Título: “La razón detrás de los retrasos”
Cada mañana, la clase comenzaba con risas y conversaciones animadas de los alumnos. Pero justo cuando sonaba la campana, todos los ojos se volvían hacia la puerta, donde aparecía Tomás, como siempre… tarde.
Su ropa estaba arrugada, sus sandalias llenas de barro, el cabello despeinado y los ojos mirando al suelo, evitando las miradas juzgadoras. Los compañeros murmuraban:
— “Otra vez llega tarde…”
— “¿Qué pensarán sus padres?”
— “No respeta la clase…”
El maestro Ricardo también se sentía frustrado. En varias ocasiones había reprendido a Tomás frente a la clase, pero el niño nunca se defendía. Solo bajaba la cabeza y aceptaba en silencio.
Una tarde, después de clase, el maestro Ricardo no pudo dejar de pensar en Tomás. Había algo en él, algo que no encajaba. Así que tomó una decisión: al día siguiente, temprano, iría con algunos alumnos a la casa de Tomás, para entender qué estaba pasando.
Esa mañana, cuando apenas salía el sol, llegaron a una casa pequeña y deteriorada al final de un estrecho callejón de tierra. La puerta de madera estaba entreabierta, y dentro vieron una escena que los dejó sin palabras.
Tomás, con su vieja camisa empapada de sudor, le limpiaba el rostro a una mujer postrada en una cama. Era su madre. Delgada, pálida, con una mirada llena de ternura hacia su hijo. En la mesa, un tazón de sopa humeante. Tomás la había preparado. Con una mano le masajeaba las piernas, con la otra le limpiaba la frente.
El maestro Ricardo no pudo moverse. Los alumnos detrás de él guardaron silencio.
Tomás volteó y, al verlos, se sobresaltó.
— “P… perdón, maestro… ya casi me iba… Mamá no puede moverse… yo…” —dijo con voz temblorosa, conteniendo las lágrimas.
El maestro se acercó lentamente, puso una mano sobre su hombro y respondió con dulzura:
— “Tomás… tú no tienes que pedir perdón. El que debe hacerlo soy yo.”
Los compañeros, antes llenos de críticas, ahora guardaban silencio. Elena, que solía quejarse de Tomás, sacó una cajita de leche de su mochila y la dejó sobre la mesa.
— “Yo puedo cuidar a tu mamá un rato, ¿quieres ir a desayunar?”
Desde ese día, Tomás ya no llegó tarde. No porque su carga desapareciera, sino porque cada mañana, un grupo de compañeros se turnaba para ayudarlo a cuidar de su madre. El maestro Ricardo también organizó una campaña solidaria para donar alimentos y medicinas.
Y desde entonces, aquella clase ya no solo enseñaba Matemáticas o Lengua…
También enseñaba una lección mucho más importante: que detrás del silencio de alguien puede haber una historia que aún no conocemos.
Una historia de amor, sacrificio y bondad.
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