Dicen que en las haciendas de Puebla todavía se escuchan los susurros de aquellos que amaron en silencio, condenados por la piel que llevaban y el nombre que no podían pronunciar. Esta es la historia de doña Magdalena Salazar de Mendoza, esposa del coronel Ignacio Mendoza y de Tomás, el esclavo que la hizo olvidar quién era.

Un amor que nació entre las sombras de una casa colonial y terminó ahogado en sangre, traición y fuego. Si estás escuchando esta historia, suscríbete al canal y cuéntanos desde qué país nos estás viendo. Así podremos seguir desenterrando los pecados que la historia intentó ocultar. Puebla de los Ángeles, 1819. La ciudad se levantaba orgullosa bajo el peso de sus cúpulas doradas y sus campanas que marcaban cada hora con autoridad divina.

Era una ciudad de conventos y palacios, de familias que ostentaban apellidos castellanos como escudos de honor, de calles empedradas donde el polvo del verano se mezclaba con el olor a incienso que salía de las iglesias. En aquellos años, México aún sangraba por las heridas de la guerra de independencia. Los insurgentes luchaban en las montañas, los realistas defendían las ciudades y en medio de todo ese caos, las haciendas seguían funcionando como pequeños reinos feudales, donde los ascendados eran reyes absolutos.

Pero detrás de los muros encalados de estas fincas, lejos de las plazas donde los criollos paseaban con sus trajes de seda, se escondían los verdaderos pecados de una sociedad que se decía cristiana. Pecados que la Iglesia bendecía con su silencio, pecados que la ley protegía con su indiferencia.

Pecados que nacían del poder, de la lujuria, de la soledad y de la desesperación. La Hacienda San Miguel de las Cruces pertenecía al coronel Ignacio Mendoza, un hombre de 52 años, veterano de las guerras contra los insurgentes, condecorado por la corona y respetado por la Iglesia.

Tenía el rostro curtido por el sol de las campañas militares, la mirada dura de quien ha dado órdenes de muerte sin pestañar y las manos manchadas de una violencia que nunca admitió en confesión. Era un hombre de honor, según decían en la ciudad, un patriota que había perseguido a los rebeldes por las sierras de Oaxaca, que había quemado pueblos enteros sospechosos de ayudar a los insurgentes, que había ahorcado a campesinos sin juicio previo.

“Un esposo ejemplar”, decían las señoras de la Alta Sociedad Poblana mientras tomaban chocolate en los salones de sus casonas. Su esposa, doña Magdalena Salazar de Mendoza, tenía 28 años cuando todo comenzó. 28 años y un matrimonio que llevaba siete inviernos de silencio. La habían casado con el coronel cuando ella apenas tenía 21 años, una muchacha de buena familia venida a menos, hija de un comerciante arruinado que vio en Mendoza la salvación de su linaje.

Don Esteban Salazar, su padre, había perdido toda su fortuna en malas inversiones durante los primeros años de la guerra de independencia. Sus barcos fueron hundidos por los insurgentes, sus caravanas saqueadas, sus almacenes quemados.

Para 1812, lo único que le quedaba era su apellido y una hija soltera que ya empezaba a ser demasiado mayor para el mercado matrimonial de la época. Cuando el coronel Mendoza, recién enviudado y buscando una esposa joven que le diera herederos, mostró interés por Magdalena, don Esteban casi lloró de alivio. No importaba que Mendoza fuera 30 años mayor que su hija. No importaba que tuviera fama de cruel con sus subordinados.

No importaba que su primera esposa hubiera muerto en circunstancias extrañas de una caída por las escaleras que nadie presenció. Lo único que importaba era el dinero, el apellido y la salvación de la familia Salazar. Magdalena aceptó porque no había otra opción, porque las mujeres de su clase no elegían, obedecían, porque en aquella sociedad jerárquica y rígida, el destino de una mujer se decidía entre dos hombres, su padre y su futuro marido. El día de la boda en la catedral de Puebla, Magdalena caminó hacia el altar con un vestido de seda blanca que

le pesaba como un sudario. Sonrió cuando fue necesario. Dijo, “Sí, acepto.” Con voz clara. Y esa noche, en la cama matrimonial de la hacienda San Miguel de las Cruces, dejó que el coronel Mendoza la tomara sin placer, sin ternura, sin amor. Los primeros años fueron de resignación.

Ignacio Mendoza era un marido ausente, siempre en campaña, siempre persiguiendo insurgentes en los montes de Veracruz o en las sierras de Oaxaca. Magdalena se quedaba sola en la hacienda, rodeada de sirvientes, de rezos matutinos, de tardes interminables bordando en el corredor mientras el sol caía sobre los campos de maíz. Aprendió a llenar sus días con rituales vacíos.

La misa de las 7 de la mañana en la capilla de la hacienda, el desayuno solitario en el comedor principal, las horas de costura en el corredor, la inspección de las cocinas, el rosario al atardecer, la cena frugal y finalmente el insomnio en su cama demasiado grande. No había hijos, nunca los hubo. El coronel regresaba de sus campañas cada tres o cuatro meses.

La tomaba en silencio durante una o dos noches con la misma frialdad con la que limpiaba su sable y volvía a partir. Magdalena nunca quedó embarazada. Al principio rezaba para que sucediera, pensando que un hijo le daría un propósito, algo que amar en medio de tanto vacío.

Pero después de cuatro años sin resultado, dejó de rezar por ello y, en secreto, en lo más profundo de su corazón, se alegró porque no quería traer al mundo un hijo del coronel Mendoza, porque no quería que su sangre corriera por las venas de un niño. Ella aprendió a vivir en la ausencia, a caminar por los pasillos de la casona sin hacer ruido, a hablar poco, a sonreír cuando era necesario. Aprendió a ser invisible, a desaparecer en los rincones de su propia casa, a existir sin vivir.

La hacienda San Miguel de las Cruces era como todas las grandes fincas de la región, un pequeño mundo cerrado, autosuficiente, jerárquico. tenía un casco central donde se alzaba la casa del ascendado, construida alrededor de un patio interior, rodeado de columnas y arcos de piedra, con fachadas simples, pero imponentes, con techos de vigas de madera que crujían en las noches de viento.

Las paredes eran gruesas, encaladas de blanco, con ventanas pequeñas protegidas por rejas de hierro forjado. El patio central tenía una fuente de cantera donde el agua corría y noche y naranjos que perfumaban el aire en primavera. Había habitaciones para el mayordomo don Sebastián Vargas, un hombre seco de 60 años que llevaba las cuentas de la hacienda con precisión militar.

