
El sol de la tarde caía sobre los campos de Castilla con esa luz dorada que solo el mes de septiembre puede ofrecer. Los trigales ya habían sido cosechados y la tierra descansaba bajo un cielo limpio donde apenas se dibujaban algunas nubes dispersas.
El camino de tierra que serpenteaba entre los campos estaba seco y polvoriento, marcado por las rodadas profundas de las carretas que transitaban entre el pueblo y las haciendas dispersas por el valle. Catalina Moreno caminaba descalsa por ese sendero, llevando en los brazos un cesto de mimbre lleno de ropa húmeda. Sus pies conocían cada piedra del camino, cada irregularidad del terreno.
A sus años, su rostro mostraba las huellas del cansancio y la preocupación, pero mantenía una dignidad que ni la pobreza había logrado arrebatarle. Su vestido de lino oscuro, remendado en varios lugares, colgaba suelto sobre su figura delgada. El cabello castaño, recogido en una trenza deshecha, dejaba escapar algunos mechones que se pegaban a su frente húmeda por el esfuerzo.
Detrás de ella, intentando seguir su ritmo, caminaban dos pequeñas figuras. Diego y Rosa, sus gemelos de 4 años, vestían ropas que habían sido blancas alguna vez, pero ahora mostraban el color indefinido de la tierra y el desgaste. El niño llevaba un pantalón corto sujeto con un cordel y una camisa demasiado grande que había pertenecido a su padre.
La niña usaba un vestido simple que le llegaba a las rodillas con el dobladillo deilachado. Ambos iban descalzos con las plantas de los pies endurecidas por caminar sobre tierra y piedra. Habían llegado a un claro donde se levantaba una construcción pequeña, apenas una casita de piedra con techo de tejas rojas, algunas de ellas rotas o desplazadas.
Las paredes mostraban grietas. Y el color blanquecino de la cal se había desprendido en varios lugares, dejando ver la piedra desnuda debajo. Era una propiedad abandonada, olvidada en un rincón de la extensa hacienda Aguirre. Una vez había servido como vivienda para un capataz, pero llevaba años sin habitar, dejada al abandono y al deterioro del tiempo.
Para Catalina era un refugio, un lugar donde sus hijos podían dormir bajo techo, protegidos del viento nocturno y de la lluvia que comenzaba a ser más frecuente con la llegada del otoño. Llevaban tres semanas viviendo allí. Tres semanas desde que tomó la decisión más desesperada de su vida, ocupar una propiedad que no le pertenecía.
Dejó el cesto en el suelo y miró el cordel que había atado entre dos árboles, improvisando un tendedero. Las camisas, los pantalones pequeños de Diego, el vestido gastado de rosa y sus propias prendas colgaban al viento secándose bajo el sol de la tarde. Había caminado hasta el arroyo cercano al amanecer, cuando aún no había nadie que pudiera verla, y había lavado cada prenda con sus manos, frotando contra las piedras, usando el último pedazo de jabón que le quedaba.
Diego se acercó a su madre y tiró suavemente de su falda. Madre, tengo hambre. Catalina bajó la mirada hacia su hijo. Los ojos oscuros del niño la miraban con esa confianza absoluta que solo los niños pueden tener. Ella extendió la mano y acarició su cabello despeinado. Lo sé, mi amor. Pronto cenaremos. Rosa se había sentado en el suelo jugando con unas ramitas que formaban pequeños montones.
La niña canturreaba en voz baja una melodía sin palabras que había inventado ella misma. A pesar del hambre, a pesar de la pobreza, los niños mantenían esa capacidad de encontrar momentos de alegría en las cosas más simples. Catalina comenzó a colgar las prendas húmedas en el cordel una por una, estirándolas con cuidado para que se secaran sin arrugas.
Sus manos estaban ásperas, agrietadas por el trabajo y el agua fría. Recordó un tiempo no tan lejano, cuando esas mismas manos eran más suaves, cuando su vida, aunque humilde, tenía una estructura y una seguridad que ahora añoraba con dolor. Había conocido a su esposo, Bernardo Moreno, cuando ella tenía 19 años. Él era un jornalero, un hombre de manos fuertes y risa, fácil que trabajaba en las haciendas del valle durante las temporadas de siembra y cosecha.
No tenían mucho, pero tenían lo suficiente. Una pequeña vivienda alquilada en el pueblo, comida en la mesa, ropa limpia y, sobre todo, tenían amor. Bernardo la había cortejado con timidez, ofreciéndole flores silvestres que recogía en los campos, llevándole agua fresca del pozo cuando ella lavaba ropa en el río.
Se habían casado en la pequeña iglesia del pueblo con el padre Bernardo bendiciendo su unión. No hubo fiesta grande ni vestido elegante, pero Catalina recordaba ese día como el más feliz de su vida. Bernardo le había prometido cuidarla siempre, trabajar duro para darle una vida digna. Y él había cumplido esa promesa día tras día hasta que su cuerpo ya no pudo más.
Los gemelos nacieron al año siguiente del matrimonio, dos bebés pequeños, frágiles, pero fuertes, que llenaron su hogar de ruido y alegría. Bernardo trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer para mantener a su familia. Durante los inviernos, cuando el trabajo escaseaba, hacía reparaciones, ayudaba a los herreros, cargaba sacos en el mercado, lo que fuera necesario para que sus hijos no pasaran hambre.
Pero el invierno pasado había sido especialmente duro. El frío llegó temprano y se quedó más tiempo del habitual. Bernardo enfermó en diciembre, una fiebre que al principio parecía pasajera, pero que nunca lo abandonó del todo. Seguía trabajando, negándose a quedarse en cama, porque sabía que cada día sin trabajo significaba menos comida para sus hijos.
La tos se volvió constante, profunda, dolorosa. Para febrero, apenas podía levantarse. Catalina gastó todo lo que tenían en médicos y medicinas. Vendió sus pocas joyas, unas arracadas de plata que habían pertenecido a su madre, un rosario de cuentas pequeñas. Pidió prestado al tendero, al panadero, a los vecinos, pero nada funcionó.
Bernardo murió en marzo, en una noche fría, aferrando su mano, susurrándole que lo perdonara por dejarla sola. El dolor de esa pérdida aún vivía en su pecho como una piedra pesada, pero no había tiempo para llorar. Los acreedores vinieron una semana después del funeral. Las deudas de las medicinas, del alquiler atrasado, de la comida comprada a crédito, no podía pagarlas.
El dueño de la vivienda les dio dos semanas para desalojar. Catalina intentó encontrar trabajo. Fue de puerta en puerta ofreciéndose para lavar, coser, cocinar, limpiar. Pero era una mujer sola con dos niños pequeños. Nadie quería contratar a alguien que tendría que ausentarse si los niños se enfermaban, que no podría trabajar largas jornadas, que representaba una complicación.
Las pocas ofertas que recibió eran insultantes, salarios miserables, insinuaciones inapropiadas de hombres que veían en su viudez y desesperación una oportunidad. Se negó. Todavía tenía dignidad, todavía tenía principios. Prefería pasar hambre antes que venderse, antes que comprometer su honor o poner a sus hijos en peligro.
Durante dos semanas después del desalojo, durmieron donde pudieron. Una noche en el portal de la iglesia, otra bajo los árboles en las afueras del pueblo, otra en un granero abandonado. Diego y Rosa no se quejaban mucho, pero Catalina veía el miedo en sus ojos. Sentía como se aferraban a ella durante la noche temblando de frío.
Fue entonces cuando recordó la casita abandonada. Años atrás, cuando Bernardo trabajaba en la hacienda Aguirre durante la temporada de cosecha, ella le había llevado comida al mediodía y había visto esa construcción pequeña en los límites de la propiedad. Bernardo le había contado que había pertenecido a un capataz que murió sin familia.
y que el asendado nunca se había molestado en hacer nada con ella. Estaba demasiado lejos de la casa principal, demasiado deteriorada para merecer atención. La desesperación venció al miedo. Una noche, cuando la oscuridad cubría el valle, Catalina cargó a sus hijos y caminó los 5 km que separaban el pueblo de la hacienda.
encontró la casita tal como la recordaba, vacía, descuidada, pero con paredes sólidas y un techo que, aunque imperfecto, ofrecía protección. Se instalaron allí. No era mucho. Una sola habitación con suelo de tierra apisonada, una chimenea de piedra cuyo tiro apenas funcionaba, una ventana sin cristal cubierta con un postigo de madera que colgaba de una sola bisagra, pero era un techo, era refugio.
Durante las primeras noches, Catalina apenas durmió esperando que alguien viniera a expulsarlos, pero nadie apareció. Pilos, Hacienda era extensa y esta propiedad estaba en un rincón olvidado, lejos de los caminos principales. Poco a poco comenzó a creer que tal vez, solo tal vez, podrían quedarse allí sin ser descubiertos.
Estableció una rutina. Se levantaba antes del amanecer, cuando aún estaba oscuro, y caminaba hasta el arroyo que corría por el límite de la propiedad. Allí lavaba la ropa, llenaba una cantimplora de cuero con agua fresca para el día, recogía leña seca de los árboles caídos, buscaba vallas, silvestres en los arbustos, cababa en busca de raíces comestibles.
Los niños la ayudaban como podían, recogiendo ramitas pequeñas para el fuego, señalando dónde había visto frutas maduras. La comida era escasa. Algunas veces conseguía un trozo de pan duro que le daba una mujer caritativa del pueblo cuando iba a mendigar discretamente. Otras veces hacía una sopa aguada con las verduras que crecían silvestres en los campos. Los niños habían adelgazado.
Sus rostros mostraban los pómulos más prominentes. Pero Catalina se aseguraba de que ellos comieran primero siempre. Ella podía soportar el hambre, ellos no. Colgó la última prenda en el cordel y miró el cielo. El sol comenzaba a descender hacia el horizonte, tiñiendo las nubes de tonos naranjas y rosados. Pronto oscurecería.
Necesitaba encender el fuego, preparar algo para la cena, aunque fuera solo una papilla de harina de bellota, que había molido laboriosamente entre dos piedras. Vamos adentro, niños”, dijo con suavidad. “Hace frío.” Diego se levantó de inmediato, pero Rosa seguía concentrada en sus ramitas. Catalina se acercó y la levantó en brazos.
