
Diego esperaba una esposa frágil enviada por carta, pero el destino le entregó a Yuni, una imponente mujer nativa, cuya fuerza desafiaba cada norma del viejo oeste. Ella no llegó para complacerlo, sino para cambiar su vida, enfrentarlo a cazadores despiadados y obligarlo a elegir entre miedo o valentía.
Su unión inesperada revelará secretos, peligro y un vínculo capaz de transformar dos mundos enfrentados. Diego observaba el horizonte polvoriento mientras la diligencia avanzaba lentamente hacia el pequeño poblado fronterizo, imaginando a la delicada esposa por correo, que se suponía llegaría ese día. Una mujer pequeña, suave y tímida, justo como la agencia había prometido.
La brisa seca empujaba remolinos de arena a través del camino cuando Diego ajustó su sombrero intentando controlar la mezcla de nervios y expectativa que agitaba su pecho, convencido de que la llegada de su futura esposa cambiaría su vida para siempre. El pequeño andén de la estación estaba casi vacío, apenas unos comerciantes cansados y un par de viajeros inquietos. Todos mirando la aproximación de la diligencia.
Diego se mantuvo erguido limpiando sus botas como si fueran parte esencial del recibimiento. A medida que los caballos se detuvieron, el conductor saltó y abrió la puerta con un gesto rutinario. Diego buscó con la mirada a la mujer refinada que debía descender, esperando ver un rostro suave y una figura delicada, como describía la carta. En cambio, un silencio sorprendido se extendió cuando emergió una figura enorme, imponente y musculosa.
Una mujer nativa de presencia feroz, piel brillante bajo el sol, mirada profunda y mandíbula firme. Diego sintió que el aire le abandonaba el cuerpo inmediatamente. La mujer descendió con pasos sólidos que hicieron crujir la madera del andén, superando en estatura a todos los presentes. Su cabello oscuro caía como una cascada salvaje sobre sus hombros y sus ojos observaban a Diego con una calma insondable, casi desafiante.
El conductor lanzó una mirada inquieta hacia Diego antes de señalar a la mujer y murmurar que ella venía por él. Los murmullos del público crecieron, algunos riendo por lo bajo, otros con sorpresa, mientras Diego intentaba comprender la inesperada situación, Diego sintió que sus manos temblaban cuando ella se acercó imponente, pero inexplicablemente serena.
La mujer mantuvo la cabeza erguida y lo miró como si ya supiera exactamente quién era él y por qué había acudido a esperarla frente a todos. Ella pronunció su nombre con una voz profunda y suave, a la vez sorprendentemente clara. Dijo llamarse Yunei, enviada en respuesta a la solicitud de esposa que él había firmado, afirmando que la agencia había determinado que ella era la mejor elección.
Cada palabra de Yun golpeó directamente el pecho de Diego, mezclando sorpresa y confusión. Él apenas podía conciliar la imagen que había imaginado con la poderosa presencia de la mujer que ahora estaba frente a él, tan distinta a la prometida esposa delicada.
Los presentes continuaban observando con una mezcla de burla y fascinación, disfrutando la incomodidad del momento. Diego sintió que una presión incómoda se acumulaba en su espalda, obligándolo a reaccionar de manera respetuosa, a pesar de estar completamente desconcertado. Yunei no parecía intimidada por las miradas ajenas. Su postura era firme, casi majestuosa, como si estuviera acostumbrada a imponerse en cualquier espacio, manteniendo la frente en alto mientras sus ojos evaluaban cuidadosamente cada gesto de Diego.
Diego recordó la carta que había recibido semanas atrás, la descripción precisa de una mujer tímida, frágil, criada para la obediencia y la delicadeza. Esa versión imposible estaba ahora completamente destruida frente a la imponente realidad que tenía delante. Con voz vacilante, Diego preguntó si tal vez había ocurrido un error con los documentos, si la agencia había confundido identidades.
Y sostuvo su mirada un momento prolongado antes de negar suavemente, asegurando que no existía ninguna equivocación. La sinceridad tranquila en la voz de Yuney dejó a Diego sin palabras. Ella explicó que su gente había acordado el intercambio como parte de un antiguo tratado comercial y la agencia simplemente había cumplido con la decisión tomada por los líderes nativos.
El corazón de Diego latía con fuerza mientras intentaba digerir cada detalle. Nunca imaginó que su solicitud de matrimonio por correo pudiera verse involucrada en acuerdos tribales y menos aún que lo emparejaran con una mujer tan fuerte y dominante como Yuni. La mujer extendió una pequeña bolsa de cuero llena de documentos y símbolos de su tribu, demostrando que su llegada no era casual, sino un compromiso formal.
Diego aceptó la bolsa con torpeza, sintiendo el peso cultural y emocional que representaba. La brisa levantó nuevamente polvo alrededor de ellos mientras Diego observaba a Yuni, sorprendido por la dignidad con la que se mantenía en ese entorno extraño. Su porte era tan imponente que nadie se atrevía a interrumpir la escena o burlarse abiertamente.
Ella habló con serenidad, diciendo que había dejado su hogar, su gente y sus montañas para cumplir un pacto, esperando ser recibida con respeto. Diego tragó saliva, sintiendo la responsabilidad caer sobre él como una ola pesada e inevitable. El silencio entre ambos se alargó hasta que Diego finalmente asintió. sin saber qué otra cosa hacer, reconoció que debía llevarla a su casa y encontrar la forma de comprender la situación antes de tomar decisiones precipitadas que empeoraran todo.
Mientras caminaban hacia el caballo de Diego, los murmullos continuaban, algunos sorprendidos por la diferencia física entre ellos. Yuni caminaba a su lado con pasos seguros, como si no existiera nada que pudiera intimidarla en ese paisaje desconocido. Diego intentó hablarle durante el trayecto, pero cada palabra parecía quedarse atrapada en su garganta. Juney lo observaba con paciencia, sin señales de burla ni reproche, simplemente evaluándolo como si deseara entender quién sería su futuro compañero.