Había cuartos para el tenedor de libros, para los capataces de confianza, para los guardias armados que vigilaban los límites de la propiedad. Había una capilla con altar de oro y santos traídos de España, donde cada domingo el padre Anselmo oficiaba misa para todos los habitantes de la hacienda. Había trojes donde se almacenaba el grano, establos para los caballos de raza, corrales para el ganado, una tienda de raya donde los peones compraban a crédito lo necesario para sobrevivir, endeudándose hasta morir.

Y más allá, a 1 kmetro del casco principal, se extendían las viviendas de adobe de los peones acasillados, habitaciones miserables, sin ventanas, con pisos de tierra, donde familias enteras dormían asinadas. Allí vivían más de 200 personas, hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos atados a la tierra por deudas que pasaban de generación en generación.

Todos propiedad del coronel Mendoza, aunque la ley dijera lo contrario. Pero en octubre de 1818, cuando el coronel regresó de una campaña en Chiapas, trajo consigo algo nuevo. Trajo consigo a Tomás. Tomás no tenía apellido. Los esclavos no tenían apellido. No tenía más de 25 años, aunque nadie sabía su edad exacta porque nadie había registrado su nacimiento.

Era hijo de una esclava de una hacienda Cañera del Sur. Un hombre de piel oscura, de manos grandes acostumbradas al trabajo pesado, de ojos que habían visto demasiado para su edad. El coronel Mendoza lo había comprado en Tuxla Gutiérrez, en el mercado de esclavos que funcionaba en secreto detrás de la iglesia principal.

Después de que el dueño anterior muriera sin herederos, lo trajo a Puebla porque necesitaba mano de obra fuerte para los trabajos de la hacienda, para el mantenimiento de los establos, para cargar los sacos de grano que pesaban 50 kg, para reparar los muros de piedra que cercaban las 6,000 haáreas de la propiedad.

En aquellos años, aunque la esclavitud estaba oficialmente en declive en la Nueva España, todavía se practicaba en secreto, especialmente en las haciendas azucareras del sur y en las grandes fincas, donde los ascendados necesitaban mano de obra barata y completamente sometida. La ley permitía ciertas formas de servidumbre que eran esclavitud con otro nombre, el peonaje por deudas, la encomienda disfrazada, el trabajo forzado de los indígenas.

Pero también existía la esclavitud pura y simple, la compra y venta de seres humanos, especialmente de africanos y mulatos, aunque la corona española había empezado a prohibirla oficialmente. Tomás había nacido en una hacienda cañera cerca de Tapachula en 1793 o 1794, nadie sabía con certeza. Su madre Juana era esclava de don Cristóbal Sandoval, dueño de tres haciendas azucareras en Chiapas. Tomás nunca conoció a su padre.

Su madre le dijo una vez cuando él tenía 8 años que su padre había sido un capataz español que la violó en los cañaverales y que después desapareció sin dejar rastro. Tomás creció cortando caña, cargando sacos de azúcar, trabajando de sol a sol bajo el látigo de los capataces. Aprendió a no llorar cuando lo golpeaban. Aprendió a no gritar cuando lo castigaban. Aprendió a sobrevivir.

Cuando tenía 12 años, don Cristóbal Sandoval vendió a su madre a otro hacendado de Comitán. Tomás nunca volvió a verla. Gritó, suplicó. Se aferró a las faldas de su madre mientras los hombres armados la arrastraban hacia el carruaje que la llevaría lejos para siempre.

recibió 20 latigazos por su rebeldía y aprendió que en este mundo los esclavos no tenían derecho a amar, a tener familia, a tener nada. Pasó los siguientes 13 años trabajando en la hacienda de Sandoval hasta que don Cristóbal murió de fiebre amarilla en 1818. Sus herederos vendieron todo. Las tierras, el ganado, los esclavos. Tomás fue comprado por el coronel Mendoza por la suma de 200 pes. El precio de un caballo de buena raza.

Llegó a San Miguel de las Cruces en octubre de 1818 con la ropa rasgada y los pies descalzos encadenado junto a otros dos esclavos que el coronel había adquirido en el mismo lote, un hombre mayor llamado Esteban y una mujer joven llamada Clara.

Los tres fueron metidos en los cuartos de servicio detrás de la cocina donde dormían los peones y los sirvientes indígenas. A Tomás le dieron un petate, una manta delgada que no servía contra el frío de las noches de invierno en Puebla y le dijeron que obedeciera sin hablar. Le advirtieron que cualquier falta sería castigada con el látigo, que cualquier intento de fuga sería penado con la muerte, que cualquier falta de respeto a los amos sería castigado con la mutilación.

Don Sebastián Vargas, el mayordomo, lo puso a trabajar al día siguiente. Tomás debía levantarse a las 4 de la mañana, una hora antes que los peones acasillados. Debía limpiar los establos, dar de comer a los caballos, reparar las cercas, cargar los sacos de trigo en la troje, cortar leña para las cocinas, cargar agua del pozo y cualquier otra tarea que los capataces le ordenaran.

Trabajaba hasta las 8 de la noche cuando finalmente le permitían comer. Tortillas duras, frijoles aguados, chile y a veces un pedazo de carne rancia. Luego caía en su petate con el cuerpo destrozado por el trabajo y dormía el sueño de los muertos hasta que lo despertaban a golpes a las 4 de la mañana siguiente. Durante las primeras semanas, Magdalena ni siquiera lo vio.

Los esclavos trabajaban desde antes del amanecer hasta que caía la noche, siempre en los campos, en los corrales, en los rincones más alejados de la casa principal. Los amos no se mezclaban con los esclavos. Era impensable, era pecado. Pero una tarde de noviembre, mientras ella caminaba por el jardín interior de la hacienda buscando algo que hacer, algo que la distrajera de su aburrimiento mortal, lo vio por primera vez.

Tomás estaba reparando el muro del pozo bajo el sol del mediodía, sin camisa, con el torso brillante de sudor. Sus músculos se tensaban con cada movimiento mientras levantaba las piedras pesadas y las colocaba en su lugar. trabajaba con concentración absoluta, como si nada más existiera en el mundo, como si el dolor y el cansancio no existieran.

