En las noches de luna llena, los campesinos de Valdemora aún pueden escuchar los gritos que brotan de las ruinas del palacio de los Montemar. Dicen que es el eco eterno de don Rodrigo, el cruel señor que creyó haber conquistado el corazón de su esclava más hermosa.

Pero Isabe Audelusignan no era una esclava cualquiera, era la última herederá de un linaje real francés, despojada de su título, de su tierra y de su familia por la codicia de los hombres. Y en la oscuridad de aquella alcoba, mientras el noble español dormía plácidamente entre sábanas de seda, ella despertó algo mucho más antiguo y terrible que la simple venganza humana.

 Capítulo 1. La caída de una princesa. El año era 1347 cuando Isabe Audelusignan vio arder su castillo en la provenza francesa. Tenía apenas 18 años y la sangre de los reyes cruzados corría por sus venas.

Su padre, el duque de Lucignan, había sido un hombre poderoso, aliado de la corona francesa y guardián de secretos ancestrales que se remontaban a las cruzadas. Pero los tiempos habían cambiado y con ellos las lealtades.

La traición llegó una noche de otoño cuando las tropas mercenarias contratadas por los enemigos de su padre rodearon el castillo. Isabeau a recordaría para siempre el olor a humo y carne quemada, los gritos de las sirvientas siendo arrastradas, el sonido del acero atravesando a los guardias leales. corrió por los pasillos secretos que su padre le había mostrado, llevando consigo solo un medallón antiguo que había pertenecido a su bisabuela, un círculo de plata con inscripciones en latín y símbolos que nadie en la familia se atrevía a descifrar completamente.

Fue capturada en el bosque al amanecer, los mercenarios no la mataron porque reconocieron su valor. Una joven de sangre real podría venderse por una fortuna en los mercados de esclavos del Mediterráneo. Durante meses, Isabiau fue transportada como ganado, encadenada y humillada. Pasando de mano en mano.

Cada comprador admiraba su belleza de cabello negro a zabache y ojos verdes como esmeraldas, pero también notaban algo más en su mirada, una oscuridad que hacía temblar incluso a los hombres más crueles. Finalmente llegó a manos de don Rodrigo de Montemar, un noble español que había hecho fortuna saqueando territorios durante la reconquista.

Rodrigo era conocido por su crueldad refinada, por su gusto por las cosas bellas y por su absoluta falta de misericordia. Cuando vio a Isabe en el mercado de Sevilla, supo que debía poseerla. pagó el triple de su valor y la llevó a su palacio en Valdemora, un pueblo remoto en las montañas del norte de España.

El palacio Montemar era una fortaleza de piedra gris que parecía crecer directamente de las rocas de la montaña. Sus torres se elevaban como dedos acusadores hacia el cielo y sus mazmorras descendían profundamente la tierra donde los gritos no podían escucharse. Rodrigo tenía otras esclavas, otras concubinas, pero ninguna como Isabeo.

Desde el primer día, ella supo que para sobrevivir necesitaría algo más que belleza, necesitaría inteligencia, paciencia y, sobre todo, un plan perfecto de venganza. Durante las primeras semanas, Isabeu observó todo. Aprendió las rutinas del palacio, identificó a los sirvientes leales y a los resentidos. estudió los horarios de los guardias, pero más importante aún, comenzó a estudiar a Rodrigo.

Descubrió sus vanidades, sus miedos secretos, sus deseos más oscuros y lentamente, como una araña tejiendo su red, comenzó a construir su trampa. Por las noches, en la soledad de su celda, Isabiau sacaba el medallón de su bisabuela y susurraba las palabras que había escuchado pronunciar a su padre en rituales secretos. No sabía exactamente qué invocaban esas palabras.

Pero sentía que algo respondía desde las profundidades, algo antiguo, algo hambriento. Y ese algo le susurraba que la venganza sería suya, pero el precio sería terrible. Capítulo 2. El juego de la seducción. Tres meses después de su llegada, Isabiau cambió su estrategia. Dejó de resistirse a Rodrigo con abierta hostilidad y comenzó un juego mucho más peligroso, la seducción calculada.

Sabía que los hombres como Rodrigo no deseaban solo el cuerpo de una mujer, sino su rendición completa, su adoración, su amor. Y eso era exactamente lo que pretendería darle. La primera vez que sonrió a Rodrigo, él se quedó petrificado. Durante semanas había enfrentado solo desprecio y silencio de parte de su esclava más preciada.

Y ahora esta criatura de ojos verdes lo miraba con algo que parecía calidez. Rodrigo era lo suficientemente inteligente para sospechar, pero también lo suficientemente arrogante para creer que finalmente había quebrado su espíritu.

Isabeau comenzó a tocar el aú en las veladas nocturnas, canciones melancólicas de su tierra natal que hacían que incluso los guardias más rudos sintieran algo parecido a la nostalgia. Aprendió a preparar vino especiado según los gustos de Rodrigo, mezclando hierbas que encontraba en el jardín del palacio. Algunas hierbas relajaban, otras avivaban los sentidos y otras, otras tenían propósitos más oscuros que iría revelando con el tiempo. Rodrigo comenzó a buscar su compañía cada vez con mayor frecuencia.

Despachaba a sus otras concubinas y llamaba solo a Isabeo. Le hablaba de sus conquistas, de sus planes, de sus enemigos. Y ella escuchaba con atención fingida, memorizando cada detalle, cada debilidad, cada secreto que el noble revelaba en momentos de arrogancia.

