La luz dorada del atardecer entraba oblicua por las ventanas enrejadas de la casa colonial en Guanajuato, pintando sombras alargadas sobre los muros de adobe, que parecían absorber cada sonido, cada suspiro, cada latido acelerado. En aquella ciudad de plata y callejones empinados, donde las familias novoispanas mantenían sus secretos enterrados bajo generaciones de silencio respetable.

Beatriz de Sandoval había cruzado el umbral de su nueva vida matrimonial con la cabeza cubierta por un velo de encaje flamenco y el corazón contraído por una inquietud que no sabía nombrar. Su esposo, don Hernán Fuentes y Alcázar, hombre de 38 años, comerciante próspero de mineral de plata y heredero de dos haciendas en el Bajío, la había mirado durante toda la ceremonia nupsial con una intensidad que ella confundió con pasión, pero que sus tías habían observado con cierta rigidez en los labios, sin atreverse a pronunciar palabra alguna, que pudiera romper la

paz aparente de aquella unión conveniente y ventajosa para ambas familias.. La noche de bodas transcurrió en la alcoba principal, una habitación amplia con cortinajes pesados de terciopelo carmesí.

y un crucifijo de ébano sobre la cabecera de la cama con dosel. Hernán no había sido violento ni apresurado, pero tampoco tierno. Sus manos recorrieron el cuerpo de Beatriz con la misma meticulosidad con que revisaba las cuentas de sus negocios, memorizando cada centímetro de piel, cada lunar, cada imperfección. Cuando ella cerró los ojos intentando escapar de aquella inspección silenciosa, él le susurró al oído, con voz suave, pero firme, que lo mirara, que no debía ocultar nada, que ahora le pertenecía por completo y que necesitaba conocer cada secreto de su ser. Beatriz

abrió los ojos y encontró en la mirada de su esposo algo que la heló. No era lujuria ni amor, sino posesión absoluta, como si ella fuera una propiedad recién adquirida, cuyo valor debía catalogarse exhaustivamente. Los primeros días de su luna de miel transcurrieron en aquella casa de dos pisos, con patio interior y fuente de cantera rosa, aislada del mundo exterior por decisión de Hernán.

Él había suspendido todos sus compromisos comerciales para dedicarse enteramente a ella. Decía, para enseñarle cómo debía comportarse como su esposa, cómo debía vestirse, hablar, caminar, sonreír. Cada mañana Beatriz despertaba con el sol apenas asomándose entre las montañas que rodeaban la ciudad minera, y encontraba a Hernán ya despierto, sentado en una silla junto a la cama.

observándola dormir. Al principio ella intentó sonreír ante este gesto que él presentaba como prueba de devoción, pero pronto comprendió que aquellos ojos no parpadeaban durante horas, que su esposo permanecía inmóvil en la penumbra del amanecer, vigilando cada uno de sus movimientos inconscientes, cada suspiro, cada cambio de postura.

La servidumbre de la casa consistía únicamente en refugio, una mujer zapoteca de mediana edad que había servido a las familias y fuentes durante décadas. y Damián, un hombre joven y callado que atendía las caballerizas y los jardines. Beatriz intentó conversar con refugio durante los primeros días, buscando algo de compañía femenina en aquel encierro dorado, pero la criada respondía con monosílabos y evitaba sostenerle la mirada como si tuviera miedo de ser descubierta en alguna falta imperdonable. Una tarde, mientras Hernán

revisaba correspondencia en su despacho, Beatriz encontró a refugio llorando silenciosamente en la cocina. Al preguntarle qué le ocurría, la mujer se secó las lágrimas apresuradamente y murmuró, “Perdóneme, señora, no debería. Es solo que hacía tanto tiempo que no veía a otra mujer en esta casa.” Antes de que Beatriz pudiera indagar más, Hernán apareció en el umbral con una sonrisa cordial y le pidió a su esposa que lo acompañara al jardín, donde las bugambilias florecían con exuberancia casi obscena.

En el jardín, bajo el calor aplastante del mediodía guanajuatense, Hernán tomó las manos de Beatriz entre las suyas y le explicó con calma que no debía malgastar su tiempo conversando con la servidumbre, que su lugar estaba junto a él, que una esposa virtuosa no necesitaba otras compañías más allá de la de su marido.

Beatriz asintió sintiendo como el corsé de su vestido le comprimía las costillas hasta casi impedirle respirar. Hernán le acarició la mejilla con ternura y añadió que había notado cierta inquietud en ella, cierta resistencia a aceptar plenamente su rol y que eso debía corregirse con paciencia y dedicación. Él la amaba, insistió más de lo que ningún hombre había amado jamás a una mujer, con una pasión que trascendía lo ordinario, lo común, lo mundano.

Su amor era total, explicó, y por lo tanto exigía totalidad a cambio. Cada pensamiento de ella debía estar dedicado a él. Cada movimiento debía realizarse con la intención de complacerlo. Cada aliento debía ser una ofrenda de gratitud por el privilegio de ser su esposa. Por las noches, después de cenar en el comedor silencioso, donde el único sonido era el tintineo de la plata contra la porcelana, Hernán le leía a Beatriz pasajes de textos moralizantes sobre las virtudes de la esposa perfecta, sobre la obediencia como expresión suprema del amor

conyugal, sobre la necesidad de aniquilar la voluntad propia para fundirse completamente con la del esposo. Ella escuchaba con las manos cruzadas sobre el regazo, sintiendo como cada palabra caía sobre su espíritu como gota de plomo derretido. Cuando él terminaba de leer, le pedía que repitiera los pasajes más importantes, que los memorizara, que los incorporara a su ser hasta convertirlos en naturaleza.

Beatriz obedecía con voz cada vez más apagada, mientras notaba como en los ojos de Hernán brillaba una satisfacción casi febril, cada vez que ella recitaba sin error las lecciones aprendidas. Una madrugada, Beatriz despertó sobresaltada por una pesadilla en la que se veía a sí misma encerrada en un ataú de cristal, todavía viva, pero incapaz de moverse o gritar.

Al abrir los ojos, encontró a Hernán de pie junto a la cama, completamente inmóvil, observándola con expresión impenetrable. “¿Qué soñabas?”, preguntó él con suavidad. Beatriz, todavía aturdida, comenzó a explicarle la pesadilla, pero se detuvo a mitad de frase al comprender que estaba revelando demasiado, que estaba entregando un fragmento de su mundo interior, que debería permanecer privado. Ya era tarde.

Hernán se sentó en el borde de la cama y le pidió que continuara, que le contara cada detalle del sueño, cada sensación, cada emoción. durante más de una hora la interrogó sobre el contenido de su pesadilla, tomando nota mental de cada elemento, interpretando cada símbolo como si fuera un código secreto que debía descifrar para acceder a las profundidades más ocultas de su esposa.

Las semanas siguientes, Hernán comenzó a despertarla periódicamente durante la noche para preguntarle qué había soñado. Si ella decía que no recordaba, él insistía con paciencia infinita, sugiriendo imágenes, proponiendo escenarios, hasta que Beatriz, exhausta y confundida, terminaba por aceptar alguna de sus sugerencias como si fuera memoria real.

Luego él analizaba estos sueños fabricados con la misma intensidad, buscando en ellos pruebas de pensamientos inadecuados, de deseos ocultos, de resistencias subconscientes a su autoridad amorosa. Beatriz comenzó a temer dormirse, sabiendo que cada hora de descanso sería interrumpida por el escrutinio implacable de su esposo.

Las ojeras aparecieron bajo sus ojos como sombras moradas y su rostro adquirió una palidez cerosa que Hernán atribuyó a la delicadeza natural de su constitución femenina. Durante el día, Hernán había implementado un sistema de acompañamiento constante. Beatriz no podía ir de una habitación a otra sin que él la siguiera o sin que le pidiera permiso explícito.

Si necesitaba usar la letrina, debía anunciarlo y esperar su aprobación. Cuando se vestía, él elegía cada prenda, cada accesorio, cada peineta y cada listón, explicando que como mujer casada ya no podía confiar en su propio criterio para asuntos de apariencia, pues su belleza le pertenecía a él y debía ser administrada según su voluntad.

Beatriz intentó una vez protestar suavemente, sugerir que tal vez era excesivo tanto control, pero Hernán respondió con lágrimas en los ojos, acusándola de no valorar la profundidad de su amor, de no comprender que cada una de estas atenciones era prueba de un cariño que sobrepasaba lo humano en su intensidad y dedicación.

La frase resonó en la mente de Beatriz durante días, un amor que sobrepasaba lo humano. Ella había sido educada para creer que el matrimonio era un sacramento sagrado, que el amor conyugal era la manifestación terrenal del amor divino, pero lo que experimentaba en aquella casa no se parecía a nada de lo que le habían enseñado.

No había gozo ni ternura genuina, sino vigilancia perpetua disfrazada de devoción. No había compañerismo, sino subordinación absoluta presentada como armonía matrimonial. Beatriz comenzó a sentir que se estaba disolviendo, que su identidad se fragmentaba poco a poco bajo la presión constante de aquella atención asfixiante.