Había algo hermoso en esa fuerza, en esa dignidad callada, en esa resistencia. Magdalena se detuvo en la galería, escondida detrás de una columna y lo miró sin querer. No fue deseo lo que sintió en ese momento. Fue curiosidad, una extraña fascinación por la fuerza de sus movimientos, por la concentración con la que trabajaba, por la dignidad que había en su silencio.

Porque Tomás no se quejaba, no maldecía, no lloraba, simplemente trabajaba como si cada piedra que colocaba fuera un acto de resistencia, una forma silenciosa de decir, “Todavía existo, todavía soy humano.” Él levantó la vista, tal vez sintiendo que alguien lo observaba. Sus ojos se encontraron por un segundo. Apenas un instante. Magdalena vio en esos ojos algo que no había visto en años. Vida, no sumisión, no miedo, sino vida.

Una chispa de humanidad que ni los latigazos ni las cadenas habían podido apagar. apartó la mirada de inmediato, avergonzada, y regresó al interior de la casa con el corazón acelerado. Esa noche no pudo dormir. Se quedó despierta en su cama mirando el techo, preguntándose qué había sido ese momento, por qué ese simple cruce de miradas la había perturbado tanto. Los días siguientes fueron iguales.

Magdalena empezó a inventar excusas para salir al jardín, para caminar cerca del pozo, para observarlo desde lejos mientras él trabajaba. Nunca se acercó, nunca le habló, pero lo miraba y él lo sabía. A veces cuando pensaba que nadie lo veía, Tomás levantaba la vista hacia la galería donde ella se escondía.

Sus ojos se encontraban y en esos segundos robados algo crecía entre ellos, algo peligroso, algo prohibido. En las haciendas de aquella época, las relaciones entre amos y esclavos estaban estrictamente prohibidas, no solo por las leyes civiles, sino por las leyes morales y religiosas que regían la sociedad.

La Iglesia predicaba la pureza de sangre, la separación de castas, la obediencia de los esclavos como un deber cristiano. Cualquier transgresión a estas normas se consideraba un pecado mortal, una afrenta a Dios y a la corona, un acto de herejía que merecía el castigo más severo. Los sermones del padre Anselmo cada domingo eran claros.

Dios había creado a cada quien en su lugar y alterar ese orden era desafiar la voluntad divina. Pero en el silencio de las noches, en la soledad de los cuartos de servicio, en la oscuridad de las capillas, donde se confesaban pecados que nunca se cumplían, se sabía que esas relaciones ocurrían, que los ascendados violaban a las esclavas sin consecuencias, que las esposas aburridas buscaban consuelo en los brazos de los trabajadores, que el deseo no reconocía jerarquías, pero cuando se descubrían, el castigo era siempre el mismo. Muerte para el esclavo, deshonra para la mujer.

A finales de noviembre, el coronel Mendoza partió nuevamente, esta vez hacia la Ciudad de México, llamado por el virrey Juan Ruiz de Apodaca, para reuniones estratégicas sobre la pacificación de las provincias rebeldes. La guerra de independencia llevaba ya 9 años y aunque los realistas controlaban las ciudades principales, los insurgentes seguían activos en las montañas y en el campo.

El coronel Mendoza era uno de los militares más efectivos en la persecución de rebeldes y el birrey lo necesitaba para planear nuevas campañas. dijo que estaría fuera al menos tres meses. Magdalena asintió como siempre y lo despidió en la puerta principal con una reverencia correcta.

Vio partir el carruaje por el camino de tierra, escoltado por 20 soldados y cuando desapareció en el horizonte sintió algo extraño. Alivio. Un alivio profundo, casi culpable. Cuando el carruaje del coronel desapareció por el camino de tierra, algo cambió en el aire de la hacienda. Fue doña Rosa, el ama de llaves, quien primero lo notó. Magdalena comenzó a pedir que le llevaran agua fresca al jardín todas las tardes, que arreglaran las flores del corredor, que revisaran el estado del pozo. Siempre encontraba razones para estar cerca de donde Tomás trabajaba.

Doña Rosa era una mujer de 60 años, viuda, devota, que había servido al coronel Mendoza durante más de 20 años. Había llegado a la hacienda como criada joven, había ascendido a ama de llaves por su lealtad inquebrantable y ahora controlaba todo el servicio doméstico con mano de hierro.

Conocía cada rincón de la hacienda, cada secreto de sus muros, cada pecado que se cometía en silencio y empezó a vigilar. Una tarde de diciembre, mientras Tomás cargaba leña para la cocina, Magdalena salió al patio trasero con un cesto de ropa que nunca necesitó lavar. Se detuvo junto al pozo, fingiendo buscar algo, y finalmente habló.

Era la primera vez en 7 años que hablaba directamente con un esclavo. ¿Cómo te llamas? Tomás dejó de caminar, bajó la vista, no respondió de inmediato. Sabía que una conversación con la señora de la casa podía costarle la vida. Había visto a otros esclavos castigados por menos. Había visto a un hombre perder tres dedos de la mano por atreverse a mirar directamente a la esposa de un ascendado.

“Tomás, señora,”, dijo al fin, sin levantar los ojos con la voz apenas audible. ¿De dónde eres? De Chiapas, señora. ¿Tienes familia? Tomás apretó la mandíbula. Sus manos se cerraron sobre la leña que cargaba. Sintió una punzada de dolor en el pecho al recordar. Tuve una madre, señora. Murió hace 3 años. Mintió porque la verdad era demasiado dolorosa.

La verdad era que no sabía si su madre estaba viva o muerta, que la habían vendido cuando él tenía 12 años, que nunca volvió a saber de ella. Magdalena asintió despacio. Sintió una punzada extraña en el pecho. No era lástima, era algo peor. Era reconocimiento, porque ella también estaba sola, porque ella también vivía entre muros que no había elegido.

Porque ella también era prisionera, aunque sus cadenas fueran de oro y las de él de hierro. “Lo siento”, dijo. Con una voz que sonó demasiado suave, demasiado humana. Tomás levantó la mirada por primera vez. La vio realmente, no como una sombra en la galería, sino de cerca, a pocos pasos de distancia. Vio sus ojos verdes, tristes, hundidos. Vio las ojeras que delataban noches sin dormir.

Vio las manos delicadas, pero tensas, siempre aferradas a algo, un rosario, un pañuelo, el cesto de ropa. Y entendió algo que nunca había pensado antes, que los amos también podían ser prisioneros, que las jaulas de oro seguían siendo jaulas. Y en ese momento algo se rompió entre ellos, algo invisible pero irreversible.

