La lluvia en Galicia no cae; te abraza, te envuelve y, a veces, te ahoga. Aquella mañana de abril de 1856, el cielo sobre la comarca de Lugo parecía llorar conmigo. Las gotas golpeaban los cristales de la gran casa solariega de los Méndez con una insistencia monótona, un redoble fúnebre que acompañaba el latido roto de mi propio corazón.

Yo, Elena, con apenas veintidós años y un vientre que anunciaba siete meses de vida en medio de tanta muerte, me sentía como una intrusa en mi propio duelo. Joaquín, mi amado Joaquín, se había ido hacía apenas tres días, consumido por una fiebre repentina que se lo llevó con la rapidez de un suspiro. Y ahora, mientras su cuerpo descansaba en la tierra húmeda del camposanto, su familia se disponía a enterrarme a mí en vida.

Estábamos reunidos en el salón principal del Pazo de los Méndez. Era una estancia imponente, con paredes de granito, tapices antiguos y una chimenea donde ardían troncos de roble, aunque el calor no llegaba al rincón donde me habían relegado.

Sebastián, el hermano mayor de Joaquín, presidía la mesa. Tenía cuarenta y cinco años y los ojos de un ave de rapiña. A su lado, sus hermanas, Marta y Olivia, vestidas de luto riguroso, cuchicheaban como urracas. Ellas nunca me aceptaron. Para los Méndez, rancios hidalgos venidos a menos pero aferrados a su orgullo, yo era “la costurera”, la hija de nadie que había embrujado al benjamín de la familia.

—Procedamos —dijo Sebastián con impaciencia, golpeando la mesa con sus nudillos huesudos—. Tengo asuntos que atender en Santiago y no quiero perder el día con trámites.

Don Anselmo, el notario del pueblo, un hombrecillo nervioso de gafas redondas que parecía encogerse bajo la mirada de Sebastián, rompió el sello de lacre rojo. Sus manos temblaban. Él quería a Joaquín. Todos los que tenían corazón querían a Joaquín.

—Yo, Joaquín Méndez y Castro —leyó Don Anselmo, y escuchar su nombre fue como recibir una puñalada en el pecho—, en pleno uso de mis facultades, declaro mi última voluntad…

Sebastián se reclinó en la silla, sonriendo con suficiencia. Ya se veía dueño de todo. Y no se equivocaba, al menos en parte.

—La hacienda principal, los viñedos del valle y el ganado mayor pasan a manos de mi hermano Sebastián, para asegurar la continuidad del apellido —leyó el notario.

Marta y Olivia asintieron, satisfechas. Don Anselmo carraspeó, y sus ojos me buscaron por encima de los papeles. Había lástima en su mirada. Odié esa lástima.

—A mis hermanas, Marta y Olivia, lego la suma de dos mil reales a cada una.

—¿Solo dos mil? —bufó Olivia, ajustándose el chal de encaje—. Joaquín siempre fue un tacaño sentimental.

—Y para mi esposa, Elena… —la voz de Don Anselmo se quebró un instante. Se hizo un silencio denso, pesado, solo roto por el crepitar del fuego—. Lego la vaca llamada “Estrella” y la propiedad conocida como el Pazo del Olvido, situada en los límites del monte del Cuco, con todas sus tierras y pertenencias.

El silencio duró un segundo más, antes de romperse en carcajadas.

Sebastián se rio tan fuerte que tuvo que sujetarse el estómago. Marta soltó una risa aguda, hiriente.

—¡El Pazo del Olvido! —exclamó Sebastián, limpiándose una lágrima de risa—. ¡Esa ruina! ¡Joaquín tenía sentido del humor hasta en la tumba!

—¿Una vaca vieja y una casa donde se caen los techos? —Olivia me miró con desprecio puro—. Bueno, costurera, al menos tendrás dónde caerse muerta. Aunque dicen que en ese lugar los muertos no descansan.

Yo permanecí inmóvil. Mis manos acariciaban mi vientre, intentando calmar al bebé que se agitaba, quizás percibiendo mi angustia. El Pazo del Olvido. Conocía el lugar de oídas. Era una antigua propiedad de la familia, abandonada hacía décadas, perdida en la espesura del monte. Se contaban historias terribles de ese lugar: luces extrañas, lamentos en la noche, la leyenda del viejo Tobías que murió allí loco y solo.

