora. Vamos a buscar a un gringo que se está robando a nuestros niños.
” Jesús Herrera, uno de sus capitanes, preguntó, “¿Y la campaña contra los federales, mi general?” “Los federales pueden esperar, Jesús, respondió Villa, pero los niños no. Cada día que pase ese desgraciado se va a llevar más chamacos y eso no lo voy a permitir. Y así fue como Francisco Villa, el hombre que había puesto en jaque al gobierno de Huerta, que había tomado ciudades y ganado batallas imposibles, dejó todo para ir tras un gringo que vendía niños mexicanos como si fueran ganado. Villa escogió cuidadosamente a quienes lo acompañarían.
No podía llevar a toda la división del norte. Necesitaba un grupo pequeño, rápido, que pudiera moverse sin llamar la atención. Después de mucho pensarlo, eligió a tres personas que sabía que no le fallarían cuando las cosas se pusieran feas. El primero, como siempre, era Rodolfo Fierro, su mano derecha, el hombre que había estado con él en las buenas y en las malas.
Fierro era callado, letal y tenía esa lealtad ciega que no se compra con dinero. Si Villa iba al infierno, Fierro iba con él sin hacer preguntas. La segunda era Benita Sandoval, una curandera de Durango que había perdido a su hijo de 7 años en una redada federal el año anterior.
Benita tenía las manos sabias para curar heridas y el corazón duro para la venganza. Además, conocía los remedios de la sierra y sabía moverse entre la gente sin despertar sospechas. Era una mujer pequeña, morena, con ojos negros que parecían carbones encendidos cuando se enojaba.
El tercero era Pascual Herrera, un apache que no hablaba porque los federales le habían cortado la lengua cuando era niño, pero que conocía todos los caminos secos entre Sonora y Arizona. Pascual podía rastrear a un conejo en la roca y encontrar agua donde otros solo veían polvo. Era flaco como rama seca, pero fuerte como el mezquite.
Salieron de Torreón una madrugada sin luna, llevando solo lo necesario, armas, un poco de comida y la determinación de hacer justicia. Villa sabía que tenían 500 millas por delante, casi todas por territorio peligroso, lleno de patrullas federales y bandidos que vendían información al mejor postor. Los primeros días fueron duros, el calor pegaba como martillo sobre el yunque y el agua se hacía cada vez más escasa conforme se adentraban en el desierto.
Ovilla había conocido peores travesías y sus compañeros eran gente curtida por la vida dura del norte. En cada pueblito por el que pasaban, Villa hacía las mismas preguntas, siempre con cuidado, siempre fingiendo ser comerciante o arriero. Y en cada lugar escuchaba la misma historia.
Niños que habían desaparecido, padres que lloraban en silencio, autoridades que se hacían de la vista gorda. En San Pedro de la Cueva, una mujer les contó entre lágrimas que se habían llevado a su nieta de 12 años, diciéndole que iba a trabajar como sirvienta en una casa rica de El Paso. En Babispe, un hombre viejo les platicó que habían pasado tres carretones llenos de niños, custodiados por hombres armados que hablaban inglés.
“Iban todos calladitos, señor”, les dijo el viejo con los ojos aguados. Los pobrecitos iban como pollitos asustados, amontonados como costales. Cada historia era como un puñal que se le clavaba a villa en el alma. Benita lloraba en silencio cuando creía que nadie la veía y hasta Fierro, que era duro como piedra, apretaba la mandíbula cada vez que escuchaban un testimonio nuevo.
Pascual, que no podía hablar, les escribía en la tierra con un palo los caminos que conocía, las rutas que usaban los contrabandistas, los lugares donde podían esconderse si llegaban los federales. Una noche, cuando estaban acampados cerca de fronteras, Benita se acercó a Villa mientras él fumaba junto a la fogata.
“Mi general”, le dijo con su voz ronca, “¿De verdad cree que vamos a poder parar a ese desgraciado?” Villa la miró por un momento largo antes de contestar, “Benita, cuando perdiste a tu chamaco, ¿qué hubieras dado porque alguien hubiera ido a buscarlo? Todo mi general hubiera dado todo, pues eso mismo están sintiendo todas esas madres que hemos dejado atrás.
Y si nosotros no hacemos algo, ¿quién lo va a hacer? Los federales que le dan protección a ese gringo. Los ricos que nada más se preocupan por sus haciendas. Benita asintió con la cabeza, secándose las lágrimas con el reboso. Tiene razón, mi general, es que a veces pienso en todos esos pobrecitos niños y se me parte el alma. A mí también se me parte, hermana, confesó Villa.
