
En las plantaciones de caña de azúcar del Brasil colonial, donde el látigo marcaba el ritmo del trabajo y la sangre regaba la tierra tanto como el sudor, existió una mujer cuya belleza era tan legendaria como su sedza. Llamada Yara por los suyos y simplemente la negra por sus opresores, esta esclava de ojos que brillaban como brasas en la noche oscura guardaba un secreto ancestral, el conocimiento de las plantas que curan y las que matan.
Cuando el coronel Rodrigo de Albuquerque, conocido por su crueldad y sus apetitos insaciables, ordenó quemar vivo a su esposo por el simple crimen de mirarle a los ojos, Yaran no lloró, no suplicó, solo sonrió con una tranquilidad que heló la sangre de quienes la conocían, porque ella sabía algo que el coronel pronto descubriría.
Hay venenos que no se beben con la boca, sino con los ojos, y hay muertes que comienzan con un beso.
Capítulo 1. El fuego que encendió la venganza.
La noche que quemaron a Cuami, el cielo sobre la facenda Sao Sebastio se tiñó de un rojo antinatural que los esclavos interpretaron como un presagio. Las llamas consumieron el cuerpo del hombre en la plaza central, mientras el coronel Rodrigo de Albuquerque observaba desde su balcón con una copa de vino portugués en la mano sonriendo. Yara estaba obligada a mirar.
El coronel había ordenado que todos los esclavos presenciaran la ejecución para que aprendan qué le sucede a los que olvidan su lugar. Había dicho con voz pausada, saboreando cada palabra como si fuera el vino que bebía. El crimen de Cuami había sido imperdonable para un hombre como el coronel.
Durante una inspección de los campos, el esclavo había levantado la vista y mirado directamente a los ojos del ascendado. Solo eso. Una mirada que había durado apenas 3 segundos, pero que el coronel interpretó como un desafío intolerable a su autoridad. Mientras las llamas crepitaban y el olor a carne quemada impregnaba el aire húmedo de la noche tropical, Yara permaneció inmóvil.
No derramó una lágrima, no emitió un sonido, pero sus manos ocultas entre los pliegues de su vestido raído, apretaban un pequeño saquito de tela que contenía hierbas secas. Había conocido a Cuami en la travesía desde África, en el vientre putrefacto de un barco negro donde habían sido encadenados como animales.
Allí, en la oscuridad, entre gemidos de agonía y el crujir de las olas, él había susurrado palabras de esperanza en su lengua natal. le había prometido que algún día serían libres. Ahora, mientras su promesa se convertía en cenizas, Yara hacía su propia promesa silenciosa. El coronel Rodrigo de Albuquerque tenía 42 años y era considerado uno de los hombres más ricos y poderosos de la región. Había heredado la facenda de su padre, quien a su vez la había obtenido mediante una concesión real.
300 esclavos trabajaban sus tierras, 50 hacían servicio doméstico en la Casa Grande, la imponente mansión colonial de dos pisos con sus paredes blanqueadas y sus balcones de hierro forjado. Era un hombre corpulento, de barba negra y espesa, ojos pequeños y fríos, y manos grandes que no temblaban al sostener el látigo. Se había casado tres veces.
La primera esposa había muerto en el parto, la segunda había huído, según se rumoreaba, aunque oficialmente se decía que había regresado a Portugal por razones de salud. La tercera, dona Beatriz, era una mujer pálida y frágil que pasaba sus días encerrada en sus aposentos rezando rosarios interminables.
Pero el matrimonio nunca había sido un obstáculo para los apetitos del coronel. Tenía fama de tomar por la fuerza a cualquier esclava que le agradara. Algunas habían dado a luz hijos mulatos que él vendía sin pestañear. Otras simplemente desaparecían cuando ya no le interesaban, enviadas a trabajar en las minas de oro del interior, donde la esperanza de vida no superaba los dos años. Yara conocía todo esto.
Había escuchado los susurros en los barracones, las advertencias de las mujeres mayores. Si el coronel pone sus ojos en ti, tu vida terminó. Algunas sobreviven en el cuerpo, pero todas mueren en el alma. Durante tres años, Yara había permanecido invisible. Había mantenido la cabeza baja. Había trabajado los campos de caña bajo el sol abrazador sin quejarse.
