
La nieve cubría las montañas como un manto blanco interminable. El sol de invierno brillaba con fuerza, pero el frío cortaba la piel como 1000 agujas invisibles. Águila blanca cabalgaba sola por el sendero helado. Su caballo, un mustang negro llamado Trueno, resoplaba nubes de vapor mientras avanzaba con cuidado entre las rocas cubiertas de escarcha.
Ella era la curandera más joven de su tribu. Solo tenía 22 primaveras. Pero sus manos ya conocían el secreto de las plantas que sanaban y las raíces que devolvían la vida. Esa mañana había salido antes del amanecer. Los niños de su pueblo estaban enfermos. Una fiebre extraña los consumía desde hacía tres días y las reservas de hierbas medicinales se habían agotado.
Necesitaba encontrar la raíz de sangre. Esa planta roja que solo crecía en las grietas de las rocas más altas. Era peligroso subir sola, pero no había otra opción. Su abuela, la anciana sabia del pueblo, le había advertido antes de partir, “Ten cuidado, nieta. Las montañas en invierno guardan secretos oscuros.
No todo lo que brilla bajo el sol es seguro.” Águila Blanca había sonreído con confianza. Conocía estas montañas desde niña. Había caminado por estos senderos cientos de veces. Pero el destino tiene formas extrañas de recordarnos que nunca controlamos nada.
Eso nos hace muy felices. Águila Blanca desmontó cerca de una formación rocosa que conocía bien. Allí, entre las piedras grises, crecían las plantas que necesitaba. Se arrodilló en la nieve, apartando el hielo con sus manos desnudas. Sus dedos estaban rojos por el frío, pero no le importaba. Pensaba en los niños enfermos, en sus pequeños cuerpos ardiendo de fiebre.
Encontró las primeras raíces y las guardó en su bolsa de cuero. Necesitaba más, mucho más. Se movió hacia otra roca más grande, con una grieta profunda en su base. Allí había visto crecer las mejores plantas en veranos anteriores. Se acercó a la grieta para ver mejor las raíces.
No vio la serpiente escondida entre las piedras. El reptil atacó su tobillo descubierto, retiró el pie instintivamente y vio dos pequeños agujeros en su piel. Sangre oscura brotaba lentamente. Una serpiente de cascabel salió de la grieta. Su cuerpo enrollado, su cascabel sonando como una advertencia tardía. El reptil había estado hibernando en la roca, buscando el poco calor que el sol proporcionaba.
Águila blanca conocía perfectamente lo que significaba esa mordedura. tenía quizás una hora antes de que el veneno llegara a su corazón, se puso de pie tambaleándose. Su visión ya comenzaba a nublarse. El veneno de las serpientes de cascabel era rápido, especialmente en invierno, cuando el cuerpo frío no podía combatirlo con la misma fuerza.
Intentó caminar hacia Trueno, pero sus piernas fallaron. Cayó de rodillas en la nieve. No susurró. Todavía no. Los niños me necesitan. Pero su cuerpo no respondía a su voluntad. El veneno se extendía por sus venas como ríos de fuego helado, una contradicción terrible que la consumía desde dentro. Trueno relinchó nervioso, sintiendo el miedo de su dueña.
El caballo se acercó, empujándola suavemente con el hocico, como intentando levantarla. Águila blanca logró agarrarse de las riendas. Con su último esfuerzo intentó subir al caballo, pero sus brazos no tenían fuerza. Cayó de espaldas sobre la nieve blanca. El cielo azul giraba sobre ella. El sol brillante se convertía en manchas de luz sin forma.
El frío del suelo penetraba su espalda, pero ya casi no lo sentía. Abuela! Murmuró con labios temblorosos. Perdóname, no podré volver. Trueno, asustado por el olor del veneno y el miedo, hizo lo que su instinto le dictaba. Corrió. El caballo negro desapareció entre los árboles, dejando a Águila Blanca completamente sola en la inmensidad blanca de las montañas.
