
La lluvia caía con fuerza sobre la pradera de Texas, transformando la tierra agrietada por el verano en un lodazal interminable. Es de Suyiban, un hombre de 50 años con hombros anchos y mirada endurecida por la soledad, estaba hasta las rodillas en un agujero que había comenzado a acabar desde el amanecer.
No era un entierro cualquiera. En sus manos, cubierto por una vieja colcha, descansaba Buc, su perro pastor, durante 13 años. El último lazo vivo que lo unía a Rut, su esposa fallecida. Cada palada de barro era un recordatorio de lo que había perdido.
Bu había sido testigo de la vida que una vez tuvo de Rut cantando en la cocina, de los días en que la casa estaba llena de olor a pan recién hecho y risas suaves. Pero todo eso quedó atrás cuando la fiebre se llevó a su esposa y ahora, al enterrar a su perro, sentía que la última chispa de ese pasado desaparecía. La lluvia le corría por el rostro mezclándose con el sudor, pegando su cabello gris a la frente. Ese ya no lloraba.
No desde la muerte de Ruth había convertido el dolor en una rutina silenciosa. Sin embargo, mientras alisaba con cuidado la colcha sobre el cuerpo de Book, algo en el horizonte lo hizo detenerse. A través de la cortina de agua, divisó dos figuras pequeñas que se movían con dificultad por el barro. Un rayo iluminó la escena.
Un niño no mayor de 11 años arrastraba un improvisado trineo hecho de ramas. Sobre él, bajo una manta empapada, se adivinaba el cuerpo inmóvil de alguien más pequeño. Ese frunció el ceño. Su instinto lo llevó a buscar el revólver que solía colgar de su cadera, pero ese día lo había dejado en casa. Con el corazón acelerado, salió del agujero y esperó.
Cuando el niño estuvo lo suficientemente cerca, ese pudo ver su rostro pálido con las mejillas hundidas y una mezcla de barro y lágrimas cubriéndole la piel. Aún así, sus manos seguían aferradas con fuerza a la cuerda del trineo. ¿Es usted el doctor Suyiban?, preguntó el chico con una voz quebrada que apenas escuchaba sobre el rugir de la tormenta.
Es se tensó. Hacía años que nadie lo llamaba así. No desde que dejó atrás la medicina en Virginia, junto a las tumbas de soldados que no pudo salvar y el recuerdo de su propia esposa. ¿Quién pregunta? Respondió dando un paso hacia él. Me llamo Caleb Morgan, dijo el niño respirando con dificultad.
Mi mamá me dijo que lo buscara, que usted podía salvar a cualquiera. Ese sintió un nudo en el estómago. Había escuchado esas palabras antes, en otros tiempos, cuando aún creía que su vocación podía cambiar destinos. ¿Y quién es esa?, preguntó señalando la manta sobre el trineo. Caleb, con manos temblorosas, retiró la tela.
Allí yacía una niña de unos 7 años con labios azulados y el cabello oscuro pegado a la frente. “Por favor”, susurró el niño. “Salve a mi hermana!” Ese se arrodilló junto al cuerpo. Sus dedos buscaron un pulso que ya sabía que no encontraría. La piel estaba fría, pero no del todo. “Tal vez,” pensó, “tle mucho tiempo muerta. ¿Cómo se llama? preguntó con voz baja. Hann su nombre es Hann.
Esle cerró suavemente los ojos de la niña mientras el trueno retumbaba sobre sus cabezas. Lo siento, hijo. Hann se fue. El grito de Caleb se perdió en la lluvia, pero no en el corazón de Este. Porque aunque no lo admitiera en voz alta, algo en esa súplica había roto el muro que llevaba años construyendo.
Ese miró al niño empapado, luego al cuerpo de la niña y supo que ese encuentro no era casualidad. No todavía. No con una madre herida esperándolo en algún lugar de esa pradera. La lluvia seguía golpeando la tierra cuando Caleb, con la voz quebrada y los labios morados por el frío, pronunció las palabras que lo cambiarían todo. Mi mamá está herida.
Está en la vieja cabaña de los Carter, a 8 km al este. Me dijo que la llevara a usted. Ese se irguió lentamente. Había oído hablar de esa cabaña, una estructura abandonada, sin refugio real contra el clima, donde solo la desesperación podía obligar a alguien a quedarse. ¿Qué le pasó?, preguntó, aunque intuya la respuesta. Unos hombres vinieron. Caleb tragó saliva.
Dispararon a mi papá y a mi mamá también. Ella dice que la bala le dio en el hombro. Al principio intentó vendarse, pero esta mañana no podía mantenerse en pie. Las rodillas del niño cedieron y se dejó caer en el barro junto al cuerpo de su hermana. Sus manos se apretaban en puños impotentes. Intenté llegar antes, pero Hann empezó a sentirse mal.
Le dio fiebre y esta mañana ya no respiraba. Ese sintió un peso familiar aplastándole el pecho. Hacía años que no lloraba, pero la mezcla de lluvia y lágrimas en su rostro le resultó inquietantemente familiar. ¿Quién le dijo a tu madre que me buscara? Preguntó intentando entender el alcance de todo.
Caleb lo miró con confusión, como si la respuesta fuera obvia. Ella lo conoció en la guerra. dijo que fue su enfermera en Virginia, Sara Morgan. Es se quedó inmóvil. Ese nombre no era cualquier nombre. Sara Morgan, la joven enfermera que había trabajado a su lado en los días más oscuros cuando el barro y la sangre se mezclaban en las tiendas de campaña.
La mujer que había defendido su nombre cuando todo se vino abajo. La voz de Caleb lo sacó de sus pensamientos. va a ayudarla. Ese miró la tumba a medio cabar deb, luego el cuerpo inmóvil de Hann y finalmente los ojos exhaustos del niño. Primero dijo con tono firme, “Vamos a cuidar de tu hermana, luego iremos por tu madre.” No prometió que la salvaría.
No se atrevía, pero si tomó en brazos a Hann con un cuidado casi reverente. La niña pesaba tan poco que sintió un escalofrío. El cabello oscuro, tan similar al de Rut, se enredó en la tela de su chaqueta. “Ven conmigo”, indicó a Caleb. “Te secaremos y comerás algo caliente. Luego iremos por ella.
” El niño lo siguió sin discutir, como si esas palabras fueran la única cuerda que lo mantenía en pie. Cuando llegaron a la casa, ese colocó el cuerpo de Hann sobre la mesa de la cocina, encendió las lámparas, avivó el fuego y le indicó a Caleb que se sentara junto a la estufa. El muchacho obedeció sin apartar la vista de su hermana. Ese tomó una toalla limpia y comenzó a limpiar el barro del rostro de la niña.