—Es una broma de mal gusto —dijo Sebastián, recuperando la compostura—. Pero legal es legal. Elena, tienes hasta el atardecer para sacar tus trapos de esta casa. Puedes llevarte esa vaca inútil cuando salgas. Está en el corral de los animales enfermos.

Don Anselmo intentó intervenir. —Don Sebastián, por Dios, la viuda está encinta. No puede echarla con este tiempo, hacia un lugar que está prácticamente en ruinas…

—¡Cállese, notario! —rugió Sebastián—. Ella no es de nuestra sangre. Joaquín cometió el error de casarse con una muerta de hambre y yo estoy corrigiendo ese error. El Pazo del Olvido es suyo. Que se vaya.

Me levanté. El esfuerzo hizo que me dolieran las caderas, pero no dejé que vieran mi dolor. Levanté la barbilla, buscando esa dignidad que mi madre me enseñó antes de morir.

—Acepto la herencia —dije. Mi voz sonó delgada, pero firme—. Si eso es lo que Joaquín quiso para mí, lo acepto.

Marta resopló. —Orgullosa hasta el final. Ya vendrás a pedir limosna a la puerta de la iglesia, Elena. Y no te daremos ni las sobras.

—No volveré —les prometí, mirándolos uno a uno a los ojos—. Ni aunque me esté muriendo.

Salí del salón sin mirar atrás. Subí a la habitación que había compartido con Joaquín, esa habitación donde habíamos soñado con ver crecer a nuestro hijo. Hice un fardo con mi ropa, mi biblia y el chal de lana que Joaquín me regaló en nuestro primer aniversario.

Antes de salir, revisé por última vez el cajón de su mesita de noche. Allí, escondido en el fondo falso que solo yo conocía, había un sobre. “Para Elena”, decía su letra. Lo guardé en mi pecho, contra mi piel, sintiendo que llevaba un pedazo de él conmigo.

Bajé las escaleras. Sebastián vigilaba en la puerta como un carcelero. —Fuera —dijo—. Y que la lluvia te limpie de nuestra memoria.

Caminé bajo la llovizna hasta los corrales traseros. El barro manchaba el borde de mi vestido negro. Allí, apartada de las reses lecheras y los bueyes fuertes, estaba ella.

Estrella.

Era una vaca de raza rubia gallega, pero vieja, con el lomo hundido y manchas blancas irregulares en su pelaje rojizo. Me miró con unos ojos enormes, oscuros y líquidos. No había miedo en ella, solo una calma infinita.

—Hola, bonita —susurré, extendiendo la mano.

El animal resopló vapor caliente en el aire frío y acercó su hocico húmedo a mi mano. Luego, con una delicadeza que no esperaba, bajó la cabeza y tocó suavemente mi vientre. Me quedé paralizada. Fue un gesto tan humano, tan lleno de consuelo, que las lágrimas que había contenido frente a los buitres de mis cuñados finalmente brotaron.

—Estamos solas, Estrella —le dije, atando una cuerda vieja a su cabestro—. Tú, yo y el pequeño Joaquín. Vamos a casa.

El camino hacia el Pazo del Olvido no era un camino, era una cicatriz de barro y piedra que subía hacia el monte. Tardamos tres horas. La lluvia arreciaba y el viento del norte soplaba con fuerza, agitando las ramas de los castaños centenarios que parecían dedos esqueléticos señalando mi desgracia.

Mis pies sangraban dentro de las botas gastadas. Mi espalda gritaba de dolor. Pero cada vez que flaqueaba, Estrella se detenía y me esperaba, o incluso me empujaba suavemente con el morro, dándome fuerzas.

Llegamos al atardecer, cuando las sombras ya se alargaban, convirtiendo el bosque en una boca de lobo.

La propiedad hacía honor a su nombre. El “Pazo” era una casa de piedra de dos plantas devorada por la hiedra. El tejado de pizarra tenía agujeros por donde se colaba el cielo gris. Las ventanas eran cuencas vacías, sin cristales. La maleza llegaba hasta la cintura alrededor del porche. Y el silencio… el silencio era absoluto. No cantaban los pájaros. No se oían grillos. Solo el rumor lejano del río Miño y nuestra respiración fatigada.

—Dios mío, Joaquín —sollocé, cayendo de rodillas en la hierba alta—. ¿Por qué me has mandado aquí?