Ella cerró los ojos. Una lágrima caliente rodó por su mejilla helada. Pensó en su pueblo, en los niños enfermos que esperaban su regreso, en su abuela que miraría el horizonte cada atardecer esperando verla volver. “Lo siento”, susurró al viento. “Lo siento tanto.” La oscuridad comenzó a envolverla. El dolor de la mordedura se mezclaba con el entumecimiento del frío.
Su respiración se volvía más lenta, más superficial. En algún lugar de su mente que aún funcionaba, escuchó el sonido de cascos de caballo, pero seguramente era una alucinación. Nadie cabalgaba por estas montañas en invierno. Nadie vendría a buscarla. estaba completamente sola, o eso creía, porque en ese preciso momento, a menos de un kilómetro de distancia, un hombre de ojos azules como el cielo de invierno cabalgaba por el mismo sendero, siguiendo las huellas de un caballo negro que corría sin jinete.
Su nombre era Samuel y sin saberlo estaba a punto de encontrar algo que cambiaría su vida para siempre. La nieve seguía brillando bajo el sol. El viento susurraba entre los pinos y el destino, ese tejedor invisible de historias imposibles, acababa de unir dos caminos que nunca debieron cruzarse. Pero así es el amor. Llega cuando menos lo esperas y a veces comienza con una mordedura de serpiente.
Samuel había salido de su cabaña antes del amanecer. tenía que llevar provisiones al pueblo más cercano, un viaje de dos días que hacía cada mes cuando el invierno lo permitía. Era un hombre solitario. 32 años viviendo en estas montañas lo habían convertido en alguien que prefería el silencio de la naturaleza a las conversaciones vacías de los pueblos.
Su caballo, una palosa gris llamado Centella, conocía el camino de memoria. Samuel apenas necesitaba guiarlo. Mientras cabalgaba, pensaba en su vida, en las decisiones que lo habían traído hasta aquí, en la familia que había dejado atrás en el este, buscando una vida más simple, más auténtica. No se arrepentía.
Esta tierra salvaje le había dado paz. Le había enseñado que la verdadera riqueza no estaba en el oro ni en las posesiones, sino en la libertad de despertar cada mañana bajo un cielo infinito. El sol ya estaba alto cuando vio algo extraño en el sendero. Un caballo negro corría hacia él sin jinete. El animal estaba asustado. Sus ojos mostraban el blanco del pánico.
Su cuerpo temblaba de una manera que Samuel reconoció inmediatamente. Algo malo había pasado. Samuel detuvo a Centella y esperó. El caballo negro se acercó resoplando, moviéndose nervioso de un lado a otro. Era un Mustang hermoso, bien cuidado. Su silla de montar era diferente a las que usaban los vaqueros.
Tenía diseños que Samuel había visto antes en los campamentos de las tribus nativas. “Tranquilo, amigo”, dijo Samuel con voz suave, extendiendo su mano hacia el animal. Tranquilo. ¿Qué pasó? ¿Dónde está tu dueño? El caballo relinchó como respondiendo a una pregunta que no podía contestar con palabras. Samuel tomó una decisión en ese momento.
Las provisiones podían esperar. Si alguien estaba en problemas en estas montañas, cada minuto contaba. Siguió las huellas del caballo negro en la nieve. eran fáciles de rastrear, profundas y claras contra el blanco inmaculado del suelo. Cabalgó durante 15 minutos subiendo por el sendero que llevaba a las rocas altas.
Era una zona que conocía bien. En verano había visto a mujeres nativas recolectando plantas medicinales por aquí. Entonces la vio, una figura oscura contra la nieve blanca, inmóvil, pequeña. Samuel espoleó a Centella y llegó en segundos. desmontó antes de que el caballo se detuviera completamente. Era una mujer joven, nativa.
Su piel bronceada contrastaba con la palidez antinatural de sus labios. Sus ojos estaban cerrados. Su respiración era apenas visible. “Señorita”, dijo Samuel arrodillándose junto a ella. “¿Puede escucharme?” No hubo respuesta. Samuel la examinó rápidamente. Sus años en las montañas le habían enseñado a reconocer los signos del peligro.