Pero el dolor que sentimos nosotros no es nada comparado con el de esas criaturas. Por eso no podemos fallar. Al quinto día de camino, cuando ya estaban cerca de Santa Cruz, Pascual los detuvo con gestos. Había encontrado algo. En un claro junto a un arroyo seco, había restos de una fogata apagada y señales de que había pasado mucha gente. Pascual se agachó y empezó a examinar las huellas con cuidado.
Villa se acercó. ¿Qué encontraste, hermano? Pascual tomó su palo y escribió en la tierra, niños, muchos, tres días. Fierro escupió con rabia. Estamos cerca del hijo de la chingada. Villa sintió que el corazón se le aceleraba. Por fin tenían un rastro fresco.
Pero también sabía que eso significaba que hacía apenas tres días un grupo de niños había pasado por ahí rumbo a un destino que muy probablemente sería su condena. ¿Cuántos calculan que eran? Le preguntó a Pascual. El Apache contó las huellas y escribió, 20, quizás más. Benita se persignó. Dios santo, 20 angelitos más.
Villa se quitó el sombrero y se pasó la mano por el pelo, que ya empezaba a encanecer por las preocupaciones. Pues entonces ya no tenemos tiempo que perder. Esta misma noche llegamos a Santa Cruz y mañana empezamos a buscar a ese desgraciado. Pero conforme se acercaban al pueblo, Villa sentía una presión en el pecho que no le gustaba nada. Era como si el aire mismo estuviera envenenado.
Los pájaros no cantaban, los coyotes no aullaban y hasta los caballos parecían nerviosos. “Aquí huele a miedo”, murmuró Fierro. Y a muerte”, agregó Benita, santiguándose de nuevo. Pascual señaló hacia el horizonte donde se veían las primeras luces del pueblo. En su cara había una expresión que Villa conocía bien.
Era la cara que ponía cuando presentía peligro. “Tranquilos, muchachos”, dijo Villa, pero él mismo sentía que algo malo los esperaba. Mañana vamos a saber de qué tamaño es este enemigo y después vamos a decidir cómo lo vamos a tumbar. Santa Cruz era un pueblo que parecía haberse tragado su propia alma.
Villa y sus compañeros llegaron al amanecer cuando las calles todavía estaban vacías y el aire olía a polvo y desesperanza. Las casas eran pequeñas, de adobe, con las ventanas cerradas como ojos que no quieren ver. Hasta los perros andaban con la cola entre las patas.
Se detuvieron en la única fonda que tenía abierta un lugar pequeño donde una mujer gorda los recibió con desconfianza. Villa pidió café y tortillas para todos, fingiendo ser comerciante que venía de Sonora. “¿Cómo está el negocio por aquí, señora?”, preguntó Villa con su mejor sonrisa. La mujer lo miró de reojo antes de contestar. Está tranquilo, señor, aquí no pasa mucho.
Pero Villa notó que las manos le temblaban cuando sirvió el café y que sus ojos se desviaban hacia la ventana cada vez que hablaba. He oído que por aquí anda un americano haciendo negocios insistió Villa. Un tal Halil, creo. La mujer se puso pálida y casi se le cayó la jarra de café. No, no sé de quién habla, señor. Segura.
Dicen que es hombre importante, que tiene buenos contactos. “Mire, señor”, susurró la mujer acercándose a Villa. “Aquí todos sabemos que es mejor no hablar de ciertas cosas. El que pregunta mucho a veces no vuelve a preguntar nada.” Villa intercambió una mirada con fierro. Era claro que el tal Hale tenía a todo el pueblo agarrado por el pescuezo.
Después del desayuno se dividieron para explorar. Benita fue al mercado a hablar con las mujeres. Pascual se hizo pasar por mendigo para observar sin ser visto. Y Villa y Fierro visitaron la cantina para ver qué se podía escuchar. La cantina estaba casi vacía, solo había tres hombres bebiendo en silencio y un cantinero que parecía cargar el peso del mundo en los hombros.
Villa pidió tequila y empezó a platicar de todo un poco, esperando que alguien soltara alguna información. Al cabo de un rato, uno de los borrachos se acercó bamboleándose. Oiga, amigo, ¿usted no anda buscando trabajo para sus hijos? Villa fingió interés. ¿Por qué lo dice? Porque aquí hay un gringo que paga bien por muchachos jóvenes.
Dice que los va a llevar a trabajar en las minas americanas, que van a ganar buen dinero. Y es cierto, preguntó Villa. El borracho lo miró con ojos vidriosos. Los que se van no vuelven a escribir, pero el dinero sí llega al principio. Al principio sí. Las primeras dos o tres veces les mandan algo a los papás. Después ya nada, pero para entonces ya es tarde, ¿verdad? Villa sintió que la sangre se le helaba.