La niña era ligera, demasiado ligera. Sus bracitos se enrollaron alrededor del cuello de su madre y Rosa apoyó la cabeza en su hombro. “¿Padre, ¿va a volver?”, preguntó la niña con esa voz pequeña que partía el corazón de Catalina cada vez que la escuchaba. Era una pregunta que Rosa hacía a menudo. Diego parecía entender mejor, o al menos no preguntaba, pero Rosa, con su mente de 4 años todavía esperaba ver aparecer a su padre por el camino, cargando el saco de herramientas, sonriendo.
“Padre, está con Dios, mi amor”, respondió Catalina. acariciando la espalda de su hija. Nos cuida desde el cielo. Nos ve ahora. Sí, mi niña, nos ve siempre. Entraron en la casita. La luz del atardecer se filtraba por la ventana sin cristal, creando un rectángulo dorado en el suelo de tierra. No tenían muebles.
Dormían sobre un montón de paja que Catalina había recogido de un campo cercano, cubriéndose con sus propios vestidos y una manta vieja que había encontrado en un rincón de la casita, roída por los ratones, pero aún útil. En una esquina había una olla de barro, dos cuencos despotillados y una cuchara de madera. Era todo lo que poseían.
Catalina dejó a Rosa en el suelo y se arrodilló frente a la chimenea. Había dejado preparada la leña seca y ahora acomodó las ramas más pequeñas en la base, creando una estructura que permitiera que el aire circulara. Sacó de Bimenosim, su bolsillo, un pedernal y un trozo de acero que había encontrado en el camino semanas atrás.
Con movimientos practicados, golpeó el acero contra el pedernal, haciendo saltar chispas sobre un montoncito de hierba seca que había preparado. Le tomó varios intentos, pero finalmente una chispa prendió. Sopló suavemente, alimentando la pequeña llama hasta que comenzó a extenderse. Añadió más hierba, luego ramitas, luego trozos de leña más grandes.
El fuego creció iluminando el interior de la casita con su luz danzante. Diego se sentó cerca del fuego, estirando sus manos pequeñas hacia el calor. Rosa se unió a él. Catalina los observó por un momento, sintiendo ese amor feroz que solo una madre puede sentir. Haría cualquier cosa por ellos, lo que fuera necesario. Incluso vivir como una intrusa, como una ladrona, ocupando una propiedad que no le pertenecía.
Salió de nuevo para buscar agua. Había llenado la cantimplora en el arroyo por la mañana, pero necesitaba más para cocinar. Caminó en la venumbra creciente, siguiendo el sendero que ya conocía de memoria. El arroyo fluía con un murmullo constante entre las piedras, se arrodilló en la orilla y sumergió la cantimplora, viendo cómo las burbujas subían mientras el agua entraba.
El sonido de cascos de caballo la sobresaltó. se quedó inmóvil, agachada junto al arroyo, con el corazón latiendo violentamente. El sonido venía del camino principal, el que llevaba a la casa señorial de la hacienda. No era inusual que hubiera movimiento durante el día, trabajadores yendo y viniendo, pero a esta hora con el sol casi puesto era raro.
Esperó conteniendo la respiración. Los cascos se detuvieron en algún lugar no muy lejano. Escuchó voces masculinas, palabras que no pudo distinguir. Luego silencio. Con cuidado, Catalina terminó de llenar la cantimplora y se levantó lentamente. Miró hacia donde venía el sonido, pero los árboles bloqueaban su vista.
Tal vez era solo un trabajador regresando tarde. O tal vez el miedo le apretó el estómago. Y si alguien había visto el humo de su chimenea, y si habían notado la ropa tendida, y si venían a investigar, caminó de regreso a la casita lo más rápido que pudo sin correr. Al llegar, cerró el postigo de la ventana, bloqueando la luz del fuego para que no se viera desde afuera.
Los niños la miraron con ojos grandes. ¿Qué pasa, madre?, preguntó Diego. Nada, mi amor, solo hace frío. Mintió forzando una sonrisa. Vamos a cenar. preparó la papilla de bellota, mezclándola con agua en la olla y calentándola sobre el fuego. El resultado era una pasta espesa y amarga, pero llenaba el estómago.
Sirvió a los niños primero, dándoles la mayor parte. Ellos comieron sin quejarse, acostumbrados ya a la comida pobre. Catalina apenas probó bocado. El miedo había reemplazado al hambre. se quedó despierta después de que los niños se durmieron acurrucados en la paja, cubiertos con la manta. El fuego se fue reduciendo a brasas.
En la oscuridad escuchaba cada sonido del exterior, el viento en los árboles, el ulular lejano de un búo, el crujir de las ramas. Pero nadie vino esa noche. Al amanecer, Catalina salió de la casita con cuidado. La luz gris del alba apenas iluminaba el valle. Miró hacia el camino principal, hacia donde había escuchado los cascos la noche anterior. No vio nada inusual.
Tal vez había sido su imaginación amplificada por el miedo y la culpa de saber que estaba viviendo donde no debía. Los días siguientes transcurrieron como los anteriores. Catalina mantenía su rutina siempre alerta, siempre cautelosa. Salía al arroyo antes del amanecer, cuando la niebla todavía cubría los campos.
Recogía leña en los lugares más escondidos del bosque. Evitaba acercarse a los caminos principales o a cualquier lugar donde pudiera encontrarse con los trabajadores de la hacienda. Una semana después de aquella noche en que escuchó los cascos, Catalina estaba tendiendo ropa de nuevo. Era media mañana y el sol brillaba con fuerza.
Diego y Rosa jugaban cerca, construyendo una casita con piedras pequeñas y ramitas. La niña reía mientras su hermano intentaba hacer que una rama se mantuviera de pie. Catalina colgaba una de las camisas pequeñas de Diego cuando escuchó pasos, no pasos de caballo, pasos humanos, botas sobre tierra. Se volvió bruscamente.
Un hombre caminaba hacia ella por el sendero que venía desde el camino principal. Era alto, de constitución fuerte, vestido con ropa de calidad, que contrastaba marcadamente con el entorno rural. Llevaba un abrigo oscuro de paño fino, pantalones de montar y botas de cuero pulido que llegaban hasta las rodillas.
En su mano llevaba un maletín de cuero marrón. Su rostro era serio, de facciones marcadas, con una barba corta y bien cuidada. Tendría unos 35 años, tal vez menos. Sus ojos, de un color castaño oscuro, la observaban con una mezcla de sorpresa y algo que ella no pudo identificar. Era, sin lugar a dudas, un hombre de posición, un aristócrata.
El corazón de Catalina se detuvo. Los niños dejaron de jugar sintiendo la tensión en el aire. Rosa corrió hacia su madre y se aferró a su falda. Diego se quedó donde estaba, mirando al extraño con desconfianza. El hombre se detuvo a unos metros de distancia. Su mirada recorrió la escena. La casita deteriorada, la ropa tendida, los niños con ropa remendada, Catalina con su vestido gastado y sus pies descalzos.
Cuando habló, su voz era profunda, educada, pero había una frialdad en ella. ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? Muchas gracias por escuchar hasta aquí. Si sigues con nosotros, comenta la palabra corazón para saber que llegaste a este punto del relato. Catalina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Este era el momento que había temido desde que llegó a la casita.
El momento en que sería descubierta, expulsada, tal vez incluso arrestada por invasión de propiedad. tragó saliva intentando encontrar su voz. Yo, señor, yo puedo explicar. Le he hecho una pregunta, la interrumpió el hombre sin levantar la voz, pero con un tono que no admitía evasivas. ¿Quién es usted y qué hace en esta propiedad? Catalina apretó a Rosa contra ella.
La niña comenzó a sollozárquedamente. Diego caminó hacia su madre. y tomó su mano libre. “Mi nombre es Catalina Moreno, señor”, dijo manteniendo la mirada baja como correspondía a alguien de su clase al dirigirse a un noble. “¿Soy?” Era la esposa de Bernardo Moreno que trabajó en estas tierras durante las cosechas.
Era murió, señor, hace 6 meses. El hombre no respondió de inmediato. Catalina se atrevió a levantar la mirada brevemente. Él seguía observándola. Su expresión inescrutable. Eso no explica qué hace aquí en esta casita, tendiendo ropa como si esta fuera su propiedad. Las lágrimas comenzaron a quemar los ojos de Catalina.
La vergüenza la consumía, pero detrás de la vergüenza estaba el miedo. Miedo por sus hijos, por lo que les pasaría si los echaban de allí. No tenemos otro lugar, señor, dijo, y su voz se quebró. Perdimos nuestra vivienda. No tengo familia, no tengo dinero. Estos niños necesitan un techo. Encontré esta casita abandonada y pensé que nadie pensó que nadie se daría cuenta. Terminó él por ella.
Pensó que podría vivir aquí sin pagar, sin permiso, simplemente porque lo necesita. No era una pregunta, era una afirmación y en ella había un juicio implícito. Lo siento, Señor, susurró Catalina. Lo siento mucho. Si nos da un día, nos iremos. Solo, solo déjenos esta noche más, por favor. Los niños. ¿Sabe quién soy yo? La interrumpió el hombre.
Catalina negó con la cabeza, aunque una terrible sospecha comenzaba a formarse en su mente. Soy don Fernando Aguirre. Esta es mi hacienda, esta casita, este terreno, todo lo que puede ver desde aquí hasta el horizonte me pertenece. El mundo se derrumbó alrededor de Catalina. No era simplemente un administrador o un capataz.
Era el ascendado mismo, el dueño de todo, el hombre más poderoso del valle. Sus rodillas se dieron y cayó al suelo, todavía aferrando a sus hijos. “Perdóneme, don Fernando,” suplicó, y ahora las lágrimas corrían libremente por sus mejillas. Perdóneme, por favor, no sabía qué más hacer. Mis hijos tienen hambre, tienen frío, no tenemos a nadie.
