El calor de julio golpeaba las calles empedradas de Sevilla con una intensidad que hacía temblar el aire. Era el año 1871 y el Dr. Rafael Montoro caminaba por la calle Sierpes con su maletín de cuero gastado bajo el brazo, secándose el sudor de la frente con un pañuelo ya húmedo.

A sus años había atendido a medio barrio de Santa Cruz, desde nobles arruinados hasta comerciantes prósperos. Pero ningún paciente lo había inquietado tanto como la familia Calderón. La hacienda de los Calderón se alzaba al final de una calle estrecha, protegida por muros altos de piedra caliza que reflejaban el sol con un brillo casi cegador.

Rafael empujó la pesada puerta de hierro forjado y entró al patio interior, donde una fuente de azulejos sevillanos susurraba con el agua que caía en un ritmo monótono. El aire aquí era más fresco, perfumado por los naranjos que bordeaban el perímetro. “Doctor Montoro, pase, por favor.

” La voz del mayordomo, un hombre mayor llamado Fermín, resonó desde la sombra del corredor. Don Esteban lo espera en el salón principal. Rafael asintió y siguió al mayordomo a través de pasillos decorados con tapices flamencos y pinturas de santos con miradas severas. La casa siempre le había parecido demasiado silenciosa, como si las paredes absorbieran los sonidos.

Finalmente llegaron al salón, una habitación amplia con ventanas que daban al jardín trasero. Don Esteban Calderón estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia el exterior. Era un hombre de unos 50 años, alto y delgado, con el cabello negro salpicado de gris y una barba cuidadosamente recortada. Vestía un traje oscuro a pesar del calor, y sus manos, Rafael notó, temblaban ligeramente cuando se volvió para saludarlo.

“Doctor Montoro, gracias por venir tan rápido.” La voz de Esteban era profunda, pero tensa. Se trata de mis hijas, Lucía e Inés. Necesito que las examine. Por supuesto, don Esteban. Rafael dejó su maletín sobre una mesa auxiliar. ¿Cuáles son los síntomas? Esteban guardó silencio por un momento, como si buscara las palabras correctas.

Sus ojos, Rafael notó, estaban enrojecidos por la falta de sueño. No están enfermas, doctor. Al menos no en el sentido convencional. Hizo una pausa. Han dejado de crecer. Rafael frunció el seño. Dejado de crecer. ¿A qué se refiere exactamente? Lucía tiene 17 años. Inés. 16. Pero durante los últimos 3 años no han cambiado ni un ápice.

Siguen luciendo exactamente igual que cuando tenían 14 y 13 años. Ni una pulgada más altas, ni un rasgo más maduro. Es como si el tiempo se hubiera detenido para ellas. El médico sintió un escalofrío a pesar del calor. Había escuchado de casos de desarrollo problemas glandulares que podían afectar el crecimiento, pero 3 años sin cambio alguno era extraordinario. Me gustaría examinarlas, si es posible.

Esteban asintió y condujo a Rafael por una escalera de mármol hacia el segundo piso. Los pasos resonaban en el silencio inquietante de la casa. Llegaron a una puerta de madera oscura al final del pasillo. Esteban tocó suavemente. Lucía, Inés, el doctor Montoro ha venido a verlas. La puerta se abrió lentamente, revelando una habitación amplia, bañada por la luz filtrada de cortinas de encaje.

Dos jóvenes estaban sentadas en sillas junto a la ventana bordando. Cuando levantaron la vista, Rafael sintió que su corazón se aceleraba. eran idénticas en su juventud congelada. Lucía, la mayor tenía el cabello castaño oscuro recogido en un moño simple y sus ojos verdes lo miraban con una mezcla de curiosidad y resignación.

Inés, junto a ella, compartía los mismos rasgos delicados, aunque su expresión parecía más distante, como si estuviera mirando algo que nadie más podía ver. Buenos días, doctor”, saludó Lucía con una voz suave, pero clara. “Supongo que viene a estudiar nuestra peculiaridad.

” Rafael se acercó con cuidado, consciente de que debía proceder con delicadeza. Con su permiso, me gustaría hacer algunos exámenes básicos, revisar su pulso, auscultar sus pulmones, medir su estatura y peso. Durante la siguiente hora, Rafael llevó a cabo un examen minucioso. Todo parecía normal. pulso regular, respiración clara, reflejos normales.

Pero cuando comparó sus medidas con las anotaciones que había tomado 3 años atrás durante una visita rutinaria, la realidad lo golpeó como un puño en el estómago. Las cifras eran exactamente las mismas, hasta el último milímetro, hasta la última libra. Aquella noche, en su modesto consultorio cerca de la plaza de San Francisco, Rafael abrió su diario personal y comenzó a escribir con mano temblorosa a la luz de una lámpara de aceite. 4 de julio de 1871.

He presenciado hoy algo que desafía toda lógica médica. Las hermanas Calderón, Lucía e Inés parecen haber quedado suspendidas en el tiempo. No puedo explicarlo con la ciencia que conozco. Don Esteban muestra signos de profunda angustia, pero hay algo más en sus ojos, algo que se parece al miedo o a la culpa. Debo investigar más.

A la mañana siguiente, Rafael regresó a la Hacienda a Calderón, esta vez sin ser invitado. Necesitaba respuestas. Fermín, el mayordomo, lo recibió con sorpresa. El señor no lo espera, doctor. Lo sé, pero tengo algunas preguntas urgentes. Es sobre la salud de las señoritas. Fermín lo condujo nuevamente al salón, donde don Esteban estaba revisando unos documentos.

Al ver a Rafael, su rostro se endureció. Dr. Montoro, no esperaba su visita. Don Esteban, necesito que sea honesto conmigo. Rafael se plantó firmemente. ¿Has sometido a sus hijas a algún tratamiento experimental? ¿Alguna medicina especial? ¿Algún procedimiento no convencional? El rostro de Esteban palideció, pero su voz permaneció firme.

No sé de qué me habla. Las hermanas no han cambiado en 3 años. Eso no es natural. Si hay algo que usted no me está diciendo, necesito saberlo para poder ayudarlas. Esteban se levantó bruscamente, derribando su silla. Mi familia ha sufrido bastante, doctor. Mi esposa murió hace 4 años y ahora mis hijas están así.

No le permito que venga a mi casa a hacer acusaciones. Rafael respiró profundamente intentando mantener la calma. No estoy acusando, don Esteban, pero como médico tengo la obligación de buscar la verdad. Si hay una explicación médica, una cura, debo encontrarla. No hay cura. La voz de Esteban se quebró ligeramente. Lo que está hecho está hecho.

Antes de que Rafael pudiera responder, un grito agudo resonó desde el piso superior. Ambos hombres corrieron hacia las escaleras. Encontraron a Inés en el pasillo temblando violentamente, con los ojos desorbitados y las manos agarrándose la cabeza. “Duele, duele mucho!”, gritaba entre sollozos. “Siento que me están vaciando por dentro”.

Lucía había salido de su habitación y abrazaba a su hermana intentando calmarla. “Sh, Inés, ya pasará. Siempre pasa. Rafael se arrodilló junto a ellas tomando el pulso de Inés. Estaba acelerado, errático. La joven respiraba con dificultad, como si el aire no fuera suficiente. ¿Cuánto tiempo lleva así?, preguntó a Lucía. Comenzó hace unos meses. Le da cada dos o tres días, dura unos minutos y luego se calma.

Y usted, Lucía, también experimenta estos episodios. Ella asintió lentamente. Sí, pero los míos son diferentes. No duele físicamente. Es más como si estuviera perdiendo pedazos de mí misma. Recuerdos, sensaciones. A veces no sé quién soy. Rafael sintió un nudo en el estómago. Fuera lo que fuera que les estaba sucediendo a estas jóvenes, estaba empeorando.

Don Esteban, necesito hablar con usted en privado ahora. En el estudio de Esteban, rodeado de libros de contabilidad y mapas comerciales, Rafael enfrentó al Padre con una determinación férrea. Si no me dice la verdad, ahora mismo iré a las autoridades. Sus hijas están sufriendo y usted lo sabe.

Esteban se dejó caer en su silla, hundiendo la cabeza entre las manos. Durante varios minutos no dijo nada. Luego, con voz apenas audible comenzó a hablar. Después de que mi esposa Beatriz murió, me volví loco de dolor. Las niñas eran todo lo que me quedaba y tenía terror de perderlas también. Un hombre vino a verme, un tal conde de Monteal Alegre.

Dijo que pertenecía a una sociedad que podía ayudarme, que podía proteger a mis hijas de cualquier enfermedad, de cualquier daño, incluso de la muerte misma. Rafael sintió que el mundo se inclinaba a su alrededor. ¿Qué clase de sociedad? La llamaban la hermandadigia. Aristócratas, científicos, gente poderosa. Decían que habían encontrado una forma de detener el tiempo, de preservar la vida indefinidamente. Eso es imposible.