¿Dónde opera ese americano? Tiene una oficina aquí en el pueblo, pero su negocio verdadero está en el desierto. Dicen que tiene minas por allá donde nadie va a preguntar nada. Fierro se inclinó hacia delante. ¿Y las autoridades qué dicen? El borracho se rió con amargura. Las autoridades reciben su parte, amigo. El coronel Santander viene cada mes a recoger su sobre y el presidente municipal hace como que no ve nada.
Cuando salieron de la cantina, Villa tenía la mandíbula apretada. Se encontraron con Benita en la plaza y su cara confirmó que las noticias no eran buenas. ¿Qué averiguaste, hermana? Las mujeres están muertas de miedo, mi general. Dicen que en los últimos seis meses se han llevado como a 50 niños del pueblo y de los ranchos cercanos. Y no nada más niños pobres.
También se han llevado a hijos de familias que tienen algo, pero que no se atreven a protestar. ¿Por qué no protestan? Porque a los que protestan les pasan cosas feas, mi general. A don Aurelio González, que fue a reclamar cuando se llevaron a su nieto, lo encontraron ahorcado en su casa tres días después. A doña Socorro Mendoza, que andaba preguntando demasiado, se le quemó el jacal con todo y sus cabras.
Pascual apareció de entre las sombras y escribió en la tierra: “Oficina casa grande, cuatro gringos, rifles.” Villa juntó a sus compañeros en un callejón apartado. Órale, pues ya sabemos dónde está el nido de víboras. Ahora necesitamos saber exactamente cómo opera y qué tan fuerte está.
Y si intentamos hablar con él, sugirió Benita, a lo mejor podemos hacerle ver razón. Fierro soltó una risa seca. Benita, un hombre que vende niños, ya perdió toda la razón que pudo haber tenido. Pero Villa quiso intentarlo. Sabía que tenía pocas posibilidades, pero también sabía que si las cosas se ponían feas, quería poder decir que había tratado de resolver el problema sin violencia.
Esa tarde Villa se vistió con su mejor ropa y se dirigió a la casa que Pascual había identificado como la oficina de Hale. Era un edificio grande de dos pisos, con ventanas con barrotes y dos hombres armados vigilando la entrada. Buenas tardes, saludó Villa a los guardias. Quisiera hablar con el señor Hale sobre un negocio. Los hombres lo miraron con desprecio.
Uno de ellos, un gringo alto y rubio, le contestó en español machucado, “¿Qué tipo de negocio? Tengo unos sobrinos que necesitan trabajo. Me dijeron que él podía ayudar.” Los guardias se miraron entre ellos y uno entró a la casa. Al cabo de unos minutos salió con un hombre de mediana edad, bien vestido, con bigote cuidado y ojos fríos como hielo.
“Usted es Everett Hale?”, preguntó Villa. “Soy yo. ¿En qué puedo servirle?” Villa estudió al hombre por un momento. Tenía la cara de alguien que había hecho muchas cosas malas sin perder nunca el sueño. He sabido que usted ayuda a familias mexicanas dándoles trabajo a sus hijos en los Estados Unidos.
Hay sonrió, pero su sonrisa no llegaba a los ojos. Así es. Soy representante de varias compañías mineras americanas que necesitan trabajadores jóvenes y dispuestos. Les damos casa, comida, educación y un salario justo. Y las familias pueden visitarlos. Por supuesto, una vez que los muchachos se establecen pueden recibir visitas, aunque debo decirle que la mayoría prefiere empezar una nueva vida allá.
Villa sintió que la mentira le quemaba los oídos, pero mantuvo la cara serena. Me gustaría conocer más detalles. ¿Podríamos platicar mañana? Desde luego, venga mañana a las 10 de la mañana y le explico todo el programa. Esa noche, cuando Villa les contó a sus compañeros sobre la conversación, Fierro estaba que echaba chispas.
Mi general, ese hijo de la chingada se está burlando de usted. ¿Por qué no lo agarramos ahorita mismo? Porque antes quiero tener toda la información, Rodolfo. Mañana voy a volver, pero esta vez voy a llevar una propuesta que lo va a poner nervioso. Al día siguiente, Villa regresó a la oficina de Hal, pero esta vez con una historia diferente. Le dijo que representaba a una organización benéfica mexicana que quería investigar las condiciones en que vivían los niños trabajadores mexicanos en Estados Unidos.
Hale se puso tenso inmediatamente. Organización benéfica. ¿Cuál organización? La Sociedad Protectora de la Niñez Mexicana, improvisó Villa. Tenemos reportes de que algunos niños no están recibiendo el trato prometido. Los ojos de Hale se endurecieron. Mire, señor, cómo dijo que se llamaba. González. Joaquín González.
