
A esa hora, cuando ni los gallos del pueblo se atrevían a cantar, una mujer avanzaba entre las lápidas con un ramo de flores silvestres apretado contra el pecho. Tenía las manos ásperas, los nudillos agrietados y un abrigo que ya no recordaba su color original. Era Eleanor Blake, lavandera del río. Caminaba en silencio, con pasos firmes, como si temiera romper algo sagrado.
Se detenía frente a una tumba de mármol claro, un poco apartada de las demás. Sobre la piedra podía leerse el nombre que el pueblo pronunciaba con respeto y curiosidad, Margaret, Duquesa de Wexford. Eleanor se inclinaba, dejaba las flores y murmuraba algo que nadie alcanzaba a oír. Esa rutina se repetía cada mañana desde hacía dos años. Al principio, los aldeanos pensaron que lo hacía por compasión.
Luego los rumores comenzaron a crecer, que si la lavandera había sido sirvienta en el castillo, que si la duquesa le había dejado una herencia, que si ocultaba algo. En un pueblo tan pequeño, las preguntas eran como el humo. Entraban en todas las casas, pero Elenor no explicaba nada. Solo sonreía cuando alguien la cuestionaba y decía, “No es mi historia para contar.
” Después seguía su camino con la cabeza baja y el cesto lleno de ropa ajena. Aquel amanecer, sin embargo, no estaba sola. Detrás del muro cubierto de hiedra, alguien la observaba con atención. El duque de Wexford, envuelto en un abrigo negro, miraba sin atreverse a acercarse. Desde la muerte de su esposa, había evitado el pueblo y a sus gentes.
Vivía en el castillo como un fantasma, rodeado de retratos y silencio. Pero algo en aquella joven lo había sacado de su encierro. “Ahí está otra vez”, murmuró el anciano mayordomo, el señor Halcom, que lo acompañaba a cierta distancia. Siempre trae flores nuevas. El duque no respondió.
Sus ojos seguían fijos en el gesto con que Elenor apartaba las hojas secas del mármol. No había ostentación en ella ni vanidad, solo una calma que él envidiaba. “¿La conoce mi señor?”, preguntó Halcom con cautela. “No”, dijo el duque después de un largo silencio. “Pero parece conocer a Margaret mejor que yo.” Halcom no insistió.
Sabía que cualquier mención a la difunta duquesa habría una herida todavía fresca. Se limitó a inclinar la cabeza y esperar. Cuando Elenor se marchó, el duque avanzó unos pasos. Sobre la tumba, entre las flores, había una pequeña carta doblada con cuidado. No parecía una ofrenda casual. El duque la tomó con manos temblorosas y la guardó en su abrigo.
Esa noche, de regreso en su estudio, la abrió. La caligrafía era sencilla, sin adornos. Para usted, mi señora, decía al inicio. Le prometí guardar su secreto, pero la promesa me quema el alma. El duque sintió un escalofrío. Halcom lo observaba desde la puerta preocupado. Todo bien, mi señor. No lo sé, respondió el duque.
¿Quién es esta mujer? El mayordomo frunció el seño. ¿Podría preguntar en el pueblo? ¿Alguien sabrá algo de ella? No”, dijo el duque cerrando la carta. “No, todavía quiero verla otra vez. Quiero entender por qué, por qué lo hace.” Al día siguiente volvió al cementerio antes del amanecer. La niebla era más espesa y el suelo estaba cubierto de hojas húmedas.
Desde su escondite tras el muro, vio aparecer a Eleanor con el mismo paso tranquilo. Ella colocó nuevas flores sobre la tumba y se quedó en silencio unos instantes. Luego, para sorpresa del duque, comenzó a hablar en voz baja, como si conversara con alguien invisible.
“Esta mañana encontré un pañuelo suyo entre la ropa de la señora Prentis”, dijo ella sonriendo un poco. “Todavía tiene ese perfume de violetas. No he podido olvidarlo. El duque sintió un nudo en la garganta. Su esposa también solía usar ese perfume. Elenor continuó. La gente sigue hablando, mi señora. Dicen que debería dejarlo ya, que usted no me escucha. Pero yo sé que sí. Sé que me escucha. Por un instante, la joven bajó la cabeza.
Cuando la levantó, tenía los ojos brillantes. Cumplí mi promesa, aunque a veces me duela, pero hay algo que no puedo seguir guardando. Si supiera, su voz se quebró y el resto se perdió en el viento. Luego se alejó con paso rápido, dejando el ramo sobre la tumba. El duque salió de su escondite y se acercó.
Miró las flores idénticas a las que su esposa solía recoger en los jardines del castillo. Su mente se llenó de recuerdos. Las risas de Margaret, el sonido de su voz cuando leía en el invernadero, la última vez que discutieron. Se obligó a apartar esos pensamientos y miró hacia el sendero por donde había desaparecido Elenor. No podía dejar las cosas así.
Esa tarde, cuando Halcomb le llevó el té, lo encontró mirando por la ventana pensativo, “Mi señor.” El pueblo pregunta por su ausencia en la misa dominical. ¿Desea que informe al párroco que sigue indispuesto? El duque lo miró distraído. No diga que iré el próximo domingo. El mayordomo arqueó una ceja. Irá usted, señor? Sí, hizo una pausa. Quiero observar a la gente, en especial a esa muchacha.
Halcom asintió sin hacer preguntas. El domingo el duque cumplió su palabra. Se presentó en la iglesia para sorpresa de todos. Los murmullos no se hicieron esperar. Desde su asiento, divisó a Elenor en el fondo con el cabello recogido y un chal descolorido. Parecía nerviosa. Después de la misa, mientras los aldeanos se dispersaban, él se acercó a la puerta lateral y esperó.
Cuando ella salió, se quitó el sombrero. Señorita Blake. Ella lo miró desconcertada. Nos conocemos, mi lord. No oficialmente”, respondió él, “pero la he visto muchas veces en el cementerio.” El rostro de Elenor palideció bajo la vista. “Le ruego que me disculpe, mi señor. No quise faltarle al respeto ni profanar nada.
Solo cumplo una promesa a mi esposa.” Ella asintió. “Sí, mi lord.” El duque la observó en silencio. ¿Podría saber de qué se trata? No, mi lord, no por ahora. ¿Por qué? Porque no soy yo quien debe hablar. Esa respuesta lo descolocó. Antes de que pudiera insistir, Elenor se inclinó brevemente y se alejó. El duque la siguió con la mirada hasta que desapareció entre las calles empedradas.
Los días siguientes, su pensamiento giró en torno a ella. ¿Qué secreto podía haber compartido Margaret con una lavandera? ¿Por qué esa promesa debía mantenerse tanto tiempo después? Una tarde, incapaz de resistir la curiosidad, el duque pidió a Halcom que revisara los antiguos registros del castillo. “Busque el nombre de Elenor Blake.
Quiero saber si alguna vez trabajó aquí.” El mayordomo asintió y volvió horas después con una libreta de cuero. Aquí está mi señor. Contratada en 1843 como ayudante de la bandería, despedida pocos meses después por motivos personales. “Motivos personales, repitió el duque. Eso dice el registro, señor. No hay más detalles.” El duque cerró los ojos.
1843. El mismo año en que Margaret cayó enferma por primera vez. Esa noche no durmió. El viento golpeaba las ventanas del estudio y la carta de Eleanor seguía sobre el escritorio como una voz insistente. Le prometí guardar su secreto. Al amanecer, el duque volvió al cementerio. Quería verla preguntarle, romper ese silencio que lo devoraba.
Pero ese día elanor no apareció. solo el sonido del viento entre los árboles y el crujir de las ramas. Esperó largo rato. Finalmente, cuando el sol comenzó a asomar, vio una figura acercarse por el sendero. Era ella cargando un pequeño cesto. Su expresión era distinta, cansada, preocupada. Cuando llegó a la tumba, se arrodilló y dejó las flores.
Luego, con un suspiro, sacó algo del cesto, un pañuelo bordado con el escudo de Wexford. lo colocó sobre el mármol y murmuró, “Perdóneme, mi señora. No pude mantenerlo por más tiempo. Él debe saberlo, aunque me cueste.” El duque dio un paso sin pensar. Una rama se quebró bajo su pie. Elenor giró la cabeza y lo vio. Durante un instante ninguno habló.
“Mi lord”, susurró ella, “¿Cuánto tiempo lleva ahí?” El suficiente, dijo él con voz baja para entender que mi esposa le confió algo. El Anor se levantó lentamente. Si me permite, debo irme. Espere, pidió el duque. ¿Por qué lo hace? Nadie en este pueblo tiene motivo para honrar tanto a una mujer que no era de su clase.
Ella lo miró fijamente, porque ella me trató como igual y porque me pidió no olvidarla. ¿Qué más le pidió? Elenor apretó el cesto contra el pecho. Nada que deba decirle aquí. El duque dio un paso hacia ella. Necesito saberlo. Si le ocultó algo, tengo derecho a conocerlo. No, mi lord, respondió con firmeza. Lo que la duquesa me confió no era suyo, era de ella. Y yo le juré que lo guardaría hasta el día en que fuera necesario.
¿Y cuándo será ese día? Cuando usted deje de buscar culpables y empiece a escuchar. El duque se quedó inmóvil. Sorprendido por la serenidad de su voz. No había desafío en sus palabras, solo una certeza que lo desarmó. Eleanor recogió el cesto, le hizo una reverencia y se marchó entre la niebla. El duque miró el pañuelo sobre la tumba, reconoció el bordado.
Era parte de la jugaret solía llevar cuando visitaban Londres. Lo tomó con cuidado, como si fuera un objeto frágil. En una de las esquinas apenas visible había una pequeña letra bordada a mano, una E. Su respiración se detuvo por un segundo. Era una coincidencia o había algo más entre su esposa y esa muchacha. El viento sopló con fuerza, levantando las hojas secas a su alrededor.
El duque cerró el puño sobre el pañuelo, sintiendo que por fin algo se movía en su interior después de tanto tiempo. Decidió en ese momento que no podía seguir observando desde las sombras. tenía que saber quién era realmente Elenor Blake.
El amanecer siguiente llegó con una llovisna fina que cubría el pueblo de Wxford como un cristal empañado. En el castillo, el duque se levantó antes que el resto de los criados, apenas había dormido. En su mesa seguían abiertos los libros de registros, la carta hallada sobre la tumba y el pañuelo bordado con la misteriosa letra E. El señor Halcom entró en silencio con una bandeja de té humeante. El duque, todavía de pie frente a la ventana, preguntó sin girarse.
“¿Ha averiguado algo más sobre la señorita Blake?” “Sí, mi señor”, respondió el mayordomo dejando la bandeja sobre el escritorio. Vive en la calle del Molino, en una cabaña junto al río. Comparte el techo con una tía enferma. trabaja en la lavandería del pueblo y también lava para las casas más acomodadas y nadie más vive con ellas. Nadie, señor.
Dicen que la muchacha casi no habla de su pasado. Llegó al pueblo siendo niña después de que sus padres murieran en un incendio en el puerto de Pluth. El duque se quedó en silencio. Había algo en esa historia que le resultaba extrañamente familiar, aunque no podía decir por qué. sabe si aún conserva relación con alguien del castillo. Halcom negó, “No, mi señor.
” Pero los registros confirman que sirvió aquí durante algunos meses en los últimos días de la duquesa. El duque apretó los labios. Entonces fue ella quien estuvo con Margaret cuando murió. murmuró. Más para sí que para el mayordomo. Halcomba sintió con respeto. Tal vez por eso le guarda fidelidad, señor, o tal vez sabe algo que los demás no replicó el duque girándose por fin.
Quiero verla, Halcomb, pero no como duque. No aún. El anciano lo miró con cautela. Y de qué manera piensa hacerlo con otro nombre. Nadie del pueblo debe saber quién soy. Halcomb dudó. Y si la señorita Blake lo reconoce, mi señor, “Han pasado años”, dijo el duque con un dejo de ironía.
Dudo que una lavandera recuerde el rostro de un noble que nunca la miró de frente. Esa misma tarde, bajo la lluvia, el duque de Wexford descendió al pueblo con un abrigo gris y un sombrero que le cubría media cara. Se hizo llamar James Harland, un viudo que necesitaba encargar la limpieza de unas prendas antiguas del castillo.