Vio su tobillo derecho hinchado con dos pequeñas marcas rojas, mordedura de serpiente. Su corazón se aceleró. sabía exactamente lo que eso significaba y sabía que no tenía mucho tiempo. Sacó su pañuelo y lo ató firmemente por encima del tobillo herido para frenar el avance del veneno hacia el corazón. Luego buscó en su alforja las hierbas secas que siempre llevaba para emergencias.
Las masticó rápidamente hasta formar una pasta y la presionó sobre la herida, cubriendo los dos pequeños agujeros dejados por los colmillos de la serpiente. Finalmente, rasgó un pedazo de su propia camisa y vendó el tobillo con firmeza, asegurándose de que la cataplasma de hierbas quedara en su lugar. La mujer gimió suavemente.
Sus párpados temblaron. “Está bien”, dijo Samuel. Aunque sabía que ella probablemente no entendía su idioma. Estás a salvo. Voy a ayudarte. Con cuidado la levantó en sus brazos. Era más ligera de lo que esperaba, como un pájaro herido. Su cabeza cayó contra su pecho, su cabello negro como la noche rozando su barbilla.
Por un momento, Samuel se quedó inmóvil. Había algo en el rostro de esta mujer que lo golpeó profundamente. Una belleza salvaje, natural, sin artificios. Incluso al borde de la muerte había una dignidad en sus facciones que lo dejó sin aliento. Sacudió la cabeza. No era momento para pensamientos así. La subió a Centella con cuidado infinito, montando detrás de ella para sostenerla.
El caballo negro lo siguió sin necesidad de guía, como entendiendo que su dueña estaba en buenas manos. Samuel conocía un refugio cerca de aquí, una cabaña abandonada que los cazadores usaban en otoño. Tenía una chimenea, paredes sólidas y, lo más importante, estaba a solo 10 minutos de distancia. Cabalgó tan rápido como se atrevía sin arriesgar una caída.
La mujer en sus brazos temblaba violentamente ahora su cuerpo luchando contra el veneno. “Aguanta”, susurró Samuel. “Solo un poco más, no te rindas.” No sabía si ella podía escucharlo, no sabía si sus palabras significaban algo, pero seguía hablando como si su voz pudiera ser el hilo que la mantuviera conectada a la vida. Llegaron a la cabaña.
Samuel desmontó con la mujer en brazos y pateó la puerta para abrirla. El interior estaba frío y oscuro, pero seco. Había una cama improvisada en una esquina cubierta de pieles viejas. Una chimenea de piedra ocupaba la pared del fondo. Depositó a la mujer sobre las pieles con delicadeza. Ella seguía inconsciente, su respiración débil, pero constante.
Samuel trabajó rápido, encontró leña seca junto a la chimenea y encendió un fuego. Las llamas crecieron, llenando la habitación de luz dorada y calor. Volvió junto a la mujer, tocó su frente, ardía de fiebre. La verdadera batalla comienza ahora, murmuró Samuel para sí mismo. Sabía que las próximas horas serían críticas.
El fuego crepitaba en la chimenea, llenando la pequeña cabaña con un calor reconfortante. Afuera, el sol comenzaba a descender detrás de las montañas, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. Pero Samuel no tenía tiempo para admirar la belleza del atardecer. La mujer en la cama temblaba sin control. Su cuerpo luchaba contra el veneno con toda su fuerza, pero la batalla estaba lejos de terminar.
Samuel había hecho todo lo que sabía hacer. Había limpiado la herida nuevamente, la había vendado con telas limpias que encontró en su alforja y había mantenido el fuego ardiendo constantemente. Ahora solo quedaba esperar. Se sentó en el suelo junto a la cama, observando el rostro de la mujer a la luz de las llamas.