Cuando llegaron al caballo, Diego dudó sobre cómo ayudarla a montar, pero Yunie resolvió el problema saltando con elegancia poderosa sobre la montura, como si el animal apenas sintiera su peso. Diego quedó nuevamente sorprendido por su control y destreza.
El sol brillaba intensamente mientras emprendían el camino hacia la propiedad de Diego. Él intentaba mantener la compostura, aunque su mente giraba sin rumbo, preguntándose cómo enfrentaría este cambio inesperado en su destino matrimonial. Durante el trayecto, Yune habló acerca de su vida entre los suyos, mencionando su responsabilidad como mujer guerrera y protectora de su clan.
Diego comprendió que estaba ante una persona extraordinaria, muy distinta a todas las mujeres que había conocido. A pesar del desconcierto inicial, Diego comenzó a percibir una fuerza tranquila en Yunei, una seguridad que no buscaba intimidar, sino guiar. Mientras avanzaban entre el polvo y la luz dorada del desierto, sintió que la historia apenas estaba comenzando.
Si no quieres perderte nuestro contenido, dale al botón de like y suscríbete en el botón de abajo. Además, activa la campanita y coméntanos desde donde nos escuchas. Agradecemos tu apoyo. Cuando Yuny cruzó el umbral de la casa, Diego sintió que el aire se volvía más pesado y vivo, como si algo antiguo y poderoso hubiera entrado con ella. Su altura imponía respeto, pero sus ojos revelaban un cansancio profundo y silencioso.
Diego intentó mostrarse seguro mientras le indicaba un asiento improvisado junto a la mesa desgastada. No podía dejar de observar cómo Yuni examinaba cada esquina con cautela, como si midiera las distancias y los posibles peligros antes de moverse. La carta que él había enviado pedía una esposa pequeña, delicada, que pudiera adaptarse a su vida solitaria. Pero Juney era exactamente lo opuesto, majestuosa, fuerte, acostumbrada a la dureza del desierto. Aún así, había algo que lo mantenía inmóvil ante ella.
Juni se sentó con una postura firme, sin relajar los hombros. Parecía preparada para levantarse en cualquier momento si la situación se volvía hostil. Diego percibió que su presencia era una mezcla de desconfianza, obligación y un orgullo que ningún viaje podía quebrar. Mientras servía agua en una jarra simple, Diego vio como Juney observaba la puerta analizando la salida.
No era el comportamiento de una mujer que llegaba a casarse, sino de alguien que había sobrevivido a más peligros de los que podía confesar. Él intentó iniciar conversación buscando comprender por qué había llegado una mujer tan diferente a la prometida. Juni escuchó con atención, pero hablaba poco, eligiendo sus palabras como quien protege algo valioso y frágil que nadie debe descubrir sin permiso.
La voz de Yunei era baja, casi ronca, como si hubiera pasado demasiado tiempo sin confiar en nadie. Contó que había sido enviada por error o quizás por decisión de alguien que quería deshacerse de ella. Sus afirmaciones no eran claras, pero sí sinceras. Diego sintió una mezcla de culpa y desconcierto.
No deseaba una esposa que hubiera llegado así, forzada por circunstancias desconocidas. Sin embargo, la vulnerabilidad oculta detrás de la imponente figura de Yuni despertaba en él una responsabilidad inesperada que no sabía manejar. Cuando el viento golpeó las ventanas, Juni giró con rapidez, como si cada sonido pudiera anunciar una amenaza.
Sus reflejos eran precisos, adquiridos por necesidad, no por entrenamiento. Era evidente que había vivido demasiado tiempo en alerta constante. Diego comenzó a sospechar que el viaje de Yunei no había sido voluntario. observó las marcas en sus muñecas leves pero visibles, señales de sujeciones recientes.
No preguntó de inmediato, aunque la duda creció como un peso ardiente en su pecho. Junei notó su mirada y cubrió sus muñecas con calma. No era vergüenza lo que mostraba, sino una determinación férrea de no parecer débil. Diego entendió que ella no pediría ayuda, incluso si la necesitaba con urgencia. Al anochecer, el silencio entre ellos se volvió espeso.
Diego preparó un lugar para que ella descansara, pero Yuney prefirió mantenerse cerca de la entrada como si temiera dormir profundamente en un territorio desconocido. Su postura revelaba más de lo que decía. Él trató de ofrecerle algo de comida, pero Yunei rechazó suavemente, como si no quisiera deberle nada. Aún así, su estómago sonó con fuerza en la quietud de la noche y Diego comprendió que había pasado días sin alimentarse adecuadamente.
Después de un largo silencio, Juney aceptó un pequeño trozo de pan, comiéndolo con precaución, como quien no confía en la generosidad inesperada. Diego se sintió inquieto al verla así. No era la vida que él había planeado para ninguno de los dos. La tensión disminuyó cuando la oscuridad se asentó completamente.
Yunei habló por primera vez sobre su travesía, mencionando brevemente un grupo de hombres que la habían escoltado con intenciones confusas. Diego escuchó con creciente inquietud, comprendiendo que su llegada no había sido un simple envío. Aunque no lo mencionó directamente, June insinuó que alguien la había ofrecido como intercambio, quizá como castigo, o como forma de eliminarla del territorio.
Diego sintió un nudo en el estómago al imaginar la vida que ella intentaba dejar atrás. El fuego parpade iluminó el rostro de Yuni, revelando cicatrices antiguas que hablaban de batallas silenciosas. Diego comprendió que la mujer que tenía enfrente no era frágil ni sumisa, sino alguien que había sobrevivido a circunstancias que él apenas podía imaginar.
Mientras conversaban, una sombra de sospecha atravesó el pensamiento de Diego. ¿Qué sucedería si los hombres que la habían traído regresaban? ¿Quién vendría buscando a Yunei? ¿Y qué esperarían encontrar? La respuesta lo inquietó más de lo esperado. Ella notó su preocupación y aseguró que no buscaba problemas. Sin embargo, sus palabras sonaban más como advertencia que como tranquilidad.