Lavandería estaba junto al río con un techo de paja que goteaba en varios puntos. Dentro el aire olía a jabón y madera húmeda. Elenor se encontraba inclinada sobre una tina tallando una sábana con fuerza. Al ver entrar al desconocido, se secó las manos en el delantal y lo saludó con cortesía. Buenos días, señor.
¿Busca trabajo de lavado? Así es, respondió el duque, cuidando el tono grave, pero amable. Me dijeron que aquí atienden con esmero. Eso intento. Dijo ella sonriendo apenas. ¿Qué desea mandar? El duque sacó un paquete envuelto en tela. Algunas prendas viejas que pertenecieron a mi esposa. Quisiera conservarlas en buen estado. Elenor recibió el paquete con cuidado.
Las tendré listas en una semana, señor. Si le parece, puedo entregarlas en su casa. Prefiero venir por ellas, respondió él rápidamente. No vivo muy lejos. Elenor asintió sin darle más importancia. anotó el pedido en un cuaderno viejo. “Su nombre, señor.” El duque dudó un instante. “Harland.” James Harland. Bien, señr Harland.
Sonrió con esa serenidad que tanto lo había intrigado en el cementerio. “Estarán limpias y dobladas cuando vuelva.” El duque se marchó sin añadir palabra. Caminó despacio por la orilla del río con el corazón latiendo con fuerza. No era un hombre acostumbrado al disimulo, pero había algo en aquella muchacha que lo hacía sentir vulnerable, casi culpable.
Esa noche, en el castillo, Halcomp lo encontró mirando el fuego del salón principal. ¿Cómo fue, mi señor? Es diferente a lo que imaginaba, respondió el duque. No hay en ella rastro de vanidad, solo dignidad. El mayordomo lo observó con discreción. Piensa seguir viéndola. Sí, quiero saber qué la une a Margaret. Los días pasaron y el duque volvió a la lavandería. Helanor lo recibió con una sonrisa cansada.
Había un leve rubor en su rostro, quizás por el calor del trabajo o por la presencia del extraño. “Señor Harland”, dijo ella, “Su encargo está listo.” Le entregó el paquete con las prendas limpias, cuidadosamente dobladas. El duque notó el perfume tenue que las envolvía. ¿Qué fragancia es? Solo flores del campo, respondió.
Las pongo en el agua. Mi tía dice que el alma de la ropa también necesita un poco de vida. El duque sonrió sin poder evitarlo. Tiene razón. Ella lo miró con curiosidad. No parece usted un hombre acostumbrado a lavar ropa. No lo estoy. Pero uno aprende a valorar las cosas sencillas cuando la vida se complica.
Elenor asintió con un gesto de comprensión. Supongo que sí. El duque observó sus manos heridas por el jabón. Debe ser un trabajo duro. Lo es, admitió. Pero no me quejo. El río me da lo que necesito y hay algo en el sonido del agua que calma los pensamientos. Hubo un breve silencio. Él bajó la mirada sin atreverse a decir más. Pagó el servicio y se marchó.
Pero volvió a la semana siguiente con otra excusa y luego a la siguiente. Las visitas se hicieron frecuentes, siempre con un paquete distinto, siempre con alguna pregunta que parecía casual. Con el tiempo, Elenor comenzó a hablar más. le contó de su tía enferma, de los niños del pueblo que a veces ayudaba, de las flores que recogía para llevar al cementerio.
Una tarde, mientras doblaba unas sábanas, mencionó el nombre que él no esperaba oír. La duquesa de Wexford solía traerme telas para lavar. Era una mujer distinta a todas. El duque sintió que el corazón se le detenía. Distinta. ¿En qué sentido? En su manera de mirar, respondió Elenor sin levantar la vista. Nunca parecía juzgar a nadie. Un día me dijo que el alma se mancha más rápido que la ropa y que lavarla requiere fe.
El duque se quedó en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. Recordó haber escuchado esas mismas palabras en otro tiempo de labios de su esposa. ¿Usted la conoció mucho?, preguntó él con voz contenida. Un poco dijo ella, lo suficiente para aprender que la bondad puede venir incluso de quien vive rodeado de lujos. Él apartó la mirada.
Dicen que murió de pena. Eso dicen, murmuró Elenor. Pero nadie sabe lo que ocurrió realmente. El duque la miró fijamente. ¿Y usted lo sabe? Elenor se detuvo un instante, sorprendida por el tono de su voz. Solo sé que la pena no mata por sí sola, señor Harland. A veces lo que mata es el silencio. Las palabras le golpearon el pecho.
Pensó en las noches en que había permanecido solo, convencido de que el silencio era su castigo. No sabía si ella hablaba de la duquesa o de sí misma, pero en ambos casos la verdad lo hería. Cuando el duque regresó al castillo, Halcol lo esperaba en el vestíbulo.
Ha estado usted muy ocupado en el pueblo últimamente, dijo el mayordomo con una mezcla de respeto y preocupación. Los criados comienzan a hablar. Que hablen, respondió el duque con desdén. No entienden lo que busco. ¿Y qué busca, señor? El duque se detuvo antes de subir las escaleras. La verdad, Halcomb, solo eso. Los días se acortaron, la lluvia persistía.
En una de sus visitas, el duque encontró a Eleanor junto al río, arrodillada, lavando la ropa de una familia con niños pequeños. Se le acercó con un paraguas. Se va a enfermar si sigue bajo la lluvia. Ella levantó la vista y sonró. No se preocupe, señr Harlan, el agua no me hace daño. Y su tía mejoró un poco, dijo ella. Los vecinos han sido amables.
El duque observó el esfuerzo de sus manos, el modo en que el agua helada golpeaba su piel. No entiendo cómo encuentra fuerza para seguir. La encuentro recordando que hay cosas que valen la pena. Respondió sin dejar de tallar. Algunas promesas no se rompen aunque duelan. Promesas hechas a la duquesa. Ella guardó silencio. Luego asintió levemente. Sí. El duque tragó saliva. ¿Qué clase de promesa? Elenor levantó la mirada seria.
Una que no puedo romper, señr Harland. No todavía. Él quiso insistir, pero algo en la firmeza de su voz lo detuvo. Se limitó a inclinar el paraguas sobre ella para protegerla del agua. No quiero que enferme, dijo simplemente. Ella sonrió sorprendida. Qué raro que alguien se preocupe por una lavandera. No es raro, replicó. Es justo.
La semana siguiente, el duque regresó con un nuevo encargo, pero esta vez no venía solo. Traía a Halcom, quien fingía ser su asistente. Elenor los atendió con cortesía. Mientras conversaban, el duque observó las paredes del pequeño local. Había en un rincón un retrato viejo, casi borroso, de una mujer de rostro dulce. ¿Quién es?, preguntó él.
Mi madre”, respondió Elenor. “Murió cuando yo era niña. El duque notó algo en la mirada de aquella mujer retratada, algo que le resultó inquietantemente familiar. No dijo nada, pero su interés en la joven se volvió aún más profundo. Cuando salieron del lugar, Halcomb lo miró con prudencia. Mi señor, si me permite, esto puede traerle complicaciones.
Las complicaciones ya existen, Halcomb, respondió el duque. Solo estoy tratando de entenderlas. Esa noche, mientras el viento azotaba las ventanas del castillo, volvió a leer la carta encontrada sobre la tumba. Cada palabra parecía tener ahora un nuevo significado. Le prometí guardar su secreto, pero la promesa me quema el alma.
Al amanecer, el duque volvió al cementerio. No esperaba encontrarla allí tan temprano, pero ella ya estaba. Se inclinaba sobre la tumba colocando flores frescas. El duque se acercó despacio, sin ocultarse esta vez. Señorita Blake. Eleanor giró sobresaltada. Señor Harlan, ¿qué hace aquí? Tenía que verla. Necesito saber qué relación tuvo usted con la duquesa.
Ya le dije que no puedo hablar de eso y yo no puedo seguir sin saberlo”, dijo él con voz firme. “Por favor”, ella dudó. Lo miró a los ojos y pareció ver algo distinto, algo que la hizo bajar la guardia. “Está bien”, susurró. “Pero si quiere que le cuente lo que sé, primero deberá confiar usted en mí.” El duque frunció el ceño desconcertado.
¿Confiar en usted? ¿Qué quiere decir que me diga quién es realmente. El duque la miró sorprendido. La lluvia caía con fuerza entre las lápidas y por un instante él pensó que había oído mal. ¿Qué ha dicho? Preguntó bajando el tono. Dígame quién es en realidad, repitió Eleanor con calma. Usted no es James Harland.
No habla ni se comporta como un comerciante y su acento no es de aquí. El duque respiró hondo. Durante semanas había mantenido el disfraz, pero la franqueza de aquella mujer lo desarmó. ¿Por qué piensa eso? Porque un hombre que lleva las manos limpias y usa botas hechas a medida no busca lavar su ropa en un río”, contestó ella sin titubear.
“Usted observa como quien evalúa, no como quien conversa.” El duque no pudo evitar una sonrisa leve. Parece que nada se le escapa, señorita Blake. Cuando una vive entre murmullos, aprende a mirar bien, dijo ella, recogiendo el cesto. Y ahora dígame, ¿quién es usted y qué quiere de mí? Por un momento, el duque pensó en revelarlo todo, pero el miedo lo contuvo. Si lo hacía, ella podría alejarse para siempre.
No soy su enemigo, respondió. Solo alguien que busca entender lo que ocurrió con la duquesa. Elenor lo observó como si tratara de descubrir si mentía, por qué le interesa tanto, porque hizo una pausa. Porque su historia aún no ha terminado. Ella frunció el ceño. La duquesa murió, señr Harlan. Su historia terminó hace dos años.
No del todo dijo él. Hay verdades que sobreviven a los muertos. Elenor guardó silencio, luego tomó su cesto y caminó hacia la salida del cementerio. Entonces, búsquelas usted mismo, pero no me arrastre con usted. El duque dio un paso adelante. No quiero arrastrarla. Quiero entenderla. Ella no respondió.
Se marchó bajo la lluvia, dejando al duque solo frente a la tumba. Los días siguientes, él volvió a su rutina en el castillo, pero la imagen de la muchacha no lo abandonaba. Había en su mirada una mezcla de fortaleza y dolor que lo perseguía incluso en sueños. Una tarde decidió bajar al pueblo otra vez, esta vez sin pretexto la encontró junto al río tendiendo ropa en una cuerda. El sol brillaba entre las nubes y el agua reflejaba destellos de luz.
“Pensé que no volvería”, dijo Elinor sin mirarlo. “No supe mantenerme lejos”, respondió el duque. “Me debe una respuesta. Ella suspiró. No le debo nada, señor Harland, pero si insiste en seguir viniendo, al menos sea sincero conmigo. El duque la miró. No puedo decirle todo. Entonces no espere que confíe.
Hubo un silencio incómodo. El duque la observó tender una sábana y asegurarla con pinzas de madera. Sus manos se movían con una precisión casi elegante. “¿La duquesa le enseñó a hablar así?”, preguntó él de pronto. Elenor se volvió sorprendida. “Aí, ¿cómo?” Con esa calma, con palabras que pesan, ella bajó la mirada.
“Me enseñó a no temer a las palabras, aunque otros las usen para humillar.” El duque sintió un nudo en el pecho. Recordó cuántas veces él mismo había usado las suyas como armas. Cuántas veces la voz de Margaret se había quebrado ante su frialdad. ¿Le hablaba mucho de mí? Preguntó Elenor. Vaciló.
A veces que decía que el duque no era cruel, solo estaba ciego por el orgullo. El duque apartó la mirada. era demasiado generosa, ¿no?, replicó ella con suavidad. Solo lo amaba. Él levantó los ojos hacia ella. No había burla ni ironía, solo verdad. ¿Y usted cómo lo sabe? Porque se puede reconocer el amor cuando se ha perdido algo, respondió ella, casi en un susurro.
El duque la contempló sin saber qué decir. En ese momento, un niño del pueblo corrió hacia ellos gritando el nombre de Elenor. Señorita Blake, su tía, su tía se ha desmayado. Elenor soltó la sábana y echó a correr sin dudar. El duque la siguió sin pensar en quién podría verlo. Llegaron a la pequeña cabaña junto al río.
La tía, una mujer de edad frágil, yacía en la cama, pálida y sin fuerzas. Necesitamos un médico”, dijo el duque mirando alrededor. “No puedo pagar uno”, murmuró Elenor sosteniendo la mano de la mujer. “Yo me encargo”, dijo él sin dudar. Ella lo miró insegura. “No tiene por qué hacerlo. No lo hago por obligación.