A partir de esa tarde las conversaciones comenzaron a suceder, breves, escondidas, siempre cuando no había nadie cerca. Magdalena le preguntaba cosas sobre su vida, sobre Chiapas, sobre el trabajo en las haciendas del sur, sobre los cañaverales donde su madre cortaba caña desde el amanecer hasta la noche, sobre los castigos que recibían los esclavos cuando no cumplían con la cuota diaria, sobre los niños que nacían y morían sin nombre.

Tomás respondía con pocas palabras, siempre con la cabeza baja, siempre consciente del peligro. Pero poco a poco las respuestas se volvieron más largas. Las preguntas más personales. El miedo dio paso a algo más peligroso. Confianza. Magdalena le contó que llevaba 7 años casada y que nunca había sido feliz, que su marido la trataba como un mueble más de la hacienda, que no tenía amigas, porque las señoras de Puebla la consideraban demasiado pobre para su círculo, que pasaba los días esperando que algo, cualquier cosa, rompiera la monotonía. Tomás le contó que había aprendido a leer en secreto, enseñado por un esclavo

viejo que había sido mayordomo de una casa en la Ciudad de México antes de ser vendido, que leía todo lo que caía en sus manos. papeles viejos, documentos de la hacienda, hasta las homilías que el padre Anselmo dejaba en la sacristía, que soñaba con comprar su libertad algún día, aunque sabía que era imposible porque nunca le pagaban un solo peso por su trabajo. Las palabras empezaron a volverse miradas y las miradas se volvieron roces accidentales.

Sus dedos que se tocaban al pasar un cubo de agua, sus hombros que se rozaban al cruzarse en el pasillo estrecho de la cocina. Cada contacto era eléctrico, prohibido, peligroso. En diciembre, Magdalena empezó a bajar a la cocina por las noches con la excusa de revisar las despensas.

Doña Rosa fruncía el ceño, pero no se atrevía a cuestionar a la señora de la casa. Magdalena se aseguraba de que Tomás estuviera allí limpiando las ollas después de la cena de los trabajadores. Se quedaba cerca fingiendo contar los sacos de harina y hablaban en voz baja mientras los demás dormían.

Una noche, Magdalena le preguntó, “¿Alguna vez has amado a alguien, Tomás?” Él dejó de limpiar la olla. Sus manos se quedaron inmóviles en el agua jabonosa. “No, señora, los esclavos no tenemos derecho a amar. Todos tenemos derecho a amar. No en este mundo, señora. No en este México. No con esta piel.” Magdalena sintió lágrimas en los ojos. No supo por qué. Tal vez porque en esas palabras reconoció su propia prisión.

Tal vez porque entendió que ambos vivían condenados por cosas que no habían elegido. Él por el color de su piel, ella por su sexo. En enero de 1819, el coronel Mendoza envió una carta desde la Ciudad de México. Decía que su regreso se retrasaría hasta marzo. Asuntos del virrey. Asuntos de estado.

Había rumores de que Vicente Guerrero, el líder insurgente más importante del sur, estaba planeando un ataque contra Puebla y el birrey necesitaba al coronel Mendoza para reforzar las defensas de la ciudad. Magdalena leyó la carta en silencio, sentada en su habitación con las manos temblorosas y supo que tenía dos meses. Dos meses antes de que todo volviera a ser como antes.

Dos meses de libertad, dos meses para decidir quién quería ser. Esa noche bajo a la cocina pasada la medianoche, la casa dormía. Solo se escuchaba el canto de los grillos y el viento que movía las ramas de los naranjos en el patio. Magdalena caminó descalsa con una vela en la mano hasta los cuartos de servicio. Su corazón latía tan fuerte que pensó que todos en la hacienda lo escucharían.

Tocó la puerta de madera donde sabía que dormía Tomás. Él abrió casi de inmediato, como si hubiera estado despierto esperando. Estaba descalso con el torso desnudo, los ojos llenos de confusión y miedo. “Señora, no puede estar aquí”, susurró mirando hacia los lados con pánico en el rostro. “Si alguien la ve, Magdalena entró de todas formas. Cerró la puerta detrás de ella.

La vela temblaba en su mano proyectando sombras danzantes en las paredes de Adobe. “No quiero estar sola”, dijo. Y su voz se quebró. Tomás retrocedió. sabía lo que significaba aquello. Sabía el precio de lo que ella estaba pidiendo. Sabía que si alguien los descubría, él sería azotado hasta la muerte, mutilado, quemado vivo.

Ella sería deshonrada, encerrada en un convento, borrada de la historia. Y, sin embargo, en ese momento, con ella de pie frente a él, vulnerable y humana, no pudo moverse. “Por favor, señora, esto no puede ser”, dijo con la voz rota por el terror. “Si descubren, lo sé. interrumpió Magdalena. Sé lo que arriesgamos. Sé lo que significa, pero llevo 7 años muriendo en esta casa. 7 años siendo invisible.

7 años sin sentir nada. No me pidas que siga haciéndolo. Tomás cerró los ojos. sintió lágrimas quemando sus párpados porque entendió que ella estaba ofreciéndole algo que nunca había tenido la posibilidad de ser visto, de ser humano, de ser amado. Y cuando los abrió, ya no había vuelta atrás.

La primera noche fue de miedo, de manos que temblaban, de besos robados que sabían a sal y a culpa. Magdalena lloró después, acurrucada contra su pecho, mientras él le acariciaba el cabello en silencio, sabiendo que aquello era una condena. Pero volvió al día siguiente y al otro y al otro. Durante dos meses, Magdalena y Tomás vivieron una mentira perfecta.

Ella bajaba todas las noches cuando la casa dormía, cuando doña Rosa roncaba en su cuarto y los guardias hacían sus rondas lejos de los cuartos de servicio. Él la esperaba con la puerta entreabierta, con el corazón en la garganta, con la certeza de que cada noche podía ser la última. Se amaban en silencio con la desesperación de quien sabe que el tiempo se agota.

Con la intensidad de quien vive sabiendo que puede morir mañana, Magdalena aprendió a tocar su piel sinvergüenza. Aprendió a reír en voz baja. Aprendió a sentirse viva por primera vez en su vida. Aprendió que el amor no conocía colores, no conocía castas, no conocía leyes, que el amor era simplemente humano.