Solo necesitábamos un lugar donde dormir, donde estar seguros. No hemos dañado nada, se lo juro. Hemos cuidado la propiedad, he limpiado, he Levántese, dijo él. Y había algo en su tono que la hizo obedecer automáticamente. Catalina se puso de pie, tambaleándose un y poco. Rosa lloraba abiertamente ahora.
aferrándose a las piernas de su madre. Diego mantenía la mandíbula apretada intentando ser valiente, pero sus ojos también brillaban con lágrimas contenidas. Don Fernando los observó en silencio por un momento que pareció eterno. Su rostro no mostraba compasión, pero tampoco crueldad. Era la expresión de un hombre acostumbrado a tomar decisiones difíciles, a mantener el orden en sus tierras.
¿Cuánto tiempo llevan aquí? Preguntó finalmente. Tres semanas, señor, y en todo ese tiempo nadie los ha visto. He tenido mucho cuidado, señor. Salgo solo al amanecer antes de que haya trabajadores cerca. Me mantengo alejada de los caminos principales. No he robado nada, se lo juro. Solo solo estamos aquí. Don Fernando miró la ropa tendida, la casita, el pequeño huerto de hierbas silvestres que Catalina había comenzado a cultivar en un rincón.
Luego miró a los niños de nuevo. Su expresión se suavizó casi imperceptiblemente. ¿Han comido hoy? La pregunta tomó a Catalina por sorpresa. Yo, sí, señor, un poco. No le he preguntado si han comido un poco. Le he preguntado si han comido. Catalina bajó la mirada de nuevo, la vergüenza quemándola por dentro. Hay comida, señor. No mucha, pero hay.
Eso no es una respuesta. El silencio se extendió entre ellos. Don Fernando suspiró. un sonido que podría haber sido de frustración o de cansancio. Dejó el maletín en el suelo y se quitó el abrigo, doblándolo cuidadosamente sobre su brazo. “No voy a expulsarlos hoy”, dijo finalmente, “Pero esto no puede continuar así.
¿Entiende eso?” Catalina asintió con la cabeza, sin atreverse a hablar, sin atreverse a creer lo que estaba escuchando. Mañana enviaré a alguien con provisiones, pan, queso, algo de carne. Los niños no pueden vivir de raíces y hierbas. Señor, yo no puedo no puedo pagar. No le he pedido que pague, la interrumpió él, pero tampoco voy a permitir que viva aquí como una intrusa.
Necesito pensar en qué hacer con esta situación. Hasta entonces, quédese aquí. No se acerque a la casa principal. No hable con nadie. ¿Queda claro? Sí, señor. Gracias, Señor. Gracias. Don Fernando levantó una mano deteniéndola. No me agradezca todavía. No he tomado ninguna decisión, recogió su maletín y se volvió para marcharse.
Dio varios pasos antes de detenerse y mirar hacia atrás. ¿Cómo se llaman los niños? Diego y Rosa, señor. Él asintió lentamente como registrando la información. Luego continuó caminando, su figura alta y recta desapareciendo por el sendero. Catalina se quedó de pie temblando, sin poder creer completamente lo que acababa de suceder.
No los había expulsado, no había llamado a la guardia, había prometido enviar comida. Se dejó caer de rodillas y abrazó a sus hijos con fuerza, soylozando de alivio y miedo mezclados. Diego le acarició el cabello torpemente. No llores, madre. El señor no era malo. No, mi amor, susurró ella, no lo era. Pero Catalina sabía que esto era solo un respiro temporal.
Don Fernando había sido claro. Necesitaba pensar en qué hacer. Eso significaba que su tiempo allí estaba contado. Significaba que pronto tendría que enfrentar la realidad de nuevo. No tenían ningún lugar a donde ir. Esa noche, Catalina apenas durmió. Su mente giraba constantemente, reviviendo cada momento del encuentro. La expresión de don Fernando cuando miró a los niños, la pregunta sobre si habían comido, la promesa de enviar provisiones, ¿por qué había hecho eso? Los hombres de su posición no solían preocuparse por las viudas pobres y sus hijos. Tenían
mayordomos y administradores para lidiar con esos asuntos. Sin embargo, don Fernando había venido personalmente, había hablado con ella directamente, había tomado decisiones en el momento. Al día siguiente, como había prometido, llegó un hombre mayor montado en un burro. Era el encargado de los establos, un hombre de rostro curtido y expresión amable.
Traía un saco de arpillera lleno de provisiones, dos hogazas de pan, a fresco, un trozo grande de queso, carne seca, manzanas e incluso una pequeña bolsa de harina. “De parte de don Fernando”, dijo simplemente dejando el saco en el suelo. Catalina apenas pudo balbucear su agradecimiento. El hombre asintió y se marchó sin hacer preguntas ni comentarios.
Esa noche, Diego y Rosa comieron hasta llenarse por primera vez en semanas. Catalina los observó devorar el pan y el queso con una mezcla de alegría y tristeza. Era maravilloso verlos comer, ver el color volver a sus mejillas, pero al mismo tiempo sabía que esto no duraría. Era caridad, bondad temporal, no era una solución.
Dos días después, don Fernando volvió. Era temprano por la mañana. Catalina estaba barriendo el exterior de la casita con una escoba improvisada de ramitas atadas cuando lo vio acercarse. Esta vez venía solo, sin el maletín, vestido de manera más simple, aunque aún claramente de calidad. Los niños estaban dentro comiendo el desayuno.
Catalina dejó la escoba y se alizó el vestido nerviosamente esperando. Don Fernando se detuvo frente a ella. A la luz del día, Catalina pudo observarlo mejor. Era un hombre guapo, de rasgos fuertes y expresión seria. Había líneas alrededor de sus ojos que hablaban de cansancio o preocupación. Sus manos eran grandes, con callos que indicaban que no era un aristócrata que se limitaba a dar órdenes desde lejos, sino alguien que también trabajaba.
Buenos días, Catalina”, dijo, “y uso de su nombre de pila sin título fue sorprendente. Buenos días, don Fernando.” Él miró alrededor, notando las pequeñas mejoras que ella había hecho. Había despejado las malas hierbas alrededor de la casita. Había reparado el postigo de la ventana con un trozo de cuerda.
Había creado un pequeño jardín con las plantas que había encontrado. Ha estado ocupada, observó. Intento mantener todo limpio, señor. No quiero ser una carga. Don Fernando asintió lentamente. Luego, para sorpresa de Catalina, se sentó en una piedra grande que había cerca de la entrada, gesticulándole que se sentara también.
Ella obedeció, manteniendo una distancia respetuosa, sentándose en el suelo con las piernas dobladas bajo ella. “He estado pensando en su situación”, comenzó don Fernando, “y llegado a una conclusión. El corazón de Catalina se aceleró. Este era el momento. Él les diría que tenían que irse. No puedo permitir que viva aquí como intrusa.” Continuó él.
Eso crearía un precedente peligroso. Si otros se enteran de que permito que alguien ocupe mis propiedades, sin consecuencias. Pronto tendría a media docena de familias haciendo lo mismo. Catalina asintió sintiendo que las lágrimas amenazaban de nuevo. Pero dijo don Fernando, y esa palabra hizo que ella levantara la mirada bruscamente.
Tampoco puedo en conciencia echar a una madre viuda con dos niños pequeños sin darles ninguna alternativa. Señor, yo déjeme terminar, dijo él, pero no con dureza. He pensado en una solución que podría beneficiarnos a ambos. Necesito alguien que se encargue de la limpieza y el mantenimiento de la casa principal.
Mi ama de llaves anterior se marchó hace dos meses para cuidar a su madre enferma y no he encontrado un reemplazo adecuado. Catalina lo miraba sin atreverse a creer lo que estaba escuchando. “Le ofrezco un empleo”, continuó don Fernando. “Trabajará en la casa principal. limpieza, lavandería, ayuda en la cocina cuando sea necesario. A cambio, recibirá un salario mensual y podrá quedarse en esta casita.
La repararemos adecuadamente, arreglaremos el techo, pondremos un cristal en la ventana, traeremos muebles básicos. Los niños tendrán comida regular y ropa adecuada. El corazón de Catalina latía tan fuerte que pensó que él podría escucharlo. ¿Por qué? Susurró. ¿Por qué haría esto por nosotros? Don Fernando la miró durante un largo momento antes de responder.
“Porque también he conocido la pérdida”, dijo finalmente, “y algo en su voz, un dolor antiguo, porque sé lo que es sentirse completamente solo y porque esos niños no tienen e culpa de las circunstancias en las que nacieron.” Se puso de pie indicando que la conversación había terminado. “Puede comenzar mañana.
Venga a la casa principal al amanecer le mostraré sus responsabilidades. Acepta. Catalina se levantó también las lágrimas corriendo libremente ahora, pero estas eran lágrimas de alivio, de gratitud abrumadora. Sí, señor. Sí. Gracias. Gracias, don Fernando. No sabe lo que esto significa. Entonces está decidido”, la interrumpió él claramente incómodo con su emoción.
“Enviaré a algunos hombres esta tarde para comenzar las reparaciones de la casita.” Se marchó con la misma rapidez con la que había llegado, dejando a Catalina de pie, temblando, incapaz de procesar completamente lo que acababa de suceder. Esa noche, mientras los niños dormían, Catalina se quedó despierta mirando el techo agujereado, pensando en el giro imposible que había dado su vida.
Dos semanas atrás estaba desesperada, sin esperanza, viviendo día a día sin saber cómo alimentaría sus hijos al siguiente. Ahora tenía un empleo, tenía un hogar, tenía una oportunidad y todo gracias a un hombre que tenía todas las razones para expulsarlos y ninguna obligación de ayudarlos. Don Fernando Aguirre era un enigma, un aristócrata con poder absoluto en el valle.
pero que había mostrado compasión cuando podría fácilmente haber mostrado crueldad. Un hombre cuyas palabras eran pocas, pero cuyas acciones hablaban de un carácter que Catalina no había esperado encontrar. Mientras se quedaba dormida, permitiéndose sentir esperanza por primera vez en meses, Catalina no podía imaginar como este encuentro cambiaría su vida de maneras que nunca habría soñado posibles.