Rafael apenas podía creer lo que estaba escuchando. Y usted les creyó. Estaba desesperado. Lágrimas corrían por las mejillas de Esteban. Me mostraron cosas, doctor, experimentos. Un hombre que tenía 90 años, pero lucía como de 40. Una mujer que había sobrevivido a una enfermedad que debería haberla matado.

Y entonces me ofrecieron el tratamiento para mis hijas. ¿Qué tratamiento? Esteban guardó silencio por un largo momento. No lo sé exactamente. Vinieron aquí a la casa, trajeron una máquina, algo que nunca había visto. Dijeron que era obra de una brillante inventora que había desarrollado un método de regeneración celular.

Las niñas fueron sometidas al proceso y funcionó. Al principio, Rafael se sentó pesadamente intentando procesar la información. Y el precio, siempre hay un precio. Esteban cerró los ojos. Me pidieron que entregara a alguien, alguien joven, sano. Dijeron que era necesario para alimentar el proceso. Yo yo encontré a un muchacho en los muelles, un huérfano que nadie echaría de menos. Se lo llevaron.

El horror se apoderó de Rafael. ¿Qué hizo con él? No lo sé. Nunca pregunté, pero desde entonces la máquina está en los sótanos de esta casa funcionando constantemente y mis hijas, mis hijas están atrapadas. Rafael se levantó temblando de ira y disgusto. Usted ha cometido un crimen monstruoso y sus hijas están pagando el precio.

Lo sé. Esteban gritó. Cada día veo lo que les estoy haciendo, pero si detengo la máquina morirán. Eso me dijeron. Están conectadas a ella de alguna forma que no comprendo. Necesito ver esa máquina. No puedo permitir eso. Si no me la muestra, iré a la policía ahora mismo y les contaré todo.

Esteban miró a Rafael con ojos llenos de desesperación. Finalmente asintió. Venga conmigo, pero lo que vea no podrá olvidarlo nunca. Los dos hombres descendieron por una escalera oculta tras una estantería en el estudio. Los escalones de piedra estaban húmedos y resbaladizos. El aire se volvía más frío y pesado con cada paso.

Al final de la escalera, una puerta de metal bloqueaba el paso. Esteban sacó una llave del bolsillo de su chaleco y la abrió con manos temblorosas. Lo que Rafael vio al otro lado cambiaría su vida para siempre. La habitación subterránea se extendía ante ellos como una catacumba profana.

La luz de las lámparas de aceite que Esteban encendió revelaba un espacio amplio con el techo abobedado, las paredes de piedra húmeda cubiertas por una pátina verdosa de humedad. Pero no era la arquitectura lo que hizo que Rafael sintiera que sus piernas flaqueaban, sino lo que ocupaba el centro de la habitación.

La máquina era una abominación de metal bruñido y cristal. Tubos de cobre se entrelazaban como arterias, conectando varios cilindros de vidrio llenos de un líquido ámbar que pulsaba con una luminiscencia propia. El mecanismo central consistía en una serie de engranajes y válvulas que se movían con un ritmo hipnótico, emitiendo un zumbido bajo y constante que Rafael sentía vibrar en sus huesos.

Pero lo que verdaderamente heló la sangre en sus venas fue lo que vio en el extremo más alejado de la habitación. Había una cámara de cristal aproximadamente del tamaño de un ataúd vertical. Dentro, flotando en un líquido viscoso del mismo color ámbar, estaba el cuerpo de un niño. Rafael se acercó lentamente. Cada paso requería un esfuerzo de voluntad.

El muchacho aparentaba unos 12 o 13 años con el cabello oscuro flotando alrededor de su rostro pálido. Sus ojos estaban cerrados y por un momento Rafael pensó que estaba mirando un cadáver, pero entonces vio el leve movimiento de su pecho, el casi imperceptible latido de una avena en su cuello. “Dios mío”, susurró Rafael. “Está vivo.

” Apenas la voz de Esteban sonaba hueca. vacía. La hermandad lo llama el príncipe de piedra. Su energía vital alimenta la máquina y la máquina mantiene a mis hijas en su estado actual. Rafael se volvió bruscamente hacia Esteban. ¿Tiene idea de lo que está diciendo? Está describiendo vampirismo científico. Está drenando la vida de este niño para mantener a sus hijas suspendidas en el tiempo.

No tenía otra opción. Esteban se desplomó contra la pared, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo frío. Cuando acepté el trato, no comprendía completamente lo que implicaba. Pensé que sería un procedimiento único, una inyección o un elixir. No sabía que requeriría un sacrificio continuo.

Rafael se acercó a la cámara de cristal, examinándola más de cerca. Había inscripciones grabadas en el metal que la rodeaba. euaciones y símbolos que no reconocía. En la base encontró una placa de bronce con un nombre grabado, dispositivo Iváñes, prototipo I. Propiedad de la hermandad Estigia. “Ibáñez”, murmuró Rafael. ¿Quién es Iváñez? La inventora respondió Esteban con voz quebrada. Leonor Ibáñez.

Era una mujer brillante, una científica que trabajaba en secreto en Sevilla. Desarrolló esta tecnología para intentar salvar a su propio hijo, que estaba muriendo de una enfermedad degenerativa. Pero antes de que pudiera completar su trabajo, la hermandad se lo robó. ¿Y qué le pasó a ella? Desapareció.

Algunos dicen que la hermandad la eliminó para que no pudiera revelar sus secretos. Otros creen que huyó destrozada por lo que su invención se había convertido. Rafael tocó el cristal de la cámara sintiendo su superficie extrañamente cálida. El niño dentro no reaccionó a su presencia. Y este niño, ¿quién es? Su nombre es Tomás. Es era el hijo de Leonor Ibáñez. El horror de la revelación golpeó a Rafael como una ola.

La inventora había creado el dispositivo para salvar a su hijo y la hermandad había convertido a ese mismo niño en la batería humana que alimentaba su perverso sistema. Esto es monstruoso más allá de toda comprensión. Rafael se apartó de la cámara sintiendo náuseas. ¿Cómo puede vivir consigo mismo sabiendo esto? No puedo.

Esteban gritó con lágrimas corriendo por su rostro. Cada noche sueño con el momento en que entregué a ese muchacho. Cada mañana despierto sabiendo que mis hijas están vivas solo porque otro niño está muriendo lentamente. Pero si detengo la máquina, si lo libero, Lucía e Inés morirán en cuestión de horas. La hermandad me lo dejó muy claro.

Rafael comenzó a caminar de un lado a otro, su mente médica luchando por encontrar una solución. Debe haber una forma de revertir el proceso. Si esta mujer, Leonor Ibáñez diseñó la máquina, debe haber dejado notas, planos, algo que explique cómo funciona. La hermandad se llevó todo.

Registraron su laboratorio y confiscaron todos sus documentos. ¿Y dónde está ese laboratorio? Estaba en el barrio de Triana, cerca del río, pero fue sellado después de su desaparición. Nadie ha entrado ahí en años. Rafael tomó una decisión. Entonces iré a buscarlo. Debe haber algo que se hayan perdido, alguna pista que nos ayude a entender cómo liberar tanto a Tomás como a sus hijas sin matarlos a todos en el proceso. Es demasiado peligroso, advirtió Esteban.

La hermandad tiene ojos en todas partes. Si descubren que está investigando, lo eliminarán sin dudarlo. Entonces tendré que ser discreto. Rafael se dirigió hacia las escaleras. Mientras tanto, no le diga a nadie que estuve aquí y por el amor de Dios, vigile a sus hijas. Si sus síntomas empeoran, envíeme un mensaje de inmediato.

Esa misma noche, Rafael cruzó el río Guadalquivir hacia Triana, caminando por calles estrechas iluminadas apenas por faroles de gas. El barrio era conocido por sus alfareros y sus gitanos, por el flamenco que brotaba de las tabernas y el olor a arcilla húmeda que impregnaba el aire. Encontró el edificio, según las indicaciones de Esteban, una casa de tres pisos con las ventanas tapeadas y una puerta sellada con cadenas oxidadas.

Rafael miró a su alrededor, asegurándose de que nadie lo observaba, y luego usó una palanca que había traído consigo para forzar las cadenas. La puerta se abrió con un chirrido que hizo eco en la noche. El interior estaba completamente oscuro. Rafael encendió una linterna y entró cerrando la puerta trás de sí. El aire estaba viciado, cargado de polvo y abandono.

La luz de su linterna revelaba un recibidor con muebles cubiertos por sábanas blancas, ahora grises, por el paso del tiempo. Subió las escaleras con cuidado. Cada peldaño crujía bajo su peso. En el segundo piso encontró lo que debía haber sido la vivienda de Leonor, una sala de estar con libros esparcidos por todas partes.

algunos abiertos como si su dueña hubiera tenido que irse con prisa. Rafael examinó los títulos tratados de medicina, física, química, biología. Había también cuadernos llenos de cálculos y dibujos anatómicos extraordinariamente detallados. Pero el verdadero laboratorio estaba en el tercer piso. La habitación era amplia, con grandes ventanas que durante el día habrían inundado el espacio de luz.