Diego entendió que su presencia en casa podía traer consecuencias impredecibles tanto para él como para la mujer que apenas conocía. El viento nocturno trajo un silencio extraño que pareció envolver la casa. Yunei aflojó por primera vez los hombros, claramente agotada.
No obstante, su mirada seguía recorriendo cada ventana, asegurándose de que ningún peligro se acercara mientras intentaba descansar. Diego quiso ofrecerle seguridad, pero sabía que sus palabras no serían suficientes. Yunei había vivido demasiado tiempo confiando en sus propios sentidos como para soltarse simplemente por cortesía. Aún así, él tomó la decisión de protegerla mientras estuviera bajo su techo.
Antes de dormir, Junie dijo que no sabía qué esperaba de su futuro, pero sí sabía que no volvería con quienes la habían traído. Sus palabras eran firmes y frías, y Diego supo entonces que ella había elegido quedarse, aunque fuera por necesidad. La luna iluminaba el perfil de Yunei, resaltando la fuerza en su rostro.
Diego se sorprendió al sentir admiración por aquella mujer que no se rendía ante nada. Era distinta de todo lo que él había imaginado y aún así imposible de ignorar. Cuando la noche avanzó, Diego decidió mantenerse despierto un tiempo más, vigilando desde su silla, no por desconfianza hacia Yunei, sino por una sensación visceral de que algo más estaba por venir, algo que podría cambiar la vida de ambos para siempre.
Sin darse cuenta, ambos compartieron un silencio que no era hostil, sino una tregua entre dos almas heridas. En ese instante, Diego entendió que el destino no siempre trae lo que uno pide, pero a veces entrega lo que realmente se necesita. A la mañana siguiente, Diego despertó sobresaltado al escuchar pasos firmes en el exterior.
Al asomarse encontró a Yunei observando el horizonte con expresión alerta, como si percibiera algo que él aún no podía distinguir. Su presencia imponía una calma tensa. El sol naciente bañaba el paisaje con tonos dorados, pero Yunei parecía ajena a la belleza del amanecer.
Su mirada vigilante se movía de un punto a otro, analizando rastros invisibles que despertaban en ella un instinto aprendido entre peligros constantes. Cuando Diego se acercó, Juni señaló unas marcas frescas en la tierra, huellas que él jamás habría notado. Explicó con voz baja que pertenecían a hombres armados, no viajeros comunes. Sus palabras provocaron un escalofrío que le recorrió la espalda.
Diego sabía que su hogar estaba alejado de las rutas principales, así que la presencia de extraños significaba algo más inquietante. Yune afirmó que aquellos hombres no viajaban por casualidad, sino buscando algo específico que aún no habían encontrado o quizás a alguien. Ella examinó el terreno con precisión calculada, inclinándose sobre el suelo mientras tocaba la tierra con los dedos.
Sus movimientos eran silenciosos, casi rituales, como si consultara una memoria ancestral que le permitía leer sombras y silencios con exactitud sorprendente. Diego observó como Yunei se transformaba ante sus ojos. La mujer cautelosa que había llegado la noche anterior ahora mostraba habilidades forjadas en supervivencia.
Él comprendió que aunque no conociera su historia completa, ella había enfrentado enemigos antes y sabía cómo anticiparlos. La tensión crecía mientras ambos caminaban alrededor de la casa, revisando cada señal. Yuney explicó que esas huellas pertenecían al mismo grupo que la había escoltado durante el viaje.
Diego sintió un nudo en el estómago al imaginar el posible propósito de su regreso. Ella no hablaba con miedo, sino con una serenidad profunda, nacida del hábito de enfrentar amenazas. Sin embargo, Diego percibió que las intenciones de esos hombres podrían ser peligrosas para ellos. Allí comprendió que no podía permitir que Yunei enfrentara aquello sola.
Yunei sugirió reforzar la entrada y mantener el fuego apagado durante la noche para no llamar atención. Diego aceptó sin dudarlo, sorprendido de cuánto confiaba ya en sus recomendaciones. La seguridad de ambos dependía de actuar con cuidado y sin errores. Mientras trabajaban en silencio, una bandada de cuervos surcó el cielo, emitiendo grasnidos inquietantes.
Junei levantó la vista y frunció el ceño, interpretando un mal augurio en su vuelo. Diego sintió que algo se aproximaba, algo inevitable y cercano. Terminaron de asegurar las ventanas con tablones improvisados. Juney examinó cada estructura probando la resistencia con sus manos fuertes. Diego observó como su determinación convertía la incertidumbre en estrategia y entendió que aquello era su forma de proteger un espacio desconocido.
Cuando entraron nuevamente a la casa, Yuny pidió agua. Diego notó que sus manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por agotamiento acumulado. Ella había pasado demasiado tiempo huyendo sin descanso y su cuerpo comenzaba a mostrar las secuelas del esfuerzo. A pesar del desgaste, Juni se mantenía en guardia. explicó que los hombres podían volver en cualquier momento y que si lo hacían no llegarían con buenas intenciones.
Sus palabras eran firmes, cargadas de una certeza que Diego no quiso cuestionar. Mientras el viento golpeaba suavemente la puerta, Yunei confesó que había sido ofrecida como pago por una disputa entre grupos. No era un castigo directo, pero sí un sacrificio decidido por otros. Diego sintió rabia al imaginarla tratada como mercancía.
Juney habló con voz pausada, describiendo el momento en que comprendió que la enviaban lejos para deshacerse de ella. No lo decía con tristeza, sino con un orgullo intacto. Para ella, aceptar ese destino no fue resignación, sino una oportunidad de escapar. Diego escuchó en silencio, atrapado por la fuerza que emanaba de ella, incluso al relatar situaciones terribles, comprendió que la imagen de fragilidad que él esperaba encontrar jamás habría encajado con una mujer como Yuni, moldeada por la adversidad y la resistencia. La luz del mediodía se filtraba por las
grietas, iluminando el polvo suspendido en el aire. Yuney observó ese brillo con expresión seria, calculando cuánto tiempo tendrían antes de que los hombres notaran su ausencia y retomaran la búsqueda con mayor intensidad. Diego propuso huir hacia el bosque cercano, pero Yunei negó firmemente. Explicó que moverse sin conocer el territorio los expondría aún más.