El médico del pueblo llegó una hora después, enviado por un criado del castillo. Tras revisar a la enferma, aseguró que con reposo y medicamentos podría recuperarse. Cuando se marchó, el duque se quedó en la puerta, observando como Elenor cubría a su tía con una manta. “No sé cómo agradecerle, señor Harland”, dijo ella sin mirarlo. “No lo haga. Todos necesitamos ayuda alguna vez.
” Ella lo acompañó hasta la puerta. No estoy acostumbrada a que alguien me ayude sin esperar algo a cambio. Entonces, considérelo una excepción. Ella asintió con una leve sonrisa. Lo haré. El duque regresó al castillo con una sensación que hacía mucho no conocía. No era culpa ni compasión, era alivio.
Había hecho algo correcto, aunque no sabía por qué le importaba tanto a aquella mujer. Durante los días siguientes, continuó visitándola. Llevaba alimentos, medicinas y alguna que otra historia inventada sobre su supuesto trabajo en Londres. Elenor aceptaba la compañía, aunque sin dejar de observarlo con cautela.
Una tarde, mientras ella remendaba una prenda junto a la ventana, él se atrevió a preguntar por qué siguió visitando la tumba. Incluso después de todo lo que la gente decía, “Porque los rumores no cambian la verdad”, contestó. Y porque le prometí a la duquesa que no dejaría que su nombre se olvidara, le hizo prometer eso sí. Y me pidió algo más, pero eso no puedo decirlo.
El duque se inclinó un poco hacia ella. Tan grave es. No es grave. Es sagrado”, dijo con voz baja. “La señora Margaret me ayudó cuando nadie lo hizo. Cuando me despidieron del castillo, ella me dio dinero para cuidar de mi tía y me dijo que pasara lo que pasara debía seguir llevando flores.” El duque bajó la mirada. “Yo no sabía nada de eso.
” “No me sorprende”, respondió con suavidad. Ella hablaba poco con usted, pero no por desamor, sino por miedo a perderlo. A perderme, sí. Temía que si le decía la verdad, usted la odiaría. El duque se tensó. ¿Qué verdad? Elenor levantó la vista, pero no respondió. Sus ojos tenían un brillo extraño, mezcla de tristeza y compasión. No puedo decirlo todavía”, dijo finalmente.
“No es momento.” El duque se puso de pie. “¿Y cuándo será ese momento? Cuando usted esté dispuesto a escuchar sin juzgar.” El silencio se apoderó del lugar. Solo se oía el golpeteo de la lluvia en el techo. El duque dio un paso hacia ella con voz más suave.
“¿Y si le prometo que escucharé?” Entonces, tal vez, respondió ella, pero primero necesito saber quién es realmente usted. Él sintió que ya no podía seguir ocultándolo. La mentira pesaba demasiado. Pronto lo sabrá. Dijo antes de marcharse. Esa noche en el castillo, Halcomb lo esperó junto al fuego. Mi señor. El pueblo comienza a murmurar. Dicen que una lavandera ha hechizado al duque.
Déjelos hablar, respondió él sin levantar la vista. No saben nada, pero usted sí, señor, y lo está olvidando. El duque alzó la mirada molesto. ¿Qué insinúa? Que no puede esconder quién es por mucho tiempo. Esa mujer merece la verdad. El duque apretó los puños. Tal vez, pero si la digo, la perderé o tal vez la gane.
Dijo Halcom con calma. El duque se quedó mirando el fuego. El rostro de Elenor aparecía en cada llama. Finalmente comprendió que el mayordomo tenía razón. A la mañana siguiente volvió al pueblo decidido a hablar. Encontró a Elenor frente a su cabaña, tendiendo ropa bajo el sol. Al verlo, sonró débilmente.
Buenos días, señr Harland. No más Harland, dijo él quitándose el sombrero. Mi nombre verdadero es Edmund Ashford. Duque de Wexford. Ella lo miró en silencio. Las manos le temblaron, pero no dio un paso atrás. Entonces, todo este tiempo, sí, le mentí. No supe cómo acercarme de otra manera. Elenor respiró hondo.
No sé si admirarlo o despreciarlo. No busco su admiración ni su perdón, dijo él. Solo su confianza. Ella apartó la mirada. Confiar no es tan fácil cuando uno ha vivido de promesas rotas. Lo entiendo, pero le juro que mis intenciones son sinceras. ¿Por qué? ¿Por culpa, por redención?, preguntó ella con un tono más duro.
No necesito su compasión, mi lord. El duque dio un paso hacia ella. No es compasión, es algo que no sé nombrar. Elenor lo observó largo rato, luego bajó la voz. Entonces, dígame la verdad, toda la verdad. ¿Qué busca en mí? Respuestas, confesó él. Y tal vez paz. Ella asintió despacio. Si eso busca, la encontrará.
Pero le advierto, no será fácil oír lo que tengo que decir. El duque la miró con seriedad. Estoy preparado. No lo está, susurró. Pero lo estará. Eleanor entró a la cabaña, tomó algo envuelto en un pañuelo y se lo tendió. Esto pertenece a su esposa. Ella me pidió que lo guardara hasta que llegara el momento. El duque desplegó el pañuelo. Dentro había una carta con el sello familiar.
Su pulso se aceleró. ¿Por qué no me la dio antes? Porque la duquesa me dijo que debía hacerlo solo cuando usted estuviera preparado para escucharla sin enojo. ¿Y cómo sabe que lo estoy? Eleanor lo miró a los ojos. Porque por primera vez la está escuchando a través de mí. El duque sostuvo la carta con ambas manos. Su mente se llenó de recuerdos, de promesas rotas, de silencios.
“La leeré”, dijo con la voz apenas audible. “Cuando lo haga, entenderá por qué yo también he guardado silencio”, dijo Elenor. El duque asintió, guardó la carta en el bolsillo y dio un paso atrás. “Gracias, señorita Blake. No me agradezca aún”, respondió ella. Lo que está por descubrir puede cambiarlo todo.
El viento sopló entre los árboles, levantando hojas secas a su alrededor. El duque se alejó sin mirar atrás con la carta apretada en la mano. Mientras caminaba hacia el castillo, sabía que esa noche no podría dormir hasta leerla, pero no imaginaba que dentro de esas páginas aguardaba algo que no solo hablaba de su esposa, sino también de la mujer que acababa de confiarle el secreto. La noche cayó sobre Wexford Hall con un silencio que dolía.
El duque se quedó solo en su estudio frente a la carta que Eleanor le había entregado envuelta en aquel pañuelo bordado. La vela temblaba y su sombra se alargaba sobre los muros del cuarto. No quiso esperar más. Rompió el sello con las manos temblorosas. La letra de Margaret era inconfundible, elegante y firme, aunque al final de cada línea se notaba el temblor de quien escribió con prisa.
Si estás leyendo esto, Edmund, significa que ya puedes soportar la verdad sin huir de ella. No me arrepiento de haberte amado, pero lamento no haberte dicho lo que descubrí antes de morir. Hay alguien en tu casa que no merece tu confianza. alguien que usó mi nombre para ocultar un error que no fue mío. Te pido que no busques venganza, solo justicia. El duque leyó la carta una y otra vez.
No había nombres, solo advertencias. La firma final lo dejó sin aliento. Confía en la joven que lleva flores. Ella sabe lo que yo no alcancé a decir. Apagó la vela con un suspiro y se recargó en el sillón. En su mente, la voz de Margaret parecía cobrar vida, mezclándose con la de Elenor por primera vez en mucho tiempo. Sintió que ambas hablaban del mismo dolor.
Al amanecer, Halcom lo encontró sin dormir. ¿Leyó la carta, mi señor? Preguntó sirviéndote. Sí, respondió el duque, y solo me dejó más preguntas. ¿Qué dice? ¿Que alguien dentro del castillo traicionó a mi esposa, tiene un nombre? No, pero ella confió en la muchacha del cementerio. Halcomb frunció el seño.
Lavandera, Eleanor Blake, dijo el duque con voz firme. La duquesa le dejó algo más y pienso averiguarlo. El mayordomo dudó. Mi señor, la gente ya comenta su cercanía con esa mujer. Que hablen, replicó el duque. Prefiero su murmuración a mi ignorancia. Aquel mismo día bajó al pueblo. El sol brillaba débilmente y las calles estaban húmedas por la lluvia de la noche anterior.
Al pasar, algunos aldeanos lo saludaron con respeto, otros bajaron la vista. Era raro ver al duque fuera del castillo y más aún en la calle donde vivían los trabajadores. Encontró a Elenor lavando ropa junto al río. Sus manos, enrojecidas por el agua fría, se detuvieron al verlo. Mi lord. dijo sin sonreír. No esperaba verlo tan pronto.
Tampoco yo esperaba volver tan pronto respondió él, pero su carta no me deja paz. Ella limpió sus manos en el delantal. La leyó cada palabra. Mi esposa confiaba en usted. No sé si confiaba o si solo ya no tenía a quien acudir. ¿Qué quiso decir con eso? Que en sus últimos días nadie en el castillo la escuchaba.
El duque sintió el golpe de esas palabras. ¿Quién no la escuchaba? Usted, mi lord, dijo ella sin rodeos. Todos sabían que discutían. Él se quedó callado. Los murmullos del río llenaron el silencio. La amaba dijo finalmente, pero no supe demostrarlo. Elenor asintió despacio. Eso lo sé. Ella también lo sabía. El duque la miró con una mezcla de vergüenza y curiosidad.
Usted habla de ella como si la conociera desde siempre. Porque la vi como pocos la vieron. La duquesa no era frágil como todos creían. Era una mujer que luchaba contra algo que la estaba destruyendo. ¿Qué era eso?, preguntó el duque. La culpa. El duque la observó fijamente. ¿Culpa de qué? De un secreto que no le correspondía.
Ella levantó la vista y añadió en voz baja, “Pero no puedo decir más. No, todavía.” El duque dio un paso hacia ella. ¿Por qué tanto silencio, Elenor? ¿A quién protege? ¿A usted, mi lord? Sus palabras lo dejaron sin habla. Elenor volvió la mirada al río.
Si la verdad sale a la luz sin cuidado, no solo manchará la memoria de la duquesa, también podría destruir su nombre. El duque respiró hondo. Prefiero perder mi nombre antes que vivir entre mentiras. No lo diga tan fácil, advirtió ella. Los nobles pueden perderlo todo por un rumor, incluso la vida que creen suya. El duque bajó la voz. Ya lo perdí todo cuando ella murió.
Elenor lo miró entonces con ternura. Por un instante vio en sus ojos al hombre que la duquesa había descrito. Orgulloso, sí, pero no cruel. Si de verdad quiere la verdad, dijo ella, debe prometer que no se vengará. Prometo que no. Solo quiero limpiar su memoria. Eleanor asintió. Entonces, mañana al amanecer venga al cementerio. Le mostraré algo que no debería existir.
¿Qué es? Algo que puede cambiar todo lo que usted cree saber. El duque quiso insistir, pero ella ya se había alejado cargando el cesto. Esa noche, en el castillo, el duque volvió a sentir los ojos del pasado sobre él. Caminó por los pasillos donde alguna vez había escuchado la risa de su esposa. Cada sombra le recordaba su ausencia. A la mañana siguiente cumplió su palabra.
El cielo estaba cubierto y el aire olía a tierra mojada. Eleanor ya lo esperaba junto a la tumba. Llevaba una pequeña caja de madera entre las manos. Esto lo escondí el día que la duquesa murió”, dijo ella con voz baja. Me lo entregó antes de que perdiera el sentido. Me pidió que no lo abriera hasta estar segura de que usted buscaría la verdad, no venganza. El duque tomó la caja con cautela.
Dentro había un medallón de oro, un par de cartas y un sobre sellado con el emblema familiar. “¿Qué es esto?” Las cartas son suyas”, dijo Elenor. “Pero el sobre es la prueba de que alguien dentro del castillo la traicionó. El duque abrió el sobre con cuidado. Era un documento firmado por Lord Brixton, el administrador financiero del ducado.
En él se mencionaban movimientos de dinero ocultos bajo el nombre de la duquesa. El duque apretó el papel con rabia contenida. usó su nombre para sus fraudes. Eleanor lo detuvo con un gesto. Por favor, mi lord, mantenga la calma. ¿Desde cuándo lo sabía? Desde antes de que ella muriera intentó hablar con usted, pero Lord Brixton la amenazó. Le dijo que si hablaba arruinaría su reputación y el título. El duque retrocedió unos pasos.