Ahora la luz de la linterna de Rafael revelaba mesas de trabajo cubiertas de instrumental científico, microscopios, tubos de ensayo, balanzas de precisión. En las paredes había diagramas y esquemas dibujados directamente sobre el yeso, ecuaciones que Rafael apenas podía comenzar a comprender.

Y en el centro de la habitación, sobre una mesa grande, encontró lo que buscaba, un cuaderno de cuero negro con las iniciales Li grabadas en oro en la cubierta. Rafael lo abrió con manos temblorosas y comenzó a leer. 15 de marzo de 1867. Tomás empeora cada día. Los médicos me han dicho que le quedan quizás 6 meses de vida. No puedo aceptarlo. No perderé a mi hijo. He dedicado mi vida a la ciencia.

Ahora la ciencia me devolverá a mi hijo. 2 de abril de 1867. He he hecho un descubrimiento extraordinario. Las células del cuerpo tienen un reloj interno, un mecanismo que regula su envejecimiento y muerte. Si pudiera acceder a ese mecanismo, resetear ese reloj, podría detener o incluso revertir el proceso degenerativo. 20 de junio de 1867.

He construido el primer prototipo. Funciona con una fuente de energía bioeléctrica, un campo que puede sincronizarse con el ritmo celular de un paciente. Las pruebas iniciales con tejidos animales son prometedoras. Rafael pasó las páginas rápidamente absorbiendo información. Leonor Ibáñez había sido una genio adelantada a su tiempo por décadas, pero también había sido una madre desesperada y esa desesperación la había llevado a territorios peligrosos.

3 de enero de 1868. Necesito una fuente de energía más potente. El dispositivo requiere un campo bioeléctrico estable y continuo. He considerado usar múltiples baterías galvánicas, pero la potencia es insuficiente. Necesito algo vivo, algo con su propio campo bioeléctrico natural. Aquí la escritura de Leonor se volvía más errática. Las líneas temblaban. 10 de febrero de 1868.

Hoy vinieron unos hombres, se hacían llamar la hermandad de Estigia. Sabían de mi trabajo, no sé cómo. Me ofrecieron fondos ilimitados, acceso a recursos que nunca podría obtener por mi cuenta. A cambio, querían mi dispositivo una vez estuviera completo. Rechacé su oferta. Mi trabajo es para Tomás, no para satisfacer la vanidad de aristócratas obsesionados con la inmortalidad. 15 de febrero de 1868.

Han vuelto. Esta vez no vinieron a negociar. Se llevaron mis planos, mis notas, todo mi equipo y se llevaron a Tomás. Dijeron que lo usarían como el corazón de su máquina, que su hijo alimentaría su sueño de vida eterna. Intenté detenerlos, pero hay demasiados. Son demasiado poderosos. Rafael sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas mientras leía las últimas entradas del diario.

20 de febrero de 1868. He intentado ir a la policía, pero nadie me escucha. La hermandad tiene influencia en todas partes. He intentado recuperar a Tomás por mi cuenta, pero su sede está custodiada como una fortaleza. Estoy sola y sin recursos. 1 de marzo de 1868. He tomado una decisión.

Si no puedo destruir la hermandad desde fuera, lo haré desde dentro. He aceptado trabajar para ellos. Me han devuelto a Tomás, o al menos me permiten verlo en su prisión de cristal. Dicen que mientras coopere mantendrán a mi hijo vivo. Están usando mi dispositivo para sus primeros experimentos. dos niñas, las hijas de un comerciante llamado Calderón.

El Padre vendió sus almas por la promesa de la juventud eterna. 15 de abril de 1868. Estoy construyendo un segundo dispositivo, uno que la hermandad no conoce. Lo escondo aquí en mi antiguo laboratorio. Es una clave, una forma de desactivar el sistema sin matar a las víctimas conectadas. Pero necesito tiempo para completarlo y tiempo es lo único que no tengo. La hermandad sospecha de mí.

La última entrada estaba fechada el 20 de abril de 1868, casi 3 años atrás. Me están vigilando constantemente. Sé que pronto harán su movimiento. He escondido el dispositivo de desactivación en el lugar donde todo comenzó, donde Tomás solía jugar cuando era pequeño. Si alguien lee esto, si alguien quiere hacer lo correcto, busquen en el parque de María Luisa, bajo el viejo roble, cerca del estanque de los patos.

Ahí encontrarán la salvación o al menos la posibilidad de ella, que Dios perdone lo que he creado y que proteja a mi hijo. Rafael cerró el cuaderno. Su mente trabajaba a toda velocidad. Leonor había construido una forma de desactivar la máquina sin matar a sus víctimas, pero había logrado terminarla antes de desaparecer y realmente estaría todavía en el parque de María Luisa.

Después de 3 años, solo había una forma de averiguarlo. El amanecer pintaba el cielo de Sevilla con tonos naranjas y rosas cuando Rafael llegó al parque de María Luisa. El parque, un regalo de la infanta María Luisa Fernanda de Borbón a la ciudad, era un oasis de verdor en medio del bullicio urbano. A esta hora temprana, solo algunos jardineros y madrugadores paseantes transitaban por sus senderos.

Rafael caminó con prisa, pero intentando no llamar la atención, el cuaderno de Leonor Ibáñez escondido bajo su abrigo. Sus ojos buscaban el viejo roble cerca del estanque de los patos que la inventora había mencionado. Lo encontró en un rincón apartado del parque, un árbol majestuoso con el tronco tan ancho que tres hombres difícilmente podrían rodearlo con sus brazos.

El estanque cercano reflejaba la luz del alba y algunos patos nadaban perezosamente en su superficie. Rafael se arrodilló junto a las raíces expuestas del roble, comenzando a excavar con sus manos. La tierra estaba húmeda y fría. Cabó durante varios minutos, sus dedos lastimándose contra piedras y raíces hasta que finalmente tocó algo metálico.

Con cuidado extrajo una caja de metal sellada con cera. La superficie estaba oxidada pero intacta. Rafael la abrió con el corazón latiendo con fuerza. Dentro había un dispositivo del tamaño de un libro construido con la misma estética de la máquina en el sótano de los Calderón. engranajes de precisión, pequeños cristales, cables de cobre. Junto a él había un sobre amarillento.

Rafael abrió el sobre y desdobló la carta dentro. A quien encuentre esto, mi nombre es Leonor Ibáñez. Si estás leyendo esto, entonces he fallado en mi intento de destruir la hermandad Estigia desde dentro. O quizás he muerto en el intento. Este dispositivo es una clave maestra para mi invención original.

Puede desconectar el sistema de regeneración sin causar un shock letal a los sujetos conectados. Pero debes seguir las instrucciones exactamente. Primero, el dispositivo debe ser conectado al núcleo central de la máquina principal. Reconocerás el núcleo. Es la cámara cilíndrica con los campos electromagnéticos. pulsantes.

Segundo, activa el dispositivo girando el dial principal tres veces en sentido horario. Esto iniciará una secuencia de desconexión gradual que durará aproximadamente 6 horas. Tercero, durante esas 6 horas, los sujetos experimentarán un despertar traumático. Sus cuerpos comenzarán a procesar años de envejecimiento detenido en un periodo comprimido.

Necesitarán cuidados médicos constantes, fluidos, nutrientes, medicamentos para el dolor. Cuarto y más importante, el sujeto que sirve como fuente de energía, mi pobre Tomás, debe ser liberado de su cámara inmediatamente después de activar el dispositivo. Su cuerpo ha sido drenado durante tanto tiempo que su recuperación será la más difícil. Puede que no sobreviva, pero al menos morirá libre.

Si tienes el coraje de usar esto, que Dios te bendiga. Y si ves a mi hijo, dile que su madre nunca dejó de luchar por él. Leonor Rafael guardó la carta y el dispositivo en los bolsillos internos de su abrigo. Tenía lo que necesitaba, pero ahora venía la parte más peligrosa, convencer a Esteban Calderón de que dejara usar el dispositivo, sabiendo que esto significaría la muerte del estatus.

suspendido de sus hijas. Cuando Rafael llegó a la Hacienda Calderón cerca del mediodía, encontró la casa sumida en un caos controlado. Fermín lo recibió con rostro pálido. Drctor Montoro, gracias a Dios que está aquí. Las señoritas están peor, mucho peor. Rafael subió las escaleras de dos en dos. En la habitación de las hermanas encontró una escena que le heló la sangre.

Lucía estaba en su cama convulsionando violentamente mientras dos sirvientas intentaban sujetarla. Inés estaba en un rincón acurrucada contra la pared, golpeándose la cabeza repetidamente contra el yeso, mientras murmuraba palabras incoherentes. Inés, detente.

Rafael corrió hacia ella, interponiendo su mano entre su cabeza y la pared. La joven tenía la mirada perdida como si no lo viera. Se están vaciando, vaciando, vaciando. Repetía como un mantra. Don Esteban entró en la habitación. Su rostro era una máscara de desesperación. Empezó hace dos horas. Nada las calma. ¿Qué les está pasando, doctor? Rafael revisó a Lucía rápidamente.