Una noche, cuando la luna llena iluminaba el palacio con luz plateada, Rodrigo le preguntó por qué había cambiado. Isabe había preparado cuidadosamente su respuesta. con lágrimas que brotaban genuinamente de su odio contenido, pero que interpretaría como vulnerabilidad, le dijo que había comprendido que su antigua vida había terminado, que los títulos nobiliarios eran polvo ante el destino y que en los brazos de un hombre fuerte como él había encontrado algo que su débil padre nunca le había dado. Certeza. Era todo mentira.

Por supuesto, cada palabra era veneno envuelto en miel, pero Rodrigo la bebió con avidez. Su ego monstruoso necesitaba creer que había conquistado no solo el cuerpo, sino el alma de una princesa. Esa noche, por primera vez, la llevó a su alcoba principal, la cámara donde solo sus esposas legítimas habían dormido.

La habitación era opulenta. Tapices flamencos cubrían las paredes de piedra. Un inmenso lecho con docel se alzaba sobre una plataforma elevada y decenas de velas perfumadas creaban sombras danzantes. Pero Isabe aún notó algo más, una pequeña puerta oculta tras un tapiz.

Sin duda un pasadizo secreto y junto al hecho, una mesa con una daga ceremonial de plata con inscripciones extrañas. Esa noche no pasó nada que Rodrigo no hubiera esperado. Isabu se entregó a su papel con la perfección de una actriz consumada. Pero cuando el noble finalmente se durmió, satisfecho y desprotegido, ella permaneció despierta. Memorizó cada detalle de la habitación, cada posible ruta de escape, cada objeto que podría servir como arma.

y en su mente comenzó a trazar el mapa exacto de cómo sería su venganza. En los días siguientes, Rodrigo se volvió más descuidado. Comenzó a tratarla no como esclava, sino como consorte. Le dio ropas finas, joyas menores, libertad para caminar por ciertas áreas del palacio.

Incluso le habló de hacerla su amante oficial, de darle una posición de privilegio. Todo esto mientras su esposa legítima, doña Mencía, observaba desde las sombras con ojos llenos de odio. Y sabe a sabía que tenía poco tiempo. Los celos de doña Mencía podrían arruinar sus planes, pero también sabía que cada día que pasaba Rodrigo confiaba más en ella y la confianza era el primer paso hacia la destrucción.

Por las noches, cuando estaba sola, Isabeau continuaba sus rituales secretos con el medallón. Las palabras en latín fluían ahora con más facilidad de sus labios y las sombras en su celda parecían moverse con voluntad propia. Algo estaba despertando, algo que había estado dormido durante siglos, esperando a alguien con suficiente odio en el corazón para invocarlo. Capítulo 3. Los secretos del palacio.

A medida que ganaba mayor libertad de movimiento, Isabeu comenzó a explorar los rincones olvidados del palacio Montemar. Descubrió que la fortaleza era mucho más antigua de lo que aparentaba. Bajo las renovaciones cristianas de los Montemar yacían estructuras moriscas y debajo de estas ruinas romanas.

Y más abajo aún había algo que no pertenecía a ninguna civilización conocida. Una tarde, mientras Rodrigo atendía asuntos en el pueblo, Isabeu convenció a un sirviente viejo y medio ciego de mostrarle las bodegas antiguas. El hombre, que recordaba tiempos menos crueles bajo el padre de Rodrigo, accedió.

La llevó por escaleras de piedra que descendían en espiral. cada vez más profundas en las entrañas de la montaña. Las bodegas contenían vino, provisiones y armas oxidadas. Pero en el nivel más bajo, Isabia encontró algo más, una puerta de hierro negro con símbolos que reconoció del medallón de su bisabuela. El sirviente se negó a abrirla, murmurando que estaba prohibido desde tiempos del abuelo de Rodrigo, que un sacerdote había sellado lo que había detrás porque era cosa del demonio.

Isabeau esperó a la noche siguiente, robó las llaves de la celda del castellano y descendió sola a las profundidades. La puerta de hierro no estaba cerrada con llave, sino con un sello eclesiástico de cera que se deshizo al menor contacto, como si hubiera estado esperando ser roto. El olor que emergió era antiguo, mezcla de tierra húmeda y algo dulzón, como carne preservada.

Detrás de la puerta había una cámara circular tallada directamente en la roca viva de la montaña. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones en latín, griego y otros idiomas que Isabe aún no reconocía. En el centro había un altar de piedra negra manchado, con lo que solo podían ser siglos de sangre seca, y sobre el altar un libro encuadernado en lo que parecía piel humana.

Isabiau sintió que el medallón en su cuello se calentaba intensamente. Las inscripciones del medallón y del libro eran idénticas. Con manos temblorosas abrió el volumen. Las páginas estaban en latín antiguo, pero de alguna manera podía entender cada palabra como si estuvieran escritas en su lengua materna. Era un grimorio, un libro de magia negra que databa de tiempos precistianos, de cultos romanos a dioses oscuros que exigían sacrificio y sangre.

El libro hablaba de un ritual específico, el vinculum sanguinis, el vínculo de sangre permitía a quien lo ejecutara unir su alma con un espíritu vengador del más allá, dotándolo de poder sobrenatural para destruir a sus enemigos. Pero el precio era terrible. El ejecutor debía ofrecer no solo la vida de su víctima, sino también parte de su propia humanidad.

Y una vez iniciado el ritual, no había vuelta atrás. Isabiau leyó las instrucciones con avidez creciente. El ritual requería siete noches de preparación durante las cuales debía recolectar elementos específicos: tierra de una tumba sin consagrar, ceniza de un ajusticiado, lágrimas derramadas en verdadero sufrimiento y lo más importante, tres gotas de sangre de la víctima designada mezcladas con tres gotas de sangre del ejecutor tomadas durante un momento de supuesta intimidad. También descubrió por qué este lugar había sido sellado.