Había evitado cualquier cosa que pudiera atraer atención. Junto a Cuami, habían soñado en secreto con escapar. Habían ahorrado información sobre los caminos hacia el quilombo, el asentamiento de esclavos fugitivos en las montañas. Pero ahora Cuami era ceniza y humo, y algo dentro de Yara había cambiado. Tres días después de la ejecución, mientras limpiaba el piso de mármol del vestíbulo de la casa grande, Yara sintió la mirada del coronel sobre ella. Era una sensación física, como el rose de algo viscoso sobre su piel. Levantó la vista.
Fue un movimiento calculado, deliberado. Sus ojos se encontraron con los del coronel durante un largo momento. No había sumisión en su mirada, tampoco había desafío. Era algo más complejo, más peligroso, era interés. El coronel se quedó paralizado. En sus años como ascendado, ninguna esclava lo había mirado así.
Había visto miedo en miles de rostros. Había visto odio mal disimulado, había visto resignación, pero esto era diferente. Yara sostuvo su mirada durante exactamente 5 segundos antes de bajar los ojos y continuar limpiando, pero en esos 5 segundos había plantado una semilla. Esa noche el coronel no pudo dormir. La imagen de esos ojos oscuros, profundos, que parecían guardar secretos antiguos, lo perseguía.
Se levantó tres veces para beber agua. Cuando finalmente concilió el sueño, soñó con una mujer de piel oscura que bailaba desnuda bajo la luna llena y en el sueño él la seguía como un perro hambriento. Yara, en su catre del barracón tampoco dormía, pero no era por inquietud. Estaba despierta porque tenía trabajo que hacer.
A la luz tenue de una vela robada, clasificaba hojas, raíces y cortezas que había recolectado durante meses. Su abuela, antes de ser capturada y vendida, había sido una curandera de su aldea en África. Le había enseñado los secretos de las plantas, cuáles sanaban fiebres, cuáles facilitaban los partos, cuáles provocaban sueños proféticos y cuáles mataban. Pero su abuela también le había enseñado algo más importante, que el veneno más poderoso no entra por la boca, sino por los deseos. Que un hombre ciego de lujuria es más fácil de matar que uno alerta. Que el cuerpo de una mujer puede
ser el arma más letal de todas cuando se usa con inteligencia. Yara separó cuidadosamente varias hierbas y las molió hasta convertirlas en polvo. Algunas las mezcló con grasa de cerdo para crear un unüento. Otras las guardó en pequeños saquitos de tela.
Cada preparación tenía un propósito específico en el plan que había comenzado a formar en su mente. Mientras trabajaba, murmuraba palabras en su lengua ancestral. No eran oraciones, eran promesas hechas a los espíritus de sus antepasados, a las deidades que habían viajado con ella a través del océano en el barco Negrero. “Cuami, susurró finalmente, “tu muerte no será en vano. Te lo juro por la sangre de nuestros ancestros. El hombre que te quemó arderá también.
Pero su fuego será lento y consumirá su alma antes que su cuerpo. En la casa grande, el coronel despertó súbitamente, cubierto de sudor frío, con la sensación de que alguien había pronunciado su nombre en la oscuridad. El juego había comenzado. Capítulo 2. La telaraña. Durante dos semanas, Yara ejecutó su plan con paciencia de araña.
Comenzó por cambiar sutilmente su apariencia. usó el unguento preparado, una mezcla que daba a su piel un brillo especial y un aroma sutil que se quedaba en la memoria. Se las arregló para ser asignada a la casa grande. Sobornó a la cocinera con remedios para sus dolores. Curó la fiebre del mayordomo.
Ganó acceso a las áreas donde el coronel pasaba su tiempo. Cada vez que él estaba presente, Yara se aseguraba de estar allí, siempre ocupada, nunca mirándolo directamente, pero moviéndose de manera que él pudiera verla. El balanceo de sus caderas, la curva de su cuello, sus manos delicadas. El coronel comenzó a notarla.
Al principio intentó resistirse. Era orgulloso, acostumbrado a ser el quien elegía, pero cuanto más intentaba ignorarla, más presente se volvía en sus pensamientos. Empezó a inventar excusas para estar donde ella trabajaba. Dona Beatriz fue la primera en darse cuenta.