Entonces la duquesa murió creyendo que yo la despreciaba. murió amándolo”, dijo Elenor, “pero también temiendo que usted nunca la perdonará”. El duque cerró los ojos. “¿Y usted por qué lo guardó todo este tiempo?” “Porque la duquesa me lo pidió.
” Dijo que un día usted vendría al cementerio buscando paz y que entonces yo debía entregarle todo. El duque la miró con una mezcla de gratitud y confusión. ¿Por qué lo hizo por ella? Eleanor bajó la mirada. Porque me trató con bondad cuando nadie más lo hizo. Porque me dio un lugar, aunque fuera por poco tiempo, hubo un silencio largo.
El viento movía las ramas del ciprés y las flores sobre la tumba se mecían suavemente. Si esto se sabe, Brixton caerá, dijo el duque. Pero el escándalo alcanzará a todos. Por eso la duquesa cayó. respondió Eleanor. No quiso que usted perdiera lo que tanto le costó mantener. El duque la miró de nuevo con voz más suave. Usted carga con un peso que no le pertenece.
No es tan pesado cuando se hace por amor, dijo ella. Él bajó la voz. Por amor a ella o por amor a la verdad. Elenor lo miró directamente por ambas cosas. El duque sintió algo en su pecho que hacía años no sentía. La admiración se mezcló con un deseo de protegerla. Pero antes de poder decir algo, un ruido los interrumpió. Entre los árboles alguien se movía.
Elenor giró la cabeza nerviosa. Escuchó eso. El duque asintió y dio un paso al frente, pero no vio a nadie, solo el murmullo del viento. No estamos solos susurró ella. Él guardó los documentos en el abrigo. Regrese a su casa. Yo me encargaré de esto. No, mi lord. Si él sospecha que hablamos, irá tras mí. Él se refiere a Brixton.
Elenor asintió. No lo subestime, tiene ojos en todo el pueblo. El duque la tomó del brazo con firmeza. Entonces, no diga a nadie que me vio. Si preguntan, diga que no sabe nada. ¿Y usted qué hará? Lo que debía hacer hace años. El sol empezaba a salir entre las nubes. Elenor lo miró una última vez antes de irse.
Tenga cuidado, mi lord. No todos en su casa desean que la verdad salga a la luz. Él asintió sin apartar la mirada de la tumba. No se preocupe por mí. Ella dudó unos segundos antes de marcharse. El duque se quedó observándola alejarse por el sendero. La caja de madera seguía en su mano y el peso de su contenido parecía arrastrarlo a un pasado que nunca terminó de entender.
Cuando volvió al castillo, Halcomba en el vestíbulo. Mi señor Lord Brixton, desea hablar con usted. Dice que es urgente. El duque lo miró fijamente. Dígale que lo recibiré esta tarde y que venga solo. Halcombintió notando la tensión en su voz. Mientras el mayordomo se alejaba, el duque miró la caja una vez más.
Sabía que el secreto de su esposa estaba por estallar y que el nombre de la lavandera, de alguna manera estaba ya entrelazado con el suyo. Esa noche, antes de enfrentar a Brixton, recordó las palabras de Elenor junto a la tumba. No todos en su casa desean que la verdad salga a la luz. Y comprendió que la batalla por limpiar la memoria de Margaret apenas comenzaba.
El reloj del castillo marcaba las 5 cuando el duque ordenó que nadie interrumpiera la reunión. Afuera, las nubes se amontonaban sobre los jardines y un viento helado golpeaba las ventanas. Lord Brixton llegó puntual con su habitual expresión calculadora y una sonrisa que nunca alcanzaba los ojos. Mi lord, saludó inclinándose. Me dijeron que deseaba hablar conmigo.
Así es, respondió el duque sin ofrecerle asiento. Tome su tiempo. Brixton miró alrededor del estudio. Ocurre algo? Su tono suena distinto. Digamos que esta vez prefiero la claridad a las apariencias, dijo el duque. Brixton se acomodó los guantes. Me alegra oírlo. La transparencia es necesaria entre hombres de honor. El duque no contestó.
Abrió un cajón y colocó sobre el escritorio el sobre con el sello familiar, el mismo que Elenor le había entregado. Brixton se tensó apenas. “Reconoce esto, ¿verdad?”, preguntó el duque con voz firme. Brixton alzó una ceja. Parece un documento del archivo financiero. ¿Dónde lo consiguió? Eso no importa.
Quiero que me diga por qué el nombre de la duquesa aparece ligado a transferencias que jamás autorizó. El administrador fingió sorpresa. Debe tratarse de un error de contabilidad. Puedo revisarlo no se moleste, replicó el duque. Ya sé la verdad. Brixton se recostó en la silla. Entonces, no entiendo para qué me llamó. Para advertirle que su tiempo aquí ha terminado. Por un instante, el silencio fue absoluto.
Brixton respiró hondo y se levantó despacio. Mi lord, no quisiera que un malentendido empañe nuestra larga relación. No hay malentendido. Usted usó el nombre de mi esposa para cubrir sus robos. Brixton lo miró con frialdad. ¿Y quién se lo dijo? No es asunto suyo. El hombre sonrió con cinismo. Supongo que fue la muchacha del pueblo.
Esa la bandera que merodea por el cementerio. El duque lo observó sin pestañear. Deje su nombre fuera de esto. Difícil hacerlo cuando todos en el pueblo ya hablan de ustedes dijo Brixton afilando el tono. No pasa desapercibido que su excelencia visita a una sirvienta con tanta frecuencia. El duque apretó el puño.
Se equivoca si cree que puede amenazarme. No lo amenazo, mi lord, replicó Brixton acercándose un paso. Solo le recuerdo que los rumores viajan más rápido que la verdad y a veces una historia vergonzosa basta para destruir una reputación, aunque sea falsa. El duque respiró profundo para contener la rabia. salga de mi vista antes de que olvide mi promesa de no arruinarlo.
Brixton inclinó la cabeza con una sonrisa burlona. Como desee, pero recuerde, una palabra mía y esa mujer será la comidilla de toda Inglaterra. Cuando el hombre se marchó, el duque quedó solo con el corazón golpeándole el pecho. Sabía que Brixton no mentía sobre una cosa. Los rumores eran más peligrosos que cualquier prueba.
Esa misma tarde, el viento trajo consigo los primeros susurros. En el pueblo, la historia de una lavandera y un noble comenzó a crecer como fuego entre la hierba. Elenor lo supo al llegar al mercado. Dos mujeres cuchicheaban mientras pesaban verduras. Dicen que el duque le manda regalos”, murmuró una, “y que la visita por las noches”, añadió la otra.
Elenor apretó la cesta y se marchó sin mirar atrás. Cuando regresó a la cabaña, su tía la esperaba con el rostro preocupado. “Hija, ¿qué has hecho?” Los vecinos no dejan de hablar. “Nada, tía, no he hecho nada. Entonces, aléjate de ese hombre. Los nobles no se mezclan con los nuestros sin motivo.” Elenor no respondió. Sabía que su tía tenía razón, pero dentro de ella había algo que no podía apagar.
No era amor todavía, pero sí una certeza. Aquel hombre estaba intentando redimirse. Horas después, cuando el sol se ocultó, el duque apareció en su puerta. Venía sin escolta, empapado por la llovisna. Ele lo recibió con el seño fruncido. No debió venir. Tenía que verlo con mis propios ojos, dijo él. Escuché lo que Brixton ha hecho. Lo de los rumores.
Ya es tarde. Todos los creen. Yo pondré fin a eso. ¿Cómo? Milord. Ordenando que callen. Nadie obedece al honor cuando hay chismes de por medio. El duque bajó la voz. Entonces, dígame qué hacer. Elenor lo miró fijamente. Nada. Déjelo pasar. La gente se cansará de hablar. Pero usted está sufriendo por mi culpa. He sufrido por cosas peores.
Él se acercó un paso. No quiero que la humillen y yo no quiero que pierda lo que ha empezado a recuperar, respondió ella con calma. Si hace algo imprudente, Brixton usará eso en su contra. El duque permaneció en silencio. La luz de la chimenea iluminaba el rostro de Elenor y por primera vez la vio no como una sirvienta, sino como una igual.
una mujer que había aprendido a resistir sin perder la dignidad. “Le prometí a mi esposa que sería un mejor hombre”, dijo él en voz baja. “Pero cada vez que intento arreglar algo, termino dañando más. “Tal vez porque todavía no se ha perdonado”, contestó ella. Él la miró con sinceridad. “¿Y usted se ha perdonado por guardar silencio tanto tiempo?” Elenor bajó la vista. No lo sé.
Hubo un silencio largo. Luego el duque habló de nuevo con una ternura que lo sorprendió. Cuando la vi por primera vez, pensé que era un espectro, pero ahora sé que fue mi esposa quien la envió. Elenor sonríó apenas. No me halague, mi lord. No soy un milagro. No, pero es la única razón por la que mi vida volvió a moverse.
Ella lo miró a los ojos y por un momento el mundo pareció detenerse. Luego se apartó con un suspiro. Debe irse. Si alguien lo ve aquí, el rumor será aún peor. Volveré, dijo él. No lo haga. El duque no respondió. se retiró bajo la lluvia con el corazón ardiendo entre la culpa y algo más profundo, algo que empezaba a nacer sin permiso.
A la mañana siguiente, Halcom entró en su despacho con expresión grave. Mi señor, el periódico local publicó un artículo insinuando una relación impropia entre usted y una lavandera del pueblo. El duque cerró el puño. Brixton, es muy probable. Ha empezado a reunirse con los señores de la región. Dicen que pretende proteger la reputación del ducado de usted mismo.
El duque se levantó de golpe. Eso no lo permitiré. Mi señor, piense con calma. Si lo enfrenta ahora, todo el pueblo creerá que los rumores son ciertos. El duque lo miró con cansancio. ¿Y qué propone? Que me esconda mientras esa mujer es humillada por mi culpa. Halcomb bajó la mirada. No, mi señor, pero si desea protegerla, deberá hacerlo con inteligencia, no con orgullo. El duque respiró hondo. Tenía razón.
Esa misma tarde escribió una carta para el párroco pidiendo una reunión con los notables del pueblo. Quería limpiar el nombre de Eleanor sin exponer su secreto. Pero los planes del duque no serían suficientes. Esa noche dos criados del castillo llegaron con noticias. Mi lord”, dijo uno temblando. “Los hombres de Brixton han ido a la lavandería.” Dijeron cosas horribles sobre la señorita Blake.
Los clientes se marcharon. El duque apretó los dientes y ella sigue trabajando, pero dicen que apenas habla. El duque se puso de pie y tomó su abrigo. Halcomb intentó detenerlo. “Mi señor, si va ahora, empeorará todo. Prefiero arruinar mi reputación que dejarla sola. salió sin mirar atrás. El viento soplaba con fuerza y el cielo se iluminaba con relámpagos.
Cuando llegó a lavandería, encontró a Eleanor de pie entre las tinas vacías. El lugar estaba en silencio. “Lo arruinaron”, dijo ella sin volverse. “Nadie volverá.” No es su culpa. Claro que lo es. Yo rompí la promesa de quedarme lejos del castillo. “Usted solo hizo lo correcto”, replicó el duque. “Mi esposa habría querido que yo supiera la verdad.
” Elenor se giró con los ojos brillantes. ¿Y de qué sirvió? Su verdad solo trajo ruina a los dos. El duque se acercó. No diga eso. Esto no ha terminado. Sí, lo ha hecho, respondió ella con voz temblorosa. El pueblo ya decidió quién soy. El duque la miró sintiendo una punzada en el pecho.
Si pudiera cambiar lo que piensan, lo haría. No puede, dijo ella volviendo la vista al suelo. Pero sí puede olvidarme. No me lo pida. Debe hacerlo. El duque dio un paso más y tomó su mano. No puedo porque cada día que paso lejos de usted me recuerda todo lo que perdí. Eleanor lo miró sin poder ocultar la emoción. No diga eso, mi lord. No sabe lo que siente. Lo sé.
Y si no lo sé, quiero aprenderlo con usted. Elenor apartó la mano. No hable así, no conmigo. ¿Por qué no?, preguntó él. Porque no soy su igual. Y porque si alguien nos ve, su castillo no volverá a abrirle las puertas. Entonces que las cierren dijo el duque con una sonrisa cansada. Ya no me importa. A mí sí, susurró ella, no permitiré que pierda su nombre por mí. El duque quiso responder, pero la puerta se abrió de golpe.