En la muerte se veía tranquila, como si solo estuviera dormida. El vestido de algodón estaba roto y embarrado, pero sus uñas limpias y el cabello trenzado hablaban de un cuidado constante hasta el último momento. ¿Qué pasó exactamente?, preguntó Esre sin dejar de trabajar. Caleb relató con voz monótona.
Los últimos dos días, la fiebre repentina, las noches heladas a pesar del calor diurno, la imposibilidad de su madre de hacer algo más que abrazar a Hann para darle calor. Ese escuchó en silencio, reconociendo en su mente un diagnóstico probable. Neumonía provocada por exposición y debilidad. Una enfermedad que con atención médica tal vez tal vez hubiera tenido otro final.
Al limpiar el cuello de Hann, sus dedos tocaron algo cosido en el dobladillo del vestido, un pequeño papel doblado. Lo sacó y lo abrió con cuidado. Dentro, un nombre y una dirección en San Antonio, junto a una breve nota. Con cariño, tu madre. Ese levantó la vista. ¿Sabes qué es esto? Es de mi tío James, respondió Caleb. Mamá dijo que si algo nos pasaba fuéramos con él.
Ese asintió y guardó el papel en su bolsillo. No permitiría que se perdiera. En ese momento tomó una decisión silenciosa antes de enfrentar a quien había hecho esto. Se aseguraría de que Sara Morgan y su hijo llegaran a salvo, cueste lo que cueste. Ese guardó el papel en el bolsillo de su camisa y miró a Caleb. Necesito preparar a tu hermana para el entierro.
¿Quieres ayudar o prefieres quedarte junto al fuego? El niño respondió sin vacilar. La ayudaré. Es mi responsabilidad. A pesar de que sus manos temblaban por el cansancio, Caleb se mantuvo firme mientras juntos lavaban el cuerpo de Hann. Ese le prestó uno de los camisones de Rut, demasiado grande para la niña, pero limpio y suave.
Caleb peinó el cabello oscuro de su hermana con una delicadeza que conmovió a ese más de lo que estaba dispuesto a admitir. En silencio bajó del granero un pequeño ataú de madera. Lo había construido años atrás durante una epidemia y nunca imaginó que terminaría usándolo así. Caleb lo acarició con la palma de la mano. ¿Lo hizo para ella?, preguntó.
No, ese evitó entrar en detalles, pero es del tamaño perfecto para Hann. Cuando la lluvia comenzó a amainar, cargaron el ataúd hacia la ladera donde ya descansaba la tumba a medio cabard de un poco más allá, la de Rut. El suelo estaba hablando, lo que facilitó la excavación. Caleb insistió en ayudar aferrando una pequeña pala de jardín con determinación. No hubo discursos largos.
Cuando el ataú descendió, Caleb colocó dentro el pañuelo bordado de Hann, ese con el colibrí que tanto le gustaba. Siempre decía que eran valientes porque aunque son pequeños pueden volar muy lejos, murmuró. Ese inclinó la cabeza y recitó una breve oración, la misma que había dicho para Rut. Luego juntos comenzaron a cubrir la tumba con la tierra oscura y húmeda.
Caleb, con un estoicismo sorprendente para su edad, colocó sobre la tierra un pequeño ramo de flores silvestres que había encontrado cerca, milagrosamente intactas tras la tormenta. Cuando se disponían a regresar a la casa, ese notó que el niño caminaba encorbado y cojeando. ¿Estás herido?, preguntó con el ceño fruncido.
No es nada, respondió Caleb, pero ese no se dejó engañar. Le levantó la camisa y descubrió una venda improvisada, sucia y empapada de sangre. Debajo, una herida de bala en el costado con signos claros de infección. “A ti también te dispararon”, afirmó intentando controlar el tono de preocupación. Caleb bajó la mirada. No dije nada porque Hann necesitaba más ayuda y luego mamá.
Ese lo observó en silencio. Reconocía esa mirada obstinada. Era la de alguien dispuesto a ignorar su propio dolor para proteger a los suyos. Vamos adentro. Te voy a curar esa herida. Mientras se dirigían hacia la casa, ese ya sabía que esa noche abriría su viejo maletín médico, ese que no había tocado en cinco años y que una vez más iba a tener que luchar contra el reloj.
Dentro de la casa, el calor del fuego contrastaba con el frío húmedo que traían en la ropa. Es colocó a Caleb en una silla junto a la mesa y fue directo al armario del fondo, donde cubierto de polvo, descansaba su viejo maletín médico. El cuero estaba reseco, en latón deslustrado, pero los instrumentos conservados en aceite seguían intactos, tal y como Ruth le había insistido que los mantuviera.
Voy a tener que limpiar la herida y poner una venda nueva”, advirtió preparando agua caliente y ácido carbólico. Caleba apretó los dientes cuando ese retiró la venda improvisada. La bala había entrado justo debajo de las costillas, atravesando carne y dejando un borde inflamado. No parecía mortal, pero la infección empezaba a avanzar. La bala no tocó órganos vitales.
“Tuviste suerte”, murmuró este mientras desinfectaba con cuidado. “¿Cuándo pasó?” La noche que dispararon a papá, respondió Caleb conteniendo un tejido. Uno de esos hombres me agarró y entonces papá papá lo enfrentó. Fue cuando le dispararon otra vez. Es sintió un nudo en la garganta, pero no hizo preguntas que pudieran abrir heridas más profundas. ¿Cuántos hombres eran? Cinco.
Uno de ellos, Caleb, dudó antes de pronunciar el nombre. El que mandaba se llamaba Víctor Blackwall. Dijo que quería nuestra tierra porque tenía oro. Es se detuvo un segundo en su labor, disimulando la tensión que recorrió sus manos. El nombre de Blackw no le era ajeno. No, él lo conocía muy bien y había jurado no volver a cruzarse en su camino.
Terminó de envolver la herida con una venda limpia y le sirvió a Caleb un plato de frijoles y pan de maíz. El niño comió rápido al principio, luego más despacio, hasta que el cansancio comenzó a cerrarle los párpados. Ve a descansar”, dijo Es indicándole la cama nido junto a la habitación que alguna vez estuvo destinada al hijo que nunca tuvo con Ru.
“Mañana al amanecer iremos a buscar a tu madre.” “Lo prometo”, murmuró Caleb, ya medio dormido. Ese se quedó solo en la cocina, revisando su maletín médico y guardando vendas, quinina, suturas y hasta una petaca de whisky. Afuera la lluvia había cesado, dejando el aire impregnado de salvia y tierra húmeda.
Desde el porche, la luz de la luna iluminaba las dos tumbas frescas en la ladera. Ru susurró en la noche, “¿Que se supone que debo hacer ahora?” No obtuvo respuesta, pero sabía que al amanecer tendría que enfrentar no solo a los hombres que herían y mataban, sino también a un pasado que creía enterrado para siempre. El amanecer llegó teñido de tonos dorados y rosados y con él la determinación de Esd.