Señor González. Yo cumplo con todas las leyes americanas y mexicanas. Si alguien le ha dicho otra cosa, está mintiendo. Entonces no tendrá problema en que visitemos las instalaciones donde trabajan los niños. Ale se levantó de su escritorio. Me temo que eso no va a ser posible. Las compañías mineras son muy estrictas con su seguridad.
No permiten visitantes externos. Villa también se levantó. ni siquiera para verificar el bienestar de los trabajadores. Señor González, creo que esta conversación ha terminado. Si tiene alguna queja formal, preséntela a las autoridades correspondientes. Villa sabía que había llegado al límite, pero antes de irse quiso lanzar un último dardo.
Señor Halil, espero que sepa que hay muchas familias mexicanas que están muy preocupadas por sus hijos y que esa preocupación puede llevar a la gente a hacer cosas desesperadas. Heile lo miró fijamente. ¿Es eso una amenaza, señor González? Es una advertencia, señor Hale. Una advertencia amistosa. Cuando Villa salió de la oficina, sabía que los dados estaban echados.
Hale ya sabía que alguien andaba investigando su negocio y eso significaba que las cosas se iban a poner peligrosas muy pronto. Esa misma noche, mientras Villa y sus compañeros planeaban su siguiente movimiento en su campamento fuera del pueblo, escucharon disparos en la distancia. Al amanecer, cuando entraron a Santa Cruz, encontraron siete cabezas clavadas en estacas a la entrada del pueblo.
Eran las cabezas de siete de los dorados que Villa había dejado en Torreón como exploradores. Cada una tenía la boca cocida con alambre de púas. Villa se quedó parado frente a las estacas con los puños cerrados y la cara descompuesta por la rabia. He le había contestado su advertencia amistosa con siete vidas de sus hombres. Fierro se acercó a él. Mi general, ya no hay nada que platicar.
Villa asintió sin quitar los ojos de las cabezas. No, Rodolfo, ya no hay nada que platicar. Ahora vamos a hablar con balas. Villa sabía que había cometido un error. Había subestimado la crueldad de Hale. Y ahora siete de sus mejores hombres habían pagado el precio. Pero también sabía que no podía dejarse llevar por la rabia.
Necesitaba ser inteligente que su enemigo. Esa noche reunió a sus compañeros en una cueva que Pascual había encontrado en las afueras del pueblo. Era un lugar seguro, con buena vista del camino y varias salidas en caso de que llegaran problemas. Muchachos, les dijo, vamos a cambiar de estrategia.
Ya no podemos fingir que somos comerciantes o gente pacífica. Hale sabe quiénes somos y está dispuesto a matarnos, pero eso también significa que ya no tiene que fingir que es un hombre de negocios respetable. Benita tenía los ojos rojos de llorar por los dorados muertos.
¿Qué vamos a hacer, mi general? Vamos a usar lo que sabemos hacer mejor, hermana. Vamos a pelear, pero no vamos a pelear como él espera. Vamos a ser la víbora que muerde en la oscuridad. Villa había pasado años peleando contra enemigos más fuertes y mejor armados. Sabía que cuando no puedes ganar con fuerza, tienes que ganar con astucia. Y tenía algunas ideas que podrían funcionar.
Lo primero que hicieron fue reclutar aliados en el pueblo. Villa sabía que por cada familia que había perdido un hijo, había una familia dispuesta a luchar. El problema era identificarlo sin poner en peligro a la gente inocente. Benita resultó ser perfecta para esto. Como mujer y como curandera podía acercarse a otras mujeres sin despertar sospechas. En tres días había identificado a 15 familias que estaban dispuestas a ayudar, incluyendo al padre José María Contreras, un cura joven que había llegado al pueblo después de que se llevaran a varios niños de su antigua parroquia. “Ese gringo es una plaga,
señor Villa”, le dijo el padre Contreras cuando se reunieron en secreto en la iglesia. He visto lo que le hace a las familias, cómo las destruye. Si puedo ayudar a pararlo, lo voy a hacer. También se sumó don Evaristo Morales, un ferroviario viejo que había trabajado construyendo las vías del tren que usaba Jaile para transportar a los niños.
Don Evaristo conocía todos los horarios, todas las rutas, todos los puntos débiles del sistema. Ese tren pasa dos veces por semana”, les explicó. Siempre de noche, siempre con custodia armada, pero yo sé dónde hacer que se pare. Pascual se había convertido en su espía principal.
El apache podía moverse como sombra y su mudez lo hacía invisible para los gringos, que lo veían como un indio tonto que no entendía nada. En una semana, Pascual había mapeado toda la operación de Hale. La mina estaba a 20 millas del pueblo, escondida en un cañón que la hacía invisible desde los caminos principales.
