
En el año del señor de 1889, por los llanos resecos de Coahuila, muy cerca de donde el mapa ya no pone nombre y solo queda polvo y cardenche, vivía don Crisanto Pedraza, ranchero de cuarent y tantos, viudo desde que la viruela se llevó a su Lucía y a la niña que aún no nacía. Su rancho, el suspiro, era un pedazo de tierra dura como su alma, 200 hectáreas de mezquite, un pozo que apenas lloraba y 15 vacas flacas que parecían fantasmas con cuernos.
Crisanto ya no hablaba con nadie, saludaba de sombrero si pasaba algún arriero por el camino real, pero nada más. Las noches se las pasaba sentado en el porche con una botella de sotol y la mirada perdida hacia el horizonte, como esperando que de allá regresara lo que ya nunca volvería. Una tarde de agosto, cuando el sol quema hasta los pensamientos, vio venir por el camino una polvareda rara.
No era caballo ni mula, era algo más grande, más lento. Se puso de pie, entornó los ojos y vio lo imposible. Una mujer de casi 3 m de alto, vestida de novia, caminando sola bajo el solazo. El velo blanco le llegaba hasta los tobillos y arrastraba una cola de satén que juntaba espinas y flores secas. A su lado iba un caballo normal, pero parecía un perro al lado de ella.
La giganta se detuvo frente al portón del corral. Su sombra cubrió todo el patio como si hubiera caído la noche de golpe. “Buenas tardes, patrón”, dijo con voz que parecía salir de una campana grande. “Me da un poco de agua para mí y para mi caballo.” Crisanto se quedó mudo. Nunca había visto mujer más hermosa ni más grande.
Tenía los ojos verdes como el agua de los oasis que solo existen en los cuentos de los abuelos. Y la piel morena brillaba como si la hubieran barnizado con miel. Pase, señora, señoritas, como se llame”, balbuceó él quitándose el sombrero. Ella sonrió apenas, mostrando dientes perfectos, y entró. El caballo entró detrás temblando. Cuando la giganta se agachó para pasar bajo el arco del corral, Crisanto notó que en su mano derecha llevaba algo envuelto en un trapo rojo, algo que apretaba fuerte, como si fuera lo único que le quedaba en él. Le dio agua del
pozo en un balde de madera. Ella bebió de un solo trago lo que cuatro hombres no se acaban en una sentada. Gracias, don Crisanto. Crisanto Pedraza. Encantada. Yo soy refugio. Refugio de los santos. ¿Y de dónde viene una mujer como usted si me permite la pregunta? Refugio bajó la mirada.
Por primera vez su cara perdió la luz. de muy lejos, de un lugar donde me hicieron daño y ahora voy buscando quién me quite esta carga. Levantó apenas el bulto envuelto en el trapo rojo. Pero nadie quiere, todos tienen miedo. Crisanto miró el bulto. Algo dentro de él, tal vez la soledad o el sotol de la noche anterior, le hizo decir, “Yo no le tengo miedo a nada, refugio.
Ya perdí todo lo que podía perder.” Ella lo miró largo rato como midiendo el alma del hombre. Seguro, Crisanto, porque el que toca esto ya no vuelve a ser el mismo. Peor de lo que estoy no puedo andar, respondió el convos ronka refugio suspiró tan hondo que movió las hojas secas del mesquite. Entonces, quédese esta noche.
Mañana, si sigue pensando igual, le cuento la verdad. Pero prométame una cosa, pase lo que pase, no toque el bulto esta noche. Se lo prometo. Aquella noche, Crisanto le dio su propia cama. Él se echó en el petate del porche. Refugio se acostó vestida de novia con todo y velo y puso el bulto rojo debajo de la almohada. El ranchero no pudo dormir.
Escuchaba la respiración de la giganta, profunda como el viento de los médanos, y sentía que algo muy antiguo se había metido en su casa. Antes de la medianoche, la luna se puso redonda y blanca. Crisanto se levantó a orinar detrás del corral y al volver vio que la puerta del cuarto estaba entreabierta. Una rendija de luz de vela salía.
No pudo más. La curiosidad le comió el alma como come el óxido al fierro. Entro de puntitas. Refugio dormía de lado enorme, ocupando toda la cama. El bulto rojo asomaba debajo de la almohada. Crisanto se acercó. Sus manos temblaban. “Solo voy a ver qué es”, se dijo. No voy a tocar. Pero tocó. Desenredó despacio el trapo y lo que vio lo dejó de piedra con la boca abierta y el corazón detenido.
Era una cabeza humana cortada, pero viva. Los ojos se movían, la boca intentaba hablar. Era la cabeza de un hombre joven, guapo, con bigote negro bien recortado. Y lo peor, la cabeza lo reconoció. Crisanto susurró la cabeza con voz que salía de la nada y de todas partes. Crisanto Pedraza, por fin.
El ranchero dio un paso atrás. El mundo se le vino encima. ¿Quién? ¿Qué demonios eres? Soy tu hijo, papá, el que nunca nació, el que se llevó la viruela con mi madre. Crisanto sintió que se le aflojaban las rodillas. 20 años atrás, cuando Lucía murió, estaba embarazada de 7 meses. Nunca supo si era niño o niña.