Despertó a Caleb con un ligero toque en el hombro. Es hora de buscar a tu madre. El niño reaccionó de inmediato, apartando el sueño como si no hubiera cerrado los ojos en toda la noche. Mientras desayunaban un poco de pan y agua, ese revisó el maletín médico una última vez: vendas limpias, ácido carbólico, quinina, suturas. agua y algo de comida para el camino.
En el corral ensilló a Zander, su robusto caballo castrado, y a Willow, la yegua mansa, que alguna vez fue de Rut. Caleb, todavía resentido por la herida, montó en Willow. La cabaña de los Carter. ¿Sabes llegar?, preguntó Esde ajustando la cincha de Thunder. Sí, señor, respondió Caleb. Está a 8 km al este, cerca de un arroyo rodeado de álamos.
El aire de la mañana estaba fresco y la pradera tras la tormenta parecía otra. Flores silvestres amarillas y violetas asomaban tímidas entre el pasto empapado, y el olor a tierra húmeda lo impregnaba todo. Caleb montaba erguido con la vista fija en el horizonte, como si buscara amenazas antes de que aparecieran.
Tras una hora de viaje, el cielo comenzó a oscurecerse otra vez. Un trueno lejano anunció que la tormenta no había terminado con ellos. “Debemos buscar refugio”, advirtió ese observando el lubarrón que avanzaba. Caleb señaló una formación rocosa con un saliente que podía servir de techo improvisado. Llegaron justo cuando las primeras gotas empezaban a caer con fuerza.
Bajo el refugio, Caleb permaneció en silencio unos minutos aferrando el pañuelo bordado de Hann. Ella lo hizo sola. Dijo finalmente acariciando el colibrí bordado. Mamá le enseñó. Decía que tenía paciencia para el trabajo fino. Es asintió. Hablar de la niña parecía aliviar al muchacho, aunque fuera apenas un poco.
¿Por qué dejó de ser médico? preguntó Caleb de repente con una franqueza que a ese lo desarmó. Es lo miró a los ojos porque a veces no puedes salvar a quienes más quieres salvar y eso te quita las fuerzas para intentarlo con los demás. Caleb bajó la mirada como reconociendo el peso de esas palabras. Yo tampoco pude salvar a Hann ni a papá, susurró ese se inclinó hacia él.
No era tu responsabilidad, Caleb. Eres un niño, pero ahora tu madre te necesita y ahí es donde debes poner toda tu fuerza. El muchacho asintió lentamente guardando el pañuelo en el bolsillo. La lluvia arreció afuera y ese mientras escuchaba los truenos no podía dejar de preguntarse si llegarían a tiempo para salvar a Sara Morgan o si otra tumba se sumaría a la colina antes del anochecer.
Cuando la lluvia comenzó a suavizarse, Esre y Caleb retomaron el camino. El suelo embarrado dificultaba el avance, pero el niño no se quejaba. Su mirada estaba fija en el horizonte, guiándolos como si la distancia y el clima no importaran. El paisaje cambió poco a poco. La pradera abierta dio paso a grupos dispersos de álabos y matorrales. El murmullo creciente de un arroyo les indicó que estaban cerca.
Allí”, dijo Caleb señalando un claro. Ese siguió la dirección de su dedo y vio la vieja cabaña de los cártel. El techo estaba parcialmente hundido, las ventanas negras como ojos vacíos. No había humo en la chimenea ni señales de actividad. Una sensación de alerta recorrió su espalda. “Espera aquí”, ordenó sacando su revólver.
“Si hay problemas, vuelves a mi casa. No intentes ayudar. El niño frunció el ceño, pero asintió. Ese se acercó con pasos medidos, cada músculo en tensión. Empujó la puerta que colgaba torcida de una bisagra. Dentro el aire estaba cargado de humedad y abandono. Sarah Morgan llamó en voz baja.
Un gemido débil respondió desde un rincón. Ese guardó el arma y cruzó la habitación de tres zangadas. En un lecho improvisado reconoció a Sara. Su piel estaba pálida y enrojecida por la fiebre, el cabello enmarañado y el vendaje de su hombro empapado de sangre y pus. Es viniste”, susurró ella con voz quebrada, reconociéndolo de inmediato.
“Caleb me encontró”, respondió examinando la herida sin perder tiempo. “Esto está muy infectado. Tenemos que sacarte de aquí.” “¿Dónde está Hann?”, preguntó intentando incorporarse. Ese la detuvo con suavidad. Descansa. Caleb está afuera. Voy a traerlo.
Cuando el niño entró y vio a su madre, soltó las riendas de Willow y corrió hacia ella. Mamá, te traje al doctor Suyiban. Él te va a curar. Sara le acarició el rostro con una mano temblorosa. Mi valiente niño. Pero al mencionar a Hann, Calep bajó la mirada. Se fue, mamá. La fiebre. Sara cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas felizes.
Ese improvisó un trabois con ramas y mantas, lo enganchó a Zander y colocó a Sara sobre él, cubriéndola para protegerla del aire frío que se avecinaba. Junto a sus pertenencias encontró una Biblia gastada, una bolsa con monedas y un documento doblado que parecía ser la escritura de la propiedad. “Nos llevaremos esto también”, dijo Aaleb. guardándolo en una alforja.
Blackwat lo querrá y no se lo vamos a dar. Partiron bajo un cielo que volvía oscurecerse. La lluvia los alcanzó de nuevo a mitad de camino y pronto Sara comenzó a murmurar incoherencias. Ese detuvo el caballo y sacó Quinina de su maletín. “Se está muriendo”, preguntó Caleb con terror en los ojos. No, si puedo evitarlo”, respondió ese aunque sentía que el tiempo se les escapaba.
En medio del delirio, Sara lo sujetó del brazo y con voz áspera susurró, “Víctor sabe la verdad sobre Hann.” Luego volvió a perder la conciencia. Ese no dejó de pensar en las últimas palabras de Sara mientras avanzaban por el camino embarrado. “Víctor sabe la verdad sobre Hann.” No era una frase casual.
[Música] Y en su experiencia, las verdades que los hombres como Víctor Blackw conocían solían ser veneno. Cuando por fin divisaron el rancho, el cielo estaba teñido de gris oscuro. Caleb bajó primero corriendo a abrir la puerta mientras este descargaba a Sara del Traboys con la misma delicadeza con que un padre cargaría a un recién nacido. La recostó en la cama más cercana al fuego. Comenzó a preparar el área para trabajar.