La mañana siguiente llegó fría y clara. Catalina se levantó antes del amanecer, como era su costumbre, pero esta vez con un propósito diferente. Se lavó lo mejor que pudo con el agua fría del arroyo. Se peinó el cabello con cuidado, trenzándolo firmemente. Se puso su único otro vestido, uno que había guardado para ocasiones especiales, que aunque viejo estaba remendado que el que usaba a diario.
era de un color azul oscuro que alguna vez había sido brillante. Despertó a los niños y les dio de comer pan con queso de las provisiones que don Fernando había enviado. Les explicó que debían quedarse en la casita, jugar cerca, pero no alejarse, y que ella volvería al mediodía para ver cómo estaban. Diego, maduro para sus 4 años, asintió seriamente.
Cuidaré de Rosa, madre. Catalina besó la frente de ambos luchando contra la ansiedad de dejarlos solos, pero no tenía opción. Este trabajo era su salvación. Caminó por el sendero hacia la casa principal mientras el sol comenzaba a asomar sobre las colinas. La hacienda Aguirre era impresionante.
Una cazona de dos plantas con paredes blancas y techo de tejas rojas, rodeada de jardines bien cuidados. Había establos a un lado, graneros al otro y varias construcciones más pequeñas que probablemente albergaban a los trabajadores permanentes. Al acercarse, vio a varios hombres ya trabajando en los campos distantes y el humo subía de la chimenea de la cocina.
El olor del pan recién horneado flotaba en el aire, haciendo que su estómago gruñera a pesar de haber comido. No sabía dónde debía presentarse, así que se dirigió a lo que parecía ser la entrada de servicio, una puerta lateral cerca de la cocina. Antes de que pudiera tocar, la puerta se abrió. Una mujer mayor, robusta, con el cabello gris recogido bajo un pañuelo blanco, la miró de arriba a abajo con ojos evaluadores.
“Tú debes ser la nueva”, dijo sin preámbulos. “Soy Josefa, la cocinera. Don Fernando me dijo que vendrías.” “Buenos días, señora. Soy Catalina Moreno.” “Ya lo sé”, respondió Josefa, haciéndose a un lado para dejarla entrar. “Entra, te mostraré la casa. El interior era más lujoso de lo que Catalina había visto en su vida.
Los pisos eran de baldosas de barro pulidas hasta brillar. Las paredes estaban pintadas en colores suaves y decoradas con tapices y pinturas. Los muebles eran de madera oscura, tallados con detalles elaborados. Había candelabros de hierro forjado colgando del techo y las ventanas tenían cortinas de tela pesada. Josefa la guió a través de las habitaciones, explicándole sus responsabilidades.
Debía limpiar los pisos diariamente, sacudir los muebles, lavar las ventanas una vez por semana. La ropa de cama debía cambiarse cada tres días. La ropa de don Fernando debía lavarse y plancharse con cuidado. También ayudaría en la cocina cuando fuera necesario y serviría las comidas. Don Fernando es un hombre de rutina”, explicó Josefa mientras subían las escaleras hacia el segundo piso.
Desayuna a las 7, almuerza a la 1, cena a las 8. No le gustan las sorpresas ni los retrasos. Es justo pero exigente. ¿Entendido? Sí, señora. En el segundo piso había varias habitaciones. Josefa le mostró las habitaciones de huéspedes, todas perfectamente ordenadas, pero claramente sin uso reciente. Al final del pasillo había una puerta más grande.
“Esta es la habitación de don Fernando”, dijo Josefa bajando la voz. “Solo entras aquí cuando él no está para limpiar y cambiar las sábanas. Nunca toques sus papeles o documentos. Nunca muevas nada de su escritorio. Claro, clarísimo, señora. Había otra puerta en el pasillo, está cerrada con llave. Esa habitación no se abre, dijo Josefa, y había algo en su tono que advirtió a Catalina no hacer preguntas.
Nadie entra ahí nunca. Catalina asintió sintiendo curiosidad, pero sabiendo que no era su lugar indagar. Bajaron de nuevo a la planta principal. Josefa le mostró dónde se guardaban los utensilios de limpieza, escobas, trapos, cubos, jabón. Le entregó un delantal blanco limpio. Ponte esto siempre que trabajes en la casa.
Mantente limpia y presentable. Don Fernando valora el orden. Durante las siguientes horas, Catalina trabajó sin descanso. Comenzó limpiando el gran salón, barriendo el piso, sacudiendo los muebles, puliendo las superficies de madera. Sus manos, ásperas por meses, de trabajo duro, manejaban los trapos con eficiencia. Era trabajo físico, pero no más duro que lavar ropa en el arroyo o recoger leña en el bosque.
Al mediodía, Josefa le dio permiso para volver a la casita a ver a los niños. Catalina corrió por el sendero. Ansiosa, encontró a Diego y Rosa jugando afuera, haciendo dibujos en la tierra con palos. “Madre!”, gritó Rosa corriendo hacia ella. Catalina las abrazó verificando que estuvieran bien. Les dio más pan y queso, les aseguró que todo estaba yendo bien y luego tuvo que regresar.
La tarde pasó de manera similar. Lavó ropa, ayudó en la cocina pelando verduras para la cena, limpió más habitaciones. No vio a don Fernando en todo el día. Según Josefa, él había salido temprano para revisar los campos y no regresaría hasta la noche. Al atardecer, Catalina finalmente terminó sus tareas.
Josefa le entregó un paquete envuelto en tela. Sobras de la cena para los niños. Gracias, señora Josefa. La cocinera la miró con una expresión más. Es suave. Sé lo que es criar niños sola. dijo, “Mi esposo murió hace 20 años. Fue difícil, pero sobrevivimos. Tú también sobrevivirás.” Catalina sintió un nudo en la garganta ante la inesperada bondad.
“Lo intentaré, señora.” Caminó de regreso a la casita con el paquete de comida y el corazón más ligero de lo que había estado en mucho tiempo. Encontró a los niños cansados, pero contentos. Le sirvió la cena un guiso rico con carne y verduras que Josefa había preparado y los vio comer con apetito. Mientras los preparaba para dormir, escuchó ruidos afuera, se asomó por la ventana y vio a varios hombres trabajando en el techo de la casita, incluso con la luz menguante.
Estaban reemplazando las tejas rotas, asegurando las que estaban sueltas. Durante los días siguientes, los trabajadores continuaron las reparaciones, arreglaron el techo completamente, instalaron un cristal en la ventana, trajeron muebles, una cama real con colchón de paja fresca, una mesa pequeña con dos bancos, un armario para guardar ropa, incluso añadieron una repisa en la pared y colgaron ganchos para la ropa.
La casita se transformó de un refugio destartalado en un hogar modesto pero digno. Catalina estableció una rutina. Cada mañana se levantaba antes del amanecer, preparaba a los niños, les dejaba comida y caminaba a la casa principal. Trabajaba hasta el mediodía. Volvía para ver a los niños y darles el almuerzo. Regresaba para trabajar hasta la tarde.
Las noches las pasaba con Diego y Rosa, jugando, contándoles historias, disfrutando de la seguridad de tener un techo sobre sus cabezas y comida en sus estómagos. Pasaron dos semanas antes de que tuviera otra conversación real con don Fernando. Era una tarde cuando él entró en la biblioteca mientras ella estaba limpiando el polvo de los libros en los estantes altos.
Catalina no lo escuchó entrar y se sobresaltó cuando él habló. ¿Cómo va todo, Catalina? Ella se volvió rápidamente, casi dejando caer el libro que tenía en las manos. Don Fernando, disculpe, no lo escuché. Está bien. Le he preguntado cómo va todo. Bien, señor. Muy bien. Gracias por las reparaciones en la casita.
Los niños están muy contentos. Él asintió caminando hacia su escritorio, se sentó en la silla y comenzó a revisar unos papeles. Josefa me dice que trabaja usted duro. Eso es bueno. Intento hacer mi mejor esfuerzo, señor. Don Fernando la miró por un momento estudiándola. Los niños están bien, ¿necesitan algo? La pregunta la sorprendió.
No esperaba que él se preocupara por esos detalles. Están bien, señor, más que bien. Tienen comida, abrigo. Están felices. Bien, dijo él, volviendo su atención a los papeles. Puede continuar con su trabajo. Era una clara dismisal. Catalina hizo una reverencia pequeña y se volvió para seguir limpiando, pero la curiosidad la venció.
Don Fernando, si me permite preguntar. Él levantó la mirada, una ceja arqueada. ¿Por qué ha sido tan bondadoso con nosotros? No tenía ninguna obligación. No, la interrumpió. Él no tenía obligación, pero tenía la capacidad de ayudar. Eso debería ser suficiente razón. Catalina asintió, sintiéndose reprendida, pero también conmovida.
Gracias, señor, de verdad. Don Fernando no respondió, simplemente volvió a sus papeles dando por terminada la conversación. Pero en los días que siguieron, Catalina comenzó a notar cosas sobre su empleador, pequeños detalles que revelaban un carácter más complejo de lo que su fachada seria sugería. Notó cómo trataba a los trabajadores con respeto, preguntándoles por sus familias, pagándoles justamente cómo revisaba personalmente los campos, trabajando junto a los jornaleros cuando era necesario. Cómo cada domingo llevaba
provisiones al pueblo para las familias más necesitadas. También notó su soledad. La casa grande y hermosa estaba esencialmente vacía. Excepto por él y el personal. No recibía visitas, no había fiestas ni reuniones. Por las noches, después de cenar solo en el Gran Comedor, se retiraba a la biblioteca donde leía hasta tarde.
Un día, mientras limpiaba el salón principal, Catalina vio un retrato en la pared que no había notado antes. Era de una mujer joven, hermosa, con cabello oscuro, recogido en un peinado elaborado y un vestido elegante. Sus ojos miraban directamente al observador con una expresión serena. Era mi esposa. Catalina saltó asustada.
No había escuchado a don Fernando entrar. Lo siento, señor, no debería estar. Está bien, dijo él acercándose al retrato. Se llamaba Victoria. Murió hace 3 años. Había tanto dolor en su voz que Catalina sintió su propio corazón encogerse. Lo siento mucho, don Fernando. Él no apartó la mirada del retrato. Estaba embarazada. Iban a ser gemelos.