El cuerpo de su esposa fue enterrado envuelto en una sábana y con ella el hijo que nunca vio la luz. “¿Cómoella me salvó?”, dijo la cabeza, moviendo los ojos hacia refugio, que seguía dormida. “Es la muerte misma, pero se enamoró de mí antes de nacer. me arrancó del vientre de mi madre y me dio esta media vida.
Desde entonces me lleva en sus manos buscando un cuerpo donde pueda yo vivir otra vez. Pero nadie quiere dar su cuerpo. Todos huyen. Crisanto se arrodilló junto a la cama. Las lágrimas le corrían por las mejillas polvorientas. Hijo, mi hijo. Papá, si tú me dejas entrar en tu cuerpo, podré vivir. Seremos uno solo, tú y yo. Pero ya no serás solo tú.
Tendrás que cargar conmigo para siempre. En ese momento, refugio abrió los ojos. Se incorporó despacio, como si pesara una montaña. Ya te advertí, Crisanto. No lo toques. No, ahora ya no hay vuelta atrás. El ranchero miró a la giganta, luego a la cabeza de su hijo, que lo miraba con ojos idénticos a los de Lucía. “Duele”, preguntó con voz quebrada.
“Al principio, sí”, dijo refugio. “Luego ya no sientes nada o sientes todo. Depende del alma que te toque.” Crisanto respiró bondo. Recordó las noches vacías, las botellas, los rezos, que nunca terminaba porque ya no creía en nada. Hazlo”, dijo que entre mi hijo. Refugio tomó la cabeza con las dos manos como quien toma una [ __ ] Se acercó a Crisanto, que cerró los ojos.
Sintió un frío que le entraba por la nuca como si le vertieran agua de glaciar. Luego vino el dolor, un latigazo que le partió la cabeza en dos. Gritó, cayó de rodillas y de pronto el dolor cesó. abrió los ojos. Ya no estaba en su cuarto. Estaba dentro de sí mismo, pero ya no estaba solo. Escuchaba otra voz dentro de su cabeza.
Joven, alegre, viva. Papá, gracias. Crisanto se miró las manos. Eran las mismas, pero ahora las sentía más fuertes, más llenas. Se tocó el pecho y sintió dos corazones latiendo al mismo ritmo. Refugio lo miraba con tristeza y con algo que parecía amor. Ahora ya eres dos, Crisanto. Tu hijo vive en ti, pero yo ya no puedo llevarlo. Mi trabajo terminó.
¿Y tú qué vas a hacer?, preguntó él y notó que su voz sonaba diferente, más profunda y más joven a la vez. seguir caminando. Hay muchos muertos que no terminan de morir y muchos vivos que no terminan de vivir. Yo soy el puente. Se puso de pie. Era tan alta que tuvo que agacharse para no romper el techo de Otate.
“No te quedas”, preguntó Crisanto y sintió que su hijo dentro de él también preguntaba lo mismo. Refugio negó con la cabeza. Las novias como yo no nos quedamos nunca, solo pasamos. Pero te dejo mi velo. Lo desprendió de su cabeza y lo puso en las manos del ranchero. Cuando quieras hablar con tu hijo sin que los demás escuchen, cúbrete con él. Solo ustedes dos podrán oírse.
Después salió al patio. El caballo la esperaba. Montó de un salto que hizo temblar la tierra. Antes de partir se volvió una última vez. Cuídalo, Crisanto, y cuídate. Ahora llevas dos almas en un solo cuerpo. Eso es mucho peso para un hombre solo. Y se fue. La polvareda que levantó tardó tres días en bajar. Desde entonces, en el rancho El Suspiro pasó algo extraño.
Los arrieros que pasaban por ahí juraban que veían a don Crisanto hablando solo, riendo de repente, llorando sin motivo. A veces lo oían cantar canciones que nadie le enseñó, canciones de cuna que lucían nunca pudo cantarle a su hijo. Y cuando la luna estaba llena, lo veían sentado en el porche, cubierto con un velo de novia blanco que brillaba como plata.
Bajo el velo, dos voces hablaban bajito, una vieja y cansada, otra joven y llena de vida. Y así vivieron no muchos años, pero sí todos los que les quedaban. Cuando Crisanto murió, una mañana de invierno del 1904, lo encontraron con una sonrisa que nadie le había visto nunca. Lo enterraron con el velo opuesto.
Dicen que esa misma noche, por el camino real, volvió a verse una novia gigante caminando sola bajo las estrellas, pero esta vez sin bulto rojo en la mano. Iba más ligera, casi feliz. Y desde entonces, cuando alguien pasa por el rancho el Spiro y escucha dos voces que ríen dentro del viento, sabe que no está loco.
Es solo un padre y un hijo que por fin se encontraron, aunque fuera tarde, aunque fuera de la manera más rara que Dios permitió. Y allá, muy lejos, sigue caminando refugio de los santos, la novia gigante, buscando otro alma perdida que necesite un puente para volver a casa. Fin.
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