Su pulso era errático. Su temperatura corporal fluctuaba salvajemente entre caliente y frío. Los síntomas no tenían sentido médico convencional, pero Rafael sabía exactamente que los causaba. La máquina en el sótano estaba fallando. Don Esteban, necesito hablar con usted ahora en privado. En el estudio, Rafael sacó el dispositivo de Leonor y lo colocó sobre el escritorio. He encontrado esto.

Es de Leonor Ibáñez, la verdadera inventora de la máquina. puede desconectar el sistema sin matar a sus hijas ni a Tomás en el proceso. Esteban miró el dispositivo con una mezcla de esperanza y terror. ¿Estás seguro de que funcionará? No, completamente, admitió Rafael. Pero sus hijas se están deteriorando de todos modos.

La máquina no fue diseñada para funcionar indefinidamente, está fallando y cuando colapse por completo, matará a todos los conectados a ella. Instantáneamente. Esta es nuestra única oportunidad. ¿Y qué les pasará a Lucía e Inés? Comenzarán a envejecer nuevamente. El proceso será doloroso y requerirá cuidados médicos intensivos, pero sobrevivirán.

Tendrán una oportunidad de vivir vidas normales, de crecer, de ser libres. Esteban se dejó caer en su silla, enterrando el rostro entre las manos. He sido un monstruo, lo sé. He condenado a un niño inocente para mantener a mis hijas en una prisión atemporal y ahora me dice que todo fue inútil desde el principio. Lo que hizo fue terrible, dijo Rafael con firmeza.

Pero tiene una oportunidad de hacer lo correcto ahora. Deje que use el dispositivo, libere a Tomás, de a sus hijas la oportunidad de vivir de verdad. Esteban levantó la vista. Lágrimas corrían por sus mejillas. Hágalo. Haga lo que deba hacer. Rafael y Esteban descendieron al sótano.

El zumbido de la máquina era ahora irregular, interrumpido por chasquidos y chirridos metálicos. El líquido ámbar en los cilindros pulsaba de forma errática y Rafael notó que había grietas formándose en algunos de los tubos de vidrio. “Está al borde del colapso”, murmuró Rafael. No tenemos mucho tiempo. Se acercó al núcleo central, una cámara cilíndrica rodeada de anillos magnéticos que giraban lentamente.

Siguiendo las instrucciones de Leonor, conectó el dispositivo a una serie de terminales en la base del núcleo. Sus manos temblaban mientras giraba el dial principal tres veces en sentido horario. El dispositivo cobró vida con un suave zumbido. Luces azules comenzaron a parpadear en su superficie. Inmediatamente el comportamiento de la máquina cambió.

El zumbido irregular se suavizó, convirtiéndose en un tono descendente como una campana que deja de vibrar. Ya está, dijo Rafael. El proceso de desconexión ha comenzado. Durará 6 horas. Ahora necesitamos liberar a Tomás. Se acercaron a la cámara de cristal. Por primera vez que había visto al niño, Rafael notó un cambio en su expresión.

Los párpados temblaban como si estuviera a punto de despertar de un sueño profundo. “¿Cómo abrimos esto?”, preguntó Rafael. Esteban señaló una palanca en el lado de la cámara. La hermandad me mostró cómo, en caso de emergencia, pero me advirtieron que nunca lo hiciera. “Pues ahora es una emergencia. Ábrala.” Esteban tiró de la palanca.

El líquido ámbar comenzó a drenarse a través de conductos en la base de la cámara. Cuando el nivel bajó lo suficiente, la puerta frontal de cristal se abrió con un siseo de aire presurizado. Tomás Ibáñez cayó hacia delante y Rafael lo atrapó antes de que golpeara el suelo. El niño estaba frío y empapado. Su piel tenía un tono enfermizo de blanco azulado.

Rafael lo recostó en el suelo y comenzó a revisarlo. Pulso débil pero presente. Respiración superficial, hipotermia severa. Necesito mantas, agua caliente y todas las lámparas que pueda encontrar”, ordenó Rafael. Rápido. Mientras Esteban corría escaleras arriba, Rafael trabajaba en Tomás, frotando sus extremidades para estimular la circulación, inclinando su cabeza hacia atrás para asegurar que las vías respiratorias estuvieran despejadas.

El niño gimió suavemente, un sonido que era casi imperceptible, pero que llenó a Rafael de esperanza. Vamos, muchacho, vuelve con nosotros. Tu madre no abandonó la esperanza en ti. Yo tampoco lo haré. Durante las siguientes horas, Rafael dividió su tiempo entre el sótano, cuidando de Tomás y el segundo piso, monitoreando a Lucía e Inés.

Las hermanas experimentaban exactamente lo que Leonor había predicho, un despertar traumático. Sus cuerpos, congelados en el tiempo durante 3 años comenzaban a procesar ese tiempo perdido. Lucía fue la primera en despertar completamente. Abrió los ojos con un grito, arqueando la espalda mientras oleadas de dolor la atravesaban.

¿Qué? ¿Qué me está pasando? Tu cuerpo está recordando cómo vivir”, explicó Rafael administrándole el áudano para el dolor. “Has estado suspendida durante 3 años, ahora estás volviendo.” “Volviendo.” Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿A qué? A ser un monstruo como mi padre. A ser humana. Rafael tomó su mano a tener una vida real, una oportunidad de crecer y experimentar todo lo que te han robado.

Inés despertó poco después, pero su estado era más preocupante. Había estado golpeándose la cabeza durante tanto tiempo que tenía una contusión seria. Deliraba hablando con personas que no estaban ahí, viendo cosas que nadie más podía ver. El niño en el cristal lo veo. Está llamándome. Dice que quiere ir a casa. Inés, mírame. Rafael sostuvo su rostro entre sus manos. No hay nadie llamándote.

Estás a salvo. El niño también está a salvo. Lo sacamos. Va a estar bien. Pero Inés no parecía escucharlo. Sus ojos miraban más allá de Rafael hacia algo que solo ella podía ver. Mientras caía la noche, Rafael descendió nuevamente al sótano. La máquina se había silenciado casi por completo.

Los cilindros de vidrio ya no pulsaban con luz y los engranajes se habían detenido. El dispositivo de Leonor había hecho su trabajo. Tomás yacía envuelto en mantas junto a una de las lámparas. Rafael se arrodilló a su lado y quedó asombrado al ver que los ojos del niño estaban abiertos, mirándolo con una intensidad sorprendente para alguien que había estado en suspensión durante tanto tiempo. “¿Puedes oírme?”, preguntó Rafael suavemente.

Los labios de Tomás se movieron, pero no salió sonido alguno. Rafael le ofreció agua, ayudándolo a beber pequeños sorbos. Despacio. Has estado dormido durante mucho tiempo. Tomás tragó con dificultad. Luego intentó hablar nuevamente. Esta vez su voz surgió como un susurro ronco. ¿Dónde está mi madre? Rafael sintió que su corazón se partía.

¿Cómo decirle a este niño que su madre había desaparecido? probablemente asesinada por la misma organización que lo había esclavizado. “Tu madre fue muy valiente”, dijo Rafael, eligiendo sus palabras cuidadosamente. Luchó por ti hasta el final y gracias a ella estás libre ahora. Lágrimas corrieron por las mejillas de Tomás. Lo sé. La la sentí cuando estaba en el cristal. Sentía todo.

Sentía a las niñas conectadas a mí. Sentía como mi vida alimentaba la de ellas y sentía a mi madre buscando la forma de salvarnos a todos. Ella lo logró. Rafael apretó la mano del niño. Tú estás libre. Las niñas están libres. Ahora solo necesitas descansar y recuperarte.

Pero Tomás negó con la cabeza débilmente, “No, no está terminado. La hermandad vendrán cuando descubran que la máquina está desactivada, vendrán a restaurarla o a destruir toda evidencia.” Rafael sintió un escalofrío de temor. El niño tenía razón. La hermandad no permitiría que su experimento fuera expuesto. “Entonces, necesitamos estar preparados”, dijo Rafael levantándose.

“Necesitamos evidencia, testimonios, algo que pueda usarse contra ellos.” subió rápidamente al estudio de Esteban, donde encontró al hombre sentado en la oscuridad, mirando fijamente al vacío. Don Esteban, necesito que me cuente todo lo que sabe sobre la hermandad Estigia, nombres, lugares de reunión, otros experimentos, todo.

Esteban levantó la vista lentamente. Si hago eso, me matarán. Y probablemente a usted también. Probablemente, admitió Rafael, pero si no lo hacemos, seguirán haciendo esto a otras personas. Otros niños serán secuestrados, otras familias serán manipuladas. Usted tiene la oportunidad de redimirse, aunque sea parcialmente.