Durante la cena observó como su marido apenas tocaba la comida, como sus ojos seguían a la esclava. Rodrigo dijo con voz temblorosa, esa esclava deberías enviarla a los campos. El coronel la miró con frialdad. No me digas qué hacer con mi propiedad. Yara escuchó el intercambio. Por dentro sonreía. Todo iba según el plan.
Esa noche el coronel mandó llamar a Vicente, su capataz brutal, la esclava de piel oscura, ojos grandes. ¿Cómo se llama? Yara, señor, quiero que me informes sobre ella. Todo el informe llegó al día siguiente. Yara había llegado hacía 4 años de Angola. Había estado casada con Cuami. No causaba problemas. Algunas esclavas venían a ella cuando estaban enfermas. tiene hijos. No, señor. Perdió uno en la travesía.
Nunca quedó embarazada después. Sin familia, nadie que causara problemas. La presa perfecta. Lo que el coronel no sabía era que cada detalle había sido orquestado por Yara. Las mujeres interrogadas le debían favores. Contaron exactamente lo que ella les había instruido. Tres días después, el coronel ordenó que Yara fuera asignada a su estudio privado.
Cuando ella entró, él no levantó la vista, estableciendo dominio. Limpiarás esta habitación cada tarde. Cuando esté aquí, permanecerás en silencio. ¿Entendido? Sí, señor, respondió con voz suave. Fue ese susurro lo que hizo que levantara la vista y se encontró con Yara mirándolo otra vez. ¿Por qué me miras así? Yara bajó los ojos. Perdone, Señor. No he dicho que me ofendieras.
Tienes miedo de mí. Pausa. Todos le temen. Señor, te pregunté si tú me tienes miedo. Yara levantó la vista. El miedo es para quienes tienen algo que perder. Yo no tengo nada. La respuesta lo golpeó. Había dolor genuino, pero también desafío silencioso. Invitación velada. Yara comenzó a limpiar.
Se movía con gracia estudiada, consciente de cada ángulo desde el cual él podría verla. Podía sentir sus ojos, escuchar su respiración pesada. “Espera”, dijo cuando ella terminó. “mañana pondrás flores frescas y usarás ese aceite otra vez. Aceite, señor, el que usas en tu piel huele a Se detuvo. Solo úsalo. Cuando Yara salió, su corazón latía fuerte, no de miedo, de triunfo.
El anzuelo estaba puesto. Esa noche mezcló más unüento, añadiendo polvo de mandrágora. En pequeñas dosis intensificaba el deseo, pero también causaba dependencia. El coronel no lo sabía, pero ya estaba atrapado en la telaraña. Capítulo 3. La desnudez como arma. 5. Carac. Pasaron tres semanas. Cada tarde Yara limpiaba el estudio mientras el coronel fingía trabajar. La tensión crecía como una tormenta contenida.
Él la observaba con hambre cada vez menos disimulada. Ella mantenía su actuación perfecta, serena, ligeramente distante, intocable. Una tarde lluviosa de julio, el coronel bebió más Brandy de lo usual. Cuando Yara entró, él ya estaba de pie junto a la ventana mirando la tormenta. “¡Cierra la puerta”, ordenó sin voltear. Yara obedeció.
El click de la cerradura resonó como un disparo. “Acércate.” Ella caminó hacia él, deteniéndose a tres pasos de distancia. El coronel se volvió. Sus ojos estaban vidriosos por el alcohol, pero también por otra cosa. Deseo desesperado. ¿Sabes por qué te mandé llamar aquí? Su voz era ronca. Para limpiar su estudio. Señor, no juegues conmigo.
Dio un paso hacia ella. Te he visto. La forma en que te mueves. Me miras. Sabes exactamente lo que haces. Yara no retrocedió. No sé de qué habla, señor. Él se acercó más. Ahora estaba tan cerca que ella podía oler el brandy en su aliento, el tabaco en su ropa. Eres diferente a las otras. Las otras lloran, suplican. Tú, tú me miras como si me conocieras.