Permanecer donde estaban les daba una mínima ventaja, especialmente si preparaban defensas adecuadas antes del anochecer. Ella sugirió crear una distracción en el perímetro, colocando señales falsas para confundir a los posibles perseguidores.
Diego la siguió mientras seleccionaba ramas, piedras y senderos que pudieran alterar la lectura de las huellas. Su ingenio resultaba tan impresionante como inesperado. Trabajaron hasta que la tarde comenzó a caer mientras la sensación de peligro aumentaba. Diego sintió que algo invisible se acercaba, presionando desde la distancia. Cada crujido del suelo, cada hoja movida por el viento, parecía anunciar un enfrentamiento inminente.
Al terminar, Juney se quedó quieta, mirando hacia el horizonte rojizo que anunciaba el final del día. Su silueta recortada contra el cielo parecía la de una guardiana ancestral, lista para enfrentar aquello que llegara sin retroceder un solo paso. Diego se colocó a su lado, sintiendo por primera vez la extraña necesidad de protegerla.
Aún sabiendo que ella era capaz de cuidarse sola, Juney no dijo nada, pero la atención compartida creó un vínculo silencioso que se fortalecía con cada minuto. Cuando las sombras empezaron a alargarse, Junie afirmó que debían descansar lo suficiente para estar alertas durante la noche. Aseguró que no bajaría la guardia en ningún momento, pues los hombres que la buscaban no se detenían hasta cumplir su misión. Dentro de la casa, el ambiente era denso pero seguro.
Diego colocó dos mantas cerca de la pared más alejada de las ventanas y Yuney aceptó acostarse solo por prudencia. Aún así, mantuvo sus armas improvisadas a su alcance inmediato. Mientras la oscuridad cubría el cielo, Diego sintió que el destino había cambiado su vida de una manera irreversible. No sabía qué esperar del día siguiente, pero estaba seguro de algo.
Proteger a Yune ya no era una opción, sino una promesa silenciosa. La noche avanzaba lentamente cuando un sonido suave rompió el silencio. Junei abrió los ojos de inmediato, tensando los músculos mientras escuchaba con atención. Diego también despertó notando la mirada aguda de ella fijada en la ventana como si algo invisible se acercara. El viento arrastraba hojas secas.
Pero había otro ruido más profundo, casi imperceptible. Junei se levantó con cautela, caminando silenciosamente hasta la puerta. Señaló a Diego que permaneciera en la sombra mientras ella revisaba el exterior sin exponerse demasiado. A través de la rendija, Yuny vio siluetas moviéndose entre los árboles, hombres avanzando con pasos lentos y coordinados. No eran viajeros perdidos, estaban buscando algo de manera metódica.
Su respiración se volvió más firme, consciente del peligro que se acercaba. Diego sintió un escalofrío recorrerle la espalda al escuchar los pasos cada vez más cercanos. No había imaginado que la persecución sería tan rápida. Observó como Yunei apretaba la mandíbula, preparando su mente para una confrontación inevitable que ambos deseaban evitar.
Los hombres avanzaban con antorchas pequeñas, inspeccionando el terreno como expertos rastreadores. Junei reconoció dos figuras y sus ojos se oscurecieron. Era el mismo grupo que la había traído días atrás y ahora parecían decididos a recuperar lo que consideraban perdido. Diego trató de observar desde otra ventana, pero Yuney lo sujetó del brazo suavemente, advirtiéndole que no se expusiera. Él comprendió que esos hombres no dudarían en emplear fuerza.
Su corazón latía con fuerza mientras escuchaban sus voces apagadas cerca del establo. Uno de los hombres mencionó que la habían seguido hasta ese valle y que no se irían sin ella. Sus palabras resonaron con una crueldad fría. Diego sintió una mezcla de indignación y temor por lo que eso significaba para ambos. Junei retrocedió con calma controlada.
Explicó en voz baja que debían mantenerse ocultos hasta que se marcharan. Sin embargo, su expresión revelaba que no confiaba en que ellos abandonaran la zona tan fácilmente. Aquello era solo el comienzo de una larga búsqueda. Los pasos se detuvieron muy cerca de la puerta y Diego contuvo la respiración escuchando cómo palpaban la madera desde afuera.
Junei tomó un palo firme que había preparado horas antes, lista para defenderse si la situación se volvía insostenible. El grupo conversó entre susurros, analizando huellas y comentando que alguien más había intervenido. Mencionaron que las señales parecían alteradas. Yunei comprendió que habían descubierto sus trampas, aunque no estaban seguros de qué tan lejos podía encontrarse.
Finalmente, los hombres se alejaron unos metros revisando el perímetro. Diego exhaló lentamente pensando que se marcharían, pero Yunei negó con la cabeza. Su intuición le decía que solo esperaban un movimiento impulsivo, una señal que confirmara su presencia. Permanecieron inmóviles durante un largo rato.
La tensión era tan densa que parecía llenar la habitación. Cada crujido del exterior hacía que ambos intercambiaran miradas silenciosas, entendiendo que cualquier error podría definir su destino durante esa noche peligrosa. Después de un tiempo que pareció eterno, el grupo comenzó a retroceder hacia los árboles. Sus pasos se fueron apagando hasta que solo quedó el sonido del viento.
Diego soltó un suspiro, pero Yunei mantuvo la postura rígida aún alerta. Ella aseguró que debían esperar un poco más porque esos hombres solían vigilar desde la distancia antes de retirarse. Diego obedeció sin cuestionar, impresionado por la experiencia de supervivencia que ella demostraba incluso en momentos de aparente calma.