Cuando se miraba al espejo, a veces tardaba unos segundos en reconocer su propio rostro, como si la mujer que le devolvía la mirada fuera una extraña que habitaba su cuerpo. Una tarde sofocante de julio, mientras las campanas de la parroquia distante marcaban las tres, llegó a la casa una visita inesperada.

Doña Josefa de Sandoval, tía de Beatriz, quien había viajado desde la Ciudad de México para conocer la nueva residencia de su sobrina. Hernán recibió a la anciana con cortesía impecable, ofreciéndole chocolate espumoso y bizcochos de almendra en la sala principal, decorada con retratos de antepasados severos.

Doña Josefa, mujer perspicaz, que había sobrevivido a tres maridos y conocía bien los matices del poder masculino, observó a Beatriz con ojo clínico. La joven vestida con un traje de seda azul oscuro que parecía demasiado pesado para el clima, apenas pronunció palabra durante la visita, limitándose a asentir cuando Hernán respondía las preguntas que su tía le dirigía directamente a ella.

Cuando doña Josefa solicitó un momento a solas con su sobrina para conversar de asuntos femeninos, Hernán dudó visiblemente antes de acceder. Pero las convenciones sociales lo obligaron a retirarse con una inclinación de cabeza. Apenas quedaron solas. La anciana tomó las manos de Beatriz y le preguntó en voz baja si todo estaba bien, si su esposo la trataba con respeto, si había algo que deseara confiar.

Beatriz abrió la boca para hablar. sintió las palabras agolparse en su garganta, como pájaros desesperados buscando escape, pero luego notó que Hernán no había cerrado completamente la puerta del despacho contiguo, que probablemente estaba escuchando cada palabra. La certeza de su presencia invisible, pero omnipresente la paralizó.

Con una sonrisa forzada, Beatriz aseguró a su tía que era muy feliz, que Hernán era el esposo más atento que pudiera imaginarse, que cada día descubría nuevas profundidades en su amor por ella. Doña Josefa no pareció convencida, pero tampoco insistió. Antes de partir, mientras Hernán ordenaba que prepararan su carruaje, la anciana le susurró a Beatriz que conservara siempre algo para sí misma, algún rincón secreto de su alma donde ningún hombre pudiera entrar, porque sin ese espacio íntimo e inviolable, una mujer dejaba de existir.

Las palabras quedaron flotando en el aire caliente de la tarde como semillas que caen en tierra estéril. Después de que el carruaje desapareció calle abajo, Hernán cerró la puerta principal con llave, se volvió hacia Beatriz y le preguntó qué le había dicho exactamente su tía durante esos minutos a solas.

Beatriz repitió la conversación palabra por palabra, omitiendo únicamente la última confidencia susurrada. Hernán la observó largamente, como si pudiera leer en sus facciones las omisiones y los silencios antes de sonreír y besarle la frente con ternura gélida. Aquella noche, Hernán modificó su rutina habitual. En lugar de leerle pasajes moralizantes, le pidió a Beatriz que se arrodillara frente a él y le confesara todos sus pensamientos durante la visita de su tía.

todo lo que había sentido, todo lo que había deseado decir, pero no dijo. La interrogación se extendió durante horas con Hernán, reformulando las mismas preguntas una y otra vez, desde ángulos ligeramente diferentes, buscando inconsistencias, detectando mentiras, exigiendo una honestidad que trascendiera las palabras y se convirtiera en transparencia absoluta.

Beatriz, con las rodillas doloridas contra las baldosas frías, comenzó a confundir verdad y ficción, a dudar de sus propios recuerdos, a preguntarse si realmente había pensado ciertas cosas o si su esposo las había implantado en su mente mediante la fuerza de su interrogatorio incansable. Cuando finalmente Hernán consideró que había extraído toda la verdad posible, ayudó a Beatriz a levantarse y la condujo a la alcoba.

Allí, con voz suave pero firme, le explicó que había detectado en ella ciertos signos de rebeldía espiritual, ciertas tendencias a preservar una individualidad separada que era incompatible con la unión matrimonial verdadera. Él la amaba demasiado, dijo, para permitir que se perdiera en el error de la autonomía. Por lo tanto, implementaría medidas adicionales para protegerla de sí misma, para guiarla hacia la disolución completa de su ego en el ego superior de su esposo.

A partir de ese momento, Beatriz no tomaría ninguna decisión sin consultarlo, ni siquiera las más triviales. Él decidiría qué comía, cuándo comía, cuánto comía. decidiría sus horarios de sueño, sus actividades durante el día, los libros que podía leer, los pensamientos que debía cultivar. Los días se convirtieron en una secuencia idéntica de rituales minuciosamente controlados.

Beatriz despertaba cuando Hernán lo decidía. Comía lo que él le servía, vestía lo que él elegía, permanecía sentada en la sala cosiendo bajo su supervisión directa. o escuchándolo leer durante horas. No podía acercarse a las ventanas sin permiso. No podía salir al patio sin acompañamiento. No podía dirigirse a la servidumbre, excepto para dar las órdenes específicas que Hernán le indicaba previamente.

Refugio y Damián habían dejado de mirarla a los ojos como si ella se hubiera convertido en un fantasma, en una presencia que era preferible no reconocer para evitar la contaminación de su desgracia. La casa entera respiraba al ritmo de la voluntad de Hernán. Cada habitación impregnada de su presencia, incluso cuando él no estaba físicamente presente.

Una mañana de agosto, Beatriz menstruó y Hernán interpretó este hecho natural como un fracaso, una señal de que ella no había concebido aún a pesar de sus esfuerzos nocturnos. le explicó que una esposa que no cumplía con su deber reproductivo estaba resistiendo subconscientemente la voluntad de su marido, reteniendo algo esencial, negándose a completar el proceso de entrega total.

Durante los días de su sangrado, Hernán la confinó a una habitación pequeña en el segundo piso, argumentando que en su estado impuro no debía contaminar los espacios principales de la casa. Beatriz pasó esos días en soledad casi absoluta, con comida que le deslizaban bajo la puerta y un orinal que vaciaban una vez al día.

Por las noches escuchaba los pasos de Hernán rondando frente a su puerta, deteniéndose, esperando antes de alejarse lentamente por el corredor. Cuando Beatriz fue finalmente autorizada a salir de su reclusión, descubrió que Hernán había retirado todos los espejos de la casa. le explicó que la vanidad era enemiga de la sumisión virtuosa, que una mujer no necesitaba contemplar su propio rostro, porque su belleza existía únicamente para los ojos de su esposo.

Beatriz, que ya no reconocía su voz cuando hablaba ni sus manos cuando cosía, aceptó esta nueva privación sin protestar. había aprendido que cada objeción, cada duda expresada resultaba en nuevas restricciones presentadas como actos de amor intensificado. El silencio se había convertido en su única forma de resistencia, un silencio que Hernán interpretaba como progreso hacia la docilidad perfecta que ansiaba.

Durante las noches de septiembre, cuando el aire se volvía más fresco y las estrellas brillaban con claridad dolorosa sobre Guanajuato, Hernán comenzó a hablarle a Beatriz sobre sus planes para el futuro. cuando ella estuviera completamente transformada, decía, “Cuando hubiera alcanzado el estado de obediencia absoluta que él cultivaba con tanto esmero, podrían recibir visitas nuevamente, podrían asistir a eventos sociales, podrían participar en la vida pública de la ciudad, pero antes debía estar completamente educada,

completamente preparada para que su sumisión ejemplar fuera admirada por todos como modelo de perfección matrimonial. Otras parejas los envidiarían, profetizaba. Otras esposas desearían ser como ella. Otros maridos intentarían emular sus métodos pedagógicos. Serían ejemplo luminoso de lo que el amor verdadero, el amor que trascendía las limitaciones humanas ordinarias podía lograr.

Beatriz escuchaba estos monólogos nocturnos, sintiendo como algo dentro de ella se endurecía lentamente, como metal enfriándose después del fuego. No era resistencia activa ni rebeldía consciente, sino una zona muerta en el centro de su ser, un espacio que había dejado de sentir porque el dolor constante había cauterizado los nervios del alma.

Respondía mecánicamente a las preguntas de Hernán. realizaba sus tareas diarias con precisión automática. Se sometía a sus requerimientos nocturnos con la pasividad de un objeto inanimado. Y Hernán, cegado por su obsesión, interpretaba esta muerte interior como victoria, como prueba de que su amor extraordinario estaba surtiendo efecto, transformándola en la criatura perfectamente sumisa que había imaginado desde antes de conocerla.

Una tarde de octubre, mientras Beatriz bordaba bajo la mirada atenta de Hernán, llegó a la casa el padre Anselmo, sacerdote anciano, que había oficiado su boda. Venía a bendecir la residencia. explicó, como era costumbre hacer algunos meses después del matrimonio. Hernán, que no podía rechazar la visita de un clérigo sin levantar sospechas, permitió que el anciano sacerdote recorriera las habitaciones, rociándolas con agua bendita y murmurando oraciones en latín.