Caleb, escucha con atención, dijo con tono firme. Voy a necesitar que hiervas agua, cortes tiras de sábana limpia y mantengas el fuego encendido. No me preguntes nada, solo hazlo. El niño asintió y corrió a obedecer. Ese abrió su maletín médico. El olor del alcohol y el carbólico llenó la habitación. limpió sus manos con esmero, como si aquel gesto pudiera borrar los años de inactividad, el polvo de las herramientas y las culpas que cargaba.
Retiró el vendaje del hombro de Sara y confirmó lo que temía. La bala seguía dentro, alojada peligrosamente cerca de la clavícula. La infección ya se había extendido por la piel y el tejido. Si no la extraía ahora, no sobreviviría a la noche. Esto va a doler, Sara. advirtió inclinándose sobre ella.
“Necesito que te quedes quieta confío en ti”, susurró, aunque la fiebre hacía que su voz fuera apenas un hilo de aire, “ese le ofreció un trago de whisky para adormecerla un poco. Luego, con movimientos precisos, insertó las pinzas quirúrgicas en la herida. Caleb, pálido, sostenía la lámpara para darle luz.
El sonido metálico al encontrar la bala fue seguido de un leve gemido ahogado de Sara. “Ya casi”, murmuró ese extrayendo el proyectil y colocándolo sobre la mesa con un tintineo que resonó en el silencio. La bola herida con carbólico la suturó con hilo de seda y colocó un vendaje nuevo. El sudor le corría por la frente, pero su pulso no había temblado ni una sola vez.
Sara parecía más tranquila, aunque el brillo febril no se había apagado del todo. “Ahora debemos esperar”, dijo limpiándose las manos. “Si la fiebre baja en las próximas horas, tendrá una oportunidad.” Caleb tomó la mano de su madre y no la soltó. Ese lo observó un instante antes de hablar. “Quiero que me cuentes todo lo que recuerdas de esa noche.
Cada detalle.” El niño tragó saliva. Los hombres llegaron al anochecer. Tenían caballos negros y pañuelos cubriéndoles el rostro. Uno gritó que saliéramos. Papá salió primero y entonces Víctor se quitó el panuelo. Dijo que la tierra era suya y que si no la firmaban a su nombre nos mataría. Mamá se negó.
Dispararon a papá. Yo intenté sacarla de allí, pero me alcanzaron a mí también. Luego hizo una pausa. Uno de ellos vio a Hann y dijo algo raro que se parecía a la otra. Ese frunció el ceño. La otra, eso dijo. Mamá lo escuchó y se puso furiosa. Después de eso, los disparos. Ese sabía que había piezas faltantes en esa historia y temía que para completar el rompecabezas tendría que ir directo al corazón del territorio de Víctor Blackwall.
Esa noche el rancho permaneció en silencio, roto solo por el crepitar del fuego y la respiración agitada de Sara. Caleb se quedó dormido en la silla, la cabeza apoyada sobre la mano de su madre, mientras ese se mantenía de pie junto a la ventana, observando la oscuridad de la bradera.
El nombre de Víctor Blackwat le daba vueltas en la cabeza como un estribo suelto en plena cabalgata. Lo había conocido años atrás en una partida de suministros durante la guerra. Incluso entonces Víctor ya era un hombre que se alimentaba del miedo y la necesidad ajena. La diferencia era que ahora tenía más hombres, más armas y aparentemente un interés muy personal en la familia Morgan.
Ese revisó mentalmente el terreno. El rancho estaba expuesto por tres flancos con solo la colina al norte ofreciendo cierta ventaja defensiva. No podían quedarse allí mucho tiempo, no con Sara en ese estado y con Caleverido. Se agachó junto al niño y lo despertó con suavidad. Caleb, necesito que me escuches.
Mañana, en cuanto amanezca, iremos a San Antonio. Allí vive tu tío James. Él podrá darte un techo seguro. El niño abrió los ojos, todavía somnoliento. Y mamá, si para entonces está lo suficientemente fuerte, vendrá con nosotros. Si no, yo mismo la llevaré cuando se recupere. Caleb dudó, pero asintió. No le gustaba la idea de separarse del rancho, pero entendía el peligro.
Ese preparó una lista mental. Provisiones para dos días, suficiente munición, medicinas para Sara. Lo más importante, una ruta alternativa que evitara el camino principal, donde seguramente Blackwat tendría hombres vigilando. Antes de que el cansancio lo venciera, Cebet dijo algo que a ese le eló la sangre.
Anoche soñé con Hann. Estaba en un campo de flores y me dijo que cuidara de mamá y de usted. Ese no respondió. Se limitó a colocar otra manta sobre el niño y volver a la ventana, donde la luna apenas se asomaba entre nubes oscuras. En su interior, una sensación crecía. No se trataba solo de ayudar a una mujer y a su hijo. Esto era personal.
En el horizonte, un relámpago iluminó fugazmente una silueta a caballo. Ese no necesitó confirmarlo para saber que no estaban solos y que el amanecer les traería más que un simple viaje a San Antonio. Ese no durmió. Pasó la noche en la silla junto a la puerta con el rifle cargado apoyado contra la pared y el oído atento a cada crujido de madera o soplo de viento.
A las primeras luces del alba, un sonido distinto le erizó la piel. cascos, varios acercándose desde el sur. Se levantó con cuidado de no despertar a Caleb ni a Sara y se asomó por la ventana. Tres jinetes se movían lentamente hacia el rancho, manteniendo una formación amplia. Ninguno llevaba el rostro cubierto como si quisieran que los vieran.
Reconoció de inmediato a uno de ellos, Claenson, la mano derecha de Blackw. Ese abrió la puerta y salió al porche con paso firme, el rifle en las manos. Los hombres se detuvieron a unos 20 met. “Suyiban”, dijo Cla con una sonrisa torcida. No pensé que seguirías vivo para cuando nos volviéramos a ver.
Tampoco pensé que tendrías el descaro de venir a mi casa después de lo que le hicieron a esa familia. Cla fingió sorpresa. Oh, ¿te refieres a la viuda Morgan y su cría? Solo estábamos negociando. Si así le llamas a matar a un hombre y herir a una mujer, tu diccionario está más torcido que tu cara. El segundo de los hombres escupió al suelo y dio un paso adelante. Blackw quiere hablar contigo, Suyiban.
Dice que tienes algo que le pertenece. Es mantuvo la mirada fija en Cla sin bajar el rifle. Dile que si quiere algo mío, que venga él mismo, pero que traiga su mejor traje para el entierro. Por un momento, el aire se volvió denso. Claradeó la cabeza, evaluando si valía la pena provocar un tiroteo. Finalmente sonrió de nuevo.
Como quieras, pero no podrás esconderlos para siempre. Dieron media vuelta y se alejaron al trote. Ese permaneció en el porche hasta que desaparecieron de vista. Solo entonces volvió adentro. Caleb estaba sentado en la cama mirándolo con los ojos muy abiertos. Eran de Blackwat, ¿verdad? Sí. Y eso significa que debemos irnos antes del mediodía. Sara, pálida pero despierta, lo observaba en silencio.