Cuando finalmente Yunei se relajó y bajó el palo, sus manos temblaron ligeramente, revelando que incluso ella sentía el peso de la amenaza. Diego colocó una manta sobre sus hombros. intentando ofrecer un gesto de apoyo silencioso y respetuoso. Junei aceptó el gesto sin apartar la vista de la ventana. Aunque no lo admitiera, agradecía la compañía.
Había pasado demasiado tiempo enfrentando el peligro sola y la presencia de Diego le brindaba una calma que no esperaba encontrar. Diego susurró que no permitiría que la llevaran de vuelta. Sus palabras salieron firmes, impulsadas por una mezcla de coraje y protección. Yune lo miró con sorpresa, pues no esperaba esa determinación en alguien ajeno a su historia.
Ella respondió con un leve asentimiento, reconociendo su valentía. Sin embargo, advirtió que la amenaza no desaparecería fácilmente. El grupo regresaría con más hombres si no encontraban rastro pronto. Diego sintió un peso nuevo en el pecho, consciente del peligro. Ambos se sentaron junto al fuego apagado, conversando en voz baja.
Yunei explicó más detalles sobre los hombres, su organización y la autoridad que tenían en ciertas regiones. Diego comprendió que se enfrentaban a adversarios que no temían cruzar límites. Mientras hablaban, Juney reveló que su tamaño y fuerza habían sido motivo de disputas entre varias comunidades, algunos viéndola como un recurso valioso y otros como un obstáculo peligroso. Su pasado estaba lleno de luchas internas que nunca pidió vivir.
Diego la escuchó con atención profunda, sintiendo como su historia lo tocaba de maneras inesperadas. No era una simple mujer enviada por error. Era alguien que había sobrevivido a una vida marcada por decisiones ajenas y responsabilidades impuestas sin compasión. En un momento de calma, Jun preguntó por la vida de Diego.
Él relató su soledad, su deseo de tener una compañera y el impulso ingenuo de solicitar una esposa por correspondencia. Ahora, frente a ella, esa decisión le parecía absurda y pequeña. Junie no lo juzgó, al contrario, le dijo que su honestidad era rara, algo que había olvidado conocer entre tanta desconfianza. Sus palabras hicieron que Diego sintiera una conexión inesperada, un puente que no había existido antes entre ellos.
Con la madrugada acercándose, Juni propuso preparar una ruta alternativa por si debían huir pronto. Diego aceptó sin dudar. Ambos sabían que la paz sería momentánea y que el amanecer traería decisiones difíciles que marcarían el rumbo de sus vidas. Antes de descansar un poco más, Diego y Juni compartieron un silencio largo, lleno de promesas, no dichas.
Aunque el peligro seguía acechando en la oscuridad, por primera vez sintieron que no enfrentarían solos lo que estuviera por venir. Diego despertó antes del amanecer, sintiendo la extraña quietud que precede a los grandes cambios. Al abrir los ojos, encontró a Yunei sentada junto al fuego apagado, observándolo con una mezcla de duda, determinación y un profundo peso en la mirada.
La gigantesca mujer nativa había permanecido en silencio toda la noche, vigilando incluso cuando él dormía, como si protegiera algo más que su vida. Diego percibió que algo la inquietaba, algo que ella aún no se atrevía a pronunciar completamente. Cuando Diego se incorporó, Yunei apartó la mirada intentando ocultar un temblor apenas visible en sus manos.
Ella era fuerte, indomable, pero en ese instante parecía vulnerable, como si cargara un secreto que amenazaba con desmoronar su coraje. Diego se acercó lentamente, sin forzar palabras. Sabía que la mujer hablaba con acciones más que con voz. Se sentó junto a ella, permitiendo que el silencio los envolviera hasta que Yuni exhaló profundamente y decidió enfrentar lo inevitable.
Finalmente, Yuni levantó la vista y confesó que su pueblo había comenzado a sospechar de su ausencia prolongada. Temía que algunos guerreros nativos interpretaran su alianza con Diego como traición, desatando una confrontación que ninguno deseaba enfrentar en ese momento. Diego comprendió la gravedad del problema y sintió un peso hundírsele en el pecho. Él jamás imaginó que su presencia pudiera poner en riesgo a Yun frente a su propia gente.
Sin embargo, también sabía que ya era demasiado tarde para retroceder. Ella explicó que los rastros encontrados cerca de la cabaña habían sido interpretados como señales de conflicto. Los líderes nativos pensaban que Diego la retenía contra su voluntad, sin considerar que ella había elegido quedarse por su propia decisión.
Aunque la situación parecía alarmante, Juney aseguró que no permitiría que la sangre se derramara por un malentendido. Había decidido regresar para aclarar la verdad, pero temía que su palabra no bastara para convencer a los más radicales del consejo. Diego no quería que ella volviera sola, consciente de los riesgos.
Sin embargo, la mujer insistió en que su presencia agravaría el conflicto, pues su sola figura alimentaría sospechas entre los nativos. Necesitaba enfrentar aquello sin la sombra de su compañía. Aún así, Diego negó rotundamente dejarla marchar sin protección. Argumentó que los caminos eran peligrosos y que los cazadores de recompensas seguían rondando la región. Sabía que si alguien atacaba a Yune, no tendría la oportunidad de defenderse a tiempo.
Yuney, con un gesto firme, aseguró que nadie se atrevería a tocarla en su propio territorio. Aunque respetaba la preocupación de Diego, su determinación se mantuvo inquebrantable. Quería evitar que él se viera envuelto en conflictos originados por decisiones ajenas. Diego sintió que la fuerza interior de Yunei crecía con cada palabra.
No era solo su tamaño lo que impresionaba, sino la manera en que enfrentaba los peligros que la vida colocaba frente a ella. Cada gesto revelaba un espíritu que no conocía rendición. Al despedirse, Yuney colocó una mano sobre el hombro de Diego, mostrando un afecto profundo que trascendía diferencias culturales. Prometió volver una vez aclarada la confusión, pero advirtió que si no regresaba para la próxima luna, él debía prepararse. Diego intentó ocultar su preocupación, aunque su rostro lo traicionaba.