Y eso le molesta, señor, me enloquece. La confesión salió como un gruñido. El coronel extendió la mano rozando el brazo de Yara. Ella no se apartó, pero tampoco respondió. Permaneció perfectamente quieta como una estatua. “Quítate el vestido”, ordenó súbitamente. Aquí estaba el momento que Yara había estado esperando, pero no podía parecer ansiosa.
Tenía que hacerlo creer que él era quien tenía el control. “Señor, por favor, no es una petición, es una orden.” Sus manos temblaban. Quítate el vestido ahora. Yara dejó que sus ojos se llenaran de lágrimas, no de verdaderas, sino fabricadas. ¿Por qué yo? ¿Por qué no cualquier otra? La pregunta lo desarmó.
¿Por qué se detuvo? Porque lo ordeno. Mi esposo, susurró ella, tu esposo está muerto. Yo lo maté y puedo matarte a ti también si desobedeces. Pero había desesperación en su voz, no autoridad. Lentamente, Yara llevó sus manos a los cordones de su vestido. El coronel observaba hipnotizado, su respiración acelerada.
Ella desató el primer cordón, luego el segundo. Cada movimiento era deliberadamente lento, tortuoso. Cuando el vestido cayó al suelo, Yara quedó desnuda frente a él. No intentó cubrirse. Permaneció erguida, orgullosa, su piel oscura brillando con el aceite que había aplicado.
El coronel dio un paso atrás como si lo hubieran golpeado. Había visto a muchas mujeres desnudas. Había tomado a muchas por la fuerza. Pero esto era diferente. Había poder en la desnudez de Yara, no vulnerabilidad. Acércate, logró decir. Yara caminó hacia él. Cuando estuvo frente al coronel, extendió su mano y tocó su pecho. Él se estremeció. Esto es lo que quiere, preguntó con voz suave. Él asintió mudo.
Entonces, debe prometerme algo. La petición lo sacó de su trance. ¿Qué? Prométame que no me tratará como a las otras. No me tomará por la fuerza, no me desechará cuando se canse. Era una petición arriesgada. Podía enfurecerlo, pero Yara había calculado bien. Un hombre obsesionado hará cualquier promesa. Te lo prometo dijo él.
Su voz apenas un susurro. Júrelo por su honor. Por mi honor. Yara sonríó. Era una sonrisa pequeña, pero en ese momento, con su cuerpo desnudo y su poder sobre el evidente, esa sonrisa transformó completamente la dinámica. Entonces béseme”, dijo, “no como un amo a su esclava, como un hombre a una mujer.
” El coronel la besó y en ese beso selló su destino, porque en los labios de Yara había unüento especial, uno que había preparado esa misma mañana, una mezcla de hierbas que penetraba a través de las membranas mucosas. No lo mataría. No todavía, pero comenzaría el proceso, un proceso que convertiría su deseo en obsesión, su obsesión en dependencia, su dependencia en locura.
Cuando finalmente se separaron, el coronel estaba temblando. “Vuelve mañana”, ordenó, pero sonó como una súplica. “Como ordene, señor”, respondió Yara, vistiéndose lentamente. Esa noche, mientras el coronel deliraba de fiebre y deseo en su cama, Yara preparaba la siguiente fase. El veneno real aún no había entrado en su cuerpo, pero había entrado en su mente y eso era mucho más poderoso.
Capítulo 4. el veneno de la obsesión. Los días siguientes revelaron cuán profundo había caído el coronel en la trampa. Cada tarde exigía la presencia de Yara en su estudio. Lo que comenzó como encuentros carnales se transformó en algo más enfermizo, obsesión pura. El coronel empezó a descuidar sus obligaciones. Los libros de cuentas permanecían sin revisar.
Las inspecciones de los campos cesaron. Pasaba horas encerrado esperando que llegara la tarde para ver a Yara. Ella controlaba cada encuentro con precisión quirúrgica. A veces se mostraba apasionada, haciéndolo creer que ella también sentía algo. Otras veces era distante, fría, dejándolo desesperado por recuperar su atención.
Era un juego psicológico brutal y cada día aplicaba más unüentos en su piel, en sus labios, en cada superficie que él tocaría. Las hierbas trabajaban lentamente, acumulándose en su sistema. Causaban insomnio, paranoia, fiebre intermitente, síntomas que el coronel atribuía a su obsesión sin sospechar el veneno químico real. Dona Beatriz observaba la transformación de su marido con horror.