Le tenía allí como 100 niños trabajando en condiciones que Pascual describió escribiendo en la tierra. Infierno. Los niños trabajaban 16 horas al día extrayéndose salitre. Dormían en barracas sin ventanas. Comían una vez al día y los que se enfermaban o se accidentaban eran abandonados en el desierto para que murieran.
Los guardias eran cuatro gringos armados con rifles de repetición y un capataz mexicano al que le decían el chueco porque había perdido una pierna en un accidente de mina. La entrada principal está bien vigilada”, escribió Pascual, “pero hay túneles viejos que llegan cerca, túneles de cuando los apaches escondían ahí a sus familias. Villa estudió los dibujos que Pascual había hecho en la arena.
¿Cuántos guardias hay de noche?” Pascual escribió, “Dos en entrada, uno en barracas, uno patrulla.” era factible, pero necesitaban crear diversiones para dividir la atención de los guardias. Y ahí fue donde la astucia de Villa empezó a brillar. La primera diversión fue envenenar los caballos de Hale.
Benita conocía plantas del desierto que podían enfermar a los animales sin matarlos, pero los dejarían inútiles por semanas. Una noche, mientras Fierro y Villa distraían a los guardias peleándose borrachos en la cantina, Benita se deslizó hasta los establos y mezcló su veneno en el agua de los caballos. Al día siguiente, 12 caballos amanecieron con cólicos y fiebre.
Jaile tuvo que mandar a buscar un veterinario a agua prieta y eso significaba menos hombres vigilando la mina. La segunda diversión fue incendiar los depósitos de agua en la mina. Don Evaristo sabía exactamente dónde estaban los tanques y cómo llegar sin ser visto. Una noche sin luna, él y Pascual se deslizaron hasta allá y prendieron fuego a la madera que sostenía los tanques.
Para cuando los guardias se dieron cuenta, miles de galones de agua se habían derramado en la arena. Hale estaba furioso. Mandó más guardias a la mina, lo que significaba menos protección en el pueblo. Era exactamente lo que Villa quería. La tercera diversión fue la más peligrosa, pero también la más efectiva. Villa había logrado contactar con Charlie Withers, uno de los guardias de Hale.
Withers tenía un hijo mestizo de 8 años que había ido a parar a la mina junto con los otros niños. El gringo estaba desesperado, pero tenía miedo de hacer algo porque sabía que Hale lo mataría si se enteraba. Mira, Charlie. le dijo Vila, cuando se reunieron en secreto, “Tú sabes que lo que están haciendo está mal y tú sabes que tu hijo se va a morir en esa mina si hacemos algo.” Withers tenía los ojos llorosos.
“Pero si me descubre, nos mata a los dos. Si no hacemos nada, tu hijo se va a morir de todas maneras. Al menos así tiene una oportunidad.” Wither lo pensó durante tres días antes de decidirse. Finalmente le entregó a Villa un mapa detallado de la mina, incluyendo los horarios de los guardias, los puntos ciegos de vigilancia y, lo más importante, la ubicación exacta de las barracas donde tenían a los niños.
¿Hay algo más que necesita saber, le dijo Withers, no todos los niños están en las barracas principales. Hale tiene un grupo especial en túneles separados más adentro de la mina. Son como 50 niños que usa para trabajos más peligrosos. ¿Qué tipo de trabajos? Meterse en túneles muy estrechos donde los adultos no caben.
Buscar betas nuevas en lugares donde el techo puede colapsar en cualquier momento. Son los que más se mueren. Villa sintió que algo se le quebraba por dentro. Y cuántos han muerto, Withers tragó saliva. En los se meses que llevo trabajando aquí, he visto morir a más de 50 niños. Los entierran en una fosa común detrás de la mina como si fueran animales. Esa noche Villa no pudo dormir.
Se quedó despierto junto a la fogata, fumando y tratando de no imaginarse las caras de todos esos niños muertos. Benita se acercó y se sentó junto a él. Mi general, ¿en qué está pensando? En todos esos chamacos que ya no vamos a poder salvar, hermana. En todos los que murieron mientras nosotros veníamos caminando por el desierto, Benita puso su mano sobre el brazo de Villa.
Mi general, usted no puede cargar con culpas que no son suyas. El culpable de todo esto es ese desgraciado de Hale. Nosotros vamos a salvar a los que podamos y vamos a hacer que pague por los que ya no están. Villa la miró con ojos cansados. Tú crees en la justicia divina, Benita. Claro que sí, mi general.
Pues yo creo que a veces Dios necesita ayuda para hacer justicia y creo que por eso estamos aquí. Dos días después, Villa decidió que ya era hora. Tenían toda la información que necesitaban. Tenían a Charlie Withers como aliado interno y habían debilitado las defensas de Hale lo suficiente. Era tiempo de ir por los niños.