Ese su voz era débil. No puedes enfrentarlo solo. No tengo intención de hacerlo solo, respondió él, revisando el rifle. Pero si Blackwat cree que puede venir a mi puerta y amenazarme, entonces está a punto de aprender que eligió al hombre equivocado. Sara apretó los labios como si estuviera a punto de confesar algo, pero se detuvo. Ese no lo sabía aún.
Pero lo que ella callaba era la clave de por qué Blackw no se detendría hasta tenerlos en sus manos. Antes de que el Sol alcanzara el punto más alto, ese ya tenía a Zander en sillado y a Willow lista para cargar a Sara. Caleb ayudaba como podía, acomodando las mantas y asegurando las alforjas con provisiones.
El aire estaba denso, como si la pradera entera estuviera conteniendo la respiración. Sara, aún débil, protestó cuando ese la ayudó a montar. No tienes que arriesgarte por nosotros. Ya es tarde para eso, replicó él ajustando las riendas. Además, no soy hombre de mirar hacia otro lado. Tomaron un sendero secundario que serpenteaba entre Colinas Bajas y Álamos.
Ese avanzaba atento, escaneando cada sombra y cada cruce de camino. A media mañana, Sara, que había permanecido en silencio, rompió su mutismo. Es, hay algo que no te he dicho. Él giró levemente la cabeza sin disminuir el paso. Me imaginé. Tiene que ver con lo que dijiste sobre Hann y la verdad que sabe Blackw. Sara tragó saliva. Hann no era hija de Thomas, mi esposo.
Caleb, que cabalgaba detrás, levantó la vista bruscamente. ¿Qué? Sara cerró los ojos. Antes de casarme con Thomas, trabajaba como costurera en San Antonio. Un cliente, un hombre poderoso, se obsesionó conmigo. No me dejó ir hasta que quedé embarazada. Me fui de la ciudad y Thomas aceptó criar a Hann como suya. Ese comprendió al instante. Y ese hombre es Blackw. Su hermano, corrigió ella.
Blackw lo odia y cuando vio a Hann reconoció la semejanza. Creyó que podía usarlo para destruirlo o para herirme a mí. Ese maldijo en voz baja. Aquello ya no era solo codicia por tierras, era un juego de poder y venganza. Justo cuando la tensión parecía llegar a su punto máximo, Zander se detuvo de golpe.
Ese levantó la mano para hacer señas a Caleb de que no avanzara. Unos metros más adelante, un árbol caído bloqueaba el sendero. No era casualidad, las marcas de corte eran recientes. No se muevan. ordenó desmontando y avanzando con el rifle listo. El silencio se quebró de repente con un disparo que silvó cerca de su cabeza. Es se cubrió tras el tronco caído y respondió con otro disparo hacia el origen del ataque.
“Se”, gritó Caleb a la derecha. Dos hombres salieron de entre los arbustos armas en mano. El intercambio fue rápido y ese derribó a uno con un tiro al hombro y el otro huyó cuesta arriba perdiéndose en la espesura. Ese volvió junto a Sara y Caleb. Esto confirma que Blackw ya sabe que salimos del rancho dijo recargando el rifle. Y no va a dejar de seguirnos.
En lo alto de la colina, fugaz como un mal presagio, ese creyó ver la silueta de un jinete solitario observándolos y juraría que llevaba el sombrero negro de Víctor Blackw. Es mantuvo la mirada fija en la cima de la colina hasta que la silueta desapareció. El pulso le latía fuerte en los oídos. Sabía que si era Blackw no lo habían visto por casualidad.
Cambiamos de rumbo”, anunció con voz firme. Caleb frunció el ceño. No vamos a San Antonio aún no. Si seguimos el plan original, nos atraparán antes del atardecer. Necesitamos un desvío y alguien que nos deba un favor. Sara, pálida pero atenta, levantó la vista. ¿De quién hablas? Este montó de nuevo y giró a la izquierda tomando un sendero estrecho que se adentraba entre robles y enros.
Deate Harper. Caleb parpadeó. ¿Quién es? Un hombre que solía cruzar la línea de la ley cuando le convenía. Ahora vive apartado, pero conoce estos cerros mejor que nadie. Y si le pides ayuda contra Blackwat, no dudará. El camino era cada vez más angosto, cubierto por raíces y piedras que obligaban a avanzar lento.
Sara se sostenía en la silla respirando con dificultad. Es detuvo a Zander y se acercó a ella. ¿Puedes seguir un poco más? Sí, pero no tardes en encontrar a tu amigo. Una hora después llegaron a una pequeña cañada oculta entre dos lomas. Allí, casi camuflada por la vegetación estaba la cabaña de Nate. Un perro viejo ladró desde el porche.
Al momento, un hombre alto de barba canosa y mirada astuta, salió con una escopeta en la mano. Es de Suyiban. Pensé que estabas muerto o que te habías vuelto decente. Dijo esbozando una media sonrisa. Me mantuve vivo, pero lo de decente nunca fue mi fuerte”, replicó S. “Necesito tu ayuda.” Nate evaluó con la vista a Sara y Cale. “Blackwat, ¿verdad? Y sus hombres”, confirmó este. Nos siguen desde el amanecer. Nate bajó la escopeta lentamente.
“Tienes suerte.” Anoche pasaron dos de los suyos por aquí buscando a una mujer y un mocoso. No les dije nada, pero si quieres desaparecer tendrás que moverte rápido. Ese asintió. Todavía conoces la ruta del paso sombrío. La sonrisa de Nate se ensanchó con los ojos cerrados. Pero tendrás que confiar en mí y dejar que me encargue de distraerlos. Caleb lo miró con desconfianza.
¿Cómo? Digamos que Black Quot no le gustan las sorpresas y yo sé darle una que no olvidará. Ese sabía que aceptar la ayuda de Nate era arriesgado, pero también que el tiempo se agotaba. En ese momento escuchó el lejano eco de cascos, mucho más cerca de lo que esperaba.
El eco de los cascos resonaba más fuerte, rebotando en las laderas como un tambor de advertencia. Nate no perdió tiempo, dejó la escopeta en el porche, entró en su cabaña y regresó con una carreta pequeña tirada por una mula. Sobre la caja arrojó un par de barriles viejos, una lona raída y un costal con lo que parecían ser herramientas oxidadas. ¿Qué piensas hacer con eso?, preguntó Caleb sin apartar los ojos de los barriles.