Lo había visto perder el interés por otras esclavas antes, pero esto era diferente. Parecía enfermo, consumido. Una tarde confrontó a Yara en el pasillo. Sé lo que estás haciendo, Siseo. La mujer pálida. Estás embrujándolo. Yara la miró con ojos inocentes. Solo obedezco las órdenes de mi amo, señora. Mentirosa, eres una bruja. Usas magia negra.
Si fuera bruja, respondió Yara suavemente, ¿no cree que habría escapado hace años? Soy solo una esclava, señora, sin poder, sin magia. Solo tengo lo que su esposo desea tomar. La respuesta dejó a dona Beatriz sin palabras, porque tenía razón. Y lo más terrible era que la esposa sabía que su marido había elegido esto, pero dona Beatriz no era tonta.
Esa noche envió un mensaje urgente a su hermano en Salvador pidiéndole que viniera. También habló con el padre Sebastián, el sacerdote de la facenda. “Debe exorcizar a esa esclava”, le dijo. Está poseída. El sacerdote, un hombre mayor que había visto demasiadas brutalidades en la facenda, suspiró. Doña Beatriz, el demonio que atormenta esta casa no está en la esclava, está en su esposo.
Mientras tanto, Yara avanzaba a la siguiente fase. Una tarde, cuando el coronel estaba particularmente desesperado, ella fingió romper en llanto. ¿Qué sucede?, preguntó él alarmado. Vicente soyó. El capataz me amenazó. dijo que si no si no estaba con él también le diría a todos lo nuestro. Me haría castigar. Era una mentira perfecta.
Vicente era conocido por su brutalidad con las esclavas. Era completamente creíble. El rostro del coronel se puso rojo de furia. Se atrevió. Tengo miedo susurró Yara aferrándose a él. Tengo tanto miedo. Nadie te tocará. Eres mía. La posesividad en su voz era absoluta. Nadie. Esa noche el coronel mandó llamar a Vicente a su estudio. Yara no estaba presente, pero escuchó los gritos desde el pasillo.
Al día siguiente, Vicente apareció colgado en la plaza central con un cartel que decía por tocar lo que no le pertenece. El castigo conmocionó a todos. Vicente era el brazo derecho del coronel. Había estado en la facenda por 20 años y había sido ejecutado por un rumor, sin juicio, sin prueba.
Los esclavos murmuraban, algunos con miedo, otros con una chispa de esperanza. Yara había logrado lo imposible, hacer que el opresor castigara a su propio capataz, pero ella sabía que esto era solo el principio. La violencia del coronel estaba escalando. El veneno en su sangre, combinado con la obsesión en su mente, lo estaba volviendo impredecible, peligroso. Una semana después, durante uno de sus encuentros, Yara dejó caer información crucial.
¿Sabes?, dijo casualmente, “En mi tierra, antes de ser capturada, mi abuela me enseñó algo. Decía que cuando dos personas comparten ciertas hierbas sagradas, sus almas se entrelazan. Quedan unidos para siempre.” El coronel, ya perdido en su obsesión, se aferró a esta idea. ¿Qué hierbas? Son difíciles de conseguir y peligrosas si no se preparan correctamente.
Dejó la frase sin terminar. Consíguelas”, ordenó. “Quiero estar unido a ti.” Yara fingió dudar. “Señor, es peligroso. Si algo sale mal, no me importa, hazlo.” Ella asintió lentamente con una expresión de resignación que ocultaba su triunfo, porque acababa de lograr que el coronel le pidiera que lo envenenara.
Esa noche, mientras preparaba la mezcla final, Yara murmuró, “Kuami, pronto estarás vengado. El hombre que te quemó beberá su propia destrucción y lo hará voluntariamente, creyendo que es un acto de amor.” El veneno verdadero estaba a punto de entrar en escena. Capítulo 5. El brevaje final.
Yara pasó tres días preparando el brevaje, no en secreto, sino abiertamente en el estudio del coronel, quien observaba fascinado cada paso. Molía raíces, hervía hojas, mezclaba polvos con una precisión que parecía ritual. “¿Qué hace cada ingrediente?”, preguntó él hipnotizado. “Esta raíz roja une las almas”, mintió Yara.