Según anotaciones marginales en español antiguo, el bisabuelo de Rodrigo había intentado usar el grimorio para ganar poder político. Había ejecutado el ritual parcialmente, pero no había completado el sacrificio final. El espíritu que había invocado quedó atrapado entre mundos, hambriento y furioso, esperando a que alguien más completara lo que había sido comenzado. Yabeu sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de excitación oscura.

Este era exactamente lo que necesitaba. No solo mataría a Rodrigo, sino que lo condenaría a un tormento eterno y con el poder del vínculum sanguinis se aseguraría de que cada hombre que había contribuido a su caída sufriera el mismo destino. Copió los pasajes más importantes del grimorio en pergaminos que escondió entre sus ropas. Luego volvió a colocar el libro en el altar y regresó a su celda antes del amanecer.

A partir de esa noche, Isabe aún no era solo una esclava planeando venganza. Era una sacerdotisa de cultos antiguos, preparándose para desatar fuerzas que la humanidad había intentado olvidar. Durante los días siguientes comenzó a recolectar los elementos necesarios.

La tierra de tumbas, sin consagrarla, obtuvo del cementerio abandonado en el bosque, donde los criminales y suicidas eran enterrados sin ritos cristianos. La ceniza de ajusticiado la robó del patíbulo del pueblo, donde aún colgaban los restos de un ladrón ejecutado la semana anterior. Las lágrimas eran fáciles, las suyas propias, derramadas en recuerdo genuino de su familia asesinada.

El elemento más difícil era la sangre de Rodrigo. Debía tomarla durante un momento de intimidad sin que él lo notara. Y Sabeu esperó la oportunidad perfecta. Cuando Rodrigo la llamó nuevamente a su alcoba, ella llevó consigo un anillo con un pequeño pincho oculto bajo la gema.

Durante su encuentro, en un momento de pasión fingida, lo arañó accidentalmente en el cuello. Tres pequeñas gotas de sangre que recogió con un paño de seda que luego escondió entre sus ropas. Ya tenía todo lo necesario. Solo faltaba ejecutar las siete noches de preparación y luego en la octava noche realizar el sacrificio final. Pero Isabe aún no sabía que otros ojos también vigilaban. Doña Mencía, la esposa despreciada de Rodrigo, había notado los extraños movimientos de la esclava y en su propio odio celoso comenzaba a tramar su propia intervención. Capítulo 4.

Las siete noches oscuras. La primera noche del ritual coincidió con la luna nueva cuando el cielo estaba completamente negro. Y Sabeu esperó hasta que todo el palacio durmiera. En la soledad de su celda, trazó un círculo en el suelo de piedra usando la mezcla de tierra de tumba y ceniza de ajusticiado.

Colocó el medallón de su bisabuela en el centro y comenzó a recitar las palabras del grimorio. El latín fluía de sus labios como un río oscuro. Ego Bocoté, espíritus sulis quintenebris manet. invocaba al espíritu vengador que habitaba en las sombras, pidiéndole que escuchara su súplica. La temperatura de la celda descendió bruscamente.

Su aliento se convirtió en vao blanco y por un momento las sombras en las esquinas parecieron condensarse, tomando forma casi humana. Durante cada una de las siete noches siguientes, Isabeu repetía el ritual añadiendo elementos. La segunda noche mezcló su propia sangre con la de Rodrigo en un pequeño cuenco de plata que había robado de la capilla del palacio. La tercera noche añadió sus lágrimas a la mezcla.

Con cada iteración, la presencia en su celda se volvía más tangible, más real. La cuarta noche, la presencia le habló, no con palabras audibles, sino directamente en su mente. Una voz que sonaba como el susurro de mil personas hablando al unísono. Te he estado esperando, hija de Lucignan. Tu bisabuela me conoció.

Tu linaje tiene deuda conmigo desde las cruzadas y ahora tú completarás lo que fue prometido. Isabiau preguntó qué quería decir, pero la presencia solo río, un sonido que hizo que la sangre se le helara en las venas. le mostró visiones. Su bisabuela en Jerusalén, negociando con entidades oscuras para ganar poder, prometiendo que su descendencia completaría un pacto.

Isabeau comprendió entonces que su destino había sido trazado mucho antes de su nacimiento. No era casualidad que hubiera encontrado el grimorio. Todo había sido orquestado. La quinta noche, el espíritu le enseñó las palabras finales del ritual de sacrificio. Eran más complejas que las del grimorio. palabras en un idioma que no era latín ni ningún idioma humano, sino el lenguaje de las cosas que habitaban en los espacios entre los mundos.

Isabulas memorizó, sintiendo como cada sílaba se grababa en su alma como hierro al rojo vivo. La sexta noche algo salió mal. Doña Mencía, que había estado espiando a Isabeau, irrumpió en la celda en medio del ritual. Lo que vio la horrorizó. Y sabeau a de rodillas dentro del círculo, con los ojos en blanco mostrando solo lo blanco, hablando en lenguas desconocidas, mientras las sombras se arremolinaban a su alrededor como serpientes vivas.

Mencía gritó y huyó corriendo directamente a la alcoba de su esposo. Despertó a Rodrigo y le contó lo que había visto, acusando a Isabe a de brujería. Rodrigo, todavía medio dormido y convencido de que su esposa exageraba por celos, le ordenó que guardara silencio y regresara a sus aposentos.