Cuando el padre Anselmo entró en la sala donde Beatriz bordaba, se detuvo abruptamente y la observó con expresión de consternación mal disimulada. La joven había perdido tanto peso que sus pómulos sobresalían angularmente y sus ojos parecían hundirse en cuencas profundas. Su piel tenía la palidez de la cera de las velas botivas y sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la aguja.

El sacerdote intercambió algunas palabras con Hernán, quien explicó que su esposa tenía una constitución delicada y que él la cuidaba con dedicación extrema, asegurándose de que no se fatigara con actividades excesivas. El padre Anselmo asintió lentamente, pero cuando se despidió le entregó a Beatriz un pequeño devocionario con tapas de nácar, indicándole que contiene oraciones para la fortaleza espiritual en tiempos de tribulación.

Hernán examinó el libro meticulosamente después de que el sacerdote partió leyendo cada oración, buscando mensajes ocultos o consejos subversivos. que pudieran contaminar la mente de su esposa. No encontró nada objetable, pero igualmente decidió que él le leería las oraciones en voz alta cada noche para asegurarse de que Beatriz las interpretara correctamente.

Las semanas siguientes trajeron lluvias torrenciales que convertían las calles empinadas de Guanajuato en ríos de lodo y hacían que el interior de la casa resumara humedad. Beatriz desarrolló una tos persistente que Hernán trataba con infusiones de hierbas amargas que ella debía beber mientras él observaba, asegurándose de que tragara hasta la última gota.

La enfermedad la debilitó aún más, confinándola a la cama durante días. Pero incluso en su estado febril, Hernán mantenía sus rutinas de vigilancia y cuestionamiento, sentándose junto a su lecho para preguntarle qué pensaba, qué sentía, qué soñaba en su delirio. Beatriz, con la mente nublada por la fiebre, comenzó a pronunciar palabras inconexas que Hernán anotaba cuidadosamente en un cuaderno de piel, convencido de que la enfermedad había derribado sus últimas defensas y le permitía acceder finalmente a los rincones más secretos de su conciencia.

refugio, en un momento de valentía desesperada, se atrevió a sugerirle a Hernán que llamara a un médico, que la señora necesitaba atención profesional. Hernán rechazó la sugerencia con frialdad, explicando que ningún extraño entraría en su casa, que ningún hombre, excepto él, pondría sus ojos sobre el cuerpo de su esposa, que él era perfectamente capaz de cuidarla con el amor extraordinario que le profesaba.

La criada retrocedió con la cabeza gacha y no volvió a insistir. Esa noche Beatriz escuchó desde su delirio febril como Hernández pedía a refugio, acusándola de insubordinación y de intentar sembrar discordia entre él y su esposa. Los gritos de la mujer rogando que reconsiderara que ella no tenía a dónde ir, se extinguieron gradualmente mientras la arrastraban fuera de la propiedad.

Lamián fue promovido a único sirviente con instrucciones de no dirigir la palabra a Beatriz bajo ninguna circunstancia y de reportar cualquier comportamiento inusual de la señora. Cuando Beatriz finalmente se recuperó de su enfermedad, descubrió que Hernán había tomado la decisión de prescindir de toda servidumbre interna. Damián atendería únicamente las caballerizas y el jardín sin entrar jamás en la casa.

Hernán mismo prepararía las comidas, atendería la limpieza básica, se encargaría de todas las tareas domésticas. De esta forma, explicó con satisfacción, estarían completamente solos, sin presencias extrañas que pudieran interferir en el proceso sagrado de su fusión matrimonial absoluta. Beatriz comprendió que el aislamiento era ahora total, que no habría testigos de lo que ocurriera entre aquellas paredes, que había entrado en una dimensión separada del resto del mundo, donde las leyes normales de la existencia humana habían sido

suspendidas por decreto de su esposo. Los días se volvieron indistinguibles unos de otros. Una repetición infinita del mismo ritual de control y sumisión. Hernán había perfeccionado su sistema hasta convertirlo en algo casi perfecto. Sabía exactamente cuánta comida darle a Beatriz para mantenerla débil pero viva, cuántas horas de sueño permitirle para que estuviera perpetuamente exhausta pero funcional.

Cuánta interacción social negarle para que perdiera contacto con cualquier realidad externa. había calculado cada variable con precisión de relujero, ajustando su comportamiento según las reacciones de ella, modificando sus estrategias cuando detectaba cualquier resurgimiento de voluntad propia. Su amor repetía constantemente.

Era una ciencia, además de un arte, una empresa que requería dedicación total y conocimientos que trascendían lo ordinario. Una noche de noviembre, Beatriz despertó en la oscuridad absoluta y por un momento no supo dónde estaba ni quién era. Su identidad se había fragmentado tanto que necesitó varios segundos para recordar su nombre, su edad, su procedencia.

Cuando intentó moverse, descubrió que Hernán la había atado suavemente a la cama con cintas de seda, no apretadas, sino apenas firmes, para evitar que cayera durante el sueño inquieto, le explicaría él por la mañana. Beatriz permaneció inmóvil en la oscuridad, sintiendo las ataduras como símbolo perfecto de su condición, lo suficientemente suaves para no dejar marcas, lo suficientemente firmes para impedir cualquier movimiento real, lo suficientemente invisibles desde el exterior para que nadie pudiera acusarlo de crueldad evidente. En diciembre

llegaron noticias de que doña Josefa había fallecido repentinamente en la ciudad de México. Hernán recibió la carta y se la leyó a Beatriz con voz neutra, observando cuidadosamente su reacción. Ella escuchó sin mostrar emoción visible, como si la noticia se refiriera a una desconocida lejana.

Internamente sintió el desgarro de perder el último vínculo con su vida anterior, la última persona que la había conocido antes de convertirse en esta sombra vacía. Pero no lloró porque las lágrimas requerían una vitalidad emocional que ya no poseía. Hernán pareció satisfecho con su falta de reacción, interpretándola como prueba de que ella había trascendido los apegos mundanos y existía únicamente en relación con él.

Para Navidad, Hernán organizó una celebración privada que consistió en una cena elaborada que él mismo preparó con platillos que Beatriz apenas probó porque su estómago se había encogido de tanto ayuno forzado. Después de cenar, él le entregó un regalo, un collar de perlas que había pertenecido a su madre. Cuando lo colocó alrededor del cuello de Beatriz, apretó levemente, no lo suficiente para estrangularla, pero sí para que ella sintiera la presión, el recordatorio de que cada adorno que llevaba era también una cadena. Le

explicó que las perlas simbolizaban lágrimas solidificadas por el tiempo y que era apropiado que ella las llevara porque su transformación había requerido lágrimas. las de ella y las de él, lágrimas derramadas por amor tan intenso que dolía como herida abierta. Esa noche Hernán le confió su sueño supremo. Cuando ella estuviera completamente perfeccionada, cuando no quedara rastro de voluntad individual en su ser, él escribiría un tratado sobre la pedagogía matrimonial, documentando sus métodos para beneficio de otros esposos que

anhelaran el mismo nivel de unión absoluta con sus esposas. Su nombre, el de Beatriz, sería recordado por generaciones como ejemplo de mujer que había alcanzado la cumbre de la virtud conyugal mediante la aniquilación voluntaria de su ego. Ella sería inmortalizada no como persona, sino como concepto, como ideal, como prueba viviente de que el amor verdadero requería la muerte del yo individual.

Beatriz escuchaba con los ojos fijos en un punto indefinido del muro opuesto. Algo dentro de ella, en aquella zona muerta que había crecido día tras día, comenzó a despertar no hacia la vida, sino hacia una claridad terrible. comprendió que Hernán nunca la vería como persona, que su obsesión no era con ella, sino con la idea de ella, con la criatura que estaba esculpiendo mediante violencia psicológica sostenida.

comprendió que él era capaz de llamar amor a lo que era aniquilación sistemática, que su vocabulario de devoción y pasión encubría un impulso de dominio tan absoluto que borraba cualquier humanidad en su objeto. Y comprendió finalmente que no había escape posible dentro de los confines de las normas sociales y religiosas que regían su existencia.

En enero de 1794, Beatriz cumplió 19 años, aunque nadie lo celebró ni lo recordó. Hernán había dejado de marcar el tiempo en términos de fechas mundanas. Su calendario personal medía únicamente el progreso de su experimento matrimonial. Ese mes decidió que Beatriz había alcanzado un nivel suficiente de docilidad para intentar una breve salida controlada al mundo exterior.

La llevaría a misa dominical, donde la sociedad guanajuatense podría observar el fruto de su pedagogía amorosa. preparó el evento meticulosamente, ensayando con ella durante días cómo debía caminar junto a él, cómo debía mantener la mirada baja, pero no demasiado, cómo debía sonreír si alguien la saludaba, pero sin mostrar excesiva alegría.

¿Cómo debía responder con monosílabos precisos si alguien le dirigía la palabra directamente? El domingo designado amaneció frío y despejado. Hernán vistió a Beatriz con su mejor traje, el de tercio pelo verde oscuro con encajes en el cuello y los puños, y le colocó el collar de perlas. Cuando estuvieron listos para partir, le recordó las reglas una última vez.