En realidad era digital, que en dosis altas causaba arritmias cardíacas. Estas hojas plateadas abren la mente. Eran Belladona que causaba alucinaciones y parálisis. Y este polvo dorado sella el vínculo. Era arsénico, mezclado con azafrán para disimular el sabor. Cada ingrediente, por separado, podía ser mortal. Juntos eran una sentencia de muerte garantizada, pero Yara los dosificaba cuidadosamente, no para matar de inmediato, sino para maximizar el sufrimiento.
Debe beberse lentamente, instruyó, un sorbo cada noche durante siete noches. Solo así funcionará. El coronel asintió creyendo cada palabra. Su obsesión había destruido completamente su juicio. El hombre que había ordenado quemar vivo a Kuami por una simple mirada ahora estaba dispuesto a beber veneno por una esclava. La primera noche el coronel bebió el brevaje con Yara a su lado. Tenía un sabor amargo, pero él lo toleró.
Esa noche soñó con visiones extrañas, campos de caña en llamas, rostros de esclavos muertos observándolo. Despertó sudando, pero atribuyó los sueños a la conexión espiritual que estaba formándose. La segunda noche comenzaron los temblores. Sus manos no podían mantener la pluma. Su escritura se volvió indescifrable.
Pero cuando Yara llegó esa tarde, él besó desesperadamente, bebió su porción y le rogó que se quedara. El proceso es doloroso”, explicó Yara con falsa preocupación. “Nuestras almas están resistiéndose, pero debe continuar. Si se detiene ahora, será peor.” Era verdad, pero no de la forma que él creía.
Detenerse podría salvarlo, pero el veneno ya había penetrado suficientemente profundo y su dependencia psicológica de Yara era tan fuerte que nunca se detendría. Para la tercera noche, dona Beatriz ya no pudo ignorar la condición de su marido. Irrumpió en el estudio y encontró a su esposo temblando con los ojos hundidos y la piel amarillenta. Dios mío, Rodrigo, estás enfermo. Llamaré al médico.
No, gruñó él. Estoy bien. Es solo un ritual, algo temporal. Estás delirando. Esa bruja te está matando. Señaló a Yara con dedo acusador. El coronel se levantó con furia que le dio una última oleada de energía. Cállate, no sabes nada. Luego, para horror de su esposa, bebió otra dosis del veneno frente a ella.
Vete ahora. Dona Beatriz salió corriendo, llorando. Esa misma noche intentó huir de la facenda, pero el coronel había dado órdenes secretas. Nadie podía abandonar la propiedad sin su permiso. Estaba encerrando a todos para su propia destrucción. La cuarta noche, el coronel apenas podía caminar. Yara tuvo que ayudarlo a llegar a su silla.
Su piel estaba grisácea, sus labios azulados. La arritmia cardíaca era evidente. Duele, gimió. Cada vez duele más. Es tu alma separándose de tu vieja vida, susurró Yara, arrodillándose frente a él. Para unirse a la mía. ¿Quieres detenerte? No. Su voz era apenas audible. No puedo vivir sin ti. Entonces bebe. Él bebió.
Y mientras el veneno corría por sus venas, Yara finalmente dejó caer la máscara. ¿Sabes? Dijo con voz suave, pero sin rastro de su misión. Cuami también sufrió. Cuando las llamas tocaron su piel, gritó, pero no de dolor. Gritó mi nombre, rogándome que lo recordara. El coronel, a través de su delirio, comenzó a entender. Tú, sí.
Cada beso que me diste estaba envenenado. Cada unguento que adorabas llevaba tu muerte. Cada encuentro te acercaba más a este momento. Yara se inclinó más cerca. No estás uniendo tu alma a la mía. Estás pagando por lo que hiciste. El horror en los ojos del coronel era absoluto. Intentó gritar, pero su garganta paralizada por la belladona.
Las próximas tres noches, continuó Yara, beberás el resto. No porque yo te obligue, sino porque tu cuerpo ya lo necesita. Ya eres adicto. Morirás con o sin el brevaje, pero con él será más rápido. Dejó la botella al alcance de su mano y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez. Cuami te miró a los ojos por 3 segundos. Por eso lo quemaste.