Un hombre del pueblo entró empapado. Señorita Blake, el señor Halcom me mandó a buscarla. dijo que el duque debe regresar al castillo. El duque frunció el seño. ¿Qué sucede? Lord Brixton ha convocado una reunión con todos los notables. Va a acusarlo públicamente de manchar el honor del ducado. Elenor lo miró asustada. No, vaya, es una trampa.
El duque se enderezó. No tengo opción. Si no voy, creerán que soy culpable. Elenor le tomó el brazo. Entonces, al menos déjeme acompañarlo. Él negó con la cabeza. No, ya ha sufrido demasiado por mi culpa. No se trata de usted, mi lord, dijo ella con voz firme. Se trata de la verdad.
Y yo estuve allí cuando su esposa me pidió protegerla. El duque la miró en silencio. La lluvia seguía golpeando el techo y el aire olía a tormenta. “Si viene conmigo”, dijo él finalmente, “no habrá vuelta atrás. Ya pasé el punto de no retorno el día que acepté guardar su secreto.” El duque asintió lentamente. Afuera, el trueno retumbó.
El Anor tomó su abrigo y ambos salieron bajo la lluvia rumbo al castillo, donde el destino los esperaba con las luces encendidas y las lenguas listas para juzgarlos. El carruaje avanzaba a toda prisa por el camino empedrado, levantando lodo y hojas mojadas. Dentro, el duque permanecía en silencio con el rostro tenso.
Frente a él, Elenor observaba por la ventanilla como el castillo se alzaba entre la niebla. Las luces del gran salón brillaban con intensidad y desde lejos se escuchaban voces. “Están todos ahí”, dijo ella en voz baja. “Él los reunió para humillarlo.” “No lo logrará”, respondió el duque mirando hacia delante. “No, mientras la verdad exista, mi lord. La verdad no siempre basta.
La gente cree lo que le conviene.” El carruaje se detuvo frente a la escalinata principal. Los sirvientes, confundidos, abrieron las puertas sin entender por qué una lavandera descendía junto a su amo. El duque la ayudó a bajar. No le importó que los criados susurraran ni que los invitados miraran desde las ventanas. Al entrar al vestíbulo, el ruido de las voces llenó el aire.
Los notables del condado, los vecinos y algunos miembros del clero estaban reunidos en el gran salón convocados por Lord Brixton. El administrador hablaba con un tono grave, fingiendo indignación moral. Es lamentable, caballeros, decía, ver como el honor del ducado se ve amenazado por decisiones imprudentes. No lo digo con placer, pero el pueblo tiene derecho a saber la verdad. Cuando el duque cruzó la puerta, todos guardaron silencio.
Brixton sonrió con falsa cortesía. Mi lord, justo a tiempo estábamos discutiendo la situación del ducado. Sin duda, replicó el duque con calma. Una situación que usted provocó. Brixton arqueó una ceja. No entiendo a qué se refiere. A su traición, dijo el duque avanzando hacia el centro del salón. Usó el nombre de mi esposa para cubrir sus robos. Un murmullo recorrió la sala.
Brixton fingió indignación. Eso es absurdo. No tengo nada que ocultar. El duque levantó un sobre. Aquí están los documentos que prueban sus fraudes, firmas, transferencias, testigos y todo bajo la identidad de la duquesa. ¿Y dónde consiguió esos papeles?, preguntó Brixton con la voz más aguda.
De alguien que todavía cree en la justicia, respondió el duque. Los ojos del administrador se clavaron en Elenor, que permanecía junto a la puerta. Un murmullo aún mayor estalló entre los presentes. “¡Ah, ya veo”, dijo Brixton con una sonrisa venenosa. De su nueva consejera, la lavandera del pueblo. El duque dio un paso adelante. Cuidado con sus palabras.
“¿Por qué, mi lord? Teme que diga lo que todos piensan. Que esta mujer lo ha embrujado, que lo manipula con falsas historias para escalar donde no le corresponde.” Eleanor se puso pálida, pero no bajó la cabeza. No necesito manipular a nadie, señor. La duquesa me confió esos documentos porque sabía lo que usted hacía a sus espaldas.
Brixton rió sin pudor. Esperan que creamos a una sirvienta. El duque se volvió hacia los asistentes. No es una sirvienta. Es la única persona que tuvo el valor de proteger el nombre de mi esposa cuando todos ustedes callaban. Los murmullos crecieron. El párroco, un hombre de edad, se levantó con voz temblorosa.
Mi lord, ¿podría mostrarnos esas pruebas? El duque asintió y extendió los papeles sobre la mesa central. Brixton intentó intervenir, pero el párroco tomó el primer documento y lo leyó en voz alta. Transferencia de fondos bajo la firma de Lady Margaret Ashford. El anciano alzó la vista, pero esto está fechado después de su muerte. Un silencio pesado cayó sobre el salón. Brixton retrocedió un paso.
Eso no prueba nada. Prueba su falsificación, dijo el duque con voz firme. Y hay más. Abrió la caja que Elenor le había dado. Dentro. El medallón de la duquesa brilló bajo las lámparas. El duque lo levantó y lo mostró. Este medallón estaba con los documentos. Margaret lo llevaba siempre consigo. Murió sin quitárselo.
¿Cómo explica que apareciera escondido en su oficina Lord Brixton? Brixton empalideció. Alguien quiere incriminarme. El duque lo miró con dureza. Sí, usted mismo. Elenor dio un paso adelante. Yo lo vi esa noche, mi lord. El murmullo se detuvo de golpe. Brixton giró hacia ella. Miente. No.
Usted vino al cuarto de la duquesa cuando estaba enferma. Yo estaba allí. Ella me pidió quedarme a su lado. Usted dijo que necesitaba su firma para un asunto urgente, pero ella no podía sostener una pluma. Usted tomó su mano y fingió que firmaba. El rostro del administrador se deformó por la furia. Cállese, no sabe lo que dice. El duque dio un paso hacia él. Es cierto.
Forzó la firma de mi esposa para cubrir sus robos. Brixton lo miró con los ojos llenos de miedo, pero no respondió. El silencio fue su condena. El párroco se persignó. Que Dios nos perdone. Entonces Brixton cambió de tono. Y qué ganará con esto, mi lord. Si me denuncia, arrastrará el nombre de su esposa por los tribunales. El escándalo será peor que cualquier rumor.
Prefiero la verdad al silencio. Respondió el duque. El administrador miró alrededor y se dio cuenta de que ya no tenía apoyo. Los notables lo observaban con desprecio y los criados murmuraban entre sí. Con un último intento de orgullo, tomó su sombrero. No se libra de mí tan fácilmente. Salió del salón bajo la lluvia, seguido por dos guardias.
El duque permaneció quieto un instante, mirando las puertas cerrarse. Luego volvió la vista hacia Eleanor. Ella seguía de pie temblando. “Mi lord”, susurró. “Ahora saben todo y sabrán más”, dijo él. La duquesa murió creyendo que su nombre estaba manchado. No descansaré hasta que todos sepan la verdad. El párroco asintió. Lo ayudaremos, mi lord, pero tenga cuidado, los hombres como Brixton no se van sin dejar cicatrices.
Cuando los invitados comenzaron a retirarse, Eleanor se acercó al duque. No debía hablar. Ahora todos me odiarán aún más. No. Él le tomó la mano. Ahora saben quién tuvo el valor que yo no tuve. Ella intentó soltar su mano, pero él la sostuvo con suavidad. Mi lord, la gente no entenderá esto.
No necesito que lo entiendan. Pero yo sí, dijo ella apartando la mirada. No puedo permitirme sentir nada que lo perjudique. Eleanor, míreme, pidió el duque. Ella levantó los ojos. En su mirada se mezclaban miedo y esperanza. Desde que la vi en esa tumba supe que mi vida no sería la misma. Creí que buscaba perdón, pero lo que encontré fue algo más profundo.
No diga eso! Murmuró ella. No debe. ¿Por qué no? Porque no soy quien debería estar a su lado. Su mundo no acepta a una mujer como yo. El duque sonrió levemente. Mi mundo murió con ella. Elenor bajó la cabeza sin saber qué responder. El silencio se llenó con el sonido de la lluvia contra los ventanales. Entonces Halcom entró apresurado.
Mi señor, los documentos están a salvo, pero uno de los criados dice que vio a un hombre merodeando cerca de los establos. El duque se enderezó. Brixton. No lo sé. Pero dejó esto. Le entregó una hoja doblada. El duque la abrió. Era una nota escrita con letra apresurada. No he terminado. Si me destruye, destruiré lo que más aprecia.
Eleanor leyó sobre su hombro. Va por usted o por usted, respondió él con el ceño fruncido. Ya la ha señalado ante todos. Eleanor dio un paso atrás. Entonces debo irme. No, no saldrá de este castillo hasta que todo esté resuelto. No puede retenerme. No la retengo dijo él. La protejo.
Ella quiso protestar, pero la voz del duque tenía una firmeza que no admitía discusión. “Mañana daremos las pruebas al magistrado,” continuó él. Y cuando todo termine, quiero que el pueblo sepa que fue usted quien limpió el nombre de la duquesa.” Elenor negó con la cabeza. Eso solo traerá más desprecio. Traerá justicia. Ella lo miró con una mezcla de tristeza y gratitud. No sé si la justicia existe para los que nacimos con las manos sucias, mi lord.
Entonces, déjeme demostrarle que sí. Hubo un largo silencio. Eleanor respiró hondo. Está bien, pero prométame que pase lo que pase, no arriesgará su vida ni su nombre por mí. Lo prometo dijo él, aunque sabía que no podía cumplirlo. Esa noche el castillo permaneció en calma. Sin embargo, algo en el aire presagiaba que Brixton no se rendiría tan fácilmente.
El duque se quedó despierto junto a la chimenea, repasando los documentos mientras Halcom hacía guardia en los pasillos. Cerca de la medianoche, un ruido lo sobresaltó. Provenía del corredor que llevaba a las habitaciones de invitados. Se levantó y tomó un candelabro. Al llegar, vio que la puerta del cuarto donde descansaba Elenor estaba entreabierta. Elenor llamó con voz baja. No hubo respuesta. Entró despacio.
La habitación estaba vacía, la ventana abierta. El viento agitaba las cortinas. Sobre la cama, una sola rosa descansaba junto a una nota escrita con letra femenina. No puedo quedarme. No hasta que todo termine. El duque se quedó inmóvil con el corazón encogido. Comprendió que Elenor había huído para protegerlo y que ahora él tendría que enfrentar solo a Brixton y a los rumores que aún no habían terminado.
La mañana siguiente amaneció gris y silenciosa. El duque recorrió el castillo sin descanso, preguntando a cada criado si habían visto a Elenor. Nadie sabía nada. Halcom lo seguía intentando mantener la calma. Mi señor tal vez fue al pueblo sugirió. La señorita Blake no parece de las que huyen sin razón.
No lo entiende Halcomb, replicó el duque con el seño fruncido. Si se fue es porque alguien la amenazó. Brixton. ¿Quién más? Dijo con voz tensa. Anoche esa nota no era una advertencia vacía. Halomba sintió preocupado. ¿Podría enviar a los guardias? No, respondió el duque. Si Brixton sospecha que la busco, la usará contra mí. Pasaron horas sin noticias. Al caer la tarde, un joven mozo del establo llegó corriendo. Mi lord la vi.
Estaba en el camino hacia el pueblo. Iba con prisa y parecía asustada. El duque tomó su abrigo. Encilla el caballo. Voy tras ella, mi señor. La tormenta se acerca. Entonces, que venga conmigo. No la dejaré sola. El viento azotaba las copas de los árboles cuando salió del castillo. El camino estaba cubierto de barro.
Avanzó con el corazón latiendo con fuerza, mirando entre la neblina. La encontró a medio kilómetro caminando junto al río con la falda empapada y el rostro pálido. Eleanor, gritó. Ella se detuvo sorprendida. Mi lord, no debía venir. ¿Por qué se fue? Porque Brixton no se detendrá. Dijo ella sin mirarlo. Si sigue a mi lado, lo destruirá.
El duque desmontó y se acercó. Prefiero destruirme que perderla. No diga eso. No puede arriesgarlo todo por mí. Ya lo arriesgué. Eleanor lo miró a los ojos. No se trata de mí, se trata del ducado. Usted tiene un deber con su gente y también conmigo mismo, respondió él. Si la dejo marchar, no volveré a tener paz.