Tomás le contaba historias de su infancia, de los campos de caña donde creció, de su madre que cantaba mientras trabajaba para no pensar en el dolor, de los sueños que nunca pudo tener. Le contó que de niño soñaba con ser libre, con tener una casa propia, con tener hijos que llevaran su apellido, aunque él no tuviera uno.

le contó que había visto morir a muchos compañeros, algunos de enfermedad, otros de cansancio, otros bajo el látigo, que había aprendido a no llorar porque las lágrimas no servían de nada en una hacienda. Y ella le contaba de su matrimonio vacío, de su soledad, de los años perdidos en una casa que nunca sintió suya. le contó que de niña soñaba con casarse por amor, con tener hijos, con ser feliz, que su padre la había vendido como se vende una yegua de cría, que el coronel Mendoza nunca la había amado, que solo la había comprado para tener herederos que nunca llegaron. Se volvieron cómplices, amantes, confesores

y por primera vez en sus vidas ambos sintieron lo que significa ser humano. Pero el tiempo se acababa. A mediados de febrero, Magdalena empezó a sentir náuseas por las mañanas. Al principio lo ignoró pensando que era algo que había comido en mal estado.

Pero cuando el sangrado no llegó, cuando sus pechos empezaron a doler, cuando el olor de ciertos alimentos la hacía vomitar, supo la verdad. Estaba embarazada. Se sentó en el borde de su cama con las manos sobre el vientre todavía plano y lloró en silencio porque sabía lo que eso significaba. Sabía que no podía esconderlo.

Sabía que cuando el coronel regresara en marzo, cuando pasaran los meses, cuando su vientre empezara a crecer, todo se desmoronaría. Sabía que cuando naciera un niño de piel oscura, de rasgos que no se parecían en nada al coronel Mendoza, la verdad sería innegable. Esa noche le contó a Tomás. Él estaba sentado en su petate, esperándola como siempre.

Cuando ella entró y cerró la puerta, vio en su rostro que algo había cambiado. Magdalena se arrodilló frente a él, le tomó las manos y dijo, “Estoy esperando un hijo.” Tomás no dijo nada, solo la abrazó temblando, sabiendo que acababan de firmar su propia sentencia de muerte, porque ambos sabían lo que les esperaba, porque ambos sabían que no había perdón para lo que habían hecho. “Tenemos que huir”, susurró Magdalena contra su pecho.

Podemos irnos al sur, a Oaxaca, a Chiapas, donde nadie nos conozca, donde podamos ser libres. Tomás negó con la cabeza. No llegaríamos ni a Cholula, Magdalena. El coronel tiene contactos en todas las ciudades. Me buscarían. Te buscarían. Y cuando nos encontraran No terminó la frase. No hacía falta. Ambos sabían que les haría el coronel Mendoza. “Entonces, ¿qué hacemos?”, preguntó ella desesperada.

No puedo matar a este niño. No puedo. Es lo único bueno que me ha pasado en la vida. Tomás le tomó el rostro entre las manos. La miró a los ojos con una ternura que ella nunca había visto en nadie. Vivimos lo que nos queda y cuando llegue el momento enfrentamos lo que venga. Juntos.

Magdalena asintió llorando y se aferró a él como si fuera lo único real en un mundo de mentiras. Pero no hubo tiempo para eso, porque doña Rosa, el ama de llaves, ya lo sabía todo. Había visto las idas nocturnas de Magdalena. Había notado el brillo en sus ojos, el cambio en su rostro, la forma en que sonreía cuando miraba hacia los cuartos de servicio.

Había escuchado los murmullos detrás de la puerta de Tomás. Había visto las miradas que se cruzaban en el jardín y había esperado acumulando evidencias porque doña Rosa era una mujer piadosa, devota, fiel al coronel Mendoza desde hacía 20 años y porque el pecado en su mente no podía quedar sin castigo. A finales de febrero, doña Rosa escribió una carta al coronel Mendoza.

Una carta que nunca debió llegar, una carta que llegó. La escribió con letra temblorosa, pero firme, arrodillada frente al crucifijo de su habitación, convencida de que estaba cumpliendo la voluntad de Dios. En ella le contó todo.

Las noches en que Magdalena bajaba a los cuartos de servicio, las horas que pasaba encerrada con el esclavo, las sonrisas secretas, las miradas robadas. Le habló del esclavo que había usado tocar a la señora de la casa. Le habló de la deshonra que manchaba el apellido Mendoza. le habló del pecado que clamaba al cielo pidiendo justicia.

La carta llegó a la ciudad de México el 5 de marzo, entregada por un mensajero que cabalgó durante tres días sin detenerse. El coronel Ignacio Mendoza la leyó en su cuarto del hotel de la gran sociedad bajo la luz de una vela mientras afuera llovía. No gritó, no rompió nada, solo cerró los ojos, respiró profundo y sintió una furia fría, calculada, letal. ordenó preparar su carruaje. Regresaría a Puebla esa misma noche.

Llegó a la hacienda San Miguel de las Cruces tres días después, al amanecer del 9 de marzo. No avisó, no mandó carta, simplemente apareció con su uniforme militar impecable, con el sable colgando de su cintura con la mirada vacía de un hombre que ha dejado de sentir.

Doña Rosa lo recibió en la puerta con los ojos bajos, temblando de miedo y satisfacción. ¿Es cierto lo que me escribiste?, preguntó el coronel con voz calma pero peligrosa. Sí, señor. Lamento ser yo quien tenga que confirmarlo, pero es mi deber ante Dios y ante usted. El coronel asintió, entró a la casa en silencio, subió las escaleras, abrió la puerta de la habitación de Magdalena sin tocar.

Ella estaba sentada frente al espejo, peinándose el cabello con movimientos mecánicos. Cuando vio el reflejo de su marido en el cristal, se quedó inmóvil con el cepillo suspendido en el aire. Ignacio, no te esperaba tan pronto”, dijo con voz temblorosa intentando mantenerla con postura. El coronel cerró la puerta detrás de él, caminó despacio hacia ella con pasos medidos calculados. Se detuvo a su espalda.

En el espejo sus ojos se encontraron. “¿Es cierto?”, preguntó con una calma que elaba la sangre. Magdalena no respondió. Dejó caer el cepillo. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Es cierto, repitió el más fuerte y su voz retumbó en las paredes. Ella asintió sin poder hablar.

Cerró los ojos esperando el golpe, la violencia, el castigo. Pero el coronel Mendoza no la tocó, no le gritó, simplemente dio media vuelta y salió de la habitación. Cerró la puerta con una suavidad más aterradora que cualquier violencia. Bajó las escaleras, cruzó el patio, fue directo a los cuartos de servicio. Tomás estaba allí descansando después de una mañana de trabajo en los establos.