No debía alejarse de su lado bajo ninguna circunstancia. No debía iniciar conversaciones con nadie. No debía mostrar signos de angustia o descontento. Debía proyectar la imagen de esposa perfectamente satisfecha con su vida matrimonial. Cualquier desviación de estas instrucciones, advirtió con suavidad, resultaría en la cancelación permanente de cualquier futura salida y en la implementación de medidas disciplinarias más estrictas.

El trayecto hasta la parroquia fue corto, pero para Beatriz pareció durar eternidades. Después de meses de encierro, la luz del sol le lastimaba los ojos y los sonidos de la ciudad la abrumaban. Las campanas repicaban, los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías, los niños gritaban jugando en las calles empedradas.

Todo este bullicio de vida normal le resultaba irreal, como si estuviera observando una representación teatral de un mundo al que ya no pertenecía. Hernán la sujetaba firmemente del brazo, guiándola por las calles empinadas, saludando con naturalidad a conocidos mientras ella caminaba junto a él como autómata silenciosa.

En la parroquia, las familias principales de Guanajuato ocupaban los bancos delanteros según su rango social. Hernán condujo a Beatriz a su lugar designado y se arrodillaron juntos mientras el padre Anselmo iniciaba la misa. Durante el servicio, Beatriz sintió las miradas de otros feligreses posarse sobre ella.

Sintió el peso de sus evaluaciones y sus juicios silenciosos. Algunas mujeres mayores murmuraban entre sí, sus voces apenas audibles, pero cargadas de significado. Después de la comunión, cuando los asistentes comenzaron a socializar en el atrio de la iglesia, varias damas se acercaron a Hernán para felicitarlo por su matrimonio y para observar más de cerca a su joven esposa.

Doña Mariana Velasco, matrona respetada, cuya opinión tenía peso considerable en la sociedad local, examinó a Beatriz con ojo crítico antes de comentar en voz lo suficientemente alta para que otros escucharan. “Mi querido don Hernán, su esposa parece muy delicada. Confío en que la esté cuidando adecuadamente.” El tono de su voz sugería más que una pregunta cortés.

Hernán respondió con una sonrisa. que no alcanzó sus ojos. La cuido como se cuida un tesoro invaluable, doña Mariana. Mi esposa es de constitución sensible y requiere atenciones especiales que solo un marido verdaderamente devoto puede proporcionar. La conversación continuó con banalidades corteses, pero Beatriz había detectado en la voz de doña Mariana una nota de sospecha, de desaprobación. apenas velada.

Cuando regresaron a casa, Hernán estaba furioso, aunque se esforzaba por mantener su tono controlado. Le reprochó a Beatriz que había permanecido demasiado callada, que su silencio había generado comentarios, que algunas personas habían notado su aspecto demacrado y habían sacado conclusiones erróneas. Era culpa de ella, insistió por no haber proyectado la imagen de felicidad matrimonial que él había ensayado tan cuidadosamente con ella.

Su fracaso había puesto en riesgo su reputación, había sembrado dudas en la comunidad. Por lo tanto, no habría más salidas hasta que ella aprendiera a representar correctamente su papel, hasta que pudiera convencer al mundo exterior de la perfección de su unión. Las semanas siguientes, Hernán intensificó sus esfuerzos pedagógicos con renovada determinación.

Ahora incluía sesiones de teatro matrimonial donde Beatriz debía practicar situaciones sociales hipotéticas, respondiendo a preguntas imaginarias con el tono exacto de satisfacción conyugal que él exigía. Si su actuación no lo satisfacía, la hacía repetir la escena una y otra vez, hasta que cada inflexión, cada gesto, cada expresión facial correspondiera perfectamente a su visión.

Beatriz se convirtió en actriz obligada de un drama escrito exclusivamente por su esposo, memorizando parlamentos que negaban su realidad vivida y afirmaban una ficción de dicha matrimonial. En febrero, Beatriz dejó de menstruar completamente. Su cuerpo, sometido a estrés constante y nutrición insuficiente, había dejado de funcionar normalmente.

Hernán interpretó esto como señal positiva, como prueba de que ella se estaba purificando, liberándose de las corrupciones de la carne para existir en un plano más elevado de su misión espiritual. celebró esta transformación con un nuevo regalo, un rosario de cristal de roca que ella debía rezar tres veces al día bajo su supervisión, pidiendo a la Virgen María que le concediera la gracia de la obediencia perfecta.

Una noche de marzo, mientras Beatriz yacía en la cama esperando que Hernán terminara sus abluciones nocturnas, escuchó un sonido extraño proveniente del patio. Era Damián el último sirviente, cantando en voz baja una canción en lengua indígena que ella no comprendía, pero cuya melancolía le atravesó el pecho como cuchillo afilado.

La canción hablaba de pérdida y ausencia, de espíritus que vagan buscando lo que les fue arrebatado. Cuando Hernán entró en la alcoba y notó que Beatriz estaba escuchando, cerró violentamente la ventana y al día siguiente despidió a Damián sin explicaciones. A partir de ese momento, la casa quedó completamente abandonada, excepto por ellos dos, un mausoleo habitado únicamente por el verdugo y su víctima.

Sin ningún sirviente, Hernán asumió todas las tareas domésticas, pero convirtió cada una en oportunidad para reforzar su control. Cuando preparaba comida, hacía que Beatriz lo observara durante horas, explicándole que estaba aprendiendo a anticipar sus necesidades, a comprender que cada bocado que ingería existía únicamente gracias a su generosidad.

Cuando limpiaba la casa, la hacía seguirlo de habitación en habitación, cargando los implementos de limpieza como penitente, cargando su cruz. Cada actividad cotidiana se transformaba en ritual de subordinación, en recordatorio constante de su dependencia absoluta. Los meses de abril y mayo transcurrieron en un silencio casi total.

Hernán había dejado de hablar tanto. Ya no necesitaba explicar sus métodos, porque ambos comprendían perfectamente el sistema que había establecido. La casa respiraba al ritmo de su voluntad. cada espacio impregnado de su presencia omnipresente. Beatriz se movía por las habitaciones como espectro, realizando sus tareas asignadas con precisión mecánica, sin pensamiento ni emoción aparente.

Su rostro había adquirido una cualidad de máscara lisa e inexpresiva, revelando tan poco que Hernán a veces se enfurecía ante la imposibilidad de leer en ella y la sometía a interrogatorios maratónicos, intentando romper aquella superficie impenetrable. Una tarde de junio, mientras Beatriz cosía junto a la ventana cerrada de la sala, experimentó un momento de disociación total.

Por un instante se vio a sí misma desde fuera de su cuerpo, una figura esquelética vestida de negro, manos moviéndose automáticamente, rostro vacío de toda vida, en una habitación oscura donde la luz del sol apenas penetraba. Se preguntó quién era esa mujer qué había sido de la joven de 17 años que había entrado en esta casa hacía 11 meses con esperanzas tímidas de construir una vida.

La respuesta llegó con claridad brutal. Esa joven había muerto asesinada lentamente mediante un método tan perfecto que no dejaba evidencia física. Solo el cascarón vacío de un ser humano cuya esencia había sido devorada por el amor monstruoso de su esposo. En julio llegó a Guanajuato la noticia de que varias minas habían colapsado matando a docenas de trabajadores.

La ciudad se sumió en luto colectivo y se organizó una misa especial por las almas de los fallecidos. Hernán decidió que asistirían, convencido de que después de meses adicionales de preparación, Beatriz finalmente estaba lista para representar su papel a la perfección. La vistió con un traje de luto riguroso, aunque ninguno de los muertos era familiar suyo, y le dio instrucciones precisas sobre cómo debía comportarse.

Compungida, pero no excesivamente emotiva, digna, pero no altiva. presente pero invisible. Durante la misa, Beatriz permaneció arrodillada junto a Hernán, las manos cruzadas sobre el regazo, la mirada fija en el altar. No rezaba porque había olvidado cómo dirigirse a Dios. Las palabras de todas las oraciones que conocía se habían vaciado de significado, convertidas en meros sonidos.

Cuando el sacerdote habló sobre las viudas que habían perdido a sus esposos en el accidente minero, Beatriz sintió una punzada de envidia. Aquellas mujeres habían perdido a sus maridos, pero habían recuperado su libertad. Ella había perdido su libertad, pero su marido permanecía junto a ella, presencia perpetua de la que no había escape posible en vida.

Después de la misa, en el atrio abarrotado de dolientes, ocurrió algo inesperado. Una mujer joven, viuda reciente, se desplomó llorando de manera descontrolada, gritando que no podía soportar la pérdida, que prefería morir antes que continuar viviendo sola. Varias personas intentaron consolarla mientras otras observaban con mezcla de compasión y desaprobación por tal despliegue público de emoción.