Hubo complicaciones durante el parto. Perdimos a los tres bebés y a ella en cuestión de horas. Catalina no sabía qué decir. No había palabras que pudieran consolar ese tipo de pérdida. Por eso continuó don Fernando finalmente mirándola cuando vi a sus hijos. Cuando usted me contó que era viuda, no pude simplemente expulsarlos, no pude ser esa clase de hombre.
Usted es un buen hombre, señor. Él negó con la cabeza lentamente. No, solo soy un hombre que ha conocido el dolor y que no desea causarlo innecesariamente a otros. Se volvió para marcharse, pero se detuvo en la puerta. Esa habitación cerrada en el segundo piso dijo sin mirarla. Era el cuarto de los niños, la nursery que preparamos para los bebés.
No he podido entrar allí desde entonces. Luego se fue, dejando a Catalina de pie con lágrimas en los ojos, entendiendo finalmente el peso que don Fernando llevaba sobre sus hombros. Esa noche, mientras acostaba a Diego y Rosa, los abrazó un poco más fuerte. Les agradeció silenciosamente por estar vivos, por estar con ella.
Y pensó en don Fernando, solo en esa casa grande, rodeado de recuerdos de lo que pudo haber sido. Las semanas se convirtieron en meses. El otoño dio paso al invierno. Los campos se volvieron grises y el aire se llenó de frío. Pero dentro de la casita renovada, con su chimenea funcionando correctamente y mantas gruesas en la cama, Catalina y sus hijos estaban calientes y seguros.
Diego y Rosa comenzaron a explorar más allá de la casita, siempre bajo la vigilancia de su madre. Jugaban cerca de los establos, donde los caballos les fascinaban. El encargado, el mismo hombre mayor que había traído las primeras provisiones, era paciente con ellos, dejándoles acariciar a los animales bajo supervisión.
Una tarde, Catalina salió de la casa principal y encontró una escena que la hizo detenerse. Don Fernando estaba agachado cerca del establo, mostrándole a Diego cómo se pillara un caballo. Rosa estaba parada cerca, observando con ojos grandes. Sí, decía don Fernando guiando la mano pequeña de Diego. Con suavidad, pero firmeza, el caballo disfruta esto.
Diego estaba concentrado, siguiendo las instrucciones con seriedad. Don Fernando era paciente, su voz suave, muy diferente del tono formal que usaba habitualmente. Catalina se acercó despacio, no queriendo interrumpir. Don Fernando notó su presencia y se enderezó. Espero que no le moleste”, dijo el niño estaba observando los caballos con tanto interés que pensé en enseñarle algo.
No, señor, para nada. Es muy amable de su parte. Rosa, viendo a su madre, corrió hacia ella. Madre. Don Fernando dice que el caballo se llama Trueno. Trueno. Es un nombre fuerte. Es un caballo fuerte”, respondió don Fernando, “pero gentil con los niños.” Había algo en su expresión mientras miraba a los gemelos.
Una suavidad que Catalina no había visto antes, dolor mezclado con algo que podría haber sido anhelo. “Pueden venir a ver los caballos cuando quieran”, añadió don Fernando. “Siempre que no interrumpan el trabajo, por supuesto. Es usted genero, señor.” Después de ese día se volvió común ver a don Fernando interactuando brevemente con los niños.
Nunca por mucho tiempo, nunca de manera efusiva, pero pequeños momentos enseñándoles los nombres de los árboles, mostrándoles cómo silvar con una hoja de hierba, dejándoles ayudar a alimentar a las gallinas. Para Diego y Rosa, que habían perdido a su padre tan jóvenes, estas atenciones eran preciosas. Y para don Fernando parecían ser una forma de sanar, aunque fuera un poco, las heridas que la pérdida de sus propios hijos había dejado.
Catalina observaba estas interacciones con sentimientos complejos, gratitud, por supuesto, alivio de que sus hijos tuvieran una figura masculina positiva en sus vidas. Pero también algo más, algo que la asustaba un poco por su implicación. comenzó a ver a don Fernando no solo como su empleador, no solo como el hombre que les había salvado de la desesperación, sino como un hombre completo, un hombre herido bondadoso, solitario, pero digno, fuerte, pero capaz de gentileza.
Y a medida que pasaban los días se dio cuenta de que esperaba con anticipación los momentos en que él estaba cerca, la forma en que su rostro serio se suavizaba cuando sonreía. la profundidad de su voz cuando hablaba, la manera en que sus manos, grandes y fuertes, podían ser tan gentiles. Era peligroso, lo sabía.
Él era un aristócrata, ella una simple viuda trabajando como sirvienta. El abismo social entre ellos era infranqueable. Pero el corazón, descubrió Catalina, no respeta las barreras sociales. Una noche de diciembre, cuando el invierno estaba en su punto más frío, Catalina trabajaba tarde en la casa principal.
Don Fernando había tenido visitas durante la cena, algo inusual, y había mucho que limpiar después. Las visitas eran su hermano mayor, don Ignacio Aguirre, y su esposa, doña Teresa. Catalina los había visto brevemente mientras servía la cena. Don Ignacio era un hombre corpulento con expresión altiva. Doña Teresa era delgada, elegante, con ojos fríos que habían evaluado a Catalina como si fuera un mueble.
Desde el comedor, mientras retiraba los platos, Catalina no pudo evitar escuchar parte de la conversación. Es inaceptable, Fernando, decía don Ignacio. Han pasado 3 años, debes remarcar, la familia necesita herederos. No quiero discutir esto de nuevo, respondía don Fernando su voz tensa. No es una discusión, intervino doña Teresa. Es un hecho.
Eres el último de la línea Aguirre. Sin hijos todo pasará a primos distantes cuando mueras. ¿Es eso lo que quieres? Lo que quiero es que respeten mi duelo. Tu duelo ha durado suficiente, replicó don Ignacio. Victoria no volvería. Los niños no volvieron. debes seguir adelante. Hubo un silencio pesado. Catalina, incómoda de estar escuchando, se retiró a la cocina con los platos, pero la conversación continuó, las voces elevándose.
Hay varias jóvenes apropiadas en el condado continuaba doña Teresa. La hija de los Montero, por ejemplo, joven, sana, de buena familia. No, dijo don Fernando firmemente. No. La voz de don Ignacio sonaba incrédula. Simplemente no. Sin siquiera considerarlo. Remarcaré cuando esté listo. Si es que alguna vez estoy listo.
No es su decisión. Es la decisión de la familia, insistió don Ignacio. Tienes responsabilidades más allá de tu propio dolor, responsabilidades con el nombre Aguirre, con las tierras, con suficiente. La voz de don Fernando cortó el aire como un látigo. Esta conversación ha terminado. Les agradezco su visita, pero deben marcharse ahora.
Hubo ruido de sillas moviéndose, pisadas indignadas. Catalina se mantuvo en la cocina mientras las visitas se retiraban con despedidas frías. Después de que se fueron, la casa quedó en silencio. Catalina esperó unos minutos antes de volver al comedor para terminar de limpiar. Don Fernando seguía allí sentado a la cabecera de la mesa con una copa de vino en la mano mirando al vacío.
“Lo siento, don Fernando”, dijo Catalina suavemente. “Terminaré de limpiar y me iré.” Él pareció notar su presencia por primera vez. Catalina, no se disculpe, esto es su trabajo. Ella comenzó a recoger lo que quedaba en la mesa, trabajando en silencio. Podía sentir la tensión emanando de él, el peso de la conversación que acababa de tener.
¿Escuchó algo?, preguntó él de repente. Catalina se detuvo insegura de cómo responder. Un poco, señor. No era mi intención. Él bebió de su copa asintiendo lentamente. Supongo que todos piensan que saben qué es mejor para mí, que 3 años es tiempo suficiente para olvidar para reemplazar lo que perdí.
Nadie puede reemplazar a las personas que amamos, dijo Catalina suavemente. Don Fernando la miró, realmente la miró por primera vez en la conversación. Usted lo entiende. Por supuesto que lo entiende. Perdí a mi esposo, dijo Catalina. Y aunque han pasado meses, todavía hay días en que espero verlo venir por el camino.
El dolor no tiene un horario, señor. No se puede forzar. No, no se puede. Se quedaron en silencio por un momento. Luego don Fernando habló de nuevo. Más suave ahora. ¿Cómo lo hace usted? ¿Cómo sigue adelante? Catalina dejó los platos y se volvió hacia él. Por mis hijos, ellos me necesitan. No puedo rendirme porque ellos dependen de mí y algunos días esa es la única razón que necesito para levantarme.
Don Fernando asintió lentamente. Pero yo no tengo hijos. No tengo esa razón. tiene sus tierras, sus trabajadores, las personas que dependen de usted”, dijo Catalina. “Y si me permite decirlo, Señor, tiene la capacidad de hacer el bien, de ayudar a otros, como nos ayudó a nosotros. Eso también es una razón para seguir adelante.
” Él la miró con una expresión que ella no pudo descifrar. “¿Es usted sabia, Catalina Moreno? No, señor, solo soy una madre que ha aprendido que la vida continúa, queramos o no, y que podemos elegir cómo continuarla. Don Fernando se levantó de la mesa dejando la copa vacía. Gracias, dijo simplemente por sus palabras y por su comprensión.
Buenas noches, don Fernando. Buenas noches, Catalina. Después de esa noche, algo cambió entre ellos. No era algo obvio o dramático, era sutil, como un cambio en el viento que apenas se siente, pero que está ahí. Don Fernando comenzó a buscar más oportunidades para hablar con ella. A veces era sobre asuntos prácticos de la casa, pero otras veces derivaba en conversaciones más personales.
Le preguntaba sobre su vida antes de la viudez, sobre sus esperanzas para sus hijos. Ella a su vez aprendió más sobre él, su educación en Madrid, sus viajes por Europa antes de establecerse en la hacienda, su amor por los libros y la historia. descubrieron que compartían ciertas perspectivas sobre el mundo. Ambos valoraban la honestidad y el trabajo duro.