Yo te haré arder desde dentro. y tardará mucho más que 3 segundos. Cerró la puerta, dejando al coronel solo con su veneno y su horror. Capítulo 6. La venganza consumada. 5.00 caracteres. Las últimas tres noches fueron un descenso al infierno. El coronel, consciente ahora del veneno, intentó resistirse.
Vertió la quinta dosis por la ventana, pero para el amanecer los dolores eran tan intensos, las alucinaciones tan terribles, que gateó hasta donde había guardado la botella de repuesto que Yara había dejado accidentalmente. Bebió directamente del frasco, desesperado por alivio que nunca llegó. Dona Beatriz encontró a su marido en el suelo del estudio convulsionando. Corrió a buscar al médico de la ciudad más cercana. Un viaje de dos días, pero ya era demasiado tarde.
La sexta noche, el coronel no pudo levantarse de la cama. Su corazón latía erráticamente. Su respiración era superficial. Los sirvientes murmuraban sobre castigo divino. Los esclavos guardaban silencio, pero había algo en sus ojos, una chispa de justicia presenciada. Yara vino a su habitación esa noche, entró silenciosamente y se sentó junto a su cama.
El coronel giró la cabeza con esfuerzo para mirarla. ¿Por qué? Logró susurrar. Ya te lo dije, Cuami. Maté a muchos. ¿Por qué él fue diferente? ¿Por qué era mío? Porque éramos todo lo que teníamos en este infierno que construiste y tú lo tomaste. Yara se inclinó más cerca. Pero esto no es solo por Cuami, es por todas las mujeres que violaste, todos los hombres que torturaste, todos los niños que vendiste.
Cada lágrima que causaste regresa a ti ahora. El coronel cerró los ojos. Me iré al infierno. Ya estás allí. Yo solo aceleré tu llegada. ¿Y tú? Preguntó él con un último destello de lucidez. ¿Qué pasará contigo? Yara sonrió. Esa es la parte más hermosa de mi venganza. Todos creen que estás muriendo de fiebre.
El médico confirmará enfermedad tropical. Nadie sospechará. Y cuando mueras seré liberada. liberada. ¿Recuerdas tu promesa? Cuando me desnudé para ti, prometiste no desecharme. Lo juraste por tu honor. Sacó un papel de su vestido y lo escribiste. Este documento dice que a tu muerte seré manumitida. Firmaste, sellaste.
Estabas tan obsesionado que hiciste cualquier cosa que pedí. “Morirás esta noche”, continuó Yara, “y mañana seré libre”. Caminaré fuera de esta facenda con papeles legales que ni siquiera dona Beatriz puede disputar. Tu obsesión me dio lo que el amor de Cuami no pudo. Libertad. Colocó la última dosis en la mesa junto a él. Esta es la séptima noche. Puedes beberla o no.
De cualquier forma, no verás el amanecer. Pero si bebés, el dolor terminará más rápido. Se levantó para irse, pero la mano del coronel, temblando violentamente agarró su muñeca con la última fuerza que le quedaba. Perdón, susurró. Yara miró esa mano que tantas veces había empuñado el látigo, que había firmado órdenes de tortura, que había tocado su cuerpo creyéndola conquistada.
Lentamente la apartó. El perdón es para quienes se arrepienten antes de que sea tarde. Tú solo te arrepientes ahora que enfrentas consecuencias. Eso no es arrepentimiento, es cobardía. Salió de la habitación sin mirar atrás. El coronel Rodrigo de Albuquerque murió solo en la oscuridad 3 horas antes del amanecer.
Su última acción fue beber la séptima dosis, no buscando la unión espiritual que había deseado, sino simplemente el fin del sufrimiento. Lo encontraron al amanecer. El médico, que llegó ese mismo día, examinó el cuerpo y declaró muerte por fiebre tropical maligna. Era un diagnóstico conveniente que nadie cuestionó. Después de todo, ¿quién sospecharía que una esclava sin educación pudiera orquestar un envenenamiento tan sofisticado? El funeral fue elaborado. Vinieron ascendados de toda la región.
