La nuera la arrojó a la basura porque su anciana madre estaba “llena de salsa de pescado para toda la familia”. La anciana no discutió, pero al día siguiente cocinó en silencio una bandeja decente de arroz, y cuando la nuera fue a tomarla, solo la miró… y vomitó porque…

La señora Nam era anciana y débil. Vivía con su hijo y su nuera en una casa de dos pisos en medio del pueblo. Desde el día en que sus piernas comenzaron a debilitarse y sus manos a temblar, su comida consistía únicamente en un cuenco de arroz con un poco de salsa de pescado para poder tragar mejor. Pero el olor de aquella salsa de pescado “fría” —según su nuera— parecía ser la causa de los conflictos que surgían.
Aquella tarde, ella apenas había vertido una cucharada de salsa de pescado sobre su arroz cuando Loan —su nuera— le tiró el cuenco de arroz de las manos, gruñendo:
—¡Nadie en esta familia puede soportar el olor de tu vieja salsa de pescado! ¡Siempre estás aquí como si nada! Si quieres comer, cocínate tú misma, ¡no ensucies el aire de mi casa!
El cuenco cayó y se rompió. El arroz y la salsa de pescado se esparcieron por el suelo. La anciana permaneció en silencio, no lloró, no se quejó. Solo se inclinó lentamente para recoger cada grano de arroz frente a los ojos sorprendidos de su pequeño nieto.
A la mañana siguiente, aún medio dormida, fue despertada por el sonido de un frasco. En la pequeña cocina sonaban susurros de fuego, y el aroma comenzaba a elevarse: el olor de platos antiguos y tradicionales—carne guisada con huevos, sopa de calabaza cocida con camarones, pescado goby hervido con pimienta, y café con pasta de camarón…
Preparó una bandeja de arroz llena y digna, y la colocó sobre la mesa justo cuando su hijo y su esposa llegaban.
Loan entró con el ceño fruncido:
—¿Qué es ese olor tan fuerte?
Sus ojos se agrandaron al ver… toda la salsa de pescado de anchova siendo cocinada, con su aroma intenso invadiendo la bandeja de arroz. Justo al lado, un tazón de gachas blancas cocinadas con pasta de camarón cruda, y un plato de galletas de café empapadas en un olor penetrante que quedaba grabado en la mente.
Antes de que pudiera decir una palabra, Loan se tapó la boca, abrazó su estómago y vomitó.
La señora Nam seguía allí sentada, con calma sirviendo una taza de té, y con serenidad dijo:
—Cuando yo tenía hambre y sed, esta salsa de pescado alimentó a toda esta casa. Ese olor que tú llamas “rancio”… era lo único que tu madre me pedía cuando tu padre estaba en el hospital.
Los ojos de la anciana no mostraban enojo, ni reproche, solo tristeza—una tristeza como ceniza que flotaba en el aire.
—Hoy cociné todos esos platos que solías criticar, para que puedas saber… el olor del campo, el olor de la pobreza, el olor de la miseria. Lo “apestoso” para ti, era un recuerdo para tu madre.
Loan guardó silencio, de pie en medio de la cocina, aún atormentada por el fuerte olor agrio, pero sin saber… ¿en qué momento comenzaron a caerle las lágrimas?
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