Cuando vio al coronel entrar seguido de cuatro guardias armados, se puso de pie de inmediato con el miedo grabado en el rostro. Señor, el coronel no le dio tiempo de hablar. Lo golpeó con el puño cerrado una vez en la cara. Dos, tres, hasta que Tomás cayó al suelo escupiendo sangre. Luego hizo un gesto a los guardias. Atena a este perro, ordenó.

Y llévenlo al granero. Quiero que todos en esta hacienda vean lo que les pasa a los que olvidan su lugar. Tomás fue arrastrado, golpeado, encadenado, gritó, suplicó, pero nadie lo escuchó. Los otros esclavos, los peones, los sirvientes, todos bajaron la cabeza y se hicieron invisibles. Esa tarde, el coronel Mendoza mandó reunir a todos los trabajadores de la hacienda en el patio principal.

Hombres, mujeres, niños, más de 200 personas. Todos debían ver, todos debían aprender. Trajeron a Tomás encadenado arrastrándolo como a un animal. Lo ataron a un poste de madera en el centro del patio. El coronel se acercó a él quitándose lentamente los guantes de cuero con el látigo en la mano. Este hombre, dijo con voz clara y firme que resonó en el patio silencioso.

Ha cometido el pecado más grave que puede cometer un esclavo. Ha osado tocar a su ama. Ha deshonrado a mi esposa, ha manchado mi casa con su inmundicia, ha traicionado la confianza de Dios y de la ley. Tomás levantó la mirada, buscó a Magdalena entre la multitud, la vio de pie en el corredor del segundo piso, flanqueada por doña Rosa, con el rostro pálido como la muerte, con las manos sobre el vientre que apenas empezaba a crecer.

Sus ojos se encontraron por última vez y en esa mirada Tomás le dijo todo lo que no podía decir con palabras. Te amé y no me arrepiento. Y si tuviera que volver a vivir, volvería a elegirte. El primer latigazo rasgó la piel de su espalda con un chasquido seco. El segundo abrió la carne hasta el hueso. El tercero lo hizo gritar. Un grito que resonó en todo el valle.

Magdalena cerró los ojos, pero no pudo taparse los oídos. Escuchó cada latigazo. Contó 20, 30, 40. Cuando finalmente el coronel se detuvo jadeando por el esfuerzo, Tomás colgaba inconsciente de las cadenas con la espalda destrozada y reconocible, con la sangre goteando sobre la tierra del patio formando charcos oscuros. “Llévenlo a la celda del granero”, ordenó el coronel limpiándose la sangre de las manos con un pañuelo.

“Mañana decidiremos su destino final, pero no hubo mañana para Tomás.” Esa noche, mientras todos dormían, el sueño inquieto de quien ha presenciado el horror, Magdalena bajo al granero donde lo habían encerrado. Llevaba una vela que temblaba en su mano, un cuchillo de la cocina escondido entre los pliegues de su vestido y una decisión.

Encontró a Tomás tirado sobre el suelo de tierra, temblando de fiebre, con la espalda en carne viva cubierta de moscas, apenas consciente. Cuando vio a Magdalena entrar, intentó hablar, pero solo salió un gemido roto de sus labios. Ella se arrodilló junto a él en la tierra sucia, sin importarle manchar su vestido, le limpió el rostro con un paño húmedo que había traído, le apartó el cabello de la frente, le besó los párpados con una ternura infinita.

“Perdóname”, susurró. “perdóname por haberte condenado. “Perdóname por ser egoísta. Por pedirte que me amaras sabiendo lo que nos costaría.” Tomás negó con la cabeza con lágrimas que corrían por su rostro destrozado. “No hay nada que perdonar”, dijo con voz rota, pero firme. “Te amé, Magdalena. Te amé como nunca pensé que podría amar a alguien. Y eso fue suficiente.

Eso fue más de lo que un hombre como yo podía soñar.” Magdalena sintió que su corazón se partía en dos. Sacó el cuchillo y en ese momento tomó la decisión más terrible y más hermosa de su vida. Pero no lo mató a él porque no podía quitarle lo único que le quedaba, la vida. Se cortó las venas de las muñecas profundamente, sin dudar. Tomás gritó cuando vio la sangre.

Intentó detenerla, pero estaba encadenado, débil, roto. No, Magdalena, no, por favor, no, suplicó llorando, intentando arrastrarse hacia ella con las pocas fuerzas que le quedaban. Ella se recostó junto a él sobre la tierra fría del granero, con la sangre brotando de sus muñecas, tiñiendo de rojo su vestido blanco. Le tomó la mano con sus dedos temblorosos, entrelazando los dedos con los de él, manchándolo con su sangre.

“Así no podrá separarnos”, susurró con la voz cada vez más débil. “Así estaremos juntos para siempre en esta vida o en la siguiente, donde no haya coroneles ni amos ni esclavos, donde solo seamos tú y yo. No, no te vayas. Por favor.

Tomás lloraba sin control, apretando su mano con toda la fuerza que le quedaba, como si pudiera retenerla en este mundo solo con su voluntad. Cuida de nuestro hijo susurró ella, si hay un Dios, si hay justicia, que él viva libre, que lleve tu sangre y la mía, que sea la prueba de que amamos a pesar de todo. Magdalena, mi Magdalena. Tomás acercó su rostro al de ella besándola por última vez. Un beso que sabía a lágrimas y a sangre y a despedida. Ella sonrió.

Una sonrisa pequeña, triste, pero real. La primera sonrisa verdadera que había tenido en años. Y mientras la vida se escapaba de su cuerpo, mientras sentía el frío extendiéndose por sus venas, lo único que sentía era paz. Porque por fin era libre, porque por fin había elegido, porque por fin había amado.

Murió en sus brazos con los ojos abiertos mirándolo, mientras él gritaba su nombre una y otra vez en la oscuridad del granero. Tomás la abrazó con las cadenas colgando de sus muñecas ensangrentadas, meciéndola como se mece a un niño, cantándole una canción que su madre le había cantado cuando era pequeño. Una canción en una lengua que ya casi había olvidado. Y lloró hasta que no le quedaron más lágrimas.

hasta que su voz se quebró y solo pudo quedarse allí abrazándola, negándose a soltarla, negándose a aceptar que se había ido. La encontraron al amanecer fue uno de los guardias quien abrió la puerta del granero para darle agua a Tomás y lo vio. La señora de la casa muerta, pálida como la cera, con las muñecas abiertas y el esclavo abrazándola, cubierto de su sangre, aullando de dolor. El guardia salió corriendo, gritando, despertando a toda la hacienda.