La noche del ataque, Villa reunió a todo su grupo, Fierro, Benita, Pascual, el padre Contreras, Don Evaristo y ocho hombres del pueblo que habían perdido hijos. No era un ejército, pero era gente con el corazón lleno de justicia y las manos firmes para pelear. Muchachos, les dijo Villa, mañana vamos a entrar a esa mina y vamos a sacar a esos niños.
Algunos de ustedes van a morir, eso lo sé y ustedes también lo saben, pero si no hacemos esto, van a morir muchos más inocentes y nosotros no vamos a poder vivir con esa culpa. Don Evaristo, que ya tenía 60 años y temblaba de los nervios, levantó la mano.
Mi general, yo no soy pistolero ni soldado, pero perdí a mi nieto en esa mina y prefiero morir peleando que vivir con esta tristeza. Los demás asintieron. Villa vio en sus caras la misma determinación que había visto en sus dorados antes de las grandes batallas. Era la cara de gente que había decidido que hay cosas más importantes que la vida propia.
“Pues vámonos, muchachos”, dijo Villa poniéndose de pie. “Vamos a traer a esos chamacos a casa”. La madrugada del ataque amaneció con un cielo rojo como sangre. Villa lo tomó como buena señal. Su abuela siempre le había dicho que cuando el cielo se ponía colorado era porque la justicia andaba cerca. El plan era complicado, pero sencillo a la vez.
Tenían que dividirse en tres grupos. Uno entraría por los túneles principales para distraer a los guardias. Otro se metería por los túneles viejos que conocía Pascual para llegar a las barracas. Y el tercero se quedaría afuera para cubrir la retirada.
Villa encabezaría el grupo de distracción junto con Fierro y tres de los hombres del pueblo. Su trabajo era hacer mucho ruido y mantener ocupados a los guardias principales. Era la parte más peligrosa. Pero Villa nunca mandaba a sus hombres a donde él no estuviera dispuesto a ir. Benita lideraría el grupo de rescate junto con Pascual, el padre Contreras y dos hombres más.
Su trabajo era llegar a las barracas, sacar a los niños y guiarlos hasta el punto de encuentro en el cañón. Era la parte más importante de la misión. Don Evaristo se quedaría con el resto para vigilar los caballos y cubrir la retirada. También era el encargado de hacer volar los túneles de acceso una vez que todos estuvieran afuera, para que Hale no pudiera seguirlos.
A las 3 de la mañana, cuando la luna ya se había escondido detrás de las montañas, empezaron a moverse. Villa y su grupo rodearon la mina hasta llegar a la entrada principal, donde dos guardias gringos fumaban y platicaban en inglés. Villa esperó hasta que Benita y Pascual tuvieran tiempo de llegar a su posición y entonces dio la señal. Fierro lanzó una piedra contra una lata vacía, haciendo un ruido que sonó como disparo en el silencio de la noche.
Los guardias se pusieron alerta inmediatamente. ¿Qué fue eso? No sé, mejor vamos a revisar. Fue entonces cuando Villa y sus hombres salieron de las sombras con los rifles listos. Arriba las manos, hijos de la chingada. Los guardias trataron de sacar sus pistolas, pero ya era tarde.
Villa y Fierro eran más rápidos que el rayo. En menos de 5 segundos, los dos gringos estaban en el suelo con las manos amarradas. ¿Dónde están los otros?, preguntó Villa en inglés. Uno de los guardias, un hombre flaco con cicatriz en la cara, trató de hacerse el valiente. No voy a decirte nada, Griser. Fierro le puso la pistola en la cabeza. Mi general, le vuelo los cabrón.
Villa levantó la mano. Todavía no, Rodolfo se agachó junto al gringo. Mira, amigo, yo no soy un hombre malo por naturaleza, pero cuando veo lo que ustedes les han hecho a esos niños, se me despierta el que cargo adentro. Así que te voy a dar una oportunidad. Me dices dónde están tus compañeros.
Oh, mi amigo, aquí te va a enseñar por qué le dicen el carnicero. El gringo miró los ojos de Villa y vio en ellos algo que lo convenció de que no estaba bromeando. Hay uno en las barracas y otro haciendo rondas por los túneles. El capataz mexicano está en su oficina, borracho como siempre. Y Hale. Hale no está aquí. Se fue a agua prieta ayer y no vuelve hasta mañana.
Villa sintió una mezcla de alivio y decepción. Por un lado, era mejor que Hale no estuviera ahí complicando las cosas. Por otro lado, había esperado poder ajustar cuentas con él esa misma noche. Mientras tanto, Benita y Pascual habían llegado a los túneles que daban a las barracas. Los túneles eran estrechos y olían a murciélago y muerte.