Pero la semilla de la duda había sido plantada. Al día siguiente, Rodrigo confrontó a Isabeo. Ella negó todo con tal convicción y lágrimas tan genuinas, de furia contenida, no de miedo, que Rodrigo quiso creerle. Pero para estar seguro, ordenó que un sacerdote del pueblo viniera a bendecir el palacio y particularmente la celda de Isabeu.

Esto ponía en peligro todo el plan. Isabo supo que debía actuar antes de lo planeado. Esa noche sería la séptima, la última noche de preparación. Y decidió que la octava noche, la noche del sacrificio final, sería la siguiente. No podía arriesgarse a esperar más. Cuando el sacerdote llegara al día siguiente, sería demasiado tarde.

Rodrigo ya estaría muerto y ella habría invocado un poder que ninguna bendición podría desterrar. La séptima noche, Isabeu completó el ritual de preparación. El Espíritu Vengador le habló por última vez antes del sacrificio. Mañana en la noche traerás a tu enemigo a este lugar. Lo amarás como si fuera tu salvador.

Y cuando su guardia esté completamente baja, cuando confíe en ti absolutamente, hablarás las palabras finales. Su sangre abrirá el portal. Su alma alimentará mi hambre y tú recibirás el poder que buscas. Pero recuerda, una vez hecho esto, una parte de ti morirá. La parte que aún es humana.

¿Estás dispuesta a pagar ese precio? Isab aún no vaciló ni un segundo. Sí, susurró en la oscuridad. Por mi familia, por mi honor, por todo lo que me quitaron. Sí, mil veces sí. El espíritu río nuevamente, un sonido de pura satisfacción malévola. El pacto estaba sellado. Solo faltaba derramar la sangre. Capítulo 5. La noche del engaño final.

El día de la octava noche, Isabeu desempeñó el papel de su vida. Fue a buscar a Rodrigo con una sonrisa radiante y le pidió algo que él nunca había esperado, que esa noche la llevara no a su alcoba noble, sino a la celda donde ella había sido prisionera. Le dijo que quería simbolizar su transformación, que quería hacer el amor en el mismo lugar donde había llorado como esclava para así cerrar ese capítulo y abrazar completamente su nueva vida junto a él.

Rodrigo quedó profundamente conmovido por este gesto. Su ego monstruoso interpretó esto como la victoria definitiva sobre el espíritu de la princesa cautiva. Esa noche ordenó que prepararan la celda de Isabeu con velas perfumadas, vino fino y sábanas de seda.

Transformaría ese lugar de sufrimiento en un nido de amor, creyendo que esto demostraba su poder absoluto sobre ella. Cuando llegó el momento, Isabeu recibió a Rodrigo en su celda transformada. Llevaba un vestido de terciopelo negro que él mismo le había regalado y su cabello caía suelto sobre sus hombros como una cascada de medianoche.

Le sirvió vino que ella misma había preparado, mezclado con hierbas que relajaban la voluntad, pero mantenían despiertos los sentidos. Quería que Rodrigo estuviera consciente de todo lo que estaba por suceder. Hablaron durante horas y Sabeau Au le hizo creer que contaba su verdadera historia, la caída de su familia, su terror durante los meses de esclavitud. Pero le dijo que ahora mirando atrás podía ver que todo había sido el destino llevándola hacia él.

Rodrigo bebió estas mentiras como si fueran el néctar de los dioses. Nunca en su vida cruel había sentido tal validación de su propio valor. Cuando finalmente lo atrajó hacia el hecho improvisado en el suelo de piedra, Rodrigo estaba completamente desarmado, tanto literal como metafóricamente.

Había dejado su daga en la mesa junto a la puerta. Sus guardias estaban apostados al final del corredor, lejos de oír cualquier cosa que pudiera suceder en la celda. Y su corazón, ese órgano atrofiado que solo conocía el egoísmo, estaba hinchado con algo parecido al afecto. Y Sabeau Au esperó hasta que Rodrigo estuviera en el momento de mayor vulnerabilidad.

Entonces, con movimientos tan sutiles que él no los notó, comenzó a trazar símbolos en su piel con sus dedos, símbolos que había memorizado del grimorio. Y cuando tuvo suficientes trazados, comenzó a susurrar las palabras finales del ritual.

Al principio, Rodrigo pensó que eran susurros de pasión, pero gradualmente se dio cuenta de que las palabras no eran en español ni en ningún idioma que conociera. intentó moverse, alejarse, pero descubrió que su cuerpo no respondía. Los símbolos que ella había trazado en su piel comenzaron a brillar con una luz verde enfermiza. El terror se apoderó de los ojos de Rodrigo. Intentó gritar, pero su voz no funcionaba.

Isabeu continuó recitando las palabras del ritual, su voz volviéndose más fuerte, más autoritaria. Las velas en la celda se apagaron todas al mismo tiempo, pero la habitación no quedó en oscuridad. En cambio, fue iluminada por esa misma luz verde que emanaba de los símbolos en el cuerpo de Rodrigo.

Las sombras en las esquinas de la celda comenzaron a moverse, confluyendo hacia el centro donde Rodrigo yacía paralizado. Tomaron forma, figuras humanas retorcidas, rostros de agonía, manos que se extendían ansiosas. Y entonces Isabeau pronunció el nombre que el espíritu le había enseñado, el nombre del demonio que había sido invocado, pero nunca alimentado por el bisabuelo de Rodrigo, Malpas, Princepsturrium, Benietia.