El coronel Mendoza llegó minutos después. Se quedó en la puerta del granero mirando la escena con una expresión que nadie pudo descifrar. No era dolor, no era rabia, era algo más frío, más terrible. Era el vacío absoluto de un hombre que acaba de perder el control sobre su mundo. Sepárenlos, ordenó con voz monótona. Los guardias entraron y tuvieron que arrancar a Tomás del cuerpo de Magdalena.

Él se resistió con una fuerza sobrehumana, gritando, mordiendo, arañando como un animal herido. Tardaron cinco hombres en someterlo. Lo arrastraron fuera del granero mientras él seguía gritando el nombre de Magdalena una y otra vez, hasta que su voz se convirtió en un grasnido roto.

El coronel Mendoza se acercó al cuerpo de su esposa, se arrodilló junto a ella, le cerró los ojos con dedos temblorosos y por primera vez en 20 años una lágrima rodó por su mejilla. Pero no era una lágrima de amor, era una lágrima de orgullo herido, de honor manchado, de poder desafiado. Que nadie sepa de esto, dijo levantándose. Nadie, ¿me entienden? Los guardias y sirvientes asintieron aterrorizados. Diremos que murió de fiebre.

La enterraremos esta misma noche sin ceremonia. Y ese señaló hacia donde habían llevado a Tomás. Ese no merece morir como un hombre. Morirá como lo que es una bestia. El coronel Mendoza no lloró más, solo ordenó que prepararan el cuerpo de Magdalena para un entierro secreto y que convocaran al padre Anselmo.

Pero antes de que el sacerdote llegara, mandó quemar todas las pertenencias de su esposa, sus vestidos, sus libros, sus cartas, todo, como si borrándola del mundo físico pudiera borrarla de la memoria. Esa misma tarde, mientras enterraban a Magdalena en una tumba sin nombre en el cementerio de la Hacienda, lejos de la capilla, en un rincón olvidado donde se enterraba a los esclavos y a los pobres, el coronel Mendoza convocó a todos los trabajadores de la hacienda nuevamente. Trajeron a Tomás encadenado. Apenas podía mantenerse en pie.

Su espalda era una masa de carne desgarrada. Sus ojos estaban vacíos, rojos de tanto llorar. Ya no parecía humano, parecía un espectro, un fantasma que caminaba entre los vivos. El coronel Mendoza no habló esta vez, solo hizo un gesto. Llévenlo a la plaza de Puebla, que todos vean lo que les pasa a los que olvidan su lugar.

Lo metieron en un carro de prisioneros encadenado como un animal y lo llevaron por el camino de tierra hasta la ciudad. El viaje duró 3 horas. Tomás no habló, no lloró, solo miraba el cielo susurrando algo que nadie podía escuchar. Estaba hablando con Magdalena. Le estaba contando que pronto estarían juntos, que pronto todo acabaría. Llegaron a Puebla al atardecer. La noticia ya se había esparcido por la ciudad.

Un esclavo había seducido y hechizado a la esposa de un coronel causando su muerte. Las autoridades eclesiásticas, lideradas por el obispo de Puebla, habían declarado que era un caso de brujería. de artes oscuras traídas de África, de pactos con el demonio. La Iglesia exigía un castigo ejemplar, la hoguera, porque así funcionaba el sistema. Cuando un esclavo amaba a una mujer blanca, no era amor, era hechicería, era violación, era posesión demoníaca.

Porque admitir que una mujer de la alta sociedad pudiera elegir amar a un esclavo por voluntad propia era imposible, era impensable, era una amenaza a todo el orden social. Decían que lo había embrujado, que había usado artes oscuras para seducir a la señora, que era obra del demonio, que había que purificar la ciudad con fuego. Construyeron la pira en el centro de la plaza principal, frente a la catedral.

Cientos de personas se reunieron para ver el espectáculo. Familias enteras, niños, sacerdotes con sus sotanas negras, soldados, comerciantes. Todos querían ver cómo ardía el esclavo que había osado tocar a una mujer blanca. Lo ataron a un poste de madera en el centro de la pira. Tomás no se resistió. Ya no tenía fuerzas, ya no le quedaba nada por lo que luchar.

El padre Anselmo se acercó con un crucifijo, ofreciéndole la última confesión. Arrepiéntete de tus pecados, hijo. Confiesa tu crimen ante Dios y tal vez encuentres misericordia en el más allá, dijo el sacerdote con voz solemne. Tomás levantó la mirada. Sus ojos, aunque vacíos, brillaron por un segundo con algo parecido a la dignidad.

Mi único pecado fue amar”, dijo con voz rota pero clara. Y si eso es un crimen, entonces prefiero arder que vivir en un mundo donde amar pecado. El padre Anselmo retrocedió escandalizando, haciendo la señal de la cruz. El coronel Mendoza, que observaba desde una distancia segura, hizo una señal con la mano. Prendieron el fuego.

Las llamas subieron rápidamente, alimentadas por la leña seca y el aceite que habían rociado sobre la pira. El humo negro se elevó hacia el cielo del atardecer. La multitud miraba en silencio, algunos con horror, otros con satisfacción morbosa. Pero Tomás no gritó mientras el fuego consumía su cuerpo, mientras las llamas devoraban su piel, él solo miraba el cielo, susurrando un nombre, Magdalena.

Una y otra vez Magdalena, como si pudiera verla allí entre las nubes esperándolo, como si el dolor del fuego no fuera nada comparado con el dolor de haberla perdido. Algunos dijeron después que vieron lágrimas en sus ojos hasta el último momento. Otros dijeron que vieron una sonrisa.

Tal vez ambos tenían razón, porque en esos últimos segundos Tomás ya no estaba en la plaza de Puebla. Estaba en el cuarto pequeño de la hacienda abrazando a Magdalena, sintiendo su calor, escuchando su risa. Estaba libre. Murió en silencio con el nombre de Magdalena en los labios. El fuego ardió hasta la medianoche. Cuando finalmente se apagó, no quedaba nada de Tomás más que cenizas que el viento esparció por toda la plaza.

Dicen que durante días el olor a carne quemada impregnó las calles de Puebla. Dicen que nadie pudo lavar la mancha oscura que quedó en las piedras de la plaza. Dicen que esa mancha todavía está allí, dos siglos después, como una cicatriz que la ciudad nunca pudo borrar.