El viento soplaba tan fuerte que las palabras se perdían. Elenor bajó la mirada. Hay algo que no le he dicho. ¿Qué cosa? Ella respiró hondo. El día que la duquesa murió no estaba sola. No fue solo la enfermedad. El duque la miró fijamente. ¿Qué quiere decir? Ella me pidió que le llevara una carta, una última carta para usted. Cuando regresé con el médico, ya no respiraba y entonces lo vi.
Brixton estaba en su habitación. El duque se tensó. ¿Qué hacía ahí? No lo sé. dijo que buscaba documentos, pero llevaba algo en el bolsillo. Un frasco. Un frasco lo vi solo un segundo. Luego me amenazó. Dijo que si hablaba usted pagaría las consecuencias. El duque dio un paso atrás incrédulo. Está diciendo que Eleanor asintió temblando. Creo que él aceleró su muerte.
No puedo probarlo, pero sé lo que vi. El duque sintió un golpe en el pecho. Dios mío, por eso guardé silencio. Si lo hubiera acusado entonces, usted habría sido arrastrado al escándalo y yo nadie me habría creído. Él la miró con una mezcla de dolor y admiración y cargó con eso sola todos estos años. No tenía opción. Un trueno retumbó.
El duque la tomó de las manos. No más silencios. Iremos al magistrado esta noche. No, mi lord, si lo enfrenta ahora, lo perderá todo. Brixton tiene amigos poderosos y yo tengo la verdad. La verdad no basta cuando los poderosos mienten mejor. El duque apretó la mandíbula. Entonces que mienta, pero no volveré a permitir que mi esposa ni usted sufran por su culpa.
Elenor apartó la mirada. No puedo detenerlo, ¿verdad? No”, respondió él con firmeza. Caminaron de regreso al castillo bajo la lluvia. En el camino vieron a un jinete venir hacia ellos. Era Halcomb. “Mi señor”, gritó al acercarse. “El magistrado vino al castillo. Brixton lo trajo. Dicen que tiene pruebas contra usted.” “Contra mí?”, preguntó el duque sorprendido.
“Sí, alega que usó fondos del ducado para comprar silencio y manipular testigos. Elenor palideció. Está dando la vuelta a todo. El duque montó de nuevo. Vamos. Llegaron al castillo cuando la noche caía. En el vestíbulo, el magistrado, un hombre alto y seco, los esperaba con rostro severo. A su lado, Brixton fingía una calma victoriosa.
“Mi lord”, dijo el magistrado. “He recibido denuncias graves sobre su gestión.” Mentiras, replicó el duque. Es él quien debe responder ante la justicia. Brixton sonrió. Así. ¿Con qué pruebas? Con el testimonio de su lavandera, Eleanor dio un paso adelante. Sí, con el mío. El magistrado la miró de arriba a abajo. ¿Y quién es usted, señorita Eleanor Blake.
La duquesa me confió su secreto antes de morir. Tiene cómo demostrarlo. Sí. Los documentos firmados con su nombre falsamente, el medallón y la carta que ella me dejó. Brixton soltó una risa breve. La carta fue destruida hace tiempo. No, dijo el duque mirando a Elenor. Ella la guardó. El magistrado frunció el ceño. Muéstremela.
Elenor sacó de su bolso una hoja cuidadosamente doblada. La extendió sobre la mesa. La tinta estaba descolorida, pero el sello aún se distinguía. El magistrado la leyó en silencio. Luego levantó la vista hacia el duque. Esto cambia todo. Brixton palideció. Eso no prueba nada, es solo un pedazo de papel, un papel con su firma falsificada, replicó el duque.
Y el testimonio de quien lo vio hacerlo. Brixton retrocedió. Es mentira. Ella me odia. La verdad no necesita odio. Dijo Elenor con voz firme. Solo valor. El magistrado se giró hacia los guardias. Acompañen al señor Brixton. Mañana responderá formalmente ante la ley. Brixton gritó mientras lo sujetaban. No saben lo que hacen.
Caerán todos conmigo. El duque no se movió, solo lo observó mientras se lo llevaban con la respiración agitada. Cuando la puerta se cerró, el silencio llenó el salón. El magistrado habló finalmente. Mi lord, entiendo que has sufrido mucho, pero esto no termina aquí. El tribunal decidirá los cargos.
Lo sé, respondió el duque. Solo quiero que la verdad quede escrita. El magistrado asintió y se retiró. Eleanor se quedó quieta mirando las llamas de la chimenea. El duque se acercó despacio. Ya está hecho. Ella negó con la cabeza. No, mi lord. Ahora empezará lo peor. ¿A qué se refiere? Al juicio del pueblo.
Ellos no olvidarán lo que vieron hoy. Entonces, que hablen, dijo él. Pero esta vez sabrán la verdad. Eleanor levantó la vista. ¿Y qué será de nosotros cuando todo esto acabe? El duque no respondió de inmediato. Eso lo decidirá el tiempo. Ella suspiró. El tiempo suele decidir en favor de los poderosos.
Tal vez, pero esta vez yo decidiré por mí mismo. Halb entró en ese momento con un sobre en la mano. Mi señor, esto acaba de llegar. Lo trajo un mensajero del periódico. El duque abrió el sobre y leyó en silencio. Era un artículo firmado por un reportero local. La lavandera y el duque, el escándalo que sacude a Wexford Hall.
Elenor se cubrió la boca con las manos. Dios mío. El duque apretó el papel. Usó la prensa. Quiere destruirnos incluso desde la cárcel. Halcomb los miró con preocupación. El pueblo lo leerá mañana. Elenor respiró hondo. No importa lo que digan, ya no pueden borrar la verdad. El duque la miró con una mezcla de admiración y tristeza. Pero sí pueden lastimarla.
Ya estoy acostumbrada a eso. Él bajó la voz. No debería estarlo. Elenor lo miró fijamente. Entonces, enséñeme cómo dejar de estarlo. El duque dio un paso hacia ella, pero Halcom intervino. Mi señor, el pueblo se está reuniendo afuera. Dicen que quieren respuestas. El duque respiró hondo.
Entonces se las daremos esta noche. Sí, no esperaré más. Elenor intentó detenerlo. Mi lord, no salga. Están furiosos, por eso debo hacerlo. Tomó su abrigo y se dirigió hacia la puerta principal. Elenor lo siguió. Afuera, una multitud se amontonaba bajo la lluvia. Voces, faroles, rostros enfadados. “Queremos saber la verdad!”, gritó alguien. El duque levantó la mano y la lluvia resbaló por su rostro.
La verdad ya la saben”, dijo con voz firme. “Lord Brixton traicionó el honor de este educado y la memoria de mi esposa. Un hombre gritó desde el fondo, “¿Y la lavandera, ¿qué papel juega en esto?” El duque la miró. Ella dio un paso al frente y habló. Su voz clara entre el ruido. “Solo cumplí una promesa.
La duquesa me trató con bondad cuando nadie lo hizo. Juré proteger su nombre. Eso fue todo. Las voces bajaron de tono. La sinceridad en su rostro desarmó la ira del pueblo. El duque la miró con orgullo. Esta mujer salvó el honor de Wexford Hall, dijo él con firmeza. Y mientras yo viva, nadie la volverá a señalar. La multitud guardó silencio.
Luego, poco a poco, los faroles comenzaron a apagarse. Algunos se retiraron, otros murmuraron con respeto. Cuando todo terminó, Elenor lo miró empapada, exhausta. No debió hacerlo. Tenía que hacerlo. Ahora saben que me defiende. Lo usarán en su contra. El duque sonrió apenas. No me importa. Elenor bajó la mirada. No sé cómo agradecerle. No me agradezca”, dijo él suavemente.
“Solo no vuelva a huir.” Ella asintió despacio. “Se lo prometo.” El viento sopló con fuerza y el sonido del río se escuchó a lo lejos, arrastrando la última lluvia de la noche. Pero desde la colina alguien los observaba entre las sombras, oculto tras los árboles con una expresión fría y una sonrisa amarga, esperando el momento justo para hacerlos pagar por haberlo derrotado. El amanecer llegó con una calma extraña.
El aire olía a tierra recién lavada, como si la tormenta de la noche anterior hubiera querido purificarlo todo. En el castillo, el duque caminaba por el corredor principal con paso firme. Había tomado una decisión. Esa mañana reuniría a todos en el gran salón, los vecinos, el párroco, los trabajadores del ducado y las autoridades del pueblo. Era hora de acabar con los rumores.
Halcomba desde la puerta. Mi señor, ¿estás seguro de hacer esto aquí? El castillo aún respira tensión. Precisamente por eso, respondió el duque sin detenerse. Wexford Hall debe volver a ser un lugar de honor, no de sombras. Y la señorita Blake, preguntó el mayordomo.
Está descansando dijo el duque, pero quiero que esté presente cuando hable. Ella también merece escuchar el fin de todo esto. Halcom asintió. Entonces daré aviso al pueblo. Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar a media mañana. Las personas acudieron poco a poco, algunas con curiosidad, otras con desconfianza. Elanor llegó acompañada de su tía envuelta en un chal oscuro. Se notaba nerviosa, pero no trató de ocultarlo.
El duque la vio entrar desde el estrado y le hizo un gesto discreto de aliento. Cuando todos estuvieron reunidos, el duque se levantó. Vecinos de Wexford, dijo con voz clara, “hoy quiero hablarles no como noble, sino como hombre. Durante mucho tiempo permití que la culpa me consumiera. Callé por miedo y ese silencio fue mi mayor error. El murmullo fue inmediato.
Algunos intercambiaron miradas. El duque continuó. Mi esposa, la duquesa Margaret, no murió deshonrada. Fue traicionada por alguien en quien confiábamos. Ese hombre ya está en manos de la justicia. Pero mientras ella era calumniada, una mujer de este pueblo guardó su memoria con fidelidad. Elenor bajó la vista sintiendo las miradas clavarse en ella.
Esa mujer prosiguió el duque fue humillada por su bondad, señalada por su silencio, y aún así cumplió una promesa que la hizo más noble que cualquiera de nosotros. El párroco se levantó lentamente. Mi lord, si esto es cierto, el pueblo debe saber toda la verdad. La sabrá, respondió el duque, y empezará por mi confesión. El salón quedó en silencio. Solo se oía el crujido del fuego en las chimeneas.
“La noche en que mi esposa murió”, dijo él, “dcutimos. Yo la amaba, pero mi orgullo la hirió. No supe escucharla. Cuando la vi por última vez, no sabía que serían sus últimas palabras. Ella intentó advertirme de la traición que se fraguaba en mi propia casa. Yo la rechacé y con esa ceguera permití que muriera en soledad.” Un murmullo triste recorrió la sala.
Elenor sintió que el corazón se le encogía. El duque respiró hondo y continuó. Esta muchacha, Elenor Blake, fue la única que acompañó a la duquesa en sus últimos días. Ella me trajo su carta, su verdad y su perdón. Si hoy estoy aquí es gracias a ella. Los murmullos se transformaron en un silencio respetuoso. Algunos aldeanos agacharon la cabeza.
Por eso, dijo el duque, quiero que sepan que mi esposa murió inocente y que el nombre de la familia Wexford vuelve a estar limpio gracias a la fidelidad de una lavandera. Elenor intentó hablar, pero la emoción le cerró la garganta. Su tía le apretó la mano. El párroco se acercó al duque.
Milord, el pueblo necesita pruebas de que todo esto ha sido resuelto. El duque asintió. Halcom se adelantó y colocó sobre la mesa los documentos del fraude, el medallón y la carta de la duquesa. El párroco los revisó con detenimiento y luego levantó la vista. No hay duda, la justicia de Dios y la de los hombres han hablado. Un aplauso espontáneo se extendió entre los presentes.
Elanor se quedó inmóvil, sorprendida. Algunos aldeanos que antes la habían evitado, la miraron con respeto. El duque levantó la mano pidiendo silencio. No busco su gratitud, dijo. Solo que recuerden que la verdad, aunque tarde, siempre llega. Cuando el acto terminó, la gente comenzó a salir en silencio, algunos con lágrimas discretas.
Eleanor permaneció en su lugar sin saber si acercarse o marcharse. El duque bajó del estrado y fue hacia ella. Se acabó”, dijo con voz suave. “Ya nadie podrá hablar mal de usted.” “Hablarán”, respondió ella. “La gente siempre lo hace, pero al menos ahora lo harán sabiendo la verdad.” Él sonríó. Eso basta. En ese momento, Halcom se acercó.