Sabía que los nativos no eran fáciles de convencer cuando el honor de su pueblo estaba en juego. Muchos desconfiaban de cualquier trato entre forasteros y miembros de su tribu. Mientras ella se alejaba entre los árboles, él sintió que el bosque se hacía peligrosamente silencioso. Los movimientos de Yunei eran ligeros, pese a su tamaño, pero cada paso parecía arrastrar consigo una sombra de incertidumbre y temores no pronunciados.
Cuando Yunei desapareció del todo, Diego se quedó de pie, inmóvil, tratando de imaginar qué destino la aguardaba entre los suyos. La idea de que no volviera jamás lo estremeció más que cualquier amenaza que hubiera enfrentado anteriormente. Para distraer su inquietud, Diego comenzó a preparar la cabaña, inspeccionando cada rincón en busca de señales de intrusos.
No confiaba en la aparente calma de la región y sospechaba que alguien más podría estar observándolo desde la distancia. En medio de su inspección encontró huellas frescas cerca de la parte trasera de la cabaña. Eran más pequeñas que las de Yuni, más numerosas y estaban organizadas en un patrón que sugería vigilancia prolongada, como si alguien midiera cada movimiento suyo.
Diego supo de inmediato que esas huellas no pertenecían a los nativos. El patrón irregular y la profundidad del paso revelaban impaciencia, torpeza y una intención claramente hostil. Eso significaba que los cazadores seguían rondando, esperando la oportunidad adecuada. La noción de que la vida de Yunei también estaba en peligro lo recorrió como un latigazo.
Si esos hombres descubrieran su ruta hacia el campamento nativo, provocarían una catástrofe que ninguna explicación podría detener. Tenía que protegerla. A cualquier costo, Diego decidió seguir discretamente las huellas, intentando descubrir cuántos enemigos se acercaban y qué planeaban exactamente. Con cada paso, su ansiedad crecía, imaginando emboscadas y ataques posibles que pudieran desatar una guerra innecesaria entre dos mundos diferentes.
Mientras avanzaba, comenzó a escuchar murmullos lejanos, risas contenidas y el sonido metálico de armas preparándose. Aquello confirmaba sus sospechas. Los hombres estaban al acecho esperando la salida de Yuni para capturarla sin enfrentar su fuerza en combate. Con el corazón acelerado, Diego comprendió que debía adelantarse.
Si lograba interceptar a los cazadores antes de que alcanzaran territorio nativo, podría evitar una tragedia, pero sabía que enfrentarlos solo era arriesgado y que cualquier error sería fatal. Aún así, la idea de quedarse quieto lo atormentaba. Junei había confiado en él pese a todo y ahora dependía de su valentía silenciosa.
Diego respiró profundamente, preparándose para tomar una decisión que cambiaría el rumbo de todo lo ocurrido. Con una última mirada hacia el sendero que ella había tomado, Diego ajustó su cinturón, cargó su arma y emprendió una carrera frenética hacia el peligro. Sabía que no podía fallar.
Pues la vida de Yuni y la paz dependían completamente de él. Diego avanzó entre los matorrales con pasos medidos, guiado por las risas apagadas de los cazadores. Cada sonido que alcanzaba sus oídos confirmaba cuán cerca estaban de interceptar el sendero que Yuney había tomado y cuánto peligro se cernía sobre ella. Cuando alcanzó una pequeña elevación, se agachó para observar desde arriba.
vio a cinco hombres apostados cerca del viejo roble caído, revisando sus armas y discutiendo cómo dividirse para capturar a la mujer nativa, sin alertar al resto de la tribu, el líder del grupo explicaba que la recompensa por atrapar a una mujer tan fuerte sería suficiente para comprarse tierras nuevas.
Sus palabras estaban cargadas de ambición y brutalidad, dejando claro que no contemplaban en absoluto la posibilidad de un diálogo pacífico. Diego sintió un ardor en el pecho, sabiendo que no podía permitir que esas intenciones se concretaran. Junei confiaba en él y aquella oportunidad era decisiva para demostrar que su palabra valía más que cualquier arma o amenaza externa. Aún así, atacar de frente sería un suicidio.
Necesitaba una estrategia que le permitiera crear confusión, dispersar al grupo y ganar tiempo para advertir a Yuni antes de que los cazadores pudieran seguir su rastro hacia el territorio nativo. Con sumo cuidado, Diego retrocedió para rodear el campamento improvisado y alcanzar la zona donde los caballos estaban amarrados.
Si lograba espantarlos, los hombres perderían movilidad y su avance hacia Yun se vería interrumpido por un caos imposible de ignorar. Tras unos minutos de maniobras silenciosas, Diego encontró a los animales inquietos pero tranquilos. sacó una cuerda de su cinturón y comenzó a frotarla contra una roca hasta crear chispas que incendiaran el pasto seco acumulado bajo los árboles.
El fuego pequeño no era lo suficientemente grande para dañar a los animales, pero sí para generar un humo espeso y alarmante. Cuando el viento empujó esa nube hacia el campamento, los caballos comenzaron a relinchar desesperadamente, rompiendo cuerdas y levantando polvo. Los cazadores salieron corriendo, totalmente tomados por sorpresa, gritando órdenes contradictorias para intentar controlar la estampida.
En cuestión de segundos, la organización que tanto se habían esforzado en mantener se desmoronó como una estructura frágil bajo un temporal repentino. Diego aprovechó esa distracción y se deslizó detrás del roble caído, avanzando hacia el sendero que llevaba al territorio nativo. Sabía que el tiempo era crítico y que cada segundo podría ser la diferencia entre salvar a Yuney o llegar demasiado tarde.
A medida que avanzaba, escuchaba de fondo los gritos cada vez más lejanos de los cazadores. Parecía que su plan funcionaba, pero no podía confiarse. Los hombres eran persistentes y tarde o temprano reorganizarían sus esfuerzos para retomar la persecución. Cuando alcanzó la parte más estrecha del bosque, encontró señales claras del paso reciente de Yunei.