Saqué la carta de mi pecho, protegiéndola de la lluvia con mi chal, y la abrí con dedos entumecidos. La letra de Joaquín bailaba ante mis ojos cansados.

“Mi amada Elena,

Si lees esto, es que he partido y la crueldad de mi familia ha mostrado su verdadero rostro. Perdóname por no haberte protegido mejor en vida, pero confía en mí ahora.

Ellos ven ruinas, pero tú debes ver cimientos. Ellos ven una vaca vieja, pero tú debes ver una guardiana. El Pazo del Olvido guarda el legado de Tobías, el indiano que murió aquí. Nadie en la familia se atrevió nunca a buscar la verdad porque tienen el alma llena de miedo y codicia.

Busca donde nadie mira. Mira con el corazón, no con los ojos. La llave está bajo la piedra del dintel. Estrella sabe dónde pisar. Confía en la vaca. Confía en ti. Eres más fuerte que todo el oro del mundo.

Te amaré hasta que las estrellas se apaguen.

Tu Joaquín.”

“Estrella sabe dónde pisar”. Leí la frase una y otra vez. Miré a la vaca. Ella no estaba pastando. Estaba parada frente a la entrada principal de la casa en ruinas, mirando hacia la puerta como si esperara ser invitada.

Me levanté, secándome las lágrimas. El miedo no alimentaría a mi hijo. La acción sí.

Busqué bajo la piedra del dintel de la entrada, moviendo una losa de granito cubierta de musgo. Allí, envuelta en un paño de aceite, había una llave de hierro grande y oxidada. Mi corazón dio un vuelco. Joaquín no mentía.

Abrí la puerta. Los goznes chirriaron con un lamento agónico que resonó en la oscuridad. El interior olía a humedad, a polvo y a tiempo detenido. Encendí el pequeño farol que traía en mi fardo. Las sombras danzaban en las paredes desconchadas.

Había muebles cubiertos con sábanas que parecían fantasmas. Una mesa robusta de castaño, sillas volcadas, una lareira (chimenea) fría llena de cenizas de hace medio siglo.

Esa primera noche fue un infierno. El viento silbaba a través de las grietas como las almas de la Santa Compaña. Me acurruqué en un rincón de la cocina, el único lugar que parecía seco, envuelta en mantas, con Estrella atada en el porche, mugiendo suavemente de vez en cuando, como asegurándome que ella seguía allí.

Al amanecer, el hambre me despertó. Comí un pedazo de pan duro y queso que había guardado y bebí agua de un pozo en el patio trasero, rezando para que no estuviera envenenada. El agua era dulce y fría.

—”Estrella sabe dónde pisar” —repetí.

Solté a la vaca. En lugar de buscar la hierba tierna cerca del río, Estrella caminó con paso decidido hacia la parte trasera de la casa, donde el terreno se elevaba hacia una colina rocosa cubierta de tojos y brezos. La seguí.

Ella se detuvo en un claro extraño, un círculo donde la vegetación no crecía mucho. Empezó a golpear el suelo con su pezuña delantera derecha. Una y otra vez. Cloc. Cloc. Cloc.

Me acerqué. El suelo parecía tierra normal, pero cuando me arrodillé y aparté la capa superficial de barro y hojas podridas, mis dedos tocaron algo duro. No era piedra natural. Eran losas. Losas colocadas por la mano del hombre.

Con una fuerza que no sabía que tenía, impulsada por la desesperación y la promesa de Joaquín, busqué una barra de hierro vieja en el cobertizo de herramientas y comencé a cavar. Pasaron horas. El sudor se mezclaba con la llovizna en mi frente. Me dolía el vientre, me dolía el alma, pero no paré.

Levanté la primera losa. Debajo había un hueco oscuro. Metí el farol.

No era una tumba. Era un arcón. Un arcón de madera de roble, reforzado con bandas de hierro, preservado por el ambiente seco de aquella cámara subterránea improvisada.

Rompí el candado podrido con la barra de hierro.

Lo que vi al abrir la tapa me cortó la respiración. No había monedas de oro brillando como en los cuentos de hadas. Había libros. Cuadernos de cuero gastado. Y debajo de ellos, envueltos en trapos de lino, había frascos de cristal llenos de pepitas irregulares y polvo dorado, y documentos con sellos reales.