Atraer su atención, respondió Nate con una sonrisa que no auguraba nada bueno. Ustedes tomarán el paso sombrío por el este. Yo saldré por el camino principal hacia el sur. Si los hombres de Blackw me ven, pensarán que los llevo a ustedes escondidos en la carreta. Es de entrecerró los ojos. Si lo hacen, te perseguirán y no se detendrán. Es la idea, replicó Nate.
Y tranquilo, Suyiban, no sería la primera vez que les hago perder el tiempo. Sara, desde su montura, lo miró con preocupación. Y si lo atrapan, no se preocupe, señora, dijo Nate. A Black Quot le gusta verme vivo para odiarme en persona. Es soltó un resoplido y revisó su rifle. Muy bien, pero si no apareces en tres días, iré a buscarte.
Nate asintió y tomó las riendas de la carreta. Antes de partir se inclinó hacia cuida de tu madre, muchacho, y escucha todo lo que Suivan te diga, aunque te caiga mal. Calebes gozó una media sonrisa, más nerviosa que confiada. En cuanto Nate salió hacia el sur, ese giró a Zander y señaló un estrecho sendero cubierto de maleza. por aquí.
Mantén a Willow detrás de mí y no te separes. El paso sombrío hacía honor a su nombre. La luz del sol apenas atravesaba las paredes de roca y los árboles que lo cubrían, creando un corredor oscuro y húmedo. El sonido del arroyo que corría al fondo del cañón era lo único que rompía el silencio. “¿Cuánto falta?”, preguntó Caleb en voz baja.
Unas tr horas si mantenemos el ritmo, respondió ese atento a cada sombra, pero apenas había terminado de hablar cuando Thunder se tensó y relinchó, girando la cabeza hacia un recono del sendero. Ese levantó la mano para detenerlos. Un crujido de ramas y el eco de pasos pesados confirmaron lo que temía. No estaban solos.
Entre la penumbra, dos figuras armadas emergieron bloqueando el paso y la sonrisa burlona de uno de ellos dejó claro que el plan de Nate no había distraído a todos. Es no necesitó más que una mirada para medir la situación. Dos hombres bloqueando el paso, uno armado con escopeta y el otro con un cuchillo largo que parecía más una extensión de su brazo.
El de la escopeta, alto y huesudo, sonreía con la tranquilidad de quien cree tener la ventaja. “Mira nada más”, dijo escupiendo al suelo. El mismísimo Suyiban escoltando a la viuda Morgan y al mocoso. Blackw va a pagar bien por esto. Ese avanzó un paso sin bajar el rifle. Tendrás que trabajar más duro para ganarte esa recompensa. El del cuchillo dio un paso hacia Caleb. Baja del caballo, chico. No te vamos a hacer daño si haces caso.
Caleb miró a Esde esperando una orden. Ni se te ocurra, dijo Esde con voz grave. La tensión se volvió insoportable. El de la escopeta levantó el arma y apuntó directo al pecho de este. Fue entonces cuando Zander resopló y como si entendiera la urgencia dio un paso al frente. Ese aprovechó el momento. Se agachó, disparó a quemarropa y el hombre de la escopeta cayó hacia atrás, la bala arrancándole el arma de las manos.
El del cuchillo corrió hacia Caleb, pero el niño rápido hizo girar a Willow y lo golpeó con fuerza en el hombro usando la montura. El hombre perdió el equilibrio, lo suficiente para que ese se interpusiera y lo derribara con un puñetazo seco en la mandíbula. El silencio volvió de golpe, roto solo por el eco de los disparos rebotando en las paredes del paso. Caleb miraba al hombre inconsciente con el corazón acelerado.
¿Está muerto?, preguntó. No, respondió ese recargando el rifle. Pero deseará estarlo cuando despierte. Sara, que había permanecido inmóvil durante el enfrentamiento, exhaló profundamente. Esto se va a poner peor, ¿verdad? Es asintió sin rodeos. Blackw no se detendrá mientras crea que puede alcanzarnos. Y ahora sabe que no voy a entregarte sin pelear.
Con esfuerzo, arrastraron a los atacantes fuera del sendero. Cubrieron sus cuerpos con ramas para que no fueran vistos de inmediato. Luego retomaron la marcha, esta vez más rápido, aunque la tensión no bajó un solo segundo. A menos de una hora de distancia, sin que ellos lo supieran, un tercer hombre observaba desde lo alto del paso y llevaba en la mano una cinta azul que pertenecía a Hann.
En la cumbre del paso sombrío, el tercer jinete observó hasta que este Sara y Caleb desaparecieron entre la maleza. La cinta azul se deslizó entre sus dedos, vieja y desilachada. La guardó en el bolsillo interior de su chaqueta antes de girar su caballo y emprender el descenso hacia el sur. Tenía un mensaje que entregar. Mientras tanto, Es y los suyos salían del paso y entraban a una planicia irregular.
El viento soplaba fuerte, cargando un olor que ese reconoció de inmediato. “Humo y no de una fogata común. No me gusta esto”, murmuró escaneando el horizonte. Caleb frunció el ceño. “¿Es un incendio?” “No, respondió este. Es señal.” Y de las que usan para avisar que hay presa cerca. Sara se estremeció, pero mantuvo la calma. Esre, creo que debes saber algo más.
Él la miró sin dejar de avanzar. Adelante. Blackwat no solo quiere mis tierras ni vengarse de mi pasado. Cree que Hann sigue viva. Y si lo cree es porque alguien se lo dijo. Es apretó las riendas. ¿Estás diciendo que no murió? No estoy segura”, admitió Sara con la voz temblorosa. Cuando la fiebre empeoró, la dejé en manos de una mujer que decía saber cómo cuidarla.
Fui a buscar medicinas y cuando regresé ya no estaba. Los hombres de Blackwood aparecieron esa misma noche. Caleb se inclinó hacia adelante. “¿Y nunca me lo dijiste? Te habría puesto en más peligro”, susurró Sara. Ese entendió de inmediato el alcance del problema.
Si Blackwat tenía a Hannah o sabía dónde estaba, podría usarla como cebo. El ruido de cascos interrumpió sus pensamientos. Un grupo de cinco jinetes surgió del norte acercándose rápido. No había tiempo para huir a campo abierto. Ese buscó una salida y encontró un pequeño cañón a la derecha. Por ahí ordenó guiando a Zander. Se internaron en el cañón cuyas paredes rocosas estrechaban el camino.
El sonido de los perseguidores rebotaba como un martilleo incesante. Caleb miraba hacia atrás pálido. Nos están alcanzando. Ese sacó su rifle y lo colocó sobre la monta. Entonces tendrán que hacerlo por encima de mi cadáver.
A lo lejos, uno de los jinetes alzó la mano mostrando algo que hizo que Sara se quedara sin aire, una cinta azul idéntica a la que Hann llevaba el día que desapareció. Ese clavó los talones en los costados de Zander y detuvo el caballo en seco. El cañón era un callejón sin salida. Seguir avanzando solo los dejaría atrapados. giró a Caleb y Sara para que quedaran detrás de una saliente rocosa.
