Lo que el arrogante hacendado no sabía es que Dios tenía otro plan y el “terreno muerto” escondía el tesoro más grande de todo México!
Era un mediodía abrasador cuando Rodrigo, el hacendado más rico del pueblo, gritó desde su caballo con una soberbia que hacía arder el aire: “¡Imbécil, te vendí un pozo seco y me diste todos tus ahorros! Ahora tu familia morirá de sed mientras yo me río”.
Las carcajadas del patrón resonaron por el valle como un eco maldito mientras se alejaba en su caballo pura sangre, dejando a Mateo de rodillas frente al pozo vacío. Sus manos, curtidas por el sol de Sonora, sostenían con fuerza los papeles de compra mientras las lágrimas le surcaban el rostro lleno de polvo. Mateo había trabajado quince años como peón en la hacienda El Mirador. Quince años de levantarse antes que el sol, de manos agrietadas por el trabajo duro, de regresar a casa cuando sus tres pequeños ya dormían. Todo ese sacrificio para ahorrar peso sobre peso con un solo sueño: comprar una pequeña parcela donde su familia pudiera ser libre.
La sequía había golpeado la región durante tres años consecutivos. Los cultivos se marchitaban, el ganado moría y los pozos se secaban uno tras otro. En la pequeña choza que Mateo compartía con su esposa Esperanza y sus hijos, el agua se racionaba como si fuera oro líquido. Cada gota era una oración. Por eso, cuando el patrón Rodrigo se acercó con una sonrisa falsa y le ofreció el terreno del norte, Mateo creyó que era un milagro. Entregó el saco de cuero con el fruto de su vida entera sin dudarlo.
Esa noche, Mateo no durmió. Se quedó junto al pozo, mirando hacia el fondo oscuro y silencioso. Rodrigo tenía razón: el pozo estaba seco. No había ni rastro de humedad, solo piedras calientes y el olor a tierra muerta. Esperanza se acercó a él y le puso una mano en el hombro. No hubo reproches, solo un suspiro lleno de fe. “Si Dios permitió que compráramos esta tierra, es porque algo hay aquí, Mateo”, susurró ella.
Al amanecer, Mateo comenzó a cavar. Los vecinos pasaban y se burlaban. “¡Mateo busca agua en el infierno!”, gritaban desde sus camionetas. Pero él no se detenía. Cavó un metro, dos metros, tres metros más. Sus manos sangraban, la espalda le gritaba de dolor, pero en su mente solo veía el rostro burlón de Rodrigo. No era solo sed; era hambre de justicia.
Al cuarto día, cuando el sol estaba en su punto más alto, el pico de Mateo golpeó algo que no sonó a piedra. Fue un sonido metálico, seco. Pensó que era una tubería vieja, pero al limpiar la tierra con sus manos temblorosas, vio un brillo amarillo. No era agua. Era una veta de cuarzo con incrustaciones de oro puro, tan gruesa como el brazo de un hombre. Pero lo más increíble sucedió un momento después: al remover la roca que protegía el metal, un estruendo sordo vibró bajo sus pies.
De repente, un chorro de agua cristalina y fresca brotó con una fuerza descomunal, empujando a Mateo hacia arriba. No era un pozo seco; era la entrada a un acuífero subterráneo virgen que la sequía no había podido tocar, protegido por una barrera de roca mineralizada. Mateo salió del pozo empapado, gritando de alegría, mientras el agua bendita inundaba la tierra seca y el oro brillaba bajo el sol mexicano.
La noticia corrió como pólvora. En menos de una semana, la parcela de Mateo se convirtió en el lugar más valioso de la región. Mientras los campos de Rodrigo se convertían en cementerios de ganado por la sequía, Mateo tenía agua de sobra para regar sus cultivos y el oro necesario para construir una escuela para el pueblo.
Un mes después, Rodrigo apareció de nuevo, pero esta vez no venía en su pura sangre, sino a pie, con el sombrero en la mano y la piel quemada por el sol. Sus tierras estaban muertas y sus deudas lo estaban asfixiando.
—Mateo —dijo el hacendado con la voz quebrada—, véndeme un poco de agua. Te pago lo que quieras. Devuélveme el terreno, te doy el triple de lo que me pagaste.
Mateo lo miró desde su nueva casa, con sus hijos corriendo felices entre los surcos verdes. Recordó el día que lo llamaron imbécil. Miró a Rodrigo y, con una calma que solo da la paz del alma, le entregó una jarra de agua fría.
—El agua no se le niega a nadie, patrón —dijo Mateo—. Pero mi tierra no está en venta. Usted me vendió un pozo seco para verme morir, pero Dios me dio un manantial para enseñarle que la riqueza de un hombre no está en su cartera, sino en la honradez de sus manos.
Rodrigo bebió el agua con humillación, sabiendo que el hombre al que intentó destruir ahora era el dueño del destino de todo el valle. Mateo aprendió que cuando la maldad del hombre te cierra una puerta, la justicia de Dios te abre un río.
News
Cuando tenía trece años, mi adinerado tío me acogió después de que mis padres me abandonaran…
A los 13 años, mis padres me dejaron abandonado y fue mi tío, un hombre rico y justo, quien me…
Me obligó mi suegra mexicana a firmar el divorcio… Yo solo sonreí cuando apareció el abogado
Aquel día, la sala de la casa Ramírez, en Guadalajara, estaba helada, aunque afuera el sol quemaba sin piedad. Sobre la…
Fingí estar en la ruina total y pedí ayuda a mis hijos millonarios: me humillaron y me echaron a la calle, pero mi hijo el más pobre me dio una lección que jamás olvidaré.
CAPÍTULO 1: LA DAMA DE HIERRO SE QUIEBRA El sonido de la puerta de caoba maciza cerrándose en mi cara…
Millonario Volvió A Casa Fingiendo Ser Pobre Para Probar A Su Familia — Lo Que Hicieron Lo Impactó
Era el cumpleaños número 60 de Antonio Mendoza, uno de los hombres más ricos de España, y su mansión en…
«No soy apta para ningún hombre», dijo la mujer obesa, «pero puedo amar a tus hijos». El vaquero ..
No soy apta para ningún hombre, señor, pero puedo amar a sus hijos. La dueña de la pensión estaba parada…
Esposa embarazada muere al dar a luz. Los suegros y la amante celebran hasta que el médico revela suavemente:
Lo primero que Laura Whitman notó después de dar a luz fue que podía oírlo todo. Podía oír el pitido…
End of content
No more pages to load