Abrí uno de los cuadernos. La fecha era de 1820. “Diario de Tobías Núñez. He encontrado la veta. Los romanos la explotaron, pero no la agotaron. Sigue aquí, bajo el monte del Cuco. El oro corre por las venas de esta tierra como la sangre por mi cuerpo. Pero debo esconderlo. Si los Méndez se enteran, me matarán como a un perro. He creado la leyenda de la maldición para alejarlos. Solo dejaré el secreto a quien sea digno…”

Me senté en el borde del agujero, con un frasco de oro puro en la mano, temblando. Joaquín había descubierto los diarios de Tobías cuando era niño, jugando en las ruinas prohibidas. Había guardado el secreto toda su vida, esperando el momento de usarlo para liberarse de su familia. Y ahora, ese secreto era mío.

Pero la paz duró poco.

Dos días después, escuché el sonido inconfundible de cascos de caballo acercándose por el camino. Me asomé a la ventana rota del piso superior. Eran tres jinetes. En el centro, Sebastián. A sus lados, dos hombres que reconocí como capataces de mala fama, matones que hacían el trabajo sucio en la comarca.

El miedo me heló la sangre. Sebastián no iba a esperar a que el hambre me matara. Venía a terminar el trabajo.

Bajé corriendo, agarrando la barra de hierro como única arma. Salí al porche.

Sebastián detuvo su caballo a unos metros. El animal resoplaba, nervioso. —Veo que sigues viva, cuñada —dijo, con una sonrisa torcida—. Vine a ver si los fantasmas ya te habían llevado, pero parece que eres más terca que ellos.

—Esta es mi propiedad, Sebastián —grité, intentando que mi voz no temblara—. ¡Vete!

—Tu propiedad… —se rio—. Mira, Elena, voy a ser generoso. Firma este papel renunciando a la herencia y te daré cien reales para que te vayas a un convento. Si no firmas… bueno, mis hombres tendrán que sacarte. Y un accidente en estas ruinas… una mujer embarazada que se cae por una escalera podrida… es algo tan trágico, pero tan común.

Los dos matones desmontaron, sacando navajas de sus cintos. Avanzaron hacia mí.

Retrocedí hasta chocar con la pared de piedra. No tenía escapatoria. Iba a morir allí, y mi hijo conmigo.

—¡Sujetadla! —ordenó Sebastián.

Fue entonces cuando sucedió.

Un mugido profundo, gutural, terrible, resonó desde el lateral de la casa. No parecía el sonido de un animal, sino el rugido de la tierra misma.

Estrella apareció.

Pero no era la vaca vieja y mansa que yo conocía. Venía a la carrera, con la cabeza baja, los cuernos apuntando hacia adelante. Sus ojos, habitualmente dulces, estaban inyectados en sangre y fijos en los hombres que me amenazaban. Se movía con una agilidad imposible para su edad, como si el espíritu de Tobías hubiera poseído su cuerpo de media tonelada.

—¡Cuidado! —gritó uno de los matones.

Demasiado tarde. Estrella embistió contra el caballo de Sebastián. El impacto fue brutal. El caballo relinchó de terror y se encabritó, lanzando a Sebastián al barro.

Los matones intentaron acercarse a ella, pero Estrella giró con furia, lanzando una coz que dio de lleno en el pecho de uno de ellos, enviándolo a volar contra los zarzales. El otro, aterrorizado ante la furia de aquella bestia que parecía un demonio surgido del infierno, soltó la navaja y corrió hacia su caballo.

Sebastián, cubierto de lodo, intentaba levantarse, pero Estrella se plantó sobre él. La vaca resoplaba, echando vaho por la nariz, a centímetros de la cara de mi cuñado. Una de sus pezuñas estaba sobre el pecho de él, presionando lo suficiente para que no pudiera moverse, pero sin aplastarlo.

Yo me quedé atónita. Mi “vaca inútil” tenía acorralado al hombre más poderoso de la comarca.

—¡Quítamela de encima! —chilló Sebastián, con la voz aguda por el pánico—. ¡Está loca! ¡Es una bruja!

Me acerqué lentamente, con la barra de hierro aún en la mano. Miré a Sebastián, humillado en el suelo, y luego a Estrella, mi guardiana.