Ambos creían que el estatus social no determinaba el valor de una persona. Ambos conocían el dolor de la pérdida y la lucha por encontrar significado después de ella. Los trabajadores de la hacienda comenzaron a notar la atención que don Fernando prestaba a la viuda y sus hijos. Algunos lo veían con aprobación, otros con escepticismo.
Josefa, la cocinera, se acercó a Catalina una mañana en la cocina. “Ten cuidado, muchacha”, le advirtió en voz baja. “Los hombres de su clase no se casan con mujeres de la nuestra. Puedes salir lastimada. No sé de qué habla, señora Josefa, respondió Catalina, aunque sintió calor en sus mejillas. Sí, lo sabes replicó la cocinera, pero no con crueldad.
Lo veo en cómo lo miras y cómo él te mira. Solo te digo que tengas cuidado. Catalina sabía que Josefa tenía razón. Lo que sentía por don Fernando estaba creciendo más allá de la gratitud, más allá del respeto, pero también sabía que era inútil. Él era un asendado aristocrático. Ella era su empleada, una viuda pobre con dos hijos. No había futuro posible.
El invierno dio paso a la primavera, los campos reverdecieron, las flores comenzaron a brotar y los días se hicieron más largos y cálidos. Diego y Rosa habían crecido. Sus rostros ya no mostraban las señales del hambre y la privación. Reían más, jugaban con la libertad de niños que se sienten seguros.
Una tarde de abril, don Fernando invitó a Catalina a caminar por los jardines después de terminar su trabajo. Era algo que había comenzado a hacer ocasionalmente, esas caminatas donde hablaban de todo y de nada, mientras el sol se ponía sobre los campos. “Los niños están creciendo bien”, comentó don Fernando mientras paseaban entre los rosales que comenzaban a florecer.
Sí, gracias a su bondad, señor Fernando, dijo él de repente. Cuando estamos solos, llámame Fernando. Catalina se detuvo sorprendida. No sería apropiado, señor. Muchas cosas no son apropiadas, respondió él mirándola directamente. Pero las hacemos de todos modos. Había algo en su tono, en sus ojos, que hizo que el corazón de Catalina latera más rápido.
Fernando susurró probando el nombre en sus labios. Él sonrío, una sonrisa genuina que iluminó su rostro. Mejor, dijo. Continuaron caminando, pero ahora había una intimidad diferente entre ellos. Catalina era consciente de cada detalle, la proximidad de su cuerpo al de ella, el sonido de su respiración, el roce ocasional de sus manos mientras caminaban.
Catalina, dijo él después de un momento, hay algo que debo decirte. Ella esperó con el corazón en la garganta. En estos meses que has estado aquí, has cambiado esta casa, la has llenado de vida de nuevo. Tus hijos, con su risa y su alegría, han recordado a estas paredes vacías lo que es el amor familiar. Y tú, se detuvo buscando las palabras.
Tú me has recordado que es posible sentir de nuevo, que el corazón puede sanar, que la vida puede continuar. Fernando, dijo Catalina suavemente. No deberías. Lo sé, la interrumpió él. Sé que no debería. Sé que es inapropiado, que va contra todas las normas sociales, pero no puedo seguir fingiendo que no siento lo que siento.
Se volvió hacia ella, tomando sus manos entre las suyas. Me he enamorado de ti, Catalina, de tu fuerza, de tu bondad, de tu dignidad frente a la adversidad, de la forma en que amas a tus hijos, de cómo encontraste esperanza cuando no tenías razón para tenerla, de tu risa, de tus ojos, de todo lo que eres. Catalina sintió lágrimas correr por sus mejillas.
No puedes estar diciendo esto. Soy tu sirvienta. Soy una viuda pobre. No tengo nada que ofrecerte. Me ofreces todo lo que importa”, respondió él. “Me ofreces honestidad, compasión, comprensión. Me ofreces una razón para mirar hacia adelante en lugar de hacia atrás. Tu familia nunca lo aceptará”, dijo Catalina, aunque su corazón gritaba que sí, que quería esto más de lo que había querido algo en mucho tiempo.
Las personas hablarán, dirán que soy una aprovechada que seduje al patrón para mejorar mi posición. “Que hablen”, dijo Fernando con firmeza. “No me importa lo que digan. He pasado 3 años viviendo según las expectativas de otros, cumpliendo con deberes que otros definieron para mí. Estoy cansado de eso.
Quiero vivir por mí mismo, por lo que mi corazón me dice. Levantó una mano y secó una lágrima de la mejilla de Catalina con su pulgar. Dime que no sientes nada por mí y me alejaré. Nunca volveré a mencionar esto, pero si sientes, aunque sea una fracción de lo que yo siento, siento todo susurró Catalina. Siento todo y me aterra. Me aterra porque podría perderlo.
Me aterra porque no sé si es real o si es solo gratitud mezclada con Fernando la silenció colocando suavemente un dedo sobre sus labios. Es real, dijo, “para ambos. Lo sé. Permanecieron allí en el jardín con las rosas floreciendo a su alrededor, mirándose a los ojos, permitiéndose finalmente reconocer lo que había estado creciendo entre ellos durante meses.
Pero la realidad no tarda en imponerse sobre los momentos de felicidad. Dos días después, don Ignacio y doña Teresa regresaron y esta vez no estaban solos. Traían con ellos a una joven, la hija de los Montero, que habían mencionado antes. Catalina los vio llegar desde la ventana de la biblioteca donde estaba limpiando. La joven era hermosa, no podía negarlo.
Tenía quizás 20 años, cabello rubio, recogido en rizos elaborados, vestida con un traje de viaje elegante que probablemente costaba más de lo que Catalina ganaría en un año. Durante la cena que Catalina ayudó a servir, fue dolorosamente obvio lo que estaba sucediendo. Don Ignacio y doña Teresa estaban presentando a la joven, cuyo nombre era Isabel, como una posible esposa para Fernando.
Isabel era educada, culta, con todos los modales refinados que una dama de su posición debía tener. Hablaba de música, de arte, de los eventos sociales en Madrid. Fernando era cortés, pero distante, respondiendo con monosílabos cuando era posible. Catalina sintió cada momento como un cuchillo en el corazón. Esto era la realidad.
Por mucho que Fernando dijera que no le importaba lo que otros pensaran, tenía obligaciones. Tenía una posición social que mantener, no podía simplemente casarse con su sirvienta mientras rechazaba a una joven apropiada de su propia clase. Después de la cena, mientras limpiaba la cocina, escuchó voces elevadas en el estudio de Fernando.
Su hermano estaba furioso. ¿Qué más quieres? gritaba don Ignacio. Es perfecta, joven, hermosa, de buena familia, con una dote generosa. ¿Qué más necesitas? Necesito que me dejen en paz, respondió Fernando, su voz controlada pero tensa. No voy a casarme con una extraña solo porque ustedes lo consideren conveniente.
¿Y con quién te casarás entonces? Exigió saber doña Teresa. Oh, planeas morir solo y sin herederos. Hubo un silencio. Catalina, aunque sabía que no debería, se acercó un poco más a la puerta del estudio. Si me caso dijo Fernando, finalmente, será con alguien de mi elección, alguien a quien respete y ame. Amar. Don Ignacio sonó incrédulo.
¿Desde cuándo el amor es requisito para el matrimonio en nuestra clase? Tú amabas a Victoria y mira cómo terminó. Destrozado por años. ¿Quieres volver a pasar por eso? Si no hubiera amado a Victoria, su pérdida no habría dolido tanto. Pero también significa que cada momento que tuve con ella valió el dolor que vino después.
Prefiero eso a un matrimonio sin amor. Está siendo ridículo, intervino doña Teresa, y sospecho que hay algo más detrás de tu resistencia. ¿Hay alguien más? ¿Alguna mujer inapropiada que salgan? dijo Fernando su voz como hielo. Ahora y llévense a la señorita Montero con ustedes. No volveré a discutir esto. Esto no ha terminado, Fernando, advirtió don Ignacio.
La familia no permitirá que arruines el nombre Aguirre con decisiones imprudentes. La familia, respondió Fernando amargamente. No tiene voz en mis decisiones personales. Buenos noches. Catalina se retiró rápidamente antes de que salieran del estudio, pero sus palabras resonaban en su mente. Fernando había defendido su derecho a elegir.
Pero, ¿a qué costo? Su familia claramente no aprobaría una unión con ella. ¿Y qué pasaría si él insistía? ¿Sería desheredado, perdería su posición? Esa noche, de vuelta en la casita, Catalina no pudo dormir. Diego y Rosa dormían pacíficamente, ajenos a las tormentas que se gestaban en el mundo adulto a su alrededor. Ella se sentó junto a la ventana, mirando hacia la casa principal en la distancia donde una luz seguía encendida en el estudio de Fernando.
Amaba a ese hombre. Lo amaba por su bondad, por su dolor compartido, por la forma en que había transformado sus vidas. Pero, ¿era su amor suficiente para justificar el caos que causaría en su vida? Al día siguiente, Fernando la buscó. La encontró en el jardín donde ella estaba recogiendo verduras de la pequeña huerta que los trabajadores mantenían para la cocina.
Catalina, necesitamos hablar. Ella se enderezó limpiándose las manos en el delantal. Fernando, sobre anoche. No, la interrumpió él. Antes de que digas nada, escúchame. Sé lo que estás pensando. Sé que anoche escuchaste las presiones de mi familia y sé que probablemente estás considerando alejarte para hacerme las cosas más fáciles.
Catalina no pudo negarlo. Había sido exactamente lo que estaba pensando. Pero no voy a permitirlo continuó Fernando. No voy a dejar que el miedo o las convenciones sociales dicen mi felicidad. He vivido suficiente tiempo cumpliendo con las expectativas de otros. Pero tu familia, tu posición, mi familia aprenderá a aceptarlo o no lo hará.
Mi posición está asegurada por mis tierras y mi trabajo, no por a quien elija amar. Catalina, te estoy pidiendo que me des una oportunidad. No ahora, no de repente. Sé que necesitas tiempo, que los niños necesitan estabilidad, pero dame la oportunidad de cortejarte apropiadamente, de mostrarte que esto es real y duradero. Catalina lo miró viendo la sinceridad en sus ojos, la determinación en su expresión.