Esteban respiró profundamente, luego asintió. Muy bien. Traeré mis documentos. Durante las siguientes horas, Esteban reveló todo lo que sabía. La hermandad Estigia era más grande y poderosa de lo que Rafael había imaginado. No era solo un grupo de aristócratas excéntricos, sino una red organizada con miembros en las más altas esferas del gobierno, la ciencia y la Iglesia.

El Conde de Montealegre es solo un intermediario, explicó Esteban. El verdadero líder es alguien que llaman el arquitecto. Nadie ha visto su rostro. dirige todo desde las sombras. ¿Y qué es exactamente lo que buscan? Solo la inmortalidad. No solo eso. Buscan el control absoluto sobre la vida y la muerte. La máquina de Leonor es solo el principio.

Tienen otros experimentos en marcha. Formas de transferir conciencia de un cuerpo a otro, de borrar memorias, de manipular emociones químicamente. Quieren ser dioses. Rafael escribía furiosamente en su cuaderno documentando todo. ¿Dónde tienen su sede principal? En un antiguo monasterio cerca de Carmona.

Está abandonado oficialmente, pero la hermandad lo restauró en secreto. Es donde llevan a cabo sus experimentos más peligrosos. Un grito agudo desde el segundo piso interrumpió su conversación. Rafael y Esteban corrieron escaleras arriba, encontrando a una de las sirvientas en el pasillo, señalando hacia la habitación de las hermanas con rostro aterrorizado.

Hay hombres, hombres encapuchados tratando de entrar por la ventana. Rafael entró en la habitación y vio exactamente lo que la sirvienta había descrito. Tres figuras vestidas con túnicas oscuras intentaban forzar la ventana desde el balcón exterior. “La hermandad”, exclamó Esteban. “Ya están aquí.” Rafael cerró la puerta de la habitación con el pestillo y corrió hacia las hermanas.

Lucía estaba sentada en su cama, pálida, pero consciente. Inés seguía en un estado semidevolvió de delirio, murmurando incoherencias. Tenemos que sacarlas de aquí, dijo Rafael a Esteban. Hay otra salida. La escalera de servicio en el ala oeste conduce directamente a los establos. El sonido de cristales rompiéndose hizo que todos se volvieran.

Las figuras encapuchadas habían roto la ventana y comenzaban a entrar. Rafael pudo ver que llevaban máscaras de porcelana blanca con expresiones serenas pintadas, lo que las hacía aún más inquietantes. “Tomen a las niñas”, ordenó Rafael a las sirvientas. “Don Esteban, llévelas por la escalera de servicio. Yo los distraeré.

” Pero doctor, ahora Esteban y las sirvientas comenzaron a ayudar a las hermanas a levantarse. Lucía podía caminar con apoyo, pero Inés tuvo que ser cargada. Mientras salían por la puerta trasera de la habitación, Rafael tomó una lámpara de aceite y la arrojó contra el primer intruso que entraba por la ventana.

La lámpara se estrelló contra el pecho del hombre, derramando aceite ardiente sobre su túnica. El intruso gritó y retrocedió golpeando a sus compañeros. Pero Rafael sabía que solo había ganado unos segundos. Corrió fuera de la habitación y bajó por la escalera principal, esperando que los intrusos lo siguieran en lugar de ir tras las hermanas. Efectivamente, escuchó pasos pesados detrás de él.

Rafael salió por la puerta principal de la hacienda hacia la calle. Era cerca de medianoche y las calles del barrio de Santa Cruz estaban casi desiertas. corrió hacia la plaza del Salvador, sus pulmones ardiendo con el esfuerzo. Miró hacia atrás y vio que tres figuras lo seguían, moviéndose con una velocidad y coordinación que sugería entrenamiento militar.

Rafael no era un hombre joven ni atlético. Sabía que no podría superarlos en una carrera. dobló bruscamente hacia un callejón estrecho, casi tropezando con los adoquines irregulares. El callejón desembocaba en un pequeño patio con una fuente en el centro. Rafael se escondió detrás de la fuente intentando controlar su respiración jadeante. Los pasos de sus perseguidores resonaron en el callejón.

Rafael los vio entrar al patio moviéndose con cautela, sus cabezas girando para localizarlo. “Doctor Montoro”, dijo uno de ellos, su voz amortiguada por la máscara, “no puede escapar. La hermandad Estigia tiene ojos en todas partes. Entregue el dispositivo de Leonor Ibáñez y tal vez le permitamos vivir.” Rafael no respondió.

Su mano buscó en su abrigo el dispositivo que había conectado a la máquina, pero se dio cuenta de que lo había dejado en el sótano. Lo único que tenía era el cuaderno de Leonor. “No lo tengo”, dijo finalmente, saliendo de detrás de la fuente con las manos levantadas, y aunque lo tuviera, no se lo daría.

El hombre que había hablado se quitó la máscara revelando un rostro de mediana edad con cicatrices que le cruzaban la mejilla izquierda. Admiramos su valentía, doctor, pero está interfiriendo en asuntos que no comprende. La obra de la hermandad es demasiado importante para ser detenida por un médico idealista. Comprendo perfectamente, respondió Rafael con voz firme.

Comprendo que están torturando niños inocentes para satisfacer su obsesión enfermiza con la inmortalidad. Comprendo que han destruido vidas y familias en nombre de su ciencia perversa. La ciencia no tiene moral, doctor, solo tiene propósito. Y nuestro propósito es elevar a la humanidad más allá de sus limitaciones biológicas, a costa de destruir la humanidad misma.

Rafael escupió en el suelo. No son científicos, son monstruos. El hombre sonrió fríamente. Entonces morirá como un idealista tonto. Hizo un gesto y los otros dos se acercaron a Rafael. Pero antes de que pudieran alcanzarlo, una figura saltó desde una ventana sobre el callejón, aterrizando entre Rafael y sus atacantes. Era Tomás Ibáñez.

El niño estaba de pie, envuelto todavía en las mantas que Rafael le había dado, pero en sus manos sostenía una barra de hierro que debía haber tomado de la hacienda. A pesar de su debilidad física evidente, había algo en sus ojos, una determinación feroz que hizo que los miembros de la hermandad se detuvieran. “Aléjense de él”, dijo Tomás con voz temblorosa, pero desafiante. “No permitiré que lastimen a más personas por culpa de mí.

” El hombre de las cicatrices miró al niño con una mezcla de sorpresa y algo que podría haber sido respeto. Tomás Ibáñez, el príncipe de piedra. Deberías estar muerto o al menos incapaz de moverte. ¿Cómo es posible? Mi madre diseñó la máquina, respondió Tomás y parte de su diseño era protegerme incluso mientras me usaban. Ella sabía que algún día alguien intentaría liberarme.

Me preparó para este momento. Rafael miró al niño con asombro. A pesar de haber estado en suspensión durante años, Tomás hablaba con claridad y mostraba una comprensión de la situación que desafiaba su aparente edad. La máquina no solo me mantenía vivo, continuó Tomás. Me enseñaba. Mi madre programó conocimientos en mi mente, información sobre la hermandad, sobre sus planes, sobre cómo detenerlos. Yo lo sé todo. El rostro del hombre se endureció.

Entonces eres aún más peligroso de lo que pensábamos. No podemos permitir que vivas. Se lanzó hacia adelante sacando un cuchillo de su túnica. Pero Tomás, a pesar de su debilidad, se movió con una velocidad sorprendente, golpeando la muñeca del hombre con la barra de hierro. El cuchillo cayó al suelo con un tintineo metálico.

Rafael aprovechó la distracción para agarrar a uno de los otros atacantes, golpeándolo con el peso de su cuerpo. No era un luchador, pero la desesperación le daba fuerza. cayeron juntos al suelo rodando sobre los adoquines. El tercer miembro de la hermandad fue hacia Tomás, pero el niño giró la barra de hierro en un arco amplio, golpeándolo en las costillas. El hombre cayó con un grito de dolor.

“Corran!”, gritó Tomás. “Más, están viniendo.” Rafael se levantó tambaleándose y tomó la mano de Tomás. Juntos corrieron fuera del patio, de vuelta hacia las calles principales, donde había más gente, más testigos, más seguridad. Detrás de ellos escucharon gritos de rabia y el sonido de más pasos acercándose.

Corrieron durante lo que pareció una eternidad, doblando esquinas al azar, cruzando plazas, hasta que finalmente llegaron a la zona cerca de la catedral de Sevilla. Aquí, incluso a medianoche, había guardias y vigilantes nocturnos. La hermandad no se arriesgaría a actuar abiertamente en un lugar tan visible. Rafael se apoyó contra una pared jadeando por aire. Tomás estaba junto a él temblando por el esfuerzo, pero aún de pie.

“Gracias”, dijo Rafael entre respiraciones. “Me salvaste la vida. Usted me salvó primero,” respondió Tomás simplemente, “y salvó a esas hermanas. Es lo mínimo que puedo hacer, pero ¿cómo supiste dónde encontrarme y cómo puedes estar en pie? Deberías estar muriendo. Lo sé. Tomás sonrió débilmente y probablemente lo esté.