Huellas profundas, ramas movidas y una ligera marca en el suelo, como si ella hubiera detenido su marcha por un instante para observar los alrededores. Diego aceleró el paso, impulsado por la urgencia de llegar antes que cualquier intruso. El silencio del bosque, lejos de transmitir calma, aumentaba su ansiedad, pues sabía que los nativos solían vigilar desde las copas de los árboles sin emitir sonido alguno.
De pronto, una flecha se clavó frente a él, enterrándose en el suelo con una precisión milimétrica. Diego levantó las manos de inmediato, entendiendo que había cruzado un límite invisible y que varios guerreros nativos lo observaban desde las sombras. Una voz profunda le ordenó detenerse. Él respiró hondo y explicó desesperadamente que Yuny estaba en peligro y que hombres armados se acercaban desde el oeste.
Su tono era tan urgente que incluso los más desconfiados tuvieron que escuchar con cautela cada palabra. Tres figuras descendieron de los árboles con movimientos felinos, rodeándolos sin agresión inmediata. Querían saber por qué un forastero había irrumpido en su territorio y por qué mencionaba el nombre de una de las mujeres más respetadas entre los suyos.
Diego les relató sucedido desde el amanecer, incluyendo el conflicto provocado por los cazadores y su intención de capturar a Yunei. No intentó exagerar nada, sabiendo que los nativos detectaban mentiras con una facilidad inquietante para cualquier extranjero. Los guerreros intercambiaron miradas tensas. comprendiendo que la situación era más grave de lo que imaginaban.
Si esos hombres llegaban al campamento, interpretarían cualquier gesto nativo como hostilidad, lo que podría desencadenar una confrontación sangrienta sin posibilidad de regreso. Uno de ellos ordenó escoltar a Diego hasta el consejo, asegurando que Yunei ya había llegado y que su presencia generaba intensos debates.
La noticia provocó alivio y preocupación simultánea en él, pues no sabía si ella había logrado explicar todo correctamente. Mientras avanzaban por senderos ocultos entre la maleza, Diego escuchó tambores lejanos que anunciaban una reunión urgente. Aquello significaba que la tribu estaba deliberando sobre un asunto de extrema importancia, probablemente relacionado con su llegada y la repentina amenaza externa.
Al entrar en el claro principal, vio a varios ancianos reunidos alrededor del fuego ceremonial y a un grupo de guerreros formando un círculo protector. Junei estaba de pie en el centro, imponente, intentando mantener la calma frente a tantas miradas. Cuando ella lo vio, sus ojos se abrieron con una mezcla de alivio y temor. Sabía que su presencia podía malinterpretarse, pero también comprendía que Diego no podía haberse quedado de brazos cruzados ante el inminente peligro que descubrimos anteriormente.
Uno de los ancianos exigió respuestas preguntando por qué un forastero había intervenido en asuntos internos del pueblo. Yunei dio un paso adelante declarando que Diego había arriesgado su vida para impedir que los cazadores alcanzaran territorio nativo con intenciones violentas. La discusión se intensificó rápidamente con voces divididas entre quienes confiaban en las palabras de Yunei y quienes temían que la presencia de Diego atrajera aún más problemas.
El ambiente se volvió denso, cargado de tensión, mientras el fuego iluminaba sus rostros. En ese instante, antes de que alguien pudiera emitir un juicio definitivo, un mensajero irrumpió corriendo desde el borde del campamento. Su respiración entrecortada y su expresión desesperada anunciaban que los cazadores habían retomado su avance y estaban muy cerca.
El mensajero cayó de rodillas, advirtiendo que los cazadores avanzaban entre los matorrales con torpeza desesperada. afirmó que habían visto el humo de las hogueras nativas y que creyendo que había riquezas o presas, aceleraban su marcha sin ninguna prudencia. Los ancianos se levantaron con inquietud, intercambiando miradas que reflejaban la gravedad del momento.
Entendían que una incursión armada, aunque accidental, podía desencadenar un conflicto devastador. Necesitaban decidir rápidamente si enfrentar a los intrusos o evacuar hacia los barrancos orientales. Yune dio un paso firme frente al consejo, afirmando que su pueblo no debía huir. explicó que los cazadores no buscaban guerra ni invasión, sino capturar mujeres para venderlas.
Aseguró que Diego había escuchado sus planes y arriesgado su vida para detenerlos. El líder del consejo analizó su postura durante un largo silencio. Era evidente que Yunei no hablaba desde la impulsividad, sino desde el deber. Su voz transmitía la convicción de alguien que comprendía los peligros externos mejor que muchos guerreros formados desde la infancia.
Diego rompió el silencio declarando que los cazadores estaban desorganizados y heridos tras la confusión provocada anteriormente. Señaló que si los nativos actuaban de manera táctica, podrían rodearlos, desarmarlos y expulsarlos sin necesidad de derramar sangre inocente en territorio sagrado. Los ancianos se miraron entre sí, reconociendo que aquella propuesta evitaba una confrontación abierta.
Finalmente, el líder autorizó una acción defensiva limitada, otorgando a Yuni la responsabilidad de coordinar el movimiento. Era un gesto de gran confianza reservado solo para quienes habían demostrado valentía real. Junei aceptó la misión sin titubear, reuniendo a un grupo de guerreros que se movían con precisión silenciosa.
Diego pidió acompañarlos, sabiendo que conocía mejor que nadie la ruta que los cazadores habían tomado y los puntos donde podrían ser interceptados adecuadamente. Un guerrero se opuso inicialmente, considerando que un forastero era un riesgo innecesario. Sin embargo, Yunei defendió la presencia de Diego. afirmando que su experiencia reciente era clave para anticipar los patrones del enemigo.
Su defensa disolvió la resistencia y permitió que él se uniera. El grupo avanzó entre árboles altos, siguiendo un patrón circular para rodear la zona donde los cazadores habían sido detectados. El bosque parecía contener la respiración mientras las sombras se estiraban en un silencio expectante, presintiendo la inminente confrontación inevitable.