Beatriz observó la escena con fascinación terrible, reconociendo en aquella mujer una vitalidad emocional que ella misma había perdido. Aquella viuda sentía dolor intenso, pero al menos sentía algo. Beatriz había sido vaciada tan completamente que ya no podía acceder ni siquiera al sufrimiento, solo a un entumecimiento infinito.

Hernán notó el interés de Beatriz en la escena y apretó su brazo con fuerza, no lo suficiente para dejar moretón, pero sí para transmitir advertencia. Ella apartó la mirada obedientemente y permitió que la guiara fuera del atrio hacia su casa prisión. Durante el camino de regreso, él comentó con desprecio sobre la exhibición de la viuda, calificándola de falta de dignidad y control apropiado.

“Una mujer virtuosa,” explicó, “debía mantener sus emociones bajo dominio absoluto. Debía proyectar siempre con postura perfecta, sin importar las circunstancias internas.” Beatriz, dijo con satisfacción, “había aprendido finalmente esta lección esencial. Su rostro no había revelado nada durante toda la ceremonia. Aquella noche, acostada en la oscuridad junto a Hernán, que dormía con el sueño profundo de quien está satisfecho con su obra, Beatriz tomó una decisión.

No fue una decisión consciente ni articulada en palabras, sino un impulso que emergió de aquella zona muerta en su centro, un último acto de voluntad de un yo casi extinguido. Si no podía escapar en vida, entonces dejaría testimonio para después de su muerte. Comenzaría a escribir en secreto absoluto la verdad de lo que había vivido en aquella casa.

No para venganza ni para justicia. porque no creía en ninguna de las dos, sino simplemente para que existiera un registro, para que su aniquilación no fuera completamente invisible. Los días siguientes, mientras Hernán atendía brevemente algunos asuntos comerciales en su despacho, Beatriz robó pequeños fragmentos de papel y un cabo de lápiz.

escondió estos tesoros en un hueco que descubrió detrás de un ladrillo suelto en la pared de la habitación, donde Hernán la había confinado durante su menstruación. Cada vez que él se ausentaba por minutos, ella corría a ese cuarto, extraía los papeles y escribía frenéticamente, documentando fechas, incidentes, palabras exactas, métodos específicos de control.

escribía con letra minúscula para economizar espacio, cubriendo cada centímetro de papel con su testimonio. Este proyecto secreto le devolvió algo parecido a propósito, por primera vez en meses. Sus días no eran idénticos porque cada uno ofrecía oportunidad para añadir algunas líneas más a su crónica oculta. desarrolló una cautela extrema memorizando la posición exacta de cada objeto en la habitación para restaurar todo a su lugar después de escribir.

Hernán no debía sospechar jamás porque si descubría su proyecto lo destruiría y probablemente implementaría controles aún más estrictos que harían imposible cualquier actividad no supervisada. Durante semanas, Beatriz mantuvo su doble existencia, externamente la criatura dócil y vacía que Hernán había esculpido, internamente la escriba desesperada documentando su propia destrucción.

El contraste entre ambas realidades se volvió casi insoportable. A veces, mientras escribía febrilmente en aquella habitación abandonada, se preguntaba si estaba volviéndose loca, si todo era producto de una mente fragmentándose bajo presión imposible, pero luego releía lo escrito y reconocía la verdad de cada palabra, la precisión de cada detalle.

no estaba loca, estaba siendo destruida sistemáticamente por un hombre que llamaba amor a su obsesión aniquiladora. A finales de agosto, Beatriz había llenado más de 20 fragmentos de papel con su escritura minúscula. sabía que no podía continuar indefinidamente, que eventualmente Hernán descubriría su proyecto o que ella dejaría de tener fuerzas para sostener esta resistencia secreta.

Necesitaba un plan para asegurar que su testimonio sobreviviera, incluso si ella no lo hacía. Una tarde, cuando Hernán salió brevemente al patio trasero, Beatriz cosió los fragmentos de papel dentro del de un cojín viejo que había sido relegado a un rincón del cuarto de almacenamiento. Era un escondite arriesgado, pero mejor que el hueco en la pared, que Hernán eventualmente podría descubrir durante alguna de sus inspecciones periódicas de la casa.

En septiembre, exactamente un año después de su boda, Beatriz enfermó nuevamente. Esta vez no era fiebre ni tos, sino una debilidad generalizada que la dejaba sin fuerzas para levantarse de la cama. Hernán, alarmado, finalmente accedió a llamar a un médico. El Dr. Salazar, hombre de 60 años con décadas de experiencia, examinó a Beatriz en presencia constante de Hernán.

Después del examen solicitó hablar con el esposo en privado. En el pasillo fuera de la alcoba, el médico le dijo a Hernán que su esposa mostraba signos de desnutrición severa y agotamiento extremo, que necesitaba alimentación adecuada, aire fresco, ejercicio moderado y, sobre todo, reposo emocional. Hernán respondió con indignación contenida que su esposa recibía cuidados excelentes, que él personalmente supervisaba cada aspecto de su bienestar, que si estaba débil era debido a su constitución naturalmente delicada y no a ninguna falta de

atención. El Dr. Salazar, hombre prudente que conocía los límites de su influencia, no insistió directamente, pero sugirió que tal vez la señora se beneficiaría de pasar algún tiempo con familiares femeninos que pudieran acompañarla y animarla. Hernán rechazó esta sugerencia de inmediato, argumentando que Beatriz no tenía familia cercana y que separarse de él le causaría más angustia que beneficio.

Después de que el médico partió, Hernán entró en la alcoba donde Beatriz yacía inmóvil y le explicó que el doctor Salazar no comprendía la naturaleza especial de su relación, que los métodos médicos ordinarios no aplicaban a un amor como el de ellos. Sin embargo, accedió a incrementar ligeramente sus raciones de comida y a permitirle sentarse en el patio bajo su supervisión durante una hora cada tarde.

Estas concesiones mínimas, presentadas como pruebas de su generosidad revelaban simultáneamente cuán extremas habían sido las privaciones previas. Las semanas de recuperación lenta de Beatriz transcurrieron en una monotonía apenas interrumpida por las horas en el patio. Sentada en una silla de mimbre bajo el sol de septiembre, observaba las bugambilias trepar por los muros, las hormigas transportar migajas, las nubes pasar sobre el cielo visible entre los tejados.

Estos pequeños fragmentos de mundo natural le recordaban que existía vida más allá de las paredes de su prisión, que el universo continuaba su curso indiferente a su sufrimiento privado. Hernán se sentaba junto a ella durante estas sesiones, a veces leyendo en voz alta, otras veces simplemente observándola, asegurándose de que no intentara ningún tipo de escape, ni asegurándose de que no intentara ningún tipo de escape, ni siquiera con el pensamiento.

En octubre, la salud de Beatriz se estabilizó en un nivel de fragilidad permanente. no mejoró realmente, simplemente alcanzó un equilibrio precario donde su cuerpo funcionaba lo mínimo necesario para mantenerla con vida. Hernán pareció satisfecho con este estado, como si la debilidad física de su esposa fuera garantía adicional de su control absoluto.

Comenzó a hablarle sobre el futuro nuevamente, sobre cómo cuando llegaran los hijos ella sería madre ejemplar que educaría a sus vástagos en los mismos principios de obediencia y sumisión total que ella había aprendido también. Los niños crecerían en una casa donde el amor se expresaba mediante vigilancia constante y donde la individualidad era pecado contra la armonía familiar.

Beatriz escuchaba estos planes con horror mudo. La idea de traer una vida nueva a aquella casa de control absoluto, de condenar a un niño inocente a crecer bajo la obsesión de Hernán, le resultaba intolerable. Esa noche, por primera vez en meses, rezó genuinamente, no con palabras memorizadas, sino con súplica desesperada, que su cuerpo permaneciera estéril, que nunca concibiera, que no tuviera que ser instrumento para extender el reino de terror psicológico de su esposo a otra generación.

Los meses finales de 1794 trajeron lluvias torrenciales que inundaron partes bajas de Guanajuato y aislaron aún más la casa de los cifuentes. Durante semanas, el único sonido fue el repiqueteo constante del agua contra las tejas y las piedras, un murmullo que se filtraba en los sueños de Beatriz como acompañamiento a pesadillas recurrentes, donde se ahogaba en pozos profundos llenos de agua turbia.

Hernán aprovechó el aislamiento forzado por el clima para intensificar sus lecciones de perfección matrimonial, pasando días enteros interrogándola sobre cada pensamiento fugaz, cada imagen mental, cada sensación corporal. En diciembre, durante la temporada navideña, Beatriz cumplió 20 años, aunque nuevamente nadie lo celebró. Un año completo había transcurrido desde su primer aniversario de vida matrimonial y la transformación era completa.

La joven que había entrado en aquella casa con 17 años había sido sistemáticamente destruida y reemplazada por un cascarón humano que respondía a estímulos externos, pero carecía de interioridad auténtica. O al menos eso creía Hernán, cegado por su arrogancia, inconsciente de que en algún rincón secreto de Beatriz persistía algo irreducible, una chispa de conciencia que observaba, registraba y esperaba.