—No es una bruja, Sebastián —dije, sintiendo una fuerza nueva nacer en mi interior—. Es la dueña de esta casa. Y parece que no le gustas.

—¡Te denunciaré! —escupió él—. ¡Diré que me atacaste! ¡Nadie creerá a una loca que vive en el bosque!

—Inténtalo —le reté—. Pero recuerda una cosa: si vuelves aquí, si vuelves a poner un pie en mis tierras, no seré yo quien te detenga. Y la próxima vez, puede que Estrella no sea tan misericordiosa.

Hice un gesto y, increíblemente, la vaca retrocedió un paso, liberándolo. Sebastián se levantó a trompicones, dolorido y aterrorizado. Montó en su caballo con dificultad y, junto a sus hombres que ya huían, galopó montaña abajo sin mirar atrás.

Acaricié el cuello de Estrella, que temblaba ligeramente mientras la adrenalina abandonaba su cuerpo. Volvió a ser la vaca vieja y cansada, pero yo sabía la verdad.

Esa noche, mientras la lluvia volvía a caer sobre el Pazo del Olvido, supe que la guerra acababa de empezar. Sebastián no se detendría. Usaría la ley, sus influencias y su dinero para destruirme. Pero él no sabía dos cosas: que yo tenía oro suficiente para comprar la mitad de la provincia, y que tenía la verdad de mi lado.

A la mañana siguiente, empaqueté uno de los frascos de oro y me preparé para bajar al pueblo. No iba a esconderme. Iba a contratar al mejor abogado de Madrid si hacía falta. Iba a limpiar el nombre de Joaquín y a recuperar lo que era mío.

Pero el camino hacia la justicia sería más peligroso que cualquier sendero de montaña. Porque el oro atrae a los lobos, y yo estaba a punto de meterme en la boca del más grande de todos.

El viaje hasta la ciudad de Lugo fue una tortura. Cada bache del camino repercutía en mi espalda, pero el peso del frasco de oro escondido entre mis ropas me daba una extraña fortaleza. No fui a ver a los abogados locales; sabía que Sebastián los tenía a todos en su bolsillo. Fui directa a la oficina de correos y telégrafos.

Necesitaba contactar con Don Francisco de Asís y Borbón, un abogado de renombre en A Coruña del que Joaquín me había hablado alguna vez. “Es el único hombre honesto que conozco que viste toga”, solía decir. Le envié un telegrama urgente, gastando mis últimas monedas de plata.

Esperé dos días en una posada barata, comiendo caldo y pan, sin apartar la mano de mi fardo ni un segundo. La respuesta llegó: Don Francisco vendría. Le intrigaba el caso de una viuda, un testamento y una “vaca guardiana”.

Cuando Don Francisco llegó, era tal como lo imaginaba: un hombre alto, de patillas canosas y mirada severa pero justa. Nos reunimos en una sala privada de la posada. Le conté todo. Le mostré la carta de Joaquín. Y luego, con manos temblorosas, puse el diario de Tobías y el frasco de oro sobre la mesa.

El abogado ajustó sus anteojos y examinó las pepitas. Silbó bajito. —Señora Elena… esto cambia todo. Esto no es solo una disputa familiar. Esto es un asunto de la Corona. Si estas tierras tienen derechos de explotación antiguos, como dice este diario, usted es una mujer muy rica. Pero también está en un peligro mortal.

—No me importa el dinero para mí —dije—. Lo quiero para mi hijo. Y quiero ver a Sebastián de rodillas, pidiendo perdón por insultar la memoria de su hermano.

—Entonces haremos algo mejor que demandarlo —sonrió Don Francisco—. Le tenderemos una trampa.

Volví al Pazo del Olvido con instrucciones precisas. Debía resistir. Debía hacer ruido. Don Francisco se encargaría de legalizar los derechos mineros en secreto en A Coruña, antes de que Sebastián pudiera siquiera sospechar que había oro.

Pasaron las semanas. Mi vientre crecía. Estrella no se separaba de mí. Arreglé el techo de la cocina con mis propias manos y empecé a limpiar la maleza. Los lugareños, curiosos, empezaron a acercarse. Les pagué con pequeñas pepitas de oro —diciendo que eran joyas de mi abuela que vendía— para que me ayudaran a traer comida y leña. Pronto, el rumor de que la “viuda del Pazo” no estaba muerta, sino que prosperaba, llegó a oídos de los Méndez.