Cuando llegaron a un claro, escucharon voces irritadas y pasos apresurados. Los cazadores discutían entre sí, culpándose mutuamente por la pérdida de los caballos y por haberse adentrado en territorio desconocido sin un plan coherente. La tensión interna debilitaba su capacidad de respuesta inmediata. Diego señaló un tronco caído que podía servir como punto de distracción.
Junei comprendió su intención. Si lograban atraerlos hacia un espacio controlado, los guerreros nativos podrían reducirlos sin violencia. Era un movimiento arriesgado, pero perfectamente calculado para esa situación. Juney arrojó una piedra que golpeó el tronco con fuerza, generando un eco seco que llamó la atención de los cazadores.
Ellos apuntaron sus armas hacia el sonido, avanzando lentamente hacia el claro, sin percatarse de que estaban entrando en una trampa inevitable. Cuando cruzaron el límite del claro, una red tejida con fibras naturales cayó desde lo alto, atrapando a dos de ellos. Los demás trataron de reaccionar, pero los guerreros nativos surgieron de las sombras con movimientos rápidos, desarmándolos antes de que pudieran disparar.
Los cazadores quedaron inmovilizados, sorprendidos por la eficacia del ataque. No habían esperado una defensa tan organizada ni liderada por una mujer cuya fuerza física lo superaba ampliamente. Su mirada hacia Yunei era mezcla de miedo, incredulidad y arrepentimiento palpable. Junei les advirtió con voz firme que estaban en territorio sagrado y que cualquier intento de agresión sería visto como un acto irreversible.
les explicó que la tribu no buscaba conflicto, pero que no toleraría la captura de mujeres ni la invasión. Los hombres, exhaustos y sin armas, apenas pudieron balbucear excusas, prometiendo retirarse de inmediato. Diego confirmó que no volverían, señalando que ya habían perdido recursos, rutas y reputación. Lo único que deseaban ahora era marcharse vivos y sin más humillaciones.
Yunei ordenó a los guerreros escoltarlos hasta el límite del bosque, advirtiendo que cualquier regreso sería castigado con severidad. Los cazadores aceptaron sin resistencia, caminando con la cabeza baja, conscientes de que habían sido derrotados por una combinación inesperada de valor y estrategia. Una vez que el peligro desapareció por completo, Junei y Diego regresaron lentamente al campamento.
El ambiente estaba más aliviado, pues los tambores habían cesado y las familias observaban desde sus hogares improvisados agradecidas por la protección brindada. El consejo recibió a ambos con respeto renovado. Reconocieron que la intervención conjunta había evitado una tragedia y había demostrado que los lazos entre mundos distintos podían producir soluciones más sabias que cualquier enfrentamiento violento. Era una enseñanza valiosa para todos.
Juney inclinó la cabeza como señal de agradecimiento, pero admitió que la verdadera iniciativa había venido de Diego. Su confesión provocó murmullos de sorpresa entre los ancianos, quienes jamás imaginaron que un extranjero pudiera actuar con tanta lealtad hacia su pueblo. Diego se sintió abrumado por la atención, pero no negó su implicación.
declaró que había actuado porque Yune le había demostrado una fuerza y dignidad que jamás había visto en otra persona, y porque entendía que protegerla significaba proteger algo mucho mayor. Los ancianos discutieron entre ellos por un momento hasta que el líder se levantó y proclamó que Diego sería considerado un aliado honorable. Esa resolución no solo significaba aceptación, sino que lo vinculaba simbólicamente al destino de la tribu y de Yunei. Yuni lo miró con una mezcla de sorpresa y emoción contenida.
Había temido que los suyos nunca lo aceptaran completamente, pero ahora veía un puente sólido entre ambos mundos. El gesto del consejo era un inicio prometedor para un futuro compartido. Mientras el cielo se teñía de tonos anaranjados, al caer la tarde, Diego y Juney caminaron juntos hacia el borde del bosque.
No necesitaban hablar para entender que algo profundo había cambiado dentro de ellos, algo que iba más allá de la supervivencia. En ese instante, bajo el silencio respetuoso de la naturaleza, ambos comprendieron que lo que había comenzado como un encuentro accidental se había transformado en un vínculo inquebrantable. Un destino nuevo se abría ante ellos, marcado por respeto, valentía y una inesperada unión. Yeah.
News
Cuando tenía trece años, mi adinerado tío me acogió después de que mis padres me abandonaran…
A los 13 años, mis padres me dejaron abandonado y fue mi tío, un hombre rico y justo, quien me…
Me obligó mi suegra mexicana a firmar el divorcio… Yo solo sonreí cuando apareció el abogado
Aquel día, la sala de la casa Ramírez, en Guadalajara, estaba helada, aunque afuera el sol quemaba sin piedad. Sobre la…
Fingí estar en la ruina total y pedí ayuda a mis hijos millonarios: me humillaron y me echaron a la calle, pero mi hijo el más pobre me dio una lección que jamás olvidaré.
CAPÍTULO 1: LA DAMA DE HIERRO SE QUIEBRA El sonido de la puerta de caoba maciza cerrándose en mi cara…
Millonario Volvió A Casa Fingiendo Ser Pobre Para Probar A Su Familia — Lo Que Hicieron Lo Impactó
Era el cumpleaños número 60 de Antonio Mendoza, uno de los hombres más ricos de España, y su mansión en…
«No soy apta para ningún hombre», dijo la mujer obesa, «pero puedo amar a tus hijos». El vaquero ..
No soy apta para ningún hombre, señor, pero puedo amar a sus hijos. La dueña de la pensión estaba parada…
Esposa embarazada muere al dar a luz. Los suegros y la amante celebran hasta que el médico revela suavemente:
Lo primero que Laura Whitman notó después de dar a luz fue que podía oírlo todo. Podía oír el pitido…
End of content
No more pages to load