El coronel Mendoza mandó enterrar a su esposa en secreto, sin ceremonia, sin lápida, en un rincón olvidado del cementerio de la hacienda. Borró su nombre de todos los documentos de la hacienda, prohibió que alguien la mencionara, quemó todas sus cartas, sus diarios, sus pertenencias. mandó tapear la habitación donde ella había dormido y durante el resto de su vida nunca volvió a mencionar su nombre, pero no pudo borrarla de las paredes porque las paredes de San Miguel de las Cruces nunca olvidaron.

Los trabajadores de la hacienda empezaron a hablar en voz baja, en secreto. Decían que en las noches de febrero, cuando soplaba el viento del sur, se escuchaba el llanto de una mujer en los pasillos de la casa principal. Decían que las velas se apagaban solas en la capilla. Decían que el pozo donde Magdalena y Tomás se habían visto por primera vez ya no daba agua limpia, sino agua que sabía sal como lágrimas.

Doña Rosa, el ama de llaves que había escrito la carta de la Tora, empezó a tener pesadillas. Soñaba con Magdalena, con su rostro pálido y sus muñecas sangrantes, preguntándole, “¿Por qué, Rosa? ¿Por qué?” Tres meses después de la tragedia, doña Rosa enfermó de una fiebre extraña que ningún médico pudo curar.

Murió delirando, gritando que veía fuego, que veía a Tomás ardiendo, que veía a Magdalena llorando sangre. La enterraron rápidamente, sin ceremonia porque algunos decían que estaba poseída. El coronel Mendoza vivió 20 años más, pero nunca volvió a ser el mismo. Se volvió más cruel, más distante, más obsesionado con el control absoluto de su hacienda.

Nunca volvió a casarse, nunca tuvo hijos y cuando murió en 1839, a los 72 años murió solo en su habitación, llamando en su delirio final a Magdalena. Algunos sirvientes dijeron que sus últimas palabras fueron perdóname, pero nadie sabe si era verdad. La hacienda San Miguel de las Cruces pasó a manos de un sobrino lejano del coronel, quien intentó modernizarla y borrar el pasado oscuro de la propiedad.

Pero los trabajadores seguían murmurando, seguían contando la historia de la señora que amó a un esclavo, de los amantes que prefirieron morir antes que vivir separados. Y con el tiempo la historia se convirtió en leyenda. Algunos decían que Magdalena había sido una bruja que había embrujado al pobre esclavo. Otros decían que Tomás había sido un demonio disfrazado de hombre.

Otros decían que ambos habían sido mártires del amor, castigados por una sociedad cruel que no podía aceptar que el corazón no conoce colores ni castas. Pero los viejos, los que habían estado allí, los que habían visto todo, contaban la verdad en voz baja a sus nietos. Les contaban de la señora triste que nunca sonreía hasta que conoció a Tomás.

del esclavo que había aprendido a leer en secreto y que soñaba con ser libre, de cómo se habían amado en silencio, sabiendo que cada noche podía ser la última, de cómo habían elegido morir juntos antes que vivir separados. Les contaban que el amor no entiende de leyes ni de razas, que el amor es lo único que nos hace verdaderamente humanos y que por eso mismo es lo más peligroso que existe.

Porque en 1819, en una hacienda de Puebla, dos personas se atrevieron a amar por encima de las cadenas, de la piel, del nombre, del miedo. Y por eso fueron castigados, destruidos, borrados de la historia oficial, pero no pudieron borrarlos de la memoria.

Dicen que si vas a la plaza principal de Puebla en las noches de marzo, cuando sopla el viento, todavía puedes ver la mancha oscura en las piedras donde ardió Tomás. Dicen que si visitas el antiguo cementerio de la hacienda San Miguel de las Cruces, que ahora es un terreno abandonado cubierto de maleza, todavía puedes encontrar una tumba sin nombre donde descansan los restos de Magdalena.

Y dicen que si te quedas allí al atardecer, puedes escuchar voces susurrando en el viento. Dos voces que se buscan, que se llaman, que finalmente se encuentran en el único lugar donde ya nadie puede separarlas, porque la muerte al final los liberó. Los liberó de un mundo donde amar era un crimen, de una sociedad que valoraba más el color de la piel que la bondad del corazón, de un sistema que convertía a unos en amos y a otros en esclavos, olvidando que todos somos igualmente humanos.

Magdalena Salazar de Mendoza y Tomás sin apellido, no entraron en los libros de historia. No hay monumentos que los recuerden, no hay placas conmemorativas. Pero su historia sobrevivió pasando de boca en boca, de generación en generación, como un secreto susurrado en la oscuridad.

Y tal vez eso es lo más importante, porque mientras alguien cuente su historia, mientras alguien recuerde que existieron, que amaron, que sufrieron, ellos seguirán vivos. seguirán siendo la prueba de que el amor puede existir incluso en los lugares más oscuros, de que la dignidad humana no se puede destruir con látigos ni con fuego, de que hay cosas por las que vale la pena morir y el amor es una de ellas.

Esta es la historia de la esposa del coronel que fue amante de su esclavo. El caso olvidado de México, 1819. Una historia de amor prohibido, de valentía silenciosa, de resistencia contra un sistema cruel. Una historia que la sociedad colonial intentó borrar, que la Iglesia condenó como pecado, que la historia oficial ignoró.

Pero las paredes tienen memoria y las piedras no olvidan. Y mientras haya alguien dispuesto a escuchar, a recordar, a contar, la historia de Magdalena y Tomás seguirá viva. Porque en cada esclava humillada, en cada amo impune y en cada lágrima derramada, hay un pecado que todavía no ha sido perdonado.

Y en cada historia de amor castigada, en cada vida destruida por atreverse a desafiar el orden establecido, hay una verdad que todavía clama justicia. Esta es esa verdad, esta es esa historia y ahora es tuya. Dicen muchas cosas, pero la verdad es una sola. En 1819, en una hacienda de Puebla, dos personas se atrevieron a amar por encima de las cadenas de la piel del nombre y por eso fueron castigados, destruidos, borrados, porque en el México colonial el amor entre un esclavo y la esposa de un coronel no era solo un pecado, era una herejía que solo podía lavarse con sangre. Porque en cada esclava humillada, en

cada amo impune y en cada lágrima derramada hay un pecado que todavía no ha sido perdonado.