La celda se llenó de un aullido que no provenía de ninguna garganta humana. Rodrigo finalmente pudo gritar, pero no era un grito de dolor físico, era el grito de alguien que podía ver su propia condenación acercándose. Las figuras de sombra lo rodearon, extendiéndose hacia el con dedos espectrales.

Isabe tomó la daga ceremonial que había escondido bajo las almohadas. No era la daga de Rodrigo, sino una que había tomado del altar en la cámara secreta bajo el palacio. Su hoja era de un metal negro que parecía absorber la luz. y con un movimiento rápido, preciso, lo apuñaló directamente en el corazón.

La sangre de Rodrigo no fluyó como sangre normal. Brotó en chorros que desafiaban la gravedad, elevándose en el aire y formando patrones geométricos complejos. Y mientras la sangre dibujaba esos patrones, el espíritu de Rodrigo fue arrancado de su cuerpo aún vivo. Isabia podía verlo. Una forma translúcida y aterradora de Rodrigo, gritando silenciosamente mientras era devorado pedazo a pedazo por las entidades de sombra. El proceso duró horas, aunque para Isabia pareció tanto un instante como una eternidad. Cuando finalmente

terminó, el cuerpo de Rodrigo yacía exangu en el suelo, pero su rostro estaba congelado en una expresión de terror absoluto que ninguna muerte natural podría producir. Y en la celda, el aire mismo parecía vibrar con poder oscuro. Y Sabe au sintió el cambio en su interior. Era como si algo frío y antiguo hubiera entrado en su pecho y hecho un nido allí.

Tenía el poder que había buscado, pero también sabía con certeza que había perdido algo irrecuperable. Una parte de su humanidad había sido devorada junto con el alma de Rodrigo. Capítulo 6. El despertar de la maldición. El amanecer encontró el palacio Montemar sumido en el caos. Cuando los sirvientes descubrieron el cuerpo de don Rodrigo, sus gritos despertaron a toda la fortaleza. La escena era incomprensible.

El noble señor yacía en la celda de su esclava favorita, muerto de una manera que ningún médico podía explicar. Su corazón había sido atravesado. Sí, pero la cantidad de sangre derramada era imposible para un solo cuerpo humano. Y sus ojos abiertos miraban al vacío con tal expresión de terror que varios sirvientes se persignaron y huyeron. Y Sabeau había desaparecido.

Su celda estaba vacía, pero las puertas seguían cerradas desde el exterior. Era como si se hubiera desvanecido en el aire. Los guardias juraron que nadie había salido de los corredores durante la noche. Los perros de casa no podían encontrar su rastro. Era como si la tierra misma se la hubiera tragado.

Doña Mencía, en su dolor y furia, ordenó una búsqueda exhaustiva. Acusó a Isabe a de brujería y asesinato, ofreciendo una recompensa enorme por su captura. hizo llamar al obispo de la diócesis cercana para que exorcizara el palacio. Pero mientras los preparativos se realizaban, cosas extrañas comenzaron a suceder.

La primera noche después de la muerte de Rodrigo, los guardias que vigilaban su cuerpo en la capilla juraron que lo habían visto moverse, no como un hombre vivo, sino con espasmos horribles, como si algo dentro del cadáver luchara por salir. Cuando el sacerdote local se acercó para bendecir el cuerpo, las velas se apagaron todas simultáneamente y en la oscuridad escuchó una voz que susurraba en latín antiguo, palabras de condenación y venganza.

La segunda noche, uno de los guardias que había participado en maltratar a Isabeau durante sus primeros meses en el palacio fue encontrado muerto en su puesto. Su rostro mostraba la misma expresión de terror que el de Rodrigo y en el suelo junto a él había un símbolo dibujado con su propia sangre, el mismo símbolo que decoraba el medallón de Isabeau. La tercera noche, la locura comenzó a extenderse.

Los sirvientes reportaban ver sombras que se movían por los corredores, figuras espectrales que susurraban nombres de los vivos. Doña Mencía comenzó a tener pesadillas donde Isabia se le aparecía, no como la esclava asustada que había conocido, sino como algo más, una entidad de ojos brillantes que le prometía tormentos eternos.

Pero la verdadera naturaleza de la maldición no se reveló hasta que el obispo llegó con sus ayudantes para realizar el exorcismo. El religioso era un hombre experimentado que había enfrentado casos de posesión y presencias malignas, pero cuando cruzó el umbral del Palacio Montemar, sintió inmediatamente que esto era diferente. El aire mismo parecía estar vivo, cargado con una malevolencia que presionaba contra su pecho como una mano invisible. El obispo comenzó sus rituales en la capilla, donde el cuerpo de Rodrigo había sido preparado para el

entierro. Roció agua bendita, recitó oraciones en latín, ordenó que se quemara incienso sagrado. Pero cuando sus palabras tocaron el aire, algo respondió. Las ventanas de la capilla estallaron hacia dentro, llenando el espacio de vidrios. Las estatuas de Santos comenzaron a sangrar por los ojos y del cuerpo de Rodrigo brotó una risa profunda, burlona, absolutamente inhumana. El obispo comprendió entonces la terrible verdad. Rodrigo no descansaba en paz ni en el infierno.

Su alma estaba atrapada en el palacio, encadenada por el ritual que Isabia había realizado, condenada a servir a la entidad que ahora había sido invocada plenamente a este mundo. Y esa entidad no era simplemente un demonio, era Malpas, uno de los grandes presidentes del infierno, el constructor de torres y fortalezas, el que convertía los hogares en prisiones.