El padre Sebastián dio un sermón sobre la fragilidad de la vida y los misterios de la voluntad divina. Dona Beatriz lloró, aunque algunos notaron que sus lágrimas parecían más de alivio que de dolor. Durante la ceremonia, Yara permaneció con las otras esclavas en la parte trasera de la iglesia.
Nadie notó la pequeña sonrisa en sus labios cuando bajaron el ataúd a la tierra. Tres días después, cuando se leyó el testamento, dona Beatriz descubrió el documento de manumisión. Intentó disputarlo, alegando que su marido no estaba en su sano juicio cuando lo firmó, pero el abogado señaló que el documento había sido firmado semanas antes de su enfermedad, cuando el coronel aún dirigía la facenda normalmente. Era legal e indiscutable.
Es una abominación, siceó dona Beatriz. Esa bruja lo embrujó. Cuidado con tales acusaciones, señora”, advirtió el abogado. Acusar a alguien de brujería sin pruebas puede traer problemas con la Inquisición. Y ellos preguntarían por qué su esposo firmó tal documento, qué revelaría esa investigación sobre la relación entre ellos.
La amenaza implícita era clara. Si Dona Beatriz insistía, se revelaría públicamente la obsesión de su marido por una esclava, manchando el nombre de la familia Albuquerque. Derrotada, firmó los papeles de liberación. Yara salió de la facenda Sao Sebastiao una semana después del entierro. Llevaba un pequeño morral con sus pocas pertenencias y los papeles que probaban su libertad.
Varios esclavos la observaron partir, algunos con admiración, otros con miedo, todos con asombro. Antes de cruzar la puerta principal, Yara se detuvo. Miró hacia atrás una última vez, hacia los campos donde había trabajado, hacia la casa grande donde había ejecutado su venganza, hacia la tumba fresca del hombre que había matado a Cuami.
“Descansa, amor mío”, susurró en su lengua natal. “Tu muerte ha sido vengada, y yo viviré libre, como prometiste que algún día estaríamos.” Luego se dio vuelta y caminó hacia el camino que llevaba a las montañas, donde se decía que existía el quilombo, donde los esclavos fugitivos vivían libres. Llevaba consigo no solo su libertad, sino también sus conocimientos de hierbas, sus secretos ancestrales y una historia que eventualmente se convertiría en leyenda. La historia de la esclava que se desnudó para el coronel y le hizo beber su propio
veneno. Epílogo. En los años siguientes surgieron rumores sobre una curandera misteriosa en las montañas, una mujer de piel oscura y ojos que brillaban como brasas, que ayudaba a los esclavos fugitivos y enseñaba a las mujeres los secretos de las plantas.
Algunos decían que era Yara, otros insistían que era un espíritu, una manifestación de la justicia que los oprimidos anhelaban, pero rara vez veían. La facenda Sao Sebastio nunca recuperó su prosperidad. Dona Beatriz la vendió y regresó a Portugal. Los nuevos dueños reportaron extraños sucesos, campos que no producían, trabajadores que enfermaban sin razón y en las noches sin luna el olor a carne quemada que emanaba de la plaza donde Cuami había sido ejecutado.
Eventualmente la facenda fue abandonada. Las paredes de la casa grande se desmoronaron. La selva reclamó los campos de caña, pero la historia persistió pasando de generación en generación entre los descendientes de esclavos. Una historia de horror, sí, pero también de justicia poética, de como el veneno más potente no siempre viene en un frasco, sino que puede destilarse de la obsesión, el orgullo y la creencia de que algunos humanos pueden poseer a otros.
Y de como una mujer sin armas, sin aliados poderosos, sin nada excepto su inteligencia y su determinación, pudo derribar a un tirano usando las mismas herramientas que le empleaba para oprimirla. Poder, deseo y violencia. La historia termina, pero su mensaje resuena.
Los opresores siembran las semillas de su propia destrucción y a veces solo se necesita una persona lo suficientemente valiente, lo suficientemente paciente y lo suficientemente determinada para asegurarse de que esas semillas germinen. Yara había bebido el veneno de la esclavitud durante años, pero al final fue el coronel quien literalmente bebió su destrucción. Y así en las plantaciones malditas del Brasil colonial se escribió una de las historias de venganza más perfectas jamás ejecutadas. Fin.
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