“Mi señor, el magistrado ha enviado un mensaje. Brixton será trasladado esta misma tarde a Londres. ¿Y confió algo antes de irse?”, preguntó el duque. Nada, solo dijo que no olvidaría. El duque asintió. Que no olvide, pero tampoco volverá a poner un pie en Dorset. Elenor se apartó unos pasos y miró por la ventana. El sol se filtraba entre las nubes, iluminando los jardines húmedos. “Parece que el cielo también se ha calmado”, dijo ella.
“Sí”, respondió el duque. “Y por primera vez en años, yo también.” Ella lo miró con una mezcla de ternura y temor. No sé qué será de usted ahora. Reconstruiré lo que dejé caer, respondió él. Empezaré por la escuela que Margaret soñó abrir. La escuela del pueblo, preguntó ella sorprendida. Sí, y quiero que usted la dirija.
Elenor lo miró incrédula. Yo. ¿Quién mejor para enseñarles a los niños que la verdad no distingue clases? Ella se quedó sin palabras. No sé si soy capaz. Lo es, dijo él con una sonrisa. Y lo hará bien. Halcomb intervino. El pueblo lo respetará aún más. Mi lord ha devuelto su honor y ha dado esperanza.
No busco respeto dijo el duque mirando a Elenor. Solo paz. Durante los días siguientes, el castillo volvió a respirar. Los criados hablaban con voz más tranquila. Los rumores se apagaron poco a poco. Helanor empezó a visitar la vieja escuela abandonada cerca del molino, ayudando a limpiarla y ordenar libros que habían sido olvidados.
Una tarde, mientras trabajaba allí, el duque llegó sin anunciarse. “No pensé verlo hoy”, dijo ella sonriendo levemente. “Vine a ayudar”, respondió él quitándose el abrigo. “Halcombito un oficio para no volverme loco.” Elenor soltó una risa breve. “No imagino a un duque barriendo pisos.” “Nunca es tarde para aprender”, replicó él tomando una escoba. Trabajaron en silencio por un rato.
El sonido del viento entraba por las ventanas abiertas. En un momento, ella se detuvo y lo miró. ¿Por qué insiste tanto en esto? Porque creo en lo que Margaret creía, dijo él, que la educación puede salvar lo que el orgullo destruye. Elenor se apoyó en la mesa. Ella hablaba mucho de usted. De mí. Sí. Decía que su mayor virtud era su corazón, aunque a veces lo escondía detrás del título. El duque la miró conmovido.
¿Y usted qué cree? Creo que el título sigue ahí, pero el corazón ya no se esconde tanto. Él sonríó. Gracias a usted. Elenor sintió que el calor le subía al rostro. No diga eso. Yo solo hice lo que debía. Lo que debía repitió él. Siempre tan justa. La puerta se abrió y Halcomb asomó la cabeza. Mi señor, el pueblo lo espera afuera.
Dicen que quieren agradecerle. Dígales que en realidad deben agradecerle a ella, respondió el duque. Halcom sonrió y se retiró. Elenor lo miró. No debió decir eso. Sí, debí, dijo él acercándose. Ya no hay razón para ocultar la verdad. Ella bajó la mirada. La gente puede malinterpretar.
Que lo hagan,”, respondió él con serenidad. “Por primera vez, no temo lo que digan.” Ella intentó hablar, pero se detuvo al verlo tan cerca. “Mi lord, no sé qué busca.” “Ni yo lo sabía”, dijo él hasta ahora. Antes de que pudiera responder, se escuchó un golpe en la puerta. Un guardia entró agitado. Mi señor, un mensajero acaba de llegar de la cárcel del condado. El duque frunció el seño.
¿Qué ocurre? Lord Brixton ha escapado durante el traslado. Eleanor se llevó una mano al pecho. No puede ser. Dicen que hubo un accidente en el camino, continuó el guardia. Tres hombres murieron. Él no estaba entre los cuerpos. El duque cerró los ojos un instante. Sabía que no se quedaría quieto. ¿Cree que volverá aquí?, preguntó Halcom, que acababa de llegar. Si juró venganza. Sí, respondió el duque. Y lo hará pronto.
Elenor lo miró con miedo. Debe marcharse del castillo. No puede quedarse esperando. No huiré otra vez, dijo él. No ahora que tengo algo que proteger. Por favor, mi lord. Elenor, escúcheme”, interrumpió él con voz firme. “Pase lo que pase, usted no saldrá sola de Wexford Hall.” Ella bajó la mirada.
“No tiene que hacerlo por mí.” No es por usted”, dijo él suavemente. “Es por lo que usted representa.” El viento golpeó las ventanas y el sol que entraba por la puerta se nubló de pronto. Afuera, las nubes volvían a reunirse sobre los campos oscuras y pesadas, mientras un jinete solitario se acercaba por el camino del bosque, llevando consigo el eco de una deuda que aún no estaba saldada. La noticia del escape de Brixton se propagó con rapidez. En el castillo nadie dormía.
Los guardias vigilaban las puertas, las antorchas ardían toda la noche y el duque apenas probó bocado. Halcom lo encontró al amanecer de pie frente a la ventana del estudio. “Mi señor”, dijo con voz baja. El pueblo está intranquilo. Los hombres temen que Brixton vuelva con ayuda. “Vendrá solo,” respondió el duque sin apartar la mirada del horizonte. No confía en nadie más.
¿Y si busca venganza, mi lord? No, sí, Halcom lo hará, pero no la encontrará aquí. El mayordomo lo observó unos segundos. ¿Qué piensa hacer? Proteger a Elenor, contestó. Es ella a quien odia porque lo venció con la verdad. Halcon asintió despacio. Entonces, será mejor enviarla lejos por unos días.
El duque negó. No lo permitiría. Esa misma mañana, Elinor apareció en el salón con el cabello recogido y los ojos cansados. “Halcol me lo ha contado todo”, dijo. “Si Brixton viene, no huiré.” No se trata de orgullo, replicó el duque. “Es seguridad.
” “Mi seguridad nunca ha sido prioridad para nadie, mi lord”, respondió ella, “y no voy a empezar a esconderme ahora.” El duque la miró fijamente. Tiene razón, pero tampoco pienso arriesgarla. Entonces estaremos empatados”, dijo con una media sonrisa. Halcom carraspeó intentando romper la tensión. “He reforzado la guardia en los establos y en los pasillos del ala norte. Nadie entrará sin ser visto.” El duque asintió.
“Bien, si aparece, lo sabremos.” Durante los dos días siguientes, la calma pareció regresar. El pueblo seguía su rutina. La escuela del molino empezó a funcionar y los niños volvían a correr entre los árboles. Eleanor sonreía de nuevo, aunque en el fondo sabía que la amenaza no había desaparecido. Una tarde, mientras arreglaba los estantes de la pequeña biblioteca del castillo, escuchó pasos detrás de ella.
Creí que estaba ocupado, dijo sin voltear. Lo estaba, respondió la voz del duque. Pero necesitaba distraerme. Halcomb. asegura que trabajo demasiado. Entonces, por una vez, escúchelo. El duque se apoyó en el marco de la puerta. He aprendido que escuchar suele salvar más vidas que hablar. Ella sonríó. La duquesa estaría orgullosa.
Él la miró con una expresión serena. Espero que sí. Hubo un silencio breve. El duque avanzó un paso. Elenor, después de todo lo que pasó, ¿ha pensado en su futuro. Mi futuro es enseñar. Dijo, “Los niños necesitan una oportunidad distinta. Y si tuviera otra opción, ella lo interrumpió. No necesito otra opción, mi lord. Ya encontré mi lugar.
” El duque sonrió con tristeza y yo lo encontré demasiado tarde. Antes de que pudiera responder, Halcom entró con prisa. Mi señor, un mensajero llegó del pueblo. Dice que un hombre fue visto en el camino del bosque montando un caballo negro. Elenor se tensó. Es él. No sabemos todavía, dijo Halcom. Pero el mozo lo describió con detalle. El duque tomó su abrigo. Organiza a los guardias.
Nadie duerme esta noche. El sol se puso y la oscuridad cubrió el valle. En el castillo solo se oían los pasos de los vigilantes y el murmullo del viento colándose entre las torres. Elenor permaneció en su habitación, pero no lograba descansar. Pasada la medianoche, un golpe seco resonó en el ala norte. Halcom corrió hacia allí con dos guardias.
Encontraron una puerta abierta de par en par y huellas húmedas en el suelo. “Mi señor”, dijo Halcom jadeando. Entró por los establos. El duque bajó las escaleras con una lámpara en la mano. ¿Dónde está Elenor? En su habitación. No. El duque lo miró con preocupación. No puede estar ahí sola. Subió los peldaños de dos en dos y abrió la puerta. El cuarto estaba vacío.
La ventana abierta. Sobre la mesa había una nota escrita a toda prisa. No quiero que nadie más sufra por mi culpa. No me busque. El duque apretó la hoja entre los dedos. No, otra vez. Salió al patio y llamó a los guardias. Preparen los caballos. Halcombe intentó detenerlo. Mi señor, si ella se fue, lo hizo para protegerlo. Y yo para protegerla, replicó el duque.
La lluvia comenzó a caer fina y helada. El duque montó y cabalgó hacia el bosque. El barro salpicaba, el viento cortaba el rostro, pero no se detuvo. Gritó su nombre entre los árboles. Finalmente, a lo lejos, vio una luz débil, una linterna moviéndose entre los pinos. Se acercó hasta distinguir su silueta. Elanor. Ella se giró sorprendida. Mi lord. Le dije que no viniera.
No iba a obedecer esa carta absurda. Si me sigue, lo atraparán a usted también. No temo a un hombre que solo sabe esconderse”, dijo el duque. Pero antes de que pudiera acercarse más, un disparo seco resonó desde la oscuridad. El caballo del duque se encabritó y la lámpara cayó al suelo apagándose en el barro. Eleanor gritó.
“¡Mi lord, estoy bien”, respondió él levantándose. Entre las sombras, una voz familiar se escuchó. “No esperaba menos de usted, Edmund. siempre el héroe de su propia tragedia. Brixton apareció con el rostro cubierto de lodo y los ojos enrojecidos. Llevaba una herida en el brazo y una sonrisa torcida. Se acabó, Brixton, dijo el duque.
Ya no tiene nada que perder, al contrario, respondió el hombre. Me queda lo más valioso, su caída. Elenor se interpuso. Si tiene algo de alma, márchese. Ya nadie lo persigue. Y dejarlo a usted convertida en santa. No, querida. El pueblo olvidará mi nombre, pero recordará el suyo. El duque avanzó un paso. No la toque. No pensaba tocarla. Solo arrastrar su reputación conmigo al barro.
El viento sopló más fuerte. Brixton levantó la mano y señaló hacia el castillo, visible a lo lejos entre la niebla. Ahí está su mundo, Duque, un mundo que pronto se derrumbará. Eleanor se adelantó un poco sin miedo. No podrá destruir lo que ya se redimió. Brixton Río. Redención. Qué palabra tan ridícula. Usted no sabe lo que es el pecado.
El duque lo observó con frialdad. Sí lo sabe. Lo cargó durante años y aún así eligió la verdad. Brixton bajó la mirada un instante. Ella lo cambió, ¿verdad? Sí. respondió el duque. Usted también pudo cambiar, pero prefirió el odio. El silencio los envolvió. Luego Brixton soltó un suspiro amargo. Siempre tuvo la última palabra, Edmund. Supongo que esta vez también la tendrá.
Dejó caer el arma al suelo y se dio media vuelta. Caminó unos pasos bajo la lluvia tambaleante. “Ya no tengo a dónde ir”, dijo sin mirar atrás. “Que el pasado se encargue de mí.” Se perdió entre los árboles y la tormenta lo devoró. Elenor corrió hacia el duque. ¿Está herido? No, solo cansado. Ella lo abrazó temblando. Pensé que lo mataría.
Ya no tiene fuerza para matar a nadie, respondió él mirándola. Pero usted sí tiene fuerza para vivir. Volvieron al castillo al amanecer. Halcom los esperaba en la entrada con una manta y un gesto de alivio. “Gracias al cielo”, murmuró. El duque desmontó y ayudó a Eleanor a bajar. Terminó. Halcom. ¿Estás seguro, mi señor? Sí. No volverá.