El ritual de Isabe aún no solo había matado a Rodrigo, había transformado todo el palacio Montemar en un ancla para malpas en el mundo mortal. Cada piedra del palacio ahora vibraba con energía demoníaca. Cada sombra albergaba fragmentos de almas torturadas. Y en el centro de todo estaba Isabeau, que había desaparecido físicamente, pero cuya presencia se sentía en cada rincón de la fortaleza.

El obispo intentó consagrar el palacio completo, pero sus esfuerzos eran inútiles. Cada vez que bendecía una habitación, otra caía en oscuridad más profunda. Era como intentar vaciar el océano con un dedal. Después de tres días de intentos infructuosos, el religioso huyó del palacio aterrorizado. Antes de partir, advirtió a doña Mencía que el lugar estaba perdido, que debía abandonarlo inmediatamente y que las autoridades eclesiásticas debían ser notificadas para tomar medidas más drásticas. Pero Mensías se negó a irse.

Este era su hogar, su posición, su poder. Además, una parte oscura de ella quería venganza contra Isabeo, sin importar el costo. Ordenó que el palacio fuera sellado. Nadie entraría ni saldría. Contrató a mercenarios y cazadores de brujas para encontrar a Isabe a y traerla de vuelta, viva o muerta.

Lo que Mencía no sabía era que Isabe aún nunca había abandonado el palacio, simplemente había dejado de existir en una forma que los ojos humanos pudieran ver fácilmente. Isabeau había pagado el precio del vinculum sanguinis. Su cuerpo físico se había transformado en algo más, algo que existía entre los mundos. Podía materializarse cuando lo deseaba, pero la mayor parte del tiempo existía como una presencia espectral unida eternamente a malpas y a la maldición que había desatado.

Y desde su estado transformado, observaba con satisfacción fría como el palacio que había sido su prisión se convertía en el infierno de sus opresores. Los días se convirtieron en semanas y las muertes continuaron. Cada persona que había participado en la crueldad contra Isabeau o que había servido a Rodrigo con devoción encontraba un final horrible.

Algunos se volvían locos y se arrojaban desde las torres. Otros simplemente amanecían muertos en sus camas con expresiones de terror congeladas en sus rostros. Y cada muerte alimentaba la maldición, haciéndola más fuerte. El pueblo de Valdemora comenzó a susurrar. Los campesinos evitaban acercarse al palacio. Los comerciantes se negaban a entregar provisiones.

Gradualmente, el Palacio Montemar se convirtió en una isla de maldición en medio de las montañas, un lugar que los vivos evitaban y donde solo los muertos y los condenados habitaban. Y en el corazón de esa oscuridad, Isabia Audelusignan, que había sido una princesa y luego una esclava, ahora era algo completamente diferente.

La suma sacerdotisa de una catedral de pesadillas. Capítulo 7. El descenso de Mensía. Doña Menscía de Montemar se negaba a aceptar la derrota. Mientras los sirvientes huían y los muros del palacio parecían cerrarse sobre ella como las fauses de una bestia, ella permanecía aferrándose a su orgullo nobiliario como un náufrago a un madero flotante. Pero el aislamiento y el terror constante comenzaron a erosionar su cordura.

Cada noche, Menscía escuchaba pasos en los corredores vacíos, voces que susurraban su nombre con tonos burlones. Veía sombras que tomaban formas imposibles, que se deslizaban por debajo de las puertas cerradas con llave. Se rodeó de velas benditas y reliquias sagradas, pero estas ofrecían poco consuelo. Las velas se apagaban solas.

Las reliquias se ennegrecían como si fueran consumidas por un fuego invisible. Una noche, Menscía despertó y encontró a Isabeau Au de pie junto a su cama. Pero no era la Isabeau que recordaba esta figura. Irradiaba una belleza terrible y antinatural. Su piel era pálida como la luna, sus ojos brillaban con luz verde y cuando hablaba su voz resonaba con armónicos imposibles, como si múltiples voces hablaran a través de ella simultáneamente.

“¿Pensaste que podrías mantener lo que robaste sin pagar precio?”, preguntó Isabeau o la cosa en que Isabeau se había convertido. “Tu esposo me quitó mi libertad. Tú observaste mi sufrimiento con satisfacción. Ahora ambos pagarán. Él está atrapado en tormentos eternos y tú, tú tendrás un destino especial. Mencía intentó gritar, pero descubrió que no podía emitir sonido alguno. Isabiau extendió una mano y tocó su frente con un dedo helado.

Inmediatamente, la mente de Mencía fue inundada con visiones. Vio el alma de Rodrigo siendo devorada una y otra vez por entidades de pesadilla, cada vez experimentando la misma agonía como si fuera la primera vez. vio a todos los que habían muerto en el palacio, atrapados también en ciclos de tormento, y vio su propio futuro, condenada a unirse a ellos.

“Pero te daré una oportunidad”, continuó Isabeu, una sola oportunidad de redención. Ve al pueblo, cuenta lo que sucedió aquí. Admite las crueldades de tu esposo. Confiesa tu propia complicidad y tal vez, solo tal vez, tu alma pueda encontrar paz cuando finalmente mueras. Pero si permaneces aquí, si continúas aferrándote a este palacio maldito, entonces tu destino será el mismo que el de Rodrigo.

La parálisis abandonó a Mensía tan súbitamente como había llegado. Y Sabeau Au había desaparecido, pero el terror permanecía. Mencía tomó su decisión. Hiía empacó solo lo esencial y al amanecer, antes de que su valor la abandonara, salió del Palacio Montemar por primera vez en semanas. El viaje a pie hasta el pueblo de Valdemora normalmente tomaba dos horas.