Y si nunca aceptan. Y si esto causa una ruptura permanente con tu familia, entonces así será. respondió él. Prefiero estar solo con mi conciencia limpia que rodeado de familia, pero viviendo una mentira. Catalina sintió las lágrimas de nuevo, pero esta vez eran lágrimas de esperanza mezcladas con miedo. No sé si esto es prudente, susurró.
Probablemente no lo es”, admitió Fernando con una pequeña sonrisa, pero el corazón rara vez prudente le extendió la mano. Catalina la miró por un largo momento antes de tomarla. Entonces, sí, dijo, “cortéjame. Demuéstrame que esto puede funcionar.” La sonrisa de Fernando se amplió genuina y cálida. Te lo demostraré todos los días.
Los meses siguientes fueron tanto maravillosos como difíciles. Fernando cumplió su palabra. Cortejó a Catalina con una combinación de respeto y afecto que la hizo sentirse valorada de una manera que nunca antes había experimentado. Le traía flores silvestres que recogía en sus paseos por los campos.
le regalaba libros de su biblioteca enseñándole a leer mejor cuando descubrió que su educación había sido limitada. Pasaban las tardes caminando y hablando, conociendo cada pequeño detalle del otro. Fernando también se involucró más con Diego y Rosa. Les enseñó a montar a caballo en los ponis pequeños que había traído específicamente para ellos.
Les leía historias por las noches cuando Catalina trabajaba tarde. Se convirtió en una figura paterna para ellos, de una manera que era natural y sin esfuerzo. Pero no todo era idílico. La noticia de la relación entre el ascendado y su sirvienta se extendió por el valle como el fuego. Algunos lo veían con simpatía, admirando a Fernando por seguir su corazón.
Otros lo criticaban duramente, acusándolo de debilitar su posición y degradar el nombre de su familia. Don Ignacio y doña Teresa hicieron varios intentos más de intervenir. Enviaban cartas llenas de amenazas veladas. Aparecían sin aviso con más jóvenes apropiadas para que Fernando considerara. En una ocasión, don Ignacio incluso amenazó con cuestionar la competencia de Fernando para manejar la hacienda ante las autoridades regionales.
Fernando los enfrentó cada vez con calma, pero firmeza. dejó claro que su vida personal era exactamente eso, personal, que mientras manejara la hacienda eficientemente, que lo hacía, nadie tenía derecho a cuestionarlo. Para Catalina, cada confrontación era un recordatorio del mundo que lo separaba, pero Fernando nunca vacilaba. Su compromiso con ella era inquebrantable.
Un día de verano, seis meses después de que Fernando declarara sus sentimientos, él llevó a Catalina a un lugar especial en la propiedad. Era un prado en lo alto de una colina, desde donde se podía ver todo el valle extendiéndose abajo. “Solía venir aquí con victoria”, dijo Fernando mientras se sentaban en la hierba. “Era nuestro lugar especial.
” Catalina se tensó un poco. Rara vez hablaban de Victoria o de Bernardo. Ambos entendían que el pasado era parte de quienes eran, pero también que necesitaban construir algo nuevo. Ella me hizo prometerle algo antes de morir, continuó Fernando. me hizo prometer que no me cerraría al amor, que si alguna vez encontraba a alguien que pudiera hacerme feliz de nuevo, no la rechazaría por un sentido erróneo de lealtad hacia su memoria.
Se volvió hacia Catalina tomando sus manos. En ese momento no podía imaginar que alguna vez querría estar con alguien más, pero ella sabía mejor que yo. Sabía que el corazón humano tiene una capacidad infinita para el amor. Fernando susurró Catalina. Él sacó algo de su bolsillo. Era un anillo simple pero hermoso, una banda de oro con una pequeña piedra azul incrustada.
Este anillo perteneció a mi abuela. dijo, “No es sostentoso, pero tiene historia. Ha pasado por generaciones de mujeres aguirre que fueron amadas profundamente por sus esposos.” Catalina sintió su corazón detenerse. Catalina, Moreno, sé que esto es complicado. Sé que habrá desafíos, pero también sé que te amo con todo lo que soy, que quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Que quiero ser padre de Diego y Rosa, darles el hogar y el amor que merecen. ¿Te casarías conmigo? Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Catalina. Pensó en el camino que la había traído hasta aquí, en la desesperación que la llevó a ocupar esa casita abandonada, en el miedo cuando Fernando la descubrió, en la transformación gradual de Cers, gratitud a amistad a amor.
“Sí”, dijo su voz quebrándose con emoción. Sí, me casaré contigo. Fernando deslizó el anillo en su dedo. Le quedaba perfectamente. Luego la besó suave, irreverentemente, como si ella fuera algo precioso y frágil. Cuando se separaron, ambos estaban sonriendo y llorando al mismo tiempo. Habrá oposición, advirtió Catalina. Tu familia hará todo lo posible para detener esto. Lo sé, respondió Fernando.
Y los enfrentaremos juntos. Y efectivamente, cuando Fernando anunció sus planes de matrimonio, la reacción fue explosiva. Don Ignacio llegó a la hacienda en un estado de furia apenas controlada. “Esto es un escándalo”, gritó. “Te estás casando con una sirvienta, una mujer que invadió tu propiedad.
¿Qué dirá la sociedad? La sociedad dirá muchas cosas, respondió Fernando con calma, como siempre lo hace. Pero eventualmente encontrará algo más de que hablar. Te convertirás en el azmer reír de todo el condado. Intervino doña Teresa. Nadie respetará el nombre, Aguirre. Si el respeto hacia nuestro nombre depende de que me case con alguien que no amo, entonces no es un respeto que valore”, replicó Fernando.
La discusión continuó durante horas. Don Ignacio amenazó con desheredarlo, con cortarle todos los lazos familiares. Fernando permaneció firme. Al final, cuando quedó claro que no iba a cambiar de opinión, don Ignacio y doña Teresa se marcharon prometiendo nunca volver a poner un pie en la propiedad.
Catalina, que había escuchado todo desde otra habitación, encontró a Fernando después, sentado en su estudio con la cabeza entre las manos. Fernando”, dijo suavemente, arrodillándose frente a él, “No tienes que hacer esto. No tienes que sacrificar a tu familia por mí.” Él levantó la cabeza y ella vio dolor en sus ojos, pero también certeza.
No es un sacrificio si ellos eligen alejarse. Les he ofrecido aceptación. Les he pedido que conozcan a la mujer que amo, que vean lo que tú y tus hijos han traído a mi vida. Ellos son quienes han elegido el camino del rechazo. Pero aún así duele, dijo Catalina. Sí, admitió él. Duele, pero dolería más vivir una mentira.
Dolería más despertar cada día al lado de alguien a quien no amo, sabiendo que te dejé ir por miedo al que dirán. la besó en la frente. Tú y los niños son mi familia ahora y eso es suficiente. La boda se celebró un mes después en la pequeña iglesia del pueblo. Fue una ceremonia simple, sin la pompa que normalmente acompañaba a las bodas de la aristocracia.
Padre Bernardo, el mismo que había casado a Catalina con Bernardo años atrás, presidió la ceremonia con una sonrisa benevolente. Catalina llevaba un vestido nuevo, sencillo, pero hermoso, de color crema con encaje en el cuello. Rosa había insistido en recoger flores silvestres para hacer una corona para el cabello de su madre.
Diego, serio y formal, en un traje pequeño que Fernando había mandado hacer para él, llevaba los anillos con orgullo. No había familia de Fernando presente, pero los trabajadores de la hacienda llenaban los bancos de la iglesia. Josefa lloraba abiertamente. El encargado de los establos sonreía ampliamente. Incluso algunos aldeanos que habían oído la historia vinieron a presenciar este matrimonio inusual.
Cuando padre Bernardo preguntó si había alguna objeción, hubo un momento de silencio tenso, pero nadie habló. Fernando y Catalina intercambiaron sus votos con voces firmes y claras. Cuando el padre los declaró marido y mujer, Fernando la besó con una ternura que hizo suspirar a los presentes. La celebración después fue modesta pero alegre.
Hubo comida simple, pero abundante. Música tocada por los trabajadores que sabían tocar instrumentos, baile y risa. Diego y Rosa corrían entre los adultos jugando con los otros niños del valle. Por primera vez en mucho tiempo eran simplemente niños felices, sin preocupaciones ni miedos. Al anochecer, Fernando y Catalina se retiraron a la casa principal.
habían decidido que la familia viviría allí de ahora en adelante. La casita donde todo comenzó sería mantenida como recuerdo, pero su futuro estaba en esa casa que una vez estuvo vacía y triste, pero que ahora se llenaría de vida y amor. Esa noche, mientras estaban juntos por primera vez como marido y mujer, Catalina lloró de nuevo, pero estas eran lágrimas de felicidad. abrumadora.
¿En qué piensas? Preguntó Fernando abrazándola. En lo lejos que hemos llegado, respondió ella. Hace un año estaba desesperada, sin esperanza, ocupando ilegalmente tu propiedad. Y ahora, ahora es tu hogar, terminó él legalmente, moralmente, en todos los sentidos. Tú perteneces aquí, los niños pertenecen aquí. Este es nuestro lugar.
Nunca imaginé que la vida pudiera darme una segunda oportunidad”, dijo Catalina. Después de perder a Bernardo, pensé que mis días de felicidad habían terminado, que mi única función era sobrevivir por mis hijos. La vida nos da segundas oportunidades cuando menos las esperamos”, respondió Fernando.
“Y a veces cuando más las necesitamos, tú me diste una segunda oportunidad. También me recordaste que amar de nuevo no significa traicionar el pasado, significa honrarlo viviendo plenamente. Se quedaron abrazados en la oscuridad escuchando los sonidos nocturnos del valle, sintiendo el peso de la paz y la seguridad.