Sus facciones eran hermosas, con pómulos altos y labios que probablemente sonreían con facilidad en tiempos mejores. ¿Quién era ella? ¿Qué hacía sola en las montañas en pleno invierno? Samuel notó la bolsa de cuero que colgaba de su cinturón. Con cuidado, la abrió y encontró raíces y hierbas, plantas medicinales que reconoció de sus propios conocimientos básicos de supervivencia.
Una curandera”, murmuró con respeto. “¿Estabas ayudando a tu gente.” La mujer gimió, su cabeza moviéndose de un lado a otro. Sus labios murmuraban palabras en un idioma que Samuel no entendía completamente, pero cuyo tono reconocía. Estaba llamando a alguien, tal vez a su familia, tal vez a sus ancestros. Samuel tomó un paño, lo mojó con agua de su cantimplora y lo colocó suavemente sobre la frente ardiente de la mujer.
“Tranquila”, susurró. “Estoy aquí, no estás sola.” Las horas pasaron lentamente. La noche cayó sobre las montañas, trayendo consigo un frío más intenso. El viento aullaba afuera, golpeando las paredes de la cabaña como un lobo hambriento buscando entrada. Samuel alimentaba el fuego constantemente, asegurándose de que la temperatura dentro se mantuviera cálida.
Cada vez que las llamas disminuían, añadía más leña. Cada vez que la mujer temblaba más fuerte la cubría con otra capa de pieles. No durmió ni un minuto. Cerca de la medianoche, la fiebre alcanzó su punto máximo. La mujer ardía como si tuviera fuego dentro de sus venas. Su respiración se volvió rápida y superficial.
Su cuerpo brillaba de sudor. Samuel sintió miedo por primera vez. “No te vayas”, dijo tomando su mano entre las suyas. “Has luchado tanto para llegar hasta aquí. No te rindas ahora.” Pasó las siguientes horas hablándole. le contó sobre su vida, sobre las montañas que amaba, sobre las estrellas que brillaban afuera en este momento.
No sabía si ella podía escucharlo, pero necesitaba llenar el silencio con algo más que el crepitar del fuego. Cuando era niño, dijo Samuel, mi madre me contaba historias sobre ángeles guardianes. Decía que todos tenemos uno, alguien que nos cuida desde las sombras. Nunca creí mucho en esas historias. hizo una pausa mirando el rostro de la mujer.
Pero hoy, cuando encontré a tu caballo en el sendero, sentía algo extraño, como si alguien me hubiera guiado hasta ti, como si estuviera destinado a encontrarte. La mujer no respondió, pero Samuel juró que su respiración se volvió un poco más tranquila. Las horas más oscuras llegaron antes del amanecer, el momento en que el cuerpo humano está más débil, cuando la vida y la muerte bailan su danza más íntima.
Samuel no soltó su mano ni un segundo. Finalmente, cuando los primeros rayos del sol comenzaron a filtrarse por las grietas de la puerta, algo cambió. La mujer dejó de temblar. Samuel contuvo la respiración temiendo lo peor, pero entonces vio que su pecho subía y bajaba con un ritmo más normal. Su rostro, antes contraído de dolor, se relajaba lentamente. La fiebre estaba bajando.
Tocó su frente con el dorso de la mano. Todavía estaba caliente, pero no ardiendo como antes. El veneno estaba perdiendo la batalla. Samuel dejó escapar un suspiro largo, liberando toda la tensión que había acumulado durante la noche. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no intentó ocultar. “¿Lo lograste”, susurró? “Sabía que lo lograrías.
” Se permitió cerrar los ojos por un momento, solo un momento. El cansancio de la noche sin dormir finalmente lo alcanzaba. Cuando volvió a abrirlos, el sol entraba completamente por la ventana y dos ojos oscuros como la noche lo miraban directamente. La mujer estaba despierta. Samuel se quedó paralizado. Esos ojos contenían profundidades que no podía comprender.
Miedo, confusión, pero también algo más. Curiosidad quizás o gratitud. Buenos días”, dijo Samuel suavemente, sin hacer movimientos bruscos. “No tengas miedo, estás a salvo.” La mujer intentó hablar, pero su garganta estaba seca. Samuel inmediatamente le acercó su cantimplora. Ella dudó por un momento, mirando alternadamente el agua y el rostro del hombre que se la ofrecía.