La noche de año nuevo de 1795, Hernán organizó una celebración privada similar a la del año anterior. Después de cenar, le entregó a Beatriz otro regalo, un pequeño cofre de plata con su nombre grabado en la tapa. Dentro había un espejo de mano, el primer espejo que ella veía en más de un año. Hernán le explicó que finalmente había alcanzado el nivel de perfección, donde podía contemplarse sin riesgo de vanidad, porque ya no se vería a sí misma como individuo, sino como extensión de él.

Le ordenó que se mirara. Beatriz levantó el espejo con manos temblorosas y contempló su reflejo por primera vez en tanto tiempo. No reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Mejillas hundidas, ojos enormes en un rostro demacrado, piel transparente que revelaba venas azuladas, cabello sin brillo recogido en un moño severo.

Era como mirar a una moribunda a alguien que existía en el umbral entre vida y muerte. Durante un momento terrible, Beatriz vio en ese rostro no solo su propia destrucción, sino también su futuro. Años adicionales de esta existencia fantasmal, décadas tal vez, hasta que finalmente su cuerpo se diera bajo el peso de la opresión constante.

Los primeros meses de 1795 transcurrieron con la misma rutina implacable. Hernán había perfeccionado tanto su sistema que ya casi no necesitaba vigilarla activamente. Ella se había convertido en su propio carcelero, anticipando sus expectativas, censurando sus propios pensamientos, moviéndose según patrones tan profundamente inculcados que parecían instintivos.

era la victoria total de su pedagogía obsesiva. Y sin embargo, el cojín con los fragmentos de papel cosidos en el permanecía escondido en el cuarto de almacenamiento. Testimonio silencioso que Hernán jamás descubriría. En marzo llegaron noticias de que el virrey visitado Guanajuato para inspeccionar las minas.

La ciudad se preparó para recibirlo con celebraciones y misas especiales. Hernán decidió que asistirían a la misa principal donde estaría presente el birrey, convencido de que era oportunidad perfecta para exhibir a Beatriz como ejemplo de perfección conyugal ante la más alta autoridad colonial.

Pasó semanas preparándola, ensayando cada detalle, asegurándose de que su actuación sería impecable. El día designado, la catedral estaba abarrotada de la nobleza y la élite comercial de Guanajuato. Hernán y Beatriz ocuparon sus lugares según su rango social, rodeados de familias que los conocían superficialmente. Durante la ceremonia, Beatriz mantuvo la compostura perfecta que había sido entrenada para exhibir.

Devota, pero no excesiva, presente, pero discreta. la encarnación de la virtud femenina según los estándares de la época. Hernán irradiaba satisfacción apenas contenida, convencido de que su experimento pedagógico era finalmente reconocido públicamente como éxito rotundo. Después de la misa, en la recepción organizada en el Palacio del Gobierno, varias damas importantes se acercaron a Beatriz con cortesía formal.

Doña Mariana Velasco, quien la había observado con desaprobación un año antes, ahora le dirigió cumplidos sobre su porte distinguido y su evidente devoción matrimonial. Beatriz respondió con las frases precisas que Hernán había ensayado con ella, su voz apenas audible, sus modales impecables. Nadie detectó nada inusual, porque la opresión que sufría se había vuelto invisible, perfectamente camuflada bajo las convenciones sociales de obediencia conyugal que la sociedad nohispana no solo permitía, sino celebraba. Durante

el trayecto de regreso a casa, Hernán no podía contener su júbilo. Le explicó a Beatriz que habían triunfado, que su método había sido validado por la sociedad más distinguida, que otras parejas los observaban con envidia. Ahora dijo, podían comenzar a recibir visitas selectas en su hogar, podían participar más activamente en la vida social de Guanajuato, pero cada interacción social sería cuidadosamente controlada por él.

Cada conversación supervisada, cada palabra pronunciada por Beatriz previamente aprobada. Su apertura al mundo exterior no era liberación, sino extensión de la prisión hacia un escenario más amplio. Las semanas siguientes, Hernán recibió en su casa a varios conocidos comerciantes y sus esposas. Durante estas visitas, Beatriz servía chocolate y dulces con eficiencia silenciosa.

Sonreía cuando era apropiado. Respondía preguntas con brevedad elegante y luego se retiraba. discretamente cuando Hernán indicaba que su presencia ya no era necesaria. Las esposas visitantes la observaban con mezcla de admiración y algo más difícil de definir, tal vez reconocimiento inconsciente de que la perfección que veían era antinatural, producto de algo más oscuro que simple devoción matrimonial.

Pero ninguna se atrevió a indagar más profundamente, porque hacerlo habría implicado cuestionar el orden social entero que sostenía sus propias existencias. En mayo de 1795, casi 2 años después de su matrimonio, Beatriz experimentó un incidente que reveló cuán profundamente había sido alterada. Una tarde, mientras estaba sola en la sala cosiendo bajo la luz oblicua del atardecer, un gato callejero entró por una ventana mal cerrada.

El animal, un gato naranja flaco y lleno de cicatrices, saltó sobre su regazo ronroneando, buscando calor y afecto. Beatriz sintió el peso del animal contra su cuerpo y por un momento no supo cómo reaccionar. La calidez del gato, su ronroneo vibrante, el contacto físico no controlado por Hernán, todo le resultaba tan extraño que casi le causaba dolor.

Cuando Hernán entró en la sala y vio al gato sobre el regazo de su esposa, su rostro se transformó. Sin pronunciar palabra, arrancó al animal de Beatriz y lo arrojó violentamente por la ventana. Luego se volvió hacia ella con expresión que mezclaba furia y dolor, acusándola de traición, de haber permitido que otro ser vivo la tocara sin su permiso, de haber experimentado placer en contacto que él no había autorizado ni supervisado.

Durante horas la sometió a interrogatorio sobre qué había sentido exactamente cuando el gato estaba sobre su regazo, qué pensamientos había tenido si había deseado que el animal permaneciera allí. Beatriz, genuinamente confundida por la intensidad de su reacción, intentó explicar que no había sido nada, que simplemente había sido un gato, un animal sin importancia.

Pero Hernán insistió en que revelaba algo profundo, una tendencia a buscar afecto fuera de su relación matrimonial, una infidelidad emocional, aunque el objeto fuera un animal y no una persona. Como consecuencia, implementó nueva regla. Todas las ventanas permanecerían cerradas permanentemente, selladas con clavos, si era necesario, para evitar cualquier intrusión no autorizada del mundo exterior.

Los meses de verano trajeron calor sofocante que convertía la casa sellada en horno. Sin circulación de aire, las habitaciones se volvieron casi inhabitables durante las horas del mediodía. Beatriz pasaba esas horas inmóvil en penumbra, respirando el aire viciado, sintiendo como el sudor empapaba sus ropas pesadas.

Hernán también sufría el calor, pero lo soportaba como penitencia necesaria, precio de mantener su control absoluto sobre el ambiente doméstico. Prefería que ambos se asfixiaran antes que permitir la más mínima brecha en las barreras que había erigido contra el mundo exterior. En agosto, Beatriz dejó de escribir en su diario secreto, no por falta de voluntad, sino porque ya no había nada nuevo que documentar.

Los días eran idénticos, las experiencias repetitivas hasta el punto de volverse indistinguibles. Su testimonio oculto permanecía cocido dentro del cojín, crónica de 18 meses de destrucción sistemática que terminaba abruptamente, porque la autora había agotado su capacidad para articular más sufrimiento. había documentado su muerte espiritual y ahora simplemente continuaba existiendo como prueba viviente de lo que había escrito.

En septiembre ocurrió algo inesperado que rompió la monotonía terrible de su existencia. Hernán enfermó gravemente con fiebres que lo dejaron postrado en cama durante días. Por primera vez en dos años, Beatriz experimentó periodos de tiempo sin supervisión directa. Mientras él deliraba con fiebre, ella lo cuidaba aplicándole paños húmedos y administrándole las medicinas que el doctor Salazar prescribía.

Durante esos días tuvo oportunidades para escapar, para correr hacia la calle y pedir ayuda, para buscar refugio en alguna institución religiosa o casa de conocidos. Pero no lo hizo, parcialmente porque el condicionamiento de 2 años había erosionado su capacidad para actuar independientemente, parcialmente porque comprendía que no había escape real posible dentro de las estructuras legales y sociales de la época.

Como mujer casada le pertenecía a Hernán legalmente. Cualquier intento de separación sería rechazado por las autoridades eclesiásticas y civiles. Su única opción habría sido entrar en un convento, pero incluso eso requería el permiso de su esposo, permiso que él jamás concedería. Estaba atrapada no solo por su control psicológico, sino por todo el aparato legal y social de la sociedad nohispana.

Mientras cuidaba a Hernán durante su enfermedad, Beatriz contempló la posibilidad de dejar que muriera. Podría haberle administrado dosis excesivas de medicamento, haberle negado agua cuando la fiebre lo consumía, haber permitido simplemente que la enfermedad siguiera su curso sin intervención. Durante noches de vigilia junto a su cama, sostuvo estas posibilidades en su mente como quien sostiene objetos preciosos, examinándolas desde todos los ángulos.