Para Mencía, aterrorizada y mirando constantemente sobre su hombro, tomó el doble. Cuando finalmente llegó a la plaza del pueblo, su aspecto era tan demacrado que los aldeanos apenas la reconocieron. Su cabello, que había sido negro, ahora estaba veteado de blanco. Su rostro estaba marcado por líneas profundas que no habían estado allí sem atrás.

Mensía hizo exactamente lo que Isabe le había ordenado. Frente al sacerdote del pueblo y una multitud creciente de aldeanos, confesó todo. Habló de las crueldades de Rodrigo, de cómo había saqueado y torturado durante años. Habló de Isabeo, de cómo había sido comprada como esclava cuando debería haber sido tratada como la noble que era, y habló de la maldición que ahora consumía el palacio Montemar. Los aldeanos escucharon con una mezcla de horror y satisfacción vindicativa.

Muchos habían sufrido bajo el gobierno de Rodrigo. La confesión de Mensía confirmaba lo que habían sospechado durante años. El sacerdote, sin embargo, estaba más preocupado por las implicaciones sobrenaturales. Envió inmediatamente mensajeros a la sede del obispado solicitando intervención urgente.

Pero mientras las autoridades eclesiásticas debatían qué hacer, la maldición del Palacio Montemar continuaba creciendo. Ya no estaba contenida dentro de los muros de la fortaleza. Comenzó a extenderse al bosque circundante. Los árboles se marchitaban. Los animales huían o eran encontrados muertos sin causa aparente. Y por las noches luces verdes podían verse parpadeando en las ventanas del palacio acompañadas de gritos que helaban la sangre.

Mencía permaneció en el pueblo viviendo de la caridad del sacerdote, pero la paz que Isabe aú le había prometido nunca llegó. Cada noche era atormentada por pesadillas. Cada día se volvía más delgada, más demacrada, como si algo estuviera consumiéndola desde dentro. Tres meses después de huir del palacio, Menscía murió. Su último aliento fue un susurro. Ella viene por mí.

Cuando preparaban su cuerpo para el entierro, los encargados del velatorio hicieron un descubrimiento perturbador. En su pecho, sobre el corazón, había aparecido una marca. Era el mismo símbolo que decoraba el medallón de Isabeo, quemado en su carne como si hubiera sido marcada con hierro al rojo vivo.

El sacerdote ordenó que fuera enterrada en tierra consagrada con todas las protecciones posibles, pero nadie sabía si eso sería suficiente para proteger su alma. Con la muerte de Mensía, el último vínculo del Palacio Montemar con el mundo civilizado se rompió. El obispado declaró el lugar enáseme, tierra [ __ ] que ningún cristiano debía pisar. Se ordenó que nadie se acercara a menos de un kilómetro de sus muros.

Se colocaron cruces en todos los caminos que llevaban al palacio, grabadas con oraciones de protección. Pero Isabe aún no estaba satisfecha. Su venganza contra Rodrigo y Mencía estaba completa, pero el odio que había alimentado el ritual no se había extinguido. Se había transformado en algo más grande, más oscuro.

Ya no era simplemente venganza personal, era una furia contra toda la humanidad que había permitido que existieran hombres como Rodrigo. Y con el poder de Malpas fluyendo a través de ella, tenía los medios para extender esa furia mucho más allá de las paredes del palacio. Los años pasaron.

El Palacio Montemar fue olvidado gradualmente por todos, excepto los aldeanos locales, que transmitían advertencias a sus hijos. Nunca acercarse las ruinas, nunca escuchar las voces que a veces podían oírse en las noches de luna llena, nunca responder si algo desde las sombras llamaba tu nombre, porque Isabe Audelusignan todavía estaba allí esperando, siempre esperando, y su hambre de venganza nunca dormía. Capítulo 8.

El legado eterno de sangre. Han pasado casi 700 años desde aquella noche en que Isabe Audelusignan pronunció las palabras prohibidas y selló su destino y el del palacio Montemar. La fortaleza ahora está en ruinas. Sus torres se han derrumbado. Sus muros están cubiertos de hiedra venenosa. Sus salones están abiertos al cielo.

Pero la maldición permanece tan potente como el día en que fue desatada. Los investigadores paranormales modernos consideran el Palacio Montemar como uno de los lugares más peligrosos de Europa. Aquellos lo suficientemente valientes o tontos para ignorar las advertencias y aventurarse en las ruinas reportan experiencias aterradoras.

Apariciones de figuras medievales que repiten las mismas escenas de tortura una y otra vez. Voces que susurran en idiomas muertos. una sensación omnipresente de ser observado por algo antiguo y malévolo. Pero lo más perturbador son los informes de una mujer de extraordinaria belleza que aparece en las noches de luna llena.

Viste ropas de hace siglos y sus ojos brillan con luz antinatural. Aquellos que la han visto de cerca dicen que parece perfectamente preservada, como si el tiempo no tuviera poder sobre ella. Algunos la han confundido con un espíritu atrapado, una víctima más de la tragedia del palacio. No podrían estar más equivocados. Y sabe Audelusignan no es una víctima.

Es la arquitecta de la maldición, su guardiana eterna. El ritual del vínculum sanguinis no solo le dio poder, la ató a este lugar para siempre. No puede morir porque ya no está completamente viva. No puede irse porque su esencia está entrelazada con cada piedra del palacio. Es simultáneamente prisionera y carcelera, víctima y victimaria, humana y demonio.

En 1847, exactamente 500 años después de la caída del castillo Lucignan, un grupo de ocultistas franceses viajó a Valdemora. Habían estudiado antiguos textos sobre el caso y creían que podían liberar a Isabeo, romper la maldición y finalmente darle paz. Entraron al palacio al amanecer, armados con rituales de exorcismo y protecciones sagradas.