Los cinco jinetes entraron en el cañón con paso seguro, formando un semicírculo. El que llevaba la cinta azul la sostuvo en alto con una sonrisa cargada de malicia. “Bonito recuerdo, ¿no, señora Morgan?”, dijo balanceándola entre los dedos. Blackwat manda saludos y dice que si quiere volver a ver a la dueña de esto, tendrá que ir por ella.
Sara dio un paso adelante temblando. ¿Dónde está? Dime dónde la tienen. El hombre se inclinó hacia ella con gesto burlón. En un lugar donde suivan no podrá llegar si es que sigue con vida. Es avanzó despacio, el rifle listo y habló con una calma helada. Escucha bien lo que te voy a decir. Si mientes, no tendrás tiempo ni de arrepentirte.
El hombre soltó una carcajada y giró la cinta entre sus dedos. Podría llevarte con ella, Suyiban, pero primero tendrás que dejar ir a la viuda y al chico. Esre no apartó la mirada. Y tú tendrás que decidir si quieres negociar o morir aquí. El silencio se volvió insoportable. Caleb, escondido detrás de la roca, apretaba los puños.
Sara lo miraba tratando de transmitir calma, pero su respiración era rápida. El jinete de la cinta azul hizo un gesto a sus compañeros. Bajen las armas solo para que vea que hablamos en serio. Dos de ellos obedecieron, pero los otros mantuvieron las manos cerca del revólver. Ese sabía que aquello podía estallar en cualquier segundo. Dime una cosa dijo él con voz baja.
Si realmente tienen a Hann, ¿por qué no la traen? El hombre sonrió de medio lado. Porque sabe más de lo que crees y Blackw quiere que te lo diga él mismo. Ese comprendió que no era solo un intercambio, era una trampa diseñada para llevarlo directo a Blackw. Y la pregunta que lo atormentaba era si Sara estaba lista para escuchar la verdad que Hann podría revelar.
Es sabía que aceptar significaba entrar en terreno enemigo, pero el destello de esperanza en los ojos de Sara lo empujó a tomar la decisión. Bajó lentamente el rifle, aunque no lo soltó. “Llévame con él”, ordenó su voz firme como una piedra. El hombre de la cinta sonrió satisfecho. “Solo tú. La viuda y el muchacho se quedan aquí. Es negó con la cabeza.
Ellos vienen conmigo. Si no, el trato termina. Los jinetes se miraron entre sí indecisos. Finalmente, el de la cinta alzó una ceja. Muy bien, pero si hacen algo estúpido. No terminó la frase, el silencio y su sonrisa completaron la amenaza. Mientras avanzaban, Esre iba calculando rutas de escape, midiendo distancias, notando qué hombre llevaba, qué arma y cuál parecía más nervioso.
Caleb montaba detrás de él con los ojos fijos en la cinta azul que colgaba de la mano del líder. Después de una hora, el grupo llegó a un campamento improvisado junto a un arroyo. Varias tiendas de lona formaban un semicírculo con fogatas apagadas y caballos atados en fila. En el centro, sobre una mesa tosca, había mapas y botellas de whisky.
Un murmullo recorrió el lugar cuando vieron a este. Y entonces, desde una de las tiendas más grandes, salió un hombre corpulento vestido de negro de pies a cabeza con un sombrero que proyectaba una sombra sobre sus ojos. Víctor Blackw. Suyiban, su voz era grave y lenta. No pensé que tendrías el valor de venir aquí. Ese no se movió. Enséñame a Hann.
Blackw sonrió, pero no como quien está feliz de reencontrar a alguien, sino como un jugador que sabe que la apuesta está a su favor. Está viva y más cerca de lo que crees. Pero antes de verla, vamos a hablar de un pequeño asunto entre tú y yo. Sara dio un paso adelante. Si le has hecho daño, juro que shhh. Blackwat la interrumpió alzando una mano.
No le he tocado un solo cabello todavía. Ese notó ese todavía como una daga entre las costillas. Caleb apretó los puños. Conteniéndose para no hablar. Blackwatch chas asqueó los dedos y desde detrás de una de las tiendas, una figura pequeña apareció con el cabello cubierto por un pañuelo, pero con la mirada fija en Sara. La voz de la mujer se quebró. Hann.
Sara corrió hacia la figura, pero dos hombres se interpusieron sujetándola por los brazos. La niña levantó el rostro y por un instante el tiempo pareció detenerse. Los mismos ojos, la misma sonrisa tímida, pero más delgada, más pálida. “Mamá, preguntó con un hilo de voz.
Hann Sara trató de liberarse, pero el agarre era firme. Ese dio un paso al frente, su mano cerca del rifle. La sueltas ahora mismo, Blackwot. Blackwat levantó una ceja y fingió sorpresa. Así es como se habla un anfitrión. Yo pensaba que vendrías a agradecerme por cuidar de esta pequeña todo este tiempo. Cuidar. Ese escupió la palabra. La tienes como reen.
Blackwat sonrió. Digamos que es mi garantía y si quieres que se vaya con ustedes, habrá un precio. Sara lo miró con rabia y miedo. ¿Qué quieres? Tu tierra, tus documentos y cualquier derecho sobre las aguas del arroyo que pasa por tu rancho. Todo firmado y entregado aquí hoy mismo. Ese apretó la mandíbula. No vas a salirme con un trueque barato.
Esto no es barato, Suyiban, replicó Blackwat. Es el único trato que les permitirá salir de aquí vivos. Hann miró a su madre, los ojos llenos de lágrimas. Mamá, por favor. Sara temblaba. No se trataba solo de sus tierras. Cederlas significaba dejar sin sustento a Caleb y perder la única herencia de su esposo. Ese dio un paso más, su voz baja calculara.
Y si no aceptamos. Blackwat se inclinó hacia él hablando lo suficientemente bajo para que solo ese lo escuchara. Entonces la niña se queda y tú, Suyiban, no sales de este campamento caminando. Ese sintió como cada segundo se hacía más pesado. Sabía que cualquier palabra equivocada podía costarles la vida y que si cedía, Blackwat tendría todo lo que siempre quiso.
Pero una idea empezaba a formarse en su mente, una que podía darle vuelta a la jugada. Es mantuvo la mirada fija en Blackw, dejando que el silencio trabajara a su favor. Cada segundo que pasaba, los hombres alrededor se ponían más tensos, algunos apretando el arma en la cartuchera. Muy bien, dijo al fin.