Pero mi madre diseñó la máquina para darme una última reserva de energía cuando fuera liberado. Suficiente para hacer lo que debo hacer. ¿Y qué es lo que debes hacer? Los ojos de Tomás se volvieron serios, más viejos de lo que su rostro infantil sugería. Detener a la hermandad, destruir toda su investigación, asegurarme de que ningún otro niño sea usado como yo fui usado. Rafael puso una mano en el hombro del niño. No puedes hacer eso solo.

Eres solo un niño. Soy un niño con los secretos de la hermandad en su cabeza, respondió Tomás. Mi madre me dio un arma, ahora debo usarla. Antes de que Rafael pudiera responder, una campana comenzó a sonar en la distancia, luego otra y otra.

Pronto, todas las campanas de la ciudad parecían estar repicando en alarma. “¿Qué está pasando?”, murmuró Rafael. Un guardia nocturno corrió pasado ellos gritando, “¡Fuego! Hay un gran incendio en el barrio de Santa Cruz! Rafael sintió que su sangre se helaba. La hacienda Calderón. Tomás y Rafael corrieron de vuelta hacia Santa Cruz, uniéndose a una multitud de personas que se dirigían hacia el fuego o huían de él.

El cielo nocturno estaba iluminado por un resplandor naranja que crecía cada vez más brillante. Cuando llegaron a la calle de los Calderón, Rafael vio sus peores temores confirmados. La hacienda estaba envuelta en llamas. Columnas de fuego brotaban de cada ventana. El calor era tan intenso que tenían que mantenerse a distancia. No! Gritó Rafael. Las hermanas Esteban intentó correr hacia la casa, pero Tomás lo agarró. No puede entrar ahí, morirá.

Pero ellos están dentro. Mire, Tomás señaló hacia un costado del edificio. Ahí en los establos. Rafael siguió la mirada del niño y vio un grupo de figuras en la entrada de los establos. Esteban estaba ahí y con él las sirvientas, sosteniendo a Lucía e Inés estaban a salvo. Rafael corrió hacia ellos. Tomás le siguió de cerca.

Esteban cubierto de ollín, tosiendo por el humo, pero ileso. Drctor Montoro, gracias a Dios pensé que estoy bien. ¿Qué pasó? La hermandad Esteban miró hacia la casa ardiendo con ojos llenos de lágrimas. Vinieron mientras estábamos escapando. Prendieron fuego a todo.

Dijeron que no podían permitir que la evidencia de su experimento fallido saliera a la luz. Rafael miró hacia las llamas sintiendo una mezcla de horror y rabia. La máquina estaba ahí dentro, destruyéndose junto con cualquier evidencia física de los crímenes de la hermandad. El sótano, dijo Tomás de repente. La máquina está en el sótano, construida en piedra.

El fuego no la destruirá completamente, habrá restos. Pero para cuando podamos acceder al sótano, la hermandad habrá enviado a alguien para asegurarse de que no quede nada. Argumentó Rafael. Entonces necesitamos proteger el sitio ahora”, dijo una voz detrás de ellos.

Se volvieron y vieron a un hombre mayor vestido con el uniforme de la policía municipal. Era el comisario Rodrigo Vargas, un hombre conocido en Sevilla por su incorruptibilidad. “Comisario Vargas”, saludó Rafael. “¡Qué afortunado que esté aquí no es fortuna, Dr. Montoro.” Vargas miró fijamente el edificio en llamas. Recibí un mensaje anónimo hace una hora diciéndome que viniera aquí, que sería testigo de un crimen grave.

¿Alguien quiere explicarme qué demonios está pasando? Rafael y Esteban intercambiaron miradas. Esta podría ser su única oportunidad. Comisario, lo que voy a contarle sonará increíble, pero cada palabra es verdad. Durante la siguiente hora, mientras los bomberos luchaban por controlar el incendio, Rafael y Esteban le contaron todo al comisario Vargas. Tomás añadió detalles que solo él conocía, información sobre otros experimentos de la hermandad, nombres de miembros, ubicaciones de sus instalaciones secretas. Vargas escuchó todo en silencio, su expresión volviéndose cada

vez más sombría. Esto es monstruoso, dijo finalmente. Si es verdad, estamos hablando de una conspiración que involucra a algunos de los hombres más poderosos de Andalucía. Es verdad, insistió Rafael, y tenemos testigos, las hermanas Calderón, Tomás Ibáñez, don Esteban mismo. El testimonio de un hombre que admite haber cometido un crimen no es exactamente confiable.

señaló Vargas. Y las hermanas, bueno, he visto su estado. No sé si un juez aceptaría su testimonio. Entonces, ¿qué sugiere?, preguntó Rafael con frustración. Simplemente dejamos que la hermandad continúe con sus atrocidades? Vargas se frotó el rostro con cansancio. No dije eso, pero necesitamos ser inteligentes al respecto.

Si vamos directamente contra miembros tan poderosos. sin evidencia sólida nos aplastarán. Necesitamos pruebas físicas, documentos, algo irrefutable. Yo sé dónde están, dijo Tomás. Todos se volvieron hacia el niño. Mi madre me mostró todo en la máquina. Sé donde la hermandad guarda sus archivos principales.

En el monasterio abandonado cerca de Carmona, como dijo don Esteban. Pero hay más. tienen una segunda ubicación en Sevilla misma, bajo la antigua sinagoga en el barrio judío. Es ahí donde guardan los registros de todos sus miembros y sus transacciones financieras. Vargas se inclinó hacia el niño. ¿Puedes llevarnos ahí? Tomás asintió, aunque Rafael notó que el niño temblaba de agotamiento.

Puedo, pero debemos ir pronto. Una vez que la hermandad se dé cuenta de que escapé y que usted está involucrado, comisario, moverán o destruirán todo. Vargas miró hacia el cielo, donde las primeras luces del amanecer comenzaban a teñir las nubes de gris. Muy bien. Reuniré a mis hombres de más confianza.

Iremos antes del mediodía. Yo voy con ustedes, dijo Rafael. Y yo también, añadió Esteban. Vargas los miró a ambos con severidad. Don Esteban, usted se quedará aquí con sus hijas. Han pasado por suficiente trauma. Doctor Montoro, lo necesitaremos para evaluar cualquier evidencia médica que encontremos.

Pero ambos deben entender, si esto sale mal, todos podríamos terminar muertos. O peor, a las 10 de la mañana, un grupo de ocho hombres se reunió discretamente en una calleja cerca del barrio judío. El comisario Vargas había seleccionado cuidadosamente a su equipo, policías jóvenes sin conexiones con la aristocracia local, hombres en quienes podía confiar. Rafael estaba ahí con su maletín médico.

Tomás iba envuelto en una capa oscura que ocultaba su frágil estado. El niño los guió a través de calles estrechas y sinas que llegaron a un edificio de piedra antigua, parcialmente en ruinas. Aquí, susurró Tomás, la entrada está debajo. Descendieron por unos escalones desgastados que conducían a lo que parecía ser una bodega abandonada.

Pero Tomás se acercó a una pared específica y presionó una serie de piedras en un patrón particular. Con un clic suave, una sección de la pared se deslizó hacia un lado revelando un pasaje oscuro. ¿Cómo sabes esto? preguntó Vargas asombrado. Mi madre lo descubrió mientras trabajaba para ellos, respondió Tomás.

Me lo mostró todo a través de la máquina, cada memoria, cada secreto que aprendió. Encendieron linternas y entraron al pasaje. El aire era húmedo y olía a tierra antigua. El túnel descendía en ángulo, llevándolos más y más profundo bajo la ciudad. Después de varios minutos de caminata, llegaron a una puerta de hierro cerrada con un candado complejo.

Tomás estudió el mecanismo por un momento, luego comenzó a girar los diales en una secuencia específica. El candado se abrió. Detrás de la puerta había una habitación sorprendentemente grande y bien iluminada por lámparas de gas. Las paredes estaban forradas con estanterías llenas de archivos, cajas y libros de contabilidad.

Había también vitrinas con especímenes preservados en frascos, algunos de los cuales hicieron que Rafael sintiera náuseas. “Dios santo”, murmuró Vargas mirando alrededor. “Esto es como una catacumba científica. Comiencen a documentar todo”, ordenó Vargas a sus hombres. Fotografías, inventarios, tomen nota de todo lo que vean. Rafael se acercó a uno de los archivadores y comenzó a revisar los documentos.

Lo que encontró era aún peor de lo que había imaginado. Había registros de docenas de experimentos, cada uno involucrando víctimas humanas, niños comprados o secuestrados, indigentes que nadie echaría de menos, incluso prisioneros donados por oficiales corruptos. “Comisario, necesita ver esto”, dijo uno de los policías sosteniendo un libro de contabilidad. Son pagos.

Hay nombres aquí, jueces, funcionarios del gobierno, incluso un par de obispos. Vargas tomó el libro, sus ojos escaneando las páginas. Su rostro se volvió de un rojo intenso de rabia. Estos bastardos han comprado a media ciudad. Tomás había caminado hacia el fondo de la habitación, donde había una puerta más pequeña. La abrió y llamó a Rafael.