Los meses siguientes trajeron ajustes y nuevas rutinas. Catalina, ya no era una empleada, sino la señora de la hacienda. tuvo que aprender a navegar su nuevo rol, encontrando el equilibrio entre su naturaleza humilde y las responsabilidades que ahora conllevaba su posición. No fue fácil. Algunos en el valle nunca la aceptaron completamente.
Susurraban a sus espaldas, la trataban con condescendencia disfrazada de cortesía, pero otros la apoyaron, admirando su dignidad y la forma en que Fernando la defendía. Diego y Rosa florecieron. Fernando contrató un tutor para educarlos, asegurándose de que tuvieran las oportunidades que su nacimiento humilde podría haberles negado.
Los niños lo adoraban, llamándolo padre, con naturalidad que hizo llorar a Catalina la primera vez que lo escuchó. Un año después de la boda, en una tarde de primavera, Catalina le dio a Fernando la noticia que haría su círculo completo. “Estoy embarazada”, dijo, su voz temblando entre la alegría y el miedo. Fernando la miró y por un momento ella vio miedo en sus ojos.
También el recuerdo de Victoria de los bebés que nunca nacieron todavía estaba ahí, pero luego él sonríó. Una sonrisa que iluminó su rostro completamente. En serio. Sí. El médico lo confirmó esta mañana. Fernando la abrazó levantándola y girando con ella, riendo con una alegría que Catalina nunca había escuchado en él antes.
Vamos a tener un bebé. dijo como si no pudiera creerlo. “Nuestra propia familia, nuestra familia más grande”, corrigió Catalina pensando en Diego y Rosa. “Todos somos familia.” “Sí”, acordó él bajándola pero manteniéndola cerca. “Todos somos familia. El embarazo fue cuidado con extrema atención. Fernando contrató a las mejores comadronas del condado.
Se aseguró de que Catalina descansara, de que comiera bien, de que no hiciera esfuerzos innecesarios. Su preocupación era palpable, el fantasma de su primera pérdida siempre presente. Pero Catalina era fuerte. Su cuerpo, endurecido por años de trabajo físico, manejó el embarazo bien, y su espíritu, fortalecido por todo lo que había sobrevivido, se mantuvo positivo.
En el octavo mes, algo inesperado sucedió. Una carroza llegó a la hacienda. Cuando se abrió, don Ignacio y doña Teresa descendieron. Fernando salió a recibirlos. Su expresión cautelosa. Hermano dijo don Ignacio y su voz no tenía el tono combativo de antes. Hemos venido a hablar contigo después de un año de silencio, respondió Fernando.
¿Qué ha cambiado? Doña Teresa habló y había algo en su rostro que podría haber sido arrepentimiento. Supimos que Catalina está embarazada y nos hizo pensar, recordar, cuando nuestro primer hijo nació, todos te alegraste con nosotros a pesar de tus propias pérdidas. Mostraste gracia cuando podría haber mostrado amargura.
No hemos sido tan generosos contigo, admitió don Ignacio. Permitimos que el orgullo y las convenciones sociales nos segaran, pero eres nuestro hermano y si este matrimonio te hace feliz, me hace más que feliz. Interrumpió Fernando. Me ha devuelto a la vida. Entonces queremos conocerla, dijo doña Teresa.
Queremos conocer a tu esposa y a los niños. Queremos ser parte de esta familia. si nos lo permites. Fernando miró hacia la casa donde Catalina estaba observando desde una ventana. Ella asintió dándole su aprobación. Adelante, dijo Fernando, pero con una condición. Respeten a Catalina como mi igual, como la señora de esta casa.
Si no pueden hacer eso, entonces su visita termina ahora. Lo haremos, prometió don Ignacio. Lo intentaremos. Y lo hicieron. La reunión fue incómoda al principio, llena de silencios tensos y cortesía forzada. Pero gradualmente, mientras tomaban té en el salón y hablaban de cosas mundanas, él hielo comenzó a derretirse.
Doña Teresa observó como Fernando miraba a Catalina, cómo le acomodaba un cojín detrás de la espalda sin que ella tuviera que pedir, como su rostro se suavizaba cuando ella hablaba. y vio algo que no había querido ver antes, amor verdadero. Diego y Rosa, inicialmente tímidos, eventualmente se acercaron. Don Ignacio, quien tenía sus propios hijos, les habló con una amabilidad sorprendente.
Les preguntó sobre sus estudios, sobre los caballos, sobre sus juegos. Los niños respondieron con el entusiasmo inocente de su edad. Cuando don Ignacio y doña Teresa se marcharon esa tarde, las despedidas fueron cálidas. No todo estaba resuelto. Años de tensión no desaparecen en una tarde, pero era un comienzo.
Dos meses después, Catalina dio a luz a un bebé sano. Fue un parto difícil, largo, que hizo sudar a Fernando más que a ella. Pero cuando escuchó el llanto del bebé, cuando lo vio por primera vez, todo el miedo se desvaneció. Era un niño fuerte, de pulmones poderosos, con el cabello oscuro de su madre y los ojos de su padre. Lo llamaron Bernardo Fernando, honrando el pasado mientras celebraban el futuro.
Diego y Rosa quedaron fascinados con su nuevo hermano. Se turnaban para mecerlo, para cantarle, para asegurarse de que estuviera cómodo. Fernando los observaba con una expresión de asombro, como si no pudiera creer la riqueza que ahora tenía en su vida. La noticia del nacimiento llegó al valle y más allá.
Muchos enviaron felicitaciones. Algunos todavía desaprobaban el matrimonio, pero incluso ellos tuvieron que admitir que Fernando parecía genuinamente feliz. Don Ignacio y doña Teresa vinieron a conocer a su sobrino. Trajeron regalos, mantas bordadas, juguetes de madera tallados a mano. La relación familiar, aunque no perfecta, estaba sanando.
En una noche tranquila, cuando el bebé dormía en su cuna y Diego y Rosa estaban acostados, Fernando y Catalina se sentaron juntos en el porche de la casa principal, mirando las estrellas. ¿Recuerdas el día que nos conocimos?”, preguntó Fernando. “¿Cómo podría olvidarlo?”, respondió Catalina. Estaba aterrorizada. Pensé que nos echarías inmediatamente.
“Casi lo hago,”, admitió él. “Pero algo me detuvo cuando vi a esos niños, cuando te escuché hablar con tanto amor y desesperación por ellos, algo en mí se quebró o tal vez se abrió. Fue el destino, dijo Catalina, tenía que ser. De todas las propiedades que podría haber ocupado de todas las casitas abandonadas en el valle, encontré la tuya.
Y de todos los hombres que podrían haberme descubierto, fuiste tú, el destino, acordó Fernando, o la gracia de Dios o simplemente la suerte imposible. Sea lo que sea, estoy agradecido. Catalina se recostó contra él, sintiendo la solidez de su presencia, la calidez de su abrazo. A veces pienso en esa primera noche en la casita, dijo, tan asustada, tan sola, sin saber cómo alimentaría a mis hijos al día siguiente.
Si alguien me hubiera dicho entonces que un año después estaría casada contigo con un bebé recién nacido y un hogar lleno de amor, nunca lo habría creído. La vida es extraña de esa manera, respondió Fernando. Nos lleva por caminos que nunca podríamos haber imaginado. Nos da pérdidas que pensamos que no sobreviviríamos, pero también nos da alegrías que nunca esperamos merecer.
¿Eres feliz?”, preguntó Catalina. “¿De verdad feliz?” Fernando la miró, sus ojos reflejando la luz de las estrellas, “Más feliz de lo que nunca pensé que podría ser de nuevo. Tú me salvaste, Catalina, tanto como yo te salvé a ti. Nos salvamos mutuamente”, corrigió ella. Encontramos el camino de regreso a la vida juntos. Se quedaron allí mientras la noche se profundizaba, dos almas que habían conocido la pérdida y el dolor, pero que habían encontrado en el otro la posibilidad de amor y esperanza.
De nuevo, los años que siguieron estuvieron llenos de los altibajos normales de la vida. Hubo cosechas buenas y malas. Hubo enfermedades superadas y momentos de preocupación. Hubo más niños, dos más. Llenando la casa con ruido y alegría, Diego creció para convertirse en un joven inteligente y trabajador.
Estudió en la universidad regresando para ayudar a Fernando con la administración de la hacienda. Rosa se convirtió en una joven hermosa y compasiva que dedicó su vida a ayudar a las familias pobres del Valle, recordando siempre de dónde venía. Catalina nunca olvidó sus orígenes. Incluso como señora de la hacienda mantuvo su humildad y su empatía por aquellos menos afortunados.
Estableció programas para ayudar a viudas y huérfanos. abrió una escuela pequeña en el pueblo para que los niños pobres pudieran aprender a leer y escribir. Fernando la apoyó en todo. Su amor solo creció con los años, profundizándose en comprensión y compañía. Nunca se arrepintió de su decisión de casarse con ella, ni siquiera en los momentos difíciles cuando algunos en la sociedad todavía los miraban con desaprobación.
La casita donde Catalina había vivido esas primeras semanas desesperadas se mantuvo como monumento de donde comenzó todo. A veces en aniversarios especiales Fernando y Catalina caminaban hasta allí sentándose afuera, recordando. ¿Volverías a hacerlo? Preguntó Fernando en uno de esos aniversarios, muchos años después.
Si pudieras volver atrás, sabiendo todo lo que pasaríamos, ¿volverías a ocupar esta casita? Catalina miró la pequeña construcción, ahora bien mantenida, pero deliberadamente dejada simple como recordatorio. Luego miró a su esposo, el cabello, ahora con canas en las cienes, las líneas alrededor de sus ojos más profundas, pero sus ojos aún llenos de amor.
Sin dudarlo ni un momento, respondió, “Porque cada dificultad, cada desafío, cada momento de duda valió la pena por lo que tenemos ahora.” “Yo también”, dijo Fernando. “mil veces, sí.” Y mientras el sol se ponía sobre el valle, pintando el cielo de oro y naranja, se tomaron de las manos dos personas que habían encontrado en el momento más oscuro de sus vidas la luz que los guiaría al futuro.
Un futuro construido no sobre títulos o riquezas, sino sobre amor, respeto y la comprensión de que la verdadera nobleza reside en el corazón. M.
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