Sebastián intentó su jugada final. No vino con matones esta vez. Vino con el Guardia Civil del pueblo y una orden de desahucio firmada por un juez corrupto, alegando que yo estaba mentalmente inestable y que la propiedad era un peligro para mí y para el niño.

—Es por tu bien, Elena —dijo Sebastián, con esa falsa preocupación que me daba náuseas—. El juez ha dictaminado que no estás en tus cabales. Te llevaremos al sanatorio de Conxo.

El sargento de la Guardia Civil, un hombre rudo pero que parecía incómodo con la situación, dio un paso adelante. —Señora, por favor, no lo haga difícil.

Fue entonces cuando escuchamos el carruaje.

Un carruaje negro, elegante, tirado por cuatro caballos, apareció por el camino embarrado. De él bajó Don Francisco de Asís, portando un maletín de cuero y un documento con sellos oficiales de la Gobernación de la Provincia.

—¡Alto ahí! —tronó la voz del abogado—. Sargento, si toca a mi cliente, le aseguro que perderá el uniforme antes del anochecer.

Sebastián palideció. —¿Quién es usted? Esto es un asunto familiar.

—Soy el representante legal de Doña Elena Méndez, propietaria legítima del Pazo del Olvido y de la Mina de Santa Bárbara, debidamente registrada ante el Ministerio de Fomento hace tres días —anunció Don Francisco, mostrando los papeles.

—¿Mina? —Sebastián trastabilló—. ¿Qué mina?

—La mina de oro que su hermano Joaquín descubrió y que usted, en su infinita arrogancia, despreció junto con la viuda —dije, saliendo al porche. Me sentía una reina, aunque vestía trapos—. Todo lo que hay bajo esta tierra es mío, Sebastián. Cada gramo de oro. Y tú… tú no tienes nada.

La noticia cayó como una bomba. El sargento miró a Sebastián, luego miró los papeles oficiales, y finalmente se quitó el tricornio ante mí. —Mis disculpas, señora. Parece que ha habido un error en la información recibida. Nos retiramos.

Sebastián se quedó solo, en medio del patio. Miró la casa, miró la tierra que había despreciado, y su rostro se contorsionó en una máscara de odio y desesperación pura.

—¡Tú lo sabías! —gritó—. ¡Joaquín lo sabía! ¡Ladrones!

—El único ladrón aquí eres tú, que intentaste robar el futuro de tu sobrino —le respondí—. Ahora vete. Y esta vez, no vuelvas. Porque la próxima vez que te vea, será en un tribunal, respondiendo por intento de agresión y fraude.

Sebastián montó en su caballo, derrotado, encogido. Ya no era el patriarca temible. Era un hombre pequeño y codicioso que había perdido el mayor premio de su vida por no saber mirar con el corazón.

Meses después, mi hijo Joaquín nació en el Pazo, que ya no era una ruina. Con el primer oro extraído, contraté albañiles, carpinteros y vidrieros. Restauré la casa no para borrar su pasado, sino para honrarlo.

No me quedé con toda la riqueza. Fundé una escuela en la aldea y un pequeño hospital, tal como Joaquín hubiera querido. Pagué salarios justos a los mineros que vinieron a trabajar la veta. El “Pazo del Olvido” pasó a llamarse “Pazo de la Estrella”.

Sebastián y sus hermanas se arruinaron. Sus viñedos enfermaron con la plaga de la filoxera ese mismo año, y sin el capital que pensaban heredar, perdieron la casa solariega. Se dice que Sebastián terminó viviendo de la caridad de unos parientes lejanos en Vigo, amargado y solo.

Yo nunca me volví a casar. Mi corazón pertenecía a Joaquín y a esa tierra.

Estrella vivió muchos años más, tratada como una reina, durmiendo en un establo con calefacción y comiendo el mejor pasto de Galicia. Cuando murió de vieja, la enterré en la colina, justo encima de la veta de oro principal. Planté un castaño sobre su tumba.

Dicen que en las noches de tormenta, si prestas atención, aún se puede escuchar un mugido profundo y protector resonando en el valle, recordando a todos que el verdadero valor no está en lo que brilla, sino en la lealtad, el amor y el coraje de enfrentarse a la oscuridad.

Esta fue mi herencia. Y fue suficiente.