Doctor, venga a ver esto. Rafael entró en lo que parecía ser un laboratorio privado. Había una mesa central con instrumentos quirúrgicos, algunos todavía manchados de sangre seca. Pero lo que capturó la atención de Rafael fue una serie de fotografías clavadas en un tablero en la pared. Eran retratos de hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno etiquetado con nombres, fechas y anotaciones.

Rafael reconoció a algunos aristócratas sevillanos, comerciantes ricos, un poeta famoso que supuestamente había muerto joven. “Son miembros de la hermandad”, dijo Tomás. Cada uno ha recibido algún tipo de tratamiento. Algunos fueron exitosos, otros señaló hacia algunas fotos con una X roja marcada sobre ellas. No tanto.

En una esquina del tablero, Rafael vio una fotografía más grande. Era de un hombre de mediana edad, con ojos penetrantes y una expresión de suprema confianza. Debajo alguien había escrito el arquitecto. Identidad verdadera desconocida. Incluso aquí no sabían quién era realmente, murmuró Rafael. Mi madre lo descubrió, dijo Tomás suavemente. Pasó meses investigando.

El arquitecto es Pero antes de que pudiera terminar, un estruendo resonó desde el túnel. Gritos, disparos, el sonido de pelea. Vargas corrió hacia la puerta principal. Nos han encontrado. Prepárense. Figuras encapuchadas comenzaron a entrar por el túnel, pero esta vez llevaban armas de fuego.

Los policías respondieron y el pequeño espacio subterráneo se convirtió en una zona de guerra. “Tomen toda la evidencia que puedan!”, gritó Vargas mientras disparaba su revólver. No podemos permitir que lleguen a los archivos. Rafael agarró a Tomás y lo empujó detrás de una estantería pesada para protegerlo. Una bala pasó silvando cerca de su cabeza, impactando en la pared de piedra y enviando astillas volando. “Hay demasiados!”, gritó uno de los policías. “No podemos contenerlos.

” Tomás se liberó del agarre de Rafael y corrió hacia el centro de la habitación. Sus ojos escanearon rápidamente el espacio. Luego se dirigió a una de las lámparas de gas. Doctor, comisario, salgan ahora. Voy a sellar el túnel. ¿Qué? ¿Cómo? Gritó Rafael. Mi madre me enseñó. Hay una válvula de gas principal. Puedo crear una explosión que colapse el túnel. Pero te matará.

Rafael intentó alcanzar al niño, pero más disparos lo obligaron a agacharse. “Ya estoy muriendo, doctor”, gritó Tomás. Y Rafael vio que era verdad. El niño estaba más pálido que nunca, sangraba por la nariz, temblaba violentamente. La energía que mi madre me dejó se está agotando. Al menos déjenme hacer algo útil con el tiempo que me queda.

Vargas comprendió lo que el niño planeaba hacer. Todos retírense, vayan por el túnel de servicio.” Señaló hacia una entrada lateral que Rafael no había notado antes. Los policías comenzaron a retirarse llevando consigo todos los documentos y evidencias que podían cargar. Rafael se quedó congelado mirando a Tomás. “No puedo dejarte”, dijo Rafael con lágrimas en los ojos.

Tu madre te confió a mi cuidado y usted me liberó”, respondió Tomás con una sonrisa débil. Me dio la oportunidad de hacer algo importante. No me quite eso, doctor, por favor. Vargas agarró a Rafael por el brazo. Tenemos que irnos ahora. Con el corazón destrozado, Rafael dejó que Vargas lo arrastrara hacia el túnel de servicio. Mientras corrían, escuchó la voz de Tomás gritando una última vez. Esto es por ti, mamá.

Y entonces el mundo explotó en fuego y ruido. La explosión sacudió los cimientos del barrio judío. Edificios temblaron, ventanas se quebraron y una columna de polvo y escombros brotó de la antigua sinagoga como un heiser gris. Rafael y los demás apenas lograron salir del túnel de servicio antes de que colapsara detrás de ellos, sellando para siempre lo que quedaba del archivo secreto de la hermandad.

Rafael se desplomó en la calle tosiendo por el polvo que llenaba sus pulmones. A su alrededor, la gente corría en pánico, gritando sobre terremotos y el fin del mundo. Pero Rafael solo podía pensar en Tomás Ibáñez, un niño que había sacrificado su vida para exponer la verdad. Dr. Montoro. La voz de Vargas lo sacó de su dolor. Lamento su pérdida, pero el niño no murió en vano.

Tenemos suficiente evidencia para proceder contra varios miembros de la hermandad. Rafael levantó la vista limpiándose las lágrimas y el polvo de su rostro. Varios y el resto. El arquitecto Vargas apretó los labios. El arquitecto sigue siendo un fantasma y muchos de los miembros más poderosos, bueno, la evidencia que tenemos contra ellos es circunstancial. Abogados caros podrían hacerla desaparecer.

Entonces, ¿todo esto fue inútil? La voz de Rafael estaba llena de amargura. No. Vargas puso una mano en su hombro. Hemos herido a la hermandad gravemente. Destruimos su archivo principal. Eliminamos su capacidad de operar abiertamente en Sevilla y tenemos suficiente para arrestar y procesar al conde de Montealegre y varios otros.

No es una victoria completa, pero es un comienzo. Durante las siguientes semanas, Sevilla fue sacudida por una serie de arrestos y escándalos. El conde de Montealegre fue capturado intentando huir a Francia y fue llevado a juicio por múltiples cargos de secuestro y asesinato. Varios funcionarios menores de la hermandad fueron también arrestados, pero los miembros más poderosos permanecieron intocables, protegidos por capas de negación plausible y conexiones políticas.

El juicio del conde de Montealegre fue sensacional, llenando las páginas de todos los periódicos, pero terminó de manera insatisfactoria. El conde fue declarado culpable de algunos cargos menores y sentenciado a solo 15 años de prisión. Rafael testificó en el juicio, como lo hicieron Esteban Calderón y Lucía.

Inés estaba demasiado enferma mentalmente para testificar. Los traumas que había experimentado la habían dejado en un estado de confusión permanente. Fue internada en un sanatorio privado donde podría recibir cuidados constantes. En cuanto a Lucía, comenzó a recuperarse lentamente. Su cuerpo reanudó su proceso de maduración natural, envejeciendo 3 años en cuestión de meses.

Era un proceso doloroso, tanto física como emocionalmente, pero ella lo enfrentó con una fortaleza sorprendente. Una tarde de octubre, dos meses después del incendio de la hacienda Calderón, Rafael visitó a Lucía en la nueva casa que su padre había alquilado cerca de la plaza de España. Don Esteban había vendido todo lo que quedaba de su negocio para pagar las deudas y los gastos médicos de sus hijas.

Lucía estaba sentada en un jardín pequeño leyendo un libro. Rafael notó con satisfacción que su rostro había madurado. Sus rasgos estaban más definidos. Ya no parecía la niña congelada de 16 años, sino una joven mujer de su verdadera edad. Dr. Montoro saludó con una sonrisa. Qué placer verlo, señorita Calderón. Rafael se sentó en una silla junto a ella.

“¿Cómo se siente hoy?” “Mejor cada día”, respondió ella cerrando el libro. “Los dolores han disminuido y mi mente se siente más clara. Es como si estuviera despertando de un sueño largo y confuso. Me alegra escucharlo.” Lucía guardó silencio por un momento, mirando hacia las flores del jardín.

He estado pensando mucho en Tomás”, dijo finalmente, “El niño que murió para salvarnos. A veces siento su presencia como si parte de él todavía estuviera conectado a mí. ¿Eso tiene sentido?”, Rafael consideró la pregunta cuidadosamente. Durante 3 años, su vida estuvo literalmente conectada a la de él. No sería sorprendente que quedara algún tipo de vínculo residual, pero creo que lo que siente es más que eso.

Creo que es gratitud y responsabilidad. Tomás le dio una segunda oportunidad de vivir. Ahora depende de usted decidir qué hacer con esa oportunidad. Quiero hacer algo importante, dijo Lucía con determinación. No puedo ser médico como usted. Mi educación está demasiado atrasada, pero puedo ayudar de otras formas.

He estado pensando en trabajar con niños huérfanos, darles un hogar seguro. Nadie más debería sufrir como sufrió Tomás. Rafael sonríó. Creo que esa es una idea maravillosa. ¿Y usted, doctor, ¿qué hará ahora? Rafael suspiró profundamente. Continuar documentando todo lo que sucedió.

Escribir la historia completa en mi diario para que algún día, cuando el clima político cambie, la verdad pueda salir a la luz completamente. ¿Cree que ese día llegará? Tiene que llegar. Respondió Rafael. La hermandad puede estar herida, pero no está muerta. seguirán operando en las sombras, buscando nuevas formas de perseguir su obsesión enfermiza. Y cuando lo hagan, alguien necesitará estar listo para exponerlos nuevamente.