Finalmente, la sed ganó. bebió lentamente cada trago devolviendo vida a su cuerpo agotado. Cuando terminó, sus ojos volvieron a encontrar los de Samuel. Y en ese momento, en esa pequeña cabaña perdida en las montañas, dos mundos completamente diferentes se encontraron por primera vez. Ninguno de los dos sabía qué decir, pero ninguno de los dos quería apartar la mirada.
Águila blanca no podía apartar la mirada del hombre que tenía frente a ella. Sus ojos eran azules como el cielo de verano. Su rostro estaba cubierto por una barba de varios días, pero había bondad en sus facciones. Una bondad que ella no esperaba encontrar en alguien como él. un hombre blanco. Su primer instinto fue el miedo.
Toda su vida había escuchado historias sobre los extranjeros que llegaban del este, historias de promesas rotas, de tierras robadas, de un pueblo que no respetaba la naturaleza ni a quienes vivían en armonía con ella. Pero este hombre la había salvado. Águila blanca recordaba fragmentos de la noche anterior, el frío de la nieve bajo su espalda, la oscuridad que la envolvía y luego una voz, una voz cálida que la llamaba desde la distancia, que le pedía que no se rindiera.
Esa voz pertenecía a este hombre. ¿Cómo te sientes?, preguntó Samuel hablando lentamente. Águila Blanca entendía algo de español. Los comerciantes que visitaban su tribu lo hablaban y ella había aprendido palabras básicas a lo largo de los años, pero nunca había tenido una conversación real con alguien que no fuera de su pueblo.
“Dolor”, respondió ella, señalando su tobillo vendado, “pero viva.” Samuel sonrió y esa sonrisa transformó completamente su rostro. De repente no parecía un extraño peligroso, sino simplemente un hombre bueno que estaba feliz de verla mejor. “Sí”, dijo él. “Viva! La serpiente no ganó.” Águila blanca miró a su alrededor observando la pequeña cabaña.
El fuego todavía ardía en la chimenea. Había pieles cubriéndola, manteniéndola caliente y junto a la cama un pequeño charco de agua sucia. se dio cuenta de lo que eso significaba. Este hombre había pasado toda la noche cuidándola, cambiando los paños húmedos de su frente, alimentando el fuego, velando su sueño.
“Gracias”, dijo Águila Blanca. Y aunque su voz era apenas un susurro, las palabras llevaban todo el peso de su gratitud. Samuel inclinó la cabeza. “No tienes que agradecer. cualquiera hubiera hecho lo mismo. Pero Águila Blanca sabía que eso no era cierto. No cualquiera se habría detenido a ayudar a una mujer de su pueblo. No cualquiera habría arriesgado su propio viaje, su propia comodidad por una desconocida.
Este hombre era diferente. Las siguientes horas fueron extrañas y maravillosas. Dos personas de mundos completamente opuestos intentando comunicarse con palabras limitadas, gestos y expresiones. Samuel le ofreció comida de sus provisiones, carne seca y pan duro que Águila Blanca aceptó con hambre. Su cuerpo necesitaba recuperar fuerzas después de la batalla contra el veneno.
Mientras comía, intentaron conversar. Mi nombre”, dijo Samuel señalándose a sí mismo. “Samuel, Samuel”, repitió Águila Blanca probando el sonido en su lengua. Luego se señaló a sí misma: “Águila blanca.” Samuel sonrió nuevamente. Águila blanca. Un nombre hermoso, fuerte. Ella sintió calor en sus mejillas que no tenía nada que ver con la fiebre.
A través de gestos y palabras sueltas, Águila Blanca logró explicar por qué estaba en las montañas. Dibujó en el aire con sus manos, imitando niños pequeños, tocando su frente para indicar fiebre. Niños, dijo, “enfermos, necesitan plantas.” Samuel asintió, comprendiendo, “Eres curandera. Viniste a buscar medicina para tu gente.