Pascual iba adelante, moviéndose como sombra, señalando los obstáculos con gestos. Cuando llegaron cerca de las barracas, pudieron escuchar algo que les seló la sangre. Era el sonido de niños llorando en silencio, ese llanto ahogado de quien ya perdió la esperanza. Benita se persignó y siguió adelante. Por una rendija en la pared pudieron ver el interior de las barracas. Era un lugar que parecía sacado de las pesadillas.
Había como 30 niños amontonados en el suelo. Algunos no pasaban de 6 años, otros ya eran adolescentes. Estaban flacos como perros callejeros, sucios, con los ojos apagados. En una esquina, un guardia gringo dormía con una botella de whisky en la mano. Su rifle estaba recargado contra la pared, lejos de donde él pudiera alcanzarlo rápidamente.
Pascual señaló hacia el guardia y después hacia su cuchillo, preguntando sin palabras si debía matarlo. Benita negó con la cabeza. No querían que los niños vieran más violencia de la que ya habían visto. El padre Contreras se acercó al oído de Benita. Yo puedo dormir lo más profundo con un poco de láudano que traigo para casos extremos. Benita asintió. Era una mejor idea.
Entre los tres se las arreglaron para acercarse al guardia sin despertarlo. El padre Contreras le echó unas gotas de láudano en la boca abierta y el hombre se hundió en un sueño que duraría hasta el mediodía. Entonces se acercaron a los niños. Cuando los vieron, algunos se acurrucaron de miedo, pensando que eran más guardias.
Tranquilos, mijitos”, susurró Benita con la voz más dulce que pudo. “Venimos a llevarlos a casa.” Un niño de unos 10 años, que parecía ser el mayor del grupo, se acercó con desconfianza. “¿De verdad van a sacarnos de aquí? ¿De verdad, chamaco, pero tienen que hacer exactamente lo que les digamos?” “Está bien.
” El niño volteó hacia los otros. “Oyeron, nos van a sacar de aquí.” Fue como si hubieran prendido una luz en la oscuridad. Los niños se levantaron con una energía que no habían tenido en meses. Algunos lloraban de alegría, otros temblaban de emoción, pero Benita sabía que lo más difícil apenas empezaba. Tenían que sacar a 30 niños débiles y asustados por túneles peligrosos sin hacer ruido y llegar hasta el punto de encuentro antes de que alguien se diera cuenta de que habían desaparecido.
“A ver, mis niños”, les dijo, “vamos jugar a que somos ratoncitos. Los ratoncitos caminan despacito, no hacen ruido y siguen siempre al ratón grande, ¿verdad?” Los niños asintieron. Algunos incluso sonrieron por primera vez en meses, pues yo soy el ratón grande y ustedes van a seguirme hasta donde está papá ratón esperándonos.
Mientras tanto, Villa y su grupo habían neutralizado al guardia que patrullaba los túneles. Era un trabajo sucio, pero necesario. Villa no sentía remordimiento. Había visto los cuerpos de los niños muertos y sabía que esos hombres no merecían compasión. El capataz mexicano resultó ser más problema.
El chueco estaba borracho, pero no tanto como para no darse cuenta de que algo malo estaba pasando. Cuando vio a Villa y a Fierro entrar a su oficina, trató de alcanzar su pistola. “Ni se te ocurre, chueco”, le gritó Villa. “¿Sabes quién soy?” El hombre se quedó paralizado cuando reconoció la cara que había visto en tantos carteles de recompensa. Pancho Villa, el mismo.
Y tú eres el hijo de la chingada que ha estado ayudando a ese gringo a matar niños mexicanos. El chueco se puso de rodillas. No, mi general, yo nada más seguía órdenes. Yo no quería hacer nada de esto. Villa lo agarró por el pelo. ¿Cuántos niños han muerto aquí? No, no sé, mi general, yo no llevaba la cuenta. Fierro se acercó. Mi general, este cabrón sabe dónde están enterrados.
Podemos sacarle la información. Villa estudió la cara del chueco por un momento largo. Era un hombre quebrado, destruido por el alcohol y la culpa, pero también era un hombre que había participado en la muerte de niños inocentes. “Chueco”, le dijo finalmente, “te voy a dar una oportunidad que tú nunca les diste a esos chamacos.
Me vas a decir dónde están enterrados todos los que murieron y me vas a ayudar a sacar a los que están vivos. Si haces eso, te voy a dejar ir. De verdad, mi general, de verdad. Pero si me traicionas, si intentas avisarle a alguien o si tus mentiras me hacen perder tiempo, te juro por la memoria de mi madre que te voy a matar más despacio de lo que murieron esos niños.