Esa noche, en su consultorio, Rafael abrió su diario y comenzó a escribir la entrada final de su crónica del caso Calderón. 4 de octubre de 1871. Han pasado dos meses desde los eventos que cambiaron mi vida para siempre. He sido testigo de horrores que desafían la imaginación y actos de valentía que restauran mi fe en la humanidad.

Tomás Ibáñez, un niño que fue víctima de la peor clase de explotación, eligió sacrificarse para que otros pudieran ser libres. Su madre, Leonor Ibáñez, dedicó su genio no a la gloria o la riqueza, sino a salvar a su hijo. Y cuando eso le fue arrebatado, luchó hasta el final para asegurarse de que su invención no causara más sufrimiento.

Las hermanas Calderón están ahora en el camino hacia la recuperación, aunque el precio ha sido terrible. Lucía encuentra propósito en ayudar a otros. Inés lucha cada día contra los demonios en su mente. Su padre, don Esteban Calderón, vive con la culpa de sus acciones una carga que llevará hasta su tumba.

En cuanto a la hermandad Estigia, han sido heridos, pero no destruidos. Algunos de sus miembros han sido arrestados y procesados, pero los más poderosos permanecen libres operando en secreto. He escuchado rumores de que están reorganizándose, cambiando sus métodos, volviéndose más cautelosos. Pero también he escuchado rumores de resistencia.

Hay otros como yo, médicos, científicos, personas de conciencia que están al tanto de lo que la hermandad representa y están determinados a oponerse a ellos. Formamos una red informal, compartiendo información, vigilando signos de sus experimentos. No sé si viviré para ver el día en que la hermandad sea completamente desmantelada, pero me consuelo sabiendo que he hecho mi parte.

He expo la verdad, he salvado vidas y he honrado la memoria de un niño valiente que merecía mucho más de lo que la vida le dio. Si alguien lee esto en el futuro, si descubre este diario en algún archivo polvoriento o escondite olvidado, le pido una cosa.

Recuerde a Tomás Ibáñez, recuerde a Leonor Ibáñez, recuerde que la búsqueda del conocimiento sin ética, el progreso sin humanidad, inevitablemente conduce a la monstruosidad. Y recuerde que incluso en los momentos más oscuros hay quienes eligen lo correcto sin importar el costo, que sus sacrificios no hayan sido en vano. Dr. Rafael Montoro.

Rafael cerró el diario y lo guardó en un compartimento oculto en su escritorio. Algún día pensó, cuando el momento fuera adecuado, lo entregaría a alguien que pudiera hacer uso de la información, pero por ahora necesitaba permanecer oculto y seguro. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia las calles iluminadas por faroles de Sevilla.

En algún lugar ahí afuera, la hermandad Estigia seguía operando, tramando sus planes, persiguiendo su sueño imposible de conquistar la muerte misma. Pero también ahí afuera estaban personas como Lucía, determinadas a hacer el bien en el mundo. Personas que recordarían el sacrificio de Tomás y trabajarían para asegurarse de que no hubiera más víctimas.

Rafael no sabía qué depararía el futuro, pero por primera vez en semanas sintió algo parecido a la esperanza. 34 años después, en 1905, la nueva hacienda de los Calderón, una estructura modesta comparada con la mansión original, ardió hasta los cimientos en circunstancias misteriosas. Los cuerpos de Lucía e Inés nunca fueron encontrados entre los escombros.

Algunos dijeron que las hermanas habían muerto en el incendio y que sus cuerpos fueron completamente consumidos por las llamas. Otros susurraban que la hermandad había regresado, llevándose a las hermanas para continuar sus experimentos. Pero había una tercera historia, una que circulaba en voz baja entre aquellos que conocían la verdad, que las hermanas habían fingido sus propias muertes y habían huído buscando un lugar donde pudieran vivir en paz, libres del legado de horror que las había perseguido durante toda su vida. El Dr. Rafael Montoro había muerto dos años antes, en

1903, a la edad de 74 años. En su lecho de muerte le había confiado su diario a un joven periodista llamado Antonio Ruiz, con instrucciones de publicarlo cuando considerara que el momento era adecuado. Ruis intentó hacerlo en 1906, pero fue silenciado rápidamente. Su imprenta fue destruida.

sus escritos confiscados. Él mismo fue encontrado muerto una semana después, oficialmente por suicidio, aunque aquellos que lo conocían sabían que nunca se habría quitado la vida. El diario de Montoro desapareció, presumiblemente destruido por agentes de la hermandad. Pero las historias persistieron.

En las tabernas de Sevilla, en los mercados de Triana, la gente contaba cuentos susurrados sobre las hermanas que nunca envejecieron, sobre el niño en el cristal, sobre la organización secreta que jugaba a ser Dios. La hermandad Estigia cambió con los tiempos. Abandonaron sus túnicas y rituales dramáticos, adoptando en su lugar los trajes y la retórica de la ciencia legítima.

Se convirtieron en fundaciones de investigación médica, en empresas farmacéuticas, en instituciones académicas respetadas, pero su objetivo central nunca cambió. Dominar los procesos de vida y muerte, extender la vida humana más allá de sus límites naturales, alcanzar una forma de inmortalidad.

Y en laboratorios secretos, en instalaciones protegidas por capas de corporaciones fantasma y contratos de confidencialidad continuaron sus experimentos. Ya no secuestraban niños de las calles. Los métodos habían evolucionado. Ahora utilizaban donantes voluntarios, desesperados por dinero, pacientes terminales que firmaban documentos que no comprendían completamente, huérfanos comprados a través de canales legales, pero éticamente cuestionables.

El rostro de la hermandad había cambiado, pero su naturaleza permanecía la misma. Y en algún lugar, en los archivos profundos de alguna organización sucesora, guardados en bóvedas digitales protegidas por encriptación militar, permanecían los registros. Fotografías descoloridas de Lucía e Inés Calderón.

Diagramas de la máquina de Leonor Ibáñez. Notas sobre el príncipe de piedra y su extraordinaria resistencia. Porque para la hermandad cada fracaso era simplemente una lección. Cada experimento fallido los acercaba más a su objetivo final y tenían todo el tiempo del mundo, literalmente, para perfeccionar su arte. El caso de las hermanas Calderón se convirtió en leyenda urbana, en cuento de advertencia, en misterio sin resolver.

Algunos lo creían, la mayoría lo descartaba como superstición y exageración. Pero aquellos que sabían la verdad, los descendientes de los que habían luchado contra la hermandad en 1871, los herederos de la vigilancia que Rafael Montoro había comenzado, permanecían alerta porque sabían que la hermandad seguía ahí, más fuerte y más sofisticada que nunca.

Operaban ahora no en sótanos húmedos y túneles oscuros, sino en brillantes laboratorios de alta tecnología, en conferencias científicas internacionales, en los pasillos del poder, donde se tomaban decisiones que afectaban a millones. El nombre había cambiado, los métodos habían evolucionado, pero la esencia permanecía, la búsqueda obsesiva de conquistar la muerte sin importar el costo humano.

Y en noches oscuras, cuando el viento aullaba a través de las calles antiguas de Sevilla, algunos decían que podían escuchar el eco de una voz joven gritando, “¡Esto es por ti, mamá.” El sacrificio de Tomás Ibáñez no había sido en vano. Su historia, aunque suprimida y distorsionada, había plantado semillas de resistencia que crecerían con el tiempo.

Pero la batalla estaba lejos de terminar y quizás nunca terminaría. Porque mientras existiera el miedo a la muerte y el anhelo de inmortalidad, siempre habría quienes estuvieran dispuestos a cruzar cualquier línea moral para alcanzarla. El legado de las hermanas Calderón no era una historia de triunfo o tragedia definitiva, sino una advertencia, que el progreso sin ética, la ciencia sin compasión, inevitablemente nos lleva por caminos oscuros de los que no hay retorno fácil.

Y esa advertencia resonaba a través de los años, esperando a aquellos que tuvieran los oídos para escuchar y el coraje para actuar, porque la historia al final nunca termina realmente, solo continúa, ciclo tras ciclo, cada generación enfrentando sus propios monstruos, haciendo sus propias elecciones entre lo correcto y lo conveniente, entre la humanidad y la ambición.

y en algún lugar en los archivos secretos de la hermandad, ahora quizás llamada algo completamente diferente, algo respetable y corporativo, el expediente de las hermanas Calderón permanecía marcado. Experimento fallido, lecciones aprendidas, no repetir errores. Pero los errores siempre se repiten, solo cambian de forma.

La búsqueda de la inmortalidad continúa tan antigua como la humanidad misma, tan peligrosa hoy como lo fue en 1871, cuando dos hermanas dejaron de envejecer y un niño en un cristal pagó el precio de los sueños de otros. Esta es su historia, un recordatorio, una advertencia y quizás si somos lo suficientemente sabios, una lección que finalmente aprenderemos antes de que sea demasiado tarde.