” Águila blanca no conocía la palabra curandera. Pero entendió el significado por el tono de respeto en su voz. Sí, mi pueblo me espera. Necesito volver. Vio la preocupación cruzar el rostro de Samuel. Todavía estás débil. El veneno necesita más tiempo para salir completamente de tu cuerpo. Águila blanca negó con la cabeza intentando levantarse, pero sus brazos temblaron y cayó nuevamente sobre las pieles.
Samuel se acercó ayudándola a recostarse. “Por favor”, dijo suavemente. Un día más, solo un día para recuperar fuerzas. Luego te llevaré a tu pueblo yo mismo. Sus ojos se encontraron. Águila blanca buscó en esos ojos azules cualquier señal de engaño, cualquier motivo oculto, pero solo encontró sinceridad y algo más, algo que la asustaba y la atraía al mismo tiempo.
Un día, aceptó finalmente, Samuel asintió claramente aliviado. El resto del día pasó en una paz inesperada. Samuel salió a alimentar a los caballos y buscar más leña. Mientras Águila Blanca descansaba. Cada vez que él entraba a la cabaña, sus ojos se encontraban y algo silencioso pasaba entre ellos. Cuando el sol comenzó a bajar nuevamente, Samuel se sentó junto al fuego y comenzó a tallar un pedazo de madera con su cuchillo.
Águila blanca lo observaba en silencio, fascinada por la delicadeza de sus manos grandes. ¿Qué haces?, preguntó ella. Samuel levantó la pieza mostrándosela. Era el comienzo de una figura pequeña. Un águila dijo para ti, para recordar este día. Águila blanca sintió algo moverse en su pecho, algo que no tenía nombre en ningún idioma.
Esa noche, mientras el fuego crepitaba y el viento cantaba afuera, dos personas de mundos diferentes durmieron bajo el mismo techo, y ninguno de los dos soñó con estar en otro lugar. El amanecer llegó demasiado rápido. Águila blanca despertó sintiéndose más fuerte que el día anterior.
El veneno había perdido su poder sobre ella. Su cuerpo respondía nuevamente a su voluntad, pero su corazón era otra historia. Samuel ya estaba despierto preparando los caballos para el viaje. Águila Blanca lo observó desde la ventana de la cabaña, estudiando cada uno de sus movimientos. Este hombre había aparecido de la nada y le había salvado la vida.
Había velado su sueño durante la noche más oscura. Había cuidado de ella sin pedir nada a cambio. ¿Cómo podía simplemente despedirse de alguien así? Los caballos están listos dijo Samuel entrando a la cabaña. ¿Cómo te sientes? Bien, respondió Águila Blanca. Lista para volver. Pero ninguno de los dos se movió. El aire entre ellos estaba cargado de palabras no dichas, de sentimientos que ninguno sabía cómo expresar en un idioma que el otro pudiera entender completamente.
Samuel fue el primero en romper el silencio. Tengo algo para ti. De su bolsillo sacó la pequeña figura de madera que había estado tallando la noche anterior. Era un águila con las alas extendidas, cada pluma tallada con increíble detalle. para que me recuerdes”, dijo entregándosela. Águila blanca tomó la figura con manos temblorosas.
Era hermosa, la cosa más hermosa que alguien le había regalado jamás. Sintió lágrimas formándose en sus ojos, pero las contuvo. “Nunca olvidaré”, susurró. “Nunca!” Salieron de la cabaña hacia el frío de la mañana. El sol brillaba sobre la nieve, haciendo que todo el paisaje resplandeciera como un mar de diamantes. Samuel ayudó a Águila Blanca a montar a Trueno, su fiel caballo negro, que había corrido a buscar ayuda sin saberlo.
El animal relinchó suavemente, feliz de tener a su dueña de vuelta. Cabalgaron en silencio durante más de una hora, siguiendo senderos que Águila Blanca conocía de memoria. Cada paso los acercaba más a su destino y cada paso hacía más pesado el corazón de ambos. Cuando las tierras de la tribu aparecieron en el horizonte, Águila Blanca levantó la mano para detener la marcha. Hasta aquí, dijo.