El chueco asintió desesperadamente. Sí, mi general, lo que usted diga. Pues empieza por decirme dónde están los otros niños, los que tienen en los túneles separados. El chueco los guió hasta una parte de la mina que Villa no había visto en el mapa de Withers. Era más profunda, más peligrosa y el aire era tan malo que costaba trabajo respirar.
Cuando llegaron a las barracas especiales, Villa sintió que se le iba a partir el corazón. Había como 20 niños, pero estos estaban en peores condiciones que los otros. Algunos tenían heridas infectadas, otros tosían sangre, todos parecían fantasmas. “Dios mío”, murmuró Villa. “¿Qué les han hecho? El chueco no se atrevía a levantar la cara.
Los mandan a los túneles más peligrosos, mi general, a buscar oro en betas que pueden colapsar. Muchos salen lastimados, algunos no salen. Villa tuvo que apoyarse contra la pared para no desmayarse. En sus años de guerra había visto muchas atrocidades, pero esto era peor que todo junto.
Fierro, le dijo a su compadre, ayúdame a cargar a estos chamacos y tú, chueco, más te vale que sepas el camino más rápido para salir de aquí. Tomó en brazos a una niña de tal vez 7 años. que no tenía fuerzas ni para mantener los ojos abiertos. La niña lo miró con una mezcla de miedo y esperanza que Villa jamás olvidaría. “Ya, mi hijita”, le susurró.
“Ya nos vamos de aquí. Nunca más vas a tener que bajar a estos túneles.” Entre Villa Fierro y el Chueco cargaron a los niños más débiles y guiaron a los que podían caminar hacia la salida. Era una procesión fantasmal en la oscuridad de los túneles. Arriba, Benita había logrado sacar a su grupo de las barracas principales y los tenía esperando en el punto de encuentro.
Cuando vio llegar a villa con los niños de los túneles profundos, se le salieron las lágrimas. Dios santo, mi general. ¿En qué condiciones estaban estos angelitos? En condiciones que nunca debería haber ningún ser humano, hermana. contestó Villa y por primera vez en muchos años su voz se quebró. Don Evaristo se acercó corriendo. Mi general, ya están todos. Son 52 niños en total. Hacemos volar los túneles.
Villa miró hacia atrás, hacia la mina que había sido la tumba de tantos inocentes. Hazlo, don Evaristo, que nunca más sirva para lastimar a nadie. La explosión se escuchó hasta el pueblo. Los túneles se colapsaron, sepultando para siempre los horrores que habían sucedido ahí adentro.
Pero Vila sabía que su trabajo apenas estaba empezando. Tenían 52 niños traumatizados y enfermos, algunos en estado crítico, y tenían a Everett Hale suelto, probablemente ya enterándose de lo que había pasado. “Muchachos, les dijo a sus compañeros, lo más difícil viene ahora.
Tenemos que llevar a estos chamacos al lugar seguro y tenemos que asegurarnos de que ese gringo pague por lo que hizo. Benita estaba curando las heridas de los niños más lastimados. Mi general, algunos de estos niños necesitan un doctor. Ya los vamos a llevar al pueblo, hermana. Y si no hay doctor allá, los vamos a llevar hasta donde lo haya. Fierro se acercó. ¿Y qué vamos a hacer con Halil? Villa sonrió, pero era una sonrisa que daba miedo.
Jale, va a venir a buscarnos, Rodolfo. Los hombres como él no pueden dejar que alguien les destruya su negocio sin vengarse. Y cuando venga lo vamos a estar esperando. Mientras cargaban a los niños en las carretas que don Evaristo había conseguido, Villa se preguntaba cuántos otros Everettale habría por ahí haciendo sus negocios sucios a la sombra de la guerra, pero también sabía que había mandado un mensaje claro.
En Tierra Mexicana, los niños estaban bajo la protección de Pancho Villa y quien tocara a uno de ellos tendría que vérselas con toda la furia del norte. El convoy empezó a moverse hacia el pueblo cuando el sol empezaba a salir. Era un amanecer rojo como de sangre, pero para villa era el amanecer de la justicia. Los 52 niños iban callados en las carretas, algunos dormidos, otros mirando el cielo como si fuera la primera vez que lo veían.
Villa cabalgaba al frente con la certeza de que había hecho lo correcto, pero también con el peso de saber que la historia aún no había terminado. Everett Hale seguía libre y hombres como él no se rendían fácilmente, pero eso era problema para después. Por ahora tenía 52 razones para estar orgulloso cabalgando en las carretas detrás de él.
Y por primera vez en muchos días Villa sonrió de verdad. Okay.
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