Si quieres las tierras, tendrás que firmar un recibo, algo que pruebe que la entrega fue voluntaria. Blackwood arqueó una ceja. ¿Qué truco es este? Ninguno,” respondió Esde con voz firme. “Si voy a entregar lo único que esa mujer tiene, quiero un papel que diga que fue un trato y no un robo.” El silencio se alargó.
Blackwat dudó, pero su orgullo le impedía rechazar una propuesta que parecía inofensiva. “Traigan tinta y papel”, ordenó. Mientras uno de los hombres buscaba los materiales, ese aprovechó para acercarse medio paso a Hann. Su mirada se cruzó con la de Caleb, que parecía entender que algo estaba por suceder. Cuando el papel y la pluma estuvieron sobre la mesa, ese hizo un gesto para que Sara se acercara.
“Firma tú”, dijo en voz baja, “pero cuando yo te lo indique, agáchate.” Sara lo miró confundida, pero asintió. Blackwat se inclinó sobre la mesa para supervisar. En el instante en que Sara bajó la cabeza para escribir, Esde empujó la mesa contra Blackwat haciéndolo retroceder.
Caleb saltó hacia Hann y la jaló con fuerza mientras ese derribaba a uno de los guardias con un golpe del rifle. Al caballo gritó. El campamento estalló en gritos y disparos. Sara, Hann y Caleb corrieron hacia los animales atados mientras Esde cubría la retirada, disparando contra los hombres que intentaban cerrarles el paso. Black Quat, recuperado del empujón, rugió de furia. No los dejen salir.
Pero Nate Harper, que había seguido la pista en silencio, apareció desde la ladera con su escopeta, derribando a dos de los hombres de un disparo doble. Muévanse ahora. gritó. Este montó y tomó las riendas de Hann, pero vio por el rabillo del ojo que Blackw corría hacia un caballo y sabía que aquello no iba a terminar hasta que uno de los dos quedara tendido en el suelo. El estruendo de los cascos sobre la tierra seca retumbaba como un trueno.
Es galopaba con Hann aferrada a su cintura, mientras Caleb y Sara se mantenían apenas un par de metros detrás. Nate cubría la retaguardia disparando para mantener a raya a los hombres de Blackw. Pero el propio Blackwat ya estaba sobre su caballo, avanzando con una velocidad que desafiaba la distancia.
Su silueta oscura recortada contra el sol era como una sombra que se negaba a desaparecer. “Ese, gritó Nate desde atrás. No va a parar hasta alcanzarte.” Esre lo sabía. El terreno se abría en una planicie que no ofrecía escondites y eso significaba que tarde o temprano Blackwat se les echaría encima. Giró la cabeza para evaluar.
Los hombres restantes quedaban atrás, pero Blackoda cortaba la distancia con cada salto de su caballo. Caleb, lleva a tu madre y a tu hermana hacia el sur. Sigue el arroyo hasta que encuentres un bosque denso. No te detengas, ordenó ese, protestó Caleb. No te voy a dejar. Haz lo que te digo, replicó con tono cortante, dándole a Zander un tirón para desviarse hacia la izquierda. Blackwat cambió su trayectoria de inmediato siguiéndolo.
Ese sabía que esa era la única manera de alejarlo de Sara y los niños. El viento golpeaba su rostro mientras Thunder corría al límite, pero el caballo de Blackw era rápido y estaba fresco. A menos de 20 met, Blackwat sacó su revólver y disparó. La bala pasó silvando junto a la oreja de Esdre. Es se agachó sobre la montura, sintiendo como la adrenalina le afinaba cada sentido.
Vio una zona rocosa al frente con afloramientos que podían servir de cobertura. Giró bruscamente hacia allí, escuchando el relincho furioso de Blackwall. Ambos caballos entraron a la zona pedregosa, levantando polvo y graba. Los cascos resbalaban sobre las piedras, obligándolos a disminuir la velocidad.
Es desmontó de un salto y buscó cobertura tras una roca grande, girando para encarar a su perseguidor. Blackw también desmontó, avanzando con el revólver en mano y una sonrisa peligrosa. Esto acaba aquí, Suyiban, y no va a ser tú quien se marche vivo. Ese apretó el gatillo del rifle, pero solo escuchó uno click seco. El arma estaba descargada.
Blackwat sonrió aún más, levantando su revólver para disparar. El click seco del rifle resonó como una sentencia. Ese arrojó el arma vacía al suelo y dio un paso al frente, los ojos fijos en Blackw. “Parece que será a la antigua”, dijo su voz baja pero firme. Blackwat sonrió, guardó el revólver en la cartuchera y se acercó lentamente.
“Siempre quise acabar contigo con mis propias manos.” Se midieron durante unos segundos que parecieron eternos. El primero en atacar fue Blackw lanzando un puñetazo que ese esquivó por poco. El segundo golpe, sin embargo, le rozó la mandíbula. Ese respondió con un directo al estómago, obligando a su rival a retroceder un paso. La pelea fue brutal.
Puños, rodillazos, polvo levantándose con cada caída. Blackwood era fuerte, pero ese estaba impulsado por algo más que fuerza. la certeza de que Hann, Sara y Caleb dependían de él. En un momento, Blackwat lo derribó contra una roca y trató de estrangularlo. Ese, con un último esfuerzo, palpó a su alrededor hasta encontrar una piedra suelta y la golpeó contra el brazo de Blackw.
El hombre soltó un gruñido y perdió el agarre. Es se incorporó, lo sujetó por la chaqueta y lo empujó contra otra roca. Si vuelves a acercarte a ellos, no habrá próxima vez. Blackwat, jadeando y con sangre en el labio, lo miró con un odio helado. Esto no termina aquí para ti, sí, replicó S antes de darle un golpe final que lo dejó inconsciente. El silencio volvió al cañón.
Ese tomó aire, montó de nuevo a Zander y regresó al punto donde Nate, Sara, Caleb y Hann lo esperaban. Sara al verlo, corrió y lo abrazó con fuerza. Pensé que su voz se quebró. No iba a dejarte sola dijo él mirando también a que se acerraba a su madre. Nate soltó una carcajada breve. Bueno, supongo que esto significa que ganaste. Ese miró al horizonte.
No significa que tenemos paz al menos por ahora. Mientras el grupo emprendía el regreso hacia el rancho, Sara volteó a mirarlo. Es, gracias. Él solo asintió, pero en su interior supo que aquella familia, contra todo pronóstico, ya era también la suya. Ese día, bajo el sol del viejo oeste, no hubo celebración ruidosa ni promesas vacías.
Solo la certeza silenciosa de que a veces luchar por quienes amas vale más que cualquier tierra, cualquier venganza o cualquier precio que el destino quiera cobrar. Y así termina esta historia, pero no el viaje que compartimos aquí. Si este relato te hizo sentir algo, aunque sea un suspiro, cuéntame en los comentarios desde dónde nos ves y qué momento te tocó más el corazón.
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