Pero finalmente decidió no actuar, no por amor ni por deber, sino por una razón más oscura. Si Hernán moría, ella quedaría como su viuda, definida eternamente por su relación con él, viviendo el resto de su vida como la esposa que fue de aquel hombre. Al menos mientras él viviera, existía la posibilidad teórica de que algo cambiara, de que el sistema que la aprisionaba colapsara.

Hernán se recuperó lentamente durante octubre. Su enfermedad lo había debilitado físicamente, pero no había alterado en absoluto su obsesión. Si acaso la experiencia de depender de Beatriz para su cuidado intensificó su necesidad de restablecer el equilibrio de poder que la enfermedad había perturbado temporalmente.

Apenas recuperó fuerzas suficientes, reinstituyó todas sus reglas y controles con renovado rigor, como si necesitara borrar el recuerdo de esos días en que ella había tenido cierta autonomía circunstancial. Los últimos meses de 1795 y los primeros de 1796 transcurrieron sin incidentes notables. La vida en la casa de los cifuentes había alcanzado un estado de equilibrio mórbido donde tanto Hernán como Beatriz desempeñaban sus roles con perfección mecánica.

Él como vigilante perpetuo que encontraba significado existencial en su control absoluto, ella como prisionera que había aprendido a habitar los espacios infinitesimales que quedaban entre las barras de su jaula psicológica. A observadores externos, especialmente durante sus apariciones públicas cuidadosamente orquestadas, parecían pareja ejemplar, encarnación de los ideales matrimoniales de su época y clase social.

En marzo de 1796, casi 3 años después de su boda, Beatriz finalmente concibió. Cuando los síntomas se volvieron inequívocos y el doctor Salazar confirmó el embarazo, Hernán experimentó algo cercano a Éxtasis místico. Por fin decía, “Su unión se completaría con fruto. Su amor extraordinario se materializaría en Nueva Vida que sería educada según sus principios perfectos.

” Beatriz recibió la noticia con un vacío total, una ausencia de emoción tan completa que ni siquiera podía llamarse desesperación. Simplemente aceptó este nuevo desarrollo como había aprendido a aceptar todo lo demás, sin resistencia, porque la resistencia había sido pulverizada años atrás. Durante su embarazo, Hernán intensificó su vigilancia a niveles previamente inimaginables.

Supervisaba cada bocado que Beatriz ingería, cada movimiento que realizaba, cada pensamiento que expresaba. Había comprado tratados médicos sobre gestación y los aplicaba con rigor obsesivo, convencido de que podía controlar hasta el desarrollo del feto mediante la administración perfecta del cuerpo de su esposa.

Le hablaba al vientre creciente de Beatriz durante horas, explicándole al niño los principios de obediencia y su misión que debería internalizar desde antes del nacimiento. Los meses del embarazo fueron simultáneamente los mejores y peores de la vida de Beatriz como esposa de Hernán. mejores porque él la trataba con cierta delicadeza física que había estado ausente previamente, consciente de que ella era recipiente de su heredero.

Peor es porque su control psicológico alcanzó dimensiones asfixiantes, convencido de que cada estado emocional de la madre afectaría el carácter del niño. Beatriz debía mantener serenidad absoluta en todo momento. debía cultivar únicamente pensamientos de devoción hacia su esposo y gratitud por el privilegio de gestar su descendencia.

En noviembre de 1796, Beatriz entró en trabajo de parto. Hernán había prohibido la presencia de partera, insistiendo en que él mismo asistiría el parto con la ayuda del Dr. Salazar. El médico intentó argumentar que la presencia del esposo durante el alumbramiento era irregular, pero Hernán insistió con tal vehemencia que el anciano médico se dió.

Durante las horas terribles del trabajo de parto, mientras Beatriz gritaba de dolor, Hernán permaneció junto a ella, no para consolarla, sino para observar, para ser testigo de cada etapa del proceso, mediante el cual su semilla se convertía en persona separada. El niño nació muerto. Era varón, perfectamente formado, pero sin vida.

El cordón umbilical enrollado alrededor de su cuello. El Dr. Salazar lo envolvió en sábanas limpias y murmuró con dolencias formales, mientras Hernán se quedaba inmóvil mirando el pequeño bulto con expresión indescifrable. Beatriz, exhausta y sangrando, sintió algo que no había sentido en años, alivio.

Su oración desesperada había sido respondida de la manera más terrible posible. No tendría que ver a un niño crecer bajo la obsesión destructiva de Hernán. La muerte del infante era tragedia, pero también liberación. Hernán enterró al niño en el jardín trasero de la casa sin ceremonia religiosa ni testigos. Le prohibió a Beatriz llorar, argumentando que las lágrimas implicaban rebelión contra la voluntad divina y falta de fe en que tendrían más hijos en el futuro.

Ella obedeció permaneciendo con ojos secos, mientras observaba a su esposo cavar la pequeña tumba bajo el árbol de granadas. Durante días después del parto, mientras su cuerpo se recuperaba lentamente, Beatriz yacía en la cama escuchando a Hernán caminar de un lado a otro durante la noche, murmurando para sí mismo sobre fracaso y redención, sobre la necesidad de purificar aún más su hogar para asegurar que el próximo embarazo resultara en nacimiento exitoso.

Los meses siguientes, Hernán desarrolló nuevas obsesiones relacionadas con la pureza espiritual de la casa y especialmente de Beatriz. Implementó ayunos regulares, ceremonias de penitencia privadas, lecturas interminables de textos sobre virtud y expiación. Estaba convencido de que la muerte del niño había sido castigo por alguna imperfección oculta en su pedagogía matrimonial, algún aspecto de Beatriz que no había sido completamente transformado.

Su respuesta fue intensificar todo, más control, más vigilancia, más esfuerzo por penetrar hasta los rincones más profundos de la psique de su esposa y eliminar cualquier rastro de autonomía. En febrero de 1797, Beatriz concibió nuevamente. Esta vez Hernán interpretó el embarazo como señal de que sus esfuerzos redoblados habían tenido éxito, que finalmente habían alcanzado el nivel de perfección necesario para merecer descendencia viable.

Los meses de gestación fueron repetición de la experiencia anterior, pero intensificada, con Hernán monitoreando cada aspecto de la existencia de Beatriz con meticulosidad que rozaba la locura. Ella atravesó esos meses en estado de disociación casi total, su mente separándose de su cuerpo embarazado como mecanismo final de supervivencia.

En octubre de 1797, Beatriz dio a luz a una niña saludable. Hernán quedó visiblemente decepcionado de que no fuera varón, pero aceptó a la infante como primera de lo que esperaba sería una numerosa descendencia. Nombró a la niña Esperanza, sin ironía consciente del contraste entre el nombre y la realidad de la casa donde crecería.

Durante las primeras semanas, Beatriz experimentó un vínculo maternal instintivo con su hija, un impulso protector que despertó emociones que creía completamente muertas. Pero ese mismo vínculo se convirtió en nuevo instrumento de control para Hernán. Él le explicó que su amor por la niña debía canalizarse exclusivamente a través de él, que como padre tenía autoridad suprema sobre la educación y el cuidado de esperanza.

Beatriz podía amamantarla bajo su supervisión, pero todas las decisiones sobre la crianza serían tomadas por él. Cuando la niña lloraba, Beatriz debía pedir permiso antes de consolarla. Cuando necesitaba cambio de pañales, Hernán decidía el momento apropiado. La maternidad, que podría haber sido espacio de alguna autonomía, se convirtió en otra esfera de subordinación total.

Los meses siguientes revelaron la naturaleza profundamente perturbadora de los planes de Hernán para su hija. Comenzó a aplicar a la infante los mismos principios pedagógicos que había desarrollado con Beatriz adaptados a su edad. Cuando Esperanza lloraba, la dejaba llorar durante periodos calculados antes de permitir consuelo, entrenándola desde la cuna a que sus necesidades no serían satisfechas automáticamente, sino según su voluntad.

Cuando la niña buscaba el pecho de su madre, Hernán controlaba la frecuencia y duración de la alimentación con rigor cronométrico, negándole satisfacción completa para cultivar dependencia perpetua. Beatriz observaba este proceso con horror, que finalmente perforó su entumecimiento. Ver a su hija sometida desde infancia al mismo sistema de control obsesivo que la había destruido a ella, activó algo que sobrevivía.

en las profundidades más ocultas de su ser, una chispa de rebeldía, no por sí misma, sino por su hija. Durante las noches, cuando amamantaba a Esperanza bajo la mirada vigilante de Hernán, Beatriz le cantaba en voz apenas audible canciones que su propia madre le había cantado, intentando transmitir algo de calidez humana normal en los minutos estrechos que su esposo permitía.