Mi pueblo no confía en extraños. Es mejor que no te vean. Samuel asintió, entendiendo perfectamente. Se miraron en silencio. Había tanto que decir, pero ninguna palabra parecía suficiente. Samuel, comenzó águila blanca, pero él la interrumpió. Espera. Desmontó de su caballo y se acercó a ella. De su cuello sacó un cordón de cuero con una pequeña piedra azul. Era de mi madre, explicó.
Me dijo que se la diera a alguien especial. Quiero que la tengas tú. Águila blanca contuvo la respiración mientras él colocaba el collar alrededor de su cuello. Sus dedos rozaron su piel y ese simple contacto envió escalofríos por todo su cuerpo. Entonces ella supo lo que tenía que hacer.
Con movimientos lentos, Águila Blanca se quitó el collar que siempre llevaba, un collar de turquesa y plata que había pertenecido a su abuela y a la madre de su abuela antes que ella. En mi pueblo dijo con voz clara, dar esto significa algo importante. Significa que siempre serás parte de mí, que nuestros caminos están unidos para siempre.
Colocó el collar en las manos de Samuel, cerrando sus dedos alrededor de él. Cuando la primavera llegue, continuó Águila Blanca, mirándolo directamente a los ojos. Vuelve a la montaña donde me encontraste. Estaré esperando. Samuel la miró con una intensidad que la dejó sin aliento. Estaré allí, prometió, aunque tenga que cruzar 1000 tormentas para llegar.
Se miraron por última vez dos personas de mundos diferentes conectadas por algo que ninguno podía explicar, pero ambos podían sentir. Águila blanca giró a trueno hacia su pueblo. Comenzó a alejarse lentamente, resistiendo el impulso de mirar atrás. Pero antes de llegar demasiado lejos, escuchó un aullido en la distancia.
Y luego otro y otro más. Lobos. Una manada completa apareció de entre los árboles, bloqueando el camino hacia el pueblo. Eran al menos siete, flacos y hambrientos por el largo invierno. Sus ojos amarillos brillaban con una determinación mortal. Trueno relinchó de terror, levantándose sobre sus patas traseras.
Águila blanca logró mantenerse en la silla, pero apenas los lobos comenzaron a acercarse, rodeándola lentamente. Entonces escuchó el sonido de cascos detrás de ella. Samuel llegó como un rayo, gritando con toda la fuerza de sus pulmones. En su mano llevaba una rama encendida que había arrancado de algún fuego cercano. Se colocó entre águila blanca y los lobos, agitando la antorcha con movimientos amplios. Atrás! Gritó, fuera de aquí.
” Los lobos dudaron. El fuego era su enemigo más antiguo. Uno de ellos, el más grande, saltó hacia Samuel, pero él lo esquivó y golpeó al animal con la antorcha, haciéndolo retroceder aullando. La batalla fue feroz, pero breve. Samuel no se dio ni un centímetro. protegió a águila blanca con cada fibra de su ser, hasta que finalmente los lobos decidieron que esta presa no valía el riesgo.
La manada desapareció entre los árboles tan rápido como había llegado. Samuel se volvió hacia Águila Blanca, respirando pesadamente. ¿Estás bien? Ella no respondió con palabras. Desmontó de su caballo y caminó hacia él. Y allí, bajo el sol de invierno, hizo algo que ninguna mujer de su tribu había hecho jamás con un extranjero. Tomó su rostro entre sus manos y lo besó suavemente en la mejilla.
“Primavera, susurró, no lo olvides.” Luego montó su caballo y cabalgó hacia su pueblo sin mirar atrás. Samuel se quedó allí inmóvil, tocando su mejilla donde los labios de ella habían estado. Y mientras la veía desaparecer en la distancia, supo con absoluta certeza que contaría cada día hasta que la primavera llegara.
Porque algunas historias no terminan con un adiós, algunas historias apenas comienzan. Yeah.
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