Durante el desayuno, el silencio fue casi sagrado. Eleanor se sentó frente al fuego secando sus manos. El duque la observó en silencio. “Lo que hizo anoche fue insensato”, dijo él. Ella sonrió débilmente. A veces la insensatez es la única forma de proteger lo que uno ama. Él bajó la mirada. Eso siente por mí. Eleanor se sonrojó.
Siento gratitud, respeto y algo que no sé nombrar. El duque se acercó. Yo sí lo sé. Ella lo miró sorprendida, pero él se contuvo. No era el momento. A lo largo de la mañana, la noticia del fin de Brixton llegó al pueblo. Algunos celebraron, otros callaron. La escuela reabrió sus puertas y los niños llenaron de risas el viejo molino. Por la tarde, el duque fue a buscarla.
La encontró en el aula acomodando flores silvestres en un jarrón. “No pensaba verlo hoy”, dijo ella. No podía quedarme sin agradecerle. ¿Por qué? Por devolverme algo que no sabía que aún tenía. Esperanza. Elenor lo miró conmovida. No hice más que cumplir mi promesa y yo haré la mía, respondió él. Cumpliré el sueño de Margaret, pero no por culpa ni por deber. Lo haré por usted.
Ella negó con la cabeza. No haga eso. No quiero ser su nueva promesa. No lo es. Dijo él suavemente. Es mi elección. Halcomb apareció en la puerta. Mi señor, la gente del pueblo quiere verlo. Dicen que desean agradecerle por todo. El duque asintió. Dígales que en una hora estaré con ellos. Cuando el mayordomo se fue, Elenor suspiró.
Ahora que todo terminó, debería descansar. No puedo dijo él con una sonrisa leve. Me temo que cuando uno ha vivido tanto en la oscuridad, la luz también cansa. Ella lo miró con ternura. Entonces, aprenda a vivir en ella. El duque bajó la voz, solo si me acompaña. Elenor quiso responder, pero se contuvo. Tomó las flores del jarrón y las extendió hacia él.
Entonces empiece por llevar esto al cementerio. Flores para Margaret. Sí. Y por lo que ella representa. El duque tomó el ramo y asintió. Vendrá conmigo, ¿verdad? Siempre lo hago”, respondió ella con una sonrisa triste. Caminaron juntos por el sendero hasta el cementerio, sin decir palabra.
El viento era suave y el cielo, por primera vez en mucho tiempo, estaba despejado. Cuando llegaron ante la tumba de la duquesa, el duque dejó las flores y cerró los ojos. “Ya descansa”, murmuró. “Y gracias a ella, “nosotros también podremos hacerlo.” Elenor permaneció en silencio con las manos cruzadas. El duque la miró sintiendo que algo dentro de él se había liberado por fin.
Eleanor, dijo con voz temblorosa, hay algo que debo decirle antes de que el tiempo vuelva a separarnos. Ella lo miró expectante. No quiero perderla, dijo él con los ojos fijos en los suyos. No, otra vez. Ella abrió los labios, pero no alcanzó a responder.
Desde el camino, un mensajero del pueblo se acercaba corriendo con una carta en la mano, llamando al duque con urgencia. El mensajero llegó jadeando con la ropa empapada de sudor y barro. “Mi lord”, dijo inclinándose. “Vengo del pueblo. Traigo una carta del magistrado. Es urgente.” El duque tomó el sobre y lo abrió sin demora. Elenor observaba en silencio con las manos entrelazadas. ¿Qué dice?, preguntó ella.
El duque leyó en voz alta. Lord Brixton fue encontrado sin vida en la orilla del río Sever. Las autoridades confirman que no queda deuda pendiente con la justicia. Eleanor se llevó una mano al pecho. Entonces, todo terminó. El duque asintió. Sí, ahora sí terminó. El mensajero se retiró y un silencio suave los envolvió.
El duque miró el cielo despejado, luego la tumba de su esposa. Descansa, Margaret, todo está en paz. Elenor bajó la cabeza. Ella estaría orgullosa de usted y también de usted, respondió él. No sé cómo agradecerle. No lo haga, dijo ella con ternura. La gratitud no une a las personas. Lo que las une es la verdad. El duque sonríó mirándola con esa mezcla de respeto y afecto que llevaba semanas conteniendo. Entonces, dígame una verdad, Elenor, ¿qué siente ahora que todo terminó? Ella respiró profundo.
Siento alivio y miedo. Miedo de qué, de que me pida que me quede o que me deje ir. No sé cuál de las dos cosas sería más difícil. El duque dio un paso hacia ella. No voy a pedirle nada. Solo voy a decirle lo que quiero. Eleanor lo miró sin moverse. ¿Y qué es lo que quiere mi lord? Quiero empezar de nuevo.
No como duque, sino como hombre. Ella bajó la vista. Yo no pertenezco a su mundo. Entonces dejaré que el mío se parezca un poco al suyo. Elenor intentó sonreír, pero la emoción le nubló los ojos. No sabe lo que dice. Lo sé muy bien. Pasé años callando lo que debía decir. No pienso hacerlo otra vez. El viento soplaba entre los árboles.
El duque extendió la mano. Elenor Blake, no puedo borrar su pasado ni cambiar el mío, pero puedo ofrecerle un presente digno de los dos. Ella lo miró temblando. ¿Por qué yo? Porque fue usted quien me enseñó a amar sin miedo. Las lágrimas le resbalaron por las mejillas. Mi lord, la gente nunca lo aceptará.
La gente siempre habla, respondió él. Pero el amor no necesita permiso. Elenor dio un paso hacia él. Y si se arrepiente, solo me arrepentiría de no haberlo intentado. El silencio entre ellos se volvió tan denso que hasta el aire pareció detenerse. Entonces el duque tomó su rostro entre las manos y la besó. Fue un beso lento, firme, sin prisa ni temor.
Elenor cerró los ojos. sintiendo que el peso de los años desaparecía. Cuando se separaron, ella sonrió entre lágrimas. “Mi lord, dígame, Edmund”, susurró él. “Etmund, repitió con voz temblorosa, ¿qué hará ahora?” “Lo que debía hacer desde hace tiempo, respondió él, “vivir y hacerlo con usted.” Elenor bajó la cabeza riendo apenas.
No sé si estoy lista para ser la esposa de un duque. Entonces, no lo sea. Sea mi compañera, mi amiga, mi esperanza. Eso basta. Halcomb los observaba desde lejos en silencio. Cuando el duque lo llamó, se acercó con una sonrisa discreta. Mi señor, debo suponer que necesitaré preparar el salón para un anuncio.
Todavía no, dijo el duque, pero pronto Eleanor lo miró sorprendida. Un anuncio. Sí. No pienso esconder lo que siento. Ella lo miró enternecida. No necesita anunciarlo al mundo. Ya se nota. Halcom tosió disimulando una sonrisa. El pueblo querrá saber qué será de ustedes, mi lord.
Les daremos una razón para celebrar, respondió el duque esta misma tarde. Elenor negó con la cabeza. Tan pronto. He esperado años, Elenor. No perderé ni un día más. Esa tarde el pueblo entero se reunió frente al castillo. Las campanas repicaban, los niños corrían y la brisa de primavera traía olor a pan recién horneado.
El duque salió al balcón acompañado por Elenor, que llevaba un vestido sencillo de color claro y el cabello suelto. El murmullo se apagó cuando él levantó la mano. Vecinos de Wexford, este castillo ha vivido demasiado tiempo en silencio. Hoy quiero llenarlo de esperanza. La justicia se ha cumplido y el nombre de mi esposa descansa en paz, pero también quiero hablarles del futuro. Elanor lo miró sin saber qué diría.
En este tiempo, continuó el duque, he aprendido que la nobleza no se mide por el título, sino por la bondad. Y entre ustedes hay una mujer cuya bondad ha cambiado mi vida. El público murmuró. El duque extendió la mano hacia Elenor. Elenor Blake, quien cuidó la memoria de la duquesa, quien defendió la verdad y nos enseñó a perdonar, merece algo más que gratitud.
Merece un lugar en esta casa y en este corazón. Elanor bajó la vista avergonzada, pero la multitud aplaudió. Las mujeres sonreían, los niños gritaban su nombre. El párroco, emocionado, levantó su bastón. El cielo bendiga esta unión. El duque se volvió hacia ella. Acepta quedarse a mi lado, Eleanor. Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
Sí, Edmund, acepto. El aplauso fue inmediato, cálido, sincero. Halcom desde la puerta no pudo contener una lágrima. “Por fin”, murmuró. La paz ha vuelto a Wexford Hall. Las campanas siguieron sonando. Esa noche el castillo se iluminó como en los viejos tiempos.
Los criados decoraron el salón con flores del campo, las mismas que Eleanor solía dejar sobre la tumba de la duquesa. El duque caminó entre los invitados, siempre con la mirada puesta en ella. Cuando se encontraron al centro del salón, él extendió la mano. “¿Bailará conmigo, señora Blake?” Ella sonrió. “No sé si recuerdo cómo.” “Yo tampoco”, dijo él. “Pero podemos aprender juntos.” La música comenzó suave y alegre.
Bailaron sin importar las miradas, sin importar los murmullos. El mundo se redujo a ese instante. “Sabía que este castillo nunca había tenido tanta vida”, dijo ella en voz baja. “Es que nunca tuvo amor”, respondió él. Ella lo miró con ternura. No me pertenece, Edmund. Pertenezco al río, a la tierra, al trabajo.
Entonces haré que esta casa tenga todo eso, el río, la tierra y el trabajo. Elenor ríó. Promete no olvidar de dónde vengo. Jamás, dijo él. Su origen es lo que la hace grande. El baile terminó entre aplausos. Afuera el pueblo encendía antorchas, cantaba y lanzaba flores al aire. Las estrellas parecían más brillantes que nunca.
Horas después, cuando el ruido se fue apagando, el duque y Eleanor salieron al jardín. Caminaban descalzos sobre el pasto húmedo. “¿Recuerda la primera vez que la vi?”, preguntó él. “Sí, creí que era un extraño entrometido”, dijo ella riendo. “Y lo era, pero nunca imaginé que esa lavandera de manos heridas sería mi salvación.” Eleanor lo miró con dulzura y yo nunca imaginé que el hombre detrás de la tumba era el mismo que me devolvería la fe. El duque tomó sus manos.
A veces el destino necesita esconder la verdad para que aprendamos a buscarla. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Y ahora que la encontramos, ¿qué haremos con ella? Vivirla. Dijo él día a día. Sin miedo. Eleanor sonrió. Entonces viva conmigo, pero no como duque, como quiere que viva, como un hombre que ama.
El duque la miró y en sus ojos había una promesa silenciosa. Así lo haré. El cielo comenzaba a clarear. Desde la colina se veía el río brillante bajo la luz del amanecer. Elenor tomó aire y habló con voz serena. Cada mañana seguiré llevando flores, pero ya no a una tumba. Entonces, ¿a dónde? Al río, respondió ella, para que el agua las lleve lejos, igual que la culpa. El duque la abrazó con fuerza. Elenor, gracias por devolverme la vida.
Ella lo miró a los ojos. Gracias por enseñarme que el amor no distingue nombres. El sol apareció sobre los campos tiñiendo todo de dorado. El duque la besó en la frente. A partir de hoy, Wexford Hall será su hogar. ¿Y el pueblo? preguntó ella. El pueblo será nuestro refugio. Nadie volverá a tener miedo aquí. Ele sonrió.
Entonces, sí, Edmund, me quedaré. Él sonrió también con una felicidad sencilla, sin orgullo ni culpa. Y yo nunca la dejaré. Caminaron de la mano hacia la casa mientras las campanas del pueblo volvían a sonar. El viento soplaba con suavidad, llevando el aroma de las flores recién cortadas.
Esa mañana el pueblo de Wxford despertó distinto, sin rumores, sin rencores, solo con la certeza de que la verdad, la fe y el amor habían devuelto la luz a quienes un día la perdieron. Y en los jardines del castillo, entre los rosales, Eleanor y Edmund caminaron juntos sonriendo, sabiendo que el pasado al fin había encontrado su descanso y el futuro los esperaba con las puertas abiertas. Muchas gracias por haber escuchado esta historia hasta el final.
Esperamos que te haya emocionado tanto como a nosotros al contarla. Nos encantaría conocer tu opinión. Déjanos un comentario contándonos desde dónde nos escuchas y qué fue lo que más te gustó. Califica esta historia del cer al 10.
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