Ninguno salió vivo. Sus cuerpos fueron encontrados semanas después por aldeanos valientes, dispuestos en un círculo perfecto en lo que había sido la celda de Isabiau, sus rostros congelados en expresiones de terror absoluto. En 1923, durante la dictadura de Primo de Rivera, el gobierno español consideró demoler completamente las ruinas del Palacio Montemar. Enviaron un equipo de ingenieros para evaluar la estructura.

El equipo acampó en las ruinas durante una noche. A la mañana siguiente, tres de los cinco ingenieros habían enloquecido completamente. Los otros dos nunca hablaron de lo que vieron, pero uno se suicidó tres meses después y el otro pasó el resto de su vida en un asilo psiquiátrico. El proyecto de demolición fue cancelado silenciosamente. Durante la guerra civil española, ambos bandos evitaron deliberadamente la zona alrededor del Palacio Montemar.

A pesar de que la ubicación tenía valor estratégico, los soldados que fueron ordenados a acercarse desertaban o se negaban directamente. Hay reportes de un batallón completo que desobedeció órdenes directas antes que establecer un puesto de observación en las ruinas. Los comandantes, después de consultar con los lugareños retiraron la orden.

Era más fácil luchar contra fascistas o republicanos que contra lo que habitaba en esas piedras antiguas. En tiempos modernos, el lugar ha atraído a youtubers, investigadores paranormales y buscadores de emociones. La mayoría se arrepiente. En 2019, un grupo de estudiantes universitarios entró a las ruinas a medianoche como parte de un desafío. Tenían cámaras, equipo de grabación, detectores de EMF.

Solo uno salió corriendo y gritando incoherentemente. Las cámaras que recuperaron mostraban solo estática, excepto por un breve momento donde se puede ver una figura femenina de pie en la oscuridad, sus ojos reflejando la luz de la cámara con un brillo verde antinatural. El estudiante que escapó nunca recuperó completamente su cordura.

En sus momentos lúcidos habla de una mujer hermosa que les habló en francés antiguo. Les contó su historia, su dolor, su venganza y luego les ofreció un trato. Podían irse si uno de ellos se quedaba voluntariamente. Cuando nadie aceptó, ella simplemente sonrió. El estudiante corrió. Sus amigos. Él no sabe qué le sucedió.

Solo sabe que sus gritos aún resuenan en sus pesadillas. Las autoridades españolas han cerrado oficialmente el acceso a las ruinas del Palacio Montemar. Hay carteles de advertencia, cercas, patrullas ocasionales, pero aquellos que realmente desean entrar siempre encuentran la manera y algunos nunca encuentran la salida.

Cada pocos años desaparece alguien en la zona. A veces los cuerpos son encontrados, a veces no, pero siempre hay el mismo patrón. Personas que ignoraron las advertencias, que no creyeron en las viejas historias, que pensaron que la ciencia y la razón los protegerían. Los ancianos de Valdemora saben la verdad.

La cuentan a sus nietos alrededor del fuego en las noches de invierno. No es solo una historia de fantasmas, es una advertencia sobre el precio del orgullo, sobre las consecuencias de la crueldad, sobre lo que sucede cuando el dolor y el odio se vuelven tan grandes que desgarran el velo entre los mundos.

Isab Audelusignan obtuvo su venganza contra Rodrigo de Montemar, pero al hacerlo se condenó a sí misma a una existencia eterna en el mismo lugar que había sido su prisión. Es la esclava definitiva, no de un hombre, sino de su propia sed de venganza. Y su maldición se extiende tocando a cualquiera que se acerque demasiado, recordándoles que algunos pecados crean ecos que nunca se silencian.

En las noches de luna llena, si te parás en la plaza de Valdemora y escuchas con atención, puedes oír algo en la distancia. No es el viento, no son animales, son gritos que vienen desde las ruinas en la montaña. El grito eterno de don Rodrigo atrapado en su tormento infinito. Y debajo de esos gritos, si escuchas muy muy atentamente, puedes oír algo más. Una risa fría, triunfante, terrible.

Es la risa de Isabe Audelusignan, la princesa que se convirtió en esclava, que se convirtió en asesina, que se convirtió en demonio. Y ella está esperando, siempre esperando, porque la venganza puede satisfacerse, pero nunca saciarse. Y en las ruinas del palacio Montemar, el hambre nunca duerme. Los lugareños tienen un dicho, no busques a la dama del palacio, porque si te encuentra, lo que ella toma no puede ser devuelto.

No hablan de posesiones materiales, hablan de algo mucho más precioso, tu alma, tu cordura, tu capacidad de conocer la paz. Porque una vez que miras a los ojos de Isabe o de Lucignan, una vez que ves el abismo de odio y poder que arde en ellos, una parte de ti se queda con ella para siempre.

Y así, 700 años después, la historia continúa. No tiene final feliz porque las maldiciones reales nunca lo tienen. Solo tiene un presente eterno de sufrimiento, un recordatorio de que algunos actos de crueldad crean deudas que ni el tiempo ni la muerte pueden pagar. El palacio Montemar permanece en las montañas.

Sus ruinas son un monumento a la venganza perfecta y a su precio terrible. Y sabeau permanece también, ni viva ni muerta, esperando en la oscuridad, esperando a que alguien más ignore las advertencias, esperando a que alguien más entre en su dominio. Porque la esclava que mató a su señor nunca fue liberada, solo cambió las cadenas de hierro por cadenas de oscuridad y esas cadenas son eternas.

Fin.