Hernán notó estos cantos y los prohibió, argumentando que la niña debía desarrollarse en silencio contemplativo, sin estímulos que pudieran despertar emociones desordenadas. Beatriz obedeció externamente, pero continuó cantando internamente, moviendo los labios sin sonido mientras mecía a esperanza, como si las palabras silenciosas pudieran de alguna forma proteger a su hija de lo que sabía.

era inevitable, porque comprendía con claridad terrible que Esperanza crecería en la misma prisión psicológica, que sería educada según los mismos principios distorsionados, que probablemente nunca conocería lo que era ser persona completa con voluntad propia. En 1798, cuando Esperanza tenía 6 meses, Beatriz tomó la decisión que definiría el final de su historia.

No fue decisión dramática ni repentina, sino conclusión lógica de años de evaluar opciones imposibles. No podía escapar legalmente. No podía proteger a su hija dentro de las estructuras sociales existentes. No podía siquiera imaginar futuro donde ella y Esperanza vivieran libres de la obsesión de Hernán. La única forma de liberar a su hija era removerla de aquella casa permanentemente.

Y la única forma de lograr eso dentro de las limitaciones de su circunstancia era a través de la muerte. Durante semanas, Beatriz planeó con la misma meticulosidad obsesiva que Hernán había empleado para controlarla. esperó a la primavera cuando las temperaturas comenzarían a subir. Gradualmente dejó de alimentarse, consumiendo apenas lo mínimo necesario para mantener producción de leche.

Su cuerpo, ya debilitado por años de privación, comenzó a fallar rápidamente. Hernán notó su deterioro, pero lo atribuyó a debilidad postparto prolongada y le administró tónicos que ella fingía tragar, pero escupía después. Una noche de mayo, cuando Esperanza tenía 7 meses, Beatriz despertó antes del amanecer. Hernán dormía profundamente junto a ella, agotado después de un día completo de supervisar cada minuto de su existencia.

Con movimientos lentos y silenciosos, Beatriz se levantó y fue a la habitación donde dormía su hija. Tomó a esperanza en brazos y caminó descalza hacia la habitación de almacenamiento, donde había escondido su testimonio escrito años atrás. Encontró el cojín, extrajo los papeles cosidos en el y los colocó en un pequeño cofre de madera que había contenido especias.

Luego Beatriz tomó una decisión final que cambió sus planes. En lugar de llevar a cabo lo que había imaginado, simplemente se sentó en el piso de tierra de aquella habitación olvidada, con su hija en brazos y el cofre con su testimonio a su lado. Permaneció allí mientras amanecía, cantándole a esperanza en voz audible por primera vez todas las canciones que recordaba, todas las palabras de ternura que no le había permitido expresar.

Cuando Hernán finalmente despertó y la encontró, su rostro mostró confusión y luego furia al comprender que ella había desafiado sus reglas actuando sin su supervisión. Pero Beatriz no dejó de cantar. Continuó meciendo a esperanza y cantando mientras Hernán gritaba, exigiendo explicaciones, amenazando con nuevos castigos por esta insubordinación intolerable.

Por primera vez en 5 años, Beatriz lo ignoró completamente, como si él no existiera. Toda su atención enfocada en su hija. Esta negación absoluta de su autoridad desquició a Hernán. más que cualquier otra cosa que hubiera ocurrido previamente. Durante horas intentó hacerla reaccionar, alternad entre súplicas y amenazas, pero ella continuó en su pequeño mundo de canciones susurradas y brazos que mecían.

Finalmente, Hernán comprendió que algo se había roto irreparablemente. Salió de la habitación y cerró la puerta con llave, dejándola allí con la niña. Durante dos días, Beatriz permaneció en ese cuarto sin comida ni agua, amamantando a esperanza cuando la niña lloraba de hambre, cantándole constantemente, ignorando los ruidos que Hernán hacía al otro lado de la puerta.

En el tercer día, débil por deshidratación y agotamiento extremo, perdió el conocimiento. Hernán abrió la puerta y encontró a madre e hija inconscientes en el piso. El Dr. Salazar fue llamado de emergencia, examinó a ambas y declaró que Beatriz estaba moribunda, que su cuerpo había sido sometido a privaciones que habían destruido órganos vitales.

No viviría más de días. tal vez horas. La niña, sin embargo, estaba relativamente bien, solo deshidratada y hambrienta, pero recuperable. Hernán, por primera vez mostrando algo parecido a pánico genuino, exigió que el médico hiciera algo, cualquier cosa para salvar a su esposa. El Dr. Salazar, finalmente permitiéndose expresar lo que había sospechado durante años, respondió con frialdad que el señor Sifuentes había matado a su esposa mediante crueldad sistemática y que ninguna medicina podía revertir años de destrucción.

Beatriz recuperó la conciencia brevemente esa tarde. Hernán estaba arrodillado junto a ella, llorando por primera vez, suplicándole que no lo abandonara, que había sido por amor, todo por amor extraordinario que trascendía lo humano. Ella lo miró con ojos que ya no veía en este mundo y susurró sus únicas palabras: “Esperanza, lejos, él.

” Luego cerró los ojos y no volvió a despertarse. Murió al amanecer siguiente con 23 años después de 5 años de matrimonio, que habían sido 5 años de aniquilación sistemática. El escándalo que siguió fue contenido pero devastador dentro de los círculos sociales de Guanajuato. El Dr. Salazar, liberado por la muerte de Beatriz de cualquier obligación de mantener silencio, habló discretamente con autoridades eclesiásticas sobre sus sospechas.

La familia materna de Beatriz, enterada de su muerte, exigió investigación. Pero Hernán era hombre rico e influyente y en la sociedad nohispana de finales del siglo XVII, la autoridad del esposo sobre su mujer era casi absoluta. La investigación concluyó que Beatriz había muerto de debilidad constitucional, agravada por las dificultades del parto, ninguna culpa atribuible a su devoto esposo.

Esperanza fue dada en adopción a la familia materna de Beatriz. Después de negociaciones complicadas, Hernán no luchó demasiado por conservarla. Sin su madre, la niña había perdido gran parte de su valor como instrumento. Vivió otros 30 años en su casa silenciosa, cada vez más aislado, murmurando conversaciones con la memoria de Beatriz, como si ella todavía estuviera presente.

Los vecinos comenzaron a evitar pasar frente a su propiedad, murmurando historias. sobre gritos escuchados durante la noche, sobre la figura del viudo caminando por el jardín conversando con sombras. Años después de la muerte de Hernán, en 1828, cuando la casa fue finalmente vaciada para ser vendida, un trabajador encontró en el cuarto de almacenamiento un cofre de madera que contenía fragmentos de papel cubiertos con escritura minúscula.

lo entregó al nuevo propietario, quien lo leyó con horror creciente, el testimonio completo de Beatriz de Sandoval sobre sus años de tortura psicológica sistemática documentado con precisión terrible. El propietario, hombre progresista, influenciado por las ideas liberales que comenzaban a circular después de la independencia, intentó publicar el documento como advertencia sobre los peligros del poder patriarcal absoluto.

Pero la familia Siifuentes, todavía influyente, consiguió suprimir la publicación. Los fragmentos fueron confiscados y supuestamente destruidos, aunque rumores persistieron sobre copias que circulaban clandestinamente entre círculos intelectuales. La historia de Beatriz se convirtió en leyenda local.

la joven esposa que había sido amada hasta la muerte, el marido, cuya devoción había sido tan intensa, que había cruzado límites invisibles entre amor y posesión absoluta. La casa misma adquirió reputación siniestra. Ocupantes sucesivos reportaron sensaciones inquietantes, especialmente en la habitación de almacenamiento donde Beatriz había escrito su testimonio y donde había pasado sus últimas horas conscientes.

Algunos juraban escuchar canciones susurradas durante la noche, canciones de cuna en voz femenina, casi imperceptible. Otros afirmaban ver una figura delgada en la ventana del segundo piso, observando la calle con expresión de anhelo infinito. Con el tiempo, la casa fue abandonada y eventualmente demolida.

Donde había estado se construyó un pequeño mercado, luego un edificio de apartamentos. Pero los ancianos de Guanajuato todavía recordaban y contaban a sus nietos la historia de la luna de miel que él la quiso dócil, donde un hombre había confundido obsesión con amor y había destruido sistemáticamente a la mujer que juró proteger.

La historia servía de advertencia sobre los peligros del amor que niega la humanidad del objeto amado, del amor que exige aniquilación en lugar de complemento. En el Archivo Diocesano de Guanajuato, enterrado entre documentos polvorientos raramente consultados, permanece el registro de defunción de Beatriz de Sandovalde Cifuentes, fechado en mayo de 1798.

Causa de muerte, debilidad. constitucional. No hay mención de los años de tortura psicológica, de la vigilancia perpetua, del control obsesivo que consumió su identidad. Solo números y fecha que reducen una vida de sufrimiento a entrada burocrática. Y en algún lugar perdido en los laberintos de colecciones privadas o archivos olvidados.

Tal vez todavía existe un fragmento de papel con escritura minúscula. Últimas palabras. de una mujer que documentó su propia destrucción, que dejó testimonio para que algún día alguien comprendiera que el amor que exige su misión absoluta no es amor, sino una forma de muerte lenta y que en el nombre del amor se han cometido las crueldades más perfectas y las aniquilaciones más completas.